15.6.17

El reverso de la alegría

Los savaterianos llevamos dos años malos. Fernando Savater, que ha sido nuestro surtidor de alegría, está triste. Padece un duelo que no se acaba. Él mismo ha contado el motivo, en artículos, en entrevistas: su mujer, Sara Torres, se murió. Fue el 18 de marzo de 2015. Al cumplirse el segundo aniversario la ha vuelto a recordar con otro artículo triste, probablemente el más triste. Habla en él de la condena del muerto en vida. Dice, por ejemplo:
Hace tiempo que las cosas de mi mundo se van difuminando, pierden sustancia. Los libros siguen presentes y tentadores, pero al abrirlos algo ha drenado su savia hasta dejarlos huecos, exánimes. Las películas nuevas son peores que las antiguas, las antiguas peores de lo que las recordaba [...] Se fue el disfrute... Y los sitios que recorrimos juntos están hoy cubiertos de sudarios, como esas sábanas que tapan las formas incómodas de los muebles en una casa abandonada. Los platos más sabrosos, crujientes, aromáticos... comienzan a deleitarme la boca pero luego adquieren insipidez y amargura de ceniza.
Yo, que además de savateriano soy o he sido pessoano (el Libro del desasosiego sí me representa, en parte), he pensado al leer eso en la de veces que me he sentido así. Con duelo amoroso, pero también sin duelo amoroso: por aburrimiento vital, tedio o spleen. Por nihilismo, básicamente. En tales momentos, o temporadas, Savater aparecía con su alegría invariable. La asfixia del pessoano que llevo dentro ha recibido mucho oxígeno del savateriano que también llevo dentro, y que venía de fuera. Ver al Savater pessoano de ahora es una consternación. Nadie se había mostrado tan sostenidamente alegre como él.

En 2011, justo en marzo, cuando la primavera empezaba, vino a Málaga a dar una conferencia. El tema era la alegría. Contó que la alegría está sujeta al tiempo y pasa, pero que cuando ocurre lo hace de verdad: va con fecha y en esa fecha nunca dejará de ser alegría. Por el contrario, la felicidad nunca se cumple: es una proyección a la que, en realidad, le sobra la vida; anhela el resguardo del trasmundo. La alegría no espera, no pone requisitos: vive a posta, deliberadamente. Contó también que la risa aligera el peso de la vida, y que alegría viene de ahí: de aligerar. “Más importante que el valor es el humor –dijo–, porque el valor es no tenerle miedo a la muerte y el humor es no tenerle miedo a la vida”.

Savater ha escrito mucho sobre la alegría. La primera entrada de su Diccionario filosófico (1995) es la de esa palabra, que empieza convenientemente por A. La caracteriza de esta manera: “La alegría no es la conformidad alborozada con lo que ocurre en la vida, sino con el hecho de vivir”. Habla del “escándalo filosófico ante la alegría, porque esta parece contentarse evidentemente con la realidad tal como se nos ofrece, excitante e indigestamente cruda, y no echa nada en falta”. La alegría “se manifiesta a pesar de todos los pesares, propios o ajenos. No porque los ignore, sino porque los vence”.

En su libro Despierta y lee (1998) se ocupa de ella en el ensayito inaugural, inspirado en Spinoza: “Ética de la alegría”. Escribe: “Alegrarse consiste en afirmar, aceptar y aligerar la existencia humana”. Recuerda la célebre afirmación del filósofo holandés, que ha citado tantas veces: “El sabio en nada piensa menos que en la muerte y toda su sabiduría es sabiduría de la vida”. Con la alegría “no se trata de negar o soslayar la evidencia de la muerte, sino de aligerar la vida de su peso desesperante”. Consiste en celebrar la vida misma: “por sabernos mortales sentimos desesperación, pero por sentirnos vivos experimentamos alegría”.

En toda la obra de Savater hay una lucha contra la muerte, en tanto lo irreparable, lo irremediable, lo necesario. Y él ha ejemplificado maravillosamente lo que enseñaba. Ha exhibido “el desafío de su alegría” con un antipuritanismo envidiable. Hace unos años causó revuelo cuando declaró que se había divertido gracias al terrorismo. Se refería, naturalmente, a que se lo había pasado bien combatiéndolo: y muchos envarados que no solo no lo combatieron sino que incluso lo alentaron le afearon la conducta; llegaron a acusarlo de “bromista”. Por lo visto, junto con el crimen debía imperar el espíritu de la pesadez. Lo cual no deja de ser coherente, puesto que en ese espíritu se sustentaban los pomposos etarras y sus cómplices...

Casi todos los libros de Savater –por no decir todos– han sido libros felices, pero uno de los más felices es A caballo entre milenios, que se publicó en 2001. En la noticia de El País sobre la presentación se dice que lo escribió en el año “en el que ETA asesinó a su amigo José Luis López de la Calle [...] el año de ¡Basta Ya! y del desafío de pelear por la libertad y la justicia en una sociedad en la que reina el miedo”. Javier Marías dijo: “Ha sido esta última una época en la que tantas veces se ha dicho de Savater que andaba irritado, crispado, apenado, [pero A caballo entre milenios es] un libro que no tiene nada de esa irritación, de esa crispación, de esa pena, y que contiene en cambio la escritura más apaciguada y feliz que cabe imaginar”.

Otro de sus libros más felices –y yo creo que su mejor libro– es su “autobiografía razonada”, Mira por dónde (2003), en cuyo último capítulo, por cierto, cuenta el inicio de su relación con su mujer, “pelo cohete”. Y en el epílogo, tras confesar que no encuentra ninguna “razón vertebradora” en la autobiografía que acaba de escribir, señala:
Solo una clave podría aventurar para descifrar el misterio, pero que es tan fundamentalmente enigmática como él: la presencia gloriosa, abrumadora a veces, de la alegría. Es el tono básico, el color esencial que barniza mi vida desde donde alcanzo con la memoria. Apenas vislumbro lo que la origina y poquísimo sé de cómo retenerla. Según creo, no proviene de la ceguera ante los obvios males de este mundo, sino de la íntima convicción de que constituye un alto e imprevisto don el estar personalmente in situ para deplorarlos y combatirlos. [...] Me alegro de estar y de haber estado, seguiré estando... ¿mientras la alegría dure?
Reconoce que con la edad “la dicha que persiste se me va haciendo más estrecha y lejana”. Y concluye:
En resumen: noto como si aumentase la insipidez y por tanto tuviese cada vez mayor dificultad en saborear lo que siempre me ha parecido sabroso. Para nuevas delicias, tengo poco paladar. Y eso me asusta, me asusta de veras. Empiezo a darme cuenta de que quizá acabaré triste, como cualquier imbécil. Pero os juro que hubo una alegría dentro de mí, incesante, una alegría que lo encendía todo con chisporroteo de bengalas festivas precariamente instaladas en las oquedades de la gran calavera... Unas cuantas todavía alumbran mi entorno. No sé hasta cuándo. Preferiría apagarme yo antes de que se extinguieran del todo.
Esa erosión que se insinuaba a causa de los años, y que en verdad afectaba poco al ánimo de Savater, ha terminado en el corte de la muerte de su esposa. Su tono se ha vuelto abruptamente lóbrego. Conserva el humor, incluso el brío, y sin duda el nervio moral y la preocupación política; pero cuando puede certifica su desánimo. Poco después de la muerte de su mujer escribió: “Ahora todo me parece plano, sin eco”. Y en su artículo sobre el Derby de Epsom de unos meses después: “Es el designio del amor que una presencia radiante lo llene todo y la ausencia de esa presencia todo lo vacíe. Solo una cosa falta y ya todo sobra [...] ¡La alegría, qué envidia! Aún me acuerdo un poco de cómo era”.

En la reedición en la editorial Confluencias de otro de sus libros más felices, el San Sebastián de 1987, ha puesto una nota fechada a finales del año pasado:
Cuando escribí estas páginas, ahora lo sé, yo era feliz: quizá fue la época más feliz de mi vida después de mi incomparable infancia, pese a que vivíamos los años de plomo del siniestro terrorismo etarra. Yo gozaba entonces la plenitud y el desasosiego del amor, que de todo nos redime. Hasta la nostalgia que expreso tantas veces era un color más de la paleta de la íntima alegría y no la desmentía. Ahora no puedo reescribir ni una línea, porque el estilo incomparable de la dicha no puede ser corregido por la prosa de la desventura.
Me recuerda a Oscar Wilde, que de ser “el Rey de la vida” pasó a escribir el De profundis (tratando de convencerse de que su experiencia se había completado con el dolor; cristiano consuelo que a Savater no le sirve). O al “Desdichado” de Gérard de Nerval: “Yo soy el tenebroso –el viudo–, inconsolado, / príncipe de Aquitania de la torre abolida; / mi sola estrella ha muerto –mi laúd constelado / sostiene el negro sol de la Melancolía”. Y volviendo a Pessoa, cabe traer lo que dijo Octavio Paz de su mundo poético: “Falta la mujer, el sol central. Sin mujer, el universo sensible se desvanece, no hay tierra firme, ni agua ni encarnación de lo impalpable”. Como diría un psicoanalista, el mundo queda desinvestido; la libido se apaga. Se pasa a ser, sí, un muerto en vida.

Savater ha dicho que ya no escribe, aparte de los artículos. No estaría, pues, “elaborando el duelo” por medio de la escritura. En su día lo hizo tras una separación, con su novela El dialecto de la vida (1985). Ahora que está de moda la literatura del duelo, parece que ha renunciado a ella. Más bien al revés: se muestra refractario a esa jerga del “superarlo”, del “rehacer la vida”, del “pasar página”. Se desahoga en los artículos y en las entrevistas, pero crudamente, sin trabajo literario. La filosofía tampoco le sirve.

Entiendo que se impaciente con quienes se impacientan con él. Hay un requerimiento desde fuera de que su pena se acabe ya. Pero, ¿y si su pena es inacabable? Me acuerdo también de Una pena en observación, de C. S. Lewis, quizá el mejor libro de la literatura del duelo. Como lector de Savater me gustaría que escribiera algo así. Pero intuyo que para él la escritura era un estricto instrumento de felicidad.

Solo cabe, tal vez –aunque la alegría solo sea del presente– pensar en la alegría pasada. Al menos él la ha vivido en una dosis que ya quisiéramos los otros. Una dosis por lo demás generosa, puesto que nos alcanzó. A lo que no nos terminamos de resignar es a que se deje vencer por la muerte. Él nos ha enseñado que “la actitud ética es adoptar la estrategia de la inmortalidad”. Y ha citado estos versos de Wislawa Szymborska: “No existe vida / que, aun por un instante, / no sea inmortal. / La muerte / siempre llega con ese instante de retraso. / En vano golpea con la aldaba / en la puerta invisible. / Lo ya vivido / no se lo puede llevar”.

Los savaterianos no contábamos con la tristeza de Savater. Verle en el reverso de la alegría ha sido, además de un golpe bajo, una auténtica sorpresa biográfica para nosotros. Pero hay algo hermoso, sin embargo: ahora sabemos de dónde le venía.

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Publicado en Jot Down Smart/El País núm. 20, mayo 2017.