31.12.16

Lecturas 2016

2016 ha sido para mí un año lector. Como me dio por anotar los títulos desde el 1 de enero, puedo poner aquí la lista. Van según el orden en que los empecé. Unos los leí del tirón, otros a lo largo de semanas o meses. Hay libros gordos y libros delgaditos. Hay relecturas. De la lista no he terminado aún el de Eckermann ni el de Cabrera Infante. Los que abandoné los taché y no aparecen. Entre los que aparecen, unos cuantos los leí en diagonal (¡modalidad que defiendo!). Incluyo, entre comillas, algunos artículos o capítulos sueltos que me pareció importante consignar. La lectura más larga, la que le ha dado el tono al año, ha sido la de Montaigne, que acabo justo hoy.

1. Los ensayos. Montaigne.
2. Odas. Horacio.
3. Marcel Proust 2. Biografía 1904-1922. George D. Painter.
4. Palomas y serpientes. Enrique García-Máiquez.
5. Diarios. Jaime Gil de Biedma
6. Las personas del verbo. Jaime Gil de Biedma.
7. Como la sombra que se va. Antonio Muñoz Molina.
8. Proust. Samuel Beckett.
9. Proust y los signos. Gilles Deleuze.
10. Proust contra la decadencia. Józef Czapski.
11. Proust. Edmund White.
12. Contra Sainte-Beuve. Marcel Proust.
13. Confesiones. San Agustín.
14. Goethe. La vida como obra de arte. Rüdiger Safranski.
15. The Problems of Philosophy. Bertrand Russell.
16. Una gran profesional. Fernando del Moral.
17. Rubaiyat. Canciones para beber. Fernando Pessoa.
18. Seré un anciano hermoso en un gran país. Manuel Astur.
19. Los idiotas prefieren la montaña. Aloma Rodríguez.
20. Cómo cambiar la vida con Proust. Alain de Botton.
21. Goethe. Eugenio Trías.
22. "Neurosis obsesiva". Sigmund Freud.
23. "El mito individual del neurótico". Jacques Lacan.
24. "Goethe: la deuda y la vocación". Eugenio Trías.
25. El surrealismo. José Luis Giménez-Frontín.
26. ¿Qué es el surrealismo? André Breton.
27. La búsqueda del comienzo. Escritos sobre el surrealismo. Octavio Paz.
28. Pleamargen. Breton/Abeleira.
29. Filosofía del surrealismo. Ferdinand Alquié.
30. La España vacía. Sergio del Molino.
31. Una callada sombra. Luis Sanz Irles.
32. Tulipanes y delirios. Luis Sanz Irles.
33. El pacto ambiguo. Manuel Alberca.
34. Confianza o sospecha. Una pregunta sobre el oficio de escribir. Gabriel Josipovici.
35. Verdad y mentiras en la literatura. Stephen Vizinczey.
36. Una habitación propia. Virginia Woolf.
37. Cocaína. Daniel Jiménez.
38. La muerte del padre. Karl Ove Knausgård.
39. Misión del ágrafo. Antonio Valdecantos.
40. Artistas sin obra. Jean-Yves Jouannais.
41. El libro tachado. Patricio Pron.
42. Hambre de realidad. David Shields.
43. Diario de Kioto. Ernesto Hernández Busto.
44. El sepulcro sin sosiego. Cyril Connolly.
45. Conversaciones con Goethe. Eckermann.
46. Enemigos de la promesa. Cyril Connolly.
47. Varados en Río. Javier Montes.
48. Boquitas pintadas. Manuel Puig.
49. La tarde de un escritor. Peter Handke.
50. Las ilusiones perdidas. Balzac.
51. Instante. Wislawa Szymborska.
52. Alcancía, ida. Rosa Chacel.
53. Alcancía, vuelta. Rosa Chacel.
54. Cae la noche tropical. Manuel Puig.
55. Por qué no he escrito ninguno de mis libros. Marcel Bénabou.
56. Proust. Derwent May.
57. Lo que a nadie le importa. Sergio del Molino.
58. Las flores del mal. Baudelaire.
59. Río de Janeiro, carnaval de fuego. Ruy Castro.
60. Poesía no completa. Wislawa Szymborska.
61. O Rio de todos os Brasis. Carlos Lessa.
62. Vinicius de Moraes, o poeta da paixão. José Castello.
63. Historia mínima de la Guerra Civil española. Enrique Moradiellos.
64. El bosque sagrado/The Sacred Wood. T. S. Eliot.
65. El esplín de París. Baudelaire.
66. Cinco horas con Mario. Miguel Delibes.
67. Señora de rojo sobre fondo gris. Miguel Delibes.
68. Pasados los setenta IV (1986-1990). Ernst Jünger.
69. Veranos de juventud (Letras Libres).
70. "Inconsolable". Javier Gomá.
71. El libro del reloj de arena. Ernst Jünger.
72. El viaje de Nietzsche a Sorrento. Paolo D'Iorio.
73. Un niño. Thomas Bernhard.
74. Autorretrato. Édouard Levé.
75. Una ilusión. Ismael Grasa.
76. Magistral. Rubén Martín Giráldez.
77. "Historial de un libro". Luis Cernuda.
78. Cuatro noches romanas. Guillermo Carnero.
79. Luis Cernuda, poeta, mundo, demonio. Luis Antonio de Villena.
80. "La palabra edificante (Luis Cernuda)". Octavio Paz.
81. El espacio y las máscaras. Introducción a la lectura de Cernuda. Jenaro Talens.
82. Luis Cernuda, el poeta en su leyenda. Philip Silver.
83. La realidad y el deseo. Luis Cernuda.
84. La poesía de Luis Cernuda. Derek Harris.
85. La fuerza del destino. Vida y poesía de Luis Cernuda. Eloy Sánchez Rosillo.
86. Cernuda ante sí mismo. Jaime Rodríguez Sacristán.
87. Luis Cernuda 1. Años españoles (1902-1938). Antonio Rivero Taravillo.
88. Luis Cernuda 2. Años de exilio (1938-1963). Antonio Rivero Taravillo.
89. Si quieres, puedes quedarte aquí. Txani Rodríguez.
90. Molestia aparte 1. Diarios 2001-2005. Ignacio Carrión.
91. Molestia aparte 2. Diarios 2006-2010. Ignacio Carrión.
92. Poemas (Visor). Hölderlin/Cernuda.
93. El oficio de editor. Jaime Salinas/Juan Cruz.
94. La democracia sentimental. Manuel Arias Maldonado.
95. Antología poética (Cátedra). Friedrich Hölderlin.
96. Las voces de Marrakesh. Elias Canetti.
97. Epistolario inédito. Luis Cernuda.
98. Hormigón. Thomas Bernhard.
99. Cuaderno de incertidumbre. Rafael García Maldonado.
100. El mono gramático. Octavio Paz.
101. Rapsodia. Pere Gimferrer.
102. La estación violenta. Octavio Paz.
103. Así habló Zaratustra (manga).
104. Sólo hechos. Andrés Trapiello.
105. Jugaban con serpientes. Francisco Solano.
106. De la primavera al Paraíso. El amor, de los trovadores a Dante. Jaume Vallcorba.
107. El agua siempre encuentra su camino. Alejandro González Terriza.
108. Gato encerrado. Montaigne y la alegoría. Antoine Compagnon.
109. Miseria y compañía. Andrés Trapiello.
110. Antología poética (Cátedra). Philip Larkin.
111. El ciclo de la evaporación. Álvaro García.
112. High Windows. Philip Larkin.
113. Verano inglés. Guillermo Carnero.
114. Espejo de gran niebla. Guillermo Carnero.
115. Fuente de Médicis. Guillermo Carnero.
116. Montaigne. Peter Burke.
117. En mitad de la vida. Poesía completa. Hermann Broch.
118. Huellas. Tras los pasos de los románticos. Richard Holmes.
119. "De las alegorías a las novelas". Jorge Luis Borges.

29.12.16

La brasa islamista

Las terrazas de los bares, las calles, los paseos marítimos, las salas de conciertos, las estaciones, los mercadillos: ahí está hoy el frente.

Nunca nos habían puesto el heroísmo tan fácil. Nuestra misión militar es seguir haciendo nuestra vida, resistiendo –aun con miedo en el cuerpo– en nuestras posiciones descreídas y lúdicas. Tomarse una cerveza o un gin-tonic, ir a escuchar a Bisbal, comprarse una muñeca hinchable, es mantenerse en la trinchera, asumiendo el riesgo de que nos caiga un bombazo o llegue un majara con un camión o una metralleta.

Este es el enemigo, exactamente: un majara con metralleta. Un pesado que mata. Y a lo peor, mientras te mueres o te recompones un miembro o te agarras las tripas, todavía tienes que tragarte la paliza infumable sobre un dios del que se predica grandeza pero que en esos momentos está enanificado hasta lo irrisorio, por el tal individuo que lo grita con rigidez de enfermo.

El yihadista es un jibarizador de su Alá. Del mismo modo que el Dios de los cristianos escupe a los tibios, el de los musulmanes debe de escupir a estos brasas que lo empequeñecen. Y lo aburren. ¡Porque no hay quien los aguante! El espectáculo del fanatismo es soporífero. Si alguno por casualidad llegara al famoso paraíso de las huríes, al momento convertirían aquello en un muermazo.

Esto no es una guerra de buenos y malos, sino una guerra de buenos (¡o regulares, tampoco nos pongamos estupendos!) y pesados. Jamás ha habido unos payasos tan lamentables.

* * *
En The Objective.

26.12.16

Monarquismo punki

No deja de regocijarme verme aquí: defendiendo el Establishment, haciendo de monárquico desde mi republicanismo. Yo (¡como muchos!) quise ser un provocador, un maldito, un enfant terrible. Y esta España desquiciada me permite serlo desde la sensatez, que es lo que pega con mi edad (una sensatez no cipotuda, por cierto, sino cojonuda): quedando como un punki por apoyar al Rey y sus sosos discursos, su apazguatamiento civilizatorio y cortés.

Ya sé que los que están arriba en el Establishment que malamente apuntalo se seguirán llevando la pasta y yo seguiré pobre. ¡Pero qué le vamos a hacer! Con el programa de nuestros pseudorrepublicanos estaríamos peor todos, salvo los que mandan entre ellos, que para eso están haciendo su “revolución” como unas oposiciones. El monarquismo gana hoy ética y sobre todo estéticamente. En el otro bando están los peores y los más feos (¡fealdad interior, en monadas como Ramón Espinar o Rita Maestre!). Al fin y al cabo, unos estamos por la ley democrática y otros por los caprichitos.

En mi Nochebuena empezamos diez ante la tele, seis adultos y cuatro niños. A los cinco minutos quedaba yo solo, y porque me tenía que ver el discurso entero por profesionalidad. Fue soporífero, como siempre. Y esto es lo bueno, lo bonito: el Jefe del Estado hablando romamente, sin intimidar. Ninguna obligación de verlo. Coacción cero. El propio Felipe VI pidió disculpas hacia el final, por estar robándoles tiempo a los españoles. Me enterneció. Nuestros pseudorrepublicanos prefieren las matracas de seis horas (¡y esas sí obligatorias, intimidatorias!) que daba el fallecido Fidel Castro: ese Papá Noel a la inversa, que les robó el regalo de vivir en Cuba a los que no lo aguantaban. Los que critican burdamente al Rey constitucional son los mismos que soltaron sus Orinocos de lágrimas por el dictador...

Gabriel Rufián –que ha logrado ser lo más descacharrado de eldiario.es, desbancando a Suso de Toro–, ha soltado una pieza que da el tono de nuestro republicanismo realmente existente, al que vengo llamando pseudo. Eso sí que es un discurso de rey antiguo, absolutista. Absolutista y absurdo, a lo Ionesco. Muy Ubú también: metiéndonos el palitroque en la oreja. Ese es el asunto: nuestros antimonárquicos son unos abusones del copón, unos protototalitarios. Y el funcionarial Rey (¡no es épico, pero es así!) es el que deja que cada cual haga su vida, porque es el que simboliza la democracia de todos. Con sus indispensables restricciones legales, naturalmente.

“God save the Queen”, cantaban los Sex Pistols. Aquí no tenemos ni que ponernos imperdibles en los mofletes. Nos basta decir modositamente “Viva el Rey” para pasar por punkis. Ante nuestros absolutistas realmente existentes.

* * *
En El Español.

19.12.16

Pelín coral

Ahora se ha puesto de moda hablar en Podemos de “coralidad”, y todo el que lo dice debe disimular las ganas que tiene de llevar la voz cantante él solo. Sobre todo Pablo Iglesias, que es el macho alfa (¡el Aznar!) de Podemos. Decir mucho “coralidad” suena a exorcismo de los propios demonios. O a estrategia para que los demás acaben en el fondo del escenario coreando al solista: en Pablo Iglesias se oculta un Julio Iglesias.

De momento han acordado que en el próximo congreso de Vistalegre se visualice alegremente el trío P-E-A: pablistas, errejonistas y anticapitalistas. Cómo suenen será otra cosa. Yo tengo especial interés, por motivos regionales, en escuchar a Teresa Rodríguez y el Kichi: esa mezcla de Lole y Manuel y los Clinton. Y, ya por amor al arte, a Errejón Garfunkel: ¡su puente sobre aguas turbulentas! Y a Rita Maestre, la Laura Pausini espigada. También espero los gorgoritos, dentro o fuera del escenario, de Juan Carlos Monedero, el gran ruiseñor. Aunque algo está garantizado: por mucho que desentonen en los debates, al final todos cantarán al unísono algo de Quilapayún.

Pero antes que de ningún músico, de quien me acordé cuando el ególatra Iglesias habló de “coralidad” fue del actor Carlos Larrañaga, que de egolatría tampoco andaba corto. Según me contaron (¡fuentes fidedignas!), a finales de los noventa el galán acudió a una productora de televisión para que le hicieran una serie a la medida. “Ante todo que sea coral –exigió–, no quiero todo el protagonismo para mí”. La serie terminó siendo Señor alcalde, que emitió Telecinco. El alcalde, por supuesto, era Larrañaga. Pero empezó mal.

Al leer el primer capítulo se sintió decepcionado y fue a quejarse a los responsables: “Os ha quedado pelín coral, ¿eh? ¡Pelín coral!”. Cuando le dijeron que justo eso había pedido, que fuese coral, respondió: “¡Es que a mí hay que saberme entender!”. Y explicó, guión en mano: “Mirad, esta secuencia del debate en el ayuntamiento, por ejemplo. ¿Por qué habla tanto el de la oposición? Quedaría mejor así. Él se levanta para hablar, pero antes de que abra la boca yo le digo: 'No, no, si yo sé ya lo que me vas a decir. Tú me vas a decir que tal, tal, tal. Pues yo a eso te replico que tal, tal, tal'. Y él vuelve a intentar decir algo y yo lo mismo, vuelvo a cortarle. Y así una y otra vez. ¡No me digáis que no queda muchísimo mejor!”.

Ese va a ser el problema de Pablo Iglesias, o nuestro problema: que no le sabemos entender cuando dice “coralidad”.

* * *
En El Español.

16.12.16

El Río de las postales



El milagro en Río es la superposición: cómo la ciudad mítica, el Río de las postales, se impone a la real. Está siempre con ella, ligeramente por encima: como una sombra de luz, o una aureola. La potencia de la ciudad mental, que lleva el viajero, y también el habitante de Río, condiciona la percepción. No dejamos de advertir sus defectos, pero estos quedan absueltos casi al instante: como si el convencimiento de una alquimia (un dispositivo no premeditado: ¿un autoengaño?) transformase la suciedad en oro. Estar en Río es ser un rey Midas de la mirada. Alguien escribió al llegar: “Nunca pensé que mis ojos valiesen tanto”. Tal vez sea por el amor: Río de Janeiro es una ciudad que enamora y sus amantes ya van tergiversados por su filtro amoroso. Por más que se desplome la ciudad real, la ideal está siempre sustentándola.

Yo mismo, encima del Pan de Azúcar, veía los desperdicios de la playa Vermelha de abajo, o, enfrente del Pan de Azúcar, los de la playa de Botafogo. Toda la bahía de Guanabara es un basurero flotante, al igual que la laguna (la Lagoa) que está al pie del Corcovado. Produce pena y depresión. Pero uno se descubre al momento soslayando las inmundicias. Hay una fuerza que vence: la fuerza de lo que queda de belleza, que es muchísimo.

Está además la delincuencia. En el año 2000 me encontraba en la ciudad cuando estrenaron la película Bossa Nova, una comedia sentimental flojísima de Bruno Barreto, que solo valía por lo bonito que salía Río. El director había optado abiertamente por una estética de postal y la prensa ironizaba. Leí, por ejemplo, que una mujer había quedado con una amiga para ir al estreno. Mientras la esperaba ante su portal de Ipanema, decía, “sentí eso tan familiar para un carioca: el cañón de una pistola apuntándome a la sien”. Le robaron lo que llevaba encima, pero aun así fue con su amiga al cine. Y a la salida comentó que qué ciudad maravillosa la que salía en la película, que era en ella donde le gustaría vivir. Lo bueno era que, con su distanciamiento y todo, ella sabía que estaba viviendo justo en aquella ciudad.

A mí me costó trabajo encontrar Río. Exactamente, media jornada. Llegué un 21 de marzo y en la radio del taxi hablaban del comienzo del otoño, “la estación melancólica de los poetas, de las hojas caídas...”. Pero el sol era radiante y hacía un calor como el del verano en Madrid. Rubem Fonseca se quejaba del eurocentrismo que no tenía en cuenta el calendario tropical: su novela Agosto se editó en Francia como Un été brésilien. Pero al parecer los propios cariocas acogían gustosamente los tópicos del otoño europeo. Mi asiento en el avión me había impedido ver la ciudad desde el aire. Yo me había imaginado una llegada como la del “Samba do avião” de Jobim, pero ni siquiera desde el taxi pude ver nada reconocible. Extensiones de favelas, un callejeo, túneles y la llegada al hotel, en una de las calles interiores de Copacabana. Salimos (yo iba con N., que había vivido allí algunos años), y entre el solazo, el jet lag y los edificios altos del paseo marítimo, me sentí agobiado y con un sentimiento hondo de decepción. “¡Esto es Benidorm!”, no paraba de decirle a N. Luego vi ya el Pan de Azúcar, y asomando por detrás de los edificios el Corcovado, y más tarde la roca de Arpoador, desde la que se veía ya el morro Dois Irmãos y la Pedra da Gávea. Nos tomamos unas cervezas y unos espetinhos de pollo en el bar Garota de Ipanema, donde se compuso la canción, y antes de que se hiciera de noche ya me había enamoriscado de Río.

El enamoramiento de verdad, el flechazo, ocurrió al cabo de una semana. Nuestro plan era estar un día en Río, viajar a Belo Horizonte y a Vitória, donde N. tenía que visitar a su familia y resolver ciertos asuntos burocráticos, y al fin volver a Río, donde pasaríamos casi un mes. En el autobús de regreso estuve leyendo Noites tropicais, las memorias musicales del letrista y productor Nelson Motta, que van desde el nacimiento de la bossa nova con João Gilberto, que frecuentaba la casa de su padre, a finales de la década de 1950, hasta el lanzamiento de Marisa Monte a finales de la de 1980, que dirigió él; en medio, el tropicalismo (Motta, de la generación de Caetano Veloso y Gilberto Gil, fue el periodista que aplicó el término), los festivales, su amor por Elis Regina, la música disco brasileña (Motta montó la primera discoteca de Río, situada en el morro de Urca, el que está al lado del Pan de Azúcar), su amistad con Tim Maia y el rock... En algún momento de mi lectura se produjo el clic y quise llegar a Río cuanto antes, y conocer bien Río, y saborearlo y vivirlo. El primer paseo de aquella noche, tras dejar las cosas en el hotel de Copacabana, fue ya el de un enamorado.

El amor se incrementó con los días en la ciudad, y con las lecturas de después, libros de memorias y biografías fundamentalmente: atisbos de la ciudad a lo largo de los años, en las vidas de otros. La historia de la bossa nova de Ruy Castro, que da cuenta de todo el grupo y en especial de João Gilberto; la biografía de Noel Rosa, de João Máximo y Carlos Didier, que ofrece un magnífico retrato de Río desde 1910 hasta 1937; la historia del tropicalismo, de Carlos Calado; la biografía del periodista y autor teatral Nelson Rodrigues, también de Ruy Castro (una biografía que es al tiempo una historia del periodismo y la política del Brasil del siglo XX; incluye la construcción del estadio de Maracanã y la implantación de las puntuaciones en el desfile del carnaval, en que tuvo mucho que ver el hermano mayor de Nelson, Mário Filho); y las biografías, en fin, de Orlando Silva, Antonio Carlos Jobim, Ronaldo Bôscoli, Nara Leão, Chico Buarque, Tim Maia, Cazuza, Hélio Oiticica, Vinicius de Moraes... Antes de mi viaje había leído otros libros, de Machado de Assis, Clarice Lispector, Rubem Fonseca o las memorias de Caetano Veloso, Verdade tropical; pero aquel Río era aún abstracto, como el de las canciones, las películas, las fotos, los dibujos animados, los anuncios y los documentales. O, más que abstracto, era un Río en avanzadilla, que iba a tomar cuerpo en el de verdad, al tiempo que lo realzaba con la mencionada idealización.

El Río de las postales es el de la rutilante Zona Sur (Flamengo, Botafogo, Leme, Copacabana, Ipanema, Leblon...), el de Lapa, con sus arcos, y el del centro histórico. De la Zona Norte, asfixiada, polvorienta, apenas se cuela el estadio de Maracanã, cerca de Tijuca y Vila Isabel. Chico Buarque se acordó de ese Río postergado en “Subúrbio”, una canción triste y emocionante, en la que, además de repasar los hermosos nombres de esos barrios (Penha, Irajá, Vigário Geral, Nova Iguaçu, Maré, Madureira, Pavuna, Inhaúma, Realengo, Meriti, Pilares...), presenta esta antipostal: “Allí no hay brisa / no hay verdeazules / no hay frescura / ni atrevimiento / [...] Casas sin color / calles de polvo, ciudad / que no se pinta / que no es vanidosa / [...] No hay turistas / no aparece en foto en las revistas / Allí está Jesús / pero de espaldas ”. Y pide: “Desbanca a la otra / esa que abusa / de ser tan maravillosa”.

La denominación de Río como ciudad maravillosa la acuñó en 1912 la francesa Jeanne Catulle-Mendès y se consagró en 1935 con la célebre marcha de carnaval de André Filho, “Cidade maravilhosa”, que se erigió como himno. Como escribe el economista Carlos Lessa en O Rio de todos os Brasis, Río fue de ese modo “la tarjeta de visita del país y el certificado de brasileñidad, en tanto lugar único que combinaba la naturaleza tropical con la modernidad urbana”. Tras las reformas de principios del siglo XX, se la consideró también el París de los trópicos; un París con mucho de Lisboa. Y a finales de ese siglo, con la proliferación de los shoppings y la expansión hacia Jacarepaguá y la Barra da Tijuca (expansión reforzada por estos Juegos Olímpicos de 2016), empezó a escorarse hacia una especie de Miami sudamericana, no del gusto de todos. Gal Costa la cantaba en la década de 1960, con palabras de Caetano Veloso, como “a melhor cidade da América do Sul”.

Pero su carácter más perdurable es el de Río como paraíso tropical. Dice Ruy Castro en Río. Carnaval de fuego que cuando Américo Vespucio llegó en 1502 “vio en Guanabara algo muy parecido a la idea que los antiguos se hacían del Paraíso: un carnaval de montañas, sierras, playas, ensenadas, islas, dunas, restingas, manglares, lagunas y bosques, todo bajo un cielo sin fin. Una obra maestra de la naturaleza, habitada por gente feliz, bronceada y amoral: hombres y mujeres que vivían cantando y bailando al sol, todo el mundo desnudo, fornicando alegremente en matorrales y arenas, durmiendo en hamacas a la luz de la luna o en románticas chozas de paja, y con gran abundancia de frutas, pájaros y peces al alcance de la mano. Nadie tenía necesidad de plantar, solo de recoger, y viva la vida”. Sobre su geología apunta Lessa: “Todo está muy erosionado, con formas redondeadas y pulidas. La sensualidad de los cerros es producto de la antigüedad de los movimientos tectónicos. Son formas que no intimidan, sino al contrario, invitan a abrazarlas y a tocarlas”. Y de nuevo Castro: “Por más que los hombres hayan intentado destruirla en todos estos siglos, Río ha resistido al urbanicidio que ha asolado a otras metrópolis. De las grandes ciudades modernas, es de las pocas que pueden reconocerse fácilmente en mapas y grabados del siglo XVII: ya estaban allí (y estarán siempre) las montañas que forman el skyline carioca”.

Aunque hay excepciones en el aprecio: ya sabemos que el antropólogo Claude Lévi-Strauss detestó la bahía de Guanabara. En Tristes trópicos estropea la postal: “Después de esto me siento aún más embarazado para hablar de Río de Janeiro, que me rechaza a pesar de su belleza tantas veces celebrada. ¿Cómo decir? Me parece que el paisaje de Río no está a la escala de sus propias dimensiones. El Pan de Azúcar, el Corcovado, todos esos puntos tan alabados, se le aparecen al viajero que penetra en la bahía como raigones perdidos en los rincones de una boca desdentada. Casi constantemente sumergidos en la bruma fangosa de los trópicos, esos accidentes geográficos no llegan a llenar lo suficiente un horizonte como para que uno se sienta satisfecho”. En las crónicas del argentino Roberto Arlt desde Río en 1930, recogidas en Aguafuertes cariocas, asistimos a una exasperación creciente, que termina cuarteando la imagen de postal que transmitía al principio. Tampoco Saramago estaba cómodo en Río. Como dice en su diario, se sentía desorientado en la ciudad, “dividida como está, en tres o cuatro partes que se comunican por túneles”. Cuando al fin sube al Corcovado, “localicé los accidentes orográficos perforados por los túneles, tracé mentalmente las vías de comunicación, puse nombre a los barrios, situé las playas, identifiqué las montañas de los alrededores, hice inventario de las favelas y de los barrios lujosos”. Lo aprendió entonces todo, pero “me bastó regresar al nivel del mar y a Copacabana para empezar a desaprender”. También Bioy Casares confesó en Unos días en el Brasil que se encontraba “un poco abrumado en esta ciudad populosa y vertical, sin esperanzas de entenderla topográficamente”.

De esta incomodidad en la “ciudad del paraíso” se ha ocupado recientemente Javier Montes en Varados en Río, donde rastrea las experiencias cariocas de Rosa Chacel, Stefan Zweig, Manuel Puig y Elisabeth Bishop. Son disonancias que, de algún modo, tienden un puente individual con las disonancias colectivas: las de la herencia de la esclavitud, la pobreza, la desigualdad social, la violencia, la del fracaso político. Río de Janeiro es, al cabo, una Cidade partida, como supo ver el periodista Zuenir Ventura en el libro que tituló así. En él estudiaba el Río violento de la década de 1990, con los crímenes del narcotráfico en las favelas y los de los escuadrones de la muerte vinculados con la policía, pero situaba su origen en el Río dorado de las décadas de 1950 y 1960: esbozaba una crónica noir que iba en paralelo a la solar de la bossa nova. Esa crónica, de hecho, ya la fue trazando en aquellos años el cronista Antônio Maria, quien, como señalaba Ruy Castro, escribía en los periódicos sobre el lado oscuro de Copacabana al mismo tiempo que triunfaban las canciones que la mitificaban, como la que llamaba a aquella playa “princesinha do mar”. Pero la división se aprecia en el propio Antônio Maria, que es autor de “Valsa de uma cidade”, otro de los grandes homenajes al Río luminoso: “Rio de Janeiro, gosto de você...”.

Y es que los cariocas, los brasileños en general, tienen el arma para manejarse en esa división: la alegría. La alegría particular de los brasileños, que acoge con naturalidad la tristeza, según proclama el samba. El filósofo francés Clément Rosset llamó a la alegría “la fuerza mayor”. Y esa es la fuerza, en fin de cuentas, que eleva a la ciudad: el contagio de su gente. El visitante que se deja encuentra ahí la verdadera fórmula del Río de las postales.

[Publicado en Jot Down en papel núm. 16, especial América]

PS. Como ilustración musical (al fin y al cabo las canciones sobre Río son auténticas postales sonoras), recomiendo los especiales de Cuando los elefantes sueñan con la música, de Carlos Galilea en Radio 3. Casi todos los años hay alguno. Este 2016 ha habido cuatro, dos en febrero y dos en agosto: Río de Janeiro 1, Río de Janeiro 2, Río de Janeiro 3 y Río de Janeiro 4.

15.12.16

Mi vida seriófila quedó fosilizada

Con las series me pasó algo curioso: me aficioné pronto, en 2005, prediqué el vicio entre mis amigos, casi ninguno de los cuales se había enganchado aún (y se engancharon todos), pero no he visto ninguna desde 2012. Hay una causa concreta: la detención del gordito Kim Dotcom.

Sí, yo las veía por Megaupload, a través de Seriesyonkis. No me engañaba en cuanto a la moralidad (e incluso a la elegancia) del pirateo. Sabía también que, en términos estrictamente realistas, pragmáticos, era el beso de la muerte: eludir el pago de aquello que me gustaba, y que costaba dinero realizar, era contribuir a su merma o desaparición. Pero me abandoné a la facilidad, como tantos: nos servíamos de coartada los unos a los otros. Solo cuando vi quién estaba detrás sentí repugnancia. Por mí mismo también. (Definitivamente, la ética se me activó en este caso por la estética).

No busqué nuevos modos de descargarme series. Y lo hice con tanta determinación, que ni siquiera busqué el modo de acceder a ellas pagando. No por ahorrarme el dinero ya, sino porque me instalé en la inercia de no ver series.

Así, no he visto ni una de las que se ha hablado en estos cinco años. He quedado fuera de miles de conversaciones. Es como si una gota de ámbar hubiese caído en el insecto que fui, y allí me quedé parado: en la sexta temporada de Dexter, en la cuarta de Mad Men. Soy un fósil de hace un lustro.

* * *
En The Objective.

12.12.16

A mí tampoco me gusta la Constitución

“¡No a la Constitución!”. Cada 6 de diciembre, al despertar, recuerdo esa proclama que hizo Agustín García Calvo en la radio un día de la Constitución de finales de los ochenta. Pero la cosa no se quedaba ahí: no era una proclama vulgarmente política. Añadía: “¡A la Constitución del Ser!”. La suya era una revuelta ontológica, contra la petrificación del río de la vida. Al fin y al cabo tradujo a Heráclito, el filósofo del río (y el fuego).

Nadie se baña dos veces, en efecto, en el mismo río. Salvo los españoles en su día de la marmota constitucional, en el que nos bañamos cada año con un ritual férreo del que nadie se sale: los anticonstitucionalistas más obedientes aún a lo prefijado que los constitucionalistas. A veces se introducen pequeñas variantes, como la que han tenido este año los primeros de anunciar que no harían fiesta el 6. No deja de ser bonito que nuestros anti se hayan quedado levantando el país... Pero el sacrificio no ha sido completo: el día de la Inmaculada no se lo ha saltado ni Dios.

Viene otra vez a cuento la más conocida de las “Glosas a Heráclito” de Ángel González: “Nada es lo mismo, nada / permanece. / Menos / la Historia y la morcilla de mi tierra: / se hacen las dos con sangre, se repiten”. Curiosamente, fue gracias a la Constitución –a su aceptación mayoritaria durante estos treinta y ocho años– que una de esas dos repeticiones cesó: la de la sangre de nuestra historia. Aunque se colaron hilos: los de los atentados fascistas, el Grapo, el Gal, Terra Lliure y, sobre todo, Eta. Quizá por eso tampoco estaba para fiestas Arnaldo Otegi, quien tuiteó: “Hoy 6 de Diciembre como no tenemos nada que celebrar, hemos trabajado con normalidad” (no he tocado su puntuación: tan criminal como su panda).

A mí, naturalmente, tampoco me gusta la Constitución de 1978. Yo preferiría que fuera republicana y centralista: ¡jacobina! A ver si nuestros nacionalistas y populistas pejigueras se piensan que los demás no tenemos nuestros propios gustos constitucionales. Según el mío desaparecerían, por ejemplo, sus juguetitos autonómicos. Solo que no quiero imponer mi gusto: acepto las autonomías que me disgustan, y la monarquía, porque entiendo que el texto de la Constitución fue un apaño entre gustos incompatibles y no puede gustar del todo a todos.

Pero el texto de la Constitución se celebra solo en segundo lugar el día 6 de diciembre. En primer lugar se celebra algo más importante: que es una constitución democrática aprobada (¡democráticamente!) por el pueblo español. Por eso el que la desprecia no está despreciando su texto, sino la democracia.

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En El Español.

9.12.16

Jot Down 17: especial Malditismo

Ya está a la venta el trimestral en papel de Jot Down núm. 17, especial Malditismo. Yo colaboro con "Cernuda el apartado", un artículo sobre Luis Cernuda, un maldito peculiar. Él mismo se refirió en uno de sus últimos poemas a su "existir oscuro y apartado". El sumario de contenidos del número puede consultarse aquí, en pdf.

5.12.16

La españolada de Trueba

¡Menudo lío con Fernando Trueba! El relato del boicot a La reina de España es tan potente, tan coherente, tan redondo, que muchos lo han dado por bueno. Pero es malo: el público no ha ido a verla por el boicot, sino por desinterés. Ha sido después, con el lío, cuando algunos nos hemos animado a verla: el relato del boicot ha resultado una excelente campaña promocional tras el fracaso del estreno, en favor de la película. Bien está, si la ha ayudado.

No ha habido boicot, aunque unos pocos lo propusiesen; pero sí ha habido una cascada de columnas y tuits improcedentes contra Trueba. Se ha manifestado el nacionalismo (el patrioterismo) español, ese que –digan lo que digan– habitualmente no se manifiesta, porque está muy atenuado. Pero es una bestia el nacionalismo, y a poco que se lo zarandee espabila. La relajación patriótica en que hemos vivido en España desde la muerte de Franco (salvo en el País Vasco y Cataluña, en que se cambió un nacionalismo por otro: no ha habido allí descanso de banderas) es un lujo que quizá algún día echemos de menos.

Es en este contexto lujoso en el que Trueba dijo que no se sentía español. Que lo dijese es un honor para nuestra España: lo dijo porque lo podía decir. En otros contextos abrasivos –como los de los nacionalismos catalán y vasco– es más difícil decir esas cosas. Pero siempre hay riesgo de que, como temía Nietzsche, retorne “el espíritu de la pesadez”: las brasas catalanas y vascas amenazan con encender de nuevo las brasas españolas... Como prendan, ahí se acabará la superioridad española de hoy: que consiste en admitir tan guapamente declaraciones zumbonas como la de Trueba.

Por lo demás, una cosa son las obligaciones ciudadanas, incluida la lealtad al país, que en la España actual es lealtad a nuestra democracia, y otra lo que cada uno sienta en cuanto a abstracciones como la patriótica. Por apoyar esa “libertad de sentimientos”, y ya también por curiosidad, fui a ver la película. En principio, como he dicho, no me interesaba. Y salí del cine como entré: sin que me terminara de interesar. Pero no es un bodrio. La película se deja ver. La sala estaba casi llena (Vialia Málaga, miércoles 30 de noviembre, sesión de las 19h) y la gente la vio con complicidad y agrado. Es, en lo bueno y en lo malo, una película típica del cine español: académica, conservadora en estética, confortablemente adocenada (pese a sus explicitaciones progresistas).

Al cabo, La reina de España tiene bastante de españolada: lo más gracioso es la escena (eficaz pero chusca) en que le dan por el culo a Jorge Sanz; y cuando Penélope Cruz le dice a Franco (Carlos Areces): “Lo que usted diga yo me lo paso por el coño” (¡esto ha sido un spoiler!). Habría sido mejor para todos que Trueba se sintiera algo más español, a cambio de serlo menos.

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En El Español.

1.12.16

La Habana para

No he estado en La Habana, pero sí en Salvador de Bahía. Me puedo imaginar La Habana. Y por las canciones y los libros (y las fotos, las películas y los documentales). Sobre todo por los libros: los de Guillermo Cabrera Infante, concretamente. La Habana parada en su memoria: andante. La Habana muerta viviendo en su cabeza exiliada en Londres.

El día después de la muerte del dictador, empecé a releer La Habana para un Infante difunto: como homenaje no a la muerte sino a la vida. La leí hace años y pocas lecturas he tenido más placenteras: puro gozo lector, con regocijo erótico; crepitaban las palabras y las carnes. El libro se abre con una cita del guión de King Kong, lo que dice el protagonista ante los nativos: “Parece que las rubias escasean por estos pagos”. Así en La Habana, así en Cuba.

La otra noche dijo la castrista Cristina Almeida: “Que decida el pueblo, pero no esos de Miami”. Esos de Miami, que son cubanos exiliados (por la dictadura que ella defiende), no son “pueblo cubano”: ¡la banca ideológica siempre gana!

Mi amigo Ernesto Hernández Busto, habanero ya barcelonés, poeta y escritor finísimo, se entusiasmó cuando se retiró Fidel y abrió un blog para contarlo: Últimos días. Cuando se comprobó que el dictador seguía respirando en su chándal, tuvo que poner Penúltimos. Han durado diez años, hasta estos días ya posúltimos.

No ha habido exilio más vilipendiado: da vergüenza ajena, que es propia. Vicente Molina Foix recordaba cómo los amigos españoles de Cabrera Infante le reían todo menos el anticastrismo. Exilio doble: exterior e interior. Por eso los libros de Cabrera Infante, y los de Hernández Busto, valen tanto: son la isla paralela que se han hecho. Para vivir ellos, y para festejar a quienes los visiten.

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En The Objective.

28.11.16

El 'selfie' de la pseudoizquierda

Qué semana fantástica para las artes plásticas (¡y morales!): nuestra pseudoizquierda, con su reacción a las muertes de Rita Barberá y Fidel Castro (más la manifestación de Alsasua en favor no de las víctimas, sino de los agresores) ha completado un autorretrato antológico. Un selfie que vale como epitafio. No creo que se quite ya de encima esta lápida, que la sepulta y que, definitivamente, va a impedirle gobernar. Mala noticia para ella. Espléndida para los ciudadanos; es decir, para la democracia.

Siempre me acuerdo en estas ocasiones de lo que dijo Fernando Savater sobre los rebrotes del comunismo tras la caída del muro de Berlín: que se trataba ya de un comunismo no redivivo, sino mal enterrado. Al cabo, a nuestra pseudoizquierda (Podemos e Izquierda Unida, el cóctel –cada vez más molotov– de Unidos Podemos; Iglesias, Monedero, Garzoncito, Montero, Bescansa y Errejón) les ha fallado España: es un país no tan miserable como el que necesitarían para que prosperara su infecto populismo. Y demasiado escarmentado con una dictadura como para que le cuelen otra, aunque sea de las (¡para ellos, que tiene narices!) buenas.

Hablan siempre en términos militares. “El adversario”, repite Errejón, que es el listo. Así, cuando el “adversario” se muere, ¿qué van a hacer? ¿Guardar un minuto de silencio? No cabe el respeto: están en guerra. Están jugando (¡estos pijos ideológicos!) al videojuego de la Revolución. Una menos, Rita Barberá. Compasión cero. Al fin y al cabo, ella no ha matado a nadie y eso no mola. Molan los etarras, que han matado. Mola Otegi. A este, abracitos. Pelillos a la mar con su ETA. Y luego lloran: “¡Nos han llamado proetarras!”. ¡Coño! ¡Pues apartaos un poquito de ellos! ¡Dejad de refregaros en su sopa de sangre cuajada! ¡Escupid sus morcillas! O mejor: ¡ponedle una de esas caritas de asco vuestras, de las que le ponéis siempre al “adversario”!

Pese a su insufrible moralismo, para ellos no hay moral, solo política. En el peor sentido: política ideológica. Por supuesto que hablan mucho de ética, como buenos predicadores (¡e inquisidores!) que son. Pero lo hacen de un modo exclusivamente retórico, instrumental. Es una utilización inmoral de la moral: maquiavélica, fría, estratégica. El dictador Castro es un ejemplo de “dignidad”. Y a la “adversaria” se la desprecia hasta en la muerte. Un desprecio que se ha traducido inevitablemente, en épocas menos suaves que la nuestra, en crimen. Es crudo, pero solo hay que repasar la historia de la pseudoizquierda: no la he inventado yo.

¿Y por qué la llamas pseudoizquierda y no izquierda sin más?, me preguntó uno. Porque no está por la justicia, la igualdad, los derechos humanos ni la libertad, ¿por qué va a ser?. Le respondí desde mi izquierdismo, que sí está por todo eso: ¡furibundamente!

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En El Español.

27.11.16

Susana Díaz, puntadas sin hilo


Ilustración: Tomás Serrano

Que Susana Díaz, con su poca preparación, parezca una Adenauer lo dice todo de la política española: porque, en efecto, comparada con los demás, es una Adenauer. Ella no se ha movido del nivel bajo en el que estaba, pero en su entorno se ha producido un socavón. La bajura de miras del resto hace que sus miras resulten altas, de genuina estadista. Sobre todo en la izquierda, tal como está hoy. Es la demagoga tuerta en el país de los populistas ciegos.

El gran Carlos Mármol, andaluz como yo, le puso nombre para siempre al susanismo: “peronismo rociero”. Ahí está todo, a rebosar. En el peronismo de Susana ella sería a un tiempo Perón y Evita, con algo de folclórica y algo también de Juan y Medio: esto último, por la profusión con que aparece en Canal Sur. De hecho, cuando uno pone Canal Sur sabe que está poniendo, con un 95% de probabilidades, a Juan y Medio o a Susana Díaz; y a veces a los dos. Canal Sur, alma de la vida andaluza, ha terminado seleccionando a su presidente o presidenta: no hay en Andalucía ningún político o política que encaje mejor con su programación atorrante.

A mí me conquistó Susana Díaz cuando proclamó: “Me he casado con un tieso”. Esa tasación del marido la consideré muy racial, lo que venían buscando los románticos ingleses del XIX. No precisamente nuestras esencias ilustradas. También tenía algo de la Carmen de Mérimée y Bizet, aunque sin haber trabajado en la tabacalera; ni, para ser exactos, en ningún otro sitio: solo en la política. A los diecisiete años se afilió al PSOE, o sea, se sacó el carnet de conducirse. Y encarriló su vida: pese a que dejó para más tarde los estudios, progresó adecuadamente.

Su situación actual es rara. A ella se debe, en la práctica, que haya vuelto a gobernar Rajoy. Vendría a ser, así, la auténtica primera dama: la gran mujer que (¡con permiso de Viri!) está detrás de ese gran hombre (usados esos “gran” de manera generosa). Pero Díaz solo podrá dar rienda a su ambición personal si se enzarza de nuevo con Rajoy con broncas de oposición: o sea, si le monta un Pimpinela. De momento, el Pimpinela se lo ha montado a Pedro Sánchez.

Tras los luctuosos sucesos de Ferraz del pasado 1 de octubre, cabría pensar que el oficio más afín a Susana sería el de carnicera. Una carnicera de los puñales, y hasta de las hachas, que dejó aquello como una escena de Tarantino. Pero se postuló como costurera: no descuartizar sino coser. El PSOE, concretamente. Sus admiradores dicen que no da puntada sin hilo. A mí me parece, sin embargo, que para recomponer el PSOE le falta hilo, y hasta tela. Teniendo su tarea paradójicamente eso: tela.

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En El Español.

21.11.16

La democracia sentimental

Escribir sobre el libro de un amigo es una actividad que propende al elogio. Si el amigo es Manuel Arias Maldonado, el elogio está respaldado con creces. Quienes ya lo conocen –número en aumento– saben de qué hablo, y quienes estén por conocerlo lo sabrán. Nacido en Málaga en 1974, es profesor universitario de Ciencia Política. No es exactamente un politólogo de los que están de moda, sino un teórico o filósofo político: su reflexión es complementaria a la de ellos y, para mí, más amplia y profunda. Hasta ahora lo habíamos leído en periódicos como El Mundo o El País, en revistas como Letras Libres o Revista de Libros, y en espacios online como The Objective, Twitter y Facebook. Y acaba de publicar un libro extraordinario, La democracia sentimental (ed. Página Indómita), que llega en el momento justo y justamente para alumbrar el momento.

Leyéndolo me he acordado, por contraste, del reproche que le hacía Antonio Escohotado a César Rendueles: “No hablas llano”. Arias Maldonado habla llano y elegante, con una nitidez anglosajona que queda muy garbosa en su español: hay un swing sutil en su escritura, un bailecito entre la expresión y la idea, cuyo efecto, además de estético, es higienizante. Uno sale más limpio y más listo: porque lo que se ha quitado de encima han sido imprecisiones y confusiones. Algo de agradecer en contextos de predominio retórico como el hispánico. Los prosistas que necesitamos son los que se atienen al juicio de Jaime Gil de Biedma: “Además de un medio de arte, la prosa es un bien utilitario, un instrumento social de comunicación y de precisión racionalizadora”.

El subtítulo de La democracia sentimental es Política y emociones en el siglo XXI. Arias Maldonado, conocedor de la tradición del pensamiento y la cultura occidentales –hasta en sus manifestaciones más recientes– y al día en los avances tecnológicos y neurocientíficos, estudia la incidencia de los afectos en la esfera política. Cómo el sujeto soberano que postuló la Ilustración (el sujeto de Kant) es hoy visto como un sujeto postsoberano: con su racionalidad no solo interferida por las emociones y los sentimientos, sino consciente también de los sesgos irracionales de la racionalidad misma. Las consecuencias en nuestras democracias son palmarias: desde la demagogia que ningún partido puede ahorrarse hasta el resurgimiento del nacionalismo y el populismo. La victoria de Trump en los días en que ha aparecido el libro viene a sancionarlo con un trompetazo.

Pero esta conciencia de los límites es en Arias Maldonado una prolongación de la tarea ilustrada: la razón simplemente no puede eludir lo que el conocimiento –el estado actual del conocimiento– le muestra. Hacerse cargo de ello es lo más racional que está a su alcance. El autor apuesta por esa racionalidad avisada, y propone como ideal del inevitable sujeto postsoberano la figura del ironista melancólico. Este, sabedor de la brecha trágica, es decir, de los conflictos sin solución de la realidad (incluida la realidad política), tratará de sortear las trampas de la razón y la emoción, y de eludir las ilusiones: manteniéndose en una actitud de distancia activa. El incremento de ironistas melancólicos “hará más factible una política menos ideológica y más pragmática: aquella que consiste en la búsqueda prudente de soluciones imperfectas para problemas insolubles”. La democracia sentimental ayuda a avanzar por esta senda saludable.

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En El Español.

20.11.16

Franco, fantasma operativo


Ilustración: Tomás Serrano

Otro 20-N, fecha que a estas alturas tendría que significar muy poco pero que gracias a nuestro antifranquismo profesional sigue significando mucho. Hoy asistiremos a la tabarra de unos señores que insisten en que alguien que murió hace cuarenta y un años sigue aquí. Si bien se mira, los antifranquistas profesionales son como esos fans de Elvis Presley que niegan la muerte de su ídolo: con Francisco Franco se trataría de una adoración al revés. Se podrá cerrar algún día el Valle de los Caídos, que ellos seguirán llevando a Franco en su corazón. Hay amores que matan y odios que resucitan, o que mantienen embalsamado.

La fase franquista del franquismo (el franquismo tiene dos fases: la franquista y la antifranquista) ya fue de coña. Montar el culto a la personalidad sobre un individuo tan poco vistoso convirtió su dictadura en una humorada. De humor negro, naturalmente, que es lo que da la tierra: crimen, miseria y represión a manos de un español bajito y con pancita, apocado, romo y de voz aflautada. Al sufrimiento que causó se le añadía uno suplementario: la vergüenza de ser aplastados por un ser irrisorio. Nunca hubo un caudillo con menos carisma, ni un generalísimo interpretado por un actor tan secundario.

El Franco que pillamos los nacidos en los sesenta (cuando Franco murió yo tenía nueve años y medio) era ya un abuelito. Su contexto estaba en la tele de Locomotoro, el tío Aquiles, el Capitán Tan, los hermanos Malasombra, Pipi Calzaslargas o Fofó, con los que se alternaba. Pero los niños no éramos tontos: nos dábamos cuenta de que, de todos ellos, Franco era el más aburrido. Tenía, eso sí, la peculiaridad de que su cara estaba en las pesetas con que comprábamos chucherías. Soltar a Franco a cambio de un chicle Bazooka no dejaba de constituir un pequeño antifranquismo cotidiano.

Biográficamente, su muerte no me trajo más que satisfacciones: días sin colegio ese día, el del entierro y luego (bolas extra) los de la coronación del Rey y los de las elecciones que empezaron a tener lugar. Los adultos sí que supieron hacernos amigable la Transición: no solo por los días sin escuela, sino porque en la tele ponían durante horas dibujos animados y cine cómico, algo que nunca habíamos tenido en tal abundancia. Sin duda, inaugurábamos una época mejor. Aunque pronto empezaron a morirse mayores por los que sí lloramos: el mismo Fofó, Rodríguez de la Fuente, Chanquete...

Sí, qué le vamos a hacer: lloramos más por Chanquete que por Franco. Algo que les sorprenderá a nuestros antifranquistas profesionales, que viven de insuflarle vida al dictador muerto, para mantenerlo ahí como un fantasma. Un fantasma tremendamente útil, porque les sirve de coartada universal. Tan operativo les resulta que se diría que Franco milita en sus filas. De hecho, Franco les compraría su relato antifranquista: ese que dice que el que sigue mandando es Franco y que la Constitución no vale. Y que, en efecto, todo quedó atado y bien atado. Culminando en la coleta de Pablo Iglesias.

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En El Español.

17.11.16

Fuera del mundo

Nunca ha habido mejor situación de escucha de Leonard Cohen que la que creaba el Loco de la Colina en la radio. Jesús Quintero se hizo luego famoso en la tele, y ahora aparece en la prensa porque está arruinado. Pero a principios de los ochenta era el rey. Se conocía solo su voz. Su voz en la noche.

Se habla aún de “la magia de la radio”, pero poca magia queda en unas emisoras cuya promoción se hace con las fotos y los vídeos de sus locutores. Ahora a las voces va adosada una jeta, no siempre agradable. Y aunque resulte agradable, se suma a aquello que Baudelaire llamaba “la tiranía del rostro humano”. Durante años no fue así. Las voces flotaban exentas, como una variante de humanidad cuya esencia estuviese en la atmósfera.

A mis quince, a mis dieciséis años apagaba la luz y encendía la radio. Con un fondo de noche, fuera del mundo, con los ojos cerrados, escuchaba al Loco de la Colina. Sonaban sus predicaciones ateas, románticas. Sonaban sus entrevistas. Pasaron todos los personajes de la época. Una noche habló con Borges, en directo. Otra Charo López hizo un striptease que Juan Cueto retransmitió (esto recordaba: pero veo ahora que fueron Rosalía Dans y Sánchez Dragó). Había silencios, había cigarrillos: había humo.

Sonaba su música. “The Fool on the Hill”, de los Beatles. “Michelle”. Paco Ibáñez, que entonces todavía sonaba limpio. Y de Leonard Cohen, muchas, muchísimas veces, “Suzanne”.

Algunas noches iba el poeta José María Álvarez a hablar y a recitar sus poemas: “Oh Melancolía / bailo contigo cuando bailo solo / Estamos siendo exterminados / [...] Beber la última copa / a la salud de Billie Holiday / Y esperar a que la policía / tire la puerta y me sorprenda / muerto”.

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En The Objective.

14.11.16

Era Trump

Lo más parecido a que el sol haga “mudanza en su costumbre” de salir cada mañana han sido los resultados del Brexit y de Trump; también, en menor medida, el de Colombia. Se repetía el patrón. Con la mano de apagar el despertador uno aprovechaba para abrir el dispositivo móvil y ver las noticias. Y entonces la incredulidad: la cuestión se había inclinado por el lado de la sombra. Uno esperaba seguir con su vida normal una vez se hubiese impuesto lo normal: que no le dieran una brasa extra, para volver a los asuntos cotidianos. Pero el resultado alteraba el día. El sol se levantaba al final, y uno terminaba haciéndolo también: pero algo se había quedado definitivamente en la cama. Postrado, por ponernos tremendistas.

Los temidos “tiempos interesantes” ya están aquí. Y nos va a tocar bregar con ellos. Yo siento una pereza anticipada, porque, aunque se presentan como novedad, todo lo que está ocurriendo es viejísimo. Una regresión, agravada por las características del nuevo mundo globalizado y digitalizado. En eso está la novedad: en lo que hace que la regresión resulte, me parece, más difícil de combatir... Pero ya lo veremos. Tengo amigos más optimistas que yo: y la mejor razón que encuentro contra mi pesimismo es reconocer que ellos están bien informados. (Son ese oxímoron, sí: optimistas bien informados).

Pasado el estupor inicial, y en espera de los acontecimientos (¡históricos, qué remedio!), surgió un inesperado regocijo: lo que ha llegado a la Casa Blanca no tiene nombre. Tuve una comida de amigos dos días después (solo tíos: catacumbismo masculino) y nos sentimos autorizados a soltar paridas políticamente incorrectas. En nuestro pequeño mundo, el trumpismo se había traducido en la rehabilitación de Arévalo y sus chistes de gangosos. Pero esta liberacioncilla es engañosa: la brecha la ha abierto el último que debería, que es un político. Repaso el vídeo en el que Donald Trump se ríe de un minusválido y ni siquiera se parece a los patéticos fantoches de la política internacional, sino a sus parodias.

De momento (¡así de paradójico es nuestro mundo!) lo más trumpista que ha habido tras la elección han sido las manifestaciones contra Trump. Hay, pues, un antitrumpismo trumpiano: patán como lo que combate. Si no se ha entendido que lo que se combatía ante todo eran unas formas (¡unas formas contra el formalismo democrático!), no se ha entendido lo fundamental. El patán Trump anunció que no iba a reconocer los resultados si perdía. Ha ganado y ha rebajado el tono; Obama, sabio, lo ha aceptado. Pero los que no reconocen su triunfo están contagiados de la infección sembrada por Trump. En vez de contenerla, la están expandiendo. Hemos entrado, definitivamente, en una era peor.

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En El Español.

13.11.16

Michelle Obama y su antorcha


Ilustración: Tomás Serrano

En cuanto ha ganado Donald Trump, nos hemos puesto a pensar en Michelle Obama como locos: la posibilidad de que sea presidenta de Estados Unidos en 2020 es la luz al final del túnel de tupé rubio en que nos metimos el martes. Una luz gloriosamente oscura, o de chocolate, o de ébano. Oro negro cuyo resplandor es lo único que alumbra los cuatro años que se avecinan.

Por lo demás, quedaría precioso en los libros de historia: el racista Trump emparedado por siempre entre dos negros más guapos y presentables y mejor preparados que él; y mujer uno de ellos, congénere de Hillary Clinton y de la Estatua de la Libertad, cuya antorcha portaría. Hoy es solo una ilusión, pero a ella nos acogemos. (En manos de Trump está desmentir el catastrofismo que su patanería ha desatado: ganaríamos todos, y todas).

Para un devoto de las hermanas Williams como yo (¡un admirador, que se decía antes!), Michelle Obama es algo así como la hermana Williams perfecta: además de estar cañón como Serena y Venus, estudió en Princeton y Harvard, es una abogada prestigiosa y, sobre todo, no juega al tenis. Aunque los esfuerzos de superación de las tres resultan encomiables y, por lo tanto, son un ejemplo den o no den raquetazos. Hay personas que elevan y personas que rebajan. Michelle Obama eleva, más alto aún de su metro ochenta y cinco. Tenemos que mirarla hacia arriba, también como a Lady Liberty.

Ha sido una primera dama con más prestancia que el nuevo presidente. Su álbum de estos ocho años (culminado con el especial de Vogue) quedará sin duda más presidencial que el que vaya a generar Trump, que apenas la superará en espectáculo. En cuanto a cómo lo hará Melania de primera dama, ya lo iremos viendo; algunos con los ojos de par en par. Aunque yo me he quedado con la frustración añadida de no ver a Bill Clinton en ese papel: tomando el té con las señoras de los otros presidentes mientras su esposa despachaba. Unas recepciones que no cuesta imaginar con guión de Billy Wilder y final movidito. Bien pensado, había más peligro de una tercera guerra mundial con el gallo Clinton en el gallinero...

El nombre exacto de la Estatua de la Libertad es La libertad iluminando al mundo. Ahora deberá darse la vuelta durante los años venideros e iluminar a su propio país. Por fortuna, el Estado de derecho impedirá que Trump devaste más de lo que podría devastar sin ese freno. Me gusta imaginármela como Michelle: haciendo de símbolo, con su Obama, de hasta dónde avanzó América (y lo grande que llegó a ser). Para que ahora que va para atrás (y para abajo) no se extravíe del todo. El faro afroamericano para unos tiempos previsiblemente negros.

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En El Español.

7.11.16

Los beatitos

Yo es que me lo paso pipa con los beatitos de nuestra pseudoizquierda: cuanto más laicos o ateos se ven, más religión exudan. No es fácil zafarse de las creencias, y menos cuando se ha entregado el alma (¡o el cerebro!) a la ideología. Que es, hoy, la religión verdaderamente existente: la que salva y condena, la que emite bulas o quema a los malos. Las religiones tradicionales siguen operando, por supuesto: pero cuando inciden en la vida pública es ya también cuando adoptan un comportamiento ideológico.

El último espectáculo de nuestros beatitos (¡o penúltimo, siempre penúltimo!) ha sido con la jura de cargos del nuevo Gobierno. En cuanto vieron una Biblia y una cruz, se espantaron como monjitas. A los laicistas de verdad (¡como yo!) no nos agrada que esos objetos estén en tales ceremonias; sin ellos, habría más pulcritud civil. Pero hay que ser muy obtuso para no ver el lugar meramente simbólico que a estas alturas ocupan. Remiten a un tiempo antiguo, predemocrático; pero, en último extremo, dan políticamente igual: no menoscaban la democracia. Al fin y al cabo, lo que se promete o jura, aunque la mano esté en la Biblia, no es nada religioso, sino cumplir las obligaciones del cargo (“con lealtad al Rey”) y “guardar y hacer guardar la Constitución...”.

Pero nuestros beatitos armaron la de siempre. ¡Cuánto escándalo! De inmediato se activó en ellos el inquisidor que llevan dentro: ver esos símbolos les bastaba para mandar nuestra democracia a la hoguera. La alternativa que muchos de ellos promueven no es un marco legal común, en el que quepan todos; no una democracia laica efectiva: sino un Estado ideológico, con buenos y malos y de comunión (ideológica) diaria.

Exagero, naturalmente. Pero por ahí va la cosa: es una exageración didáctica. En un libro que llega hoy a las librerías, La democracia sentimental de Manuel Arias Maldonado (le dedicaré próximamente una columna), se habla –en el contexto de un pormenorizado análisis de la relación entre las emociones y la política– del “componente ansiolítico” de las ideologías, que estas “comparten con las religiones”. Por tal semejanza (esto lo digo yo), el individuo ideologizado es en el fondo religioso; aunque la ideología en cuestión que profese se predique atea.

Por no salirnos del mundillo de los juramentos, donde hay genuina religión, no meramente simbólica sino operativa, es en esas jaculatorias que sueltan algunos diputados cuando prometen “por imperativo legal”, o aprovechan incluso la ocasión para endilgar un sermón o una misa.

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En El Español.

6.11.16

Soraya Bonaparte


Ilustración: Tomás Serrano

Detrás del gran hombre Rajoy hay una pequeña mujer que es todavía más grande: Soraya Sáenz de Santamaría, de nombre tan kilométrico como su poder. Ha sido la gasolina súper del Gobierno y lo va a seguir siendo, incluso incrementada: gasolina súper, Superwoman, hormiga atómica... La partícula aceleradora del poder español.

Aunque con esto de los tamaños impera la ley de la relatividad. Por un lado, todo correcto: cuando los ministros se inclinaban ante el Rey en la jura de sus cargos en Zarzuela, la desproporción con el monarca hacía que aquello pareciera un bajorrelieve asirio. Los inferiores de Asurbanipal representados muy bajitos al rendirle pleitesía. Pero luego, en la foto de conjunto, se veía que la más bajita de todos (y todas) era la que mandaba: el ojo de la mente la percibía como una giganta. El poder eleva a Soraya, como elevaba a Napoleón.

Soraya Bonaparte se ha llevado la mejor parte del pastel gubernamental, que casi controla entero. Los analistas hablan de su pugna con María Dolores de Cospedal, y la entrada de esta en el Gobierno puede considerarse como el triunfo definitivo de Soraya sobre ella: la vicepresidenta le ha otorgado una butaca en el Consejo de Ministros para que asista desde primera fila al espectáculo de su mando.

Lo del CNI es la medalla de Soraya. El presidente se lo quitó a Defensa y se lo dio a Vicepresidencia en su día. Y ahora el ministerio que le cae al fin a Cospedal es justo aquel cuya joyita la tiene su enemiga del alma. Ni Maquiavelo ni Fu Manchú juntos hubieran sabido diseñar nada equiparable. No se descarta que un día Cospedal, mosqueada, meta un tanque en el Gabinete. Aunque seguramente ese día Soraya la esté esperando con diez.

Pero, como buena Napoleona, tiene un Waterloo (posible) en lontananza. En tanto nueva ministra de Administraciones Territoriales, deberá ocuparse del problema de Cataluña; es decir, del problema del nacionalismo catalán y el lío en que se ha embarcado y nos ha embarcado. A estas alturas, los nacionalistas más listos querrían también ser sacados del problema: a lo mejor se dejarían ganar por Soraya, con un arreglo. Aunque no parece que los listos sean ya los mayoritarios: la selección adversa del nacionalismo es implacable.

Los nacionalistas catalanes se verían, así, en una paradójica situación de españoles frente a Napoleón: la resistencia del casticismo cuando la Ilustración asoma. Pero más que un Waterloo, puede que le monten a Soraya un Dos de Mayo: igualito al que ocurrió en Madrit.

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En El Español.

3.11.16

La paradoja del comediante

En un audio de la Fundación Juan March (¡ese elitismo gratis!), el poeta Guillermo Carnero menciona La paradoja del comediante de Diderot. Lo escuché por casualidad el día en que el exlíder socialista Pedro Sánchez anunció que entregaba su acta de diputado y, en la comparecencia, agachó la cabeza y soltó unos sollozos.

Diderot, según Carnero, defiende el arte del actor: el artificio mediante el que, sin estar emocionado él mismo, logra emocionar. Y dice que, por el contrario, “si para representar a un personaje que sufre, se hace subir a escena a una persona sin formación y que esté sufriendo realmente, cuando intente expresar ese sufrimiento, solo hará reír al público”. Sánchez siempre ha sonado a falso y ese día sonó más falso que nunca. Si sus emociones eran verdaderas, fue un mal actor de sus emociones. Tampoco llegamos a reírnos (ni para el drama ni para la comedia está dotado), pero sus lagrimitas no nos conmovieron.

Al día siguiente lo entrevistó Jordi Évole en La Sexta y, sin cuajar una buena actuación, pareció que al fin transmitía algo. Para mal. Mi amiga Isabel Cabrera, gran lectora de los signos televisivos, observó: “El único día en que pareció natural quitándose el pinganillo que siempre parecía tener, resultó creíblemente increíble”. En el PSOE se lo cargaron brutamente, y lo que le soltó a Évole eran excelentísimas razones (a posteriori) para que se lo cargaran. El hombre se había destapado de pronto como en un viaje en el tiempo: a antes de Suresnes, a la recuperación del marxismo. Al PSOE de Largo Caballero.

La biografía de Sánchez acaso podría resumirse así: los desesperados intentos de un vendedor de enciclopedias por entrar en las enciclopedias. Su paradoja es que, para ser tan mal actor, se ha convertido en un personaje profundamente trágico.

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En The Objective.

31.10.16

Puertas equivocadas

Hay que cuidarse de las puertas equivocadas: si entras o sales por una, te topas con la España negra. Eso les ocurrió el sábado a los diputados de Ciudadanos que salieron del Congreso por la que daba a la manifestación de “la gente”, definida esta como ese selecto grupo de señoritos que se sitúa por encima del pueblo y lo que vota.

Eldiario.es lo contó de esta desdichada manera, ya tristemente célebre: “El único momento de tensión se ha vivido cuando un grupo de diputados de Ciudadanos ha optado, por entre todas las salidas del Congreso disponibles, tomar la que congregaba a un grupo de dos centenares de manifestantes. En ese momento han arreciado los gritos y han caído algunos objetos dentro del vallado que no han provocado herido alguno”. De esta redacción se ha suprimido luego en la web el pasmoso “entre todas las salidas del Congreso disponibles”; y se ha cambiado el angelical (¡y cómplice!) “han arreciado los gritos y han caído algunos objetos” por “manifestantes han lanzado objetos hacia dentro del vallado”. Un poco de vergüenza a posteriori han debido de sentir: algo es algo.

Más que para acusar, me interesa señalar estas cosas como síntomas. Síntomas, por supuesto, de una melancólica fractura: por la que vamos cayendo en la España de la que salíamos. En nuestros populistas y nacionalistas, explícitos despreciadores de lo español, se reconoce lo peor de lo español: quizá porque en ellos retorna lo reprimido, grotescamente.

Todo lo que dicen o hacen nos lo sabemos, porque es lo que siempre hubo; así, irritan tanto como hastían. Das una patada en cualquier siglo de la historia de España y te salen a puñados los Iglesias, Errejones, Espinares, Monteros, Bescansas, Garzoncitos, Tardàs, Rufianes y el proetarra de turno: obtusos cargados de razón, las machadianas cabezas que “embistieron” en la investidura.

“Nueva política”, en sentido estricto, solo hemos tenido la que alumbró la Constitución de 1978. Ese momento en que los españoles, como escribió Borges de los suizos, tomaron “la extraña resolución de ser razonables”. Ni siquiera la hermosa y trágica II República, como ha señalado el profesor Villacañas, se atrevió a someter su Constitución a referéndum...

Los que hablan ahora con rencor del “régimen del 78” están siendo, pues, viejos y hasta ancestrales, por nuevos que se vean. Se plantan en lo que había sido este corral del modo en que se acostumbraba. Y el ciudadano que tenga la desgracia de salir por la puerta que conduce a ellos, al rincón en que han suspendido la ciudadanía, se encuentra con nuestro pasado de todos los demonios. Para puertas giratorias, esas.

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En El Español.

30.10.16

Sánchez después de muerto


Ilustración: Tomás Serrano

Quién le iba a decir al vendedor de enciclopedias Pedro Sánchez que en algún punto de su biografía tendría a toda España pendiente de él. Así sucedió ayer sábado, y él aprovechó su momento cumbre para anunciar que se despeñaba. Todo suicidio (político) es bonito y el de Sánchez no lo ha sido menos. Aunque el suicidio de Sánchez tiene dos peculiaridades. La primera, que se ha suicidado después de que se lo cargaran. La segunda, que seguramente volverá a la vida. No para resucitar su partido, sino para terminar de enterrarlo. Las cosas hay que hacerlas bien o no hacerlas.

EL ESPAÑOL ha celebrado editorialmente su “lección de urbanidad democrática”. Y estoy de acuerdo en la corrección de sus formas, en su dignidad, en su coherencia incluso. El problema es que todos eran ya gestos desde un suelo torcido. Sentirse más cerca de Podemos y los independentistas que del PP (en lo que este tiene, contra los otros, de defensor de la Constitución) es justo lo que ha hundido al PSOE. Sánchez es un tozudo capitán del Titanic que quiere retomar el timón, en pleno naufragio, para darle más fuerte contra el iceberg. No hay nada como una misión histórica, y la de Sánchez parece que es la de rematar lo que Zapatero empezó (a matar).

Quién iba a decirle también a Sánchez que emularía, desde su grisura, a dos figuras españolas legendarias: el Empecinado y el Cid. Al primero lo metieron en una jaula, como el propio Sánchez se metió en la jaula de su “No es no”. Esta frase, por cierto, evoca a la de “fútbol es fútbol”. Casi podrían fusionarse: el “no es no” es “fútbol”. Como señalé en otro lugar, aquí hay una clave de lo que es la militancia: su equivalencia con la hinchada. Por si hubiera que explicitarlo más, Sánchez dijo en su comparecencia que “siente los colores socialistas”. Con estos halagos a los suyos, Sánchez es algo así como un populista de la militancia. Aunque si esta se le entrega habrá justicia poética: si se trata de liquidar al PSOE, que la militancia participe.

La otra figura es el Cid, que ganaba batallas después de muerto. Aunque está por ver que Sánchez las gane (me refiero a las batallas electorales, que la de acabar con su partido sí es probable –como hemos dicho– que la termine ganando). El Cid Sánchez, o el Sánchez Campeador, tiene además algo de jinete sin cabeza, lo que da a sus pretensiones épicas un toquecito gótico. Para el ambiente de Halloween viene fenomenal, y más con el nuevo presidente Rajoy: un muerto que, a diferencia de Sánchez, sí que goza de buena salud.

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En El Español.

25.10.16

Si quieres, puedes quedarte aquí

He leído en este Madrid lluvioso, con gusto, la nueva novela de Txani Rodríguez: Si quieres, puedes quedarte aquí (ed. Tres Hermanas). Su ha publicado un adelanto en la revista Eñe (la ponen de bilbaína y es alavesa: de Llodio). Y hoy sale una entrevista en Abc. De su anterior novela, Agosto (2013), hablé en una columna. La nueva es aún mejor: su escritura es excelente, y, aunque la novela es buena en conjunto, me han parecido memorables sobre todo las páginas dedicadas a las montañas (paisajes, animales –ovejas, lobos, buitres, ratones, sanguijuelas–, cabañas, declives, campas, ríos) y al cuerpo, incluyendo la mente, que se manifiesta en ecos fisiológicos (emociones, obsesiones, insomnios, excitaciones, sexo, dolencias, heridas, sangre): como si hubiese una correspondencia entre unas y otro; como si las montañas y el cuerpo estuviesen igual de poblados, o despoblados. La novela se presenta pasado mañana (jueves, 27 de octubre) en Madrid: librería Cervantes y Compañía; calle Pez, 27; a las 20:00h.

24.10.16

El relato abyecto

Nada, que entre muchos jóvenes se ha impuesto, de manera alucinante, el relato de que no tenemos democracia, de que el rey Juan Carlos fue un Franco bis y de que la Constitución ha sido la prolongación del franquismo por otros medios (¡o por los mismos medios!). A partir de aquí, como diría Gil de Biedma, ya todo se comprende: ETA ha sido la única que ha combatido de verdad al franquismo durante la Transición, y se puede llamar a Felipe González y Juan Luis Cebrián fascistas y terroristas esgrimiendo, contra ellos, banderas proetarras. La alucinación es de tal calibre que no solo muchos jóvenes están en ese relato: también bastantes talluditos. Llevan un montonazo de años viviendo en democracia y no se han enterado. La ideología es el peyote del pueblo.

El autoblindaje –la cerrazón esencial– de semejante relato asusta. El matonismo contra González y Cebrián en la universidad Autónoma, hijo del que ejercieron hace unos años Iglesias y Errejón contra Rosa Díez en la Complutense, no es más que una respuesta en concordancia con él. Si se toma tal relato como premisa, lo coherente es llegar a conclusiones de ese estilo. Estamos, pues, en el terreno de una coherencia abyecta por la abyección de la premisa. La lógica ideológica produce monstruos.

La regresión es, sí, alucinante, alucinatoria. Lo ocurrido en Barcelona con la estatua de Franco es un síntoma que hiere por su transparencia. La alcaldesa Colau saca la estatua ecuestre de un Franco decapitado –un cascajo de estatua– en el contexto de una exposición antifranquista, y los militantes (¡hoy!) del antifranquismo van y se lo toman como un acto franquista. ¿Por qué? Porque han eludido el estadio intermedio –distanciador y civilizatorio– de la representación. Esta se ha volatilizado en la mente simplista del creyente ideológico, y la estatua no solo pasa a encarnar a Franco y el franquismo, sino incluso a ‘ser’ Franco y el franquismo. Así, se la pintarrajea y se la tumba: igual que los primeros espectadores del cine huían de la locomotora de la pantalla o los niños le gritan y le tiran cosas al guiñol malo. Es la locura de don Quijote contra el retablo de maese Pedro (aunque sin la nobleza de don Quijote).

Se ha impuesto un relato abyecto que ahoga toda crítica plausible a lo real, porque la entierra en una empanada ideológica de la que lo real ha desaparecido. En eso estamos, o están los que están: en la ideología infantil; en un antifranquismo tonto, de cachiporra.

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En El Español.

23.10.16

Javier Fernández, líder normal


Ilustración: Tomás Serrano

En cuanto apareció Javier Fernández como presidente de la gestora del PSOE, el comentario fue unánime entre nuestros pocos ilustrados: “¡Un adulto!”. De los escombros sangrientos de Ferraz se alzó su figura sobria, con la expresión que le convenía al momento: pesadumbre. En estas semanas, tal expresión me ha venido recordando a la del teniente Colombo cuando resolvía un caso. No se alegraba, sino que agachaba la cabeza: menos feliz por haber cazado al asesino que triste por la lamentable condición humana. La pesadumbre de Javier Fernández (en la que se lee un diáfano: “¡menuda tropa!”) está aún más justificada porque ni siquiera es seguro que este caso se vaya a resolver...

Frente al dicharachero Iceta, cuyo baile ha pasado de lúdico a patético tras su alocado llamamiento a podemitas e independentistas (¡con la que está cayendo en Cataluña!), Fernández puede ser ya definido como “el que no baila”. Inesperadamente, es un eco democrático de aquel canto de Carlos Puebla al dictador Fidel: “Se acabó la diversión”. Llegó Fernández y mandó parar (el cachondeo, y el infantilismo).

Es un líder normal: es decir, alguien sin el magnetismo de un líder, pero que de pronto destaca por comparación con el resto. Tiene algo de la serenidad de una brújula, que sabe dónde está el norte. Lo que no se sabe muy bien es si eso garantizará el rumbo; hacia la gobernabilidad, por supuesto. En el comité federal de este domingo parece que un trozo suficiente del barco se dirigirá a la abstención; pero no es seguro que la maniobra la culmine el barco entero.

Los socialistas hace tiempo que están como vacas sin cencerro, según decía Pedro Almodóvar (no de los socialistas). Javier Fernández –cuya seriedad, por cierto, recuerda a la de Agustín Almodóvar– llega como pastor asturiano, con la misión de mantener unida la vacada y a la vez buscar los cencerros. Para esto último quizá le sea más útil su verdadera especialidad, que son las minas: el PSOE ha caído tanto en barrena desde el zapaterismo que los cencerros están enterrados y bien enterrados.

El guionista de nuestra actualidad se lo está currando: el día antes del comité federal en Madrid, Javier Fernández, en calidad de presidente de Asturias, ha estado con los Reyes en la visita al Pueblo Ejemplar del Principado. Un acto entrañable y rural: menor en sí mismo pero de una simbología abrumadora. En esta España desquiciada de 2016 nada hay tan excéntrico como lo normal.

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En El Español.

20.10.16

PSOE Fútbol Club

El columnismo ha empezado a fijarse en el número de abstencionistas del PSOE que hacen falta para que haya gobierno (o, eufemísticamente, para que no haya terceras elecciones). Once patriotas, los llama con sorna Arcadi Espada; los once de la fama, dice con no menos sorna Raúl del Pozo.

No podemos hacernos los suecos con la numerología. Once es lo que es: el número de jugadores de un equipo de fútbol. El once inicial, se dice. En el PSOE no hay un míster que los escoja. Quizá porque se lo están tomando como un once final: los once jinetes del Apocalipsis. O como una Última Cena en la que, de doce, once fuesen Judas. (Y el que se queda limpio Dios).

Todos han hecho ya su lectura de lo que “quería” el electorado tras las segundas elecciones. Ahora me toca a mí. Quería (¡disculpen la licencia!) evidenciar el fondo estólidamente futbolístico de nuestra política, mediante ese sudoku que montó con los votos cuya solución es once.

Sobre el auge del independentismo catalán señaló precisamente Arcadi Espada su relación con las campañas triunfales de Guardiola al mando del Barça. Los nacionalistas consideraron su nación un equipo más y se tomaron la política como la prolongación del fútbol por otros medios.

También la célebre militancia no es otra cosa que una hinchada. La crisis del PSOE viene del miedo del militante a entrar en el bar al día siguiente de la investidura de Rajoy y que el del PP le diga: “qué”.

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En The Objective.

17.10.16

Hernando y Hernando

No hay Hernando bueno. Esta frase cristalizó hace tiempo en mi cabeza con las apariciones, a veces sucesivas, de un Hernando y otro Hernando. Por lo general, el Hernando peor era el que aparecía, el que estaba en el foco. Momento en el cual se tenía la impresión de que era mejor el otro Hernando. Pero no tardaba en aparecer también el otro Hernando, con lo que perdía la ventaja lograda durante su desaparición. Los Hernandos son un balancín de Hernandos, de manera que cuando uno baja (al aparecer) el otro sube (al desaparecer), y viceversa. Si fuese por cada Hernando, solo aparecería (y bajaría) el otro Hernando. Pero el trabajo de los dos, que es el mismo trabajo, les obliga a aparecer con frecuencia; casi siempre poco antes, o poco después, del otro Hernando.

Llama la atención que en plena crisis del bipartidismo los dos grandes partidos hayan puesto como portavoz parlamentario a un Hernando: Antonio Hernando el PSOE y Rafael Hernando el PP. Antes se ensayó con las Sorayas, pero la cosa ha cuajado con los Hernandos. Al sistema de turnos en el poder de Cánovas y Sagasta, en la Restauración del XIX, le llamó Umbral sagastacanovismo. Hoy podríamos hablar de hernandohernandismo, aunque no referido al poder, sino a las portavocías: nuestro siglo no da para más. En estos tiempos en que el PP y el PSOE solo se diferencian en que uno dice y el otro no, ha sido maravilloso ver que tanto el que decía como el que decía no era un Hernando. Cada uno se mostraba muy firme (incluso muy gallito) en su o en su no, pero ambos desde la hernandidad.

Así estaba la situación, cuando la cosa se ha movido por parte de un Hernando. El desplazamiento del PSOE, no hacia el pero al menos hacia fuera del no, va a ser escenificado, según ha decidido la Gestora, por el Hernando que antes decía no. El socialista Mario Jiménez dejó las cosas claras: Hernando ha sido y será una “correa de transmisión”. Peliaguda palabra esa de correa, en alemán Gürtel, en la semana en que Francisco Correa ha cantado contra el partido al que ahora debe retirarle el no ese Hernando...

La confluencia de Hernando y Hernando bajo el mismo paraguas en el desfile del 12 de Octubre lo sintetiza todo. Era el Hernando del PP el que protegía amorosamente del chaparrón al Hernando del PSOE, y este se dejaba. Al aparecer a la vez, ningún Hernando cobraba ventaja sobre el otro Hernando. ¿Es la imagen de la restauración definitiva del bipartidismo? De momento es la estampa, preciosa, del hernandohernandismo: semilla de la concordia nacional no quizá entre los libres, pero sí entre los iguales. En el aniversario del Descubrimiento, un Hernando descubrió al otro Hernando. Y viceversa.

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En El Español.

16.10.16

Bob Dylan no es Borges


Ilustración: Tomás Serrano

El Premio Nobel sigue cumpliendo su función conmigo: descubrirme autores que desconocía. Así Bob Dylan. Por supuesto, sabía quién era: como para no saberlo. Me he pasado la vida metiéndome con él –soltando que era “el Ramoncín de la armónica” y cosas peores– para reírme de los dylanitas, que como buenos devotos son muy agradecidos de epatar. Pero nunca me había interesado mucho por su obra. Ahora, empujado por la Academia Sueca y las masas, y haciendo un alarde de falta de personalidad, he empezado a oírlo en serio y me gusta. Soy, pues, el dylanita más reciente: ese tipo de advenedizo que solo le presta atención a un autor cuando le dan el Nobel. (Supongo que de algún modo redondeo el asunto).

Al Nobel, por otra parte, hay que contextualizarlo: un premio literario que no supo encumbrarse a sí mismo al no darse al mayor escritor de su tiempo, Jorge Luis Borges (“no darme el Nobel se ha convertido en una tradición escandinava”, bromeaba el argentino), es ya un premio necesariamente menor. Pese al bombo mediático, hay que restarle importancia. En último extremo, la Academia Sueca no ha hecho más que señalar que Dylan no es Borges.

Pero, aunque sea un premio devaluado, ¿se merece Dylan el Nobel de Literatura? No sé calibrar la calidad de sus letras, pero por otras letras que sí sé calibrar (las del brasileño Chico Buarque, por ejemplo; quien, por cierto, aparte escribe novelas), afirmo rotundamente que un letrista sí puede llevarse un premio literario. Y con más merecimiento, si es bueno, que muchos escritores mediocres. La literatura es el arte de las palabras, y no son menos palabras porque vayan en una canción. Por otro lado, este Nobel a Dylan, que parece el más moderno, es en realidad el más antiguo de los que se han otorgado nunca, puesto que enlaza con las fuentes mismas de la lírica (cuyo propio nombre, derivado de “lira”, delata su origen musical).

Curiosamente, Borges tiene algo que ver con el premiado de este año, porque –además de considerar que nuestra mejor poesía era la del romancero y la lírica tradicional, géneros orales y musicales, según recuerda el poeta y cantautor Alejandro González Terriza–, él mismo compuso letras de milongas. En el prólogo al libro que las recoge, Para las seis cuerdas, escribe: “el lector debe suplir la música ausente por la imagen de un hombre que canturrea, en el umbral de su zaguán o en un almacén, acompañándose con la guitarra”. Y en alguna ocasión hasta se lanzó a canturrear.

Así que al final, por este giro inesperado de las asociaciones, vamos a considerar el Nobel a Dylan como un modo indirecto de premiar (¡de una vez!) a Borges. Este, por lo demás, siempre tuvo en materia literaria muy pocos prejuicios.

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En El Español.

10.10.16

Medievalismo podemita

Juan Manuel de Prada se ha apresurado a aclarar que su nueva novela, Mirlo blanco, cisne negro, no es una novela en clave, por lo que todo el mundo la está leyendo como una novela en clave. De hecho, la primicia me la dieron el mes pasado así: “¿Sabes que De Prada va a sacar una novela en clave?”. Hay trasuntos, ya se dice, de Umbral, Cela o Trapiello, además del propio De Prada. Y así es como la pienso leer también yo.

Para promocionarla, el escritor se ha lanzado a hacer (o conceder) entrevistas estruendosas, que me hubiese gustado que me gustasen más. Con De Prada tengo el problema de que podría haber sido un autor mío favorito, pero no lo ha logrado (¡le atribuiré el demérito a él!). Aunque soy irredimiblemente socialdemócrata, tengo paladar para la escritura reaccionaria. Le guardo simpatía y la considero un motor excelente para el estilo y el pensamiento. Ernst Jünger es uno de mis ídolos. Y le veo los quilates al colombiano Nicolás Gómez Dávila. Por poner dos ejemplos. Pero el reaccionario De Prada no me llega: a su reaccionarismo le encuentro apenas el alcance (y la profundidad) del titular de periódico. Se queda en ramploncete.

Lo cual no me impide apreciar la singularidad de su posición: esta sí meritoria. La soledad ideológica en que se ha recluido es en verdad valiente, y más en esta España sectaria y etiquetil. Por otra parte, sus anhelos medievalistas de un orden jerárquico y cristiano, con la realidad aclarada por la luz divina, pese a la opaca y pecadora materia, están tan fuera de lugar que resultan poco dañinos en la práctica. Sus artículos del Abc son flores exóticas: la suya es una voz aislada, y solo por eso está bien que esté.

Lo interesante es su similitud (¡su calco casi!) con otro reaccionarismo que pasa por progresista y por eso –y porque está de moda– sí cuenta con adeptos numerosos. Me refiero a Podemos, naturalmente. Los contenidos cambian (y no todos, por cierto), pero el esquema es igual. Como es igual el anhelo de una realidad clarificada por una fe que reduce el mundo y lo estamenta. A los podemitas esta equiparación les parecerá horrorosa (gajes del espejo), mientras que De Prada sí encuentra “semillas de verdad” en los otros. Se declara, eso sí, ajeno a su marxismo. Aunque los que nos hemos educado en Nietzsche sabemos que el marxismo no es en absoluto ajeno al cristianismo.

Al final, De Prada y los podemitas coinciden en ser “enemigos del comercio”. Pero como escribió otro ídolo mío, no reaccionario, André Breton: “Toda reconstrucción es imposible”. No queda más remedio que bregar con el ruido, con la complejidad: con la libertad asociada a las transacciones.

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En El Español.