19.4.18

El árbol de la vida

He terminado El árbol de la vida, el libro de memorias que Eugenio Trías escribió en 1999 y publicó 2003. Yo lo leí entonces y me decepcionó, y esa decepción significó el enfriamiento de mi pasión de casi veinte años por Trías. Ahora, en cambio, me ha encantado y mi pasión renace. Quizá porque Trías ya está muerto, lo que ha acentuado en el libro su intención testamentaria, y porque en estos años yo me he hecho más receptivo a lo que el libro tenía que decir, que decirme. Este, y no aquel, era el momento.

Su tema es la vocación; la aventura de una vida encaminándose a la vocación y, una vez desvelada, abriéndose paso con ella. Una aventura con tropiezos y con regresiones pero que, al cabo, traza una línea con apariencia de fatalidad (de fatalidad gozosa). Igual que en el azar objetivo de los surrealistas, el azar de los hechos puede leerse después como necesidad. La vida, al fin, como novela, como poema. Tiene que ver con lo que se propuso Goethe, uno de los autores predilectos de Trías, cuando contó también su vida en Poesía y Verdad.

La vocación que descubre y a la que se entrega Trías es la filosofía. Le tentaba ser poeta, novelista, músico, director de cine, pero se impuso la filosofía: la indagación en “el enigma de nuestra propia existencia”, con una voluntad metafísica que no era ya de su tiempo (pero que Trías inserta en su tiempo). Su instrumento fue la escritura en su forma ensayística (sí fue, plenamente, escritor): “Yo entiendo el ensayo como un ejercicio de tiento y experimentación con la escritura en su búsqueda de las claves más secretas de nuestra experiencia; o de ese dato que se nos da bajo la forma de la existencia”.

Lo mejor de El árbol de la vida es que nos permite conocer el trasunto vital de su filosofía, que tan intensamente ha influido en la vida de sus lectores. Es como ir de la vida de los lectores de Trías a la vida de Trías. La filosofía es la mediación. Así operó en el propio Trías. En su momento descubre, y decide: “Fue entonces, también, cuando comprendí una verdad que estaba latente en lo que llevaba escribiendo, pero que no había asumido en toda su radicalidad y verdad: que la única fuente auténtica de la filosofía, o de lo que a partir de entonces sería mi filosofía, solo podía hallarla en el manantial, entonces inagotable, de mi propia experiencia de vida”. Y esto lo llevaría a cabo, dada su opción por el ensayo filosófico, así: “Mi filosofía sería, desde entonces, una especie de espejo transferencial, aparentemente ‘objetivo’ (y lleno de ‘efectos distanciadores’ brechtianos) de mis propios ciclos o episodios de vida”.

Esa tensión (esa energía, esa pasión) que fundaba su filosofía se cumplió en mí como lector.

* * *
En The Objective.

16.4.18

Pájaros (¡y pájaras!) Dodó

Siempre me ha fascinado el pájaro Dodó, esa ave de algunas islas del océano Índico que, por no tener competencia, se fue atrofiando hasta convertirse en un bicho antievolutivo. La torpeza no le impedía llevar una vida regalada, pero el ser humano llegó a sus islas –las Mascareñas– en el siglo XVI, y a finales del XVII ya lo había exterminado. Según Wikipedia, el nombre puede venir del portugués dodô, que significa “estúpido”, o del neendarlés dodoor, que significa “holgazán”. Con sus alas nulas ni siquiera podían permitirse el vuelo gallináceo, los animalitos.

Nuestros políticos (¡y políticas!) son a menudo pájaros (¡y pájaras!) Dodó: cuando se instalan en un contexto de poder sin competencia, o en prácticas tramposo-delictivas que se vuelven habituales y ante las que, por ello, se baja la guardia. Pasó con la corrupción de CiU en Cataluña, del PSOE en Andalucía o del PP en Valencia y Madrid; y con las tramas de financiación del PSOE y el PP nacionales. Pasa con los poderes largos y semiabsolutos en democracias defectuosas, con opiniones públicas (o electorados) sectarios o complacientes. El problema está siempre en el ser humano: el ser humano político y el ser humano votante, que se abandonan. Y con el abandono viene la tentación (para el político) o el perdón automático (para el votante afín).

Ahora ha pasado con Cristina Cifuentes, cuyo máster estúpido y holgazán solo se explica por eso: por una inercia de prácticas impunes generalizadas. Hay que ser escrupulosísimos con las acusaciones concretas y, a la hora de afirmar, atenerse a lo resuelto judicialmente, con pruebas y conforme a derecho; tal y como Arcadi Espada y Tsevan Rabtan nos han educado (a palos a veces). Pero alrededor de ese perfil nítido cunde siempre una sombra, una sospecha que nos hace pensar la realidad en términos de novela negra. El periodista y escritor argentino Jorge Fernández Díaz (nada que ver con nuestro exministro homónimo, de triste recordación; aunque con el actual Zoido se ha vuelto a demostrar que no hay nada que no sea empeorable) lo cuenta a propósito de sus novelas: en ellas escribe sobre lo que sabe pero no podría publicar en un periódico por no tenerlo atado.

Esa sombra, esa sospecha, hace que se extienda la desmoralización. A la que contribuyen los partidos políticos y los medios de comunicación cómplices. En estos días son particularmente repulsivos los periodistas de partido; esos columnistas o tertulianos que tratan de salvar a toda costa al PP. “¡No se puede comparar una trampa en un máster con la trama de los ERE o un golpe de Estado!”, vienen a decir. Y en eso tienen razón, claro. Pero con su partidismo abyecto alimentan el caldo podrido en que se cuece todo lo demás. Naturalmente, ocurre igual con los periodistas de enfrente, cuando les toca a los suyos. Estamos siempre en un extenuante ping-pong.

Los peores son, con todo, aquellos –periodistias o políticos– para quienes la corrupción no tiene que ver con la naturaleza humana, sino con la ideología. Situado en la ideología correcta, el político será virtuoso por definición. Esta es la idea que late en los populismos, que cuando llegan al poder resultan los más corruptos de todos. Simplemente porque no priorizaron lo único que cabe, dada la naturaleza humana: el control, el control democrático (incluida la fiscalización del electorado). Lo único que podría hacer que nuestros políticos (¡y políticas!) espabilaran y no cayesen en la tristísima condición de pájaros (¡y pájaras!) Dodó.

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En El Español.

15.4.18

Radiaciones

Del Prólogo de Ernst Jünger a su diario, Radiaciones:
El modo de llevar un diario, lo que quiere decir el modo de poner orden en el aflujo de hechos y pensamientos, forma parte del curso, de la misión que el autor se propone. Hay en eso un consuelo solitario del que se siente necesitado. En una situación en que son los técnicos quienes administran los Estados y los remodelan de acuerdo con sus ideas, están amenazadas de confiscación no sólo las digresiones metafísicas y las consagradas a las Musas, lo está también la pura alegría de vivir. [...] La lucha por un modo propio de ser, la voluntad de salvaguardar un modo propio de ser es uno de los grandes, de los trágicos asuntos de nuestro tiempo.[...] En nuestra cabeza, en nuestro pecho es donde están los circos en que, vestidos con los disfraces del tiempo, se enfrentan la Libertad y el Destino.

9.4.18

Vuelvo a repetir

El prurito literario que tiene el columnista y que le pide no repetirse (al menos no demasiado) se estrella contra la repetitiva actualidad. Esta le obliga a la repetición. Al final, lo único que cabe, literariamente hablando, es hacer variaciones sobre el mismo tema.

La cuestión es si la redundancia afecta a la verdad. El principio de Goebbels de que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad” puede que tenga el efecto contrario si lo que se repite mil veces es una verdad. Esta, además, suele contar con la desventaja propagandística –que diría Arias Maldonado– de su prosaísmo árido, de su realismo, frente al atractivo emocional de la mentira, que tiende a ser poética. Y hay otro componente: el ánimo del que dice esa verdad. El hastío o asco que puede sentir, por ejemplo, ante la abusiva avalancha del mentiroso, que le incita a replegarse. Nada hay más cansado que estar repitiéndoles una verdad a ceporros que no la aceptan y a los que encima les da igual. Ellos están en otra cosa: en sus mentiras o, si se las creen, en sus autoengaños.

Me refiero aquí, naturalmente, no a las verdades dudosas sobre las que se puede discutir, sino a las verdades fehacientes: las que responden a mentiras descaradas. La recomendable duda aquí no procede, porque no sería metódica sino cosmética: esa que exhiben muchos para atribuirse una cualidad que mola; y que, en cuanto se rasca un poco, se ve que no poseen (se apoyan en unos pedruscos de fe ideológica que no rompe ni Dios).

Heme de nuevo aquí dispuesto a repetir algunas verdades sobre el procés que he dicho ya pero que hay que volver a decir. Con cansancio, pero con convicción. Ahora que al nefasto Puigdemont lo han soltado en Alemania y otra vez anda difundiendo sus mentiras. El personaje se ha instalado en Berlín, la ciudad que se libró del muro pero a la que le ha caído en desgracia un marmolillo: el marmolillo de Berlín.

Vayan, pues, cuatro verdades:

1. Lo que los independentistas catalanes han intentado ha sido un golpe antidemocrático contra un Estado de derecho: contra la Constitución española y contra el Estatut catalán; contra los españoles y contra más de la mitad de los catalanes.

2. No hay presos políticos en España, sino políticos presos por actos ilegales que se escudan en una coartada política y la explotan hasta las heces. La “judialización de la política” está exclusivamente relacionada con la actuación delincuencial de los políticos. (Ocurre también en los casos de corrupción).

3. La España de hoy es una democracia, no un Estado fascista. Si fuese un estado fascista, los independentistas catalanes no habrían podido llegar tan lejos como han llegado. Pero para justificar su agresión impresentable a una democracia tienen que mentir diciendo que no es una democracia sino un Estado fascista. El recurso a esta coartada les delata.

4. El odio que los independentistas catalanes atribuyen a los españoles no solo es falso, sino que lo que ocurre es justo lo contrario: son los independentistas catalanes los que odian a los españoles (incluidos muy especialmente los catalanes no independentistas), pero su grasiento narcisismo les hace proyectar su propio odio en aquellos a quienes odian.

El gran problema político es que están en la mentira y en el delirio dos millones de ciudadanos, alentados por la élite más pútrida que ha habido en España desde que se extinguió la franquista. No sé qué solución tiene este problema. Sí sé que la solución no pasará por la aceptación de las mentiras. Por más que canse repetir la verdad.

* * *
En El Español.

8.4.18

El día como excusa

(21-V-1997) En realidad, el día es una excusa para escribir el diario; y puede que la vida entera no sea más que una excusa para escribir en general. La vida va por un lado y la escritura por otro: se reflejan, pero lo más íntimo de cada una es lo que queda en el otro lado del espejo. La escritura crea otro mundo, otra vida. El día escrito es un día nuevo. Y ese día nuevo y extraño será lo único que quede (el tiempo que quede). El otro se mantendrá por los siglos tan secreto como en el momento de pasar. (La escritura no daña la vida porque sencillamente no la alcanza.)

El día como excusa. No lo vivimos, sino que pasamos por él. Esta mañana, repasando mis anotaciones de hace unos años, he revivido aquellos días como no los viví entonces. El diario a lo mejor crea la ficción de vida que a la propia vida le falta. Lo que escribimos no es lo que hemos vivido, sino lo que habremos de vivir al releerlo. Tenemos que inventarnos nuestra propia vida, porque la vida pasa sin nosotros.

4.4.18

El agravio de la edad

Hablaba un hombre en la tele, curtido, con la barba canosa. Su expresión era rígida. No lo reconocí. Era Sergi Bruguera. Después de saberlo, seguí sin encontrar en sus rasgos al chico de los partidos de tenis de principios de los noventa. Los años de Indurain en el ciclismo. Su Roland Garros se solapaba con el Giro. Años felices.

Me ha pasado como con tantos antiguos compañeros de colegio a los que he buscado por internet y he visto. Algunos siguen ahí, conservan detalles que recuerdan al niño que fueron. Pero muchos ya no están: sepultados en el hombre. ¿Habrá pasado lo mismo conmigo?

También he buscado, por supuesto, a mi amor de los dieciséis años. Platónico, cómo no. Hoy es una señora a la que le gusta Paulo Coelho y se hace fotos turísticas en Venecia. Y mi amor de los veintiuno es la esposa de un diplomático y aparece enjoyada en las recepciones de países más o menos exóticos. (A la primera yo me la imaginaba como Isabel Freire cuando leía a Garcilaso; y a la segunda me la evocaba el Idilio de Sigfrido de Wagner).

En Un andar solitario entre la gente, Antonio Muñoz Molina dedica una página muy bonita (la 55) a la edad de la amada. Una página celebratoria. Y es verdad. La amada (no la examada) se salva. Los seres queridos se salvan. El amor absuelve; sin esfuerzo ni impostura: lo que ve resplandece.

Aunque uno no necesariamente se cuenta. Como escribió Guillaume Apollinaire en Cortejo, un poema emocionante: “Un día me esperaba a mí mismo / Me decía Guillaume ya es tiempo de que vengas / Con un lírico paso llegaban los que amo / Y yo no estaba entre ellos”.

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En The Objective.

2.4.18

¡Qué cruz!

¡Qué cruz para un país tener nacionalistas y tener populistas! Es como tener almorranas. Todo el santo día con la matraca insufrible. Básicamente, el método Rufián: el empalme de dos neuronas, siempre las mismas (puesto que quizá sean las únicas) y siempre en la misma dirección. La misma estolidez repetida hasta la saciedad, hasta las heces. El mundo infinito reducido a un hilo idiota.

Decía T. S. Eliot que el ser humano no puede soportar demasiada realidad, pero es que los nacionalistas y los populistas no soportan ninguna. La han reducido toda a una papilla uniforme, de la que se alimentan para escupírnosla luego. No hacen más que escupirnos su asquerosa papilla nacional-populista. Y una vez que nos han pringado con ella, una vez que han embarrado el terreno con su papilla infecta, ya no podemos hacer otra cosa que tratar de salir de su succión, y limpiárnosla y protegernos de ella y darles manguerazos a esos tíos plastas para aminorar su ensuciamiento.

Así llevamos años. Absolutamente paralizados por el capricho delincuencial de estos sujetos abusones. Un país entero paralizado y hundiéndose porque las almorranas nacional-populistas impiden cualquier tipo de acción que no sea la de ocuparse de las almorranas nacional-populistas. En vez de estar bregando con la realidad y con los problemas de la realidad, hay que estar bregando con las ficciones y los delirios de estos personajes, hay que estar metidos en absurdas peleas tontísimas que consisten en explicar lo básico una y otra vez, porque con ellos se vuelve una y otra vez a la casilla de salida, para nada.

¡Qué cruz también con el PP y el PSOE, que no ayudan un pimiento! Los, así llamados, “dos grandes partidos”, que son en buena medida los responsables de la situación, por su irresponsabilidad.

Han estado durante décadas ellos solos, repartiéndose entre ellos el pastel, y repartiéndoselo con los nacionalistas, extralimitándose sectariamente con sus gobiernos nacionales y autonómicos, fomentando el clientelismo y la corrupción, rebajando como condenados el nivel educativo, cultural y cívico del país, embruteciendo a sus militantes y a su electorado, utilizando torticeramente el poder judicial y los medios de comunicación cuanto han podido y abonando, en fin, el terreno para que el nacionalismo se desatara y el populismo prendiera.

Así que muchos antinacionalistas y antipopulistas tenemos que estar aquí defendiendo el Estado y la Constitución de nuestra España haciendo abstracción de esos partidos que nos son lanzados por los nacionalistas y los populistas como contraejemplos. Nos vemos obligados a estar defendiendo una estructura vacía (¡estructura que es la que nos ha traído la libertad, la democracia y el progreso!) porque los personajes que la habitan dejan mucho que desear. Y así perdemos las energías: haciendo ejercicios de abstracción con los ceporros en este país tan ceporramente negado para la abstracción.

El único consuelo es que, aunque el PP y el PSOE hubieran sido ejemplares, los nacionalistas y los populistas seguirían con su matraca igual, sin cambiar ni un ápice su discurso resentido, dañino y mentiroso. ¡Y la que nos espera todavía con esta cruz! Ayer fue Domingo de Resurrección y aquí nadie ha resucitado.

* * *
En El Español.

29.3.18

El error fue dedicarse a esto

Mayor que el miedo a la página en blanco es el miedo a la página escrita. Esta constituye ya una prueba, y por ahí puede saberse que uno es un impostor. Endiablado oficio, colgado entre dos angustias. Decía Jaime Gil de Biedma que a él no le gustaba escribir, sino haber escrito. Pero haber escrito también tiene sus inconvenientes. En toda página está plasmado un fracaso. Le devuelve a uno el bofetón de sus limitaciones. Por muy aparente que se muestre el edificio, el autor sabe que son escombros. Y no es una percepción romántica, sino realista. Si "el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona", como apuntó Hölderlin, la cruda realidad es que es un mendigo igualmente cuando escribe, cuando ha escrito.

El primer impulso es esconder la página. Que no la lean, que no lo sepan. Que no sepan lo mal escrita que está, las tonterías que dice, las incoherencias y los huecos que contiene. Pero siempre se da a leer. Y entonces uno se hunde. Todo por dentro, sin que se note. Hay una vergüenza soterrada. Como si le hubiesen encargado un traje y uno entregara una caja con retales, con mangas mal cosidas, con botones sueltos. Ese momento desconsolado de la página en que ha sido enviada y aún no ha tenido lector. El autor espera que le llamen para decirle que de qué va, que por qué ha mandado esa mierda, que a quién pretende engañar, que es un estafador. Y no deja de sorprenderle cuando no le dicen nada, cuando su engendro cuela, e incluso, como sucede a veces, cuando le dicen que está muy bien.

Aquí se produce algo de magia, o de alucinación. El autor podría replicar a los elogios con un "el rey va desnudo", referido a su propia página. Pero lo cierto es que observa cómo se reconstruye el traje. Para su sorpresa, basta con que el lector la celebre para que él la celebre también. Las ruinas que percibía antes, de pronto están rehechas. La lectura de alguien que no es él les ha dado solidez, y esa impresión se le contagia. Cuando relee lo que él mismo escribió y que le parecía chapucero, lo encuentra digno. Sabe que el lector no conoce la diferencia entre lo ambicionado y lo conseguido; pero en el nido del ego empieza a crecer el pollo de la autosatisfacción.

Aunque en realidad va contrarrestada. El proceso ha supuesto, en términos generales, un incremento de la niebla. Naturalmente, una desconfianza ante la percepción propia. Si lo que uno escribe depende de la mirada del otro, ¿con qué mirada lo escribe? En adelante solo hará tanteos, sin saber muy bien lo que está manejando. Escribirá desde la incertidumbre. Está condenado a componer partituras en el vacío. El de la escritura es un arte inestable. Lo cual, por otra parte, responde a su origen: la letra es un intento de cifrar el aire, el aire articulado de la voz, y su esencia volátil la mantiene. Se trata de hacer algo con humo, sin que deje de ser humo.

Pero el miedo a la inestabilidad se da junto con el miedo a la fijación: hay un ping-pong de miedos. El miedo a quedarse embalsamado en lo escrito. Al fin y al cabo uno sigue su curso, pero la página permanece ahí, como un cadáver. Un cadáver que nos reclama, porque posee un cierto poder gravitatorio. Cada página escrita tira del autor hacia la muerte. Y el autor solo puede librarse o aplazarse (somos "cadáveres aplazados", escribió el Ricardo Reis de Pessoa) sembrando más cadáveres. A la vez, en mitad de este panorama tétrico, uno sabe que tendría que tomárselo sin tragedia, con humor y distancia; que tendría que ser más zen, más Montaigne. Pero como no siempre lo consigue, al final uno termina sintiéndose ridículo, que es la variante menos sabia de la sabiduría. Con lo que la angustia crece aún más, y se enturbia. Ni siquiera podemos agarrarnos a ella, ni ir, a estas alturas, de Flaubert.

El miedo a la página en blanco, pues, no es el miedo al vacío: es el miedo a llenarlo. El error fue dedicarse a esto.

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Publicado en el trimestral de Jot Down nº 11, especial ¿Quién dijo miedo? (verano 2015) con el título "Que no lo sepan".

26.3.18

¿Qué vamos a hacer con ellos?

El procés está resultando tan largo (¡tan agotadoramente largo!) que da tiempo para pensar en todo. Y para sentirlo todo, casi de todas las maneras. Mi ánimo es hoy menos pugnaz que melancólico. Una melancolía no exenta de ternura. Ahora veo a los independentistas como unos inútiles entrañables. El último ha sido el primero, Carles Puigdemont, al que han detenido en Alemania. En una gasolinera: nivel Vaquilla.

Han querido empezar la casa por el tejado: pretendían independizarse de España cuando su chapucismo español les incapacitaba para ello. Todo estaba atado y bien atado en estos tipos: por ser españoles (por ser, de hecho, los últimos españoles de los que pueblan la Historia de España) no podían culminar con éxito su empresa. En ningún momento han parecido revolucionarios franceses, sino personajes de Las autonosuyas de Vizcaíno Casas o, mejor, del dibujante Ibáñez: Pep Gotera y Otili (chapuzas a domicili).

Reírse de ellos es ya como reírse del tonto del pueblo. Acabo de hacerlo y me siento fatal (un poco). Las risas se me quitaron con el tuit de aquella madre independentista en la última cacerolada al Rey. El tuit, que fue en catalán –quizá el más escalofriante de todo el procés–, lo doy en la traducción de Cristian Campos: “Mi hijo se ha puesto a llorar durante la cacerolada porque se pensaba que nos podrían meter en la prisión por hacerla. Qué mierda de país nos está quedando cuando un niño de siete años tiene miedo de que encierren a sus padres por aporrear una cacerola”.

Es deprimente. Por lo que tiene de sintomático acerca de lo que se cuece en esas cabecitas... Están destruyendo a sus hijos y no lo saben. Insisto (esto es lo sustancial): no lo saben. ¡En qué situación tan embarazosa se han metido y nos han metido! ¡Y de un modo tan absolutamente innecesario! ¡Qué desolador cuando tantos se van por el desagüe así! ¿Qué vamos a hacer con ellos?

Lo peor es el insulto que se deduce del comportamiento de los independentistas en estos meses; el insulto hacia nosotros, el resto de los españoles (incluidos los catalanes no independentistas). El desprecio con el que han tratado al Estado español y la impunidad con la que se creían estar actuando son el reflejo de lo muy superiores que se sentían; es decir, de lo muy inferiores que nos veían. No nos tenían ningún respeto. A algunos nos ha costado creerlo, pero lo de la xenofobia y el supremacismo era verdad. Lo repugnante de sus lágrimas es que son sinceras.

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En El Español.

22.3.18

La Revolución en directo

Con la Revolución rusa me pasó lo que con la Revolución francesa. Comparecieron ambas por primera vez en las clases del instituto. Quiero decir al completo, en toda su secuencia: antes –en el colegio, en el picoteo de las enciclopedias, en la tele– solo tuve estampas aisladas. Mi profesora de Historia era buena, minuciosa, y yo creo que marxista; al menos prestaba atención a las “condiciones materiales”. Pero ante todo era rigurosa: no nos escamoteaba los hechos. Y con las dos revoluciones me pasó lo mismo, conforme las íbamos estudiando. Primero indignación ante las injusticias sufridas por el pueblo francés o ruso, segundo exaltación con el estallido liberador, tercero horror ante los crímenes y la dictadura en que concluía el estallido. Que las dos revoluciones desembocasen en lo mismo insinuaba una ley; ley que se cumplía en todos los demás ejemplos históricos. No tardé en llegar a la conclusión de que las formalidades eran imprescindibles, y que el fin no justificaba los medios. Quizá había que emplear la fuerza en una situación cerrada, en condiciones de opresión sin salida; pero no había un bien posterior al Estado de derecho, ni mejor que el Estado de derecho. No había justicia posible que rebasara el pluralismo. Entre los márgenes de la “democracia formal” tendríamos que vivir: como bien en sí mismo para los que no teníamos depositada excesiva fe en la política; como mal menor para aquellos cuyo anhelo fuera, imperiosamente, la justicia universal. Lo he tenido tan claro desde los diecisiete años que nunca ha dejado de sorprenderme el afán por “intentarlo de nuevo” pese a las lecciones de la historia, ya inapelables. Se podría ir mejorando, en dirección a la justicia, pero a partir de una conciencia estricta de qué es lo que no puede violarse. Mi consternación la produce el comprobar una y otra vez que muchos –los que “vuelven a las andadas”– carecen de esa conciencia.

En este 2017 en que se cumplen cien años de la Revolución rusa he leído un libro que me ha hecho revivir el proceso: las Cartas desde la revolución bolchevique de Jacques Sadoul (ed. Turner). No es un libro de historia, sino un libro escrito desde la historia. Las cartas están fechadas en Rusia (en Petrogrado –San Petersburgo– o Moscú) entre octubre de 1917 y enero de 1919, conforme se desarrollan los acontecimientos. Esto hace que tengan espontáneamente la perspectiva que Johan Huizinga exigía a todo historiador: “Debe situarse constantemente en un punto del pasado en el que los factores aún parezcan permitir desarrollos diferentes. Si se ocupa de la batalla de Salamina, debe hacerlo como si los persas pudieran ganarla aún”. Aunque Sadoul en el fondo es un determinista, que cree (o va creyendo) en el advenimiento final del comunismo, se encuentra metido en los hechos y es testigo de su multiplicidad, de su aleatoriedad, de sus posibilidades distintas de concreción. Sus cartas producen en el lector, pues, la experiencia de asistir a un proceso abierto. Como escribe en una de ellas: “Había pensado que en un periodo de agitación revolucionaria, por una parte, el riesgo de un posible accidente en los círculos que frecuento hacía preferible el informe cotidiano y que, por otra parte, la impresión fijada día a día ofrecía la ventaja de presentar al lector una sensación más verdadera del carácter necesariamente caótico de los acontecimientos que un informe escrito en frío, cuando una perspectiva de algunos días o algunas semanas permite estimar con más facilidad el valor relativo de los hechos y evitar los juicios apasionados, más tendenciosos pero más vivos”.

Jacques Sadoul (1881-1956) era un abogado y político francés socialista (más tarde, uno de los fundadores del Partido Comunista Francés) que fue enviado a Rusia por el exministro de Armamento y diputado Albert Thomas, también socialista, para que le enviase cartas sobre la situación en aquel país. El interés del gobierno de Francia era que Rusia permaneciera en combate en la Primera Guerra Mundial, para debilitar a Alemania en su lucha en dos frentes, el oriental y el occidental; por más que las condiciones del ejército ruso fueran desastrosas. El anhelo de salir de la guerra fue una de las razones –junto con la miseria, la explotación, la autocracia zarista, el hambre– que desencadenaron la revolución de febrero de 1917, que derrocó al zar e instauró un gobierno provisional, que se mantendría en el poder hasta que se celebrase una asamblea constituyente. Pero habían pasado ocho meses y Rusia seguía en la guerra, para desesperanza de la población y del mismo ejército, cuyos soldados desertaban por centenares de miles; en muchas ocasiones, con el asesinato de los oficiales. Sadoul llegó a Petrogrado unas semanas antes de que se produjese la revolución de octubre, que tendría lugar el 25 de octubre (según el calendario juliano, que regía en Rusia) o el 7 de noviembre (según nuestro calendario, el gregoriano, que se implantaría también en Rusia en 1918). Y lo primero que constata es: “El deseo de una paz inmediata, a cualquier precio, es general”. Un deseo asociado a la revolución: “Que el pueblo ruso sienta en conjunto aversión y odio por la guerra, que aspire ardientemente a la paz, sea cual sea, que haya podido percibir en la revolución un medio más seguro para alcanzar esa paz, todo esto me parece hoy claro y evidente”.

Un aspecto fundamental del libro es todo el proceso diplomático por el que Sadoul intentará que las potencias aliadas reconozcan a los bolcheviques y les apoyen, para que estos puedan permanecer en la guerra, con un ejército renovado. Pero tales potencias, empezando por la Francia de Sadoul, no solo no los reconocerán, sino que alentarán –abierta o solapadamente– la contrarrevolución. Por su parte, la Rusia bolchevique firmará forzadamente con Alemania, tras una negociación tortuosa, la paz de Brest-Litovsk, al tiempo que se ve envuelta en su propia guerra civil. Sadoul, que en un principio se define como “no bolchevique”, terminará convertido en un bolchevique ferviente. Su doble lealtad, la patriótica y la revolucionaria, terminará venciéndose del lado de la segunda. De hecho, fue condenado a muerte en Francia por un tribunal militar; aunque no se ejecutó la sentencia.

El 25 de octubre de 1917, Sadoul escribe:
El movimiento bolchevique ha estallado esta noche. Desde mi habitación oí el lejano ruido de algunos tiroteos. Esta mañana, las calles están tranquilas. [...] Hora tras hora, nos vamos enterando de que las estaciones, el banco de estado, el telégrafo, el teléfono, la mayoría de los ministerios han caído sucesivamente bajo el control de los insurrectos. [...] El palacio de invierno está rodeado por los bolcheviques. [...] Todas las intersecciones están vigiladas por guardias rojos. Circulan patrullas por todos lados, algunos coches blindados pasan rápidamente. Algunos disparos por aquí y por allá. La numerosa multitud de curiosos huye, se tumba, se aparta bajo las paredes, se amontona bajo las puertas, pero la curiosidad es más fuerte y pronto se acercan a mirar entre risas. Ante el [instituto] Smolny, numerosos destacamentos, de la guardia roja y del ejército regular, protegen el comité revolucionario. [...] Los bolcheviques son cada vez más entusiastas. Los mencheviques, por lo menos algunos, bajan la cabeza. Han perdido la confianza. No saben qué decisiones tomar. Realmente, entre todo este personal revolucionario, únicamente los bolcheviques parecen ser hombres de acción, llenos de iniciativa y audacia.
De ese primer día, hay una indicación significativa: “El gobierno provisional está asediado en el palacio de invierno. Ya lo hubieran hecho prisionero si el comité revolucionario hubiera querido usar la violencia, pero la segunda revolución no debe derramar una sola gota de sangre”. Y solo tres días después, tras la resistencia de Kérenski, primer ministro del gobierno provisional: “Lo que [a Trotski] le preocupa, por encima de todo, es la situación política. Los mencheviques están meditando una mala pasada. Pero, para evitar nuevas tentativas antibolcheviques, habrá que ejercer una represión implacable y el abismo entre las fuerzas revolucionarias se ahondará todavía más”. El 31 de octubre: “La calle está totalmente tranquila. Hecho increíble, durante la semana sangrienta, gracias al puño de hierro y a la poderosa organización de los bolcheviques, los servicios públicos (tranvías, teléfono, telégrafo, correos, transportes, etcétera) no han dejado de funcionar normalmente. Nunca el orden ha estado mejor asegurado”.

Con esta inmediatez van apareciendo los acontecimientos en las cartas. Sadoul logra tener acceso a Lenin y a Trotski, sobre todo a Trotski, y va dando cuenta de sus conversaciones cotidianas con los “dictadores del proletariado” (esta expresión usa). Asistimos a las dificultades de la revolución, sus contratiempos, sus éxitos, las estrategias cambiantes, la presión acuciante de las circunstancias, las dificultades económicas, la violencia... En enero de 1918 narra la disolución de la asamblea constituyente por parte de los bolcheviques, tras su fracaso en ella. Las tensiones van desembocando paulatinamente en el sistema de partido único, con la represión y supresión de sus enemigos.

Durante mi lectura estuve esperando el momento en que los bolcheviques matan al zar y su familia. Pero estos crímenes son escamoteados. Tuvieron lugar el 17 de julio de 1918. Hay una carta de Sadoul del 12 de julio, y la siguiente es ya del 25. No sé si tiene algo que ver, pero a partir de esta carta el tono es más abstracto, más doctrinario. Casi propagandístico. O quizá se deba a que son ya las últimas cartas y se impone el afán de recopilación. En cualquier caso, es un afán guiado por la perspectiva bolchevique. Sadoul se ha convertido en militante. Escribe: “El poder revolucionario de los sóviets dura desde noviembre, y nunca ha sido tan robusto. Sin embargo, a la lucha por su vida, ha añadido la inmensa tarea de destruir el viejo mundo político, internacional, económico y social, y luego crear el estado comunista”. Hace suyo el lema “todo el poder a los sóviets”, porque significa “todo el poder directamente entregado a los obreros y los campesinos”, algo que “sintetiza el esfuerzo político de la revolución de noviembre”. A los que criticaron la disolución de la asamblea constituyente los llama, en lenguaje de partido, “pseudo-revolucionarios –juguetes conscientes o inconscientes de la burguesía– echados por el pueblo ruso”. Y desacredita la democracia parlamentaria, en favor de los sóviets:
Los bolcheviques no han querido imponerle a Rusia una constituyente, miserable copia de nuestros viejos parlamentos burgueses, auténticos soberanos colectivos, absolutos e incontrolables, dirigidos por un puñado de hombres demasiado a menudo vendidos a la gran industria o a la alta banca, cuya clamorosa insuficiencia ha arrojado hacia el antiparlamentarismo anárquico a tantas democracias occidentales. Nuestros parlamentos no son, nos lo figurábamos antes de la guerra, hoy estamos seguros, más que una caricatura de representación popular. Los sóviets, por el contrario, son instituciones propias de los obreros y los campesinos, exclusivamente constituidas por trabajadores enemigos del régimen capitalista, decididos no a colaborar con este régimen, sino a combatirlo y a abatirlo.
Más adelante: “Los rusos han comprendido muy rápido la superioridad de las asambleas soviéticas legislativas, ejecutivas y trabajadoras respecto a los cuerpos parlamentarios, respecto a nuestras chácharas de antiguo modelo. [...] Sobre el libre juego de las instituciones soviéticas, el poder real está abajo. Surge de las capas profundas del pueblo”. Y defiende abiertamente la dictadura:
En efecto, únicamente la forma flexible de los sóviets ha permitido realizar y hacer que se acepte una dictadura, es decir un gobierno de hierro, implacable, aterrador, pero absolutamente inevitable en una crisis revolucionaria tan aguda. / La dictadura de los sóviets es, claro está, la dictadura en beneficio de los trabajadores. Solo otorga el derecho de ciudadanía a los individuos creadores de valores sociales, a aquellos que ofrecen a la colectividad más de lo que reciben de ella. La fuerza de imposición de los dictadores es pues utilizada por el pueblo laborioso contra las clases parásitas anteriormente dirigentes que intentan sin descanso recuperar sus privilegios con el sabotaje, la violencia o la traición.
La dimensión religiosa apenas se disimula: Sadoul habla de “la santa causa del proletariado universal”, de la “fe extraordinaria, bajo la dirección de Lenin, inteligencia admirablemente viva, equilibrada, lúcida, voluntad soberana, mano de hierro”, de que por lograr mantenerse en el poder frente a tantas adversidades “los soviéticos han realizado un milagro”, y de que “los campesinos y los obreros de Rusia penan y sufren por sus hermanos, por poner fin en el mundo a la explotación del hombre por el hombre”. Hay una confianza mesiánica, providencial sobre lo que está ocurriendo “en este vasto laboratorio del socialismo que es Rusia”. Las penalidades están justificadas:
Ciertamente, no todo va a mejor en el mejor de los mundos. Exigirá todavía meses, y sin duda, años de experiencia, de tanteos y de ajustes. Evidentemente no podrá realizarse de manera completa hasta que el proletariado de uno o dos grandes países europeos, entendiendo por fin las lecciones de esta revolución, acuda a unir sus esfuerzos con los del proletariado ruso. Por otra parte, como dice Lenin, cuando muere la vieja sociedad no se puede clavar el cadáver en el féretro y meterlo en la tumba. Este cadáver se descompone a nuestro alrededor. Se pudre, nos infecta a nosotros mismos. Estamos obligados a luchar por la creación y el desarrollo de brotes de la nueva sociedad en una atmósfera viciada por los miasmas de la burguesía en putrefacción. No puede ser de otra manera. Cualquier sociedad deberá pasar del régimen capitalista al régimen socialista dentro de un estado capitalista en descomposición y mediante incesantes combates contra la infección.
Y termina diciendo (así concluye la última carta): “He procurado hablarle solo de la situación en Rusia. Aquí prácticamente no sabemos nada de la situación en Francia. Espero sin embargo que la revolución inevitable y necesaria esté en marcha”.

Para terminar, quisiera referirme al prólogo de Constantino Bértolo (que es el traductor de la obra, junto con Inés Bértolo). Hace una excelente presentación de Jacques Sadoul y sus cartas, que sitúa en su contexto literario e histórico. Las tensiones, e incluso contradicciones, de Sadoul tienen que ver con la situación en que se encontró la izquierda europea ante la Gran Guerra, desgarrada entre sus ideales de clase, internacionalistas, y las lealtades nacionales. Bértolo resalta cómo estas Cartas desde la revolución bolchevique nos muestran algo poco común: una “intimidad política”. Su visión de este libro, naturalmente, no es simplista, atiende a su complejidad; pero propone algo que a mí no tiene más remedio que rechinarme. Como apunté al principio, mi lectura ha vuelto a constatar el desastre que fue en último término la revolución. Pero Bértolo se resiste a esta lectura. Él sigue confiando en la “emancipación que, en el relato dominante de hoy, se entiende, desea o pretende como agotada u obsoleta”, y apela a los “distintos y nuevos espacios que se reclaman, con no mucho entusiasmo en verdad, como herederos morales de aquel relato”, desde los que “se busca hoy la construcción de un nuevo imaginario revolucionario”. Lo bueno de las cartas de Sadoul es que, por su carácter de documento histórico, admiten las dos lecturas.

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Publicado en el trimestal Jot Down nº 21, especial URSS.

21.3.18

Revisitando a Almodóvar

He estado este marzo lluvioso revisitando películas de Pedro Almodóvar. Uso revisitar porque me gusta el modismo: es moloncete. Y tiene sus enemigos puntillosos, que es lo que le da vidilla al molar. Aquí viene especialmente a cuento, porque me gusta Almodóvar por algo parecido.

He visto (¡revisitado!) ocho, por este orden: La flor de mi secreto (1995), Kika (1993), Todo sobre mi madre (1999), Carne trémula (1997), Los abrazos rotos (2009), Hable con ella (2002), Volver (2006) y La piel que habito (2011).

Menos Kika, que es irrecuperable, todas han mejorado con el tiempo. Incluso dos que me gustaron menos en su día: Carne trémula y Los abrazos rotos. Y La piel que habito, que me pareció deplorable en su primera parte (pero que iba mejorando hasta llegar a ser muy buena), me parece ahora buena entera. Casi perfecta. Como Todo sobre mi madre y Volver. Las perfectas, sin casi, son Hable con ella y La flor de mi secreto.

Cuando un amigo me dijo que mi gusto por Almodóvar era generacional, caí en que siempre han estado ahí sus detractores, incluso en los ochenta. Mi afición ha tenido un trasfondo de risitas. Sus detractores de ahora no descubren nada. Lo que no sé (eso lo reconozco) es si habrá almodovarianos nuevos...

Vistas ahora, con la época ya en contra, se han vuelto un poco raras; yo creo que con ganancia artística (para quienes las sepan mirar). Destilan una subversión sutil, y no hacia esas gentes de derechas que las rechazaron y que tampoco van a acogerlas hoy. Es una subversión hacia cierto progresismo, en el que Almodóvar nominalmente se inserta. Por eso es un artista libre.

Su mundo es el de un “laberinto de pasiones” sin corrección política. Utiliza el arte a la vieja usanza, para conjurar demonios. Sus mujeres, las famosas mujeres de Almodóvar, son fuertes (y frágiles), intensas, torturadas, pasionales, rebeldes, algo guarras y gamberras: se toman unas licencias que hoy estarían mal vistas. Como sus gays (y sus lesbianas y sus transexuales).

En su día nos descubrieron un mundo. Nos mostraron una cierta cotidianeidad desvalida, hipersensible. Era nuevo para España. Esa Marisa Paredes que baja a la calle a que alguien le quite los botines, esos botines que le aprietan y que se ha puesto por amor, ¿dónde la habíamos visto antes?

Un hombre de La Mancha salió de su pueblo a enseñarnos un modo de vivir en la ciudad; y lo que es más bonito, un modo también de regresar al pueblo.

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The The Objective.

19.3.18

Eugenio Trías, maestro filósofo

Ando con Trías, autor al que leí mucho y que vuelvo a leer. Estoy con sus memorias y con la recopilación de sus artículos entre 2001 y 2013, año en que murió. En febrero se han cumplido cinco. Junto con este libro de artículos, La funesta manía de pensar, viene Sobre Eugenio Trías, un volumen de homenaje con textos de cuarenta amigos más su hijo (ed. Galaxia Gutenberg). Es ya la mejor introducción a la persona y a la obra del filósofo.

Safranski tituló su biografía de Heidegger –que Trías recomendaba– Un maestro de Alemania. Yo podría haber titulado este artículo "Un maestro de España", pero no queda bien. Estas cosas siguen sin quedar bien. Pero Trías fue un maestro, un maestro filósofo. Maestro por estimulante y fecundo; y, a diferencia de Heidegger, un maestro de civilización. Yo creo que ha sido lo más importante que le ha pasado a la cultura española en los últimos cincuenta años. Con el tiempo se verá. Cuando vaya decantándose el oro de la época, se verá que es el de Trías.

Cuando yo era estudiante en la Complutense, asistí a una conferencia de Eugenio Trías y me impactó. Salí disparado a hacerme con todos los libros suyos que encontrase. Eran los tiempos de Filosofía del futuro y Los límites del mundo. Leí también los anteriores, desde La filosofía y su sombra. Luego publicó La aventura filosófica y Lógica del límite (y veinte más: los he contado ahora). Por medio de su excelente escritura –una escritura de ideas que no desatendía lo sensible, lo singular– fue erigiendo un sistema filosófico, con las lecciones de nuestra época bien aprendidas: una época reacia a los sistemas.

Su obra, su filosofía, transmite grandeza. De esta noción se habla en la película de 1957 cuyo título Trías escogió para sus memorias: El árbol de la vida. En ella se dice que quien no la alcanza se convierte en “una mísera e incolora criatura”. Pero todos la pueden alcanzar, porque el ser humano es un sujeto limítrofe, fronterizo, y su propia condición ontológica le brinda el desafío. La condición es no cejar en el empeño. (Como también Fernando Savater indicó: se puede fallar, pero no desfallecer).

Los artículos de La funesta manía de pensar, publicados originalmente en El Mundo y en Abc, se ocupan de los temas que interesaban a Trías: el arte, el cine, la música, la religión, la filosofía (la “pasión filosófica”)... y la política. El arco que estos últimos abarcan induce a la melancolía, sobre todo los relativos al tema catalán. Y eso que Trías se ahorró estos cinco años. Aunque los perfiló en el que escribió en enero de 2013, un mes antes de morir: “Comedia triste”. Su clarividencia espanta.

Trías, que se consideraba catalán y español, y que tenía una concepción rica de lo hispánico, en la que lo catalán era una de sus modulaciones, saludó la llegada de Pasqual Maragall a la Generalitat; o sea, el fin del gobierno nacionalista. Era finales de 2003. Apenas un año después ya está decepcionado con lo que en la práctica resultó la prolongación del nacionalismo. A partir de ahí, su crítica se vuelve acerada: contra el proyecto de Estatut, contra Zapatero (antes había sido crítico con Aznar), contra el delirio mesiánico de Artur Mas, que fue lo último que alcanzó a ver de la deriva de Cataluña.

En diciembre de 2012 hace una interpretación psicoanalítica: “Nunca como ahora reza el dicho de que entre lo sublime y lo ridículo hay solo un paso. Introducir racionalidad en este delirio colectivo no es posible. Se ha rebasado la delicada franja de nuestra normalidad neurótica, de nuestras histerias y obsesiones, en dirección extraviada hacia una regresión psicótica. La que padece toda masa enamorada, conducida por un caudillo que solo atiende a su imaginario ferviente”. Y en el ya mencionado artículo de enero de 2013: “Los errores en política siempre se pagan. No es posible darse de cabezadas contra el muro de piedra del freudiano ‘principio de realidad’. [...] Mucho peor sería si ese deseo se realizase. [...] El paraíso soñado –Ítaca, Shangri-La o Xanadú– se iría trocando en infierno cotidiano”.

Antes había recomendado, de acuerdo con “una suerte razón fronteriza que sirviera de mediación”: “Se impone recuperar el centro. Sí, digo el centro, el centro político, ese denostado y ridiculizado centro del que los extremistas no quieren saber nada, o que les provoca aversión e inquina”. Produce estupor que un filósofo de su talla nos hable de hoy, de hoy mismo. Ya desde el otro lado del límite, cinco años después.

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En El Español.

18.3.18

Jot Down 22

Está ya a la venta el trimestral nº 22 de Jot Down, especial Bibliofilia. La revista se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down. Yo colaboro con "Inspiración para leer", donde hablo de mi relación (¡apasionada pero conflictiva!) con la lectura y hago una confesión que sorprenderá a mis lectores; no es la que aparece en esta foto de avance:

12.3.18

Insoportable

Estaba documentándome para escribir sobre otra cosa cuando ha llegado la noticia de la muerte del niño Gabriel Cruz. Y ahora, ¿de qué otra cosa escribir?

He estado rehuyendo la noticia durante todos estos días. No soy periodista, solo un lector de periódicos que escribe en periódicos, por eso no tenía la obligación de informarme sobre este asunto dolorosísimo. Y he estado escapando de él como un cobarde.

Un escape imposible, porque la foto de ese niño alegre aparecía a cada paso: en la tele, en los periódicos, en las redes sociales. Ha venido punteando estas jornadas como la boca del horror: su cara feliz como un boquete que trastornaba. Todo lo que hemos estado haciendo durante estos doce días tenía esa réplica, esa refutación. El sumidero de la realidad, lo que le hubiese podido ocurrir a ese niño. ¿Cómo hemos podido seguir haciendo vida normal?

Los últimos días han sido los de los pescaditos. Los había pedido la madre, pero ese empeño voluntarista, fruto de la impotencia, del forzarse a tener esperanza, tan hermoso, tan delicado, me resultaba desolador. Me azotaba la idea de que el destino del niño ya estaba sentenciado. De que todos esos pescaditos, o pescaítos, o pececitos eran su cortejo en las aguas de la muerte. Sin embargo, la propia cara del niño no hacía más que recordar la vida. La colisión era insoportable.

Y el no saber provocaba dos efectos contrapuestos: los pensamientos más espantosos y a la vez la no oclusión del todo del destino previsible, porque sabemos que la realidad tiene mil caminos y siempre puede sorprendernos con algo parecido al milagro.

Pero ahora sabemos. Ha aparecido el cadáver del niño y parece confirmarse que ha sido un crimen. Ignoro aún los detalles, aunque ahora tampoco me importan: todo lo abarca la muerte exenta. Esa cara ya sin correspondencia en la vida, como una nave en órbita, perdida para siempre. Una estrella o un sol, ¿de qué otro modo llamarla? Causando un dolor, una pena, que en estos momentos es también insoportable.

Cuenta Montaigne en uno de sus ensayos que un pintor antiguo debía representar el dolor de quienes asistían al sacrificio de Ifigenia, según el grado en que esa muerte afectaba a cada uno. “Al llegar al padre de la doncella, agotadas las últimas fuerzas de su arte, lo pintó con el rostro cubierto, como si ningún gesto pudiese representar tal grado de sufrimiento”. Este artículo termina así, sin saber qué más decir, sin saber cómo terminar.

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En El Español.

7.3.18

Un libro para bernhardianos

Acaba de salir un libro notable, ideal para bernhardianos: Thomas Bernhard, Viena y yo, de Antonio Ríos Rojas (ed. Nausicaä). Vale también para quienes se quieran introducir en Bernhard, de un modo entre teórico y práctico. Es un libro insólito, muy personal, surgido de una convicción genuina y algo desmesurada, como la que suelen tener los personajes de Bernhard. De hecho, el narrador es como un personaje de Bernhard pero con algo que se sale de ahí, original de su autor. El efecto es ciertamente subyugante.

Thomas Bernhard, Viena y yo mezcla lo autobiográfico y narrativo con lo ensayístico y filosófico, en buena prosa siempre. La autobiografía lleva mucho de exageración bernhardiana, con una cierta distancia que le permite al autor sus desvíos de la realidad. El autor, en verdad, se presenta como el receptor del manuscrito de un amigo que se ha instalado en Viena. El libro lo constituye propiamente este manuscrito. Aunque en el epílogo el autor visita a su amigo, e incluso aparece fotografiado junto a la tumba de Thomas Bernhard: la última de las muchas fotos (casi todas de Bernhard) que contiene la obra. Como dando a entender que el amigo es él, pero bernhardianizado.

El narrador deja su Ceuta natal y se instala en Viena, por dos razones: el estudio del alemán y el amor a la música. Viena es la otra gran protagonista, junto con Bernhard y el yo narrativo, como recoge el título con precisión. Pero hay una razón más, que el narrador formula de un modo que insinúa su personalidad: “Había un tercer motivo añadido que me impulsaba a vivir en Viena, y era el deseo de entrar en una vida completamente nueva desde la que darme a mí mismo la oportunidad de lograr algo de sociabilidad y apertura a mi carácter, aspectos en los que había fracasado de continuo”.

Naturalmente, vuelve a fracasar. Y aquí es donde el recurso a Bernhard queda justificado. Escribe el narrador en la presentación: “Eso [‘no estás solo’] ha venido a decirme Thomas Bernhard en todos estos años en Viena. Sus libros habrán de ser para ciertos extranjeros e incluso para ciertos vieneses condenados a vivir entre sus vecinos, singularísimos libros de autoayuda. Es más, yo diría que para estas personas son los únicos libros de autoayuda”. Concluye el párrafo con una estupenda tiradita bernhardiana: “Afirmando que la obra de Bernhard ayuda a vivir en Viena, declaro ya abiertamente que concibo la vida como supervivencia, y niego por ello el fin de la literatura de autoayuda, pues pretendidamente ésta ayuda a vivir y no a sobrevivir. Pero no existe el vivir, sino sólo el sobrevivir, y por ello quiero contar cómo he sobrevivido –vivido– en Viena con la ayuda de Thomas Bernhard”.

Poco después dice algo igualmente definitorio de las páginas que seguirán: “Este libro no sólo toma partido en favor de Thomas Bernhard, sino también en su contra, y es que resulta insoportable que alguien tenga la fuerza de llegar a ser un guía permanente de supervivencia. Y Bernhard, por más que él mismo lo niegue, ha querido poseer al lector –en este caso a mí– con una fuerza diabólica, penetrando en el lector como un cuchillo en mantequilla. Me revuelvo no pocas veces contra las insistencias de mi maestro, pues yo mismo quiero ser independiente, quiero vivir sin él, y a veces intento que se retire de mí, que no me asfixie y que me deje ser yo mismo. Pero siempre me respondo que es imposible ser uno mismo, no existe ningún ser humano que sea sí mismo”.

En esta tensión probernhardiana y antibernhardiana (en un momento el narrador llama a Bernhard “canalla” al leer sus chanzas contra Mahler, para afirmar más adelante: “Es Bernhard y no Mahler quien me libera de mi miedo a la muerte”) se desarrolla Thomas Bernhard, Viena y yo, con fotos y citas de Bernhard, comentarios sobre Bernhard, historias sobre Viena y los vieneses, anécdotas y reflexiones autobiográficas, pensamientos sobre la existencia, filosofía de la música y hasta un capítulo memorable en torno al idioma alemán.

Ahora que ya no hay más libros de Bernhard, los bernhardianos podemos leer este libro probernhardiano y antibernhardiano, que le hubiese encantado a Bernhard.

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En The Objective.

5.3.18

Mujeres buenas y malas

Hay un feminismo –el que más grita y se quiere adueñar de todo el feminismo– que les niega a las mujeres un derecho fundamental: el derecho a ser de derechas. Y no solo de derechas: incluso de izquierdas, si ese feminismo considera que una mujer de izquierdas no lo es adecuadamente. Prima un propósito de división ideológica. O de moralización, porque en último extremo está hablando de mujeres buenas y malas.

Un ejemplo, menor pero significativo. El año pasado se anunció un congreso de columnistas en cuyo cartel solo aparecían hombres. Algunas columnistas protestaron en Twitter y se pusieron a emitir largas listas de mujeres columnistas... entre las que no había ni una de derechas. Cuando se les indicó, pasaron a incluir a unas pocas; pero lo sintomático fue la tendencia espontánea inicial: ese aportar mujeres no porque sean mujeres, sino porque son “buenas” mujeres.

Otro ejemplo. Hace un par de años asistí a una mesa redonda sobre literatura. Una de las que intervinieron es una escritora más o menos joven que alardea de feminista. En su turno defendió la literatura escrita por mujeres, frente a los capitostes machos del oficio. Pero se fue enredando, al incluir elementos ideológicos anticapitalistas y anticomerciales, y acabó despotricando ferozmente contra Elvira Lindo y Almudena Grandes. De hecho, su saña mayor fue contra ellas. Que fueran mujeres de izquierdas, que se han abierto paso por sí mismas y triunfado en su profesión, no era, al parecer, suficiente: la escritora que alardea de feminista las juzgaba por una supuesta mácula.

Y qué decir de las que son de derechas o de centro: esas están directamente infectadas. Me llama la atención cómo contra ellas parece que hay barra libre en cierta izquierda para insultar. Lo hemos visto con Margaret Thatcher o Angela Merkel, y aquí en España con Esperanza Aguirre, Rita Barberá, Inés Arrimadas o Cayetana Álvarez de Toledo. La entrevista a esta en Eldiario.es, en que tacha la huelga feminista del próximo 8 de marzo de “disparate”, ha sido respondida con tremendas descalificaciones tanto en las redes sociales como los comentarios del periódico. El manifiesto 8-M clama contra “el liberalismo salvaje que se impone como pensamiento único a nivel mundial”. Pero para “pensamiento único”, este que aplasta cual mamut toda objeción, aunque sea razonable.

El problema del manifiesto –y, por lo tanto, de la convocatoria oficial de la huelga – es que mezcla reivindicaciones justas e indiscutibles con razonamientos y tiradas retóricas más que discutibles. La trampa está en que quienes las discutan pasan a estar en el lado malo, aunque sean mujeres. Especialmente si son mujeres. La ideologización es la nueva coartada para bendecirlas o maldecirlas.

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En El Español.

26.2.18

El gran momento de Santiago Sierra

El gran momento de Santiago Sierra ha llegado ahora, cuando un poder tontorrón ha picado ante el artista listillo. Le ha costado al hombre. Todavía me mondo con su pantomima de hace unos años.

El poder de entonces no era menos tontorrón que el de ahora, pero estaba más en sintonía con los tiempos, lo que le permitía disimular. Y además tenía franca simpatía por el romanticismo: al fin y al cabo, el romanticismo se había movilizado a su favor con el anuncio aquel de las cejas. Con la mejor de las intenciones le dio a Santiago Sierra el Premio Nacional de Artes Plásticas, exhibiendo su apoyo a las reivindicaciones de este artista reivindicativo. No había caído (más romántico el premiador que el premiado) que con eso le desmontaba al artista su modelo de negocio.

La cosa podría haberse quedado ahí, en un entrañable equívoco. Pero Santiago Sierra no se resignó a pasar por lo que estaba siendo de facto: un artista premiable por el poder. Decidido a mantener su chiringuito, rechazó el premio y le escribió a la ministra una carta risible, de cuya sumisión de apariencia insumisa me ocupé en su día.

Ahora añoramos aquella época en que al artista se le daba su merecido: un premio estatal. Era 2010 y produce escalofríos cómo se ha vuelto todo menos sofisticado. Ahora llegan el rapero con su letrita y el artista con su obrita y, en vez de pasar de ellos o de aplaudirlos como se aplauden los productos culturales, el poder se pone histérico y manda cárcel o censura. Propulsando al rapero y al artista como jamás se hubieran imaginado en lo que de verdad importa: su difusión. Esta vez Santiago Sierra lo ha conseguido.

Lo que cabe seguir admirando es el poder comercial del mundo. Siempre termina triunfando el comercio. Por eso a Escohotado le pone más que cualquier droga últimamente: desde que descubrió su lógica, flipa.

Analizando lo sucedido en Arco desde un punto de vista estrictamente comercial, todo es de una perfección arrolladora. Una obra adocenada, sustentada en una mentira propagandística con el calado de un titular de periódico, ha sido investida como objeto de culto para un sector del público particularmente embrutecido. Entre el que se encontraba un millonario dispuesto a pagar 80.000 euros.

Si la misión de una feria de arte es vender, el presidente de Ifema ha hecho bien su trabajo. A él habría que darle el próximo Premio Nacional de Artes Plásticas.

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En El Español.

21.2.18

Veinte años sin Jünger

Se han cumplido veinte años de la muerte de Ernst Jünger. Murió el 17 de febrero de 1998, cuando le faltaban cuarenta días para alcanzar la edad de ciento tres. Los jüngerianos aún queríamos que hubiese vivido al menos hasta el 2000 y pisase así los tres siglos. Creo que fue W. H. Auden quien dijo que año tras año vamos pasando por el aniversario de nuestra muerte. He repasado los tomos que tengo de Radiaciones a ver qué anotaciones hay de Jünger en ese aniversario suyo.

Son escasas, pero significativas. Justo por esa fecha inicia o concluye sus apartados: el 18 de febrero de 1941 empieza el Primer diario de París; el 17 de febrero de 1943 termina sus Anotaciones del Cáucaso, y dos días después inicia el Segundo diario de París. Las tres únicas anotaciones del 17 de febrero son las de los años 1942, 1943 y 1968.

En la de 1942 es donde se hace esta conocida e importante afirmación: “En lo más hondo el estilo se basa precisamente en la justicia. Solo el hombre justo es capaz también de saber cómo hay que sopesar la palabra, cómo hay que sopesar la frase. Por esta razón a las mejores plumas no se las verá nunca al servicio de una mala causa”.

La de 1943 empieza: “Tras varias semanas de tiempo borrascoso y lluvioso hoy brilla esplendorosamente el sol”. Y termina con aquella emocionante reflexión sobre la conservación de los manuscritos: “Cuando se piensa en lo muy difícil que resulta encontrar un escondite adecuado, causan asombro las cantidades de documentos antiguos que han llegado hasta nosotros a través de las mudanzas de los tiempos”.

Por último, en la anotación de 1968 Jünger refiere un sueño en que es quemado por la Inquisición y anhela que, para presenciar el acontecimiento, se reúna mucha gente, “también fotógrafos y periodistas de revistas sensacionalistas”. Una vez despierto, asiste durante esa jornada a una exposición sobre la Danza de la muerte, y para terminar recuerda un canto de Johann Timotheus Hermes que dice así: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono...”. En una nota a pie de página, el traductor nos remite a otra anotación anterior, donde Jünger reflexiona sobre este mismo canto y cita algunos más de sus versos: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono, / y me hubiera gustado / enviar por delante mi corazón, / y me hubiera gustado entregarte a ti, / creador de los espíritus, mi cansada vida”.

Mientras buscaba estos pasajes, me ha estremecido pensar que al autor de diarios le está vedado espigar su obra de ese modo.

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En The Objective.

19.2.18

El centro es una manta corta

Al final el centro va a ser como el fútbol: una manta corta. Aquella frase del futbolista brasileño Tim (“el fútbol es una manta corta”) quería decir, como es sabido, que un equipo no puede cubrir todo el campo a la vez. Si se tapa la cabeza se destapa los pies, y si se tapa los pies se destapa la cabeza.

El centro político español se ha convertido en los últimos años en una extensa cama de la que han huido los dos grandes partidos que pugnaban por ocuparla: el PP y el PSOE. Era tan extensa que los dos nuevos partidos centristas que surgieron encarnaban las dos modulaciones posibles del centro: el centro-izquierda y el centro-derecha; UPyD y Ciudadanos, respectivamente. Tras el suicidio del primero (que sigue existiendo, pero ya sin relevancia) se quedó toda la cama para el segundo. Y me temo que le viene grande.

Los que hablan de Ciudadanos como extrema derecha mienten (y además como bellacos). Es un partido irreprochablemente democrático y sigue estando en el centro, es decir, a la izquierda del PP. El asunto es que, en su disputa con el PP, parece estar desplazándose al borde derechista del centro. Dejando así destapados a sus votantes de centro-izquierda. Y cuánto frío el de estos, pues tampoco les llega la manta del PSOE, que se ha corrido hacia la izquierda en su obsesión con Podemos.

Como he dicho alguna vez, mi idea de Ciudadanos (y de UPyD) era de corrector del bipartidismo: su corrector y no su destructor. No lo he visto nunca como partido de poder, sino como mejorador de los empeoradísimos PP y PSOE. Y el desprecio de estos dos partidos por Ciudadanos (y por UPyD) no era más que el desprecio, o la pereza, por mejorar.

Me doy cuenta ahora de que latía en mí una desconfianza hacia el centro-centro. Lo que yo quería era que el PP y el PSOE se orientaran al centro, desde su derecha y desde su izquierda. El espacio del centro-derecha y el del centro-izquierda debían ocuparlos esos dos partidos. Ellos, por lo demás, sí podían permitirse retirarles la manta a sus votantes más extremos, que no la necesitaban para estar calentitos: tenían la estufa de la ideologización.

El problema de estar de partida en el centro es que desde allí la manta no alcanza a ambos lados. Y cuando Ciudadanos decidió descartar de su ideario la socialdemocracia, quedó sentenciado qué lado iba a quedar descubierto.

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En El Español.

12.2.18

Complejidad de los ochenta

La gran parodia que es Operación Triunfo, con sus pomposidades de autoayuda y sus esforzadas técnicas para emitir gorgoritos, llegó a su culminación cuando la concursante Amaia –que terminaría ganando– cantó “Te recuerdo, Amanda”, de Víctor Jara. ¡La canción protesta por antonomasia en pleno concurso comercial! Y lo que es mejor: cantada con una seriedad... que a Víctor Jara le hubiera encantado.

En mi biografía “Te recuerdo, Amanda” tiene su importancia, porque fue la primera canción seria de la que me despegué con ironía, y ese despegamiento me oxigenó. Fue en tercero de Bup, cuando el profesor de Literatura (el que nos había dado a leer con dieciséis años Ubú Rey, Poeta en Nueva York, Esperando a Godot o La vida exagerada de Martín Romaña) bromeó sobre ella: “¡Es un canto a la docilidad del obrero! ¡Un hi-ho hi-ho silbando a trabajar!”. Me chocó muchísimo, pero pronto le pillé el gusto y yo mismo me puse a soltar cosas parecidas: ¡boutades!

Visto desde hoy, es increíble la cantidad de cosas (mentales) que se podían hacer al mismo tiempo en los ochenta. A mí nunca dejó de dolerme el asesinato de Jara, ni dejé de sentir una repugnancia absoluta por Pinochet, pero a la vez era capaz de bromear con la canción. De igual modo, podía canturrear “Las tetas de mi novia tienen cáncer de mama”, de Siniestro Total, o “Todos los negritos tienen hambre y frío”, de Glutamato Yeyé, y compadecer a una mujer con esa enfermedad o a los etíopes hambrientos.

Y es que se tenía algo que al parecer se ha desvanecido: una noción cabal de lo simbólico. Se sabía muy bien que este era un ámbito superpuesto a la realidad pero que no es la realidad; un ámbito en el que se puede jugar y gamberrear, actividades oxigenadoras justo porque subrayan su carácter de convención. Lo que hacían estas operaciones era liberar a la realidad de esa carga que, cuando se apelmaza, se erige en otra realidad: una realidad falsa que apresa y oprime a la realidad verdadera. (El peligro de este juego posmoderno era que la realidad se disipaba a veces por debajo, por lo que era relativamente fácil caer en el cinismo, es decir, huir de la abrumadora complejidad; pero todo juego tiene su riesgo).

Lo que es asfixiante (¡aplastante!) es el literalismo de hoy, esa “mente literal” de la que ha hablado Daniel Gascón. Hoy que necesitaríamos de la ironía más que nunca, para surfear el aluvión de estímulos, relativizándolos, distanciándonos de ellos, estamos entregados a un histerismo sin fin: cada estímulo nos lo tomamos en serio, lo consideramos digno de una respuesta (en general fiscalizadora), por lo que estamos en un permanente estado de compulsividad.

Y en esto llega Amaia a cantar “Te recuerdo, Amanda”, y toca emocionarse y exhibirlo. Y el que no lo haga es un hater o un troll, cuyo exhibicionismo a la contra es también mecánico... Todo está codificado. Todo es, en el fondo del fondo, aburridísimo. De una simplicidad carcelaria.

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En El Español.

PD. La parodia de la parodia.

7.2.18

Las tetas de Marisol

Ha cerrado definitivamente Interviú y han vuelto las tetas de Marisol. Al verlas en la portada le he dicho: “¿Qué hace una chica tan limpia como tú en un país tan turbio como este?”. Sí, era limpieza, turbadora limpieza, lo que percibí aquel septiembre de 1976.

Yo tenía diez años. Había ido al quiosco a comprar el Don Miki, como todas las semanas, y allí estaban. La sorpresa fue considerable. Sus películas de niña prodigio solo me habían gustado en la primera infancia, por “Corre, corre, caballito”, pero sentíamos cercana a Marisol no ya por ser malagueña, sino porque su abuela vivía en mi barrio de entonces. A veces corría el rumor de que estaba de visita, pero yo nunca la llegué a ver. Que apareciera allí de pronto, tan bella, con aquel desnudo tan turbador y tan limpio, parecía increíble. Y empleo este adjetivo manoseado a propósito: aquello se salía de la realidad. Pero también se iba imponiendo lo que era verdaderamente: que la realidad daba más juego de lo que nos habíamos creído.

El hecho de que aquel primer desnudo fuese de una mujer que habíamos visto antes vestida, a la que conocíamos incluso desde que era niña, le daba morbo pero sobre todo naturalidad. Y sí, se aceptaba con naturalidad. Había comentarios reprobatorios de algunas mujeres, de las madres; pero eran más bien suaves y con un fondo, me atrevería a decir, de regocijo: insertado en la escalada del “hasta dónde estamos llegando”. Había esa ligera reprobación, pero también curiosidad, asombro.

Visto desde ahora, alcancé a asistir a un momento intermedio en el camino de la liberación de las mujeres españolas. 1975 había sido el Año Internacional de la Mujer, y recuerdo en especial los chistes (por ejemplo, de Pepe da Rosa). Pero aquella guasa de resistencia masculina era a la vez de rendición; o sea, de un comienzo de aceptación.

Cuando yo era niño era todavía raro ver a una mujer fumando o conduciendo. Y las mujeres de la generación de mi abuela (que era de pueblo) llevaban el pelo recogido en un coco. Las que fumaban y conducían y se ponían bikini (o se desataban botones de la blusa para mostrar el canalillo) abrían brecha. Las otras mujeres les decían, entre la censura y la celebración: “Mira qué moderna”. Poco a poco se iba contagiando el júbilo de la libertad. Las pioneras, en verdad, eran admiradas.

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En The Objective.

PD. Un lector perspicaz me ha avisado de que el primer Don Miki apareció en octubre de 1976: ¡justo un mes después! Aquel día de septiembre iría entonces a por el TP o el Pronto, que me mandaban comprar entonces para toda la familia. Un vez que apareció el Don Miki, ya pediría comprarlo para mí, en aquel mismo quiosco. Así va ensamblando sus elementos la memoria...

5.2.18

La gala del 'No al cine'

Ha sido ver en EL ESPAÑOL la foto de Willy Toledo y Alberto San Juan en la gala de los Goya 2003, la del No a la guerra, y que regresase como una bofetada el bochorno de aquella noche. Hace quince años y el bochorno sigue fresquísimo: es un pescado podrido que se mantiene oloroso. El añadido es la mitologización –el falseamiento– de la historia. Parece que a los que hemos vivido ya los años suficientes no nos queda otra que salir de vez en cuando a señalar en plan aguafiestas: “No fue así, no fue así”.

No fue una cuestión de bloques. No fueron los puros angelitos de la izquierda contra los impuros demonios de la derecha. La realidad es más complicada. En mi entorno de izquierda, o al menos de no votantes del PP, la gala resultó patética. Una amiga que detestaba a Aznar dijo sobre el papelón de los actores: “Esos no saben quién paga”. Y se quejó de lo feo y soez que había sido. Yo mismo estaba en contra de la guerra y dos semanas después asistí a la manifestación. Pero daba grima cómo tenía uno que andar frotándose con facciones antidemocráticas (castristas, nacionalistas, proterroristas) cuando mi razón era prioritariamente la democrática. Como dije después: “Estuve en la manifestación haciendo bulto pero también haciendo chistes”.

La gala fue un exabrupto de abusones ideológicos, de niñatos revenidos. Malversaron la causa que decían defender y perjudicaron gravemente la industria en la que trabajaban, que no era solo de ellos. Fue ante todo una gala de No al cine. Echaron a patadas a la mitad de los espectadores posibles. Estos, ciertamente, pasaron a odiarlos. Pero en respuesta al odio anterior de ellos. Me hace mucha gracia esa mentalidad victimista y aprovechona de quejarse solo del odio de los otros, como si este hubiera surgido por generación espontánea y no espoleado por un odio primero, propio, que ahora se escamotea. El truco del que se apresura a pasar por bueno para que el prójimo cargue con toda la maldad.

En cuanto a la rentabilidad de la pegatina, me fijé en Santiago Segura. Se dice que en los días de asfixiante calor hay que mirar dónde se coloca el perro de la casa, porque ese será el lugar más fresco. En cuestiones de beneficio también hay que mirar qué hace Santiago Segura, genio de los negocios. Recuerdo que en la gala no llevó la pegatina. Pero a partir de la gala se la puso y ya no se la quitó durante meses. Y con eso está todo dicho.

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En El Español.

29.1.18

La rueda de Woody

Este año he contravenido mi norma de asistir a la película de Woody Allen en la primera sesión del viernes de estreno. Quería verla en la compañía adecuada, que está en otra ciudad, y este sábado ha podido ser por fin. Ha merecido la pena, porque la velada fue tan maravillosa como la noria de Coney Island. La rueda de la fortuna me llevó a una butaca con manitas, del mismo modo que a Woody lo ha llevado a unas semanas sórdidas, probablemente las últimas de su carrera. Me he acordado de la cita de La Celestina que traía el último tomo del diario de Trapiello (el otro artista que nos da una obra anual): “Mundo es, pase, ande su rueda, rodee sus alcaduces, unos llenos, otros vacíos...”.

Wonder Wheel es una película plena, sin los signos de decadencia o apagamiento que se veían en las anteriores (aunque a mí me gustaban igual). El octogenario está en forma, lo que nos hace maldecir que lo que acabe con sus películas sea la actual caza de brujas de Hollywood antes que la enfermedad o la muerte. Los seguidores de Woody llevamos más de un decenio pensando que cada película podía ser la última (o la penúltima, porque cuando se estrenan en España ya tiene preparada otra), y eso le daba una fruición melancólica a nuestro ritual. Pero esta aceptación limpia de la vida, es decir, la aceptación de que la vida cualquier día nos quitaba el caramelito, se ve ahora perturbada por la rabia. Se ha interpuesto el nuevo puritanismo imperante.

No deja de ser extraordinario, por otra parte, el modo en que este ha triunfado: porque para que la nueva moralidad reaccionaria y represiva esté marcando la ley ha hecho falta que ocupe el lugar exacto de la religión que dice combatir. En efecto, el pseudoprogresismo campante de nuestros días (¡y permítanme ese pseudo, porque mi visión quiere ser progresista!) es hoy la religión realmente existente, la que opera de verdad. La otra sigue cometiendo desmanes de vez en cuando, pero ya está culturalmente acotada: cuando se propasa, tiene la respuesta debida. No así ese pseudoprogresismo, que va con el viento a favor: por eso ha podido acabar con Woody (y con tantos otros) como no podría haberlo hecho la Iglesia.

La desdichada mentalidad de nuestra época me obliga a verbalizar que no me refiero, naturalmente, a los delitos reales, que deben ser perseguidos y castigados, sino a la inquisición paralela de los delitos imaginarios (frutos muchos de ellos de la fantasía ideológica).

Por lo demás, de Wonder Wheel se sale como de todas las películas de Woody Allen: más sensible, más civilizado, más cuidadoso, con un recobrado estupor existencial y con el balanceo de la musiquilla.

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En El Español.

PD. Mis anteriores entradas sobre Woody:
2006: Otra tarde con Woody.
2008: Woody, Rebecca, Almodóvar.
2010: Woody con sudor.
2011: Woody en primavera.
2012: A Woody con Bernhard.
2013: Woody con chica (y palomitas).
2014: Woody de pronto.
2015: Woody y el comenzar.
2016: Woody por dos.

24.1.18

Lo que han perdido

Me hizo gracia el otro día un amigo: “¡Y nosotros ahí buscando libros de Salvat-Papasseit! ¡Entrando en las librerías a preguntar qué tenían de Salvat-Papasseit!”. Esa era, en efecto, una vivencia cotidiana de los aficionados a la poesía españoles de mi generación: no hacíamos más que buscar libros de Salvat-Papasseit. Y de Josep Vicenç Foix, y de Josep Carner, y de Carles Riba, y de Marià Manent, y de Pere Quart, y de Joan Vinyoli, y de Joan Brossa, y de Gabriel Ferrater, y de Pere Gimferrer. ¡Hasta de Salvador Espriu, con eso lo digo todo!

La sensación de estafa ahora es descomunal. Y no es porque sean ahora peores poetas. Hablo solo de sentimientos. ¿El asunto no eran los sentimientos? Pues el sentimiento es que antes tenían el aprecio y ahora no tanto como el desprecio, pero sí desde luego el hartazgo. La salvación ahora es estrictamente individual: puedo coger Sol, i de dol, de Foix, o Poemes civils, de Brossa, y disfrutarlos. Pero aisladamente: ya no se benefician de ese viento general que (desde la Transición) los empujaba a todos.

Los nacionalistas se han cargado lo que habían conseguido los poetas. Se habla ahora de seducción. Los poetas catalanes nos sedujeron, y en su día consideré seriamente ponerme a estudiar el catalán. No lo hice porque se interpuso el portugués, pero en mi cabeza estuvo hacerlo. Hoy no me lo habría planteado ni de coña. Por cada verso de Salvat-Papasseit hay un millón de rebuznos de Puigdemont.

Lo que han perdido es la simpatía previa que les teníamos y ese dar por hecho su inteligencia, una inteligencia que no solo presumíamos mayor sino también más refinada. Ahora tendrán que ir demostrándolas de uno en uno, y partiendo del socavón en que los nacionalistas los han situado a todos.

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En The Objective.

22.1.18

El Puigdemont perfecto

No entiendo la pregunta de si Puigdemont podrá gobernar telemáticamente. ¿Pero qué se piensan que es un Puigdemont gobernando? A un presidente serio supongo que sí le resultaría difícil o imposible. ¿Pero a Puigdemont? ¿Qué ha hecho Puigdemont en persona que no pueda hacer a distancia?

Por lo demás, ¿qué es “a distancia” para Puigdemont? Desde que fue investido presidente, Puigdemont ha estado distanciadísimo de la realidad de Cataluña: lo que ha tenido en la cabeza es una abstracción igual de distante de la Cataluña real se esté en Montserrat o en Bruselas. De hecho, para lo que Puigdemont hace quizá le convenga más estar en Bruselas. Cuanto menos roce y menos ruido reciba de la Cataluña real, mejor para sus propósitos.

Ahora se ha puesto de moda el hombre bomba, que estalla con su bomba y se destruye a sí mismo al tiempo que destruye todo lo de su alrededor. Pero lo que se ha llevado toda la vida ha sido el dinamitero a distancia. Colocas la carga en un sitio y te alejas para hacerla detonar. Se trata de destruir lo demás pero tú ponerte a salvo. En este sentido, Puigdemont es un dinamitero perfecto de la vieja escuela. Desde Bruselas volará Cataluña mientras él se mantiene a salvo.

Cataluña será un enorme dron para este piloto loco que no va a estrellarse con el aparato. O un capitán del Titanic poniendo el trasatlántico a toda marcha contra el iceberg, mientras él está en su habitación comiendo chocolate belga o coliflores. Puigdemont puede estar ante el chollo de su vida: un kamikaze que no va a hacerse papilla con el avión. Un kamikaze que vivirá para contarlo. Y luego habrá que leerse encima sus memorias.

No es ya que los catalanes lo vean solo por la pantalla, es que él verá solo por la pantalla a los catalanes. Los catalanes aparecerán ante el adolescente Puigdemont como esos transeúntes de videojuego a los que hay que atropellar para ganar puntos. Y, como una cosa lleva a la otra, podrá montarse también fabulosas sesiones de cibersexo con su electorado. Al fin y al cabo, le han votado por su pornografía política.

Durante su visita a la hamletiana Dinamarca, no se espera que Puigdemont se pregunte si ser o no ser (su pelucón no parece muy permeable a la metafísica), ni manifestará ningún tipo de duda acerca de si estar o no estar. La opción es ya no estar, pero causando más estropicio aún que si estuviera. Esta vez no habrá que corregir al becario cuando ponga “embestidura”.

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En El Español.

15.1.18

Boadella president

Este martes Albert Boadella le toma la delantera al procés. Un día antes de la constitución del nuevo parlamento catalán, el dramaturgo será investido presidente en el exilio de Tabarnia. Por vía telemática, como exigen los nuevos protocolos delirantes. Si Puigdemont termina haciéndolo así también, será ya una parodia de su parodia. La realidad catalanista se ha convertido en eso: en un espejo deformante de monigotes ya deformados. Valle-Inclán se hubiera deprimido al ver lo inocentones que resultaban en comparación sus esperpentos.

El propio Boadella ha debido de sentir algo parecido en estos años. Las salvajadas de su Ubú president quedaron muy disminuidas cuando salieron las verdades de los Pujol. Y todo lo ocurrido desde que Artur Mas apareció como Moisés hasta las andanzas por Bélgica de Puigdemont, en plan quinto beatle con algo de Raphael, ha rebasado todo lo que podría habérsele ocurrido al fundador de Els Joglars. Ahora al fin reacciona y se pone a la altura de los acontecimientos. El clima ya era propicio gracias a la contraofensiva de los carnavales de Cádiz.

Hace muchos meses, al ver por qué territorios tan alucinantes se iba metiendo el procés, que se confiaba en los carnavales de Cádiz para que dieran la respuesta a medida de lo que estaba pasando en Cataluña. Recuerdo, por ejemplo, un artículo de Andrés Trapiello. Los gaditanos han dado el campanazo el primer día, con la chirigota de la decapitación de Puigdemont. Y ante los nervios de los envarados nacionalistas, han advertido que los carnavales no han hecho más que empezar...

El otro gran respiradero, o aliviadero, ha sido lo que se ha montado con Tabarnia, que nos ha hecho felices durante estas últimas semanas. Como se ha dicho, más que la broma en sí, ha sido glorioso ver a los independentistas enredados en su propio reflejo: combatiendo a unos fantasmas que eran calcaditos a ellos. La presidencia telemática de Boadella va a ser la guinda de este jocoso pastel.

La contestación humorística ha sido la adecuada, porque, como dijo Cioran, las religiones y las ideologías son ante todo cruzadas contra el humor. El humor descoloca a estos angelitos, que encima quieren que no nos riamos de ellos. Pero, además del disfrute que nos proporcionan, con nuestras risas les prestamos a ellos un servicio psiquiátrico. Como un primerísimo paso hacia la salud mental, es bueno que perciban que fuera de su burbuja de acero, más allá del búnker acorazado de sus delirios patrióticos, lo que hay son... risas.

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En El Español.