14.2.18

Mi Nietzsche (en veinte aforismos)

Esta selección de Aforismos que hizo Andrés Sánchez Pascual para Edhasa contiene, casi sin excepciones, el Nietzsche que más quiero. Selecciono yo a mi vez mis veinte preferidos:

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Todo lo que es profundo ama la máscara.

Las cosas grandes exigen que se calle acerca de ellas o que se hable de ellas con grandeza, es decir, con inocencia –cínicamente.

Oro.– No todo lo que es oro reluce. El brillo suave es propio del metal más noble.

Original.– Lo que distingue a una auténtica cabeza original no es ser la primera en ver algo nuevo, sino el ver como nuevas las cosas viejas, conocidas de antiguo, vistas por todo el mundo y no tenidas en cuenta por nadie. El primer descubridor es por lo general aquel fantoche tan habitual y tan desangelado –el azar.

Sólo se es fecundo al precio de ser rico en antítesis.

Hablar mucho de sí mismo es también un medio de ocultarse.

Para no apartarme de mi manera de ser, que dice sí y que sólo de manera indirecta, sólo contra su voluntad, tiene que ver con la contradicción y la crítica, voy a señalar enseguida las tres tareas en razón de las cuales se tiene necesidad de educadores. Se ha de aprender a ver, se ha de aprender a pensar, se ha de aprender a hablar y escribir: la meta en estas tres cosas es una cultura aristocrática.

Compensación del poeta: sus sufrimientos y el placer de expresarlos.

Un oficio es algo bueno: lo interponemos entre nosotros y los demás y así tenemos un escondite tranquilo y artero y podemos hacer y decir lo que todo el mundo considera que tiene derecho a aguardar de nosotros. También puede utilizarse de ese modo una fama precoz: presuponiendo que, detrás de ella, pueda nuestro yo, sin que se lo oiga, volver a jugar libremente consigo y a reírse de sí mismo.

Sé una placa de oro –así las cosas se inscribirán sobre ti con letras de oro.

El estado genial de una persona es aquel en que, con respecto a una y la misma cosa, se encuentra simultáneamente en estado de amor y en estado de burla.

Signos de aristocracia: no pensar nunca en rebajar nuestros deberes a deberes de todo el mundo; no querer ceder, no querer compartir la propia responsabilidad; contar nuestros privilegios propios y su ejercicio entre nuestros deberes.

Muerte.– Gracias a la segura perspectiva de la muerte podría estar mezclada a cada vida una exquisita y aromática gota de ligereza –¡y lo que vosotros, extrañas almas de boticario, habéis hecho de ella es una gota de veneno que sabe mal y vuelve repugnante la vida entera!

La salud se anuncia: 1) por un pensamiento con un vasto horizonte; 2) por sentimientos de reconciliación, de consuelo, de perdón; 3) por el melancólico reírse de la pesadilla con que hemos estado peleando.

Enemigos de la verdad.– Las convicciones son enemigas de la verdad más peligrosas que las mentiras.

El artista trágico no es un pesimista –dice precisamente incluso a todo lo problemático y terrible, es dionisiaco...

Que vuestra vida esté separada de la calle por un elevado muro de jardín: y si el perfume de las rosas de vuestro jardín llega al otro lado, llevado por el viento, que inspire nostalgia al corazón de alguien.

Nuestros defectos son siempre nuestros mejores maestros: pero con nuestros mejores maestros siempre somos desagradecidos.

Fórmula de mi felicidad: un sí, un no, una línea recta, una meta...

Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar.

12.2.18

Complejidad de los ochenta

La gran parodia que es Operación Triunfo, con sus pomposidades de autoayuda y sus esforzadas técnicas para emitir gorgoritos, llegó a su culminación cuando la concursante Amaia –que terminaría ganando– cantó “Te recuerdo, Amanda”, de Víctor Jara. ¡La canción protesta por antonomasia en pleno concurso comercial! Y lo que es mejor: cantada con una seriedad... que a Víctor Jara le hubiera encantado.

En mi biografía “Te recuerdo, Amanda” tiene su importancia, porque fue la primera canción seria de la que me despegué con ironía, y ese despegamiento me oxigenó. Fue en tercero de Bup, cuando el profesor de Literatura (el que nos había dado a leer con dieciséis años Ubú Rey, Poeta en Nueva York, Esperando a Godot o La vida exagerada de Martín Romaña) bromeó sobre ella: “¡Es un canto a la docilidad del obrero! ¡Un hi-ho hi-ho silbando a trabajar!”. Me chocó muchísimo, pero pronto le pillé el gusto y yo mismo me puse a soltar cosas parecidas: ¡boutades!

Visto desde hoy, es increíble la cantidad de cosas (mentales) que se podían hacer al mismo tiempo en los ochenta. A mí nunca dejó de dolerme el asesinato de Jara, ni dejé de sentir una repugnancia absoluta por Pinochet, pero a la vez era capaz de bromear con la canción. De igual modo, podía canturrear “Las tetas de mi novia tienen cáncer de mama”, de Siniestro Total, o “Todos los negritos tienen hambre y frío”, de Glutamato Yeyé, y compadecer a una mujer con esa enfermedad o a los etíopes hambrientos.

Y es que se tenía algo que al parecer se ha desvanecido: una noción cabal de lo simbólico. Se sabía muy bien que este era un ámbito superpuesto a la realidad pero que no es la realidad; un ámbito en el que se puede jugar y gamberrear, actividades oxigenadoras justo porque subrayan su carácter de convención. Lo que hacían estas operaciones era liberar a la realidad de esa carga que, cuando se apelmaza, se erige en otra realidad: una realidad falsa que apresa y oprime a la realidad verdadera. (El peligro de este juego posmoderno era que la realidad se disipaba a veces por debajo, por lo que era relativamente fácil caer en el cinismo, es decir, huir de la abrumadora complejidad; pero todo juego tiene su riesgo).

Lo que es asfixiante (¡aplastante!) es el literalismo de hoy, esa “mente literal” de la que ha hablado Daniel Gascón. Hoy que necesitaríamos de la ironía más que nunca, para surfear el aluvión de estímulos, relativizándolos, distanciándonos de ellos, estamos entregados a un histerismo sin fin: cada estímulo nos lo tomamos en serio, lo consideramos digno de una respuesta (en general fiscalizadora), por lo que estamos en un permanente estado de compulsividad.

Y en esto llega Amaia a cantar “Te recuerdo, Amanda”, y toca emocionarse y exhibirlo. Y el que no lo haga es un hater o un troll, cuyo exhibicionismo a la contra es también mecánico... Todo está codificado. Todo es, en el fondo del fondo, aburridísimo. De una simplicidad carcelaria.

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En El Español.

PD. La parodia de la parodia.

7.2.18

Las tetas de Marisol

Ha cerrado definitivamente Interviú y han vuelto las tetas de Marisol. Al verlas en la portada le he dicho: “¿Qué hace una chica tan limpia como tú en un país tan turbio como este?”. Sí, era limpieza, turbadora limpieza, lo que percibí aquel septiembre de 1976.

Yo tenía diez años. Había ido al quiosco a comprar el Don Miki, como todas las semanas, y allí estaban. La sorpresa fue considerable. Sus películas de niña prodigio solo me habían gustado en la primera infancia, por “Corre, corre, caballito”, pero sentíamos cercana a Marisol no ya por ser malagueña, sino porque su abuela vivía en mi barrio de entonces. A veces corría el rumor de que estaba de visita, pero yo nunca la llegué a ver. Que apareciera allí de pronto, tan bella, con aquel desnudo tan turbador y tan limpio, parecía increíble. Y empleo este adjetivo manoseado a propósito: aquello se salía de la realidad. Pero también se iba imponiendo lo que era verdaderamente: que la realidad daba más juego de lo que nos habíamos creído.

El hecho de que aquel primer desnudo fuese de una mujer que habíamos visto antes vestida, a la que conocíamos incluso desde que era niña, le daba morbo pero sobre todo naturalidad. Y sí, se aceptaba con naturalidad. Había comentarios reprobatorios de algunas mujeres, de las madres; pero eran más bien suaves y con un fondo, me atrevería a decir, de regocijo: insertado en la escalada del “hasta dónde estamos llegando”. Había esa ligera reprobación, pero también curiosidad, asombro.

Visto desde ahora, alcancé a asistir a un momento intermedio en el camino de la liberación de las mujeres españolas. 1975 había sido el Año Internacional de la Mujer, y recuerdo en especial los chistes (por ejemplo, de Pepe da Rosa). Pero aquella guasa de resistencia masculina era a la vez de rendición; o sea, de un comienzo de aceptación.

Cuando yo era niño era todavía raro ver a una mujer fumando o conduciendo. Y las mujeres de la generación de mi abuela (que era de pueblo) llevaban el pelo recogido en un coco. Las que fumaban y conducían y se ponían bikini (o se desataban botones de la blusa para mostrar el canalillo) abrían brecha. Las otras mujeres les decían, entre la censura y la celebración: “Mira qué moderna”. Poco a poco se iba contagiando el júbilo de la libertad. Las pioneras, en verdad, eran admiradas.

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En The Objective.

PD. Un lector perspicaz me ha avisado de que el primer Don Miki apareció en octubre de 1976: ¡justo un mes después! Aquel día de septiembre iría entonces a por el TP o el Pronto, que me mandaban comprar entonces para toda la familia. Un vez que apareció el Don Miki, ya pediría comprarlo para mí, en aquel mismo quiosco. Así va ensamblando sus elementos la memoria...

5.2.18

La gala del 'No al cine'

Ha sido ver en EL ESPAÑOL la foto de Willy Toledo y Alberto San Juan en la gala de los Goya 2003, la del No a la guerra, y que regresase como una bofetada el bochorno de aquella noche. Hace quince años y el bochorno sigue fresquísimo: es un pescado podrido que se mantiene oloroso. El añadido es la mitologización –el falseamiento– de la historia. Parece que a los que hemos vivido ya los años suficientes no nos queda otra que salir de vez en cuando a señalar en plan aguafiestas: “No fue así, no fue así”.

No fue una cuestión de bloques. No fueron los puros angelitos de la izquierda contra los impuros demonios de la derecha. La realidad es más complicada. En mi entorno de izquierda, o al menos de no votantes del PP, la gala resultó patética. Una amiga que detestaba a Aznar dijo sobre el papelón de los actores: “Esos no saben quién paga”. Y se quejó de lo feo y soez que había sido. Yo mismo estaba en contra de la guerra y dos semanas después asistí a la manifestación. Pero daba grima cómo tenía uno que andar frotándose con facciones antidemocráticas (castristas, nacionalistas, proterroristas) cuando mi razón era prioritariamente la democrática. Como dije después: “Estuve en la manifestación haciendo bulto pero también haciendo chistes”.

La gala fue un exabrupto de abusones ideológicos, de niñatos revenidos. Malversaron la causa que decían defender y perjudicaron gravemente la industria en la que trabajaban, que no era solo de ellos. Fue ante todo una gala de No al cine. Echaron a patadas a la mitad de los espectadores posibles. Estos, ciertamente, pasaron a odiarlos. Pero en respuesta al odio anterior de ellos. Me hace mucha gracia esa mentalidad victimista y aprovechona de quejarse solo del odio de los otros, como si este hubiera surgido por generación espontánea y no espoleado por un odio primero, propio, que ahora se escamotea. El truco del que se apresura a pasar por bueno para que el prójimo cargue con toda la maldad.

En cuanto a la rentabilidad de la pegatina, me fijé en Santiago Segura. Se dice que en los días de asfixiante calor hay que mirar dónde se coloca el perro de la casa, porque ese será el lugar más fresco. En cuestiones de beneficio también hay que mirar qué hace Santiago Segura, genio de los negocios. Recuerdo que en la gala no llevó la pegatina. Pero a partir de la gala se la puso y ya no se la quitó durante meses. Y con eso está todo dicho.

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En El Español.