31.10.16

Puertas equivocadas

Hay que cuidarse de las puertas equivocadas: si entras o sales por una, te topas con la España negra. Eso les ocurrió el sábado a los diputados de Ciudadanos que salieron del Congreso por la que daba a la manifestación de “la gente”, definida esta como ese selecto grupo de señoritos que se sitúa por encima del pueblo y lo que vota.

Eldiario.es lo contó de esta desdichada manera, ya tristemente célebre: “El único momento de tensión se ha vivido cuando un grupo de diputados de Ciudadanos ha optado, por entre todas las salidas del Congreso disponibles, tomar la que congregaba a un grupo de dos centenares de manifestantes. En ese momento han arreciado los gritos y han caído algunos objetos dentro del vallado que no han provocado herido alguno”. De esta redacción se ha suprimido luego en la web el pasmoso “entre todas las salidas del Congreso disponibles”; y se ha cambiado el angelical (¡y cómplice!) “han arreciado los gritos y han caído algunos objetos” por “manifestantes han lanzado objetos hacia dentro del vallado”. Un poco de vergüenza a posteriori han debido de sentir: algo es algo.

Más que para acusar, me interesa señalar estas cosas como síntomas. Síntomas, por supuesto, de una melancólica fractura: por la que vamos cayendo en la España de la que salíamos. En nuestros populistas y nacionalistas, explícitos despreciadores de lo español, se reconoce lo peor de lo español: quizá porque en ellos retorna lo reprimido, grotescamente.

Todo lo que dicen o hacen nos lo sabemos, porque es lo que siempre hubo; así, irritan tanto como hastían. Das una patada en cualquier siglo de la historia de España y te salen a puñados los Iglesias, Errejones, Espinares, Monteros, Bescansas, Garzoncitos, Tardàs, Rufianes y el proetarra de turno: obtusos cargados de razón, las machadianas cabezas que “embistieron” en la investidura.

“Nueva política”, en sentido estricto, solo hemos tenido la que alumbró la Constitución de 1978. Ese momento en que los españoles, como escribió Borges de los suizos, tomaron “la extraña resolución de ser razonables”. Ni siquiera la hermosa y trágica II República, como ha señalado el profesor Villacañas, se atrevió a someter su Constitución a referéndum...

Los que hablan ahora con rencor del “régimen del 78” están siendo, pues, viejos y hasta ancestrales, por nuevos que se vean. Se plantan en lo que había sido este corral del modo en que se acostumbraba. Y el ciudadano que tenga la desgracia de salir por la puerta que conduce a ellos, al rincón en que han suspendido la ciudadanía, se encuentra con nuestro pasado de todos los demonios. Para puertas giratorias, esas.

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En El Español.

30.10.16

Sánchez después de muerto


Ilustración: Tomás Serrano

Quién le iba a decir al vendedor de enciclopedias Pedro Sánchez que en algún punto de su biografía tendría a toda España pendiente de él. Así sucedió ayer sábado, y él aprovechó su momento cumbre para anunciar que se despeñaba. Todo suicidio (político) es bonito y el de Sánchez no lo ha sido menos. Aunque el suicidio de Sánchez tiene dos peculiaridades. La primera, que se ha suicidado después de que se lo cargaran. La segunda, que seguramente volverá a la vida. No para resucitar su partido, sino para terminar de enterrarlo. Las cosas hay que hacerlas bien o no hacerlas.

EL ESPAÑOL ha celebrado editorialmente su “lección de urbanidad democrática”. Y estoy de acuerdo en la corrección de sus formas, en su dignidad, en su coherencia incluso. El problema es que todos eran ya gestos desde un suelo torcido. Sentirse más cerca de Podemos y los independentistas que del PP (en lo que este tiene, contra los otros, de defensor de la Constitución) es justo lo que ha hundido al PSOE. Sánchez es un tozudo capitán del Titanic que quiere retomar el timón, en pleno naufragio, para darle más fuerte contra el iceberg. No hay nada como una misión histórica, y la de Sánchez parece que es la de rematar lo que Zapatero empezó (a matar).

Quién iba a decirle también a Sánchez que emularía, desde su grisura, a dos figuras españolas legendarias: el Empecinado y el Cid. Al primero lo metieron en una jaula, como el propio Sánchez se metió en la jaula de su “No es no”. Esta frase, por cierto, evoca a la de “fútbol es fútbol”. Casi podrían fusionarse: el “no es no” es “fútbol”. Como señalé en otro lugar, aquí hay una clave de lo que es la militancia: su equivalencia con la hinchada. Por si hubiera que explicitarlo más, Sánchez dijo en su comparecencia que “siente los colores socialistas”. Con estos halagos a los suyos, Sánchez es algo así como un populista de la militancia. Aunque si esta se le entrega habrá justicia poética: si se trata de liquidar al PSOE, que la militancia participe.

La otra figura es el Cid, que ganaba batallas después de muerto. Aunque está por ver que Sánchez las gane (me refiero a las batallas electorales, que la de acabar con su partido sí es probable –como hemos dicho– que la termine ganando). El Cid Sánchez, o el Sánchez Campeador, tiene además algo de jinete sin cabeza, lo que da a sus pretensiones épicas un toquecito gótico. Para el ambiente de Halloween viene fenomenal, y más con el nuevo presidente Rajoy: un muerto que, a diferencia de Sánchez, sí que goza de buena salud.

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En El Español.

25.10.16

Si quieres, puedes quedarte aquí

He leído en este Madrid lluvioso, con gusto, la nueva novela de Txani Rodríguez: Si quieres, puedes quedarte aquí (ed. Tres Hermanas). Su ha publicado un adelanto en la revista Eñe (la ponen de bilbaína y es alavesa: de Llodio). Y hoy sale una entrevista en Abc. De su anterior novela, Agosto (2013), hablé en una columna. La nueva es aún mejor: su escritura es excelente, y, aunque la novela es buena en conjunto, me han parecido memorables sobre todo las páginas dedicadas a las montañas (paisajes, animales –ovejas, lobos, buitres, ratones, sanguijuelas–, cabañas, declives, campas, ríos) y al cuerpo, incluyendo la mente, que se manifiesta en ecos fisiológicos (emociones, obsesiones, insomnios, excitaciones, sexo, dolencias, heridas, sangre): como si hubiese una correspondencia entre unas y otro; como si las montañas y el cuerpo estuviesen igual de poblados, o despoblados. La novela se presenta pasado mañana (jueves, 27 de octubre) en Madrid: librería Cervantes y Compañía; calle Pez, 27; a las 20:00h.

24.10.16

El relato abyecto

Nada, que entre muchos jóvenes se ha impuesto, de manera alucinante, el relato de que no tenemos democracia, de que el rey Juan Carlos fue un Franco bis y de que la Constitución ha sido la prolongación del franquismo por otros medios (¡o por los mismos medios!). A partir de aquí, como diría Gil de Biedma, ya todo se comprende: ETA ha sido la única que ha combatido de verdad al franquismo durante la Transición, y se puede llamar a Felipe González y Juan Luis Cebrián fascistas y terroristas esgrimiendo, contra ellos, banderas proetarras. La alucinación es de tal calibre que no solo muchos jóvenes están en ese relato: también bastantes talluditos. Llevan un montonazo de años viviendo en democracia y no se han enterado. La ideología es el peyote del pueblo.

El autoblindaje –la cerrazón esencial– de semejante relato asusta. El matonismo contra González y Cebrián en la universidad Autónoma, hijo del que ejercieron hace unos años Iglesias y Errejón contra Rosa Díez en la Complutense, no es más que una respuesta en concordancia con él. Si se toma tal relato como premisa, lo coherente es llegar a conclusiones de ese estilo. Estamos, pues, en el terreno de una coherencia abyecta por la abyección de la premisa. La lógica ideológica produce monstruos.

La regresión es, sí, alucinante, alucinatoria. Lo ocurrido en Barcelona con la estatua de Franco es un síntoma que hiere por su transparencia. La alcaldesa Colau saca la estatua ecuestre de un Franco decapitado –un cascajo de estatua– en el contexto de una exposición antifranquista, y los militantes (¡hoy!) del antifranquismo van y se lo toman como un acto franquista. ¿Por qué? Porque han eludido el estadio intermedio –distanciador y civilizatorio– de la representación. Esta se ha volatilizado en la mente simplista del creyente ideológico, y la estatua no solo pasa a encarnar a Franco y el franquismo, sino incluso a ‘ser’ Franco y el franquismo. Así, se la pintarrajea y se la tumba: igual que los primeros espectadores del cine huían de la locomotora de la pantalla o los niños le gritan y le tiran cosas al guiñol malo. Es la locura de don Quijote contra el retablo de maese Pedro (aunque sin la nobleza de don Quijote).

Se ha impuesto un relato abyecto que ahoga toda crítica plausible a lo real, porque la entierra en una empanada ideológica de la que lo real ha desaparecido. En eso estamos, o están los que están: en la ideología infantil; en un antifranquismo tonto, de cachiporra.

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En El Español.

23.10.16

Javier Fernández, líder normal


Ilustración: Tomás Serrano

En cuanto apareció Javier Fernández como presidente de la gestora del PSOE, el comentario fue unánime entre nuestros pocos ilustrados: “¡Un adulto!”. De los escombros sangrientos de Ferraz se alzó su figura sobria, con la expresión que le convenía al momento: pesadumbre. En estas semanas, tal expresión me ha venido recordando a la del teniente Colombo cuando resolvía un caso. No se alegraba, sino que agachaba la cabeza: menos feliz por haber cazado al asesino que triste por la lamentable condición humana. La pesadumbre de Javier Fernández (en la que se lee un diáfano: “¡menuda tropa!”) está aún más justificada porque ni siquiera es seguro que este caso se vaya a resolver...

Frente al dicharachero Iceta, cuyo baile ha pasado de lúdico a patético tras su alocado llamamiento a podemitas e independentistas (¡con la que está cayendo en Cataluña!), Fernández puede ser ya definido como “el que no baila”. Inesperadamente, es un eco democrático de aquel canto de Carlos Puebla al dictador Fidel: “Se acabó la diversión”. Llegó Fernández y mandó parar (el cachondeo, y el infantilismo).

Es un líder normal: es decir, alguien sin el magnetismo de un líder, pero que de pronto destaca por comparación con el resto. Tiene algo de la serenidad de una brújula, que sabe dónde está el norte. Lo que no se sabe muy bien es si eso garantizará el rumbo; hacia la gobernabilidad, por supuesto. En el comité federal de este domingo parece que un trozo suficiente del barco se dirigirá a la abstención; pero no es seguro que la maniobra la culmine el barco entero.

Los socialistas hace tiempo que están como vacas sin cencerro, según decía Pedro Almodóvar (no de los socialistas). Javier Fernández –cuya seriedad, por cierto, recuerda a la de Agustín Almodóvar– llega como pastor asturiano, con la misión de mantener unida la vacada y a la vez buscar los cencerros. Para esto último quizá le sea más útil su verdadera especialidad, que son las minas: el PSOE ha caído tanto en barrena desde el zapaterismo que los cencerros están enterrados y bien enterrados.

El guionista de nuestra actualidad se lo está currando: el día antes del comité federal en Madrid, Javier Fernández, en calidad de presidente de Asturias, ha estado con los Reyes en la visita al Pueblo Ejemplar del Principado. Un acto entrañable y rural: menor en sí mismo pero de una simbología abrumadora. En esta España desquiciada de 2016 nada hay tan excéntrico como lo normal.

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En El Español.

20.10.16

PSOE Fútbol Club

El columnismo ha empezado a fijarse en el número de abstencionistas del PSOE que hacen falta para que haya gobierno (o, eufemísticamente, para que no haya terceras elecciones). Once patriotas, los llama con sorna Arcadi Espada; los once de la fama, dice con no menos sorna Raúl del Pozo.

No podemos hacernos los suecos con la numerología. Once es lo que es: el número de jugadores de un equipo de fútbol. El once inicial, se dice. En el PSOE no hay un míster que los escoja. Quizá porque se lo están tomando como un once final: los once jinetes del Apocalipsis. O como una Última Cena en la que, de doce, once fuesen Judas. (Y el que se queda limpio Dios).

Todos han hecho ya su lectura de lo que “quería” el electorado tras las segundas elecciones. Ahora me toca a mí. Quería (¡disculpen la licencia!) evidenciar el fondo estólidamente futbolístico de nuestra política, mediante ese sudoku que montó con los votos cuya solución es once.

Sobre el auge del independentismo catalán señaló precisamente Arcadi Espada su relación con las campañas triunfales de Guardiola al mando del Barça. Los nacionalistas consideraron su nación un equipo más y se tomaron la política como la prolongación del fútbol por otros medios.

También la célebre militancia no es otra cosa que una hinchada. La crisis del PSOE viene del miedo del militante a entrar en el bar al día siguiente de la investidura de Rajoy y que el del PP le diga: “qué”.

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En The Objective.

17.10.16

Hernando y Hernando

No hay Hernando bueno. Esta frase cristalizó hace tiempo en mi cabeza con las apariciones, a veces sucesivas, de un Hernando y otro Hernando. Por lo general, el Hernando peor era el que aparecía, el que estaba en el foco. Momento en el cual se tenía la impresión de que era mejor el otro Hernando. Pero no tardaba en aparecer también el otro Hernando, con lo que perdía la ventaja lograda durante su desaparición. Los Hernandos son un balancín de Hernandos, de manera que cuando uno baja (al aparecer) el otro sube (al desaparecer), y viceversa. Si fuese por cada Hernando, solo aparecería (y bajaría) el otro Hernando. Pero el trabajo de los dos, que es el mismo trabajo, les obliga a aparecer con frecuencia; casi siempre poco antes, o poco después, del otro Hernando.

Llama la atención que en plena crisis del bipartidismo los dos grandes partidos hayan puesto como portavoz parlamentario a un Hernando: Antonio Hernando el PSOE y Rafael Hernando el PP. Antes se ensayó con las Sorayas, pero la cosa ha cuajado con los Hernandos. Al sistema de turnos en el poder de Cánovas y Sagasta, en la Restauración del XIX, le llamó Umbral sagastacanovismo. Hoy podríamos hablar de hernandohernandismo, aunque no referido al poder, sino a las portavocías: nuestro siglo no da para más. En estos tiempos en que el PP y el PSOE solo se diferencian en que uno dice y el otro no, ha sido maravilloso ver que tanto el que decía como el que decía no era un Hernando. Cada uno se mostraba muy firme (incluso muy gallito) en su o en su no, pero ambos desde la hernandidad.

Así estaba la situación, cuando la cosa se ha movido por parte de un Hernando. El desplazamiento del PSOE, no hacia el pero al menos hacia fuera del no, va a ser escenificado, según ha decidido la Gestora, por el Hernando que antes decía no. El socialista Mario Jiménez dejó las cosas claras: Hernando ha sido y será una “correa de transmisión”. Peliaguda palabra esa de correa, en alemán Gürtel, en la semana en que Francisco Correa ha cantado contra el partido al que ahora debe retirarle el no ese Hernando...

La confluencia de Hernando y Hernando bajo el mismo paraguas en el desfile del 12 de Octubre lo sintetiza todo. Era el Hernando del PP el que protegía amorosamente del chaparrón al Hernando del PSOE, y este se dejaba. Al aparecer a la vez, ningún Hernando cobraba ventaja sobre el otro Hernando. ¿Es la imagen de la restauración definitiva del bipartidismo? De momento es la estampa, preciosa, del hernandohernandismo: semilla de la concordia nacional no quizá entre los libres, pero sí entre los iguales. En el aniversario del Descubrimiento, un Hernando descubrió al otro Hernando. Y viceversa.

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En El Español.

16.10.16

Bob Dylan no es Borges


Ilustración: Tomás Serrano

El Premio Nobel sigue cumpliendo su función conmigo: descubrirme autores que desconocía. Así Bob Dylan. Por supuesto, sabía quién era: como para no saberlo. Me he pasado la vida metiéndome con él –soltando que era “el Ramoncín de la armónica” y cosas peores– para reírme de los dylanitas, que como buenos devotos son muy agradecidos de epatar. Pero nunca me había interesado mucho por su obra. Ahora, empujado por la Academia Sueca y las masas, y haciendo un alarde de falta de personalidad, he empezado a oírlo en serio y me gusta. Soy, pues, el dylanita más reciente: ese tipo de advenedizo que solo le presta atención a un autor cuando le dan el Nobel. (Supongo que de algún modo redondeo el asunto).

Al Nobel, por otra parte, hay que contextualizarlo: un premio literario que no supo encumbrarse a sí mismo al no darse al mayor escritor de su tiempo, Jorge Luis Borges (“no darme el Nobel se ha convertido en una tradición escandinava”, bromeaba el argentino), es ya un premio necesariamente menor. Pese al bombo mediático, hay que restarle importancia. En último extremo, la Academia Sueca no ha hecho más que señalar que Dylan no es Borges.

Pero, aunque sea un premio devaluado, ¿se merece Dylan el Nobel de Literatura? No sé calibrar la calidad de sus letras, pero por otras letras que sí sé calibrar (las del brasileño Chico Buarque, por ejemplo; quien, por cierto, aparte escribe novelas), afirmo rotundamente que un letrista sí puede llevarse un premio literario. Y con más merecimiento, si es bueno, que muchos escritores mediocres. La literatura es el arte de las palabras, y no son menos palabras porque vayan en una canción. Por otro lado, este Nobel a Dylan, que parece el más moderno, es en realidad el más antiguo de los que se han otorgado nunca, puesto que enlaza con las fuentes mismas de la lírica (cuyo propio nombre, derivado de “lira”, delata su origen musical).

Curiosamente, Borges tiene algo que ver con el premiado de este año, porque –además de considerar que nuestra mejor poesía era la del romancero y la lírica tradicional, géneros orales y musicales, según recuerda el poeta y cantautor Alejandro González Terriza–, él mismo compuso letras de milongas. En el prólogo al libro que las recoge, Para las seis cuerdas, escribe: “el lector debe suplir la música ausente por la imagen de un hombre que canturrea, en el umbral de su zaguán o en un almacén, acompañándose con la guitarra”. Y en alguna ocasión hasta se lanzó a canturrear.

Así que al final, por este giro inesperado de las asociaciones, vamos a considerar el Nobel a Dylan como un modo indirecto de premiar (¡de una vez!) a Borges. Este, por lo demás, siempre tuvo en materia literaria muy pocos prejuicios.

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En El Español.

10.10.16

Medievalismo podemita

Juan Manuel de Prada se ha apresurado a aclarar que su nueva novela, Mirlo blanco, cisne negro, no es una novela en clave, por lo que todo el mundo la está leyendo como una novela en clave. De hecho, la primicia me la dieron el mes pasado así: “¿Sabes que De Prada va a sacar una novela en clave?”. Hay trasuntos, ya se dice, de Umbral, Cela o Trapiello, además del propio De Prada. Y así es como la pienso leer también yo.

Para promocionarla, el escritor se ha lanzado a hacer (o conceder) entrevistas estruendosas, que me hubiese gustado que me gustasen más. Con De Prada tengo el problema de que podría haber sido un autor mío favorito, pero no lo ha logrado (¡le atribuiré el demérito a él!). Aunque soy irredimiblemente socialdemócrata, tengo paladar para la escritura reaccionaria. Le guardo simpatía y la considero un motor excelente para el estilo y el pensamiento. Ernst Jünger es uno de mis ídolos. Y le veo los quilates al colombiano Nicolás Gómez Dávila. Por poner dos ejemplos. Pero el reaccionario De Prada no me llega: a su reaccionarismo le encuentro apenas el alcance (y la profundidad) del titular de periódico. Se queda en ramploncete.

Lo cual no me impide apreciar la singularidad de su posición: esta sí meritoria. La soledad ideológica en que se ha recluido es en verdad valiente, y más en esta España sectaria y etiquetil. Por otra parte, sus anhelos medievalistas de un orden jerárquico y cristiano, con la realidad aclarada por la luz divina, pese a la opaca y pecadora materia, están tan fuera de lugar que resultan poco dañinos en la práctica. Sus artículos del Abc son flores exóticas: la suya es una voz aislada, y solo por eso está bien que esté.

Lo interesante es su similitud (¡su calco casi!) con otro reaccionarismo que pasa por progresista y por eso –y porque está de moda– sí cuenta con adeptos numerosos. Me refiero a Podemos, naturalmente. Los contenidos cambian (y no todos, por cierto), pero el esquema es igual. Como es igual el anhelo de una realidad clarificada por una fe que reduce el mundo y lo estamenta. A los podemitas esta equiparación les parecerá horrorosa (gajes del espejo), mientras que De Prada sí encuentra “semillas de verdad” en los otros. Se declara, eso sí, ajeno a su marxismo. Aunque los que nos hemos educado en Nietzsche sabemos que el marxismo no es en absoluto ajeno al cristianismo.

Al final, De Prada y los podemitas coinciden en ser “enemigos del comercio”. Pero como escribió otro ídolo mío, no reaccionario, André Breton: “Toda reconstrucción es imposible”. No queda más remedio que bregar con el ruido, con la complejidad: con la libertad asociada a las transacciones.

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En El Español.

9.10.16

Chiquito el grande


Ilustración: Tomás Serrano

Tiene mérito que en la semana de los juicios de las tarjetas black y del caso Gürtel, el posnavajeo del PSOE, los “debates” en Podemos y la prolongación de las gansadas independentistas (aromadas con el sobaco de Anna Gabriel), el protagonista haya sido Chiquito de la Calzada. Mérito significativo: los españoles han escogido fijarse en un hombre íntegro, bondadoso y genial. Durante unos diítas al menos.

Ahora que andamos pochos, conviene recordar que hace veinte, veintidós años, España era un país optimista. El ciudadano común salía y no paraba de cruzarse con otros ciudadanos comunes que imitaban a Chiquito, en la calle, en las tiendas, en los bares, en el trabajo... Cuando dos amigos se encontraban, nada más verse avanzaba el uno hacia el otro dando los pasitos característicos, sacando el culito, doblando levemente la cintura y dando puntaditas en el aire con las manos (¡aquello sí que era coser!), hasta estallar en el “Comooorl... Jarl... Pecadorrr”. No había conversación, por seria e importante que fuese, que no se relajase en algún momento con entonaciones chiquitescas. Sitúo en aquellos años nuestro mayor periodo de felicidad colectiva desde la Transición.

Que aquel contagio unánime lo produjese un solo hombre sigue pareciéndome asombroso. Y que lo que contagiase fuese un arte tan fino: una locura tan aquilatada de originalidad alcanzada a partir de lo popular y sin rebasarlo; desde Lorca, nadie entre nosotros había logrado ser tan popular y tan sofisticado a un tiempo. El escritor Luis Landero escribió en su día un precioso artículo sobre el rastro de la gestualidad japonesa en el humorista: “Chiquito se quedó fascinado con el laconismo gestual y ceremonioso del Oriente. Por eso él no hace gestos completos: solo los esboza. O los inicia y enseguida los suspende y se echa atrás, como asustado o maravillado de ellos”. Y yo suelo decir que, por lo que ha hecho con el lenguaje, es lo más parecido que hemos tenido a Joyce, que sus parrafadas son nuestro Finnegans Wake.

En Málaga se le veía siempre del brazo de su mujer, y la muerte de esta hace cuatro años ha dejado triste al hombre que nos alegró la vida. Los instantes más emotivos del programa de Bertín fueron los de la evocación de la pérdida. Curiosamente, con Chiquito ha ocurrido lo mismo que con Savater. Quizá la alegría que nos prodigaron ambos fue el excedente de su amor doméstico: por eso nos sentíamos en ella como en casa.

La gran frase definitoria del chiquitismo –no recuerdo si era de uno de sus imitadores, pero da igual: la obra de estos forma parte del corpus– era “al pan peich y al vino jánder”, con su aligeramiento de la pesadez castiza y la implantación de una lógica con sorpresa. Y el sketch más representativo era el del concurso Intente no imitar a Chiquito, en que el concursante debía aguantar un minuto entero: tras 58 segundos angustiosos, se rendía en el 59 con un “No puedorrrr, no puedorrrrr”. Y así era: no podíamos estar sin imitarlo. Tal vez las cosas se jodieron cuando empezamos a poder.

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En El Español.

6.10.16

El hombre sentimental

Yo estaba convencido de que Elena Ferrante era un hombre. Quizá porque en la única novela suya que he leído, Los días del abandono, me identifiqué plenamente con la protagonista. Mi hipótesis la utilicé alguna vez en las disputas de Twitter, para epatar: “La mayor escritora europea de nuestro tiempo es un hombre”. Fiel a mi estilo, que en Twitter todavía cuela pero en un artículo resulta chocante (por eso lo reproduzco aquí, para exponerme), solté esto cuando se supo su identidad: “Pues resulta que Elena Ferrante no solo no es un hombre, sino que encima se apellida Raja”. (¡Paciencia conmigo!).

Mi shock en la percepción de las mujeres –y de los hombres, subsidiariamente– se produjo con la lectura de La evolución del deseo, de David M. Buss, en que se muestra la relación entre los sexos de un modo crudamente darwinista: un baño de realidad, para los que manteníamos resabios románticos (siempre hombres, según esa visión). Félix de Azúa también aportó su granito con un artículo de 2001 en que comparaba los libros de ese año de Catherine Millet y Michel Houellebecq: “La hembra archisexual, liberada de la castrante moral de sus dominadores, sale ahora de caza [...]. En cambio, para mantener vivo su romanticismo, el macho sombrío, decadente y sentimental, huye a la gruta de las felinas rameras asiáticas que nada exigen y a todo se prestan”.

Cuando Javier Marías publicó Los enamoramientos en 2011, dijo algo que me sorprendió: que para hacer más creíble la voz enamorada protagonista había hecho que fuese mujer. Me sorprendió porque, como me sucedió con la novela de Ferrante, yo me identificaba con esa voz; además sabía de amigos, pero no de amigas, inmersos en esas turbiedades. Y porque Marías era, al fin y al cabo, el autor de El hombre sentimental.

En relación con este asunto, llevaba yo buscando desde hacía años el libro de Luis Racionero Sobrevivir a un gran amor, seis veces, que no he leído pero que por sus declaraciones (como en la entrevista que le hizo Dragó) parece un ejemplo vivo de las tesis de Buss. Curiosamente, el otro día encontré a una amiga leyéndolo y le pregunté qué le parecía. Dijo con un desprecio irónico pero purificador (no exento de ternura): “Este es de los que dicen eso tan de moda de que el sentimental es el hombre”.

La conclusión es que habría que relajarse un poco. El desvelamiento de la identidad de Elena Ferrante (que ha analizado aquí Daniel Gascón) podría servirnos –podría servirme a mí, al menos– para desestancar la división de los sexos. De vez en cuando se nos olvidan las lecciones que ya sabíamos: que persona es máscara. Y que las relaciones entre unas y otras son un carnaval.

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En The Objective.

3.10.16

'Schadenfreude'

Una amiga querida me enseñó el sábado por la mañana el término alemán Schadenfreude (muy conocido al parecer, pero no por mí). Significa regocijo por el mal ajeno. Enseguida fue de aplicación. El suplemento Babelia traía un artículo demoledor de Víctor Erice contra la escritora Elvira Navarro, algo que siempre gusta. Y en Ferraz estaba la matanza de Pedro Sánchez, con las facciones del PSOE calientes congregándose desde primera hora. Lo que yo conocía era la máxima de La Rochefoucauld que dice: “En las desgracias de nuestros amigos hay algo que no nos desagrada del todo”. Cuando ni siquiera son amigos, se desata el Schadenfreude.

La satisfacción de que el prójimo se vaya al guano es turbia. No habla bien del que la tiene, pero se presenta con tanto empuje que resulta irreprimible. El sábado, mientras estábamos en nuestras cosas, echábamos de vez en cuando vistazos a lo de Elvira Navarro y lo de Ferraz. Lo primero se iba apagando en palabras, como es costumbre en los asuntos literarios; aunque quedaba el morbo de qué va a ser a partir de ahora de la novelista desautorizada. Lo de Ferraz, en cambio, crecía y crecía; es decir, se desgarraba y se desgarraba. Una cosa es que una escritora se vaya al guano y otra que se vaya un partido entero. Era mucho más grave lo que estaba pasando con el PSOE. Grave y divertido.

El espectáculo era de vergüenza ajena. Pero, ¿quién no se engancha a eso? Era inaudito ver al otrora imbatible PSOE haciendo el mamarracho. Y continuadamente a lo largo del día. Como me dijo también mi amiga: “Es una situación en la que no quieres que nadie gane”. Al empecinamiento de Sánchez, absurdo, nefasto, respondieron con la chapuza de la conjura: una extirpación nada profiláctica. Por no tener, el PSOE no tiene ya ni un matador en condiciones. Se pasaron todo el día con pinchazos, hasta que lograron darle la puntilla. La afición abucheaba en la calle.

Al final de la jornada escribí en Twitter: “Mal día para Elvira Navarro y Pedro Sánchez”. Un amigo me contestó: “No creo que haya sido buen día para España tampoco”. Ciertamente. Hace unos meses le oí a un psicoanalista un diagnóstico informal: España se encuentra en pleno proceso psicótico, pues uno de los rasgos de la psicosis es la disgregación. Disgregación es lo que sufre hoy España en todos sus frentes. Y esta del PSOE es la última prueba de que, en efecto, es el partido que más se parece a España.

El Schadenfreude que sentimos tiene su parte estúpida: el mal por el que nos regocijamos no es ajeno.

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En El Español.

2.10.16

Felipe tonante


Ilustración: Tomás Serrano

Como un Zeus tonante, Felipe González ha salido de su modorra olímpica, ha agarrado sus rayos y se los ha roto en la cabeza a Pedro Sánchez como si fuesen jarrones chinos. Todo está en la mitología. Cuando el héroe se sale del tiesto, por medio de la desmesura o hybris, provoca la cólera de los dioses (lo ha señalado en EL ESPAÑOL Ferrer Molina). La peculiaridad de Sánchez es que no era héroe ni nada: solo por su empecinamiento final hemos sabido que había alguien donde parecía no haber nadie. Su caso es una tragedia pura: terrible final sin que le hubiésemos dado relevancia a lo anterior...

Pero la tragedia es más gruesa –incluso más grosera– aún, por cuanto que Sánchez es un consumado producto del partido que dejó González. El partido que dio a un Zapatero y que ahora se encuentra en la tétrica situación de que si no es Sánchez será Susana Díaz, y en mitad de un duelo a garrotazos. No hay que descartar que el del expresidente sea el cabreo del creador insatisfecho con su obra. El PSOE que ha estallado es el PSOE de González sin el mando (ni los triunfos) de alguien como González; y con todos sus vicios en liza y casi ninguna de sus virtudes.

El dóberman estratégico y de emergencia que sacó González hace veinte años se quedó en las jaulas del partido, hasta convertirse en la mascota peligrosa de la militancia, que la ha interiorizado de un modo feroz. Este dóberman (en realidad rottweiler, como recuerda siempre Aurora Nacarino) estaba diseñado para devorar a “la derecha”; pero, ya puestos, tampoco le hace ascos al plutócrata que es hoy González.

El expresidente es una figura trágica también. Sigue hablando desde una autoridad que en algún momento perdió, y él no lo sabe. Los que hemos asistido a su trayectoria desde la época de la pana, podemos tener una imagen completa, con sus luces y sombras equilibradas; hoy con más luces, pasado el tiempo. Pero para los jóvenes me temo que es solo el panzón del yate (un pancista literal), el amigo de Slim, un hombre del establishment. Alguien que, aunque se diga socialista, pertenece al coco que él mismo alentó: “la derecha”.

La lástima es la simplificación resultante: cómo el público ya solo hace lecturas lineales. El juego de González era más complejo: jugaba arriesgadamente al populismo, pero en último término el control lo tenía un hombre de Estado, y esto se terminaba transmitiendo también. Sabía ejercer el poder y sabía dónde pararse. Teniendo una talla muy superior a la de Sánchez, nunca pecó de hybris como Sánchez. Ha sido en estos días, precisamente, cuando más cerca ha estado. Su estallido en plan Zeus ha tenido algo de puñalada de Brutus. Otro síntoma de la deriva general.

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En El Español.