31.12.14

Mi columna favorita de 2014

"El Derby del destino manifiesto", Fernando Savater, El País, 22-VI-2014.

Entre mis columnas favoritas de cada año está siempre la del Derby de Epsom de Fernando Savater, en junio. Este 2014 ha sido la número cuarenta. Las primeras están recogidas en el libro El juego de los caballos, y la siguiente tanda en A caballo entre milenios. Luego han venido más. Me imagino que al final irán todas en un único volumen crujiente. Savater, además de contar la carrera, va ofreciendo pinceladas y reflexiones sobre las circunstancias del momento. A veces he soñado con ir al Derby de Epsom, no para ver a los caballos sino para ver a Savater viéndolos.

[Publicado en Highway]

30.12.14

Pedro Sánchez, colgado

Pedro Sánchez no va y no va. Es que se le ve: no va. Tiene algo que no funciona y ese algo es Pedro Sánchez. Cae bien, pero da lo mismo. Habla como un actor, no del todo bueno. O como un vendedor de enciclopedias que tampoco es bueno del todo. El problema es que la enciclopedia que tiene que vender es él mismo. Pero se vende mal. Y lo peor es que se ve eso: que se vende.

Podemos ha difundido por la atmósfera política una especie de gas que hace que la inconsistencia resalte más que nunca. A mí la verdad es que tampoco los de Podemos me parecen consistentes ("¡a Montano no se la cuelan!", como dice Andrea Mármol, no sin exageración), pero que los otros andan desvanecidísimos es algo incuestionable. Y me preocupa. Mi espíritu institucionalista me hace ver ahora los telediarios a la caza de consistencia –y credibilidad– en Rajoy, en Soraya, en Sánchez, en Díaz... Pero no hay manera: vuelvo con el zurrón vacío. El bipartidismo es hoy un animal cojo de las dos patas. Un bípedo inane.

Se palpa la desesperación y parece que ha llegado la hora de las contorsiones. A Sánchez lo hemos visto en el programa de Cuatro Planeta Calleja, en pleno Día de los Inocentes, escalando una roca vertical y descolgándose por un autogenerador de energía eólica de setenta metros de altura. Entre tanto, iba soltando sus pildoritas políticas, a ver si así entraban. Pero no. Es un problema de guión, de actuación y de todo. El haber ido a un programa así es ya una derrota. Es seguir el proceso de abaratamiento de la política.

No me imagino a ningún elector que haya decidido votar a Sánchez tras verlo colgado. ¿Qué tiene que ver eso con las razones por las que se podría votar a Sánchez? Estas pantomimas son, más bien, razones para no votarlo... Aunque ni siquiera eso: son, como digo, síntomas de que todo está ya básicamente perdido. El PSOE es hoy menos que nunca un autogenerador de energía electoral.

[Publicado en Zoom News]

24.12.14

Bajas del 14

Y ahora, para quienes hemos perdido a un ser querido este año, llegan las Fiestas. Para nosotros y para los demás, pero en especial para nosotros. La ausencia adquirirá un espesor de presencia, y desfilarán las Navidades que vivimos con él (hablo de mi padre). Pero del todo triste no se podrá estar, porque delante tendremos a los niños (mis sobrinos). Ellos se llevan la estela del abuelo en su alegría. Y es el mejor homenaje.

No hay que exagerar los duelos. Esos lutos de antes. Es bueno que salte alguna lágrima entre luces, al desgaire de una risa. No en un ambiente oscuro. El propio ser que nos dejó va como desprendiéndose del traje del último año, el de la enfermedad, y regresando a otro anterior, más alegre. Busca quedarse en el recuerdo con una estampa feliz. Para alentar la vida.

He estado muy sensible a las bajas del 2014, que por momentos parecían caer como en la Europa de hace cien años. Todos llevarán en su tumba, o en su biografía, la misma cifra como cierre. Hermanados ellos por un número, y quienen los echan de menos por eso, por su falta. Claudio Abbado, Álex Angulo, Pedro Aparicio, Lauren Bacall, Di Stéfano, Gabica, García Márquez, Adelaida García Morales, Ignacio García-Valiño, James Garner, Juan Gelman, Félix Grande, Charlie Haden, Iyengar, P. D. James, Manu Leguineche, Virna Lisi, Paco de Lucía, Lorin Maazel, Rafael Martínez-Simancas, Ana María Matute, Paul Mazursky, Gerard Mortier, Mike Nichols, Leopoldo María Panero, Pertegaz, Alain Resnais, Jair Rodrigues, Mickey Rooney, Pete Seeger, Mark Strand, Adolfo Suárez, Shirley Temple, Jaume Vallcorba, Eli Wallach, Robin Williams y Johnny Winter, por citar solo a unos cuantos. (También, un gran empresario, un gran banquero, una duquesa y una reina).

Pongo aparte al poeta José Emilio Pacheco, porque quiero despedirme con su mujer (me resisto a llamarla su viuda): dejar sus palabras como regalo. Hace poco encontré esta entrevista que le hicieron en el velatorio y me impresionó. Hay que tomarla como ejemplo. Feliz Navidad.



[Publicado en Zoom News]

20.12.14

Thomas Bernhard se ha quedado solo

Me he convertido, a efectos de Jot Down, en un personaje de Thomas Bernhard. De mis cinco últimos artículos, tres son sobre Thomas Bernhard o tienen que ver con Thomas Bernhard. Y después viene un socavón (el último lo publiqué hace nueve meses, un embarazo: un embarazo de esterilidad) que es estrictamente bernhardiano. Al igual que el protagonista de Hormigón no hace más que preparativos y preparativos para escribir la obra definitiva sobre Mendelssohn Bartholdy, sin llegar a escribir nunca nada sobre Mendelssohn Bartholdy, yo no he hecho más que preparativos y preparativos para escribir artículos (¡definitivos también!) para Jot Down sobre diversos temas, sin llegar llegar a escribirlos nunca. Tengo libretas atiborradas de notas y la cabeza como un bombo. Pero pasaban los días, las semanas, ¡los meses! sin que me saliese nada. En realidad, he escrito columnas políticas para otro medio y he perdido horas y horas (¡y horas!) en Twitter. Pero para Jot Down, nada. De lo que yo más quería, que era escribir artículos para Jot Down, nada de nada.

Desde luego, lo que no iba a hacer más era escribir sobre Bernhard (¡eso lo tenía clarísimo!). No podía seguir siendo, para los lectores de Jot Down, "el pesado de Bernhard", o "ese que solo escribe sobre Bernhard". En junio estuve en una cena de editores en Madrid, y el editor de La Uña Rota, Carlos Rod, me dijo que cuando publicó Así en la tierra como en el infierno y otros dos libros de poemas de Bernhard en un tomo, estuvo esperando a ver qué escribía yo sobre el tomo, y le decepcionó que al final yo no escribiese nada. Tener a Bernhard ya como una chepa, ser ya "el de Thomas Bernhard", como Fernando Trueba es "el de Carlinhos Brown"; haber llegado a fernandotruebizarme hasta ese punto, y haber consentido por lo tanto que Bernhard se me carlinhosbrownice... Desde luego, iba a escribir sobre cualquier cosa menos sobre Bernhard. Así que aquí me tienen: escribiendo otra vez sobre Bernhard. (¡Y repitiendo las repeticiones como cualquier vulgar imitador de la voz de Bernhard, o de la traducción de Miguel Sáenz!).

Pero es que ha ocurrido algo que me ha desconcertado: Bernhard se ha quedado solo. Tras los últimos abusos editoriales de Alianza con los libros de Bernhard, que Alianza se ha podido permitir porque Bernhard es una droga dura y queda poco género, al fin nos ha dado este año un libro sustancioso a un precio razonable: En busca de la verdad, un auténtico festín para los bernhardianos. Me esperaba que se hablase mucho de él, y una sucesión de estimulantes artículos en la línea del que escribió Antonio Lucas en El Mundo como abriendo boca. Pero yo no he visto más, al menos no en los grandes periódicos. De pronto, por esta sugestión del silencio, he olido el fracaso: el fracaso de Bernhard. Al final, hemos proliferado los bernharditos, abaratando (¡como aquí se ve!) sus recursos, y convirtiendo el exabrupto y el enfado en galletas de todos los días, y por lo tanto en merienda fácil. Al mismo tiempo, la sociedad (o sea, Twitter) ha desarrollado armas de neutralización: al que discute por juego le llama troll; al que se ejercita en el canon negativo le llama hater. El gran autor Bernhard, pontífice negro, se ha quedado sin un público con paciencia para él: se le ve como a una hormiga de tantas.

En busca de la verdad puede leerse, en cierto modo, como el último escaparate del escritor con pedestal. Yo lo he leído entregado, que para eso Bernhard es mi ídolo; pero al no ver a nadie a mi alrededor, he sentido que mi pasión era caduca. Por el sumidero se van los despotricantes, los grandes autores hoscos de los siglos XIX y XX; autores sustentados, sin orquesta, por sus propios solos de saxofón. Se les ponía a hablar por el gusto de oírles hablar. Soltaban su numerito y les aplaudíamos: eran nuestros consentidos. Hoy se pide otra cosa: un tono más suave, más empático, mayor laboriosidad en las deducciones y un poco de documentación. El autor es uno más de nosotros, que no puede perder los modales y que tiene que currarse nuestro interés a cada momento. Debe ser más un periodista (o un profesor) y menos un poeta.

Así que yo fui a comprarme En busca de la verdad el primer día y me lo leí del tirón, disfrutando como un enano con las gansadas de mi gigante; y ahora lo evoco con espíritu elegíaco. Su modernidad de la segunda mitad el siglo XX parece ya la de un empelucado dieciochesco. El libro recoge intervenciones públicas de Bernhard ordenadas cronológicamente, entre 1954 y 1989, en setenta y dos textos de distintos formatos, Discursos, cartas de lector, entrevistas, artículos, como reza el subtítulo con admirable profesionalidad. Lo mejor son las entrevistas (quince, exactamente), que vienen a completar los libros de entrevistas con Bernhard ya editados. Como lector, pocas veces me lo he pasado mejor que leyendo los libros de entrevistas o conversaciones con Borges, Billy Wilder y Bernhard.

Llaman la atención los primeros textos, que están bien pero son más o menos culturales al uso, y por los que podemos calibrar lo lejos que llegó desde esos orígenes. Se ocupan, sin embargo, de autores de su familia (desestructurada) espiritual, como Georg Trakl o Rimbaud (el de este último, una conferencia, ya se recogía en el tomo de La Uña Rota). En lo que va diciendo esos primeros años está la semilla de todo el Bernhard posterior. De Trakl dice en 1957: "Sabía despreciar y ser despreciado... sobre todo por los burgueses y burreros de su ciudad natal Salzburgo, que todavía hoy no han cambiado". Y de un pintor sobre cuya exposición hace una croniquilla en 1955: "Posee eso que se ha hecho tan raro: ¡personalidad!". "Una carta para jóvenes escritores" (1957) empieza: "Lo que necesitáis, jóvenes escritores, no es más que la vida misma, nada más que la belleza y la depravación de la tierra". Y termina: "Las subvenciones en chelines que aguardáis os aniquilarán".

Pronto se asienta el Bernhard conocido y a partir de ahí se va por las páginas como por una pista de patinaje sobre hielo (las cuchillas de los patines son, naturalmente, las andanadas de Bernhard). Es muy divertido seguirlo en sus polémicas, en sus declaraciones, en sus apostillas y en sus travesuras: en estas parrafadas en que aparece Bernhard sin ficción disfrutamos al comprobar que Bernhard era también un personaje de Bernhard. Aunque con un secreto: a diferencia de ellos, él no era un inútil. Él sí trabajaba, escribía. Y tenía una voluntad o determinación por vivir que lo mantenía a flote. En parte gracias a la que él llamaba "el ser de mi vida", o "mi tía", Hedwig Stavianicek, treinta y siete años mayor, con la que estuvo desde que él tenía diecinueve años y ella cincuenta y seis. En la entrevista titulada "De catástrofe en catástrofe" (1987), que aquí ya había publicado la revista Quimera, habla por primera y última vez, de un modo emocionante, de algo parecido al amor. Y lo hace a la muerte de ella, en su ausencia:
Cuando murió esa persona desapareció otra vez todo. Entonces se queda uno solo. Al principio a uno le gustaría morirse también. [...] En cualquier lugar del mundo que estuviera, ella era mi punto central, del que lo extraía todo. Sabía siempre que esa persona estaba allí para mí por completo si las cosas eran difíciles. Solo tenía que pensar en ella, ni siquiera buscarla, y todo se arreglaba.
Reproduzco también cómo cuenta Bernhard el final de su tía, porque es una espléndida síntesis bernhardiana:
Lo más extraordinario que he vivido nunca ha sido tener la mano de ese ser en mi mano, sentir su pulso, y luego un latido más lento, otro lento latido y luego se acabó. Es algo tan inmenso. Se tiene en la mano todavía su mano, y entra el enfermero con la etiqueta numerada para el cadáver. La monja lo echa y le dice: 'Vuelva más tarde'. Entonces uno se enfrenta otra vez con la vida. Se levanta muy tranquilo, recoge las cosas, y entre tanto vuelve el enfermero y cuelga el número del dedo gordo del cadáver. Se limpia la mesilla y la monja dice: 'Tiene que llevarse también el yogur'. Fuera graznan arriba los cuervos... realmente como en una obra de teatro.
La teatralización, pues, para sobrevivir. Para sacarle chispas teatrales a este mundo que suele oscilar entre lo atroz y lo aburrido. Antes le ha dicho Bernhard a su entrevistadora: "Me ha preguntado qué imagen tengo de mí. A eso solo puedo decir: la de un bufón. Entonces la cosa funciona". Y En busca de la verdad, aunque esté pasando más inadvertido de lo esperado, vaya si funciona.

* * *
PD. Después de escribir este artículo he sabido que sí han aparecido reseñas en algunos medios importantes, como los suplementos culturales de El Mundo y La Vanguardia, y la revista Qué Leer. Se me han debido de escapar en parte porque son tardías, de finales de noviembre o principios de diciembre; y en parte porque mi percepción de la soledad de Bernhard se ha proyectado más de la cuenta. Me alegra que resista.

[Publicado en Jot Down]

16.12.14

Podemos y el sexo

Dicen que poner ahora "Podemos" en un titular online incrementa las visitas tanto como poner "sexo". Yo he preferido no arriesgarme y he puesto las dos. Se supone que han entrado ustedes en masa. A ver qué hago yo ahora con ustedes. Aunque al colocarles el cebo he picado yo también: me veo obligado a escribir algo que no se aleje del todo del titular; incluso que se corresponda con él, más o menos.

Podemos y el sexo. Para empezar, las dos acepciones del nombre del partido tienen una connotación sexual. El Podemos de podar: castrar. El Podemos de poder: la potencia viril. Como ven, hay para las chicas y para los chicos. ¡Paridad! También tiene una acepción sexual lo de casta: persona que practica la castidad; o sea, que no practica. Podar la casta sería, pues, propiciar el despipote. Quitar la nata asexuada que nos dirige y que "todo el monte sea orgasmo", como se llamaba un viejo programa irreverente de Radio 3. Las congregaciones de los podemistas, por su parte, con todos gritando "¡ahora podemos! ¡ahora podemos!", ¿qué parecen, sino el varón que se da ánimos a sí mismo después de un gatillazo? (Eso podría decir Sabina al comienzo de su segundo intento en Madrid, que en principio es esta noche).

Antes de la crisis, en 2007, los españoles se mostraban conformísimos con la economía de mercado. Lo recordaba Belén Barreiro en El País: "El apoyo al capitalismo era más alto en España que en Alemania o Francia". Era la época de las vacas gordas y los españoles se lo montaban bien con el sistema. Pero llegó la crisis y poco después, en 2012, España era "uno de los países más anticapitalistas, con un nivel de apoyo similar al de Rusia y solo por encima de Grecia, Jordania, Túnez, Japón y México". Barreiro hace unas reflexiones más finas, más documentadas y más profesionales. Mi deducción es abrupta: que "los españoles" no son unos anticapitalistas, sino unos capitalistas sin dinero. Al extender esta frustración al arrumbamiento del sistema, se comportan como el que quiere acabar con el sexo solo porque no se le empalma (¡metáfora masculinizante!).

Mi amigo el novelista Juan Francisco Ferré me contaba hace poco que un aspecto de la Transición que no se suele mencionar es su carácter libidinoso. En efecto, fue un periodo vibrante, con incitaciones. La instauración de la democracia traía pareja una oleada de vitalismo. Si se abusaba de la expresión "no hay que confundir la libertad con el libertinaje" es porque la libertad se excedía maravillosamente, tirando con frecuencia por lo sexual. También de un modo más amplio: había una erotización del ambiente. El país se volvió joven y tenía las pulsiones de un joven. Ahora ocurre todo lo contrario. El martillazo sostenido de la crisis económica, junto con los pichatristes que nos han venido gobernando en las últimas legislaturas, nos han dejado con la sexualidad de una caja de cartón. Predicar el Estado de Derecho, como hacemos algunos, no tiene morbo: es como defender, según la memorable expresión de Luis Cernuda, "el aguachirle conyugal".

El quid de la cuestión es que, a partir de un determinado momento de normalidad democrática, las ilusiones y las pasiones hay que ponerlas en otro sitio, no en la política. Lo que puede ofrecer esta es limitado. Pero la tendencia arcaica persiste: hay un ansia por que se reerotice la política. Y al final los españoles se han enganchado a Podemos, que sube en las encuestas como una erección.

[Publicado en Zoom News]

9.12.14

El elefante cuatribarrado

Algunos tenemos que ir tomándonos con deportividad nuestro gran error político: el haber hecho nuestra una idea demasiado pulcra del Estado de Derecho. Ya somos un estorbo. Estamos condenados a dar la nota, a molestar, a no estar conformes con nada. Nuestro discurso era modestito: defendíamos sin más complicaciones la legalidad democrática. Pero eso basta para que en esta España imposible pasemos por subversivos. Nuestra defensa del sistema nos ha convertido en piedrecitas que entorpecen el funcionamiento del sistema.

El único beneficio es de carácter intelectual: comprendemos de primera mano por qué la Historia de España ha sido el desastre que ha sido. Al parecer no hay más cera que la que arde, y con estos mimbres etcétera etcétera. ¿Pesimismo? Constatación de lo que tenemos delante de las narices. En teoría todo está abierto. Pero la práctica viene siendo de una cerrazón asfixiante. Incluso un artículo tan animoso como el que destacados miembros de Libres e Iguales han publicado en El País, intentando deshacer la condena, es necesario aquí porque se siente que impera esa condena.

La foto del rey don Felipe VI junto a Artur Mas me dejó mal cuerpo el Día de la Constitución, que fue cuando apareció en El Mundo. Para mí Mas es una especie de Tejero catalanista, en tanto enemigo y agresor –como el golpista– de nuestro Estado democrático; es cierto que no quiere imponernos una dictadura, pero el que cuente con más apoyo para su delirio anticonstitucional lo convierte en un Tejero más grave. Desde esta visión, que el Jefe del Estado aparezca junto a él de un modo tan campechano (¡mal momento para recuperar ese gen!) me parece, como a Arcadi Espada, obsceno. Mucho más que la foto de don Juan Carlos con el elefante de Botsuana, que fue algo no ejemplar pero, en fin de cuentas, extrapolítico. Mi opinión tiene hilo directo con mi estómago. Y la foto me lo ha revuelto. Como si hubiese visto a don Felipe con otro elefante: el elefante cuatribarrado, más parecido al Elefante Blanco del 23-F que al de Botsuana.

Subiendo del estómago a la cabeza, entiendo los beneficios de la cordialidad. Y ahora que estoy con Escohotado, percibo lo de que de civilizatorio tiene el comercio, incluso en esas instancias. Pero es triste. Y deprimente. Los apaños que se hicieron para llegar a la Constitución fueron liberadores, puesto que se dirigían a la libertad y la racionalidad. Los apaños que puedan hacerse con el nacionalismo son siempre en la dirección opuesta. La melancolía que al final queda es que el sustrato de España es esa pulsión por el apaño en sí; o, si no sale, por la ruptura. Y que cuando el apaño ha conseguido algo beneficioso tampoco vale, porque lo que sigue vigente es la pulsión.

[Publicado en Zoom News]

6.12.14

Woody de pronto

Ayer me enteré demasiado tarde de que estrenaban la película de Woody Allen. No me daba tiempo de llegar a la primera sesión. Pensé ir la semana que viene ya, un día de diario, que es más furtivo; pero al final fui a la de las 18:50h. El furtivo era yo, entre una animación de viernes. Deliciosa la película, aunque todavía no sé qué ha dicho la crítica. Ando desorganizado. La pausa del cine, llevadera. El resto normal. He mantenido la costumbre de dejarlo anotado aquí, con poco chiste.

* * *
(26.9.15) Al repasar esta entrada veo que el año pasado ni siquiera puse el título de la película: Magia a la luz de la luna. Ayer fui a ver la de 2015, Irrational Man, en la primera sesión del viernes de estreno.

5.12.14

Luz corriente

He leído un libro recomendable, que me envió su autor, Francisco Baena: Luz corriente (Pre-Textos). Se presenta como novela, pero es un híbrido de los dos elementos que hoy vivifican el género: el ensayismo y la autobiografía (en este caso, también familiar). O sea, que es una novela de nuestro tiempo. Tiene cuatro capítulos, coherentes entre sí pero de funcionamiento autónomo. El primero es una reflexión, apoyada en distintas obras literarias, sobre el tema de la muerte del padre. En el segundo el protagonista, Martín, evoca la del suyo. El tercero y el cuarto relatan algunos episodios de la vida del abuelo y de la del padre, respectivamente: se trata de un seguimiento de la llama genealógica. Con sus correspondientes contextos históricos: la Guerra Civil y parte de la posguerra en un pueblo de Almería, Dalías; y el antifranquismo de grupos cristianos a finales de la dictadura en Madrid. El libro no es largo (tiene 237 páginas), por lo que la narración se funda sabiamente en la elipsis y en la selección de lo que se cuenta; encarnado en una escritura sobria, elegante y precisa. No me resisto a reproducir el hermoso texto de la solapa, que da el tono (la luz) para la lectura:

2.12.14

Escohotado en la March (contra Marx)

Ya estamos en diciembre y desde que empezó el curso, en octubre, he querido dedicarle una columna a la Fundación Juan March, nuestra universidad abierta, libre y sin exámenes (ni títulos). Desde 2009 vengo escuchando las conferencias de su formidable archivo online, y me hubiese sacado ya varios doctorados mentales si mi memoria fuese más sólida. Esta resistencia mía a la erudición, sin embargo, tiene la ventaja de que puedo disfrutar varias veces la misma conferencia como si fuese la primera vez. Durante esa hora, al menos, sí estoy sabiendo bastante del tema que toque. Soy un poco como aquel personaje de Borges que se estaba leyendo la Enciclopedia Británica en orden alfabético y una tarde lo sabía todo de los druidas, de los drusos y de Dryden. Pero solo esa tarde.

Hace poco oí por la calle una conversación. Un hombre le decía a otro: "Te lo tienes que tomar con filosofía". No parecían hombres con estudios y me quedé pensando qué se entendía por "filosofía" en esa frase hecha. El equivalente sería perspectiva, distancia: "Te lo tienes que tomar con distancia". La Fundación Juan March, dirigida por Javier Gomá desde 2003, le aporta distancia (y elegancia) a nuestra vida peleona. Viene a ser algo así como la antitelevisión basura. Esta vida peleona, con su arrastre, es la que me ha impedido pararme un momento a hablar de la Fundación. Lo hago ahora, aprovechando que estuvo el jueves Antonio Escohotado, del que ya celebramos aquí el espectáculo de su libertad. Respondió a las preguntas del periodista Alfonso Armada, que cuando salió el segundo tomo de Los enemigos del comercio le hizo en Abc una entrevista espléndida de título no menos espléndido: "La utopía, además de una memez, es una inmoralidad". (La distancia y la elegancia que aporta también Escohotado no están reñidas con el boxeo).

La hora se pasa en un suspiro y con una sensación sostenida de gustazo. La gran defensa que hace Escohotado es la de la complejidad, y junto a ella la de la inteligencia, que es móvil, maleable, fluida y cambia al que la ejercita. Frente a ambas, contra ambas, está el simplismo, el esquematismo, que pretende reducir la realidad a recetas. Escohotado ve en el simplismo uno de los orígenes del marxismo (y del anarquismo), tanto por su incapacidad para concebir lo complejo como por sus divisiones maniqueas en términos de "bueno y malo", etc. Otro de los orígenes del marxismo es la rabia, el resentimiento: "el odio a la plenitud del otro". También el odio a la realidad física, que tiene "un pormenor infinito". Se despacha a gusto, maravillosamente, contra Marx y Engels, a los que llama, siguiendo a Bakunin, "un par de señoritos provincianos que lo que quieren es mandar". Marx, según Escohotado, tenía un ansia de matar mucho más intensa que Lenin y Stalin. Y recuerda algo que seguimos sin tener tan presente como debiéramos: que "la epopeya del comunismo" ha sido aún más criminal que la del nazismo.

La entrevista es jugosa, aunque yo esté ofreciendo frases secas: hay que escucharla. De entre los distintos temas de los que habla (con los mencionados, la plusvalía, la utopía, Podemos, "la casta", Caín, la muerte, Ortega, el dinero, Jesucristo, internet, Victor Hugo y Dickens, la universidad, las drogas...), quiero terminar con el de la vocación, que tiene algo de vigorosa autoayuda y así terminamos arriba. Según Escohotado, "la vocación es lo único que nos salva de la falta de paradero y de la avidez de novedades, es decir, de la banalidad". La vocación debe buscarla uno en sí mismo, y consiste en la elección de algo que ya está en uno pero "nada más que en germen, y tienes que cuidarlo, multiplicarlo, pulirlo y hacerte maestro. Porque lo único útil para el vecino es un maestro, un maestro en lo que fuere". ¿Y cómo se alcanza la maestría? "Con esfuerzo, con mérito, con amor propio".

Yo, por mi parte, voy a ver si retengo esta enseñanza todo el mes, para que me sirva de propósito de año nuevo. Aunque incluso en este crepúsculo del año escuchar a Escohotado tiene algo de auroral. Como los buenos pensadores, nos deja el terreno despejado.

* * *
PD. No puedo dejar de recomendar el primer acto de la Fundación Juan March en este curso, que nos trajo la distancia sanísima de los historiadores: el diálogo entre Santos Juliá y José Álvarez Junco. De ambos hay ciclos que también recomiendo: La formación de la identidad española, de Álvarez Junco; y Los orígenes intelectuales de la democracia en España, de Santos Juliá. Con ambos obtrendremos un poco de erudición sobre lo que somos: conviene saborearlo antes de que se nos olvide.

[Publicado en Zoom News]

26.11.14

Donde Málaga se fuga



Mi problema con Málaga es que, para que me guste, necesito vivir en Madrid. Vivir en Madrid y venir, incluso venir mucho; pero vivir en Madrid. Mi descubrimiento de Málaga se produjo, de hecho, en Madrid. Me fui con diecinueve años a estudiar, un octubre, y al volver en diciembre percibí el contraste, y me gustó. El mar, la luz, la ligereza de la atmósfera; incluso la suavidad de la gente y de las calles, el ritmo más descansado. Esa indolencia que, cuando se viene de una ciudad nerviosa, se percibe como sabiduría, como hedonismo. Pero que cuando se vive aquí es una trampa, un pegamoscas.

Mi ideal es estar en Málaga con el nervio y la electricidad de Madrid. Estar aquí, como máximo, hasta un minuto antes de ser atrapado por la dejadez. No a todos los malagueños les pasa, pero a mí sí. Yo estoy en conflicto. Como ahora, en que las circunstancias (ya largas) me obligan a permanecer aquí, amojamado. En la imposibilidad de salir, mis lugares preferidos son, pues, aquellos en que la propia Málaga se fuga: los paseos marítimos, los miradores. Los sitios que se abren al sol, el azul y la brisa. También internet y los libros (las librerías). La Costa (Torremolinos, Carvajal, Benalmádena) con música brasileña en el coche o los auriculares. El cine. Las terrazas, sobre todo la de los Baños del Carmen. Los museos, sobre todo el CAC.

El CAC es en Málaga, curiosamente, mi vínculo con Madrid (además de la estación de tren y la de autobuses; en avión voy poco). El arquitecto del CAC, el del antiguo Mercado de Mayoristas, Gutiérrez Soto, proyectó también una vivienda de Madrid que para mí fue importante. Entrar en el CAC es entonces como volver a aquella vivienda, ya que de la misma cabeza nacieron los dos espacios. Un juego que practico consciente de que es un juego; sin que por ello deje de ser sentimental.

Otro de mis lugares de peregrinación, para fugarme mentalmente, es el hotel Barracuda, de La Carihuela, donde el escritor Thomas Bernhard pasó unas semanas a finales de 1988, antes de volver a Austria para morir. Algunas tardes voy a mirar el último mar que miró Bernhard, y él, que estuvo peleado con su ciudad, Salzburgo, hace que yo me reconcilie con la mía. Lo que me salva es contemplarla como alguien que viene de fuera: la piel de luz que ve el turista. Sin lo demás.

[Publicado en El Mundo, edición Málaga]

25.11.14

Un gurú de Podemos

Podemos no es hoy el mayor problema que tenemos en España, pero sí es la mayor de las falsas soluciones. Por lo primero, es casi un abuso hablar tanto de Podemos, dejando de hablar de aquellos cuya irresponsabilidad ha sido el factor decisivo de su crecimiento. Por lo segundo, es imprescindible seguir hablando de Podemos, para advertir, para desempeñar el desagradable papel (que no mola nada) de aguafiestas. Los aguafiestas de Francia, donde la mayor de las falsas soluciones es el Frente Nacional de Marine Le Pen, pueden beneficiarse de la fama de progresistas. Los de España, pese a que consideramos Podemos una suerte de lepenismo de otro color, tendremos que cargar una vez más con la fama opuesta. Y aquí estamos.

El supuesto limbo del que surge Podemos no es tal. Están limpios (porque no han tenido ocasión de ensuciarse) en la política española, pero no en la universidad española, que es probablemente el ámbito más putrefacto de la putrefacta realidad española. Berta González de Vega lo ha contado en El Mundo a propósito de Íñigo Errejón. Aquí se lee también sobre el conocido vínculo de los líderes de Podemos con movimientos latinoamericanos como el chavismo. Los que se presentan como la solución para España, los que se venden como "sin pasado", ya tienen en su pasado el haber contribuido a la ruina (económica y moral) de otros países. Mi amiga Ana Nuño, hispanovenezolana, está asistiendo a la eclosión de Podemos con temor estereoscópico.

En la memorable entrevista de Ana Pastor en La Sexta, Pablo Iglesias eludió pronunciarse sobre la corrupción en Venezuela (m. 37). Y en El País hemos leído sobre Ricardo Forster, uno de los intelectuales orgánicos del kirchnerismo, o sea, de la corrupción actual en Argentina. Este hombre es "una de las voces en Sudamérica a quienes los dirigentes [...] de Podemos escuchan con mayor atención". Los pecados del gurú no se traducen automáticamente en pecados de sus adeptos; pero su elección ya es muy mal síntoma, y si se le tiene de guía es de presumir que en el camino se caiga en los mismos errores.

El cargo de Forster, inventado por el gobierno de Cristina Kirchner y aceptado por él, es inquietante: Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional. Los lanatistas nos enteramos por la parodia que se hizo en Periodismo Para Todos, que presentaba a Forster (o Bolster) como comisario político esperpéntico.

En cuanto a la corrupción, que es uno de los asuntos por los que aquí se va a votar a Podemos, la respuesta de Forster no puede ser más tibia: la tibieza propia de la casta (de allá). Como muestra, una entrevista radiofónica del día de su nombramiento. El tono es sereno, civilizado; sus reflexiones tienen interés, y pueden ser compartidas en sus generalidades. Pero en ellas van los posicionamientos del sectario, su utilización estratégica (partidista) del razonar. Habla del "proyecto de transformación que inició Néstor" (m. 3:45); y justo después reprueba a uno de los posibles sucesores de Kirchner llamándolo, con fórmula untuosa, uno de "esos aliados que se van desplegando a lo largo del tiempo y que en algún momento se muestran como incompatibles, o que no aceptan que el proyecto o el liderazgo marque el rumbo". Y defiende, o consiente, a individuos que en España solo podrían competir con Gil y Gil: el entonces vicepresidente Amado Boudou (m. 4:36); el gobernador de Formosa, Gildo Insfrán (m. 6:00; véase sobre este personaje el reportaje de PPT, desde el m. 25:20); o Lázaro Báez, sobre cuyo dinero dijo Forster "qué carajo sé yo" cuando le preguntaron a propósito de la denuncia que hizo Jorge Lanata (ms. 7:40 y 8:57).

Forster, naturalmente, sí arremete contra Lanata. Critica que reduzca lo político a "lo cloacal" y a la "lógica de la corrupción", por el daño que supone "no solo para el kirchnerismo", sino para la democracia (ms. 9:09 y 11:10). O sea, la de Forster es la típica crítica desde el poder hacia el que lo denuncia; le preocupa no tanto la corrupción como el que esta se vea en el escaparate. Teme que poner énfasis en ella produzca un "vaciamiento" de la política, y que ese vacío vengan a ocuparlo quienes se presentan como "los grandes virtuosos de la patria" (m. 13:10). ¡Cielos, como entre nosotros sus pupilos!

[Publicado en Zoom News]

18.11.14

Cría cuervos

El líder político de moda, Pablo Iglesias, será otro Cuervo ingenuo. Eso en el mejor de los casos. En el peor, se embalsamará en su ideología y nos terminará de hundir, dejando pasmados a los angelitos del "no podemos estar peor". Por lo primero, cantar junto a Javier Krahe "Cuervo ingenuo" ha sido indudablemente arrimarse al toro. A Iglesias no se le puede negar la valentía. Ni el maquiavelismo: su motor está en enlazar con la izquierda presuntamente incorrupta; considerando que la gran corrupción de la izquierda, su gran traición, fue el referéndum de la OTAN de 1986, en que el PSOE en el gobierno pidió el . Krahe compuso la canción para afearle a Felipe González la conducta.

Recuerdo aquellos tiempos, que fueron los de mi primer año en Madrid. Me pillaron en el lugar preciso: el colegio mayor San Juan Evangelista, el Johnny, donde Krahe estrenó su canción. Yo simpatizaba vagamente con el no, aunque no pensaba votar. Me interesaba la política, pero de un modo más bien intelectual; en la práctica era abstencionista, a medias por pereza y a medias por esteticismo. Defendía el Estado de Derecho, pero sentía por los partidos un desprecio entre ácrata y aristocratizante. También, a mi manera, pretendía sentirme puro.

De aquella campaña pesada, agria, turbulenta, recuerdo una hora apacible. Yo me había aficionado a escuchar Radio El País por las tardes, y una de ellas debatieron Fernando Savater y Juan Benet. El primero defendía el no y el segundo el . Y yo me daba cuenta de que estaba de acuerdo con ambos: de que lo que cada uno decía era razonable, y que lo que a mí me gustaba era justo ese estilo, el razonamiento. Porque fue un diálogo tranquilo, sin bronca. Desde la amistad. En el que incluso se percibía que tanto el uno como el otro podrían haberse deslizado hacia la posición contraria.

Las arengas de los que estaban en campaña fueron otra cosa. Me acuerdo, por ejemplo, de un mitin del entonces presidente de la Junta de Andalucía, Rodríguez de la Borbolla, exigiendo el sí como un señorito a sus jornaleros. La presión de todo el aparato del poder socialista fue tremenda. En la televisión pública (la única que había) se censuró "Cuervo ingenuo".

Pero en la otra parte también se cargaban las tintas. Al final de aquel concierto del Johnny en que Krahe estrenó la canción lo vi claro. Meses después, pasado el referéndum, Krahe daría allí otro en solitario; pero al que me refiero fue uno colectivo previo, organizado para pedir el no (en uno de los dos, no recuerdo en cuál, apareció Sabina para acompañarle en "Cuervo ingenuo"). Fueron interviniendo distintos cantautores, que además de cantar hacían sus proclamas. Se creó un ambiente entre festivo y agresivo: festivo dentro de aquella cápsula; agresivo hacia el exterior. La autosatisfacción era indudable. Al término, caliente con el clímax, uno de los cantautores (no recuerdo quién, me viene que era andaluz) agarró el micrófono y dijo: "¡El que vote sí es un hijoputa!".

Con el tiempo, he admirado el valor de Felipe González. Su jugada fue sucia, la presión abusiva, y el cantinfleo verbal con el "OTAN, de entrada NO" irritante. Pero actuó como un estadista: jugándosela en favor de lo que parecía más razonable para el país (con el apoyo, por una vez, de una nómina de intelectuales que hoy se nos hace rara). Y no he podido sino despreciar, con el tiempo, la autocomplacencia moral de quienes defienden una pureza política que hubiese resultado perjudicial y de la que al parecer no están excluidos los tiranos como Fidel Castro o Hugo Chávez ni nuestros reaccionarios nacionalistas.

La realidad es compleja, y la política, como nos ha recordado Rafael Latorre, consiste en "asumir contradicciones y transacciones morales". Con los años veremos si, en esa actuación conjunta de la sala Galileo, Krahe estaba criando a otro Cuervo contra el que cantar en el futuro, o a un compañero de viaje para siempre: uno de esos fantoches de la pureza tan del gusto de los cantautores, y de la afición en general.

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11.11.14

La corrupción mayor

Estamos donde hemos estado siempre, más o menos: en la incapacidad para comprender lo que es el Estado. En buena parte por culpa de quienes gestionan el Estado: incapaces como nosotros, gusanos de la misma poza; que están donde no saben. Pero donde no hay Estado –como dijo alguien (¿Escohotado?)– lo que hay es mafia. El lobo de Hobbes, nuestro animal recurrente. (En Brasil, de las favelas dominadas por los narcotraficantes se dice que son "zonas a las que no ha llegado el Estado").

El amigo Caballero lo ha señalado a propósito de esta última moda en que han participado Jordi Savall y Colita: "Los autores que rechazan premios nacionales sólo demuestran no entender la diferencia entre Gobierno y Estado". Mentalmente, mira qué cosas, siguen en la época de los "cesantes" de Galdós, o en el franquismo. Como casi todos nosotros. (Y me vengo poniendo por cortesía, porque yo, naturalmente, no estoy ahí; como no lo está Caballero: nuestras amarguras nos cuesta –amarguras espolvoreadas de regocijo, tampoco lo vamos a negar).

Tener el olfato demasiado aguzado para estas cuestiones condena a un notable pesimismo, que hay que llevar con alegría para no hundirse. Se percibe la corrupción casi al nivel de un budista, de un padre de la Iglesia o de un Cioran: todos están podridos; también quienes van de supuestos limpios y salvadores.

Se ve nítidamente el hilo que une (con diferentes grados de gravedad) a Savall y Colita, los políticos que roban o enchufan, los electores que los votan sabiendo que son corruptos, los que malversan fondos públicos, los gobernantes que atacan a los tribunales que los condenan o no cumplen lo que estos dictan, los presidentes autonómicos que llevan acabo pseudoconsultas inconstitucionales y los presidentes del gobierno que hacen dejación de su deber; también quienes mandan cercar parlamentos y desprecian la única democracia larga que hemos tenido llamándola "el régimen del 78", que ha de ser revocado bolivarianamente.

La corrupción mayor es este remitirse a todo tipo de "voluntades" (al término de todas las cuales está, como un tótem, El triunfo de la Voluntad hitleriano) por encima de la instancia racionalizadora y común, que es la ley, el Estado. La corrupción mayor es este impresentable y generalizado cachondeo.

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4.11.14

La indignación de Bosé

La imagen de Javier Marías comiéndose un filete empanado. Me la indica Álvaro Quintana en el artículo de Pérez-Reverte, como esas puñaladas mortales (o a lo mejor solo es broma) que se dan entre sí los escritores amigos. Nuestro autor más prestigioso alimentándose de escalope. A mí también me gusta el escalope, pero mi prestigio es nulo. La estampa sobrevuela ya toda la prensa del domingo, como en A la sombra de las muchachas rojas, de Umbral, odiador de Marías pero que nunca dijo nada tan cruel contra él, sobrevolaba Madrid el coche de Carrero Blanco.

Es un paisaje de devastación que a mí, mientras Marías se come su filete, me deja extrañamente el ánimo calmado. Depende de la mañana, sin duda. Por la tarde quizá esté otra vez hasta las narices. Hay que irse administrando. No se puede ser indignado sin interrupción. Prolifera la discordia. Guerra entre El País y Libertad Digital. Guerra entre el exdirector y el director de El Mundo. Guerra (sin tanques) entre antinacionalistas y nacionalistas. Guerra contra la corrupción; o la guerra de la corrupción. Todos golpearon el árbol y Podemos recoge las nueces.

Bajo el filete empanado de Javier Marías, la empanada de las encuestas: votará masivamente a Podemos el mismo electorado que durante décadas ha seguido votando, sin castigo, a los corruptos; el mismo del prime time televisivo, que prima la basura. Hay españoles que lo saben todo de Pablo Iglesias y de Alberto Isla. El programa La Tuerka es el Gran Hermano ideológico: ideas encerradas en una pecera. La del PCE realmente existente. Contra Izquierda Unida, y contra el PCE.

Dije que Podemos huele a viejo, pero no por ello los demás huelen a nuevo. En los demás se ha hecho más visible que nunca su momificación. La ventaja de Podemos no es en términos de novedad, sino en términos de vitalidad. Rajoy, Soraya, Cospedal, Pedro Sánchez, Susana Díaz, Cayo Lara son, como escribió Ricardo Reis, "bultos solemnes, de repente antiguos". Y también "cadáveres aplazados". Tenían el sistema y lo tenían fácil. Pero arruinaron el negocio por avaricia. Mataron la gallina de los huevos de oro. Ahora el rey del corral es un espantapájaros.

Y entonces el filete empanado de Javier Marías sobrevuela la reaparición de Miguel Bosé, empanado en maquillaje. Entrevistas en El País y en El Mundo. Está indignado, ("cabreado, como cualquiera"): "De pronto te encuentras con una España que nunca imaginaste. En un año y medio se privatiza todo, y unos que se llaman patriotas desahucian a sus compatriotas. Es un crimen". En parte tiene razón, pero en parte tiene también la culpa (parte de la culpa): apoyó al presidente que negó la crisis, en contra de los que la afirmaban; al presidente que ha contribuido como casi ninguno a la ruina del país, económica e institucional. Equivocarse tiene excusa; hacer como que no ha pasado nada, e insistir, no. Bosé se pone ahora la indignación como antes se puso la ceja o se ponía la falda. Siempre lo mismo: la autoindulgencia, lo que vende. Y eso también es corrupción.

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30.10.14

Historia mínima de un siglo corto

He tenido la suerte (¡el privilegio!) de traducir un libro para la colección Historias mínimas de la editorial Turner, que ya tiene varias obras maestras en su aún breve catálogo: la Historia mínima de España, de Juan Pablo Fusi; la Historia mínima del País Vasco, de Jon Juaristi; y la Historia mínima de la literatura española, de José-Carlos Mainer. Son como meterse en un cofre de tiempo comprimido: mucho tiempo en poco espacio. Los autores logran atinadas síntesis, y a la vez consiguen abrirse algo de sitio para ensayar. En el libro en cuestión, la Historia mínima del siglo XX, de John Lukacs, estas cualidades se dan acentuadas.

John Lukacs, estadounidense de origen húngaro (nació en Budapest en 1924), sin parentesto –que yo sepa– con el filósofo marxista Georg Lukács (al que una hermana de nuestra Magdalena Álvarez citó en un congreso de filosofía como "George Lucas"), comparte con Hobsbawm la idea de que el siglo XX fue un siglo corto, que empezó en 1914 y terminó en 1989. Incluso se plantea si no fue más corto aún y terminó realmente en 1945. Para Lukacs los dos acontecimientos definitorios del siglo XX son las dos guerras mundiales, y la guerra fría (de 1945 a 1989) no sería más que un epílogo.

Su mirada de larga perspectiva percibe que nos encontramos en el final de la edad moderna. Una de las cualidades de esta edad es precisamente la conciencia histórica. El título de su admirado Huizinga, El otoño de la Edad Media, no hubiera sido entendido por los medievales; en cambio los modernos sí tenemos conciencia de este "otoño de la Edad Moderna". Para Lukacs, la Edad Moderna es sinónimo de Edad Europea. Y una de las características del corto siglo XX es que las dos guerras mundiales, cuyo escenario principal fue Europa, se resolvieron con la intervención de Estados Unidos: demostración de que el siglo marcaba, en la práctica, el final de la Edad Europea. La edad que vendrá después de este siglo de transición, ni Lukacs ni nadie puede saberlo aún.

El libro da para mucho en sus 267 páginas, y no puedo ocuparme aquí de sus originales consideraciones sobre la Unión Soviética, China o el llamado "Tercer Mundo", por ejemplo. Pero sí debo señalar que durante las semanas que pasé traduciéndolo y revisándolo, la actualidad española ofrecía sus propias ilustraciones preocupantes; por medio, naturalmente, del nacionalismo. Anteayer dijo Arcadi Espada en Málaga, en un acto organizado por el Círculo Mercantil en el que intervinieron también Cayetana Álvarez de Toledo y Teodoro León Gross (se trataba de explicar en qué consiste la plataforma Libres e Iguales): "La Unión Europea se ha construido sobre ochenta millones de cadáveres, la mayoría de los cuales, por no decir todos, se han debido al nacionalismo".

Lukacs establece una interesante distinción entre el patriotismo y el nacionalismo, a partir de la sintomática frase de Adolf Hitler con que titula el capítulo que le está dedicado: "Yo era nacionalista, pero no patriota". Escribe Lukacs: "El nacionalismo podía ser (como de hecho era habitualmente) agresivo y, al menos en potencia, revolucionario; el patriotismo, en cambio, era defensivo, anticuado y tradicionalista". Y termino con la frase definitiva, con nuestros nacionalistas catalanes y vascos en la cabeza (¡qué le vamos a hacer!), como podrían estar los franquistas: "Cuando el nacionalismo sustituyó a las versiones antiguas del patriotismo (todo patriota tiene algo de nacionalista, pero pocos nacionalistas son verdaderos patriotas), se buscó enemigos entre los conciudadanos".

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28.10.14

Desayuno continental de corrupción

Esta semana Zoom News cumple dos años, y también esta sección mía de A ver qué pasa. Decía Borges que el periodismo se funda en la superstición de que cada día pasa algo nuevo. Y el columnista a veces se pone a mirar qué ha pasado, para escribir sobre ello, y no encuentra nada. Lo peor es que tiene que escribir de todas formas. El gran Iñaki Uriarte, que escribe solo cuando quiere, y poco, nos ve con piedad a los que estamos en este brete de escribir sobre lo que nos echen, y más cuando no nos echan nada. (Por cierto, que sí hay una noticia uriartista: en primavera saldrá el tercer y último tomo de sus Diarios, en Pepitas de Calabaza, como los anteriores).

Hoy (por ayer, como se decía antes) me he levantado en esa situación de no saber de qué escribir. Pero ha sido abrir internet y encontrarme con que la actualidad me tenía en la bandeja un auténtico desayuno continental: redada anticorrupción con cincuenta detenidos. Entre ellos dos figuras importantes del PP: el presidente de la Diputación de León (poco a poco se va despejando aquello que tanto intrigaba al padre de Joaquín Sabina en su lecho de muerte: "¿para qué sirven las diputaciones?") y Francisco Granados, ex número dos de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid y tertuliano. Esto de que la policía haya empezado a entrar en las tertulias sí me ha parecido esperanzador.

Lo novedoso esta vez ha sido la abundancia de golpe, porque el producto ya lo conocemos de sobra, hasta el extremo de que nos tiene saturados. Yo me he pasado estos dos últimos años viendo el estupendo programa de Jorge Lanata en la televisión argentina, Periodismo Para Todos, y repitiendo aquí, con humor amargo: "Me refugio de los problemas de España en los de Argentina". Pero cada vez se parecen más ambos países. Ahora, de hecho, la diferencia más notable que veo es en favor de Argentina: en España no tenemos un Jorge Lanata. (En cuanto a la ilusión con los incorruptibles de Podemos: me limito a señalar que uno de sus modelos es justamente esa Argentina corrupta...).

Al final queda la denuncia, y el convencimiento de que el mal es la currupción y no denunciarla. Que si existe debe ser castigada. Y que ocultarla, como dice Savater, es de entre todas las opciones la más desmoralizadora. Para rearmarnos moralmente, aunque nos coma la moral, debemos concluir que no hemos vivido por encima de nuestras posibilidades: por encima de nuestras posibilidades les hemos estado pagando la vidorra a un montonazo de vivos. Algo colectivamente grandioso, después de todo: como levantar pirámides.

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23.10.14

El mundo como voluntad y representación

Al pequeño Nicolás –"el Zelig del PP", como me escribe una amiga– le ha faltado cinismo y le ha sobrado impaciencia. Con menos ingenuidad hubiese llegado más lejos; porque ingenuidad es, al fin y al cabo, jugárselo todo al teatro, sin ningún postizo legal, como los otros. Le sería de aplicación lo que se dijo de Gabriel Ferrater: "Le hubiese ido mejor en la vida con los mismos defectos pero con menos virtudes". Hay una honradez de fondo en el impostor que se excede.

Son pertinentes, y saludables, reflexiones como la de Enrique García-Máiquez en el Diario de Cádiz, que observa con media sonrisa, no exenta de preocupación, las risotadas de la sociedad. Pero a mí la cabeza se me ha ido por la síntesis schopenhaueriana de "voluntad y representación" que encarna el individuo. Ambos términos, voluntad y representación, entendidos no en su contexto filosófico sino con su significado literal: la voluntad del que quiere algo y cómo se disfraza y actúa (¡representa!) para conseguirlo. Algo que me subyuga en mi sillón de columnista de batín.

Yo conocí a un pequeño Nicolás, Julio Romero, que tenía su familla en ciertos ámbitos del Madrid de la década de 1990 y parte de la de 2000. Se había propuesto hacerse rico antes de los veinte años, y se suicidó antes de los cuarenta. Esto último, según especulaba un amigo, porque era el último reto que le quedaba. Los anteriores los había alcanzado: aunque de ese modo imperfecto del farsante; menos seguro pero con más vida (hasta la muerte).

Los aspectos legales (o ilegales) me abrumaban: como aquel maletín con los sellos e impresos de todo tipo de instituciones y empresas, públicas y privadas, que mostraba con desparpajo a los amigos. Pero admiraba en él cómo captaba las posibilidades del mundo: las posibilidades reales, más allá de las coacciones de la mentalidad común. La gran lección es que el mundo da más de sí de lo que parece, incluso dentro de la ley. Nos cercenamos la acción por culpa de una limitación previa: la de la percepción. Y Julio Romero, que tenía algo de alucinado, poseía una percepción amplia.

Pondré un ejemplo y terminaré con otro. Una noche estaba él viendo con unos amigos el festival de Eurovisión. Era el momento de las votaciones y el logotipo de TVE, la mosca, tapaba los puntos que llevaba Bélgica. Los amigos se pusieron a teatralizar su indignación, entre risas. Julio Romero les dijo: "¿Queréis que quiten la mosca? Lo puedo conseguir". Y sin más llamó a TVE, se presentó como secretario de la embajada belga en Madrid, logró que le pusieran con un responsable, le echó una bronca por la discriminación que para la colonia belga en España suponía el que no se pudiese ver cuántos puntos llevaba su representante en Eurovisión, y le colgó furioso. Unos minutos después, ante el estupor de los amigos de Julio Romero, el logotipo desapareció de la pantalla.

El otro ejemplo, aún más representativo, también tiene que ver con TVE. Me lo contó el realizador Fernando Navarrete, hijo del mítico realizador Fernando Navarrete. Cuando era niño acompañaba a veces a su padre a Televisión Española. Un día vio a otro niño de su edad deambulando por los pasillos, solo. Se acercaron por si se había perdido, pero no: era Julio Romero. Tenía nueve años, estaba en su casa viendo la tele y de pronto se le ocurrió conocerla por dentro. Cogió dinero, se metió en un taxi, llegó al edificio de Prado del Rey y entró. Así de sencillo.

Con menos de diez años, pues, traspasó la pantalla: vio la representación por dentro. Y se sumó a ella, desde sus trucos. Para un artista o un filósofo el juego podría ser inagotable, pero para un hombre de acción no. Al final, como he dicho, solo le quedó una cosa que hacer: matarse. Dirigir su voluntad hacia el fin de la representación. Le ganó también la impaciencia por traspasar la última pantalla. O por quitarse el último disfraz.

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21.10.14

Podemos huele a viejo

Cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer (así la crisis, según Gramsci), puede colarse como lo más nuevo aquello que, en realidad, es más viejo que lo viejo. Así Podemos. Crisis, sí, es oportunidad: sobre todo para los vendedores de cuentos de hadas. Cuando la generación mejor preparada de la historia se prepare de verdad aunque sea medianamente (quizá llegue el día) aprenderá qué viejo es lo que ve como nuevo. Aunque para entonces el cuento de hadas, si se ha cumplido, se habrá transformado en cuento de terror; de ruina y de terror.

Da melancolía comprobar que la Historia es un almacén de errores de los que no se aprende. Solo cuando están calientes en la piel, como tras la guerra y el franquismo, la gente se comporta con la sensatez de un perro apaleado. La Transición, cada vez estoy más convencido, fue una simple consecuencia fisiológica del sufrimiento. La memoria carnal del dolor tiró de los delirios hacia abajo, para que no volvieran a liarla. Y asombrosamente salió bien. La novedad absoluta, en nuestra historia, han sido estos casi cuarenta años seguidos de democracia. Ese consenso de 1978 que los de Podemos, tan viejos, consideran la peste.

Las cosas van mal, pero no estoy dispuesto a aceptar el chantaje de que, para acabar con lo malo, tengamos que entregarnos a lo peor. La rabia contra el PP y el PSOE –por inútiles, por impresentables, por ser los auténticos culpables (¡irresponsables!) del desprestigio del sistema; y de su derrumbe, si se produce– ha de quedarse cortocircuitada en la idea fija de que el único camino es el Estado de derecho, democrático y occidental. Y si se hunde nos hundiremos con sus cascotes. Sin haber soñado ni un segundo en caudillismos de carácter latinoamericano como el que pretende encarnar Pablo Iglesias, el supuesto anticasta nacido de la más abyecta y repulsiva de nuestras castas: la universitaria. Y que propugna "asaltar el cielo" como los profetas del año de la pera.

(La aceleración se debe a que he combinado este finde la Asamblea de Podemos con la lectura del nuevo libro de Thomas Bernhard, En busca de la verdad. En él se recoge el discurso de la obra de teatro Con la claridad aumenta el frío, contra los cuentos de hadas. Aunque no solo el frío: aumentan también los calentones).

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16.10.14

El proceso mortadelista

En mis tiempos de guionista, cuando nos abandonábamos y un guión caía en lo fácil, con acciones gruesas y chistes baratos, nos advertíamos en el equipo: "¡Cuidado, que se nos va al Mortadelo!". A Artur Mas la historia que está trazando, o emborronando, se le ha ido definitivamente al Mortadelo. Aquello parece ya uno de los gloriosos álbumes de Ibáñez, de la serie Magos del Humor: El sulfato atómico, La máquina del cambiazo, El cochecito leré o El crecepelo infalible (este un guiño al ensaimado capilar Anasagasti, nacionalista hermano).

La cosa es ya tan patética que no puede decirse nada serio sin resultar patético también. Me he acordado del referéndum que un diputado de IU por Málaga, Antonio Romero, montó en su pueblo hace años. Invitaba a se votase (con efecto "no vinculante", eso sí) entre Neoliberalismo y Humanidad. Ganó Humanidad por abrumadora mayoría. Es cierto que no dejaron votar a los animales (ni a los marcianos), pero no hay que ponerse tiquismiquis. Lo mejor fue la sugerencia de Teodoro León Gross desde su columna en el diario Sur: que se hiciera otro en que los electores pudiesen escoger entre Humanidad y un apartamento en Roquetas.

El proceso secesionista siempre ha sido en verdad mortadelista. Ha sido meterse en un follón de tebeo. Y todo para vivir peor que hasta ahora, o con mucha suerte igual. Aparte de Ibáñez, está el elemento Disney, que le ha venido dando un acabado friendly a elementos inequívocamente reaccionarios (como en el propio Disney, por otra parte). La propia elección de la fecha, el 9 de noviembre, aniversario de la Noche de los Cristales Rotos, revela la insensatez con que nuestros nacionalistas están jugando con fuego: hacen sonar sus matasuegras en las heridas apenas remendadas de Europa.

Al final, de la declaración del presidente de la TIA, quiero decir de la Generalitat, se deduce que de lo que se trata ahora el 9-N es de matar el gusanillo. Hacer una escenificación, como cuando los trabucaires. Trajes de época, urnas de cartón, papeletas de guasa y votaciones sin censo ni ley, ni tampoco recuento: como jugar al Monopoli en el patio de Monipodi (por emplear otra agudeza de León Gross). Cataluña será ese día, por obra de quienes dicen amarla, el gran parque temático del simulacro. Un sitio donde podrá verse en directo lo que era la historia de España antes de la Constitución de 1978: una astracanada que, cuando no movía a llanto, movía a risa. Mortadelo y Arturón.

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14.10.14

Nuestra élite paleta

El momento tierno de la semana ha sido cuando algún escritor y alguna editora se han puesto a rastrear los gastos de las tarjetas black en busca de libros. No encontraron nada, aunque les dio cierto ánimo ver que había compras en la Fnac ¡y a lo mejor! Yo por mi parte pensaba que quizá los libros los adquirían con el mismo cash que se sacaban para putas y (¡u!) otros gastos vergonzantes. Aunque mirando mejor he encontrado que el de CCOO sí gastaba en librerías; concretamente en la librería Benedetti, que visitaría ya puestos y como quien va a confesarse. (¡Al menos un rasguillo diferencial de la izquierda, qué diablos!).

Conviene no olvidar que una de las primeras medidas que, al llegar a Caja Madrid, tomó Rodrigo Rato (ese individuo que, como escribe Manuel Alcántara, "por poco nos gobierna") fue la de quitarle la subvención a la prestigiosa Revista de Libros. Eso revelaba ya una mentalidad hortera y cutre, propia del que luego se gasta pastizales en lujos baratos. Lo llamativo de los gastos de nuestra élite es que no se diferencian en nada de los que hubiera tenido cualquiera del populacho de haber dispuesto de las mismas cantidades. Nuestra élite, de hecho, no es mas que eso: populacho con pasta. Los becerros a los que les ha tocado el Gordo socioeconómico, eructando entre descorches de champán (con la etiqueta del precio).

Más allá de las cuestiones legales, e incluso de las morales, son las estéticas las que trazan aquí la radiografía. Las tarjetas black son la caja negra de nuestra clase dirigente. Aunque no son opacas, sino de una transparencia angelical: no nos dicen nada que no saltase a la vista. España se ha caracterizado por la asfixiante mediocridad de sus élites, compuestas por unos individuos que no son más que paletos con poder y por lo tanto patanes. Algo que es fruto (o emanación) naturalmente del sistema, o del país, o de la sociedad, o de lo que sea: puesto que solo unos cazurros capaces de gastarse el dinero de un modo tan adocenado son los que pueden rebañarlo aquí. Los finos de verdad, los que hubieran podido hacer gastos grandiosos (¡un Luis Antonio de Villena!), están tiesos.

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9.10.14

Días en Madrid (y2)

Nos quedamos en el Hay Festival de Segovia, sobre el que Anna Maria Iglesia, a la que me encontré allí, ha escrito una completa crónica. Mis acompañantes y yo, sin embargo, no asistimos a ningún acto más. Y mientras Vargas Llosa, Le Clézio y otros escritores sin el Nobel estaban en sus cubículos impartiendo sus charlas, nosotros nos dedicamos a disfrutar de la ciudad. Un "¡nada cultural!" redivivo, que se interrumpió con la visita a la Casa-Museo de Antonio Machado. Emocionante.

Pero quería seguir hablando de periodismo, para enlazar con la mesa redonda de Arcadi Espada y Alfonso Armada. Durantes mis días en Madrid he estado de comida y copas con bastantes periodistas, unos de redacción, otros freelance, de medios de papel y medios digitales. Hay una preocupación generalizada por la falta de dinero y la precariedad. Y unanimidad sobre un asunto: jamás ha habido mayor presión sobre el periodismo por parte de un gobierno como con este del PP. ("Ni con el PSOE", insistían, en conversaciones distintas, columnistas de derechas). Los nombres que salían: el del presidente Mariano Rajoy, el de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y el de la secretaria de Estado de Comunicación Carmen Martínez de Castro. "Hoy, para conseguir una columna en papel tienes que arrastrarte ante Martínez de Castro", dijo un columnista digital que le dijo un columnista de papel (¡fuentes bien informadas!). "¡Es que no hay dinero!", sentenció otro, como explicación de los males de la prensa.

Esto no me pilla de nuevas, naturalmente. Y en Andalucía pasa lo mismo con las presiones del PSOE, me lo cuentan mis amigos periodistas andaluces y me sé la historia de Félix Bayón con la Junta. En estas luchas lo novedoso es el debilitamiento de una de las partes. Y lo novedoso ahora es la tremendo debilitamiento de la prensa. La ventaja, no monetarizable, es que ha vuelto el sarcasmo a las conversaciones. Los encuentros han sido todos pródigos en carcajadas. (La Orquesta del Titanic emite, de momento, risas).

Lo que no deja de sorprenderme es el impulso antidemocrático que se le manifiesta al que pilla un poquitín de poder. El lobo de Hobbes está al acecho, y la conclusión es que no hay que esperar nada de los poderosos (y poderositos), sino reforzar los controles sobre ellos, que tengan antagonistas y contrapesos. Yo pensaba que una mayoría absoluta del PP sería buena, para desmontar el zapaterismo. Pero no hay nada que hacer. La premisa aquí es que toda tropa es impresentable. Y que lo que va en la masa de la sangre de hunos y de hotros no es la democracia. Otro ejemplo de estas jornadas: la presentadora de televisión que llama al director de un periódico para que "tome medidas" contra el periodista que ha escrito contra ella... El nivel es bajo: todo el que tiene un telefonito, lo usa. (Hay selfies de la propia imagen social que se esculpen a machetazos).

En esos días dimitió Gallardón, murió Boyer y declaró en el juzgado Esperanza Aguirre. Gallardón presentó la semana siguiente la nueva novela de Juan Manuel de Prada, del que me habían contado que una vez llamó a una emisora de radio para protestar por que no habían dado la noticia de que le habían otorgado el Garbanzo de Plata... (Noticia que yo sí hubiera dado, sin lugar a dudas). A propósito de Boyer, yo me acordé mucho de los de Podemos: porque Boyer fue una especie de podemista en su día, y cabe pensar que algunos podemistas acabarán pareciéndose a Boyer. Una evolución que será tan positiva como regocijante.

Un amigo profesor de instituto de la Comunidad de Madrid, por cierto, me contó una escena reveladora. El día de la dimisión de Gallardón, una profesora del PSOE y otra de Podemos aparecieron en el mismo pasillo, cada una por una punta. La del PSOE, al ver a la otra, levantó los brazos haciendo uves con los dedos y le gritó alegre: "¡Hemos ganado, hemos ganado!". La de Podemos ni se inmutó. Ni esbozó media sonrisa, dejando a la otra colgada de sus intentos de confraternización. "Ellos están en otra cosa –dijo mi amigo–. Los del PSOE todavía se piensan que aquí hay un bacalao que repartir, pero en lo único que piensan los de Podemos es en despreciarlos y en cortarles la cabeza".

Me hablaron también de interioridades de una gran empresa multinacional, de un partido político y de un gran club de fútbol. El esquema siempre es el mismo: maniobras, traiciones, enchufismo y compras; intento de callar las voces críticas, y recompensa para el que calla o aplaude. Escribo esto y de pronto me veo como Paco Martínez Soria sorprendido con la capital. No es nada nuevo, ya lo sé: la lucha por la vida de toda la vida. Pero llama la atención conocer los detalles: ponerles caras, saber los procedimientos exactos. Uno de los atractivos de Madrid es esa sensación de que se da un extra de realidad. Acongoja un poco, pero también electrifica, y revitaliza.

Y es esa energía la que me gusta traerme a Málaga. Es bonita también su estela, ya en los días malagueños: el mar con vibración de Gran Vía; las terrazas con crepitación de Malasaña; las ganas de hacer cosas, atravesando el futuro inminente de indolencia.

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7.10.14

Días en Madrid (1)

He pasado casi dos semanas en Madrid, viendo a mucha gente, contra mi costumbre, y tomándole otra vez el pulso a la ciudad en la que me gustaría vivir si pudiera permitírmelo. Ya lo hice en tres periodos (1985-1987, 1993-1994 y 1999-2005; más unos meses de 2007) y volver a ella es volver también a mi vida.

El grito de guerra en mis viajes suele ser "¡Nada cultural!", porque prefiero callejear antes que meterme en catedrales y exposiciones: no la vida embalsamada sino la que corretea. Pero esta vez me he terminado metiendo mis buenas dosis de cultura; quizá porque en Madrid a los dos días ya me he instalado en un cierto ritmo cotidiano. Los días que estoy la habito, al cabo, como si viviera aquí siempre. Con un pelín más de intensidad, eso sí.

He ido dos veces al cine, a los Ideal, para ver El hombre más buscado (la despedida de Philip Seymour Hoffman: una de las más bellas y desoladas de la historia del cine) y El niño (con la sala llena pese a ser cine español: el espectador solo busca no dormirse, y que no le prediquen). El último día estrenaron Torrente 5, del genio de los negocios Santiago Segura; pero a esa hora yo tenía teatro: la obra montada con textos de Thomas Bernhard Con la claridad aumenta el frío, que es un pastelito para los bernhardianos y un estímulo para los que quieran serlo (seguirá en el teatro de la Abadía hasta el 19 de octubre).

He ido a tres exposiciones, mientras pasaba de largo ante la de El Greco-Picasso, que venía a ser el Torrente de la pintura. En el museo Lázaro Galdiano asistí a la inauguración de Enrique Marty, evento patrocinado por los productos de Castilla y León, que pusieron un contrapunto de charcutería de la buena a los cuadros y esculturas. Una mañana de diario, tras darme un agradable paseo por el Retiro, vi la espléndida exposición del afroamericano, como se dice ahora, Kerry James Marshall en el palacio de Velázquez. Y luego la de Richard Hamilton en el Reina Sofía, que está muy bien y sobre todo contiene un documental sobre su relación con Marcel Duchamp y su reproducción del Gran Vidrio.

Estuve en dos presentaciones de libros: la de Lo que a nadie le importa, de Sergio del Molino, que hizo el cantautor Víctor Manuel (¡cierra la muralla!) en la librería Tipos Infames; y la de El compromiso del creador, de Félix Ovejero, que hizo Andrés Trapiello en La Central del Reina Sofía. A mi lado se sentó la M. de los diarios de este último, que resultó ser la persona que hace la pregunta larga de todas las conferencias. Tuvo su gracia este acto, porque en el AVE a Madrid me había estado leyendo precisamente el volumen de homenaje a Trapiello Vidario, cuyos dos mejores textos son el de Ovejero y el de ella (Miriam Moreno). Me leí además durante mi estancia el dietario Escaramuzas, de Antonio Martínez Sarrión, "el mejor poeta de Albacete", según su examigo José María Álvarez (que es de Cartagena): de un ideologicismo ramplón pero de deliciosa lectura. Y la última novela de Javier Marías, Así empieza lo malo, que se puso a la venta cuando llegué a Madrid y que a los mariístas acérrimos nos ha parecido sobrante.

A caballo entre las actividades culturales y lo que quiero contar el próximo día, estuvo la mesa redonda del Hay Festival de Segovia, con Arcadi Espada, Alfonso Armada y el excorresponsal en España (creo que entendí ex) del Frankfurter Allgemeine, Paul Ingendaay. Este empezó alertando de que su periódico estaba retirando a sus corresponsales de bastantes sitios, y la conversación siguió por el tema de la doble crisis del periodismo: la debida a la crisis económica general, y la debida a la crisis de formato por la irrupción de internet. Mientras filosofaban agradablemente, con mi asentimiento, caí en la cuenta de que he trabajado tanto para Espada (en Factual) como para Armada (en Frontera D), y que de ninguno de ellos recibí un céntimo por mi trabajo. Si bien es cierto que el segundo nunca lo prometió.

(Continuará)

[Publicado en Zoom News]

5.10.14

¡Cierra la muralla!

La palabrita ya se las trae: ¡cantautor! Es tan fea, que ni a ellos les gusta. Pero si alguien se merece ser llamado cantautor es precisamente un cantautor. Lo que hacen es justo lo contrario de la canción ligera, esa expresión tan preciosa. Lo de los cantautores es la canción pesada. Y ellos son los pesados de la canción, los pesados de la música.

En sentido estricto, hay muchos tipos de cantautores. Hay muchos cantantes del rock y del pop, y de otros géneros, que escriben sus propios temas. Pero a ellos, cuando son buenos, cuando no dan la tabarra, el público soberano no les llama nunca así. Cantautor es solo el personaje que se nos representa en la mente cuando decimos cantautor. El público soberano parece que se reserva el término para apedrearlo con él, para vengarse un poquito. Igual que solo utiliza tuno para humillar a un tuno. (Aunque algunos espíritus sofisticados utilizan tuno para humillar también a un cantautor).

Aquí en España los cantautores forman parte el paisaje del franquismo. Da igual que en teoría se opusieran a él: son un elemento de su estética. Hoy el famoso concierto de Raimon en la universidad de Madrid se confunde con los discursos de Franco en la plaza de Oriente. Multitudes del no y multitudes del sí, orilladas por el tiempo. Raimon vendría a ser la otra cara de la misma moneda; concretamente el águila, en el reverso de la cara de Franco. Esta última no “al vent”, sino al sol. Con la camisa nueva. A diferencia de la de Raimon. Y no digamos de la de Paco Ibáñez.

El aporreador de guitarras Raimon, y el sudador de camisas Paco Ibáñez. Y tendríamos también a Serrat, el asesino de poetas. Franco mató a Lorca, pero Serrat ha matado a Machado y a Miguel Hernández. Dos a uno. Con una diferencia: Franco mató al hombre, pero dejó limpia la obra. Hoy podemos leer a Lorca entero sin que se nos cuele Franco. A Machado y Miguel Hernández, en cambio, es imposible leerlos sin que nos asalte Serrat, la musiquilla de Serrat, el sonsonete de Serrat, el trémolo de la garganta de Serrat, ese pronunciar con la boca horizontal de Serrat. Hay zonas de la obra de Machado y Miguel Hernández absolutamente intransitables, porque por los recodos de sus caminos te asalta el bandolero Serrat.

El mito de que son grandes letristas, los cantautores. Como si no bastara el estropicio que hacen con los versos de los que sí son buenos poemas. La relación de estos señores con la poesía es de destrucción. Si no entienden la ajena, si no saben respetarla, ¿qué puede esperarse de cuando son ellos los que se ponen a (¡oh oh!) escribir? Les salen más tópicos por centímetro cuadrado que a un locutor deportivo. El truco se les huele a la legua: esa sensibilidad a flor de piel que trasluce una sensibilidad de piedra pómez; esas metáforas trilladas; esas reivindicaciones de funcionarios de la reivindicación; ese desenfado de monaguillos esforzándose por desenfadarse... Y en un momento dado de sus trayectorias, todos, en un alarde de originalidad, tienen la brillante idea de escribir una canción cuyos versos terminen en esdrújula.

¡Y el mito del compromiso! Alguno tienen, claro. Pero ha de ser un compromiso muy masticadito y nada conflictivo; un compromiso adocenado en el fondo, que no disguste a la afición con cosas raras. Contra malos objetivos, sobre los que no haya discusión, como Franco o Pinochet; o contra entidades diabólicas cuya denostación concuerde con la ideología que se profesa: el imperialismo yanqui, el capitalismo, el consumismo... Pero si de pronto aparece un dictador como Fidel Castro, el compromiso ya se tuerce. Como se tuerce, ante su uniforme (o ante el uniforme del Che Guevara o el de Hugo Chávez), el supuesto antimilitarismo. El compromiso del cantautor está regido por un riguroso semáforo ideológico. La canción protesta solo protesta cuando se enciende la verde. En tanto se mantiene la roja, comulga con ruedas de molino.

Es muy gracioso, por lo demás, cómo se adornan en las entrevistas. Pese a sus simplificaciones, hablan siempre de la complejidad del mundo. Pese a lo clarito que lo tienen todo, se exhiben como seres que dudan. Esta es del tipo de la que yo llamo duda cosmética. Una duda de pose, porque se imaginan que debe de combinar con las sandalias. Pero ni en ellos ni en sus letras hay duda en absoluto. Estas trazan un mundo riguroso, implacable, de buenos y malos; en el que los buenos son gente muy parecida a ellos. Hablan de abrir la muralla y de cerrar la muralla; siempre ellos con la llave y la voz, y sin que se les ocurra ni por un momento que a lo mejor es a ellos, a los cantautores, a los que querríamos darles con la muralla en las narices.

[Publicado en Jot Down en papel 7, especial desmontando mitos]

2.10.14

La oportunidad perdida

A Joan Manuel Serrat, con lo que era Serrat, con lo que se le quería, lo abuchearon en Málaga cuando cantó una canción en catalán. Debía de ser 1983 o 1984, en el teatro Alameda. Yo estaba allí. Y abucheé a los abucheadores. No fue un gesto mío solitario. Formaba parte de la mayoría. La inmensa mayoría del público abucheó a los abucheadores, que eran muy pocos. Tales eran las pedagogías de la Transición.

Durante años me he acordado de aquel abucheo al catalán, con vergüenza por mis conciudadanos malagueños. Hasta que un día caí en que lo revelador de aquella velada no fue el abucheo de los palurdos que, como escribió Antonio Machado, "desprecian cuanto ignoran". Lo revelador fue el abucheo que recibieron ellos. La defensa activa, que la mayoría hizo de Serrat y su canción.

Recuerdo también a una compañera del instituto, hija de un guardia civil, que decía con naturalidad Euskadi. Y al profesor de tercero de BUP leyéndonos un poema en gallego de Rosalía de Castro. Y un concierto en euskera de Mikel Laboa en el Johnny de Madrid, en 1985 o 1986, en que todo fueron aplausos. De nuevo en Málaga, en la universidad, otro profesor nos leía poemas de Joan Margarit, Pere Rovira o Gabriel Ferrater... Yo mismo me aficioné a las ediciones bilingües de poetas catalanes, en especial las de Visor, con sus libros negros: Gimferrer, Joan Brossa, J. V. Foix, del que adoraba el título Sol, i de dol (Solo, y dolido).

Los nacionalistas no se dan cuenta de la oportunidad que han perdido. Durante aquellos mismos años estaban fomentando el ceporrismo en sus zonas. Mientras la España monolingüe se abría (arrastrando a la mencionada minoría recalcitrante), ellos cerraban sus lenguas, las imponían en la medida de su poder, las convertían en chiringuitos. La lástima es que el franquismo fue una gran vacuna antinacionalista solo en las regiones que no contaban con un nacionalismo de repuesto. Donde este existió, ha terminado pareciéndose al franquista, porque el nacionalismo es lo que es.

También en los años ochenta estaban todo el tiempo en la televisión y de gira por España las compañías catalanas de teatro. Por Málaga pasaban con frecuencia Els Comediants, Els Joglars, La Fura dels Baus, Dagoll Dagom... Ahora uno de esta última compañía, el individuo Joan Lluís Bozzo, ha evacuado en Twitter, a propósito de la suspensión cautelar del referéndum secesionista por parte del Tribunal Constitucional: "La decisió del TC recorda les codemnes a mort del franquisme: ja venien signades abans que es reunis el tribunal". Esto era un país que se estaba civilizando pero que contenía brutos que lo embrutecían.

[Publicado en Zoom News]

30.9.14

Grasa de sandalia

El clímax de la firma de Artur Mas del decreto de convocatoria de su referéndum ha sido en verdad un anticlímax. La esperábamos, pero sobre su obscenidad se impuso el absurdo, esos vacíos de lo real cuando se pone bobo. A mí me pilló camino de Segovia, donde intervenía Arcadi Espada en uno de los actos del Hay Festival. Al saludarlo vi que tenía una arañita trepándole por el hombro, quizá camino de sus greñas, y pensé en la simbología de las épocas pasadas. Pero me limité a quitársela con la mano, sin interpretación.

Las fotos de la firma las vi luego en el iPhone, mientras intervenía Espada, hablando no de Cataluña sino de periodismo. Me pareció vulgar, la firma. Y sentí pereza: una pereza sólida, como la que se tiene ante las necedades. Ni siquiera enfado ya, ni por supuesto escándalo: pereza. Como cuando uno va por la calle y aparecen los tunos. Solo que Mas y sus cómplices ni siquiera son unos tunos saltarines, sino sacerdotales, pomposos. Ponerse trascendentes con el "Clavelitos".

Estupor, quizá. Pereza y estupor. A lo que no me acostumbro es al contraste entre los trajes de funcionarios o ejecutivos y el golpismo de fondo. Todos esos señores hechos un pincel para cargarse un país democrático. El traje sí casa con la corrupción, y de hecho viene a ser su uniforme. Pero vestirse de institucional para transgredir lo institucional es algo que chirría.

En este sentido, solo había un elemento coherente allí: las sandalias de David Fernández, que parecen diseñadas para pisotear constituciones. Esa especie de tricornio de Tejero para el pie se alzó contra Rodrigo Rato, pero no contra Jordi Pujol en su comparecencia del día anterior a la firma. El carácter justiciero de las sandalias CUP viene regulado por el semáforo del nacionalismo, que le pone intermitencias a la lucha de clases.

Si no estuviéramos tan habituados al despropósito de estos últimos años, en que los enchaquetados ejercen de bandoleros, percibiríamos con nitidez que esas sandalias son el centro intelectual de la foto, el eje sobre el que pivota. Son la batuta de esta charanga regresiva. Y es en su grasa en la que se está cocinando este tostón.

[Publicado en Zoom News]

25.9.14

Rajoy como nasciturus

Se puede afirmar que Rajoy es nuestro gran nasciturus: el que finalmente va a nacer, con cosas como la de Gallardón. Gustazos del poder, venganzas en su punto exacto de frialdad, cadáveres políticos de quienes nunca fueron nada más que morituri... Desde la serie Yo, Claudio no habíamos visto un maquiavelismo (a la romana) de este calibre. Si se trata de maquiavelismo, que es la interpretación por la que yo me decanto.

El bucle de la nueva ley del aborto, finalmente no nacida, ha sido tan absurdo que me cuesta creer que fuera una chapuza sin más. No es que en nuestra política escaseen las chapuzas, pero esta vez me parecía demasiado. Salvo como estricta maniobra de distracción, no tenía ningún sentido revolver un asunto que cuenta con un amplísimo consenso social, tal y como está de desconsensuado el país. Las encuestas que al parecer han asustado a Arriola (susto extraño en un sociólogo) se olían en la calle: las narices comunes eran aquí demoscópicas.

Mi novela es que todo lo tenía pensado Rajoy, desde el momento en que nombró a Gallardón ministro. Quiso tenerlo en el gobierno, para que no diese guerra fuera. Y dentro del gobierno acabar con él. Lentamente, un despellejamiento minucioso; o una reducción a cenizas, hasta soplarlas. Solo hacía falta que el propio Gallardón, como no podía ser de otra manera, se enredase. Ahora se va, y ya tampoco es nada para los únicos para los que era algo: los progres que le daban bola sin pensar darle nunca votos.

Yo, que observo la política con cierta dosis de literatura, estaba sorprendido por un fenómeno que se producía con este presidente del gobierno; o mejor dicho, por un fenómeno que no se producía con él: el poder no le había aportado aura. Suárez, González, Aznar y Zapatero experimentaron un cambio físico: se les notaba la investidura. A Rajoy no. Pero su presidencia rocosa, resistente, ha ido segregando con trabajo un halo, que sigue siendo gris pero al que ya se respeta. O se teme. Porque de esa especie de bruma salen a veces golpes letales, como el que ha recibido ahora Gallardón. "Aviso para navegantes", se lee tras cada uno de ellos. Y los barcos tienden cada vez más a quedarse quietecitos.

Está naciendo un hombre de poder donde menos se esperaba: en el presidente Rajoy. Y ahora se va a China.

[Publicado en Zoom News]

23.9.14

La izquierda zen

A mí me hace mucha gracia la pareja Pablo Iglesias-Tania Sánchez, qué quieren que les diga. No por machismo, sino porque soy una maruja (bueno, creo que decir "maruja" ya es machista). Me hacen mucha gracia las parejitas en general, y las parejitas políticas en particular. Yo tenía una amiga de Convergència que, cuando me anunció que iba a casarse con otro de Convergència, tuvo que resignarse a mi chistecito: "Es que si los de Convergencia no convergéis, apaga y vámonos". También Podemos (Iglesias) e IU (Sánchez) deben converger por la fuerza del amor. Aunque me consta que en IU (quitando a Sánchez y a algún otro) odian a Podemos. Un odio mercantil dentro de la izquierda: "Estos se están llevando a nuestros clientes".

Volviendo a Iglesias-Sánchez (¡lo siento!), no sé exactamente quién le enseñó calma a quién. Yo conocí primero la calma de Iglesias, y luego he visto la calma de Sánchez, y las he identificado como dos calmas de la misma familia. En los otros dos líderes de Podemos, Monedero y Errejón, también se da, componiendo entre todos una gran comuna de la calma. Se me ocurren dos explicaciones: o la ideología selecciona personalidades calmadas, o se ponen la calma para ir a las tertulias como quien se pone corbata. (En Sánchez el símil nos daría una corbata andrógina, lo que ahora mismo no sé si es machista o feminista).

Lo cierto es que destacan. Están logrando transmitir que "la casta" es gritar, que la crisis la han traído unos epilépticos, y que ellos se mantienen fuera de un modo notablemente televisivo. Su exhibición zen está convenciendo a muchos de que ellos lo resolverán todo como unos samuráis. Lo paradójico está en que ese público que los admira, y que les hace tener tirón de audiencia, es el que se echa al fango de las tertulias; algo que ya venía haciendo desde antes de que la izquierda zen apareciera. Al cabo, esta entra en el juego con una novedad que es solo de apariencia, no sustancial. Los tertulianos de Podemos (más Tania Sánchez) aportan modales novedosos, pero tras esos modales se encuentra el pétreo tertuliano televisivo de la actualidad: con sus tópicos, su empecinamiento, su maniqueísmo, sus golpes de efecto y sus simplicaciones. La sabiduría está en otra parte.

[Publicado en Zoom News]

19.9.14

Jot Down 8



Ya me ha llegado el número 8 de Jot Down, en papel, que lleva en venta desde principios de septiembre. Se puede adquirir en algunas librerías (en Málaga, por ejemplo, está en Luces) y por la web.

18.9.14

Sacar los tanques

El nacionalismo es hoy en día un pancismo, más que nada, o un escapismo: un aparatoso montaje sobre un fondo de confort. Pero por dentro están sus turbiedades románticas, que reclaman tragedia: algo grande, sublime, una sacudida histórica que recordar. Algo con lo que luego se pueda erigir estatuas, pintar cuadros, escribir novelas, filmar superproducciones, hacer videojuegos, surtir las tiendas de disfraces... Las conmemoraciones de nuestros nacionalistas están llenas de trajes de época, y se intenta, en vano, que los del presente sean también "de época" en el futuro: que el trajecito de Artur Mas quede como algo más que como vestimenta de funcionario.

Pero las independencias que se consigan, la de Cataluña, la del País Vasco, serán mediocres y sin batalla. Muertos ha habido ya un montón, pero no en guerras sino en crímenes; y adjudicables en su inmensa mayoría a la causa que va de victimista, la que anhela movida. En cierta izquierda hay también una ansiedad de épica, una pretensión que sobrepasa con mucho la realidad. Recuerdo que cuando los Mossos d'Esquadra desalojaban la plaza de Cataluña de Barcelona, uno de los indignados gritaba (en catalán): "¡Nos están matando a todos!". La carga fue dura, brutal incluso, pero quedaba muy por debajo de la película que se había montado el manifestante. Un individuo que, por cierto, no tendría ya derecho a decir nada si le tocara un Tlatelolco: ha arruinado la frase para cualquier matanza de verdad.

Y aquí está el truco, me parece: se gastan frases exageradas a sabiendas de que no va a haber una circunstancia real que las requiera. En los países de la Europa democrática, aburridos hasta en sus crisis, hay mucho margen para la proyección, para la fantasía. Lo último viene siendo, por volver al nacionalismo, lo de "sacar los tanques". Es muy interesante, porque son los nacionalistas los que se los guisan y se los comen. No ha sido nadie del Gobierno, sino un nacionalista del PNV, Aitor Esteban, el último que lo ha dicho. Pero ya se oyen réplicas por ahí como si lo hubiera dicho el Gobierno. Se trata de un circuito cerrado de ventriloquismo en que los nacionalistas (con buena parte de la oposición, y de la prensa) increpan a su propio muñeco.

Pero no habrá tanques. Habrá, si la hay, una independencia funcionarial, y los monumentos tendrán que erigirse en honor de un expediente. La única épica será la del desgarrón administrativo. Y el tedio, genuina patria de Europa, no tardará en reconquistar los territorios independizados (en un contexto, si acaso, de mayor pobreza). En El bucle melancólico, Jon Juaristi se imaginaba a un hipotético País Vasco independiente como un parque temático que sería "una combinación del franquismo tardío con el Principado de Andorra". Y Albert Boadella, en una conferencia de hace dos años, descartaba sin más la hipótesis truculenta de "los tanques" y se limitaba a hablar de la lata y el coñazo (a partir del 1:17:57). Nuestra tragedia, esta sí de verdad, es que no tiene sentido sacar tanques ahora, ni serviría de nada. Pero sí tendríamos que haber sacado antes el Estado.

Por lo demás, la última vez que alguien sacó los tanques en España fue el golpista Miláns del Bosch. Para acabar con la misma Constitución con la que quieren acabar los nacionalistas. Estos, como no me canso de repetir (con regodeo mórbido), son lo más parecido que tenemos hoy a los franquistas: los equivalentes multitudinarios a los pocos del aguilucho. Y son ellos, los nacionalistas, los que pueden terminar dándole la razón al "atado y bien atado" en este país de todos los demonios.

[Publicado en Zoom News]