29.2.16

Horteras a todo ritmo

¿Quién dijo que Aznar no apoyó el cine? EL ESPAÑOL nos ha brindado este domingo, en plena jornada de los Oscar, una obra maestra producida bajo su mandato, y por los suyos. La película es de una osadía y una frescura que ya quisiera nuestro menesteroso cine oficial, ese que cinco meses después iba a hacer el numerito del “No a la guerra” en la gala de los Goya. Ahora entendemos la causa primera del berrinche: León de Aranoa y los demás se sabían inferiores como cineastas.

Es una producción asombrosa. En apenas tres minutos se concentran Ciudadano Kane, La caída de los dioses, El lobo de Wall Street, Pepito Piscinas y Granujas a todo ritmo. Adelantándose a su tiempo, rinde homenaje a las series, cuando en aquel 2002 aún no estaban de moda: así, hay claros guiños a Corrupción en Miami, Vicky el vikingo y, como señaló este periódico, a Vacaciones en el mar. También se anticipa milagrosamente a Dexter: en el yate había cadáveres simbólicos que terminarían tirados por la borda.

Aunque la gran referencia sí pertenece al séptimo arte: Titanic. Aquí el tour de force es de aplauso de Garci (¡e incluso de Boyero!): la embarcación no es solo el equivalente a pequeña escala del desdichado trasatlántico, sino también del iceberg. El capitán Correa navega hacia su propio naufragio y simultáneamente hacia el naufragio del PP, estrellando contra este el torpedo que pilota. (Catorce años más tarde, la orquesta del partido, dirigida ya por Rajoy, sigue tocando mientras se hunde).

En un alarde formal prodigioso, el protagonista no aparece. Tener a una estrella magnética como El Bigotes y que no aparezca El Bigotes es un lujo que jamás se ha permitido Hollywood, y me parece que ni la Nouvelle Vague. Para eso habrían necesitado un director del calibre del de este filme: El Bigotes. Este, sacrificando su faceta actoral (¡y hurtándole al espectador su golosa presencia, como no queriéndoles dar margaritas a los cerdos!), se transustancia en puro cine: apenas una mirada y una voz, más un ruido de fondo de connotaciones rohmerianas.

El efecto es raro, como un documental de Rodríguez de la Fuente (otro indudable homenaje) sobre la extinción de las nutrias rodado por una nutria. Decía Umbral que el éxito es un sitio muy aburrido lleno de señoras gordas. En esta película vemos que el poder, la antesala del poder, es un yate no menos aburrido lleno de horteras en bañador. En cuanto al género, resulta inclasificable, pero quizá nos aproximemos si lo definimos como cine-ojo con jeta, cinéma vérité de mentirosos o underground de millonarios. Solo habría podido mejorarla un Panero saliendo de la escotilla.

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En El Español.

28.2.16

Iglesias, compuesto y sin Sánchez


Ilustración: Tomás Serrano

La gran desgracia de Pablo Iglesias es que no ha podido casarse con quien él quería de verdad, el hombre al que ama locamenti: Pablo Iglesias. Él es su príncipe azul (¡o morado!), el que le hace tilín y por el que lo dejaría todo; todo menos esa fenomenal posesión que es ser Pablo Iglesias.

Billy Wilder decía que la luna de miel perfecta fue la de Hitler y Eva Braun, que nada más casarse se envenenaron con cianuro. Pero Iglesias lo podría superar. Menuda noche de bodas sería la suya consigo mismo: Pablo Iglesias descendiendo por su coleta hasta Pablo Iglesias, como Tarzán por la liana hasta Jane. “Yo, Pablo. Tú, Iglesias”. ¡Y a consumar! Y a la mañana siguiente, como dos tortolitos, desayunar tostadas con mermelada de mora...

La lástima es que los votantes no han estado por la labor. La fragmentación del voto ha impedido las pasiones unipersonales. Lo que les han dicho las urnas a los candidatos es que formen parejas, e incluso tríos y cuartetos. Y Pablo Iglesias, antes de que se le pasara el arroz (que Oltra se prestó –antifeministamente– a cocinar), llamó en matrimonio a Pedro Sánchez, al fin y al cabo el líder del partido que fundó Pablo Iglesias.

Digo “llamó en matrimonio” porque fue justo eso lo que hizo: exigirle su mano y la vicepresidencia del gobierno (con el servicio secreto, los tanques y un tricornio de ajuar). Del mismo modo que su ídolo Chávez decía “¡exprópiese!”, Iglesias le dijo a Sánchez “¡cásese conmigo!”.

Pero Sánchez se ha dado el gustazo de darle calabazas. Aunque, en vez de hacerlo de frente, lo ha hecho tras jugar un poquito con él, como recuperando el espíritu lúdico de la socialdemocracia de los ochenta. Mientras le daba esperanzas, se lo montaba con otro. Pensando ya en el matrimonio, lo cierto es que, si uno tiene como pretendientes a Joselito y a Pablito Calvo, a quien elige es a Pablito Calvo. Así Sánchez ha elegido a Albert Rivera, con quien proyecta una boda de primera comunión.

Ahora Pablo Iglesias se desespera en el altar. Conceptualmente, está donde él quería: vestido de novia y a solas consigo, sin ningún moscón que no se llame Pablo Iglesias. Pero hemos visto que eso no puede ser. No todo está perdido, sin embargo: aún hay un hombre que puede impedir que Sánchez y Rivera se casen. Con él sueña Pablo Iglesias en el altar: Mariano Rajoy, su última esperanza.

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En El Español.

24.2.16

Novedad, abismo

Mi traducción preferida de las odas de Ricardo Reis sigue siendo la de Ángel Campos Pámpano, que editó Pre-Textos en 1995. Quizá porque es la que más he leído, junto con el original portugués. Pero ahora en las librerías hay otras dos recientes y recomendables: la de Juan Barja y Juana Inarejos (Abada) y la de Manuel Moya (Visor). Ricardo Reis es, al final, el heterónimo con el que me quedo de Pessoa: en su verso clasicista y atildado hay una elegancia crispada, una sabiduría tensa, que valen para ir por la vida. Enseña, entre otras cosas, que cada paso puede ser el último.

Ver a Ricardo Reis en la mesa de novedades me provoca una emoción que se acerca a la de Iñaki Uriarte cuando leyó el Libro del desasosiego en 1984, según cuenta en sus diarios, y llamó al periódico para preguntar que por qué no era noticia de primera página. Aunque con Ricardo Reis es mejor que se guarde discreción: basta mirar el libro y saber que tiene la clave. Su presente es extremo, y sin embargo pertenece a un orden distinto del de la actualidad: el presente de esta es rabioso, como se dice, mas al mismo tiempo está domesticado. Quizá algún día una desgracia nuestra salga en el periódico, pero ya será irreparable.

Leemos al sol en una playa –puede que, aun en e-book, las odas de Ricardo Reis– y la tormenta ya viene, está ahí, aunque no la hayamos visto todavía. Llegará antes de que terminemos la página. Dice la oda XI: “Temo, Lidia, el destino. Nada es cierto. / En cualquier hora puede sucedernos / lo que todo nos mude. / Fuera de lo sabido es extraño el paso / que propio damos. Graves numes guardan / los linderos del uso. / No somos dioses: ciegos, recelemos, / y la parca dada vida antepongamos / a novedad, abismo”. Ser lector de Ricardo Reis solo sirve para saberlo: el golpe será igual.

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En The Objective.

22.2.16

La contradicción de Rajoy

Nuestros líderes políticos, caracterizados por la miopía, van dando sus pasos con una cortedad de miras escalofriante. Sus movimientos parecen aislados, sin enlaces con el pasado ni con el futuro, entregados por entero al presente. No es de extrañar que, vista una determinada línea de acción en su secuencia lógica, aparezca aquejada de contradicciones.

En estos días de espera, que son todos ellos como un presente suspendido, propicios para el borrón, el caso más flagrante es el de Rajoy. En las últimas elecciones generales, el único argumento político –los económicos iban por otro carril– del hoy presidente en funciones era el miedo a Podemos. No tenía otro y a ese se aferró. Con tanta determinación que ayudó al crecimiento de ese partido a costa de Ciudadanos, contra el que el PP hizo su mayor esfuerzo de campaña.

Es uno de los factores que ha contribuido a la situación en que estamos. Ciudadanos se quedó corto para que su realismo reformista pudiese intervenir con fuerza, ya fuese en un pacto con el PP o en un pacto con el PSOE. Con los resultados que se produjeron, la opción más razonable era la gran coalición de los tres, con acuerdos que resultaran asumibles a un tiempo por sus respectivos electorados. El PSOE lo descartó de antemano, irresponsablemente, por esteticismo ideológico. Por su lado el PP, no menos irresponsablemente, fue incapaz de elaborar una propuesta que el PSOE no pudiese rechazar sin quedar en entredicho. Rajoy ni lo intentó.

En la situación que ha quedado, la opción menos mala es la de que gobierne Pedro Sánchez con un pacto PSOE-Ciudadanos y la abstención del PP. Si Sánchez apuesta por ella –venciendo el esteticismo ideológico (y la no menos esteticista pulsión suicida) de aliarse con Podemos –, sería imperdonable que el PP la impidiera por no abstenerse en la investidura.

Pero justo esto imperdonable es lo que no ha dejado de propugnar en ningún momento Rajoy. Y aquí está su pasmosa contradicción. Si el PP no contribuye a frenar ahora a Podemos, absteniéndose en ese pacto entre el PSOE y Ciudadanos –lo que ayudaría a que Sánchez no se inclinase por Podemos, y evitaría el riesgo de que Podemos tuviese más posibilidades de gobernar tras unas nuevas elecciones–, entonces, ¿en qué queda su argumento del miedo a Podemos?

¿No era tan acuciante, pues, el peligro? ¿O es que está dispuesto a arriesgarse pese a todo, por su exclusivo interés electoral? Contradicción o irresponsabilidad, no hay otra. Bueno, sí: las dos.

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En El Español.

21.2.16

La oración (¡pagana!) de Maestre


Ilustración: Tomás Serrano

Si con las anteriores caricaturizadas, Rita Barberá y la infanta Cristina, se me escaparon versos, ¿cómo no se me iban a escapar con Rita Maestre, luz de donde el sol la toma? Me vienen en aluvión: “por el hermoso cuello blanco, enhiesto” (Garcilaso); “y mientras triunfa con desdén lozano / del luciente cristal tu gentil cuello” (Góngora); “la blanca anatomía de tu cuello” (Valente); “y por tus largos muslos” (Colinas)... ¡Y paro!

Aunque en mí (¡así funciono!) la lírica nunca se da sola, siempre hay insidiosos chistecillos circundantes. Ahora, aquel piropo de Paco Gandía a una mujer alta: “Niña, para darte un beso hay que hacer noche en el ombligo”. Rita, mujer alta: se junta con “la gente” y sobresale. Cuello clasista, piernas largas de saltadora de altura del populismo... Tierna tragedia la de su vida ideológica: el igualitarismo imposible de Venus Maestre.

Entiendo que a un católico le ofenda la irrupción de Maestre y los suyos en la capilla; y más allá de la ofensa está la coacción efectiva (objetiva) del asalto a un espacio apacible. Pero para un nostálgico del paganismo como yo, el argumento de aquella mañana fue el del retorno de los dioses (¡y las diosas, sobre todo las diosas!) a los altares cristianizados. Guerras de religión, que son las de verdad; y que son, principalmente, las de nuestros jóvenes marxistas: beatitos adorables. Aquella mañana de 2011 fueron a luchar al frente.

Porque mi lectura es neopagana, pero la de ellos mismos es la de la evangelización comunista. Se metieron en la capilla para predicar, cuando los que allí estaban habían optado ya por otras prédicas. Fue lo mismo que cuando la propia Rita y los pre-podemitas interrumpieron la conferencia de Rosa Díez en 2010 para soltar ellos su sermón. Estos brasas confirman lo que decía Octavio Paz del marxismo: que es una herejía más (la última) del cristianismo. Pronunciar frases con Papa/almejas, Vaticano/clitoriano y rosarios/ovarios es en el fondo homenajear (y darles vidilla) a los primeros términos. La Iglesia siempre ha sabido que la blasfemia es el reverso de la fe: lo que se le escapa es la indiferencia. Rita Maestre fue el día de autos a rezar.

El juicio es porque lo hizo pecaminosamente. El jueves se dio una combinación preciosa: la dama renacentista que es Rita (¡esa “Simonetta Vespucci, que has nacido en Florencia”, la que inspiró a Botticelli!) se presentó sacrificial como una Juana de Arco. “Solo me quité la camiseta”, declaró ante la Maquinaria de la Justicia, que por ser ciega no la absolvió al momento. Sus frases autoexculpatorias no resultaban del todo convincentes, pero el temblorcillo de su voz sí. Por primera vez en su vida experimentaba tensión, le contó a Elvira Lindo. Y la noticia era que el día del sujetador se mantuvo relajada.

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En El Español.

15.2.16

Dimisión pasivo-agresiva

Ante una situación sin salida lo único que queda, paradójicamente, es salir. Dar por perdida la situación y abandonarla. Escapar, aunque la tal situación esté fabricada con nuestros rastros. Así Esperanza Aguirre, que ha escogido el día de los enamorados para dimitir como presidenta del PP madrileño quizá por amor a sí misma, para que no la mezclen con su obra. Ahora ella está fuera y su obra dentro, aunque ya veremos si con tentáculos para atraparla.

Aguirre ha querido darse un par de gustazos además, ya puestos. El primero, el de ingresar en la más distinguida aristocracia española, que no es la nominal, a la que ya pertenece ella, sino esa otra tan selecta que en España casi no cuenta con nadie: la de los dimisionarios. Es un estamento con escasísima densidad de población, cuyos miembros tienen al menos una proeza biográfica: la de haber dimitido. Gente rara y poca. Su españolidad está en cuestión.

El otro gustazo que se ha dado Aguirre es, naturalmente, el de dejar a Rajoy en evidencia, un gesto de antiamor en pleno San Valentín. Ha sido una dimisión pasivo-agresiva: su repliegue (pasivo) violenta al que se obceca en no replegarse. Aguirre le ha demostrado en las narices que se puede hacer, incluso que se debe hacer. Ahora Rajoy está como aquel cobardón de los trampolines, que se quedaba rezagado cuando los demás ya habían saltado y le hacían carantoñas desde la piscina.

Hubo otra ocasión en que los dos estuvieron arriba y se despeñaron juntos: cuando el accidente de helicóptero de 2005. Lo que se produjo entonces casi como tragedia, sin consecuencias, podría repetirse ahora como comedia con consecuencias. Consecuencias beneficiosas, dentro de lo malo. Como escribe Ana Romero en EL ESPAÑOL, “crece la llamada al ‘patriotismo’ de Rajoy para que ‘abdique’...”. En realidad, el propio presidente en funciones se marcó el camino a sí mismo cuando le retiró la mano a Pedro Sánchez. Lo que tiene que hacer es retirar la otra mano también, y un pie y otro pie, y retirarse entero.

Aguirre ha movido ficha y ha removido el gallinero popular: ese gallinero de gaviotas de corral, rebozadas en estiércol. Con su salida ha querido transmitir la idea no de que ha salido sino de que está aparte, de que siempre lo ha estado. Pero casualmente releí este fin de semana los poemas de su tío Jaime Gil de Biedma y me encontré esta muestra de romanticismo familiar: “[...] interpretamos / los detalles al pie de la letra / y el conjunto en sentido figurado”. Aún pretenderá una absolución de conjunto, sin entrar en los detalles.

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En El Español.

14.2.16

Infanta en San Valentín


Ilustración: Tomás Serrano

A Cristina de Borbón (¡ya no nos sale el doña, hemos empezado por guillotinar el tratamiento!) se le ha juntado todo: San Valentín y el banquillo, más el eco del centenario de Rubén Darío, con su sonsonete para princesas. Aunque no es una princesa, sino una infanta la que está triste; y sí sabemos lo que tiene. Se equivocó en el amor, como Isabel Pantoja. Atarse románticamente a un bandolero puede terminar en prisión. Pero en este domingo sentimental le viene mejor otro poema de Rubén: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, / y más la piedra dura porque ésa ya no siente”. Tampoco siente el banquillo, hecho con madera de cadalso: la unidad de materiales de la Justicia.

Fue una niña del baby boom como nosotros y, al igual que a muchas de nuestras amigas, la vida se le ha puesto complicada. Arrastra errores cual personaje de película independiente. Como eran dos hermanas, los niños empezamos a llamarla “la guapa” a ella, lo mismo que unos años después haríamos con las Azúcar Moreno. También equivocándonos. Elena y Cristina iban parejas a nuestra edad, sin que supiéramos nada de ellas pese a que las teníamos asiduamente en el escaparate del televisor. Empezaron a expresarse años después, con la elección de sus maridos, y ahí nos enteramos de que les iba la marcha.

Marichalar hoy no toca (y además ya lo cantó Umbral), pero sí Urdangarin. Se nos aparecía lejano, capaz de emparentar con la realeza; pero cuando vimos que firmaba como “duque em-Palma-do” comprendimos que era uno de los nuestros. ¡Hemos sabido tarde que pudimos enamorar a una infanta! Ahora bien, no todos tenemos las manos tan desarrolladas (¡para birlar mejor!) como sin duda las tiene un balonmanista. Llegar a Zarzuela con sus aptitudes casi le condenaba a ser un carterista a lo grande. Al final, como en las novelas sociales, sus circunstancias le llevaron al delito...

En estos tiempos de matrimonios volátiles, la infanta Cristina escogió no divorciarse de su marido y seguir unida a su destino de barro. De ser unos Romeo y Julieta con poca disputa familiar (al fin y al cabo el deporte es una de las ramas de la aristocracia), pasaron a ser unos Bonnie and Clyde de alto copete. Hoy no están en la cumbre, sino en unos sótanos borrascosos donde bailarán pegados una canción de Cómplices.

En el juicio ha salido que tenían empleados ficticios y les entiendo perfectamente: todos los que no son de la pareja sobran en un amor, y el dinero de esos sueldos falsos ya se lo gastarían ellos, en ellos. Aun estando en el banquillo, se habrán regalado un alguito por San Valentín.

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En El Español.

8.2.16

El exilio interior

El patriotismo constitucional, esa pasión fría, se queda sin gente. Es hoy un arte abstracto. La democracia formal se ha quedado en la estructura: una parrilla que asa unas carnes que no merecen la pena. Aunque la parrilla, así pensamos algunos, la sigue mereciendo; entre otras cosas, porque no se nos ocurre nada que pudiera ser mejor.

La situación es fatigosa, y deprimente. Los que hemos estado escribiendo contra el terrorismo, contra el nacionalismo y ahora contra el populismo autodenominado de izquierdas (y también, cuando ha brotado, contra el fascismo), les oponíamos a todas estas degeneraciones, o regresiones, la Constitución. Y hemos defendido la Transición que la hizo nacer como la gran novedad civilizatoria de la historia de España. Un cambio comparado con el cual todos los demás son espumillas.

En el lote iban los dos grandes partidos que, tras UCD, le dieron cuerpo político a nuestra democracia: el PSOE y el PP. Dos partidos que al final no han estado a la altura. Por eso nuestra defensa de la Constitución, que persiste, está ahora como despoblada. De pronto casi que se vuelve también contra ellos. En nuestras discusiones con los anticonstitucionalistas, si nos nombran al PSOE y al PP ya es un bochorno. Nos cuesta apoyarnos en algo sólido para debatir.

Y sin embargo eso sólido existe: vivimos en un Estado de derecho homologado, con un grado de convivencia más que aceptable y, pese a la crisis, con unos niveles de progreso que ya quisieran muchos países del mundo. El mantra que se repite últimamente del “no podemos estar peor” es puro pijerío ideológico. Nuestra realidad es imperfecta: podría (¡y debería!) mejorar. Pero hay que ser muy ignorante de la historia y tener muy poca imaginación (y ser, en verdad, muy pijo) para no reconocer su terrible capacidad de empeoramiento.

Los que estamos en estas nos vemos ahora en una suerte de exilio interior. Parecemos indios, o payasos. Nos llaman fachas. (Solo defendemos la democracia y nos llaman fachas). Hemos de tener mucho cuidado para no saltar en las conversaciones, porque si no la liamos y las veladas se vuelven embarazosas. Lo que decimos podría decirlo perfectamente el Rey en su discurso de Navidad; pero suena a punk. Todo el mundo se ha vuelto loco, y esa extensión de la locura nos hace parecer locos a nosotros, que vamos dando la nota, haciendo el numerito.

Denunciábamos como dudosamente democrático aquel otro mantra del “no nos representan”, y así nos lo sigue pareciendo. Pero el caso es que no nos representan ni aquellos a quienes les reconocemos nuestra representación.

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En El Español.

7.2.16

Rita, gente con perlas


Ilustración: Tomás Serrano

La noticia de hace más de cuarenta años que ha saltado esta semana, la de que Rita Barberá fue Musa del Humor en 1973, abrocha maravillosamente su biografía. En su final político, apreciamos la coherencia desde el comienzo: ha dedicado su vida a hacer gracia, la tuviera o no. Una gracia tan humorística como rubensiana, en esta señora Ubú que solo evoca cosas grandes: cúpulas de Calatrava, paellas de record Guinness, cajas B con hechuras de banco.

La exalcaldesa de Valencia, hoy senadora, es una mezcla muy conseguida de Fraga y Montserrat Caballé, aunque adaptando ambas figuras a sí misma: es un Fraga que no lee y una Caballé que no canta. También tiene un algo de Gil y Gil, pero sin quitarse la camisa en público (de momento) ni hacer de la piscina su sala de recepción. Comparten, eso sí, el perpetuo sudorcillo que dan los soles de Marbella y Valencia, otorgándoles a sus gobernantes, a poco que se dejen, un irresistible look bananero.

Como taula significa mesa, lo de Operación Taula me ha recordado a T. S. Eliot (¡con perdón!): “cuando el atardecer se extiende contra el cielo / como un paciente anestesiado sobre una mesa”. Solo que a este paciente, Rita o el PP valenciano, que es Rita, más que una operación parece que va a practicársele una autopsia en vida. O en vidorra. Una vez que la abran quizá veamos que, en vez de horchata, tenía dinero en las venas.

En la caricatura de Tomás Serrano, Rita aparece resplandeciente por lo que se cuece a sus espaldas: sea su sol de Alcaldesa Sol, la luna de Valencia o el oro de Moscú. Se erige sobre un monte de billetes prestos para la pira, acariciando un destino de valenciana perfecta, que no es el de ser fallera sino el de ser falla, en el núcleo exacto del caloret. Al final, entre las cenizas, quedarán las perlas como un esqueleto de canicas: calaveritas de la ostentación.

Pero no olvidemos que esas perlas de Barberá son las que se pone “la gente” cuando se lo puede permitir. Rita es la gente misma que canta el podemismo, solo que con pasta. Comidas, coches, bolsos y horteradas: ni un euro en libros ni en cultivarse, como a la vista está. Aquellos estadillos de las tarjetas black eran la radiografía estético-moral de nuestra clase dirigente, cuya apoteosis se ha dado en Valencia: donde mamó Berlanga.

Y lo que menos hay que olvidar es lo principal: que en un país democrático Rita Barberá ha estado veinticuatro años en el poder, veinte de ellos con mayoría absoluta. Mucho halaguito a la gente ahora, pero fue la gente la que la puso y la mantuvo ahí. Es a la gente a la que le gustaba.

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En El Español.

1.2.16

General Lacy

Algunas emociones suceden ya porque no hemos hecho antes una consulta en Google. Bajaba yo la otra noche por el paseo de las Delicias, en Madrid, cuando me crucé con la perpendicular calle Delicias. Iba con un cierto grado de embriaguez sentimental y me desvié por ella, en busca de otra calle de hace algún tiempo. Era entonces primavera, de noche también pero más temprano. Una mujer me llevó por la calle Delicias, yo encantado de que fuese desde el paseo de las Delicias, a una terraza que había más allá, doblando a la derecha. Quise recordar el nombre de la calle, porque lo fuimos pronunciando para encontrar el sitio y formó parte de la velada. Durante este tiempo me ha faltado para tenerla completa.

La terraza la conocí aquella noche, pese a mis años en la capital. Era la de Bodegas Rosell, en cuya fachada había una pareja en azulejos. Me fijé porque el hombre mira embobado a la mujer, altiva, como si me estuviera representando a mí mismo. Al desembocar esta vez en ella y ver al fin el nombre de la calle, General Lacy, se me multiplicó la emoción, pero a la vez recibí un golpetazo melancólico. General Lacy. Otro general franquista. Un nombre más condenado por la Ley de Memoria Histórica, esa ley que mezcla la historia objetiva con la memoria subjetiva, haciendo un potaje que estropea ambas.

Acerca de abusos así ya advirtió Nietzsche en Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida, la segunda de sus consideraciones intempestivas (intempestivo: “que es o está fuera de tiempo y sazón”). Con eso y con la famosa frase de Walter Benjamin, “no hay documento de cultura que no lo sea a la vez de barbarie”, ya vamos avisados los vivientes de que nuestras experiencias de amor y desamor, y de todo lo demás, han sucedido en calles que designan también a impresentables. El puritanismo, sectario encima, de que todo tenga lugar en suelos limpios delata más neurosis que otra cosa. Como si hubiera algo más limpio que el olvido, que le quita a todo general sus galones –y sus hazañas y sus carnicerías– para dejarlo reducido a una serie rasa de fonemas.

Pero esta columna tiene un final feliz, por mi ignorancia y porque no consulté Google en su momento. El general Lacy, con lo que suena a esos Kirkpatrick, Fanjul o Saliquet que ya van a quitar del callejero, no era un general franquista, sino –como sin duda sabrá algún lector– uno de los que en el XIX defendieron la Constitución de Cádiz, y murió fusilado. Maravillosamente, fue el franquismo el que le quitó su nombre a una calle en La Coruña.

Aquella noche mía de primavera en la terraza en cuesta de Bodegas Rosell seguirá estando, pues, bajo su nombre. Y esta vez la historia habrá hecho que lo agregue, más allá de su fonética, a mi memoria sentimental. Hasta que el tiempo le quite sus galones.

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En El Español.