18.10.17

Pla para desintoxicar

Para desintoxicarme de los nacionalistas catalanes leo a dos catalanes no nacionalistas, trenzados en un libro: el Josep Pla de Arcadi Espada (ed. Omega). El libro era inencontrable, pero lo encontró Manuel Arias Maldonado en Palma de Mallorca. Lo trajo a Málaga, me lo prestó, yo me lo llevé a Madrid y de allí a Barcelona para la manifestación del 8 de octubre. Después le pedí al autor una dedicatoria para el dueño y puso, entre otras cosas: “mi mejor libro, lo escribió Pla”.

Tiene razón. El libro está montado con maestría, de manera que deja hablar a Pla –en sus “notas para un diario” de 1965 a 1968 y en otros textos– y sobre él habla Espada, acerca de Pla: expandiendo y ahondando, comentando al paso, sin traicionar a Pla. Me ha recordado al contagio que produce João Gilberto en los otros cuando cantan con él, que quedan imbuidos de su tempo, de su sosiego. Aquí lo que predomina es la antirretórica, o la retórica sutil de lo concreto, de lo físico y palpable, eludiendo lo sentimental. Esto último tiene tanto más valor por cuanto que en esos años Pla está desgarrado por un asunto amoroso, o mejor, erótico: acometidas solitarias (salvo en sus viajes a Buenos Aires, donde está ella) indisociables ya de la vejez. Tiene miedo de hacer el ridículo y procura no hacerlo. Rechaza además el énfasis.

Luego he vuelto a ponerme la entrevista a Pla de A fondo y he regresado a El cuaderno gris. Al comienzo dice Pla, cuando siente que los padres lo miran decepcionados el día de su veintiún cumpleaños: “Tener hijos en forma de incógnita, de nebulosa, tiene que ser muy desagradable”. Produce nostalgia, pero también esperanza, saber que en la tierra hoy embrutecida por el nacionalismo pudo haber un Montaigne.

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En The Objective.

16.10.17

Indignos de la República

No hay hoy en España unos individuos menos dignos de la república que los autoproclamados republicanos. Ellos son, de hecho, el verdadero obstáculo para toda república viable entre nosotros. Por la sencilla razón de que son republicanos solo nominalmente: en todo lo demás son profunda, abrasivamente antirrepublicanos.

Me refiero, por supuesto, a la república basada en la democracia, en el Estado de derecho y en el pluralismo: no un régimen ideológico para un sector, sino un sistema en el que quepan todos. De este ideal está más cerca nuestra monarquía constitucional (pese al detalle del rey) que esa república sectaria que defienden –y por la que empujan y tienen prisa– nuestros nacionalistas, populistas, comunistas y, ay, una parte de nuestros socialistas. Sus reacciones al discurso de Felipe VI el 3 de octubre lo mostró una vez más.

En fin de cuentas, ¿qué hizo el rey, sino pedir el acatamiento de la Constitución vigente? El rey no fue votado, pero sí lo fue la Constitución ahora quebrantada: y él la defendió frente a sus enemigos; en ejercicio de sus funciones constitucionales. Me hace mucha gracia que los que cuestionan lo que dijo el rey por ser rey no respeten la Constitución, que es una constitución: homologable a las demás constituciones democráticas del mundo. Lo que ellos propugnan será una república solo porque no habrá un rey; pero dudosamente va a ser un Estado de derecho, ni garantizará el pluralismo.

A eso apunta también el tipo de oposición al presidente Rajoy que no se funda solo en sus errores –que son ciertamente muchos–, sino sobre todo, sustancialmente, en su ideología. La incapacidad para apoyarle en la defensa de la Constitución, porque si la hace él se considera que es de derechas, revela una mentalidad netamente falangista, que no disocia el cargo público del partido de quien lo ostenta. Su aspiración de fondo es al partido único, al movimiento nacional.

Los días en que estuvo el Rey sin hablar nos mostraron lo que sería una España republicana hoy: estos republicanos defectuosos tampoco respetarían a un Rajoy que fuese presidente de la república, aunque hubiese sido votado.

No acatan el marco institucional democrático, sino que sueltan cosas como esta de Joan Tardà: “A nuestros hermanos españoles les decimos que el Proceso Constituyente de la República Catalana será palanca de la III República española”. Por estas tejeradas, algunos republicanos apoyamos hoy al Rey. La III República llegará, si llega, por vías constitucionales. Y en contra de los Tardàs.

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En El Español.

12.10.17

Ser español es respirar


La nación no es una metafísica, sino un resultado histórico. Depende del momento. Y desde 1978 ser español es respirar, porque no es nada, no implica contenidos ni un modo determinado de comportarse. Ser español hoy no es un ser, sino un tener: tener una ciudadanía. Democrática y europea. O un ser vacío, estructural: ser ciudadano.

La metafísica de las naciones –como dijo Nietzsche respecto a otra– es una metafísica del verdugo. O del carcelero. O del opresor: literalmente del opresor. El que oprime los pulmones y tapa la boca con su melaza. El que asfixia.

Ser español fue también asfixiante en el franquismo, porque entonces sí se exigían contenidos y adhesiones y una forma determinada de comportarse, y había una imposición sentimental y mangoneo y énfasis. Lo que ocurre ahora con el nacionalismo catalán, nuestro franquismo realmente existente. Un franquismo no del deshilachado final, sino de la primera época: muy falangistizado.

El nacionalismo español es hoy, por fortuna, irrelevante. Pero es una bestia el nacionalismo y a veces se le ve asomar: como cuando se echó encima de Fernando Trueba por decir que no se sentía español. El ideal es poder decirlo y que no pase nada. Y en realidad, en la vida cotidiana, salvo esas explosioncillas molestas pero con pocas consecuencias, no pasa nada. Esto es lo relevante.

Ser español hoy es lo que vi el domingo pasado en Barcelona. Estuve en la manifestación con amigos barceloneses. Ellos veían (y algunos llevaban) las banderas españolas como puro aire fresco. Verlas en sus calles era para ellos ver recuperadas sus calles. No “para España”, sino para la ciudadanía. Lo único que ellos querían, su anhelo, era que el nacionalismo les dejase en paz. Que la ciudad no fuese de unos pocos, sino de todos. Eso es allí ser español.

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En The Objective.

En inglés: "Being Spanish is breathing".
En italiano: "Essere spagnolo è respirare".
En alemán: "Spanisch sein bedeutet atmen".

9.10.17

Hemos sido un millón

La primera impresión en el Ave fue regular. Parecía que de Madrid a Barcelona viajaba todo el barrio de Salamanca. El tren iba lleno pero se veía que era un viaje de ida y vuelta, porque no había equipajes. Solo algunas mochilas y banderas, muchas banderas. Solo españolas, de momento: en los chinos de Madrid no vendían cuatribarradas. Estas empezaron a verse ya en la manifestación. Como también las europeas, a las que Josep Borrell llamaría luego "nuestras verdaderas esteladas".

El ambiente en el vagón en general era civilizado, aunque con algunas altisonancias futbolísticas. Yo me refugié en una chica sentada más adelante que, aunque iba envuelta en una bandera, leía a Shakespeare. El mercader de Venecia, concretamente. Yo mismo iba en mi burbuja: leía el Josep Pla de Arcadi Espada (las páginas en que cuenta cómo huyó del lirismo en su juventud) mientras por mis auriculares sonaban las suites inglesas de Bach; al clavecín, por supuesto.

Lo que el viaje pudiera tener de expedición colonialista (la basura indepe se nos mete incluso a los antiindepes) se nos disipó en cuanto llegamos a Barcelona y empezamos a recibir las gracias y los abrazos de las amigas y amigos catalanes. Les emocionaba que hubiésemos ido a acompañarles; que era por lo que en realidad habíamos viajado. Y les emocionaba ver su ciudad movilizándose por la libertad y no por el cepo nacionalista. Ocupaban sus calles como no las habían ocupado nunca.

Ha sido un día arrebatadoramente hermoso, suave y alegre, oxigenador, limpio. "Hemos sido un millón", dijo uno de nosotros que había podido leer algo en internet al término de la marcha. Y no se habrá visto nunca a un millón tan acogedor, tan abierto, con tantas ganas de abrir los portones interiores de su sociedad.

Y entre la alegría, ráfagas de tristeza. Mientras caminábamos bajo el sol, entre las banderas y las pancartas, mis amigos, que eran todos profesores de instituto (de filosofía, de historia, de francés) me iban contando la fanatización de sus compañeros de trabajo, sus amigos y sus familiares. Cómo se ha podrido y embrutecido el ambiente, lo pesada que se ha vuelto la vida cotidiana. Algunos pensaban en irse, repasaban sitios adonde hacerlo. Si pudieran.

Son, realmente, el tesoro de Cataluña. Y algún día los catalanes del futuro tendrán que mirarlos a ellos cuando quieran encontrar un poco de aire en la asfixiante historia de estos años. Haber resistido a la bestia del nacionalismo con la inteligencia y la elegancia con que lo han hecho, cuando lo tenían todo en contra, cuando lo fácil era abandonarse; con rabia pero sin odio, sin una gota de odio; con una admirable dignidad.

Vuelvo ahora en el Ave y me acuerdo de ellos. De pronto me da casi vergüenza de que se alegraran de que les acompañásemos, porque son ellos los que nos han acompañado y nos acompañan. Nos han dado un día bellísimo.

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En El Español.

4.10.17

De derrota en derrota

El sábado 30 de septiembre, un día antes del 1-O independentista, tuvimos una terapia de grupo en la librería Luces de Málaga. José Aguilar Jurado presentaba el libro La tarima vacía de Javier Orrico (ed. Alegoría), y con él y el autor nos sumergimos en las depresiones por el estado de nuestra enseñanza pública (y la privada también).

Salió naturalmente el tema catalán, que está relacionado, y la depresión se ahondó. Después de la tristísima jornada del domingo, en que el constitucionalismo salió derrotado por la nefasta respuesta del gobierno (culminación de una larga serie de errores de los que son responsables el PSC o PSOE y el PP; aunque los culpables sean los nacionalistas), pensé que, desde que recuperamos la democracia, la España constitucional ha perdido todas las batallas en dos asuntos fundamentales: el nacionalismo y la enseñanza.

Se acabó con ETA, pero el nacionalismo sigue imponiendo su ley y su relato, reforzado ahora por los populistas. En cuanto a la enseñanza, no ha habido una ley competente desde la devastadora LOGSE, que ha venido cambiando de nombre para seguir siendo la misma. Si bien se piensa, tanto el del nacionalismo como el de la LOGSE han resultado hilos continuados, fortalecidos por su propia persistencia, en un contexto en que casi todo lo demás ha sido deshilachado y flojo. Esa continuidad les ha permitido dar sus frutos: frutos malos, evidentemente.

Así que hemos ido de derrota en derrota en unos asuntos que no pueden resolverse de un día para otro, pues precisan de una larga gestación. La actuación policial del 1 de octubre en Cataluña fue la amarga escenificación de un fracaso: el patético intento de resolver a palos y en el ultimísimo instante un problema que se abandonó durante meses y años, durante todas las décadas desde 1978.

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En The Objective.

2.10.17

Según sentencia del tiempo

Creo que ya lo dije alguna vez (el columnismo es una larga conversación, con sus repeticiones): mi gran descubrimiento de los últimos años ha sido cómo nada queda impune, ni en la biografía ni en la historia. Se producen azares, acontecimientos imprevistos, cambios de fortuna, pero en lo esencial hay coherencia. Los errores se pagan; de un modo u otro, tarde o temprano. Siempre.

Es triste, duro, pero de una belleza inapelable. La justicia es una matemática. Lo dijo el filósofo Anaximandro en el siglo VI a.C.: “Donde tuvo su origen, allí es preciso que retorne en su caída, de acuerdo con las determinaciones del destino. Las cosas deben pagar unas a otras su castigo y pena según sentencia del tiempo”. Es un engranaje despiadado, prodigioso. Ante nosotros, el paso imperial de la realidad.

Solo hacen falta años. Unos cuantos en la biografía; algunos más en la historia. Y cuando en la biografía se ha pasado de los cincuenta empieza a haber, como fruto inesperado, una percepción biográfica de la historia.

Los de mi edad (los nacidos en la década de 1960) ya vemos el arco argumental de nuestra vivencia histórica. Se puede resumir así: pensábamos que éramos la primera generación de españoles que se había librado de la historia de España, pero esto se ha revelado como un sueño; la historia de España nos ha caído encima con todas las de la ley. Ha llegado el momento de pagar nuestros errores, el principal de los cuales fue pensar que era fácil.

Esto ha supuesto una tremenda frustración, pero a la vez ha restablecido el hilo con nuestros antepasados. Nos parecía que eran unos extraños, que estaban muertos. Pero siguen vivos: somos nosotros. Económicamente hemos mejorado, nos hemos insertado en el progreso del mundo (siempre al borde de la ruina, por otra parte); pero nos aqueja, al cabo, la misma inutilidad. Nos sentíamos superiores y era falso.

En nuestros manuales de historia, el problema de todo el siglo XIX y que se adentraba en el XX hasta la guerra civil fue el de “la debilidad del estado nacional” (en formulación de Juan Pablo Fusi); durante el franquismo el problema tampoco se solucionó, solo se estancó y se envició: no es lo mismo autoritarismo que fortaleza.

La culpa de la democracia nacida de la Constitución de 1978 es que el estado se ha mantenido débil. Tuvo legitimidad, por fin, para ser fuerte: pero no se atrevió. Y de esta dejadez se han ido adueñando los turbios poderes periféricos. El “régimen del 78” muere no por lo que hizo bien –que es lo que le critican los populistas–, sino por lo que hizo mal o dejó de hacer. En términos anaximándricos, ha sido un suicidio.

De igual modo, esta Cataluña demediada que nace, hecha no solo contra España y en el odio a España, sino contra la mitad de los catalanes y en el odio a la mitad de los catalanes –es decir, contra la Cataluña real y en el odio a la Cataluña real–, pagará su castigo y pena por la misma ley implacable. Según sentencia del tiempo.

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En El Español.