29.3.18

El error fue dedicarse a esto

Mayor que el miedo a la página en blanco es el miedo a la página escrita. Esta constituye ya una prueba, y por ahí puede saberse que uno es un impostor. Endiablado oficio, colgado entre dos angustias. Decía Jaime Gil de Biedma que a él no le gustaba escribir, sino haber escrito. Pero haber escrito también tiene sus inconvenientes. En toda página está plasmado un fracaso. Le devuelve a uno el bofetón de sus limitaciones. Por muy aparente que se muestre el edificio, el autor sabe que son escombros. Y no es una percepción romántica, sino realista. Si "el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona", como apuntó Hölderlin, la cruda realidad es que es un mendigo igualmente cuando escribe, cuando ha escrito.

El primer impulso es esconder la página. Que no la lean, que no lo sepan. Que no sepan lo mal escrita que está, las tonterías que dice, las incoherencias y los huecos que contiene. Pero siempre se da a leer. Y entonces uno se hunde. Todo por dentro, sin que se note. Hay una vergüenza soterrada. Como si le hubiesen encargado un traje y uno entregara una caja con retales, con mangas mal cosidas, con botones sueltos. Ese momento desconsolado de la página en que ha sido enviada y aún no ha tenido lector. El autor espera que le llamen para decirle que de qué va, que por qué ha mandado esa mierda, que a quién pretende engañar, que es un estafador. Y no deja de sorprenderle cuando no le dicen nada, cuando su engendro cuela, e incluso, como sucede a veces, cuando le dicen que está muy bien.

Aquí se produce algo de magia, o de alucinación. El autor podría replicar a los elogios con un "el rey va desnudo", referido a su propia página. Pero lo cierto es que observa cómo se reconstruye el traje. Para su sorpresa, basta con que el lector la celebre para que él la celebre también. Las ruinas que percibía antes, de pronto están rehechas. La lectura de alguien que no es él les ha dado solidez, y esa impresión se le contagia. Cuando relee lo que él mismo escribió y que le parecía chapucero, lo encuentra digno. Sabe que el lector no conoce la diferencia entre lo ambicionado y lo conseguido; pero en el nido del ego empieza a crecer el pollo de la autosatisfacción.

Aunque en realidad va contrarrestada. El proceso ha supuesto, en términos generales, un incremento de la niebla. Naturalmente, una desconfianza ante la percepción propia. Si lo que uno escribe depende de la mirada del otro, ¿con qué mirada lo escribe? En adelante solo hará tanteos, sin saber muy bien lo que está manejando. Escribirá desde la incertidumbre. Está condenado a componer partituras en el vacío. El de la escritura es un arte inestable. Lo cual, por otra parte, responde a su origen: la letra es un intento de cifrar el aire, el aire articulado de la voz, y su esencia volátil la mantiene. Se trata de hacer algo con humo, sin que deje de ser humo.

Pero el miedo a la inestabilidad se da junto con el miedo a la fijación: hay un ping-pong de miedos. El miedo a quedarse embalsamado en lo escrito. Al fin y al cabo uno sigue su curso, pero la página permanece ahí, como un cadáver. Un cadáver que nos reclama, porque posee un cierto poder gravitatorio. Cada página escrita tira del autor hacia la muerte. Y el autor solo puede librarse o aplazarse (somos "cadáveres aplazados", escribió el Ricardo Reis de Pessoa) sembrando más cadáveres. A la vez, en mitad de este panorama tétrico, uno sabe que tendría que tomárselo sin tragedia, con humor y distancia; que tendría que ser más zen, más Montaigne. Pero como no siempre lo consigue, al final uno termina sintiéndose ridículo, que es la variante menos sabia de la sabiduría. Con lo que la angustia crece aún más, y se enturbia. Ni siquiera podemos agarrarnos a ella, ni ir, a estas alturas, de Flaubert.

El miedo a la página en blanco, pues, no es el miedo al vacío: es el miedo a llenarlo. El error fue dedicarse a esto.

* * *
Publicado en el trimestral de Jot Down nº 11, especial ¿Quién dijo miedo? (verano 2015) con el título "Que no lo sepan".

26.3.18

¿Qué vamos a hacer con ellos?

El procés está resultando tan largo (¡tan agotadoramente largo!) que da tiempo para pensar en todo. Y para sentirlo todo, casi de todas las maneras. Mi ánimo es hoy menos pugnaz que melancólico. Una melancolía no exenta de ternura. Ahora veo a los independentistas como unos inútiles entrañables. El último ha sido el primero, Carles Puigdemont, al que han detenido en Alemania. En una gasolinera: nivel Vaquilla.

Han querido empezar la casa por el tejado: pretendían independizarse de España cuando su chapucismo español les incapacitaba para ello. Todo estaba atado y bien atado en estos tipos: por ser españoles (por ser, de hecho, los últimos españoles de los que pueblan la Historia de España) no podían culminar con éxito su empresa. En ningún momento han parecido revolucionarios franceses, sino personajes de Las autonosuyas de Vizcaíno Casas o, mejor, del dibujante Ibáñez: Pep Gotera y Otili (chapuzas a domicili).

Reírse de ellos es ya como reírse del tonto del pueblo. Acabo de hacerlo y me siento fatal (un poco). Las risas se me quitaron con el tuit de aquella madre independentista en la última cacerolada al Rey. El tuit, que fue en catalán –quizá el más escalofriante de todo el procés–, lo doy en la traducción de Cristian Campos: “Mi hijo se ha puesto a llorar durante la cacerolada porque se pensaba que nos podrían meter en la prisión por hacerla. Qué mierda de país nos está quedando cuando un niño de siete años tiene miedo de que encierren a sus padres por aporrear una cacerola”.

Es deprimente. Por lo que tiene de sintomático acerca de lo que se cuece en esas cabecitas... Están destruyendo a sus hijos y no lo saben. Insisto (esto es lo sustancial): no lo saben. ¡En qué situación tan embarazosa se han metido y nos han metido! ¡Y de un modo tan absolutamente innecesario! ¡Qué desolador cuando tantos se van por el desagüe así! ¿Qué vamos a hacer con ellos?

Lo peor es el insulto que se deduce del comportamiento de los independentistas en estos meses; el insulto hacia nosotros, el resto de los españoles (incluidos los catalanes no independentistas). El desprecio con el que han tratado al Estado español y la impunidad con la que se creían estar actuando son el reflejo de lo muy superiores que se sentían; es decir, de lo muy inferiores que nos veían. No nos tenían ningún respeto. A algunos nos ha costado creerlo, pero lo de la xenofobia y el supremacismo era verdad. Lo repugnante de sus lágrimas es que son sinceras.

* * *
En El Español.

22.3.18

La Revolución en directo

Con la Revolución rusa me pasó lo que con la Revolución francesa. Comparecieron ambas por primera vez en las clases del instituto. Quiero decir al completo, en toda su secuencia: antes –en el colegio, en el picoteo de las enciclopedias, en la tele– solo tuve estampas aisladas. Mi profesora de Historia era buena, minuciosa, y yo creo que marxista; al menos prestaba atención a las “condiciones materiales”. Pero ante todo era rigurosa: no nos escamoteaba los hechos. Y con las dos revoluciones me pasó lo mismo, conforme las íbamos estudiando. Primero indignación ante las injusticias sufridas por el pueblo francés o ruso, segundo exaltación con el estallido liberador, tercero horror ante los crímenes y la dictadura en que concluía el estallido. Que las dos revoluciones desembocasen en lo mismo insinuaba una ley; ley que se cumplía en todos los demás ejemplos históricos. No tardé en llegar a la conclusión de que las formalidades eran imprescindibles, y que el fin no justificaba los medios. Quizá había que emplear la fuerza en una situación cerrada, en condiciones de opresión sin salida; pero no había un bien posterior al Estado de derecho, ni mejor que el Estado de derecho. No había justicia posible que rebasara el pluralismo. Entre los márgenes de la “democracia formal” tendríamos que vivir: como bien en sí mismo para los que no teníamos depositada excesiva fe en la política; como mal menor para aquellos cuyo anhelo fuera, imperiosamente, la justicia universal. Lo he tenido tan claro desde los diecisiete años que nunca ha dejado de sorprenderme el afán por “intentarlo de nuevo” pese a las lecciones de la historia, ya inapelables. Se podría ir mejorando, en dirección a la justicia, pero a partir de una conciencia estricta de qué es lo que no puede violarse. Mi consternación la produce el comprobar una y otra vez que muchos –los que “vuelven a las andadas”– carecen de esa conciencia.

En este 2017 en que se cumplen cien años de la Revolución rusa he leído un libro que me ha hecho revivir el proceso: las Cartas desde la revolución bolchevique de Jacques Sadoul (ed. Turner). No es un libro de historia, sino un libro escrito desde la historia. Las cartas están fechadas en Rusia (en Petrogrado –San Petersburgo– o Moscú) entre octubre de 1917 y enero de 1919, conforme se desarrollan los acontecimientos. Esto hace que tengan espontáneamente la perspectiva que Johan Huizinga exigía a todo historiador: “Debe situarse constantemente en un punto del pasado en el que los factores aún parezcan permitir desarrollos diferentes. Si se ocupa de la batalla de Salamina, debe hacerlo como si los persas pudieran ganarla aún”. Aunque Sadoul en el fondo es un determinista, que cree (o va creyendo) en el advenimiento final del comunismo, se encuentra metido en los hechos y es testigo de su multiplicidad, de su aleatoriedad, de sus posibilidades distintas de concreción. Sus cartas producen en el lector, pues, la experiencia de asistir a un proceso abierto. Como escribe en una de ellas: “Había pensado que en un periodo de agitación revolucionaria, por una parte, el riesgo de un posible accidente en los círculos que frecuento hacía preferible el informe cotidiano y que, por otra parte, la impresión fijada día a día ofrecía la ventaja de presentar al lector una sensación más verdadera del carácter necesariamente caótico de los acontecimientos que un informe escrito en frío, cuando una perspectiva de algunos días o algunas semanas permite estimar con más facilidad el valor relativo de los hechos y evitar los juicios apasionados, más tendenciosos pero más vivos”.

Jacques Sadoul (1881-1956) era un abogado y político francés socialista (más tarde, uno de los fundadores del Partido Comunista Francés) que fue enviado a Rusia por el exministro de Armamento y diputado Albert Thomas, también socialista, para que le enviase cartas sobre la situación en aquel país. El interés del gobierno de Francia era que Rusia permaneciera en combate en la Primera Guerra Mundial, para debilitar a Alemania en su lucha en dos frentes, el oriental y el occidental; por más que las condiciones del ejército ruso fueran desastrosas. El anhelo de salir de la guerra fue una de las razones –junto con la miseria, la explotación, la autocracia zarista, el hambre– que desencadenaron la revolución de febrero de 1917, que derrocó al zar e instauró un gobierno provisional, que se mantendría en el poder hasta que se celebrase una asamblea constituyente. Pero habían pasado ocho meses y Rusia seguía en la guerra, para desesperanza de la población y del mismo ejército, cuyos soldados desertaban por centenares de miles; en muchas ocasiones, con el asesinato de los oficiales. Sadoul llegó a Petrogrado unas semanas antes de que se produjese la revolución de octubre, que tendría lugar el 25 de octubre (según el calendario juliano, que regía en Rusia) o el 7 de noviembre (según nuestro calendario, el gregoriano, que se implantaría también en Rusia en 1918). Y lo primero que constata es: “El deseo de una paz inmediata, a cualquier precio, es general”. Un deseo asociado a la revolución: “Que el pueblo ruso sienta en conjunto aversión y odio por la guerra, que aspire ardientemente a la paz, sea cual sea, que haya podido percibir en la revolución un medio más seguro para alcanzar esa paz, todo esto me parece hoy claro y evidente”.

Un aspecto fundamental del libro es todo el proceso diplomático por el que Sadoul intentará que las potencias aliadas reconozcan a los bolcheviques y les apoyen, para que estos puedan permanecer en la guerra, con un ejército renovado. Pero tales potencias, empezando por la Francia de Sadoul, no solo no los reconocerán, sino que alentarán –abierta o solapadamente– la contrarrevolución. Por su parte, la Rusia bolchevique firmará forzadamente con Alemania, tras una negociación tortuosa, la paz de Brest-Litovsk, al tiempo que se ve envuelta en su propia guerra civil. Sadoul, que en un principio se define como “no bolchevique”, terminará convertido en un bolchevique ferviente. Su doble lealtad, la patriótica y la revolucionaria, terminará venciéndose del lado de la segunda. De hecho, fue condenado a muerte en Francia por un tribunal militar; aunque no se ejecutó la sentencia.

El 25 de octubre de 1917, Sadoul escribe:
El movimiento bolchevique ha estallado esta noche. Desde mi habitación oí el lejano ruido de algunos tiroteos. Esta mañana, las calles están tranquilas. [...] Hora tras hora, nos vamos enterando de que las estaciones, el banco de estado, el telégrafo, el teléfono, la mayoría de los ministerios han caído sucesivamente bajo el control de los insurrectos. [...] El palacio de invierno está rodeado por los bolcheviques. [...] Todas las intersecciones están vigiladas por guardias rojos. Circulan patrullas por todos lados, algunos coches blindados pasan rápidamente. Algunos disparos por aquí y por allá. La numerosa multitud de curiosos huye, se tumba, se aparta bajo las paredes, se amontona bajo las puertas, pero la curiosidad es más fuerte y pronto se acercan a mirar entre risas. Ante el [instituto] Smolny, numerosos destacamentos, de la guardia roja y del ejército regular, protegen el comité revolucionario. [...] Los bolcheviques son cada vez más entusiastas. Los mencheviques, por lo menos algunos, bajan la cabeza. Han perdido la confianza. No saben qué decisiones tomar. Realmente, entre todo este personal revolucionario, únicamente los bolcheviques parecen ser hombres de acción, llenos de iniciativa y audacia.
De ese primer día, hay una indicación significativa: “El gobierno provisional está asediado en el palacio de invierno. Ya lo hubieran hecho prisionero si el comité revolucionario hubiera querido usar la violencia, pero la segunda revolución no debe derramar una sola gota de sangre”. Y solo tres días después, tras la resistencia de Kérenski, primer ministro del gobierno provisional: “Lo que [a Trotski] le preocupa, por encima de todo, es la situación política. Los mencheviques están meditando una mala pasada. Pero, para evitar nuevas tentativas antibolcheviques, habrá que ejercer una represión implacable y el abismo entre las fuerzas revolucionarias se ahondará todavía más”. El 31 de octubre: “La calle está totalmente tranquila. Hecho increíble, durante la semana sangrienta, gracias al puño de hierro y a la poderosa organización de los bolcheviques, los servicios públicos (tranvías, teléfono, telégrafo, correos, transportes, etcétera) no han dejado de funcionar normalmente. Nunca el orden ha estado mejor asegurado”.

Con esta inmediatez van apareciendo los acontecimientos en las cartas. Sadoul logra tener acceso a Lenin y a Trotski, sobre todo a Trotski, y va dando cuenta de sus conversaciones cotidianas con los “dictadores del proletariado” (esta expresión usa). Asistimos a las dificultades de la revolución, sus contratiempos, sus éxitos, las estrategias cambiantes, la presión acuciante de las circunstancias, las dificultades económicas, la violencia... En enero de 1918 narra la disolución de la asamblea constituyente por parte de los bolcheviques, tras su fracaso en ella. Las tensiones van desembocando paulatinamente en el sistema de partido único, con la represión y supresión de sus enemigos.

Durante mi lectura estuve esperando el momento en que los bolcheviques matan al zar y su familia. Pero estos crímenes son escamoteados. Tuvieron lugar el 17 de julio de 1918. Hay una carta de Sadoul del 12 de julio, y la siguiente es ya del 25. No sé si tiene algo que ver, pero a partir de esta carta el tono es más abstracto, más doctrinario. Casi propagandístico. O quizá se deba a que son ya las últimas cartas y se impone el afán de recopilación. En cualquier caso, es un afán guiado por la perspectiva bolchevique. Sadoul se ha convertido en militante. Escribe: “El poder revolucionario de los sóviets dura desde noviembre, y nunca ha sido tan robusto. Sin embargo, a la lucha por su vida, ha añadido la inmensa tarea de destruir el viejo mundo político, internacional, económico y social, y luego crear el estado comunista”. Hace suyo el lema “todo el poder a los sóviets”, porque significa “todo el poder directamente entregado a los obreros y los campesinos”, algo que “sintetiza el esfuerzo político de la revolución de noviembre”. A los que criticaron la disolución de la asamblea constituyente los llama, en lenguaje de partido, “pseudo-revolucionarios –juguetes conscientes o inconscientes de la burguesía– echados por el pueblo ruso”. Y desacredita la democracia parlamentaria, en favor de los sóviets:
Los bolcheviques no han querido imponerle a Rusia una constituyente, miserable copia de nuestros viejos parlamentos burgueses, auténticos soberanos colectivos, absolutos e incontrolables, dirigidos por un puñado de hombres demasiado a menudo vendidos a la gran industria o a la alta banca, cuya clamorosa insuficiencia ha arrojado hacia el antiparlamentarismo anárquico a tantas democracias occidentales. Nuestros parlamentos no son, nos lo figurábamos antes de la guerra, hoy estamos seguros, más que una caricatura de representación popular. Los sóviets, por el contrario, son instituciones propias de los obreros y los campesinos, exclusivamente constituidas por trabajadores enemigos del régimen capitalista, decididos no a colaborar con este régimen, sino a combatirlo y a abatirlo.
Más adelante: “Los rusos han comprendido muy rápido la superioridad de las asambleas soviéticas legislativas, ejecutivas y trabajadoras respecto a los cuerpos parlamentarios, respecto a nuestras chácharas de antiguo modelo. [...] Sobre el libre juego de las instituciones soviéticas, el poder real está abajo. Surge de las capas profundas del pueblo”. Y defiende abiertamente la dictadura:
En efecto, únicamente la forma flexible de los sóviets ha permitido realizar y hacer que se acepte una dictadura, es decir un gobierno de hierro, implacable, aterrador, pero absolutamente inevitable en una crisis revolucionaria tan aguda. / La dictadura de los sóviets es, claro está, la dictadura en beneficio de los trabajadores. Solo otorga el derecho de ciudadanía a los individuos creadores de valores sociales, a aquellos que ofrecen a la colectividad más de lo que reciben de ella. La fuerza de imposición de los dictadores es pues utilizada por el pueblo laborioso contra las clases parásitas anteriormente dirigentes que intentan sin descanso recuperar sus privilegios con el sabotaje, la violencia o la traición.
La dimensión religiosa apenas se disimula: Sadoul habla de “la santa causa del proletariado universal”, de la “fe extraordinaria, bajo la dirección de Lenin, inteligencia admirablemente viva, equilibrada, lúcida, voluntad soberana, mano de hierro”, de que por lograr mantenerse en el poder frente a tantas adversidades “los soviéticos han realizado un milagro”, y de que “los campesinos y los obreros de Rusia penan y sufren por sus hermanos, por poner fin en el mundo a la explotación del hombre por el hombre”. Hay una confianza mesiánica, providencial sobre lo que está ocurriendo “en este vasto laboratorio del socialismo que es Rusia”. Las penalidades están justificadas:
Ciertamente, no todo va a mejor en el mejor de los mundos. Exigirá todavía meses, y sin duda, años de experiencia, de tanteos y de ajustes. Evidentemente no podrá realizarse de manera completa hasta que el proletariado de uno o dos grandes países europeos, entendiendo por fin las lecciones de esta revolución, acuda a unir sus esfuerzos con los del proletariado ruso. Por otra parte, como dice Lenin, cuando muere la vieja sociedad no se puede clavar el cadáver en el féretro y meterlo en la tumba. Este cadáver se descompone a nuestro alrededor. Se pudre, nos infecta a nosotros mismos. Estamos obligados a luchar por la creación y el desarrollo de brotes de la nueva sociedad en una atmósfera viciada por los miasmas de la burguesía en putrefacción. No puede ser de otra manera. Cualquier sociedad deberá pasar del régimen capitalista al régimen socialista dentro de un estado capitalista en descomposición y mediante incesantes combates contra la infección.
Y termina diciendo (así concluye la última carta): “He procurado hablarle solo de la situación en Rusia. Aquí prácticamente no sabemos nada de la situación en Francia. Espero sin embargo que la revolución inevitable y necesaria esté en marcha”.

Para terminar, quisiera referirme al prólogo de Constantino Bértolo (que es el traductor de la obra, junto con Inés Bértolo). Hace una excelente presentación de Jacques Sadoul y sus cartas, que sitúa en su contexto literario e histórico. Las tensiones, e incluso contradicciones, de Sadoul tienen que ver con la situación en que se encontró la izquierda europea ante la Gran Guerra, desgarrada entre sus ideales de clase, internacionalistas, y las lealtades nacionales. Bértolo resalta cómo estas Cartas desde la revolución bolchevique nos muestran algo poco común: una “intimidad política”. Su visión de este libro, naturalmente, no es simplista, atiende a su complejidad; pero propone algo que a mí no tiene más remedio que rechinarme. Como apunté al principio, mi lectura ha vuelto a constatar el desastre que fue en último término la revolución. Pero Bértolo se resiste a esta lectura. Él sigue confiando en la “emancipación que, en el relato dominante de hoy, se entiende, desea o pretende como agotada u obsoleta”, y apela a los “distintos y nuevos espacios que se reclaman, con no mucho entusiasmo en verdad, como herederos morales de aquel relato”, desde los que “se busca hoy la construcción de un nuevo imaginario revolucionario”. Lo bueno de las cartas de Sadoul es que, por su carácter de documento histórico, admiten las dos lecturas.

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Publicado en el trimestal Jot Down nº 21, especial URSS.

21.3.18

Revisitando a Almodóvar

He estado este marzo lluvioso revisitando películas de Pedro Almodóvar. Uso revisitar porque me gusta el modismo: es moloncete. Y tiene sus enemigos puntillosos, que es lo que le da vidilla al molar. Aquí viene especialmente a cuento, porque me gusta Almodóvar por algo parecido.

He visto (¡revisitado!) ocho, por este orden: La flor de mi secreto (1995), Kika (1993), Todo sobre mi madre (1999), Carne trémula (1997), Los abrazos rotos (2009), Hable con ella (2002), Volver (2006) y La piel que habito (2011).

Menos Kika, que es irrecuperable, todas han mejorado con el tiempo. Incluso dos que me gustaron menos en su día: Carne trémula y Los abrazos rotos. Y La piel que habito, que me pareció deplorable en su primera parte (pero que iba mejorando hasta llegar a ser muy buena), me parece ahora buena entera. Casi perfecta. Como Todo sobre mi madre y Volver. Las perfectas, sin casi, son Hable con ella y La flor de mi secreto.

Cuando un amigo me dijo que mi gusto por Almodóvar era generacional, caí en que siempre han estado ahí sus detractores, incluso en los ochenta. Mi afición ha tenido un trasfondo de risitas. Sus detractores de ahora no descubren nada. Lo que no sé (eso lo reconozco) es si habrá almodovarianos nuevos...

Vistas ahora, con la época ya en contra, se han vuelto un poco raras; yo creo que con ganancia artística (para quienes las sepan mirar). Destilan una subversión sutil, y no hacia esas gentes de derechas que las rechazaron y que tampoco van a acogerlas hoy. Es una subversión hacia cierto progresismo, en el que Almodóvar nominalmente se inserta. Por eso es un artista libre.

Su mundo es el de un “laberinto de pasiones” sin corrección política. Utiliza el arte a la vieja usanza, para conjurar demonios. Sus mujeres, las famosas mujeres de Almodóvar, son fuertes (y frágiles), intensas, torturadas, pasionales, rebeldes, algo guarras y gamberras: se toman unas licencias que hoy estarían mal vistas. Como sus gays (y sus lesbianas y sus transexuales).

En su día nos descubrieron un mundo. Nos mostraron una cierta cotidianeidad desvalida, hipersensible. Era nuevo para España. Esa Marisa Paredes que baja a la calle a que alguien le quite los botines, esos botines que le aprietan y que se ha puesto por amor, ¿dónde la habíamos visto antes?

Un hombre de La Mancha salió de su pueblo a enseñarnos un modo de vivir en la ciudad; y lo que es más bonito, un modo también de regresar al pueblo.

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The The Objective.

19.3.18

Eugenio Trías, maestro filósofo

Ando con Trías, autor al que leí mucho y que vuelvo a leer. Estoy con sus memorias y con la recopilación de sus artículos entre 2001 y 2013, año en que murió. En febrero se han cumplido cinco. Junto con este libro de artículos, La funesta manía de pensar, viene Sobre Eugenio Trías, un volumen de homenaje con textos de cuarenta amigos más su hijo (ed. Galaxia Gutenberg). Es ya la mejor introducción a la persona y a la obra del filósofo.

Safranski tituló su biografía de Heidegger –que Trías recomendaba– Un maestro de Alemania. Yo podría haber titulado este artículo "Un maestro de España", pero no queda bien. Estas cosas siguen sin quedar bien. Pero Trías fue un maestro, un maestro filósofo. Maestro por estimulante y fecundo; y, a diferencia de Heidegger, un maestro de civilización. Yo creo que ha sido lo más importante que le ha pasado a la cultura española en los últimos cincuenta años. Con el tiempo se verá. Cuando vaya decantándose el oro de la época, se verá que es el de Trías.

Cuando yo era estudiante en la Complutense, asistí a una conferencia de Eugenio Trías y me impactó. Salí disparado a hacerme con todos los libros suyos que encontrase. Eran los tiempos de Filosofía del futuro y Los límites del mundo. Leí también los anteriores, desde La filosofía y su sombra. Luego publicó La aventura filosófica y Lógica del límite (y veinte más: los he contado ahora). Por medio de su excelente escritura –una escritura de ideas que no desatendía lo sensible, lo singular– fue erigiendo un sistema filosófico, con las lecciones de nuestra época bien aprendidas: una época reacia a los sistemas.

Su obra, su filosofía, transmite grandeza. De esta noción se habla en la película de 1957 cuyo título Trías escogió para sus memorias: El árbol de la vida. En ella se dice que quien no la alcanza se convierte en “una mísera e incolora criatura”. Pero todos la pueden alcanzar, porque el ser humano es un sujeto limítrofe, fronterizo, y su propia condición ontológica le brinda el desafío. La condición es no cejar en el empeño. (Como también Fernando Savater indicó: se puede fallar, pero no desfallecer).

Los artículos de La funesta manía de pensar, publicados originalmente en El Mundo y en Abc, se ocupan de los temas que interesaban a Trías: el arte, el cine, la música, la religión, la filosofía (la “pasión filosófica”)... y la política. El arco que estos últimos abarcan induce a la melancolía, sobre todo los relativos al tema catalán. Y eso que Trías se ahorró estos cinco años. Aunque los perfiló en el que escribió en enero de 2013, un mes antes de morir: “Comedia triste”. Su clarividencia espanta.

Trías, que se consideraba catalán y español, y que tenía una concepción rica de lo hispánico, en la que lo catalán era una de sus modulaciones, saludó la llegada de Pasqual Maragall a la Generalitat; o sea, el fin del gobierno nacionalista. Era finales de 2003. Apenas un año después ya está decepcionado con lo que en la práctica resultó la prolongación del nacionalismo. A partir de ahí, su crítica se vuelve acerada: contra el proyecto de Estatut, contra Zapatero (antes había sido crítico con Aznar), contra el delirio mesiánico de Artur Mas, que fue lo último que alcanzó a ver de la deriva de Cataluña.

En diciembre de 2012 hace una interpretación psicoanalítica: “Nunca como ahora reza el dicho de que entre lo sublime y lo ridículo hay solo un paso. Introducir racionalidad en este delirio colectivo no es posible. Se ha rebasado la delicada franja de nuestra normalidad neurótica, de nuestras histerias y obsesiones, en dirección extraviada hacia una regresión psicótica. La que padece toda masa enamorada, conducida por un caudillo que solo atiende a su imaginario ferviente”. Y en el ya mencionado artículo de enero de 2013: “Los errores en política siempre se pagan. No es posible darse de cabezadas contra el muro de piedra del freudiano ‘principio de realidad’. [...] Mucho peor sería si ese deseo se realizase. [...] El paraíso soñado –Ítaca, Shangri-La o Xanadú– se iría trocando en infierno cotidiano”.

Antes había recomendado, de acuerdo con “una suerte razón fronteriza que sirviera de mediación”: “Se impone recuperar el centro. Sí, digo el centro, el centro político, ese denostado y ridiculizado centro del que los extremistas no quieren saber nada, o que les provoca aversión e inquina”. Produce estupor que un filósofo de su talla nos hable de hoy, de hoy mismo. Ya desde el otro lado del límite, cinco años después.

* * *
En El Español.

18.3.18

Jot Down 22

Está ya a la venta el trimestral nº 22 de Jot Down, especial Bibliofilia. La revista se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down. Yo colaboro con "Inspiración para leer", donde hablo de mi relación (¡apasionada pero conflictiva!) con la lectura y hago una confesión que sorprenderá a mis lectores; no es la que aparece en esta foto de avance:

12.3.18

Insoportable

Estaba documentándome para escribir sobre otra cosa cuando ha llegado la noticia de la muerte del niño Gabriel Cruz. Y ahora, ¿de qué otra cosa escribir?

He estado rehuyendo la noticia durante todos estos días. No soy periodista, solo un lector de periódicos que escribe en periódicos, por eso no tenía la obligación de informarme sobre este asunto dolorosísimo. Y he estado escapando de él como un cobarde.

Un escape imposible, porque la foto de ese niño alegre aparecía a cada paso: en la tele, en los periódicos, en las redes sociales. Ha venido punteando estas jornadas como la boca del horror: su cara feliz como un boquete que trastornaba. Todo lo que hemos estado haciendo durante estos doce días tenía esa réplica, esa refutación. El sumidero de la realidad, lo que le hubiese podido ocurrir a ese niño. ¿Cómo hemos podido seguir haciendo vida normal?

Los últimos días han sido los de los pescaditos. Los había pedido la madre, pero ese empeño voluntarista, fruto de la impotencia, del forzarse a tener esperanza, tan hermoso, tan delicado, me resultaba desolador. Me azotaba la idea de que el destino del niño ya estaba sentenciado. De que todos esos pescaditos, o pescaítos, o pececitos eran su cortejo en las aguas de la muerte. Sin embargo, la propia cara del niño no hacía más que recordar la vida. La colisión era insoportable.

Y el no saber provocaba dos efectos contrapuestos: los pensamientos más espantosos y a la vez la no oclusión del todo del destino previsible, porque sabemos que la realidad tiene mil caminos y siempre puede sorprendernos con algo parecido al milagro.

Pero ahora sabemos. Ha aparecido el cadáver del niño y parece confirmarse que ha sido un crimen. Ignoro aún los detalles, aunque ahora tampoco me importan: todo lo abarca la muerte exenta. Esa cara ya sin correspondencia en la vida, como una nave en órbita, perdida para siempre. Una estrella o un sol, ¿de qué otro modo llamarla? Causando un dolor, una pena, que en estos momentos es también insoportable.

Cuenta Montaigne en uno de sus ensayos que un pintor antiguo debía representar el dolor de quienes asistían al sacrificio de Ifigenia, según el grado en que esa muerte afectaba a cada uno. “Al llegar al padre de la doncella, agotadas las últimas fuerzas de su arte, lo pintó con el rostro cubierto, como si ningún gesto pudiese representar tal grado de sufrimiento”. Este artículo termina así, sin saber qué más decir, sin saber cómo terminar.

* * *
En El Español.

7.3.18

Un libro para bernhardianos

Acaba de salir un libro notable, ideal para bernhardianos: Thomas Bernhard, Viena y yo, de Antonio Ríos Rojas (ed. Nausicaä). Vale también para quienes se quieran introducir en Bernhard, de un modo entre teórico y práctico. Es un libro insólito, muy personal, surgido de una convicción genuina y algo desmesurada, como la que suelen tener los personajes de Bernhard. De hecho, el narrador es como un personaje de Bernhard pero con algo que se sale de ahí, original de su autor. El efecto es ciertamente subyugante.

Thomas Bernhard, Viena y yo mezcla lo autobiográfico y narrativo con lo ensayístico y filosófico, en buena prosa siempre. La autobiografía lleva mucho de exageración bernhardiana, con una cierta distancia que le permite al autor sus desvíos de la realidad. El autor, en verdad, se presenta como el receptor del manuscrito de un amigo que se ha instalado en Viena. El libro lo constituye propiamente este manuscrito. Aunque en el epílogo el autor visita a su amigo, e incluso aparece fotografiado junto a la tumba de Thomas Bernhard: la última de las muchas fotos (casi todas de Bernhard) que contiene la obra. Como dando a entender que el amigo es él, pero bernhardianizado.

El narrador deja su Ceuta natal y se instala en Viena, por dos razones: el estudio del alemán y el amor a la música. Viena es la otra gran protagonista, junto con Bernhard y el yo narrativo, como recoge el título con precisión. Pero hay una razón más, que el narrador formula de un modo que insinúa su personalidad: “Había un tercer motivo añadido que me impulsaba a vivir en Viena, y era el deseo de entrar en una vida completamente nueva desde la que darme a mí mismo la oportunidad de lograr algo de sociabilidad y apertura a mi carácter, aspectos en los que había fracasado de continuo”.

Naturalmente, vuelve a fracasar. Y aquí es donde el recurso a Bernhard queda justificado. Escribe el narrador en la presentación: “Eso [‘no estás solo’] ha venido a decirme Thomas Bernhard en todos estos años en Viena. Sus libros habrán de ser para ciertos extranjeros e incluso para ciertos vieneses condenados a vivir entre sus vecinos, singularísimos libros de autoayuda. Es más, yo diría que para estas personas son los únicos libros de autoayuda”. Concluye el párrafo con una estupenda tiradita bernhardiana: “Afirmando que la obra de Bernhard ayuda a vivir en Viena, declaro ya abiertamente que concibo la vida como supervivencia, y niego por ello el fin de la literatura de autoayuda, pues pretendidamente ésta ayuda a vivir y no a sobrevivir. Pero no existe el vivir, sino sólo el sobrevivir, y por ello quiero contar cómo he sobrevivido –vivido– en Viena con la ayuda de Thomas Bernhard”.

Poco después dice algo igualmente definitorio de las páginas que seguirán: “Este libro no sólo toma partido en favor de Thomas Bernhard, sino también en su contra, y es que resulta insoportable que alguien tenga la fuerza de llegar a ser un guía permanente de supervivencia. Y Bernhard, por más que él mismo lo niegue, ha querido poseer al lector –en este caso a mí– con una fuerza diabólica, penetrando en el lector como un cuchillo en mantequilla. Me revuelvo no pocas veces contra las insistencias de mi maestro, pues yo mismo quiero ser independiente, quiero vivir sin él, y a veces intento que se retire de mí, que no me asfixie y que me deje ser yo mismo. Pero siempre me respondo que es imposible ser uno mismo, no existe ningún ser humano que sea sí mismo”.

En esta tensión probernhardiana y antibernhardiana (en un momento el narrador llama a Bernhard “canalla” al leer sus chanzas contra Mahler, para afirmar más adelante: “Es Bernhard y no Mahler quien me libera de mi miedo a la muerte”) se desarrolla Thomas Bernhard, Viena y yo, con fotos y citas de Bernhard, comentarios sobre Bernhard, historias sobre Viena y los vieneses, anécdotas y reflexiones autobiográficas, pensamientos sobre la existencia, filosofía de la música y hasta un capítulo memorable en torno al idioma alemán.

Ahora que ya no hay más libros de Bernhard, los bernhardianos podemos leer este libro probernhardiano y antibernhardiano, que le hubiese encantado a Bernhard.

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En The Objective.

5.3.18

Mujeres buenas y malas

Hay un feminismo –el que más grita y se quiere adueñar de todo el feminismo– que les niega a las mujeres un derecho fundamental: el derecho a ser de derechas. Y no solo de derechas: incluso de izquierdas, si ese feminismo considera que una mujer de izquierdas no lo es adecuadamente. Prima un propósito de división ideológica. O de moralización, porque en último extremo está hablando de mujeres buenas y malas.

Un ejemplo, menor pero significativo. El año pasado se anunció un congreso de columnistas en cuyo cartel solo aparecían hombres. Algunas columnistas protestaron en Twitter y se pusieron a emitir largas listas de mujeres columnistas... entre las que no había ni una de derechas. Cuando se les indicó, pasaron a incluir a unas pocas; pero lo sintomático fue la tendencia espontánea inicial: ese aportar mujeres no porque sean mujeres, sino porque son “buenas” mujeres.

Otro ejemplo. Hace un par de años asistí a una mesa redonda sobre literatura. Una de las que intervinieron es una escritora más o menos joven que alardea de feminista. En su turno defendió la literatura escrita por mujeres, frente a los capitostes machos del oficio. Pero se fue enredando, al incluir elementos ideológicos anticapitalistas y anticomerciales, y acabó despotricando ferozmente contra Elvira Lindo y Almudena Grandes. De hecho, su saña mayor fue contra ellas. Que fueran mujeres de izquierdas, que se han abierto paso por sí mismas y triunfado en su profesión, no era, al parecer, suficiente: la escritora que alardea de feminista las juzgaba por una supuesta mácula.

Y qué decir de las que son de derechas o de centro: esas están directamente infectadas. Me llama la atención cómo contra ellas parece que hay barra libre en cierta izquierda para insultar. Lo hemos visto con Margaret Thatcher o Angela Merkel, y aquí en España con Esperanza Aguirre, Rita Barberá, Inés Arrimadas o Cayetana Álvarez de Toledo. La entrevista a esta en Eldiario.es, en que tacha la huelga feminista del próximo 8 de marzo de “disparate”, ha sido respondida con tremendas descalificaciones tanto en las redes sociales como los comentarios del periódico. El manifiesto 8-M clama contra “el liberalismo salvaje que se impone como pensamiento único a nivel mundial”. Pero para “pensamiento único”, este que aplasta cual mamut toda objeción, aunque sea razonable.

El problema del manifiesto –y, por lo tanto, de la convocatoria oficial de la huelga – es que mezcla reivindicaciones justas e indiscutibles con razonamientos y tiradas retóricas más que discutibles. La trampa está en que quienes las discutan pasan a estar en el lado malo, aunque sean mujeres. Especialmente si son mujeres. La ideologización es la nueva coartada para bendecirlas o maldecirlas.

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En El Español.