28.8.17

Vuelta a Umbral

Yo estoy entre los que se alejaron de Francisco Umbral, aún cuando vivía. Para alejarme, naturalmente, tuve que estar muy cerca. Fue mi primer ídolo literario. Uno de los sitios en que descubrí la literatura fue en la dedicatoria de Memorias de un niño de derechas, el primer libro suyo que leí. Me la sé de memoria: “A los desvencijados niños de la guerra, que comieron conmigo el pan negro de salvados y la tajada del miedo”. Yo ya lo conocía del periódico, pero fue ahí donde me conquistó.

Lo que me gustaba era su doble juego, que saboreábamos los iniciados. Por un lado estaba el Umbral de la prensa y de las entrevistas, brillante, frívolo, epatante, antipático a veces; y por otro el de los libros intimistas, lírico, vulnerable, tierno, y brillante también. Los lectores que habíamos accedido a este recinto disfrutábamos todavía más con los fuegos de artificios del exterior. Yo sentía que hacía el numerito para nosotros.

Viví unos años de apasionamiento hasta que al final, por saturación, me distancié. Escribí contra él incluso. El primer pellizco para la vuelta a Umbral lo sentí cuando murió, hace hoy diez años.

En este tiempo hemos conocido el secreto de quién era su padre (y quién su hermano), gracias a la investigación que hizo Manuel Jabois para El País. De pronto tuvimos a un Umbral mejor, más solo, con la doble desgracia del padre refractario y el hijo muerto. Se hizo nítida su herida y cobró heroísmo su pose. Fue dandy por autodefensa. Aunque la segunda desgracia la había contado en Mortal y rosa, un libro que siempre se ha leído, su éxito y su brillo posteriores hicieron que nos olvidáramos con demasiada facilidad de ella: no la teníamos presente. Con su biografía completada, podemos leerlo –releerlo– sobre ese fondo, que da hondura a sus páginas y acrecienta su mérito.

Ahora leo de tarde en tarde algún libro suyo. Últimamente han sido Diario de un español cansado y Un ser de lejanías. Y picoteo viejos artículos en internet. A los placeres de su prosa y el aroma de un tiempo que se ha ido, hoy se añade un efecto curioso. Conserva su frescura, pero nos resulta raro: y es porque nosotros ya no estamos frescos. Ha habido un empobrecimiento del país, o del ambiente. Así, las cosas que él decía para epatar a los burgueses, y que el público lector celebraba, hoy epatarían en parte a ese público lector, ya burguesito. Se ha achicado el espacio. Pero ahí tenemos los libros de Umbral, para meternos en ellos y que se agrande.

* * *
En El Español.

PD.– Enlazo un audio de la Fundación Juan March en que Jorge Urrutia cuenta el descubrimiento de que Umbral era su tío. A partir del 48:20.

26.8.17

Dos encuentros con Romero Esteo

(5-XII-1990) Calles mojadas por la lluvia. Canciones brasileñas. Por la tarde he ido con Curro a ver El cielo protector. Al poco rato ha empezado a dolernos el culo y nos hemos puesto a hacer bromas sobre la “fotografía putamadre” de la película y cosas por el estilo; si nos hemos quedado ha sido sólo con la esperanza de ver otra vez los melones tremendos de la mora.

A la salida seguíamos aún carcajeándonos de Bertolucci y su cargante pedantería cuando hemos visto a Romero Esteo. Iba como absorto por la Alameda, con su habitual gamberro celeste de recogedor de chumbos y su perpetua barba canosa de tres días. Curro, parodiando todavía el histerismo intelectualoide de los cinéfilos, le ha gritado con voz engolada:

–¡Maestro! ¡Pero qué casualidad, maestro!

Romero Esteo, sin reconocernos al principio, ha respondido a nuestro saludo mecánicamente, pero entonces se ha dado cuenta de quiénes éramos y se ha alegrado de veras. Inmediatamente nos ha espetado:

–Bueno, pero decidme, ¿en qué instituto estáis? Tendréis ya vuestro pisito y vuestro cochecito...

Tras recordarle que aún no habíamos sacado las oposiciones, nos ha contado por enésima vez el caso de Gavilán:

–El presidente del tribunal, que era amigo suyo, lo cogió después del examen por el pasillo y le dijo: “Te tenemos que suspender, porque esas cosas que has dicho ¡es que no nos constan!”. Al año siguiente Gavilán, siguiendo mis consejos, hizo una exposición mediocre y aprobó. Está claro: ¡Hay que rebajar el nivel! ¡Si piden algo de COU!

Romero Esteo buscaba un sitio donde sacarle fotocopias a una revista francesa en la que hablan bien de él y su festival de teatro.

–Hago esto por puro marketing cultural, como cuando me pongo traje –se ha excusado con sorna.

Cuando ha terminado nos hemos puesto a buscar por el centro un bar donde tomar algo.

–Mi último gran descubrimiento intelectual –nos ha dicho como confidencialmente, mientras caminábamos– ha sido encontrar en calle Córdoba, justo delante de los Portillo, una confitería en la que venden batatitas malagueñas.

Hemos pasado por otro sitio en el que, según él, vendían también antiguamente limas para la Navidad y ha entrado a preguntar armando un revuelo, pero no tenían. Por fin nos hemos sentado en una terraza de calle Salvago, entre señoras de merienda. Curro quería un machaco, pero ha tenido que conformarse, a regañadientes, con un chinchón. Al yo pedirme un pacharán, ha sentenciado Romero Esteo:

–Para mí otro: me tomo un pacharán y luego me quedo frito.

Un vez sentados, el chisporroteo de Curro, que se había mostrado epatante desde el principio, ha sido ya imparable. Se ha puesto a soltar una gansada tras otra y cada vez que Romero Esteo ha tratado de iniciar un soliloquio (“Pues yo ahora estoy muy desesperado...” o “La atonía de esta ciudad es absoluta...”), Curro lo ha atajado bruscamente:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro! –y ha seguido con sus propias paridas.

Ante tal panorama, Romero Esteo ha cambiado de estrategia y ha tratado de picarlo con elogios como:

–Curro, eres un lujo para esta ciudad.

O (dirigiéndose a mí mientras lo señalaba):

–Habría que ponerle un magnetofón delante y luego publicárselo todo, sin cambiar una coma.

A lo que Curro ha seguido respondiendo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Durante un par de horas, Curro no ha cesado ni un momento en su descomunal despliegue. Parecía una exhibición de energumenismo. Yo, en cambio, me he mantenido callado, con mi sonrisa de circunstancias. En cierta ocasión, mientras oía la cháchara, me ha parecido ver la sombra de Cristóbal asomándose desde el fondo del callejón.

Una de las pocas cosas de las que ha podido hablar Romero Esteo ha sido de la desolación que le produjo una librería de Oxford en la que no habían repuesto los libros que él mismo se llevó el año pasado:

–¡Oxford! ¡Qué catetos!

Más tarde, sin venir a cuento, Curro ha sepultado otra de sus cuñas diciéndole de repente:

–¡Pero cántenos algo, maestro!

Y Romero Esteo, tras dudar unos instantes, y supongo que para no darse por vencido, se ha puesto a canturrear patéticamente un himno de la escuela que venía a decir: “¡Santa María, cúbrenos con tu manto protectooor...!” (curiosamente, como el cielo de la película).

Yo estaba un poco abochornado y por eso he acogido con alivio la propuesta de Curro de levantarnos y buscar una taberna donde sí tuviesen machacos. Ya de pie, tras pagar la cuenta, Romero Esteo ha vacilado unos momentos si seguirnos, pero finalmente ha decidido que no. Antes de retirarse nos ha preguntado si teníamos dinero. Yo, mintiendo, he dicho que sí, pero Curro se ha acercado y le ha pedido abruptamente cinco mil pesetas:

–¡Suelte la pasta, maestro!

Romero Esteo ha sacado un billete de mil y me lo ha ofrecido, pero me ha dado vergüenza extender la mano y ha tenido que cogerlo Curro.

–Si fuese rico –ha dicho Romero Esteo con un deje de melancolía–, os daría un montón para que pudieseis viajar.

A lo que Curro ha respondido, tras guardarse el billete en el bolsillo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Una vez solos, Curro y yo nos hemos ido a comer pinchitos a Lo Güeno. Después hemos caminado hasta Pedregalejo y hemos errado por los locales vacíos en busca de machacos. Los atildados camareros nos miraban despectivamente, como a mendigos. Todo estaba húmedo y desolado en la noche invernal. Caminábamos y despotricábamos inmisericordemente: contra Bertolucci, contra Romero Esteo, contra todo el mundo. Ya de vuelta nos hemos sentado un rato en unos escalones fríos junto a la carretera y he aprovechado para mostrarle a Curro mi libro de poemas, que había llevado toda la tarde conmigo, en una carpeta, sin decidirme a sacarlo. Curro lo ha mirado por encima y se ha metido con el primer verso que ha encontrado. No le he dicho que ese verso precisamente se lo había plagiado a su ídolo Rimbaud.

* * *

(16-VI-1992) Explosión de ira tras el almuerzo, por cuestiones domésticas. En estos casos me doy cuenta de lo ridículo de la situación y lo que hago es exagerar histriónicamente mi enfado, para sabotearlo desde su propio esperpento.

Luego me he tropezado con Romero Esteo en la librería del Corte Inglés. Aunque hacía más de un año que no nos veíamos, me ha agarrado inmediatamente del brazo y me ha dicho:

–José Antonio, a ver qué libro te puedo regalar.

Yo le he respondido que gracias, pero que estaba saturado de lecturas, y él, sin hacerme caso, ha cogido uno de la estantería:

–Este está bien. De Bernard-Henry Levi.

–Pero Miguel, ese autor me cae mal –me he excusado.

Y Romero Esteo ha soltado, con su sonrisa de gamberro intelectual:

–Claro, es un autor incómodo para los del PSOE. Lo tienen satanizado porque no es el típico intelectualeta de izquierdas...

–Pero Miguel, si a mí los del PSOE también me caen mal. Son Bernard-Henry Levis que encima se pegan mariscadas...

Pero él ha proseguido sin escucharme:

–Es que ahora lo que impera es una estrategia mezquina para bajar el nivel...

De pronto se ha callado como si hubiese entrado en un terreno peligroso, ha mirado a un lado y a otro igual que un conspirador en posesión de un grave secreto y ha pronunciado, bajando la voz:

–¡Territorialización cultural!

Al ver mi cara de desconcierto ha añadido:

–Sí, sí: ¡territorialización cultural! Ahí está todo. Si está clarísimo: fabricar parcelitas provincianas de saber. Que no circule la cultura, que todo sean Alfarnates... Pero vamos a tomar una cerveza. Te invito.

Ya fuera, nos hemos encontrado un vencejo tirado en mitad de la calle. Parecía muerto y lo he tocado un poco con el pie para ver si se movía. Al ver que, en efecto, estaba vivo, Romero Esteo me ha pedido que lo pusiera a un lado, para que no lo pisara la gente. Entonces ha aparecido una señora que quería lanzarlo a volar y se lo he dado. Ella es la que ha dicho que era un vencejo.

Luego, en la terraza de la Cervecería Alemana, Romero Esteo ha seguido con su repertorio habitual: puyazos contra el PSOE, comentarios sociológicos algo rimbombantes, quejas por la penuria intelectual de nuestra época y anécdotas en defensa de los catetos. Hablaba de todo ello con la sonrisa de un niño travieso, pero un niño que también tuviese el escepticismo y la amargura de un Cioran.

De vez en cuando, al terminar alguna historieta, decía para hacer tiempo, mientras pensaba en la siguiente:

–¿Qué te puedo contar?

O:

–José Antonio, cuéntame algo.

Pero siempre ha seguido hablando él. En cierto momento, mientras lo escuchaba, he visto a otro animal en una triste circunstancia. Se trataba de un perro que deambulaba desconcertado entre el tráfico de la avenida de Andalucía y al que iban a atropellar de un momento a otro. Me preparaba mentalmente para escuchar el golpe y el chasquido de sus huesos, aunque por fortuna no se han producido.

Una de las cosas divertidas que ha contado Romero Esteo ha sido la visita que hizo a las obras de la Expo guiado por algunos capitostes del PSOE. Al final, cuando esperaban sus comentarios admirativos, Romero Esteo se limitó a soltar:

–Muy bonito. ¡Se parece al Tivoli World!

En otro momento me ha dicho:

–Cuando me enteré de que tu familia viene de Almogía, se me abrieron los ojos. José Antonio: olvídate de las finuras intelectuales y vuelve al salvajismo. Escarba en tus orígenes para convertirte en un dinamitero. Ya sabía yo que había algo explosivo en ti. Siempre tan calladito, tan educadito, tan amazacotado... Pero yo me fijaba en tu sonrisa y en ese brillo de tus ojos y pensaba que eras un terrorista en potencia. Te miraba y me decía: “Si se viera en medio de la calle con una ametralladora, se pondría a disparar contra todo el mundo como un cafre. Eso lo salva”.

No cabe duda de que Romero Esteo sabe hacerse querer. Pero su intelectualismo bárbaro, su verborrea sin fin, cansa pronto a los escépticos y decaídos como yo. Siempre repite que le gusta el contacto con los jóvenes para vampirizarles energía... Pero yo, que me siento débil, estoy incómodo a su lado. Sus elogios a esa juventud que no reconozco en mí me producen un sentimiento de culpabilidad.

Al despedirnos me ha animado a que lo llame más a menudo, pues se siente solo ahora que Weil está en Alemania. Y por último ha repetido una vez más, mirando a un lado y a otro y bajando la voz:

–Y mucho cuidado, ¿eh? Hay que estar atentos. Ya sabes: ¡Territorialización cultural!

23.8.17

Pequeños

Qué pequeños han sido los nacionalistas en estos días tristísimos para Barcelona, Cataluña, España. Y los que no han sido pequeños es que no son del todo nacionalistas. Serían estos los nacionalistas llevaderos, o conllevaderos: aquellos para los que, aunque se consideren nacionalistas, el nacionalismo no es la razón principal –tendente a absoluta– de su vivir. Aquí hablo de los otros, los nacionalistas puros. Esos insoportables.

El espectáculo que han dado, sobre los cadáveres calientes, ha sido abyecto y repulsivo. Se ha impuesto en ellos la pulsión de abusar, tergiversar, usurpar. Están en una dinámica delirante en la que la realidad se ha disipado; también la de los muertos. Todo vale exclusivamente para la causa. En este sentido, los separatistas han ganado: se han separado por su cuenta y no hay nada que hacer. Solo dejar constancia de la porquería, para que el nacimiento de su nación apeste. (Como ha apestado, por otra parte, el nacimiento de todas las naciones: pero a nosotros nos ha tocado asistir a este).

Además del conseller catalán de Interior, Joaquim Forn, distinguiendo entre víctimas españolas y catalanas, sirvan varios como muestra. Raül Romeva, exhibiéndose en la prensa internacional como “ministro de Exteriores”, satisfecho de que lo tomen en serio al fin. La Asamblea Nacional Catalana, pidiendo a un medio de Estados Unidos que no utilice la bandera española en sus homenajes. Josep Maria Mainat, haciendo propaganda independentista y llamando a votar el 1 de octubre en el referéndum golpista. O este tuit de Súmate: “No sé cómo lo veis pero la frase ‘Si la Guardia Civil viene a cerrar el Parlament se encontrará a los Mossos’ hoy ha tomado otro significado”...

Sí, los nacionalistas han sido pequeños estos días. Aunque la cosa va al revés: por ser pequeños es por lo que son nacionalistas.

* * *
En The Objective.

21.8.17

Banderitas a los muertos

Qué atroz posibilidad nos brindan los atentados multitudinarios como el de Barcelona. Por el corte de la muerte podemos conocer la vida que por allí pasaba. Son literalmente tranches de vie. Con la crudeza con que traduce Google: rebanadas de vida. Irrumpe una furgoneta y le hace una vivisección a las Ramblas: una vivisección mortal. Pasó lo mismo con los atentados de Atocha de Madrid, con el de las Torres Gemelas de Nueva York, con los recientes de París, Niza, Berlín, Bruselas, Londres, Manchester... O, de nuevo en Barcelona (menciono solo algunos de los occidentales), con el de Hipercor de hace treinta años.

El juego que hacemos a veces de imaginar quiénes son los que pasan por la calle se cumple de repente en el periódico. Vemos sus caras y sus nombres, sabemos qué estaban haciendo, en qué trabajaban, de dónde venían; incluso adónde pensaban ir. Pero ya con una melancolía terrible porque esas vidas se han terminado. Queda un conocimiento póstumo. Y la conclusión de que saber quiénes van por esos flujos callejeros solo es posible cuando se han parado y están muertos. Las minibiografías del periódico tenían aquí por condición ser epitafios.

El corte que el terrorismo yihadista ha efectuado en las Ramblas tiene también el extraño efecto de ser un homenaje a las Ramblas. Fúnebre pero precioso. Los asesinos han mostrado –al matarla– cuánta vida iba por allí: qué variada y plural, qué cosmopolita. Los que hemos paseado por las Ramblas ya lo sabíamos, esa impresión es inmediata; pero asombran los números: al menos treinta y cinco nacionalidades entre heridos y muertos, en aquel corto tramo de una tarde de agosto.

Aunque para nuestros independentistas habrá siempre una nacionalidad más, desgajada. En el ambiente de duelo real, impecable, de la mayoría, hemos tenido que asistir a mezquindades como la del conseller catalán de Interior, Joaquim Forn, que –en un ejercicio de imperialismo carroñero– ha distinguido entre víctimas españolas y catalanas. Ni siquiera en un momento tan doloroso ha sido capaz de reprimir el impulso abusón de ponerles a los cadáveres la banderita. Una banderita utilizada como pegatina; es decir, sectaria y agresivamente.

En este verano abrasivo de desprecio a los turistas (alguno quizá leería la pintada que ha recordado en Twitter nuestro Cristian Campos: Tourist, you are the terrorist), allí estaban ellos: paseando por las Ramblas. Integrándose en la vida que entre todos formaban. La furgoneta arrolló a los que pilló por delante, sin fijarse en banderitas.

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En El Español.

PD.– El amigo Tsevan Rabtan me ha hecho ver en Twitter que sin el cuarto párrafo el artículo sería mejor. Acierta. Si lo pudiera corregir lo quitaría. Pero en prensa no se puede corregir.

19.8.17

El limpiabotas y el porteador

No hace falta inventarse taxistas marroquíes de Barcelona. Los que tenemos amigos o vecinos marroquíes en España, o hemos vivido algún tiempo en Marruecos, sabemos que los marroquíes son como los españoles y como los de todo el mundo: no hay un sesgo moral específico; cada individuo es como es. Yo escribí a mi vuelta de Asilah en 2008 sobre dos marroquíes nobles, ejemplares, aliados de la vida. En aquel post, "El desastre anual", titulé el apartado en que hablaba de ellos "Oro puro". Quiero reproducirlo hoy aquí:

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(31-XII-2008) En este viaje he recurrido por primera vez en mi vida a los servicios de dos personajes arquetípicos: un limpiabotas y un porteador. Los dos resultaron ser maestros en su oficio.

Lo del limpiabotas empezó por la palabra portuguesa que lo designa: engraxate. Me la había encontrado recientemente en un texto y no recordaba su significado. Me vino en Asilah, al verlo. Eso hizo que me fijara en él. En la terraza del café de la Medina le estaba limpiando los zapatos, con virtuosismo de violinista, a un francés. Mientras lo hacía miró mis pies, vio que conmigo no había nada que hacer, porque llevaba zapatillas deportivas, y se encogió de hombros con una sonrisa. Cuando terminó con el francés, se ofreció a la mujer que lo acompañaba, una dama bastante atractiva, con algo de Simone de Beauvoir, que llevaba (me fijé entonces) unos elegantes zapatos de tacón. Contuve el aliento, porque estaba a punto de producirse una escena de alta temperatura erótica (me acordé de mi amigo Losada, al que enamoran estos fetichismos), pero la francesa dijo non. Al día siguiente salí con mis zapatos de cuero negro, por si me volvía a encontrar al limpiabotas. Así fue. Me reconoció, se le iluminaron los ojillos al ver mi calzado, le dije que sí y asistí a su interpretación con una sonrisa maravillada. Todos sus movimientos eran precisos y estaban tocados por la gracia. Me acordé, mientras lo observaba, de la Señora Gorda de Salinger. Pensé también que un limpiabotas ha de ser bajito y ágil, como un jockey. Los zapatos quedaron perfectos. Duraron poco así, porque una hora después cayó un chaparrón que me los dejó embarrados: pero durante esa hora yo fui el individuo con los zapatos más limpios y relucientes del mundo.

Al porteador lo contraté ayer, en el viaje de regreso. Se me acercó en cuanto bajé del taxi en el puerto de Tánger y tuve suerte: era el mejor. Su aspecto me recordaba al de uno de los forzudos de la banda de Robin Hood: el hombretón fuerte y noble de las historias de aventuras. Cargó mis bultos en su carretilla y los llevó en volandas hasta el muelle, subiendo y bajando rampas, recorriendo centenares de metros. Los descargó en el puesto 4, pero había una duda: el ferry podía atracar también en el 5, que estaba doscientos metros más allá. Faltaba una hora para que llegase, pero me aseguró que, si atracaba en el 5, volvería. Aunque yo ya le había pagado, le creí. Podía percibirse que a ese hombre le resultaba orgánicamente imposible la traición. Pasó la hora. El ferry se acercaba al puesto 5. Miré al muelle, y por allí venía corriendo con su carretilla el porteador. Me emocionó su nobleza: esa sustancia humana (oro puro) que escasea en los hombres, pero que justifica la especie.

17.8.17

Dolor, impotencia y rabia

Dolor, impotencia y rabia. Por este orden. Y emoción y recuerdo.

Dolor nada más conocer la noticia. Me encontraba en mi casa de Málaga disfrutando de agosto, como las víctimas que paseaban por Las Ramblas de Barcelona. Me he enterado en uno de los vistazos a Twitter. La última vez que estuve en Barcelona me alojé cerca de donde ha salido la furgoneta, en un hotel de la calle Pelayo. El paseo por Las Ramblas lo iniciaba –como tantos barceloneses y turistas– en el lugar de los atropellos de hoy. No he necesitado ver las imágenes para imaginar el horror. La muerte en un lugar lleno de vida.

Impotencia por el atentado, por los crímenes. Ese mal segregado por el ser humano, que lo embadurna con religión e ideología: por lo que cuenta con cómplices, y con emisores de condenas con “pero”, y con equidistantes. Aquí lo hemos vivido hasta la náusea con el terrorismo etarra. Ahora lo vivimos con el terrorismo islamista. Asesinos con aparato retórico.

Rabia al ver lo que escribía Arnaldo Otegi (no he podido evitar asomarme): “Noticias muy preocupantes desde Barcelona. Prudencia y solidaridad con las víctimas de este ataque y con el conjunto de los Països Catalans”. El cómplice de tantísimos crímenes de ETA exhibiendo apestosamente una supuesta “preocupación”, y añadiendo el mojón nacionalista. Abyecto y repulsivo cinismo.

Emoción al leer lo que ha escrito Arcadi Espada en su blog de El Mundo: “Después de tantos años el kilómetro sentimental era esto. Ir tragando decenas y decenas de vídeos, mirando que no esté en ninguno tu hija, habitual por aquellos lugares, que salió por la mañana y ha tardado en responder al teléfono”. Y el recuerdo de que me pasó lo mismo el 11 de marzo de 2004 en Madrid: mi chica solía tomar temprano aquel tren de Atocha y también tardó demasiado en responder.

Y contra estos alivios íntimos se recorta el dolor (hay que volver al dolor) por los que no respondieron, por los que no han respondido esta tarde.

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En The Objective.

14.8.17

Enterrarlos en el mar

Es muy cuco el cartel nazi-leninista de la CUP: la barredora queda muy arriba, sin dejarle sitio a nadie que la barra a ella. Tal es el ventajismo de quien empuña una escoba: transmite el mensaje de que los que deben ser barridos son los otros. Pero ya sabemos que cuando la escoba del antisistema se pone en marcha acaba barriendo también a los barredores: como la del aprendiz de brujo, o la guillotina del Terror (el complemento de esta era el cesto para la cabeza, técnicamente un cubo de basura). Después de tantísima historia (¡tan sangrienta y tan pesada!), podríamos proponer una ley preventiva: barramos de inmediato al que nos sale con una escoba. Luego ya se verá.

Hay que hablar también del culo, de los culos. El dibujante no solo ha puesto heteropatriarcalmente a una barredora en vez de a un barredor, sino que le ha puesto un buen culo. Ya que el mensaje del cartel es muy franquista, propongo bautizarla como Paca la Culona. Así llamaba –recordarán– Queipo de Llano a Franco, que quiso barrer y barrió a media España. Más Paca todavía es el Lenin del cartel inspirador. Se aprecia una enternecedora evolución artística. El dibujante catalán no ha tenido que hacer tan culona a la barrendera, porque expresa su movimiento con tracitos curvos de cómic. El dibujante soviético, en cambio, prescindió de ese recurso y para significar la potencia del barrido necesitó inflar el culo de Lenin, motor de la revolución.

De un dibujo a otro, se observa el achicamiento del espacio y la mengua de la ambición. Es el recorte del nacionalismo. Lenin quiere barrer a los malos del globo terráqueo. La CUP, en cambio, solo aspira a barrerlos de su terruño (aunque en lugar de Catalunya sea el terruño imperialista –o miniimperialista– de los Països Catalans; un terruño españolito de a pie con ambición de ser un poco más alto). Con todo, qué detalle que a los malos no los echen a España –a lo que queda de España– sino al mar.

Un detalle que, con lo simpático que resulta el dibujo, manifiesta su instinto aniquilador. Al fin y al cabo, esos malos hubieran podido sobrevivir en tierra firme, aunque fuese la de España. Pero no, los echan al mar, para que se ahoguen. Cómo no acordarse del poema de Rafael Alberti que cantaba Paco Ibáñez (¡siempre termina saliendo un cantautor en el procés!): “A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar”. Gran imagen poética, solo que un pelín asesina. Enterrarlos, para que quede claro.

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En El Español.

9.8.17

El turista como extranjero perfecto

El turista es, si bien se mira, el extranjero perfecto. Viene de otro lugar (con frecuencia de otro país) y resulta objetivamente ridículo. Pero no es pobre, ni se ha desplazado para trabajar, ni está perseguido, ni está triste. No puede beneficiarse de ningún tipo de compasión, salvo la que se les dispensa a los bobos. Siempre se piensa que el turista es bobo.

Nietzsche arremete contra ellos en un aforismo de Humano, demasiado humano (1879): “Estúpidos y sudorosos, suben la montaña como animales; alguien se olvidó de decirles que por el camino hay buenas vistas”. Muchas veces me he reído de los turistas así, pero ahora pienso en su grandeza: ¿mirar las vistas, como plebeyos? Ellos se dirigen aristocráticamente a la cumbre (a su objetivo turístico), haciendo abstracción del resto. (De haberlo pensado un poco más, Nietzsche los hubiese aplaudido).

Hace ya años que sufrimos la cargante distinción entre el viajero y el turista. Y esa distinción existe, pero en beneficio del segundo. El viajero juega a la comprensión del territorio por el que viaja, enredando pesadamente a los nativos. El paso del turista, en cambio, es leve. Molesta y ensucia, como todo ser humano, pero no toca el país que visita, que le importa un pimiento: solo busca sus postales. Por eso deja dinero y deja a los nativos en paz. No cae en la ilusión de no ser extranjero.

Nadie quiere al turista. Su único logro afectivo en todas estas décadas ha sido el lema Al turismo, una sonrisa, que era deliberadamente hipócrita, interesado. Y cuyo reverso, a manera de retorno de lo reprimido, aparece estos días como turismofobia. De aquellas sonrisas falsas, estos escupitajos.

La prueba definitiva de la extranjería absoluta del turista es que ni siquiera los que combaten la turismofobia llegan a declararse turistófilos.

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En The Objective.

7.8.17

¡Monedero, ve a asesorarles un poquito más!

¡Monedero, tío, ve a asesorarles un poquito más! Que tu asesoramiento anterior dejó a los venezolanos en la senda del progreso, la democracia, la libertad, la igualdad, la prosperidad y la paz civil, pero te fuiste y todo empezó a torcerse. A lo mejor se desviaron de lo que les marcaste, u olvidaron tus instrucciones... Quién sabe si los disturbios de ahora son la protesta del pueblo (¡de la gente!) para que vuelvas. Ellos deben de sentir que no saben mejorar solos: necesitan a alguien como tú, un cráneo privilegiado como tú, que les lleve por el buen camino. Pagando, claro. Como la otra vez, ellos te pagarán.

Fernando Savater contaba el año pasado en la presentación del libro de José Luis Villacañas sobre el populismo (¡cómo no!) que, cuando viajaba a Venezuela en los primeros tiempos de Hugo Chávez, la gente le decía: “No, no, Chávez no es malo, él quiere hacer las cosas bien. El malo es el gachupín ese que hay detrás”. El “gachupín” era Juan Carlos Monedero. El antiimperialista estaba allí predicando imperialmente el antiimperialismo.

Llevamos ya años soportando las lecciones de Monedero y los suyos sobre lo defectuosa que es nuestra democracia. Tan defectuosa, para ellos, que no es en realidad una democracia. Es un régimen: el “régimen del 78” lo llaman, asimilándolo al franquismo. Nuestra democracia no es una democracia, sino un régimen pseudodemocrático heredero de la dictadura militar de Franco.

Podría pensarse que el modelo que proponen, para tantas ínfulas, es una democracia mejor y sin nada que ver con el militarismo. Pero no. El modelo es la Venezuela bolivariana. Una democracia que ha ido deteriorándose cada vez más hasta convertirse abiertamente (¡cerradamente!) en dictadura. Y con un militar al mando: un militarote de los de la triste tradición latinoamericana. Por supuesto, con consecuencia de ruina, violencia, represión y crimen.

Esta realidad objetiva, sin embargo, Monedero la ve con sus anteojeras ideológicas. O sea, que no la ve. O la ve con filtro algodonoso, con cosquillas agradables. No puede permitir que la dictadura que ha contribuido a construir le amargue este plácido verano suyo de cursos guays, disfraces y carantoñas.

Todavía en estas jornadas aciagas para Venezuela, el autosatisfecho Monedero sigue simultaneando sus elogios al régimen chavista con sus críticas a esta democracia nuestra a la que llama pseudodemocracia. Y junto a él, lo peor de nuestra izquierda, a la que yo llamo pseudoizquierda y que, con su empeño en llamar “de derechas” a las críticos de la izquierda democrática, no hace sino postular una única izquierda posible: la suya, la reaccionaria. La dictatorial.

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En El Español.