19.8.17

El limpiabotas y el porteador

No hace falta inventarse taxistas marroquíes de Barcelona. Los que tenemos amigos o vecinos marroquíes en España, o hemos vivido algún tiempo en Marruecos, sabemos que los marroquíes son como los españoles y como los de todo el mundo: no hay un sesgo moral específico; cada individuo es como es. Yo escribí a mi vuelta de Asilah en 2008 sobre dos marroquíes nobles, ejemplares, aliados de la vida. En aquel post, "El desastre anual", titulé el apartado en que hablaba de ellos "Oro puro". Quiero reproducirlo hoy aquí:

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(31-XII-2008) En este viaje he recurrido por primera vez en mi vida a los servicios de dos personajes arquetípicos: un limpiabotas y un porteador. Los dos resultaron ser maestros en su oficio.

Lo del limpiabotas empezó por la palabra portuguesa que lo designa: engraxate. Me la había encontrado recientemente en un texto y no recordaba su significado. Me vino en Asilah, al verlo. Eso hizo que me fijara en él. En la terraza del café de la Medina le estaba limpiando los zapatos, con virtuosismo de violinista, a un francés. Mientras lo hacía miró mis pies, vio que conmigo no había nada que hacer, porque llevaba zapatillas deportivas, y se encogió de hombros con una sonrisa. Cuando terminó con el francés, se ofreció a la mujer que lo acompañaba, una dama bastante atractiva, con algo de Simone de Beauvoir, que llevaba (me fijé entonces) unos elegantes zapatos de tacón. Contuve el aliento, porque estaba a punto de producirse una escena de alta temperatura erótica (me acordé de mi amigo Losada, al que enamoran estos fetichismos), pero la francesa dijo non. Al día siguiente salí con mis zapatos de cuero negro, por si me volvía a encontrar al limpiabotas. Así fue. Me reconoció, se le iluminaron los ojillos al ver mi calzado, le dije que sí y asistí a su interpretación con una sonrisa maravillada. Todos sus movimientos eran precisos y estaban tocados por la gracia. Me acordé, mientras lo observaba, de la Señora Gorda de Salinger. Pensé también que un limpiabotas ha de ser bajito y ágil, como un jockey. Los zapatos quedaron perfectos. Duraron poco así, porque una hora después cayó un chaparrón que me los dejó embarrados: pero durante esa hora yo fui el individuo con los zapatos más limpios y relucientes del mundo.

Al porteador lo contraté ayer, en el viaje de regreso. Se me acercó en cuanto bajé del taxi en el puerto de Tánger y tuve suerte: era el mejor. Su aspecto me recordaba al de uno de los forzudos de la banda de Robin Hood: el hombretón fuerte y noble de las historias de aventuras. Cargó mis bultos en su carretilla y los llevó en volandas hasta el muelle, subiendo y bajando rampas, recorriendo centenares de metros. Los descargó en el puesto 4, pero había una duda: el ferry podía atracar también en el 5, que estaba doscientos metros más allá. Faltaba una hora para que llegase, pero me aseguró que, si atracaba en el 5, volvería. Aunque yo ya le había pagado, le creí. Podía percibirse que a ese hombre le resultaba orgánicamente imposible la traición. Pasó la hora. El ferry se acercaba al puesto 5. Miré al muelle, y por allí venía corriendo con su carretilla el porteador. Me emocionó su nobleza: esa sustancia humana (oro puro) que escasea en los hombres, pero que justifica la especie.