31.10.13

La columna 106

Zoom News cumple un año. Recuento en mi sección A ver qué pasa y resulta que tengo 105 columnas. Esta es la 106. Nunca había hecho nada tan seguido en mi vida, después de perder el tiempo. A una amiga que no suele gustarle lo que escribo le he dicho que me impresiona, al menos, la labor de albañilería. Haber tendido un acueducto a lo largo de cincuenta y tres semanas, por el que corren las aguas de la actualidad, habitualmente turbias.

El que mis columnas salgan los martes y los jueves implica que mis lunes y mis miércoles sean días de fracaso. Así este año entero. Cuando las picoteo tiempo después, la sensación se atenúa. Pero en el momento del envío, cada columna escrita lleva adosada, de manera abrumadora, la columna que no se pudo escribir. Porque no se supo o porque (como sucede en el periodismo) no hubo tiempo. Esto último fastidia bastante, pero al cabo se acepta como justo: que la escritura se vea aquejada de lo mismo que la realidad... Aquello que secretamente anda estropeado en la columna es lo que nos da materia para escribir.

El tono tampoco termina de dejarme satisfecho, porque me debato entre la indignación universal (de la que no se salvan ni los indignados) y el convencimiento de fondo de que es bueno mantener las formas; tanto más en los periodos de descomposición como el que vivimos. Pero tengo la sangre caliente, siento urgencia por las síntesis y me lo paso pipa faltando. Fernando Savater, en su artículo “Dando caña” de hace unos días, reflexiona sobre esta actitud, con acierto. La única salida que yo he encontrado, de momento, es la de no dejarme emborrachar por ese impulso; y la de autodesactivarme de alguna manera mediante la exageración. Lo que digo no dejo de decirlo, efectivamente; pero quisiera que se apreciase que va teatralizado.

La incomodidad de escribir, por último, ha ido acompañada de la felicidad de leer. Al final, este año de columnista me ha servido para admirar más a los columnistas a los que ya admiraba; y para reconocer el mérito, siquiera fabril, de los demás. Haberme enfrentado a la misma actualidad de todos y haber comprobado, desde dentro, cómo la han ido despachando. Qué limpias, como mínimo, las columnas de los otros: en ellas no se ve la sombra de lo que no fueron.

[Publicado en Zoom News]

29.10.13

Crímenes caducados

La manifestación de anteayer de la Asociación de Víctimas del Terrorismo fue un error, como es un error toda convocatoria contra la resolución de un tribunal democrático. Más aún, cuando su planteamiento es falaz. Aunque para abreviar hemos solido repetir que la resolución del tribunal de Estrasburgo ha sido “contra la doctrina Parot”, en realidad lo ha sido solo contra su aplicación retroactiva. Los que no estamos muy puestos en temas jurídicos pero hemos querido enterarnos de esto, nos hemos enterado. Por ello ha resultado un tanto exasperante el desbocamiento de algunos columnistas que lo ignoraban; casi diría yo, que han decidido ignorarlo. La AVT siempre cuenta con un plus de excusa y comprensión por mi parte; pero me temo que en este caso ha decidido ignorarlo también. Lo cual es particularmente grave en lo que a la lucha contra el terrorismo (y sus simpatizantes nacionalistas) se refiere, puesto que esta lucha es a la vez a favor de otra cosa: las instituciones democráticas. Cuestionarlas, de un modo que ha recordado un poco a los faroles del 15-M, socava la causa principal. Las víctimas, como todos los ciudadanos, solo cuentan con una cosa sólida: el Estado de derecho. Hay que ser extremadamente cuidadoso con él.

Pero, si no soy ciego, tampoco soy equidistante en este asunto. Por encima de mi desacuerdo con la manifestación y de mi enfado con los columnistas tendenciosos, han venido indignándome estos días las palabras del fiscal superior del País Vasco, Juan Calparsoro, sobre la volatilización de la condición de asesina de la etarra Inés del Río. El hombre ha rectificado luego y, más que cebarme con él, prefiero tomarme sus palabras como el síntoma de una mentalidad generalizada: que es la que explica el mosqueo de las víctimas del terrorismo; y que es para mí, en realidad, lo grave. Más allá de los asuntos penitenciarios de los etarras –a los que a mí, en vez de que permanezcan en la cárcel, casi me hace más gracia verlos salir metafóricamente de la mano de violadores y asesinos comunes–, es ese impulso de olvido blando y fácil de la sociedad el que me preocupa. Ese intento de escamotear el mal mediante el ilusionismo. Lo que ha pasado en el País Vasco durante cuarenta años ha sido una tragedia, con verdugos y con víctimas. Las prisas que tienen algunos por pasar página podría interpretarse como el reverso de una culpa simultánea a la de los crímenes: la de tibieza (acompañada en ciertos casos de la de aprovechamiento). Las víctimas, aunque se equivoquen, son en sí mismas el recordatorio de que los criminales no caducan, porque sus crímenes lo fueron para siempre.

[Publicado en Zoom News]

25.10.13

Dos textos sobre Manolo Escobar

Al enterarme de la muerte de Manolo Escobar, he pensado escribir algo sobre él. Pero resulta que ya lo había escrito, y mejor de lo que podría haberlo hecho ahora. Son dos textos firmados por Atleta Sexual, que he encontrado aquí, y que aparecieron el 8 de abril de 2006 en su hábitat natural: los comentarios del blog (entonces) de Arcadi Espada.

* * *

Manolo Escobar y la canción ligera

Bueno, bueno, tengo que salir en defensa del gran Manolo Escobar, que hoy denuesta Arcadi en su carta del Mundo. El arte de Manolo Escobar, desde luego, queda achicado si se le compara con los grandes dramones de la copla. Nada más lejos de él que los almodovarianos melodramas. No ha cantado con las tripas, ni se ha desgarrado, ni se ha derramado hemorrágicamente en los escenarios y en los discos. Pero ha aportado algo que siempre faltó en España: ligereza. Levedad, sonrisa y cariño. En un país de cazurros hoscos no es poca cosa. Manolo Escobar ha aportado la civilización de la intrascendencia. Estoy convencido de que Nietzsche lo hubiese elegido como bastión contra Wagner, si cronológicamente no le hubiera resultado imposible. Lo que cronológicamente pudo hacer Nietzsche, lo hizo: escoger a Bizet y a Chueca. Manolo Escobar ha sido nuestro príncipe anti-engolado: nuestro anti-Plácido Domingo. Se ha pasado setenta años con su sonrisillas y con sus brillitos cucos en el ojo. Paco Ibáñez aporreaba (¡sin arte!) sus guitarras y apestaba a sudor castroestalinista, mientras que nuestro Manolo canturreaba como quien no quiere la cosa "no me gusta que a los toros te pongas la minifalda". ¿Quién tiene más cadáveres a sus espaldas, Ibáñez o Escobar?

Manolo Escobar ha sido también el cantor de una patria frágil e inofensiva, de postal folklórica. Nadie ha cantado nunca "Que viva España" con el rictus congestionado (¡y sanguinario!) con que los euskonazis o los fasciocatalanes cantan sus himnos. "Que viva España" es un anti-himno, irónico y conscientemente risible, como una canción de los payasos de la tele. Y la grandeza de Manolo Escobar estuvo en mantenerla en ese punto de ironía, pero sin agrietarla en esperpento. Manteniendo ese cariño de fondo que suele tenerse por este desastre de país. "Que viva España" es, de hecho, el último estertor de la patria, ya cansada y auto-irónica. Como las canciones sentimentales de Manolo Escobar son el último requiebro sonriente del macho que se sabe en extinción.

De entre todos los versillos de Manolo Escobar, siempre me gustó especialmente este que le canta, en no recuerdo qué película, a una sueca que, tras tener un affair con Manolo en sus vacaciones en España, le escribe para decirle que está embarazada: "Arguno tuvo que sé / quien puso el ansuelo / y a mí me quieren cargá / con ese moshuelo". Quien no sepa ver la gracia que ahí anida es que tiene amazacotada la sensibilidad.

Por otra parte, no nos engañemos. El bueno de Manolo cantaba sin tragedia a esos crepúsculos de la patria y el macho, pero precisamente por ser un hombre tan poco trágico (y tan fuera, por tanto, de la tradición hispánica), ya estaba preparándose sus acomodos modernos. Se casó con una alemana (está claro que por que las españolas, y más las de su época, jamás han sapido chuparla) y se puso a coleccionar arte contemporáneo, avanzadísimo, igual que hizo Billy Wilder. Esto nos da una indicación de que el arte ligero de Manolo Escobar hay que entenderlo como transparencias duchampianas. Son volutas que se elevan sin estrépito, en este mundo apelotonado, competitivo y pomposo. Frente al Arte Trágico, que intenta jodernos la vida, siempre me llamó la atención esa frase (¡sublime en su modestia, si lo pensamos!) que suelen decir los cantantes ligeros (¡lights!) al empezar sus shows: "Espero que les agrade". ¡Para que luego digan que no hemos tenido "pensiero debole" ni postmodernidad!


Manolo Escobar y el landismo

Siguiendo con lo anterior, se me ocurre una interesante diferencia entre dos tipos de películas españolas de los sesenta-setenta: las del Alfredo Landa y las de Manolo Escobar. En las de Alfredo Landa los españolitos persiguen suecas (normalmente de un modo indigno, en calzoncillos) pero jamás se las follan; mientras que en las de de Manolo Escobar sí. Landa y su *trouppe* landista son seres minúsculos y ridículos, herederos de la represión nacionalcatólica y de la economía del hambre, que ya les resulta mentalmente irreversible a pesar del desarrollismo. Las suecas son el símbolo del Occidente desarrollado y libre, que cruza con sus bikinis provocándoles espasmos de impotencia tercermundista. Manolo Escobar, en cambio, camina más erguido, con arte y con gracia. No persigue ridículamente suecas, sino que las seduce y se las folla. Por el lado landista, tenemos retraimiento y encastillamiento en la torpeza y la ineficacia; por el lado escobariano, gracejo expansivo y aireado que permite *contactar* con otras culturas.

La España de Landa es la España inutilizada por Franco, la España africana que muere de asfixia. La de Manolo Escobar, en cambio, es la que tiene ganas de vivir y por eso hace la Transición, para que se universalice el bikini y para que las propias españolas, vendadas de negro islámicamente, se despipoten también. Y ahora, por último, un pequeño ejercicio de observación: ¿de cuál de esas Españas vienen nuestros progres? ¡De la landista, obviamente! No en vano el segundo rostro del landismo fue Pepe Sacristán, el Paco Ibáñez de los actores.

24.10.13

El teniente Colombo en Estrasburgo

Estos días, con la resolución del tribunal de Estrasburgo en contra de la “doctrina Parot”, las reacciones posteriores y la suelta de la primera etarra, me he acordado del teniente Colombo. Ahora es fácil revisitar los capítulos de aquella serie de los setenta, porque están en internet y además los reponen de vez en cuando. Alguna que otra madrugada insomne me he encontrado en la tele al inolvidable Peter Falk enfundado en su gabardina, y he vuelto a admirar cómo, según cantaba Pepe da Rosa (el padre, por favor), “se mete por el ojo de una aguja, / se fija en una simple tontería / y da con el granuja”.

Pero en estas recuperaciones de adulto he pillado algo que se me escapaba antes. Cuando Colombo desenmascara al asesino, no se alegra. Al contrario, baja o rehúye la vista y se queda como triste; casi se hunde en una pequeña depresión. Se percibe que hay algo más fuerte en él que su triunfo personal y el imperio de la ley (a cuyo servicio está sin ambigüedades): el pesimismo por la condición humana; la constatación de que un ser humano más ha incurrido en el crimen, y que lo ha hecho por una causa indigna. El trabajo de Colombo ha permitido que se esclarezca la verdad, y que la Justicia pueda hacerse cargo a partir de entonces. Pero queda un resto, que ensombrece a Colombo: el hecho mismo de que el crimen se hubiese cometido. La Justicia debe limpiar, pero no lo absorbe todo: siempre queda algo sucio. Y con esto ya no podemos hacer nada.

Este es uno de los equilibrios, difíciles, de la vida democrática. A propósito de la “doctrina Parot” lo han expresado bien Agustín Valladolid y Rafael Latorre (director y subdirector de Zoom News: ¡concuerdo con las alturas!). Este párrafo de Latorre, en concreto, acierta a formular el núcleo de la cuestión: “Entiéndase, lo que yo le deseo a los criminales etarras supera con creces al Código Penal. Pero quiero vivir en un Estado que sea mejor que yo. Es decir, un Estado capaz de ver ciudadanos donde yo solo alcanzo a ver escoria. Y cuya aplicación de la ley no esté condicionada por los deseos, siquiera mayoritarios, de su población”. En ese cruce está, para mí, la salud cívica: en el cruce entre el asco estomacal por el crimen y la defensa cerebral de la ley, que es la que debe predominar. Aunque luego se prolongue en nosotros el asco por los que se precipitan en las celebraciones, manifestando así su desequilibrio.

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22.10.13

Que no pare la fiesta

En la fiesta del antizapaterismo, a la que me sumé gustosamente, resulta que nos encontrábamos dos tipos de antizapateristas: los que veíamos en Zapatero una serie de incompetencias e irresponsabilidades que, por lo que fuera, se habían encarnado en él; y aquellos otros que, aunque parecían atacar lo mismo, en realidad solo atacaban el nombre y la adscripción política. Con la victoria de Rajoy se produjo el deslinde. De pronto muchos de aquellos antizapateristas, literalmente nominales, pasaron a convertirse en algo así como “zapateristas rajoyanos”. Hoy defienden las incompetencias e irresponsabilidades que antes criticaban; únicamente porque el que las que las protagoniza ya no se llama Zapatero, ni pertenece al PSOE.

El domingo nos trajo la cumbre, hasta hoy, de esta tendencia, con la apabullante portada del Abc. El dibujito del brote aureolado con la bandera española, y el titular: “Brotes verdes, esta vez sí”. Con ese “esta vez” delator, enraizado en aquellas “otras veces” en que los perpetradores del titular se rasgaron teatralmente las vestiduras. Se cachondeaban del presidente Zapatero y de la ministra Salgado, y hoy se han zapaterizado y salgadizado. En cuanto ganaron los suyos, se acabó para ellos la diversión. Para los demás, por desgracia, sigue. Como si esto fuera un after interminable, la fiesta del antizapaterismo se ha prolongado en la fiesta del antirrajoyismo. Es la misma fiesta con distinto dj. Los que llevamos en ella desde el principio ya estamos machacados, y con ganitas de volver a casa.

Pero no hay manera. Por la noche seguíamos bailando al son de la portada del Abc, cuando nos topamos con la entrevista en La Sexta a Zapatero. Qué conmoción. No sé si estábamos preparados para semejante ejercicio en bruto de memoria histórica reciente. Parecía un episodio desgajado de aquellas Historias para no dormir que nos asustaban de niños. Ahora tampoco podemos dormir, pero porque para el que no encuentra acomodo en ninguna de las dos Españas esto es un no parar.

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17.10.13

Estadista a destiempo

Para mi gusto Aznar tiene una gran ventaja sobre los otros expresidentes del gobierno: es decididamente antipático. Lo cual me lo hace más simpático, en comparación. Sobre la antipatía en un político solo hay una cosa que yo aprecie más: la sosería. Aunque esto es algo que me vale ahora, cuando en la lista de expresidentes sosos está Calvo-Sotelo en solitario. Quizá cambie cuando se incorpore a ella Rajoy. (Estoy hablando en todo momento no de la vida, sino de la higiene democrática).

El antipático Aznar, cuánto nos reímos con él. En este caso, sin la habitual prevención, de él. Los dos mejores chistes se referían a su cara, como no podía ser menos. Alfonso Guerra soltó en un mitin (hay que regresar mentalmente al Aznar con bigote para visualizarlo): “Cuando está serio parece Hitler, y cuando se ríe parece Charlot”. Pero fue mejor aún lo de Fernán-Gómez en uno de aquellos programas de Hermida: “Desde un punto de vista actoral, pasa con él una cosa muy interesante: cuando está serio parece el malo de la película; pero cuando se ríe no parece el bueno, sino el tonto”. ¡Grandes risas con Aznar! Yo me reí como el que más; pero mantuve mis reservas. Me parecía sano reírse de Aznar; pero insano, como hicieron tantos, reírse solo de Aznar. (En el humor sectario hay siempre un reverso de seriedad –algo programático– que me incomoda).

Ahora disfrutamos de un Aznar estadista, que por desgracia no coincidió en el tiempo con el Aznar presidente: el estadismo le ha sobrevenido a posteriori. Por lo visto, es de esos seres que tienen el Estado en la cabeza. Y también en la lengua, incluida su peculiar variante del inglés. Si me atengo a sus palabras más recientes, las del lunes en San Sebastián, estoy bastante de acuerdo con el contenido (no tanto con las conceptualizaciones de catecismo ni los énfasis). Pero da igual. Como presidente no estuvo a la altura de su discurso de hoy; y como este es el único sobre el que le cabe operar ya, quizá haría bien en rebajarlo. Para no desautorizar al presidente del gobierno legalmente constituido (al que podemos criticar todos menos él). Y, sobre todo, para no dejarse a sí mismo en evidencia.

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15.10.13

Dialéctica de las banderas

Es un latazo el empeño de los nacionalistas en llamar franquista a la bandera española y en acusar de franquistas a quienes la sacan. El diálogo es imposible con los que se enroscan en semejante ceporrismo, treinta y cinco años después de que esa bandera solo simbolice (si no lleva el aguilucho, como no suele llevarlo) a la España constitucional. Para que haya diálogo, en efecto, es necesario manejar el mismo código y discriminar entre los distintos significados. Si los nacionalistas no distinguen entre la España de Franco y la de la Constitución, ¿de qué se puede hablar con ellos? Podemos sentarnos a la misma mesa y comer butifarra (¡o jabugo!) civilizadamente, ¿pero dialogar?

Ellos puentean, sin más, a la España democrática; y pretenden vencer en ella al franquismo con el que no pudieron (y al que ni siquiera combatieron siempre). Su obcecación en identificar lo español con lo franquista refleja, sin duda, esa culpa. Pero también alberga autoconocimiento. En el fondo del fondo, los nacionalistas saben que es impresentable lo que le están montando a la España democrática. De ahí el furor con el que le niegan esta condición: para ellos es urgente, porque sería la premisa de su pataleta; la coartada que les excusaría de su impresentabilidad. El nacionalista necesita enfrente alguien de su nivel. La España democrática les queda demasiado arriba, así que buscan por abajo y se encuentran con alguien de su talla: el nacionalista español de hace cuarenta años.

La Historia tiene la fastidiosa costumbre de cambiar. Y con ella cambia el significado de sus símbolos. La bandera que durante cuarenta años fue el símbolo de una dictadura es hoy, sin aquel escudo, el símbolo de una democracia. Guste o no guste, es la que representa hoy el principio de legalidad y la salvaguarda de los derechos de todos los españoles. A los que no somos nacionalistas, nos dan un poco de pudor las banderas, incluida la nuestra. Pero ya va siendo hora de señalar, impúdicamente, ciertas superioridades. Hay una objetiva en la española: su hospitalidad. Donde hay banderas españolas, pueden ondear otras sin problema. Lo pudimos ver una vez más el 12 de octubre en Barcelona. En las fiestas patrióticas del independentismo no ocurre así. Y con esto debería bastar para detectar por dónde corre hoy el aire y dónde está la asfixia.

[Publicado en Zoom News]

10.10.13

Molino de patanes

La prueba de que somos un país de ignorantes es que nos dicen que somos un país de ignorantes y seguimos como si nada. No tenemos luces para comprender lo devastador de la noticia. Que, por lo demás, tampoco nos pilla por sorpresa: llevamos con esto siglos, y así estamos. Según el informe PISA para adultos, fallamos en lectura y matemáticas. Y eso porque no han preguntado por más materias. Pero con esas dos basta. Yo incluso las proyectaría más allá del ámbito libresco: fallamos en la lectura de la realidad y en las cuentas con lo real. Nuestra situación educativa se acopla, con una precisión que no deja de ser bella, con nuestra situación económica.

Con la perspectiva de estos años, vemos en qué se fundaba el “milagro económico” español. El país funcionó de repente porque, para la burbuja inmobiliaria, solo hacía falta que cada sector implicado pusiese toda su ignorancia en el asador, y la coordinara con la de los demás. El resultado tuvo la precisión de un reloj suizo. España se convirtió en un auténtico molino de patanes, en el que cada cual dio su do de pecho en la ópera de la zafiedad. Los políticos recalificando terrenos y llevándose mordidas, sin más consideración que la de alimentar la horterada. Los constructores refocilándose en sus ademanes de tratantes de ganado y eructando en los restaurantes de lujo. Y el humilde pueblo llano, carne de albañilería, forrando sus salones con surround (“zurrón”, oír decir por aquí); y, si estaba en edad de estudiar, abandonando los estudios y gastándose un pastón en tunear el buga. ¡Ah, y los compradores! Convencidísimos de que la inversión era segura y que el precio del piso solo podía subir. Todo ello, financiado y alentado por los bancos. Esto parecía una contrarreloj por equipos: todos pedaleando a tope, como un engranaje, en la misma dirección.

Supongo que no nos volveremos a ver en otra igual: en una situación en que, para prosperar, lo que se nos pida sea justo lo que nos sobra. La ignorancia no suele tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

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8.10.13

Pagar el pito

Siempre hay morbo cuando una señorita (¡así las llamaban los articulistas antiguos!) habla del pito de su ex. Por Madrid, la decadente Madrid, corren historias de hombres importantes con micropene, y de otros igual de importantes que tienen un solo huevo. La fuente es siempre una exnovia, en funciones de cronista despechada; o de enviada especial de vuelta. Pero se da un alivio: ninguna de las historias que yo conozco adjudica las dos taras a un mismo hombre importante. Lo cual puede deberse a que el destino prefiere no cebarse en este negociado; o a que la señorita en cuestión posee un gran sentido de la economía narrativa.

En Barcelona parece que se saltan esto último y despilfarran narrativamente. Así, Victoria Álvarez, la exnovia de Jordi Pujol Jr., habla, sin medirse, no del pito, sino de los cinco mil pitos de su ex. Si no estuviéramos jugando (¡como los articulistas antiguos!) con el sentido doble, ahora podría venir un ditirambo sobre ese titán de la fecundidad catalanista que sería Junior, con sus cinco mil vergas prestas a disparar semen cuatribarrado (¡y estelado!). Pero, según cuenta El Mundo, y sabemos por Libertad Digital, se trata de pitos en el sentido de silbatos; aunque no menos cuatribarrados (¡y estelados!), puesto que se les dio un uso (¡y un abuso!) independentista.

A falta de que aparezca una factura –que sería homérica– por cinco mil pitos, yo me lo voy tomando como una prolongación del Ubú president de Albert Boadella. Que el hijo del ex president (pero no ex Ubú) Jordi Pujol pague cinco mil terminales de una pitada al Rey, es decir, al jefe de ese Estado que le ha permitido hacerse su fortuna, vía papá, es de un impacto dramatúrgico subyugante. Ahí está todo, de hecho: el niñato rico financiando la gamberrada, y los borreguitos soplando. Andando el tiempo, los sopladores estarán probablemente en un país en ruina, con la misma cara de tonto que cuando sale positivo en un control de alcoholemia. Mientras que el pagapitos seguirá disfrutando de sus millones, no se sabe si en México o en ese otro país que tampoco pertenecerá a la Unión Europea, pese a estar en Europa. Serán otros los que paguen el pato.

[Publicado en Zoom News]

5.10.13

Escuchando a Bernhard

Qué espectáculo lamentable damos los adictos a Thomas Bernhard, cada vez que nos ofrecen unas nuevas migajitas póstumas. Nuestro autor murió en 1989 y hace tiempo que solo quedan retales. Los editores saben de qué somos capaces, hasta dónde estamos dispuestos a rebajarnos, a transigir, y abusan. Lo que viene haciendo Alianza es tensar la cuerda, consciente de que los bernhardianos no la vamos a romper. En los últimos años ha editado en España tres libros delgados, en letra grande, con interlineado generoso, tapas duras y un precio de en torno a dieciséis euros: Mis premios, Goethe se muere y el de ahora, ¿Le gusta ser malvado? Con este culmina la extorsión: oficialmente el volumen (exagerado término para el librito) tiene ciento cuatro páginas, pero sin paja se queda en setenta y nueve. Aun así, hemos ido peregrinando por las librerías hasta encontrarlo. Y luego nos hemos metido en cualquier cubículo para inyectarnos esta hora más de Thomas Bernhard.

¿Merece la pena? Sí, porque es Bernhard. Pero, además de más corto, es inferior a los otros dos libros de conversaciones con el autor: el de Krista Fleischmann, Thomas Bernhard. Un encuentro; y el de Kurt Hofmann, Conversaciones con Thomas Bernhard. Ambos son la mejor introducción posible a Bernhard, sobre todo el primero. ¿Le gusta ser malvado?, en cambio, es solo para los que no tienen ya otra cosa de Bernhard que meterse. Está bien, y ofrece algún matiz nuevo, un atisbo de tono que no conocíamos; pero resulta flojito. A mí me ha servido, en realidad, para releerme los otros dos. De manera que he terminado pasando una semana bernhardiana estupenda.

Lo gracioso es que en el libro de Hofmann hay una referencia a la conversación nocturna de 1977 que ha terminado siendo ¿Le gusta ser malvado?, y que completa, con malevolencia, la advertencia preliminar del entrevistador Peter Hamm. Dice Bernhard:
Se dan los casos más grotescos. Una vez, hace doce o quince años, con Peter Hamm, que era entonces un tipo muy simpático, en aquella época estaba precisamente con la [actriz Marianne] Koch, en lo más intenso de... Y entonces apareció un día con la Koch, con abrigo de piel, gran estrella, borrachera, grabadora, muchas horas. Y entonces hizo que lo pasaran todo a máquina, creo que incluso intervino alguna editorial, y de esa noche resultaba algo así de gordo, y yo dije, naturalmente, que ni hablar del asunto, que era imposible, que de aquella borrachera no se podía hacer un libro. Y él se enfadó. Y desde entonces no ha vuelto. Sin duda tuvo gastos, y el asunto le ocupó semanas, pero a esas cosas hay que decir que no.
La alusión a la borrachera, que también hace Hamm, me resulta llamativa, porque el discurso de este Bernhard supuestamente bebido no es distinto, en lo sustancial, del de las otras conversaciones, en que está supuestamente sobrio. Mi explicación es que lo que se impone es la embriaguez misma de sus palabras: el de Bernhard en estos libros es un discurso suelto y entonado, que se despliega monologuísticamente, con el interlocutor como mero incitador de este despliegue. En cierto modo, da igual lo que dice Bernhard; y justo con esto termina el libro: “porque me da exactamente igual lo que digo, ¿no? Tampoco lo controlo. No tiene ningún sentido. Más no puedo decir”. Pero la emanación de su palabra no es indiferente. Va horadando y liberando. Es como una improvisación musical libre, con una voz parecida a la de sus novelas pero más desembarazada, más juguetona.

El Bernhard oral (aunque esto se aprecia más en las conversaciones con Fleischmann y Hofmann) es un guasón. Como dice el traductor Miguel Sáenz en Thomas Bernhard. Una biografía: “Los que lo conocieron son unánimes: era un hombre alegre, divertido, un maestro en el arte –tan austríaco– del blödeln (‘decir bobadas’, ‘hacer el ganso’)”. Lo cual no lo convierte en uno de nuestros andaluces profesionales, ni en uno de nuestros prestigiados caricatos con contenido: porque su humor no nos lo echa encima como una carga, como hacen estos, que nos aplastan literalmente con sus graciosidades; sino que es a un tiempo arrasador y aligerador. No se trata de endilgarnos doctrina bajo la capa guay, ni de venderse, como ellos, en tanto graciosines. El humor de Bernhard es absolutamente gratuito y nace de la pura desesperación. Y en este último sintagma el énfasis lo pongo en pura. Tiene algo que ver con el humor de Cioran, destructor de equívocos y adherencias. Como sacudirse el polvo del espíritu. Un centrifugado del que uno sale como nuevo.

En estos libros, además de las gansadas, escuchamos hablar a Bernhard de su vida y de la vida, del mundo, de la existencia, del cuerpo y las enfermedades, de la muerte, de las relaciones humanas, del Estado, la Iglesia, los editores, los artistas, algunos filósofos, algunos escritores, de sí mismo como escritor, de sus novelas y sus obras de teatro, de la música, del mar, de algunas ciudades. Pero escuchando a Bernhard de pronto uno se da cuenta de lo que no está escuchando; y de pronto esa conciencia lo llena de regocijo, y comprende por qué sus palabras son aire fresco. En todas las tiradas verbales de Bernhard no hay ni una sola frase pomposa, ni una sola frase pretenciosa, ni una sola frase abstracta, ni cultural, ni artística. Nada de fárrago culturizante ni artistizante ni literaturizante ni programatizante. Su discurso es inmediato, un cara a cara con todo, un cuerpo a cuerpo. Es salvaje y es vital. Esto último lo explica en ¿Le gusta ser malvado?: “La manera en que alguien es capaz de volcar limpiamente sobre el papel lo que es un hombre y su entorno como vida, es decir, precisamente como vitalidad. Y sin diluirla en absoluto. La mayor parte de la gente no escribe lo que es vital o está vivo”.

Hay entre nosotros mucho bernhardiano polvoriento, envarado y tristón; y mucho escritor (aproximadamente joven) esforzándose por su puesto en la Literatura, sin ahorrarnos el numerito de sus ínfulas. Thomas Bernhard (¡como yo!) se aparta de ellos; proclamando (en el libro de Fleischmann) la clave de su poder: “Yo no pertenezco a los escritores. Siempre he sido, en el fondo, un hombre real”.

* * *
PD. Los bernhardianos ya tendrán más que explorado YouTube, donde hay abundantes vídeos de Thomas Bernhard. Casi todos en alemán y por ahora sin subtítulos, pero valen para verlo y escucharlo. Destaco dos ambientados en España, ambos de Krista Fleischmann y cuyo texto está recogido en Thomas Bernhard. Un encuentro: Monologe auf Mallorca (1981) y Die Ursache bin ich selbst [El origen soy yo mismo] (Madrid y alrededores, 1986). Y Drei Tage [Tres días] (Hamburgo, 1970), cuyo texto podemos leerlo en Tinieblas. Por último, y para volver a la lectura, está online la espléndida entrevista de 1987 que publicó Quimera; con poco humor esta, pero con todo.

[Publicado en Jot Down]

3.10.13

Cortocircuitos

Un amigo psiquiatra me contaba hace unos meses que la vida es tensión, una corriente eléctrica, y que el suicida lo que busca es provocar un cortocircuito. El aquietamiento definitivo de la tensión que es la muerte, adelantarlo. No soporta estar en medio, en el curso del vértigo, y se lanza para extinguirlo.

La tensión usual de la vida se recrudece con las dudas, con lo desconocido, con lo asimétrico, con lo inconcluso. El instinto tanático late siempre y tratamos de completar lo que falta, de limar las aristas, de precipitar respuestas. Hay una tendencia gravitatoria que nos empuja a efectuar el cierre, la conclusión: a tender lo que está erguido; a cesar en el esfuerzo de la verticalidad y abandonarse a la horizontalidad.

En los sucesos trastornadores, como el crimen de la niña Asunta en Santiago, la tensión se extrema. La herida de lo ocurrido, en su particular contexto, provoca un desequilibrio difícil de aguantar. El vacío hostil de las preguntas trata de ser llenado con sospechas, especulaciones, designación rápida de culpables: algo que nos ponga un suelo. El periodismo, por lo general complaciente con sus lectores, se presta al servicio de habilitarles dónde caer.

Pero a veces hay excepciones, que constituyen el honor del oficio. En el reportaje de Manuel Jabois que apareció el domingo pasado en El Mundo (aquí el comienzo y el resto aquí), se vence el impulso de eliminar las tensiones y desactivar los interrogantes. Es un relato que mantiene la herida abierta, porque abierta está por el momento, y que no será desmentido cuando se sepa la verdad, porque no esboza ninguna que vaya más allá de lo que hay.

El final lo resume todo. La madrina que, en el duelo, se acuerda de la pared en que ha venido marcando la estatura de su ahijada desde que nació. Y su impulso es ir a borrarlo. No se soporta esa verticalidad truncada.

[Publicado en Zoom News]

1.10.13

El Rey en la habitación de Pascal

Está previsto que el rey don Juan Carlos salga hoy martes del hospital, con lo que terminará, por ahora, un género al que me estaba acostumbrando: los partes médicos leídos por la directora del Quirón, la doctora Lucía Alonso. Durante estas jornadas todo podía fallar, menos ese momento: flor (¡madurita!) de los Telediarios. Ha sido una experiencia adictiva, pero agridulce. Me gustaría explayarme sobre la parte dulce, pero nos llevaría muy lejos (y de manera un tanto improcedente). Así que señalaré solo lo agrio.

A veces las noticias caen en una cabeza predispuesta para ciertas asociaciones. Justo el día de la hospitalización del Rey me habían recordado la célebre frase de Pascal: “Todas las desgracias le vienen al hombre de que no sabe quedarse quieto en una habitación”. Pensé que su confinamiento obligatorio quizá supusiese, por ello, una pausa en sus desgracias, que son las nuestras. Me dispuse a atender los partes fijándome en ese particular, como si el reino dependiese de su quietud. ¿Estaría Su Majestad a la altura del reto pascaliano?

No había caído en que, debido a la naturaleza de la operación, el modo de demostrar su mejoría era justamente no estándose quieto. Se trataba de poner en marcha la prótesis de la cadera cuanto antes. Por eso en cada parte médico, al que no he faltado ni un solo día, se me juntaba el deleite por la presencia de la doctora (¡y directora!) con la conciencia angustiada de que todo estaba fallando. “¡No era eso, no era eso!”, me repetía en un salto de Pascal a Ortega.

La apoteosis llegó con el parte número 4, según el cual el Rey “ha intensificado sus paseos por la habitación”. Ahí lo di ya todo por perdido. La prótesis va fenomenal, sin ninguna duda, pero, según mi premisa, intensificar los paseos era intensificar las desgracias. No solo en Pascal: en cualquier novela, el que un personaje intensifique sus paseos por la habitación es muy mal síntoma. Aunque puede que exista una alternativa. Hay un clásico que no he leído, el Viaje alrededor de mi habitación de Xavier de Maistre. Podría informarme acerca de su contenido antes de terminar este artículo, pero prefiero hacerlo después. Para dejar abierta la posibilidad de que los pronósticos sean mejores. Por si son peores.

[Publicado en Zoom News]