31.12.13

La motosierra

De la Navidad me gustan solo las luces, las mudas luces, y el plus de calidez en los encuentros con los conocidos; esa “costumbre de calor” de que hablaba Jaime Gil de Biedma. El resto (su estética, su música, sus petardos, sus multitudes, sus gastos, sus atracones, sus babas) me produce entre irritación y melancolía.

Entre los motivos de esta última están las felicitaciones que se curran los amigos dedicados a las artes plásticas y al diseño, quienes parecen quemar las naves para que nadie los contrate el año que entra. Por fortuna, no son castigados y siguen facturando. La tarjeta más delictiva de este año es una que representa un árbol de cuyas ramas penden, como frutos, palabras de excelso rollo: Tolerancia, Cultura, Esperanza, Sentimiento, Respeto, Apoyo, Camaradería, Equilibrio... y así hasta treinta y tres (sin duda, una cifra estudiada). Dan ganas de coger la motosierra y podarlas todas.

A mí el pensamiento positivo me deprime, mientras que el negativo me estimula. Con el primero parece que le toman a uno por tonto, o por niño. Ya decía Kant que la Ilustración era la entrada del hombre en la mayoría de edad. Y una de las cosas de las que hay que desprenderse es de ese intento de hacer con las palabras magia simpática. Como si la mera enunciación convocara a la cosa, sin hacer nada efectivo por que la cosa se realice. Algo muy propio, por cierto, de nuestros políticos (socialdemócratas y no). Baste recordar aquellos “brotes verdes”, cuya maceta era la boca de la ministra y su único riego ser mencionados ante los micrófonos. Hoy seguimos teniendo estiércol sin nada.

Para animarse, definitivamente, hay que recurrir a los pesimistas. No para ser tan pesimistas como ellos, sino para que nos saneen el árbol. Ellos son nuestra motosierra. Mi favorito, como el de muchos, es Cioran. Picoteo en un libro suyo –Desgarradura– y encuentro justo lo que necesitaba:

¡Huir de los embaucadores, no proferir jamás un sí!

Imaginar únicamente cosas que nos gustaría rumiar en una tumba.

Todo proyecto es una forma encubierta de esclavitud.

Existir es un plagio.

Ser es estar acorralado.

¿Qué es el dolor? Una sensación que no quiere pasar inadvertida, una sensación ambiciosa.

En el Zoo, todos los animales se comportan decentemente salvo los monos. Se nota que el hombre no anda muy lejos.

Fundar una familia. Creo que me hubiera sido más fácil fundar un imperio.

Ese hombrecillo ciego de apenas unos días que mueve la cabeza en todas las direcciones buscando no se sabe qué; ese cráneo desnudo, esa calvicie original; ese simio ínfimo que durante meses ha residido en una letrina y que, olvidando sus orígenes, pronto escupirá a las galaxias...

Mi misión es matar al tiempo, la suya matarme a mí. Se está perfectamente a gusto entre asesinos.
Y me encuentro también (¡esto sí que es magia simpática!) con el siguiente, sobre nuestro asunto del principio: “Un poeta español me envía una tarjeta de felicitación en la que aparece una rata, símbolo, me dice, de todo lo que podemos esperar del año. De todos los años, podría haber añadido”. Ahora sí puede venir ya el 2014: ¡estamos preparados!

[Publicado en Zoom News]

26.12.13

La superioridad moral de la derecha

Esta posición mía transversal, tan incómoda (¡y desamparada!) como divertida, me permite juegos retóricos que para los que se encuentran acoplados en su sectarismo particular serían imposibles. Casi me atrevería a decir que impensables. El efecto (que añade incomodidad, desamparo y diversión) es el de un teatro de títeres en que los personajes se dan cachiporrazos acusando a los otros de sus propios defectos.

Yo, que soy de izquierdas (¡aunque no lo parezca!) pero picoteo gustosamente en la derecha, me regocijo al ver a esta pillada en ese circuito. Suelo estar de acuerdo con las críticas que la derecha le hace a la izquierda, y me enfada que la izquierda se mantenga impermeable. Pero a la vez percibo cuantísimos de los defectos que la derecha le atribuye a la izquierda los padece la derecha misma. La pulsión estalinista, por ejemplo.

Nunca olvidaré los días en que hizo campaña unánime contra Fernando Savater cuando este apoyó los planes sobre ETA de Zapatero, al principio de su mandato. Ya entonces creí que Savater se equivocaba, como él mismo reconocería más tarde, pero me pareció obscena la denostación de que fue objeto. Recuerdo que se repetía en las tertulias: “Todo su prestigio se ha derretido como la mantequilla”. Los supuestamente antiestalinistas demostraron ser unos virtuosos del estalinismo.

Ahora con el aborto nuestra derecha ha demostrado ser también (¡déjenme jugar!) zapaterista. En efecto, si quitamos el contenido concreto y nos quedamos con lo que más importa, es decir, la estructura, ¿qué es la nueva ley del aborto de Gallardón y Rajoy sino eso tan de Zapatero de introducir, por fe ideológica, un elemento de discordia en la sociedad donde no lo había? Algo que la sociedad tenía resuelto (llámese guerra civil o llámese aborto) llega el gobernante, mete el palitroque y lo estropea. ¡Ya tenemos entretenimiento (y derroche absurdo de energía) por otra temporada!

La reacción de la izquierda, por supuesto, ha sido patética. ¡Pedir unidad a estas alturas, ella! ¡Y que el PSOE llame incluso a “las mujeres del PP”, con lo que ha demonizado al PP (incluidas sus mujeres)! La credibilidad que la izquierda ha perdido ella solita se echa en falta justo en casos como este: cuando se presenta una lucha no quimérica ni falaz, como casi todas las otras, sino realmente progresista.

Y a nuestra derecha le ha brotado además, con el zapaterismo, algo que le provocaba mucha risa visto en la izquierda. Un ejemplo inmejorable es el artículo de Cayetano González en Libertad DigitalEl aborto y la ‘superioridad moral’ de la izquierda”... que no se equivoca del todo en cuanto se refiere a la izquierda pero que está escrito con una superioridad moral tan autoblindada y ciega como la otra. Es el ping-pong sectario interminable. (¡Y me adelanto al lector reconociendo que mi tonillo es también de superioridad moral!).

[Publicado en Zoom News]

24.12.13

El discurso de la Corona

Esta noche habla el Rey, pero mi impresión es que el discurso de la Corona lo he venido dando yo todo el año. Quitando mis pullas y mis denostaciones, que, aunque dicharacheras, difícilmente podrían encuadrarse en la campechanía borbónica, lo que suele haber por debajo de mi discurso es una defensa prioritaria del Estado de Derecho y la democracia (¡formal!). Algunos amigos se burlan diciéndome que mis artículos tienen a veces un tono entre de editorial de periódico importante y de negro de don Juan Carlos. Y reconozco que puede ser verdad. Siempre y cuando se precisara que ese negro toma a veces como blanco también al Rey.

La gran carencia en las llamadas de atención institucionales de la Corona es la llamada de atención institucional a la propia Corona. Algo que yo me tomo gustosamente la libertad de suplir. Parece que hoy, según anuncia la prensa, asistirán a la cena de Nochebuena en el palacio de la Zarzuela la infanta doña Cristina e Iñaki Urdangarin. Con ello quedará refutado el discurso de Su Majestad de hace dos Navidades y deja bastante tocado, antes de que se pronuncie, el de la presente. Diga lo que diga, que será sensato en su mayor parte, quedará lastrado por ello. Una grave irresponsabilidad, a mi juicio. En el sentido general, y no constitucional, de la palabra.

Últimamente se ha hablado mucho de la irresponsabilidad que el artículo 56 de la Constitución le otorga al Rey. Se trata de un blindaje que trata de salvaguardar el carácter simbólico de su figura, cuyo valor no está en la potestas (el poder efectivo, del que carece) sino en la auctoritas (la dignidad y el prestigio). Había un pacto implícito ahí, a mi manera de ver, y es que esa irresponsabilidad reconocida por la Constitución exigía un comportamiento sumamente responsable, impecable diría, del hombre que encarnara a esa figura. La irresponsabilidad vendría a ser la protección externa para que el beneficiario concreto de ella actuara, sin interferencias, con alta responsabilidad. Cuando no es así, el invento completo queda estropeado.

Leo que tras el discurso del Rey reaparecerá en TVE, tras su largo ostracismo, Fernando Esteso. El bellotero pop de la Ramona, el zurriagazo, los niños con los niños y el ajo era un picador. Me temo que no va a ser lo menos llevadero de la noche.

[Publicado en Zoom News]

19.12.13

Vísperas del 14

Ya se vence diciembre hacia el lado de allá. En nada estaremos en el 2014, un año que terminará teniendo sus contenidos específicos pero que empieza siendo el año de los centenarios. Aquí en casa, o en un rincón de casa, el centenario cejijunto de 1714. Y en la dirección opuesta, es decir, la de Europa y el mundo, el de 1914. Están relacionados, porque una de las causas incuestionables de la Primera Guerra Mundial fue el nacionalismo. Qué papelón van a hacer nuestros catalanistas en la escena internacional del año que viene: algo así como si en una conmemoración por los muertos en accidente de tráfico se presentaran dos juerguistas disfrazados de Ortega Cano y Farruquito.

Han salido ya varios libros que analizan la Primera Guerra Mundial y/o sus causas. El que yo recomiendo es 1914. De la paz a la guerra, de Margaret MacMillan, en cuya edición española (de Turner, casi simultánea a la inglesa) he participado, lo que me ha permitido leerlo intensamente. El libro se ocupa de las causas –desde la segunda mitad del siglo XIX y, sobre todo, los primeros trece años y medio del XX–, y termina cuando comienzan los cañonazos. Su tema no es propiamente la guerra, sino la paz que se acaba.

Impresiona cuando se pone la lupa en un determinado periodo histórico que teníamos en la cabeza en forma de párrafo y se aumenta hasta las ochocientas páginas. Aflora de todo (personajes, anécdotas, sucesos, planes, informes, detalles de la vida cotidiana) y aquello se convierte en un mundo. Un mundo cargado de tensión –narrativa y vital– porque sabemos que va a ser destruido. Pero dentro de aquel mundo, como transmite con precisión Margaret MacMillan, estaban vivas todavía las posibilidades de que se evitara. Hasta el ultimísimo momento, incluso después del asesinato del archiduque Francisco Fernando, los europeos descartaban que fuese a haber guerra. Y esta confianza, este optimismo, terminó siendo otra de las causas de la guerra.

Aunque yo, sin duda sugestionado por lo que pasó al final, he hecho una lectura catastrofista, sin dar crédito a la locura de aquella Europa. Lo único esperanzador es ver cómo aquello no acabó en guerra antes. Por seguir con mi obsesión antinacionalista (¡el lector se tendrá que resignar!), es como si nos imagináramos a Arzalluz de káiser y a Mas de zar, en un contexto histórico que propiciara aún más sus delirios y con unos parlamentos que los contuvieran aún menos. El juego entre las naciones era salvaje, y todas estaban apoyadas por sus respectivos pueblos, auténticos hinchas futbolísticos de las suyas. El cóctel fatal que condujo a la Gran Guerra podría sintetizarse así: democracias imperfectas o absolutismos (según los países) + competición entre las naciones + nacionalismos (incluido el que terminó aflorando en la inicialmente internacionalista izquierda) + militares sin control civil + gran desarrollo de la tecnología bélica + opinión pública.

El papel de esta última no se puede dejar pasar. Uno de los escalofríos que produce el libro es el de la importancia de la opinión pública, azuzada sobre todo por la prensa y por los políticos. A partir de un determinado momento, las fuerzas desatadas eran incontrolables. La opinión pública de cada país terminaba restringiendo la maniobrabilidad de sus dirigentes... y por lo general para peor. El nuevo monstruo se aparece en la historia como un estómago sin cabeza. Y el resultado fatal es que, sin cabeza, luego hay menos que comer.

* * *
PD. De lo que ha venido apareciendo sobre 1914. De la paz a la guerra, enlazo la reseña de Óscar González y las entrevistas con la autora en el Abc y El Cultural (también con su reseña).

[Publicado en Zoom News]

17.12.13

Doble filtro

Ya se ha revelado el propósito de la extravagante formulación del referéndum que pretenden hacer los independentistas en Cataluña: se trataba, simplemente, de interceptar o de castrar el no. La doble pregunta es un sistema de doble filtro, mediante el cual el a “Estado” (catalán) da al salón donde se puede añadir “independiente”; mientras que con el no te dan con la puerta en las narices. “Estado” e “independiente” es lo mismo, por supuesto; pero al antiindependentista se le hurta el gustazo de plantarle un no a “independiente” en su propia cara. Ha quedado diáfano con las nuevas declaraciones de Marta Rovira, la secretaria general de ERC, con el presidente del partido, Oriol Junqueras, delante: “Contestar ‘no’ y ‘no’ constituiría voto nulo”.

Todo son especulaciones, porque quienes más entienden de estos líos aseguran que el referéndum no se va a celebrar. Y, aunque se celebrara, los partidarios más visibles del no ya están avisando de que no van a votar. Serían ellos los que le darían con la puerta en las narices al referéndum, antes de que este pudiera hacerlo cuando emitieran su no; ese no condenado a estar soltero y a no poder ir en parejita como el . Todo son especulaciones, como digo. Pero hay algo real por ahora, y es el diseño del referéndum en sí, y su engranaje. Que, como venimos viendo, dice ya bastantes cosas.

Es un prodigio el juguetito, a su manera. Se trata de un pasmoso artefacto que segrega ya desde el primer instante. Los electores son separados en la mismísima cabina electoral, permitiéndoseles a unos dar un pasito más que a otros. Esos unos privilegiados son, naturalmente, los que votan lo mismo que quienes han proyectado el referéndum. Los otros comienzan a ser discriminados desde la papeleta. La palabra fetiche, “independiente”, queda fuera de su alcance. Es una palabra que solo puede recibir el : se trata de un dios, o un ídolo, que únicamente puede ser adorado; jamás negado, y ni siquiera tocado por quienes no lo reverencian.

El referéndum se dibuja como el acto inaugural de una sociedad oscurantista y totalitaria, fundada en la aclamación. El doble filtro para desactivar el no es un doble filtro para desactivar la crítica.

[Publicado en Zoom News]

12.12.13

Negros nubarrones en el funeral de Mandela

Yo tengo el estómago político muy delicado y cuando me enteré de que el dictador Castro iba a tener protagonismo en el funeral de Mandela, se terminó para mí el funeral, y casi se terminó Mandela. Luego he sabido que el dictador Castro (Raúl, Fidel, ¿qué más da?) fue ovacionado a su llegada, por lo que la cosa pasó ya de castaño a oscuro. Por fortuna, llovió. De manera que las imágenes no parecían celebratorias, ni siquiera celebratorias de un gran hombre, sino desangeladamente burocráticas, soviéticas. Recordemos a Mandela olvidándonos cuanto antes de su funeral.

En España hemos hecho el duelo de una forma muy nuestra: arrojándonos Mandela a la cabeza. Las dos Españas han segregado dos Mandelas, cada huno en un lado de nuestro apartheid particular y dándole garrotazos al hotro como en el cuadro de Goya. Un duelo literal. La grandeza de Mandela se ha visto aquí empequeñecida hasta lo irrisorio por sus admiradores. Se ha pretendido homenajear a un hombre con altura de miras mediante ese enroscamiento made in Spain de la mirada en la cejijuntez. (Si se traspasan las cejas, todavía queda otro muro de contención que impide que la mirada levante el vuelo: la boina). Y esto fue sobre todo en el Día de la Constitución, una de las pocas ocasiones históricas en que España hizo sus pinitos mandelianos: los del Mandela bueno, el del consenso y el futuro.

Pero llegó el martes de funeral y fue francamente odioso ver a tantos impresentables reunidos; impresentables de la política (efectivamente impresentables) y del glamour (decorativamente impresentables). Y de entre todos, esos fabricantes de apartheids que son, por su naturaleza, los dictadores. Además de Raúl Castro (cuyo régimen mantiene al 28% de la población cubana en el exilio), estuvieron otros como Obiang y Mugabe; pero el que tomó la palabra fue Castro, y por lo tanto fue el que más ensució. El jefe de una dictadura racista que, como ha observado Félix Madero en Zoom News, mantiene en la cárcel a sus propios Mandelas.

Un elemento de melancolía es que no podamos recurrir al ya santificado Mandela para repudiar esa presencia. Él fue amigo de Fidel Castro y de la dictadura cubana, escapándosele ese mal entre tanto bien. Yo he querido, después del funeral, fijarme en los cubanos. Ha habido un artículo muy bueno, desolado, de Néstor Díaz de Villegas: “Contra Mandela”. Y otro, más comprensivo, de Carlos Alberto Montaner: “La grandeza de Mandela”. En Penúltimos Días, la imprescindible web dedicada a Cuba de mi amigo Ernesto Hernández-Busto hay artículos que se ocupan del racismo del régimen: por ejemplo, “Para los negros en Cuba la Revolución no ha comenzado aún”, de Roberto Zurbano (que sufrió represalias por publicarlo); o “Estado de sitio”, de Iván García Quintero. Recomiendo además el vídeo El racismo en Cuba.

Yo, al fin y al cabo, español como soy y con mi punto de cejijuntez y de boina, también tengo mi Mandela que arrojarle al prójimo. Le arrojo, pues, el Mandela de la libertad al dictador Castro. Y (¡lo siento!) a la parte castrista del propio Mandela.

[Publicado en Zoom News]

10.12.13

El nacimiento de una nación

Una de las cosas más bonitas de los nacionalistas catalanes es que están intentando crear una nación nueva y les está saliendo España. Cada paso de separación de España que están dando, es un paso de acercamiento a España. No a la España actual, plural, moderna (pese a sus lastres) y democrática (también pese a sus lastres); sino a la España antigua: la carpetovetónica y different.

Ya hasta están comenzando a atraer a aquellos a los que solo les interesaba de España lo folclórico: los franceses. Leí no recuerdo dónde que en los packs turísticos del siglo XIX, a los viajeros que venían a España se les ofertaba el asalto de un bandolero. Hoy no podría faltarles el contacto con un independentista.

Si los nacionalistas catalanes organizan un gran concierto por la independencia, actúan Peret y Dyango. Si se proponen crear una lotería independentista, les sale la Grossa, que es como el Gordo disfrazado de Mary Santpere. Si a su equipo de fútbol que es más que un club le ponen una camiseta patriótica, resulta ser la del Betis con los colores cambiados. Si escogen un referente moral, es una monja. Si se les ocurre un Servicio de Inteligencia, la cosa ya empieza directamente como Gila.

España es sin duda una unidad de destino en la imaginación independentista, porque no les viene a la cabeza otra cosa. Ya podrían tener ocurrencias que parecieran chinas, esquimales o maoríes. Pero no: parecen españolas. Es como si, para hacerse confortable la independencia, estuviesen llenando el país de elementos familiares, que les atenuara el trauma de la separación.

Ahora va a celebrarse el simposio España contra Cataluña, organizado por la Generalitat, que es de una españolidad absoluta. Porque siempre ha sido muy español el espectáculo del Poder pagando a intelectuales para que estos, en supremo ejercicio de servilismo, le laman las orejas. A veces me pregunto de qué independencia hablan. ¿Independizarse de qué? De España segurísimo que no, porque la llevan dentro. Se quieren ir de lo que son; del país que están metiendo en la maleta.

[Publicado en Zoom News]

8.12.13

El columnista automático

Me lo he pasado muy bien leyendo Maneras de ser periodista, la exquisita antología de columnas de Julio Camba sobre su oficio, que ha editado bellamente Libros del K.O, con póster y todo. El antólogo y prologuista, Francisco Fuster, ha distribuido las seleccionadas proporcionadamente en tres apartados: “En primera persona” (doce), “Sobre el proceso de escritura” (seis) y “Gajes del oficio” (doce). Pero las treinta se leen seguidas, porque las columnas de Camba vienen a ser todas lo mismo. En el buen sentido, y en el malo.

El éxito del librito está en que uno va después a leer más columnas de Camba. Últimamente se ha editado bastante, pero yo lo he hecho en los libros que tenía a mano de Austral: Páginas escogidas, Alemania, Sobre casi nada y Sobre casi todo. (Estos dos últimos los ha reeditado ahora Renacimiento, con prólogos de Juan Bonilla y de Felipe Benítez Reyes, respectivamente). También he picoteado en otra antología que vi en la biblioteca: Maneras de ser español (Ediciones Luca de Tena), que toma su título de una columna del propio Camba y que, extrañamente, no se menciona en esta de Libros del K.O. (quizá para hacer friendly al columnista; y al antólogo y al editor).

El caso es que he terminado cansándome de Camba. Cansancio que ha sido fecundo, porque me ha hecho volver a las columnas de Maneras de ser periodista desde otra perspectiva: tomándomelas en serio. En la que quizá sea la más celebrada –y que abre esta antología–, “Mi nombre es Camba”, el autor termina pidiendo que no se le tome nunca completamente en serio. Y añade: “Ni completamente en serio ni completamente en broma”. Yo me he permitido desobedecerle en lo primero en mi lectura posterior. Y el libro ha adquirido tintes kafkianos.

Camba vivía el columnismo como una condena que lo hacía profundamente infeliz. Su desgracia se incrementaba por el disfrute que producía en los lectores el resultado de su sufrimiento. Como el payaso triste, sus quejas movían a risa. Se pensaba que formaban parte del espectáculo, cuando estaban diciendo la verdad. Hay tanto talento en Camba, un talento que no se manifiesta en peñazos de gran autor sino en piezas alígeras como burbujas de refresco, que lo que produce es envidia y no pena. Del lector puro a los lectores que son también escritores (y no digamos columnistas), se tiende a querer ser Camba o a escribir como él. Craso error.

Sus columnas son unidades de formato idéntico, por más variedad que contengan, y su sucesión termina generando monotonía. Y digo bien termina: es algo que, como me ha pasado a mí, ocurre después. Al principio uno se engancha, y quiere más, y se pasa de rosca. Estaban hechas, en realidad, para que el tiempo las fuese dosificando. El goteo en el periódico era lo que más les convenía. Hubiera sido bonito acompañarlas, y que nos acompañaran. Pero ya se ofrecen todas simultáneamente, como el almanaque quieto de los tiempos que pasaron. Esta simultaneidad les perjudica.

Una minirrepresentación del efecto la encontramos en las ya citadas recopilaciones Sobre casi todo y Sobre casi nada. Un breve muestrario de los temas de sus columnas nos hace pensar en aquella “mezcla adúltera de todo” de que hablaba, puritanamente, T. S. Eliot: hay columnas sobre la antropofagia, el arte rupestre, las mujeres gordas, la Justicia, la pornografía, los peinados, las epidemias, el donjuanismo, los mausoleos, la pereza, los académicos, los lateros, los exploradores del Polo, la sintaxis y la sinceridad, el emperador de China, los perros, los verdugos, el calamar, los muertos, los trasnochadores, los billetes de ferrocarril, la linotipia, los estupefacientes, la lotería, los pájaros fritos, etc., etc., etc.

Como expresan honradamente los títulos: se habla de todo y no se habla de nada; o se habla, también, de nada. En el fondo, es una igualación nihilista. A cada cosa se le saca su juguito, y que pase la siguiente. Se trata de una atención a todos los temas que es una indiferencia hacia todos los temas: se equiparan nada y todo. Aunque matizados por esa partícula en que se cifra el estilo de Camba: casi. Presenta el mundo entero, incluidas las cosas del espíritu, alumbrado por una luz laboral, una luz uniforme y cruda, sin estridencias. En el que quizá sea el mejor artículo de esta antología de buenos artículos, “Cómo escribo los artículos”, Camba lo dice clarísimamente: “el articulista lo reduce todo a un artículo de periódico”. Y sigue:
Yo lo mismo hago un artículo con una noticia de tres líneas que leo en el Daily Telegraph, que con las obras completas de Voltaire. Yo me voy al mar, por ejemplo. No cabe duda de que el mar es una cosa grande y hermosa. Pues para mí como si fuese un sombrero de paja. Toda su hermosura y toda su grandeza yo la reduzco rápidamente a una columna escasa de periódico; mando las cuartillas a su destino, y ya se han acabado para mí los encantos del mar, y, como los encantos del mar, las mujeres bonitas, y como las mujeres bonitas las obras maestras, y como las obras maestras las catedrales góticas, y los buques de guerra, y los campos sonrientes, y la primavera, y las fiestas movibles y todo. El articulista no puede gozar de nada, porque todo, en su organismo, se vuelve literatura, así como esos enfermos que no gozan de ninguna comida porque todas ellas se les convierten en azúcar. Esos enfermos son fábricas de azúcar, y nosotros somos fábricas de artículos.
Es una autodescripción memorable. Y precisa. Por mucho que quisiéramos escribir como Camba, flaco favor le haríamos si nos la tomásemos completamente en broma. César González-Ruano se refirió a “la total falta de amor que hubo en Julio Camba por los seres y por las cosas”. Y afirmó: “Fuera de comer bien, yo estoy seguro de que a Camba no le interesaba nada”. La gastronomía ha sido siempre, lo sigue siendo, un síntoma nihilista: de engolfamiento entre oral y anal. (De la que no se libra, por otra parte, esa variedad sucia de la gastronomía que es la de la comida basura). Es coherente con esta actitud el que Camba pasara los últimos años de su vida alojado en un no lugar: una habitación de hotel, por más del Palace que fuera. (No puedo dejar de decir aquí que lo único realmente malo que hay en Camba es un cierto pancismo, que se acopla luego con el franquismo).

Fuster sintetiza muy bien en el prólogo la incomodidad de Camba con su oficio: el hastío por su mecánica, por la obligación y los plazos; el anhelo de poder abandonarlo algún día; y su “cruzada desmitificadora contra esa aura celestial que rodea a la figura del escritor y a todo lo relacionado con su labor”. Todo ello (incomodidad, hastío, anhelo y cruzada) sin énfasis: con esa suavidad, como desapegada, propia de Camba. Queda claro que no le gustaba escribir, y ni siquiera nos consta que le gustase “haber escrito”. Pero, al cabo, cumplía con su trabajo. Y este cumplimiento lo convierte, de manera inesperada, en un personaje moderno. En vez del abismo del folio en blanco, el abismo del folio que va a estar lleno, indefectiblemente, a la hora fijada.

Supongo que algún crítico lo habrá dicho ya, pero Camba parece la encarnación, más aún que los poetas y novelistas de las primeras décadas del siglo XX, de aquella deshumanización del arte que propugnaba Ortega y Gasset. Al fin y al cabo, los poetas y los novelistas, como los pintores, por muy vanguardistas que fuesen, estaban uncidos a artes viejas. Solo los periodistas y los cineastas se hallaban en relación directa con el patrón del momento: el mundo industrial. Camba es también un operario de artículos en serie, un columnista automático. Me falta por leer su libro sobre Nueva York, La ciudad automática, sobre su estancia de 1933; pero no me sorprendería que su efecto fuese más moderno, en un sentido profundo, que el Poeta en Nueva York de Lorca (de 1929).

Aunque “más moderno” no significa superior. El escalafón hay que respetarlo, y Lorca es superior a Camba. Impepinablemente. Como es superior a Camba su paisano Valle-Inclán. La boutade de que Camba es “el mejor escritor de Villanueva de Arosa” es tan ingeniosa como falsa. Y además va contra Camba, y sitúa al lector en una posición en la que es más difícil recibir a Camba. Ponerle en un pedestal muy alto, o echarle encima los reflectores, estropea su escritura. Camba es un excelente escritor: pero un excelente escritor menor. En el sentido positivo en que Eliot (de nuevo) habló del minor poet. Habrá muchas tardes, quizá la mayoría de las tardes, en que prefiramos leer a Camba en vez de a Lorca, Valle-Inclán o al propio Eliot. Pero ignorar sus límites, esos límites de los que él era consciente y desde los que escribió, es predisponerse para estomagarse.

En cuanto a lo que importa, yo siempre he celebrado mucho la frase con la que Valle-Inclán rechazaba los consejos de que escribiese en los periódicos para salir del hambre: “La Prensa avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético”. Es una frase de dinosaurio maravilloso a la que Camba respondió, sin decir nada, con el ejemplo de su estilo nada villano y absolutamente para “la Prensa”; la cual, junto con sus servidumbres, tuvo también la virtud de liberarle de ese corsé, el “ideal estético”. Esto le ha permitido seguir fresco, en contra de lo que pronosticaba en “El periodismo y la pesca”.

Al final, paradójicamente, se parecía a los artistas: con la delicadeza de su spleen y su lucidez perezosa, con su humor perdurable (¡no puedo despedirme sin mencionar también “Los admiradores son un peligro” y “Las prosas imaginarias”!), se estaba trabajando la posteridad, que le llega como una paga extra por haber cumplido los contratos. En su producción en serie pero de calidad artesanal iba él mismo, y hoy Camba está repartido en cientos de artículos que son como cientos de espermatozoides, culebreando para el lector (aunque cambianamente: sin prisa). En cada uno de ellos está al completo. Su escritura para el día ha resultado ser para muchos días. Una posteridad la suya que, por alquimia de periodista, conserva los atributos de la actualidad.

Solo hay que descansar un poco de Camba para querer volver a Camba.

[Publicado en Jot Down]

5.12.13

Insultos a la patria

España es una cloaca sin cultura ni alma. España rocía con su inmunda pestilencia a toda Europa. España es un teatrucho podrido, putrefacto y en ruinas. España está representada por una caterva de sinvergüenzas que se odian entre sí. No quiero, ni vivo ni muerto, tener relación alguna con el Gobierno o el Estado español. Prohíbo que el Estado español me mancille con sus pezuñas chabacanas. En España no he encontrado nunca un hogar. Quiero denigrar a España hasta mi último suspiro.

Las anteriores palabras no las digo yo, sino que las dijo Fernando Arrabal. Aunque tampoco las dijo Fernando Arrabal, sino Thomas Bernhard. Y ni siquiera refiriéndose a España, sino a Austria. El 25 de febrero de 1989, poco después de la muerte del escritor austriaco, Arrabal publicó en El País el artículo “Insultos a la patria”, en que tomaba esas frases de Bernhard, pero cambiando Austria por España para que tuvieran un mayor efecto entre nosotros. Yo he hecho lo mismo, dejándolas incluso sin entrecomillar.

Al lector quizá le ha extrañado un poco, pero sin exagerar. Y, más que “sentirse ofendido” como español, habrá pensado que se me ha ido algo la pinza. Recuerdo que, con escasas excepciones, la reacción en 1989 fue parecida. No se resaltará lo suficiente que, tras el empacho franquista (y gracias a la Constitución que se conmemora desganadamente, y no por todos, mañana), en España hemos vivido años y años de una reconfortante relajación patriótica. Salvo en el País Vasco, Cataluña y un poco Galicia, en que se cambió un nacionalismo por otro, España ha sido una nación sin nacionalismo. Digan lo que digan esos fabricantes de nacionalistas que son los nacionalistas.

La gran ventaja que ha tenido España sobre las Españitas, que era como el libertario Agustín García Calvo llamaba a nuestras regiones autonómicas, es que se la ha podido insultar y se ha podido hacer mofa de ella con absoluta impunidad. Y eso ha resultado socialmente higiénico, oxigenante y liberador. Al contrario de lo que ha pasado con las Españitas, que te metías con ellas y te llovían palos por todas partes, uno ha podido meterse con España sin problema.

Era una cosa que estaba bien. Muy bien, incluso. Y ahora ha venido el Gobierno del PP a estropearla, con esa aberrante ley de Seguridad Ciudadana (anteproyecto por ahora) que, al multar “las ofensas o ultrajes” a España, le quita a España su maravilloso y lujosísimo hecho diferencial. No hay nada que no sea empeorable. Y con el presidente Rajoy y el ministro del Interior Fernández Díaz, a España va a pasarle lo peor que le podía pasar: convertirse en una plasta, en un peñazo. Como una autonomía cualquiera.

[Publicado en Zoom News]

3.12.13

La orla



El panel de terroristas que Libertad Digital viene sacando desde la sentencia del tribunal Estrasburgo me recuerda a las orlas estudiantiles, entre casposas y nostálgicas. Como en las universitarias, aquí las caras son de individuos que compartieron la misma carrera; en este caso, la del odio y el crimen. Para matricularse solo necesitaron ser los peores de la sociedad, los más crueles o los más cortitos; con frecuencia las dos cosas juntas. Había que ser muy ceporros para pasar la selectividad y lo lograron. Antes y después, se han complacido en llevar esas orejas de burro que es la boina patriótica.

Han segado y arruinado muchas vidas, incluida la de ellos mismos. Su sufrimiento, en cualquier caso, ha sido enormemente menor, porque iban anestesiados con el fanatismo y un entorno tribal que les masajeaba la conciencia. Esta orla es la derrota de ETA, que es una gran derrota moral. Siempre lo había sido, pero ahora resulta visible hasta para ellos. Va un abismo de las fotos de los terroristas más buscados, que daban miedo y se prestaban a la épica, a estas de terroristas que van siendo expelidos de la cárcel como cagarrutas.

Ahora la patata caliente está en sus pueblos. Acepto que los terroristas que hayan cumplido sus condenas, según la legislación y sin trucos, salgan a la calle. Otra cosa es la calle les haga fiestas. Pero a la calle le gusta a veces retratarse y mostrar su catadura. Qué asco el de esos cohetes homenajeando al etarra; cohetes que, por su parte, eran un eco en el cielo, para el que quisiera oírlo, de las bombas asesinas del regresado. Un pueblo sano sentiría el pestazo del terrorista que vuelve. Y si no nota nada incómodo en el olor, es que el pueblo también está podrido.

[Publicado en Zoom News]