31.1.13

Vida en las nubes

Me desayuno con una de esas noticias que estropean los desayunos: resulta que hay vida en las nubes. Esto es como encontrarse gusanos en la manzana. Tantos años buscando vida en la Luna y en Marte, y al final la pasábamos de largo: la vida extraterrestre no estaba tan lejos... El 20% de lo que se creían “granitos de polvo y de sal” en las alturas son en realidad hongos y bacterias. El cielo tenía piojos.

Nuestro paradigma cambia de un modo que todavía no podemos calibrar. “Ir al cielo” será ir a un sitio manchadísimo, no solo con ángeles. “Estar en las nubes” vendrá a ser como estar en la selva, abriéndose paso con el machete. Tantos poetas, filósofos y místicos que han “elevado su mirada” para huir de las corrupciones de la tierra, en realidad estaban contemplando corrupciones parecidas. La sensación es de estafa: el cielo tampoco es un refugio.

¡Y los pintores! Todas esas nubecillas de las pinacotecas de repente son unas sábanas necesitadas de lavado. La contemplación se ha vuelto imposible. Al menos, la contemplación serena de las puras formas. Ahora miraremos las nubes sin poder eludir la consciencia de que allí dentro hay un zoológico. Los cielos velazqueños, tan relajantes, se han vuelto populosos: es una conmoción comprender que son los precursores secretos de la 13, Rúe del Percebe. (Serían colegas, pues, Ibáñez, Vázquez y Velázquez).

Así que no hay una división sustancial entre la tierra y el cielo. Mientras aquí crecía la burbuja del ladrillo, allí crecía una burbuja de bacterias y de hongos (y a ver qué pasa cuando estalle). Aunque esto en Madrid ya se sabía. El eslogan de la Movida, “De Madrid al cielo”, parece que se olía a qué huelen de verdad las nubes: a más movida. Pero el mayor damnificado es precisamente el mítico anuncio de Evax que dirigió Isabel Coixet y que se ha convertido, sin comerlo ni beberlo, en una guarrada.



[Publicado en Zoom News]

29.1.13

Con crueldad y con vileza

Hay individuos que parecen diseñados para ejemplificar voces concretas del Diccionario. Willy Toledo, por ejemplo, parece diseñado para ejemplificar la de “cenutrio”. Es un calificativo un poco guasón, como de tebeo; pero lo de este personaje es ciertamente de tebeo. Cada intervención suya es un nuevo Clásico del Humor. Aunque no produce risa, sino bochorno; y algo más que me atreveré a decir: miedo. Escuchándole en su último vídeo puede adivinarse por qué la Historia, cuando gente así toma el mando, se convierte en una máquina de picar carne humana.



Lo de menos casi es lo del Rey, pero no deja de resultar irritante la acometida: porque si hay un español más abotargado y caduco que nuestro monarca, ese es Willy Toledo. Lo grave es ese desprecio por la democracia en boca de este defensor de dictaduras; esa redomada y quejumbrosa sarta de reproches, emitida sin matices, con el automatismo de quien reza el rosario (y en la que aquellas críticas que pudieran ser pertinentes quedan desautorizadas por la orientación general). Y ese fanatismo estólido y sin un gramo de inteligencia, agudeza, brillantez o gracia –y, por supuesto, sin atisbo alguno de compasión– en el que no falta ese recurso (¡tan fascista!) de llamar fascista a quien no lo es: esa proyección del autofascismo.

Siempre me gustó mucho esta frase de Savater, bastante conocida: “He sido un revolucionario sin crueldad, aspiro a ser un conservador sin vileza”. Recuerdo que Saramago la criticaba en sus Cuadernos de Lanzarote, fijándose solo en el giro ideológico y siendo ciego (él, autor del autocomplaciente Ensayo sobre la ceguera) a los términos morales. No es de extrañar, porque esa es la ondaque ha arruinado a cierta izquierda. Esa izquierda de Willy Toledo, que parece no haber aprendido nada de la Historia y que increíblemente ahí sigue: con crueldad y con vileza.

[Publicado en Zoom News]

26.1.13

Adiós a la filosofía

Wert, el de la risa de conejo, el pretencioso Wert, el que va de intelectual sin haber dicho en su vida otra cosa que bobadas, el estirado, el insufrible, el posturitas Wert, ha llegado para culminar con el PP la tarea que comenzó Maravall con el PSOE: la aniquilación del bachillerato. Lo más preciado de una sociedad, su bachillerato, lo que marca el tono cultural medio, lo que determina su nivel de civilización, aquello cuya ausencia condena al embrutecimiento ambiente, vuelve a sufrir un rejonazo a manos de los patanes.

Ahora es la filosofía, desterrada en los rincones. La asignatura que a los diecisiete años nos empujaba a ser adultos. De pronto aparecían Tales, Gorgias, Sócrates, Platón, Epicuro, Ockham, Descartes, Spinoza, Hume, Kant, Hegel, Nietzsche, Wittgenstein y la cosa pegaba un subidón. Un rebote reflexivo que nos rompía el cascarón y nos propulsaba. ¡Oh aquellas mañanas filosóficas del bachillerato de los ochenta! Tuve suerte con mis profesores. Antonio Huertas en tercero de BUP y Salvador Macías en COU. Huertas era truculento y sentimental y nos despertó el hambre. Macías nos dio de comer: era serio y riguroso y viajamos en su curso de la antigua Grecia al siglo XX, dejándonos una articulación para toda la vida.

Me llamó la atención un compañero, el Aguayo, desubicado en todo lo demás y que encontró su sitio. Un día apareció con La República de Platón. Se había apasionado. Y estaba aquel otro, cuyo nombre he olvidado, que habría querido ser músico de jazz (a los dieciocho ya daba por hecho que no iba a serlo), y que también. Aquello era la enseñanza pública, cumpliendo su función pública. No solo almacenando adolescentes sino abriéndoles camino. La filosofía era la asignatura fundamental para la tarea. Era, de hecho, la asignatura que lo simbolizaba todo.

No es extraño que hayan ido a por ella, directamente. Nuestros impresentables tienen un instinto infalible. Son como el famoso mecánico que sabe qué pieza hay que tocar. Ellos lo saben muy bien, y la tocan: para que nada funcione.

[Publicado en Jot Down]

24.1.13

La tentación de no existir

Dos fantasmas han recorrido Europa, o al menos la Península: el falso tertuliano Baptista da Silva y la falsa articulista Amy Martin. Lo significativo es que ninguno de los dos ha sido descubierto por lo que decía o escribía: sus discursos daban el pego, lo cual nos debería hacer sospechar de todos los discursos. Arcadi Espada puso el dedo en la llaga: ¿por qué aplicarle a ese tertuliano el adjetivo de “falso”? ¿Acaso no funcionaba igual que los verdaderos? Antes de esfumarse definitivamente, Da Silva y Martin nos han dejado la papeleta de nuestra propia fantasmidad.

Pero Martin ha ido más lejos que Da Silva, ese Dioni de la opinión. Al fin y al cabo, el tertuliano incurrió en lo que Cioran denominaba “la tentación de existir”, siquiera fuese porque en las tertulias hace falta un cuerpo. Su falsedad era, pues, solo de oficio. La de Martin es más completa: ni siquiera ha llegado a existir. Lo que se refocilaba en la existencia, como hipopótamo en el barro, era su sueldo: 3000 euros por artículo. Reconozco que yo aceptaría no existir a cambio de esa cantidad. Aunque también me convendría seguir cobrando lo mismo pero ahorrándome los gastos de mantenimiento de la existencia. No sé, en cualquier caso, si en lo de Amy Martin ha primado el cálculo comercial: quizá ha sido solo que el seudónimo se le ha ido de las manos, contagiando también su ser.

Como ha contagiado ya, irremisiblemente, a toda la Fundación Ideas. Les echo un vistazo a los demás artículos y no hay nada que los diferencie, en verdad, de los de la articulista fantasma. Aunque ahora la web de la Fundación sí tiene algo verdadero, puesto que se colapsa de vez en cuando: visitas. Al final Amy Martin se ha merecido su sueldo.

[Publicado en Zoom News]

22.1.13

Sí nos representan

Apuesto a que al lector le ha pasado estos días como a mí: junto con el abatimiento y el cabreo, ha dejado un desván en el que fantaseaba con que aparecía Bárcenas y le entregaba un sobre con “hasta diez mil euros”. Estas noches españolas han debido de ser como la de los sueños de Bienvenido, Mister Marshall –en este caso Bienvenido, Mister Bárcenas–: con todos imaginando la vida que llevaríamos si disfrutáramos de un sobresueldo así, que nos haría tan felices que hasta estaríamos dispuestos a renunciar al sueldo (es decir, al que va sin sobre). Pero, como los personajes de Berlanga, no estábamos en el lugar adecuado: la sede del PP. Y había un añadido insidioso: el dinero que no nos repartían era justamente el nuestro.

Lloremos pues, aunque no inocentemente. Lo peor de nuestros políticos es que, al contrario de lo que gritaban los ingenuos del 15-M, sí nos representan. Eso es lo espeluznante: que nos representan demasiado. Hacen lo que nosotros haríamos en su lugar. Lo que nosotros hacemos, de hecho, en la medida de nuestras posibilidades. Hay excepciones, naturalmente; pero son eso: excepciones. Casi todos solemos tener bastante bien explotado, rebañado incluso, el radio de acción de nuestra impunidad. De los políticos solo nos diferencian dos cosas: la amplitud de dicho radio de acción (mucho menor el nuestro), y esa decencia fundacional (o ineptitud o pereza) por la que no nos hemos convertido nosotros mismos en políticos. El ciudadano honrado es, a lo sumo, un ludópata que se encuentra fuera del casino.

Es la naturaleza humana, y en especial la naturaleza española: que es la que domina por debajo de las siglas de los distintos partidos. No confiamos en nadie personalmente, porque nos conocemos demasiado bien. Lo único que puede hacerse es extremar la transparencia, el control y la acción de la justicia. Solo así podría obrarse el milagro de que los políticos fueran decentes; es decir, que no nos representaran.

[Publicado en Zoom News]

17.1.13

Palitroques por la tráquea

Como dice Savater, “no hay nacionalismos buenos y malos, sino graves o leves”. Puede que no sean una enfermedad (conviene mantener una reserva a la hora de relacionar la medicina con la política), pero sin duda son un delirio (los términos psiquiátricos, por desgracia, sí son utilizables). Nuestros nacionalistas están ahora en la fase de delirio agudo, y no cesan de emitir síntomas. El último ha sido el sintagma evacuado por Francesc Homs: “respirar en catalán”. Muy pertinente, toda vez que el nacionalismo, además de un delirio, es una asfixia. En diciembre hubo otro: el “lamentablemente” que se le escapó a Duran Lleida en el Congreso, al mencionar que la lengua mayoritaria de los niños catalanes en el recreo es el castellano.



Eso es el nacionalismo: una doctrina descontenta con la respiración y el recreo. Quizá va siendo hora de abandonar las consideraciones ideológicas acerca de estos sujetos, a los que hay que dar ya por imposibles, y centrarnos en las estéticas. Hacer hincapié en lo más básico: el nacionalismo, ante todo, es un tostón. Una plasta que nos cae encima; una impostación, un énfasis. No me resisto a recordar aquí aquel artículo de Bru de Sala en el que acuñaba el pasmoso concepto de “cosmopolitismo excluyente” y ensalzaba, sin ironía, una fiesta que se celebra en Amposta “solo para ampostinos que consiste en pasear por la calle, al atardecer, ataviados a la antigua usanza y dar vueltas por una feria de productos artesanos y oficios que no se han perdido”. La respiración, el recreo y las fiestas: casi nada.

Cuando murió Franco y terminaron de dar la lata los franquistas, en España ingresamos en un espacio respirable. Hemos vivido treinta años de relajación patriótica, en que no se ha levantado una bandera fuera del fútbol y los desfiles. Y cuando se ha hecho en otro contexto, nunca ha faltado un coro de risitas alrededor. En cuanto ha aparecido un Trillo, ha recibido su merecido de burlas. La enorme bandera colocada en la plaza de Colón es motivo de indiferencia o de chistes. En las regiones donde imperaba el nacionalismo, en cambio, no hubo relajación patriótica, sino cambio de un patriotismo por otro. Allí no ha podido respirarse con entera libertad. Los Trillos catalanes y vascos han campado a sus anchas, y burlarse de ellos implicaba un riesgo.

Boadella los caló pronto y le encasquetó a Pujol el disfraz de Ubú. No recuerdo ahora si en Ubú President el personaje iba metiéndoles palitroques por las orejas a aquellos con quienes se cruzaba, como en la obra original de Alfred Jarry. Pero hoy, con esto de “respirar en catalán”, se ha desvelado otra de las pulsiones de estos pelmazos: la de querer meter palitroques por la tráquea.

[Publicado en Zoom News]

16.1.13

Hipócrita escritor

Me ha pasado ya varias veces que, leyendo el comentario a un artículo mío, me he dado cuenta de que el comentarista no lo había leído entero. Lo elogiaba o lo criticaba, da igual: el caso es que, por algún detalle (por ejemplo, la recomendación de algo que ya estaba en el artículo), se veía claramente que se había lanzado a comentar antes de haberlo terminado. En tales casos, yo me he lanzado a replicarle a mi vez, para señalar su falta. Solo me ha retenido, al empezar a escribir, la autoconsciencia de que estaba haciendo lo mismo: iba a contestar a su comentario sin haberlo leído entero.

Esto me ha hecho pensar en la enojosa palestra que es internet: constituida por individuos que no leemos, solo escribimos. El “hipócrita lector” de Baudelaire ya no existe. No porque haya dejado de ser hipócrita, sino porque ha dejado de ser lector, solo lector: ahora es, ante todo, escritor. De manera que lo de “hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère” podría ampliarse así: “hipócrita lector, mi semejante, mi hermano... tanto, que también eres escritor”. La lectura ya no es más que una palanca para la escritura. Lo leído no penetra, sino que rebota. Es una excusa para reaccionar: el texto es solo pretexto.

Hace una o dos generaciones todavía se prestigiaba al lector. Castellet publicó La hora del lector; Gil de Biedma respondía a la pregunta de por qué había dejado de escribir con aquello de “al fin y al cabo, lo normal es leer”; Borges declaraba “que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído”; y Savater suele repetir que jamás habría escrito si le hubieran pagado por leer... Estos lectores han sido también escritores, y por eso los conocemos: pero su escritura nacía de la lectura; rodaba, por decirlo así, por el asfalto de la lectura. Nuestra escritura, en cambio, se desliza en una suerte de aquaplaning: va por encima de textos que no terminamos de leer, en los que no terminamos de aterrizar.

Si “lo normal es leer”, esta sobreabundancia de escritura supone una anormalidad, una aberración. Por una razón autoconcluyente: se trata de escritura que no se lee. Toda lectura corrobora que el circuito se ha completado, porque es siempre lectura de algo que se ha escrito. La escritura, en cambio, no basta por sí sola: es una mera invitación de baile, que se queda en nada si nadie la acoge. O en peor que en nada: en un ademán ridículo. La solución rápida es la de ponerse a bailar con uno mismo, que es lo que casi todos hacemos; de ahí que nuestro panorama resulte eminentemente masturbatorio. El filósofo Berkeley pensaba que la realidad se sostenía por las percepciones de los sujetos (y, por encima de ellos, por la percepción de Dios). Borges consideraba que esa misma era la naturaleza de los textos: realidades que solo se sostienen por la percepción de los lectores. La ausencia de estos transmuta los textos en entidades fantasma (naturalmente, descreemos de la existencia de un Lector).

Pero aún existen lectores que no escriben: yo conozco a algunos en persona (no hay otro modo de conocerlos) y constituyen una genuina aristocracia. Son sabios como Ricardo Reis: se contentan con el espectáculo del mundo –esto es, de internet–, y no incurren en la debilidad de escribir. Voluntariamente o no, cumplen lo que proponía Nietzsche: “Aprender a ver – habituar el ojo a la calma, a la paciencia, a dejar-que-las-cosas-se-nos-acerquen; aprender a aplazar el juicio, a rodear y a abarcar el caso particular desde todos los lados. Esta es la primera enseñanza preliminar para la espiritualidad: no reaccionar enseguida a un estímulo, sino controlar los instintos que ponen obstáculos, que aíslan”. Lo que solemos hacer el resto, empezando por nosotros, los opinadores profesionales, es justo lo contrario.

[Publicado en Jot Down]

15.1.13

El Telearmario

Dicen que el Telediario de la anterior etapa era más ecuánime que el actual. No lo sé, porque yo no lo veía. Aunque me escamaba que quienes lo elogiaban fuesen los partidarios del Gobierno, mientras que los otros lo criticaban. Como siempre, vamos. Ahora también. Ahora, como mínimo. ¡Traigo una prueba fresquita! El Telediario sigo sin verlo, pero por este tuit del periodista Ignacio Martínez he conocido una muestra lamentable (en realidad, más patética que lamentable) de manipulación:

Para los demás medios, por ejemplo para El País, la salida del armario de Jodie Foster durante la ceremonia de los Globos de Oro de anteayer era noticiable. He visto el vídeo y, al margen de otro tipo de consideraciones que puedan hacerse, lo cierto es que es una preciosidad:



Para el Telediario del PP, en cambio, ha sido excesivo. Sobre las imágenes y la voz en bajo volumen y en inglés de Jodie Foster, la locutora española emitía una parrafada que, técnicamente, suponía un empujar la puerta del armario, para que la actriz no saliera. La transcribo: “Jodie Foster, sin reparos en reconocer que ha cumplido los cincuenta, cautivó y emocionó al público el recibir el Globo de Oro a toda una carrera. Su discurso en favor de la privacidad y en homenaje a su familia hizo derramar muchas lágrimas. Las grandes actrices lo son incluso cuando no actúan”. Esta última frase, por cierto, parece recochineo de la fingidora que habla. Pueden verlo y oírlo aquí, a partir el minuto 48:26:


Aunque, mirado con perspectiva, el Telediario de Rajoy (así son nuestros telediarios: noticiarios de autor del gobernante de turno) podría pasar por progresista en este caso. Al fin y al cabo, utiliza con naturalidad el término de “familia” para referirse a una unión entre personas del mismo sexo, que era a lo que se había estado oponiendo siempre. Sin darse cuenta, ha dignificado el armario.

[Publicado en Zoom News]

10.1.13

La estación de Perpiñán

Entre el AVE y yo hay algo personal. Como escribí en otra ocasión, el resultado de la llegada del tren de alta velocidad a Málaga es que mis viajes a Madrid ahora tardan dos horas más, ya que he tenido que volver al autobús. El incremento de precio ha sido excesivo en relación con el ahorro de tiempo. Para mí el AVE es el símbolo del despilfarro pretencioso e ineficaz que nos ha conducido a la crisis, y no es extraño que los viajes anteriores al estallido de la burbuja inmobiliaria fueran insoportables por los gritos al teléfono de los constructores, que en él se sentían como en casa. De manera que he recibido de uñas el paseo de Mariano Rajoy, Artur Mas, el Príncipe Felipe y la ministra Pastor, con ganas de que ocurriese algo digno de Hitchcock o de Agatha Christie. Pero nuestros gobernantes son aburridos y no dan para historias de suspense, y mucho menos de crímenes. Verlos en el AVE ha sido como ver un belén: quizá el verdadero belén de estas Navidades.

Los viajeros suelen rogar que no les den asientos enfrentados, por no ir todo el trayecto con la cara de un desconocido como paisaje. Pero hay algo peor que tener enfrente la cara de un desconocido, y es tener enfrente la de un conocido con el que te llevas mal. Presumo (¡como diría Poirot!) que, a pesar de la tecnología, el viaje se les hizo larguísimo y lentísimo. Artur Mas, encima, tuvo que sufrir en silencio que la Alta Velocidad fuera Española, lo que para él debe de equivaler a unas almorranas. Aunque se le veía cómodo sentado. Algo que se explica por que en esa postura no resaltaba que, de los tres caballeros, él era el bajito. El tamaño no importa, claro está; pero debe de ser fastidioso sentirse antiespañol y parecer el español del conjunto. (Rajoy y el Príncipe, con esas barbas, parecían por su parte los herederos de Wifredo el Velloso).

Todas mis esperanzas, sin embargo, están puestas en el próximo viaje: el que llegará el año que viene a Perpiñán. Allí, según Dalí (que nació precisamente en el destino de esta vez: Figueras), se encuentra el centro del mundo. Aunque los españoles, siempre tan prosaicos, no acudían a Perpiñán por eso durante el franquismo, sino por aquella otra razón tan conocida: la de ver películas porno. Y quizá aquí podría estar el germen del entendimiento. Mas y Rajoy (¡excluso al Príncipe, y a la ministra!) podrían aprovechar el viaje a Perpiñán para relajarse, homenajeando los viejos tiempos con aquello que proponía Torrente y que en una columna seria como esta no puedo repetir.

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8.1.13

El último caramelo

Cada muerte es un absoluto, porque con cada muerte el mundo se termina. Pero hay muertes con asociaciones semánticas que las vuelven insoportables; así, “niño”, “cabalgata”, “Reyes Magos”, “carroza”, “caramelo”. La desgracia que ocurrió el sábado en Málaga parece diseñada para conmocionar. Aunque la apariencia de fatalidad –como sabían los trágicos griegos– no deja de resultar catártica, porque insinúa un sentido. Nosotros, sin embargo, apenas percibimos otra cosa que azar. Tragedia exenta. La resquebrajadura súbita, por mala suerte, de nuestras protecciones. El engranaje de la cabalgata, concebido para fomentar las ilusiones de los niños, tritura a uno de ellos.

Solo aquí, desde la existencia, podemos imaginarlo corriendo hacia la carroza, ajeno al peligro. Su atención estaba solo en el caramelo, y por él se salió del mundo, o el mundo lo expulsó. La cabalgata siguió, como sigue la vida. Se procuró que los demás niños se mantuvieran resguardados por la ilusión. Fue duro; pero también compasivo, a su manera. Cuando supe la noticia, me acordé de este aforismo de Nietzsche: “A un niño que está muriéndose se le da todo lo que quiere, terrones de azúcar – ¿qué importa que se estropee el estómago? – ¿y no nos encontramos todos nosotros en la situación de ese niño?”.

Ahora estudian poner vallas a lo largo del recorrido en las futuras cabalgatas, y que no se arrojen caramelos. Rebrota el miedo de Occidente al accidente, según el juego de palabras de Octavio Paz. No se trata de defender la inconsciencia, ni de alentar las temeridades; pero por la pretensión de seguridad absoluta asoma el nihilismo: la neurosis que nos resta alegría. Tales temores parecen inevitables a estas alturas, y creo que poco queda ya sino aceptarlos como síntomas de decadencia. Pero quisiera quedarme hoy con la imagen contraria: la del niño ascendente, sin temor, que va detrás de un caramelo.

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3.1.13

El malestar permanente

2012 no solo ha sido el año de los recortes: ha sido también el de la nostalgia por el mundo anterior; por el mundo, podríamos decir, no recortado. Lo llamativo es que, a quienes hoy más exhiben esa añoranza, no recuerdo haberles visto defender entonces aquello que hoy echan de menos. Al contrario: les recuerdo en un estado de un malestar permanente, que ni el estado del bienestar saciaba.

Hablo de una cierta izquierda instalada en aquel bucle melancólico que Jon Juaristi atribuyó a los nacionalistas vascos: un descontento perpetuo por la realidad, que en cada momento remite a un estadio anterior puramente imaginario. Cuando disfrutábamos de un estado del bienestar sin recortes (¡hasta con Aznar lo teníamos!), tampoco les parecía suficiente a nuestros nostálgicos: lo tachaban de apaño capitalista, con el que era pequeñoburgués transigir.

Pero lo cierto es que hemos vivido muy bien. No por encima de nuestras posibilidades (como diría Cebrián), sino exactamente con la dignidad que merecíamos. Aquí, como en cierta ocasión escribió Félix de Azúa, cualquier obrero podía acceder a comodidades que le estaban vedadas a un senador romano. Nos habíamos beneficiado de esa cosa tan prosaica: el reformismo. Aquello que atacaban justo quienes hoy añoran lo que gracias a él se consiguió.

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1.1.13

El día sin periódicos

El 1 de enero era uno de los tres días que teníamos sin periódicos, y el de un mayor simbolismo: el año empezaba con el blanco de la prensa, que hacía juego con los valses y los saltos de esquí. Esto con internet se ha terminado. El discurso escrito no cesa y, aunque los quioscos permanecen cerrados y no hay periódicos de papel, las webs siguen emitiendo palabras, como las radios y las televisiones. Es otro de los lujos de los que la escritura ha prescindido. Viene a ser algo así como el síntoma de su ausencia de reposo.

El día sin prensa se acompasaba también con la resaca. Y dejaba un vacío que servía para hacer balances y para hacer propósitos. Era como si por un día nos resguardásemos de la “rabiosa actualidad”. Sin prensa, la actualidad misma parecía remitir; y qué extraña sensación cuando se producía una noticia importante en esta jornada: casi parecía un sacrilegio. En La emboscadura, que es un buen manual para nuestra época, escribe Ernst Jünger: “La simple necesidad que la gente siente de absorber varias veces al día noticias es ya un signo de angustia; la imaginación gira y gira y de esa manera va creciendo y paralizándose. A lo que se asemejan todas esas antenas que hay en las ciudades gigantescas es al cabello erizado”. Los periódicos antes apostaban por la deselectrificación. Ya no pueden.

Y en realidad los lectores tampoco podemos ya. Casi no nos damos ni la pausa de las campanadas, las uvas y el brindis. Los que nos quedamos en casa en Nochevieja (y también en Nochebuena) hemos adquirido la costumbre de, en cuanto remiten los compromisos familiares, asomarnos a internet. Para ver si hay alguna noticia, y para saludar a nuestra familia online, que al fin y al cabo es la familia con la que pasamos más tiempo a lo largo del año. Yo hoy he querido dejar este artículo un poco en blanco, para homenajear a los antiguos días sin periódicos. Quisiera que estas líneas no desentonaran con los valses ni con los saltos de esquí, ni con las resacas, ni con los restos de serpentinas. Feliz año nuevo. (Seguiremos atentos, a ver qué pasa).

[Publicado en Zoom News]