11.11.17

¡Jaaarl!

Los malagueños con padres de la edad de Chiquito poseíamos todas las claves de su humor, algo así como un oído absoluto para sus chistes. No se nos escapaba ningún matiz, como si fuésemos de repente especialistas o entendidos en algo. Podíamos apreciar así el cruce prodigioso que había en él de lo popular y lo singular; lo que hacía ese hombre –por decirlo en términos pomposos– con la tradición, con la tradición viva de la calle. Haber saltado al concurrido ring de la gracia malagueña y haber ganado por k.o.

Aunque, pienso ahora, quizá sí se nos escapaba algo recóndito que solo podían captar los que, como Chiquito, pasaron hambre en la posguerra. A nosotros, niños del desarrollismo, ese dolor nos llegaba ya absuelto; tan purgado de sí que, aunque a veces se verbalizaba, ni nos lo imaginábamos. Solo con el tiempo hemos atisbado qué había detrás de ciertas reticencias, de ciertas resignaciones, adónde apuntaban los amagos de fatiga. En los chistes de Chiquito y en las entrevistas de Chiquito también estaba esto, para que no faltase nada.

No recuerdo otro momento más intenso de felicidad colectiva que el estreno de Condemor en el ya desaparecido América Multicines. Fue en 1996, en el corazón de los años dorados del chiquitismo. La sala estaba a tope para la sesión golfa, media hora antes de que empezara la película. Esta luego resultó decepcionante (salvo en las intervenciones estrictas de Chiquito), pero la obra de Chiquito éramos nosotros en las butacas. En aquellos minutos previos había un jolgorio chiquitesco inigualable, con imitaciones, risas, meticulosos aspavientos y sus “jaaarl”, “cómorrrl”, “pupita”, “Bonanza”, “cuidadín”, “me cago en tus muelas”, “no puedorl, no puedorl”, “al ataquerrr”, “pecadorrr”... Nadie se estaba sentado, esgrimíamos nuestros pasitos en el estrecho espacio de las filas, en un estado de embriaguez humorística como nunca he vuelto a sentir.

Siempre que me lo crucé por Málaga iba del brazo de su mujer, Pepita, según una tradición también muy malagueña de los matrimonios avenidos. La última fue la mejor, hará seis o siete años. Chiquito se había vuelto hacia ella y le decía algo con mucha discreción, pegándose mucho para que no se viera. Pero yo venía de frente y lo vi. Ella sacó unas monedas del bolso y se las dio a él. Unos pasos más adelante había un mendigo, al que Chiquito, cuando llegaron a su altura, le dio esas monedas espontáneamente y le dijo unas palabras de cariño. Con esa misma delicadeza nos trató a todos, nos lo dio todo. Gracias, maestro.

* * *
En The Objective.

(Y el año pasado: "Chiquito el grande").