30.4.13

Les va la marcha

Yo no tengo ni idea de lo que hay que hacer, la verdad. Me quedo agazapado, dando sin duda mal ejemplo, pero pensando al menos qué decir. Mi sensación es la de ser la mortadela de un sándwich, aplastado entre dos rebanadas. Una rebanada es la del Gobierno. La otra es la de los, por llamarlos abreviadamente, indignados. El primero parece consciente de la complejidad de la situación, pero actúa tibiamente, no da la cara, se escurre. Los segundos parecen tenerlo muy claro y llaman a la acción. A la pregunta revolucionaria por excelencia, el ¿Qué hacer? de Lenin, despliegan sus imperativos sin titubear: ¡Indignaos!, ¡Comprometeos!, Reacciona. (Este último también lleva signos de admiración, aunque no se vean).

No estoy muy seguro de que el Gobierno vaya a sacarnos de esta. Por ahora, ciertamente, no lo está haciendo. Pero sí estoy seguro de que por el camino que proponen los otros iríamos directos al desastre. La semana pasada, por ejemplo, se juntaron Julio Anguita y Jorge Verstrynge para decir (¡cráneos privilegiados!) que “no pasa nada si la deuda no se paga”. Hay un voluntarismo que pretende arreglarlo todo mágicamente, saltándose los trámites de la realidad. Pero sus manifestaciones no tienen que ver con esta, sino con la expresión. Se trata, en último término, de expresarse. En este sentido no anduvo desencaminado Gonzalo Moliner cuando, con el olfato hacia las palabras que parece propio de su apellido, defendió el escrache desde la “libertad de expresión”.

El problema es que en política la manera de expresarse es actuando. Los escraches y los cercos al Congreso son actuaciones. Y dispararles, a falta de “políticos”, a dos carabinieri. Lo que sucede es que una salvajada como esta (una explosión de desesperación, sí, si se quiere) ya se encuentra con raíles engrasados por los que transitar. En una entrevista de poco antes, declaraba Rosa María Artal, una de nuestras indignadas: “Es asombroso que no se reaccione”. Y ella misma, nada más conocer la noticia, escribió en su Twitter: “Jugar en el Olimpo político y machacar a los ciudadanos acarrea estas indeseables consecuencias”. Indeseables, desde luego, pero no inesperadas. Las cosas van mal, pero a algunos les va la marcha y se sienten rejuvenecer con la vieja consigna de “cuanto peor, mejor”. Mejor, al menos, para sus expectativas.

[Publicado en Zoom News]

28.4.13

La gran novela de Arcadi Espada

Arcadi Espada es desde hace tiempo nuestro mejor columnista, el maestro del columnismo más difícil de todos: el de ideas. Mientras que los demás columnistas (¡ahora tengo que incluirme!) tomamos con mucha suerte una idea y la mareamos hasta llenar el espacio requerido, Espada suele dispensar unas cuantas en cada columna. Por lo general, originales. Y encarnadas en lo que importa en último término, porque es su materia: la escritura. No se oponen, porque a esta la beneficia la idea: le quita grasa. La escritura de Espada es una escritura con tics, pero sin grasa. Suavemente amanerada, ágil y punzante. Para mí es también hoy nuestro mejor escritor. (Estas pontificaciones, naturalmente, las determina el gusto; así que pueden cambiar “mejor” por “el que más me gusta”).

El lector que no lea solo El País, que lo ignora (pobre destino el del periódico que, en menos de diez años, ha prescindido de Félix Bayón, Enric González o el propio Espada, y ha dejado escapar a Jabois), sabe que nuestro autor ha publicado un buen libro: En nombre de Franco. Para los arcadianos es un festín, y para mí, que soy un arcadiano con ciertas ganas, es un festín doble. Luego se verá. Se trata, por resumir, de un libro magnífico; ejemplar en varios aspectos, el primero de los cuales es la conciencia del carácter marginal de su asunto. Esto le resta melodrama y le otorga tragedia. Espada advierte desde el principio de que, aunque el diplomático Ángel Sanz Briz y sus colaboradores de la legación española en Budapest en 1944 salvaron a unos tres mil judíos, los exterminados en aquellos años fueron seis millones: “El periodismo trabaja siempre en la cruz que forman lo importante y lo interesante. La historia de Sanz Briz, como la de otros héroes del invierno de Europa, es interesante. Pero mucho menos importante que la de las masas enormes y mudas de cadáveres que nadie pudo salvar”. Solo en Hungría las cifras abruman: medio millón de judíos asesinados en tres semanas; setecientos mil en total durante los pocos meses en que dominaron los nazis, hasta la llegada de los bolcheviques. Espada no permite que se evapore este trasfondo y sobre él va elaborando su relato.

Este está compuesto por un viaje, una investigación, una reconstrucción de los hechos y una corrección de falsedades. La elección del título que lo empaqueta, En nombre de Franco, es un caramelo para el aficionado a Espada: porque supone una consignación ajustada del contenido y al mismo tiempo un desafío, un ponerse deliberadamente en la picota, dado nuestro panorama sectario y bobo. Epatar con la verdad: he aquí la especialidad de la casa. A mí me fascina el modo en que Espada logra ser artista y dandy por medio de una renuncia explícita al arte y al dandysmo. Como contaba Luis Antonio de Villena en Corsarios de guante amarillo, que es nuestro manual de esto último, el dandy se viste no para atraer sino para repeler. Crea así un vacío en torno, entre ascético y aristocrático, que le reafirma en su singularidad. El título de este libro repele, y Espada ha venido soplándolo como un matasuegras en todas las entrevistas, como cuando Oscar Wilde exhibía su traje estético. El juego de Espada está en hacerse fuerte en las limitaciones del periodismo: en escandalizar no con la imaginación sino con la realidad. En este caso, fue una realidad que los héroes de Budapest actuaron en nombre de Franco. El espíritu dandy de Espada se manifiesta, pues, en escoger la realidad adecuada en el armario de las realidades.

Aquí se trataba de deshacer dos engaños: el de que Sanz Briz y sus ayudantes actuasen por su cuenta y no de acuerdo con el gobierno franquista; y el de que el italiano Giorgio Perlasca, que continuó con la labor de Sanz Briz una vez que este se hubo marchado de Budapest, fuese el gran protagonista de la historia. Espada aporta documentación que desmiente lo primero; y señala que no existe documentación que suscriba lo segundo. El efecto de ambas desvelaciones resulta irritante. La primera porque nos obliga a admitir huecos de bondad (aunque fuese, como recalca Espada, por interés) en la maldad del franquismo; la segunda porque desmonta una historia brillante en favor de otra más gris. Es este eje enjundioso el que le da potencia al libro. El que lo convierte en una obra arriesgada, valerosa y compleja: con la hermosura seca y contradictoria, incómoda y en el fondo impasible, de la verdad.

Sobre la temática concreta del libro, en cualquier caso, ya se está hablando mucho. Yo quiero darle una vuelta insidiosa, porque mi admiración por Espada también lleva su pique. A mí me interesa menos el periodismo que la literatura. Y si Espada me gusta tanto es por su literatura. Yo acepto la moral periodística que se autoimpone, pero como si fuese (desde mi percepción) un requisito estético. Acepto igualmente como un valor la renuncia a la ficción: pero por los efectos literarios de tal renuncia. Como lector de literatura aprecio que lo que haya en la página sea un reflejo, una manifestación en palabras, de lo que ha ocurrido fuera. Pero lo aprecio porque refuerza la página: porque le da, por así decir, una sombra de vida. Volvemos al principio: la verdad, como la idea, le quita grasa a la escritura. La renuncia a la ficción es una excelente medida higiénica. Siempre que se sea consciente, como lo es Espada, de la primera realidad de la página, que es la escritura misma.

El juego que mantengo por mi cuenta, aunque parece que se trata ya de un juego andaluz, es el de alabar las cualidades novelísticas de En nombre de Franco. Una subtrama, o una trama latente, de este libro es el combate de Espada con la novela, a la que llama “la Deplorable”. Aunque es un combate que tiene su lado de cortejo. Su fijación no puede ser gratuita: tiene todas las trazas de constituir la defensa contra una tentación. Defensa justificada, porque los momentos en que Espada roza el género, cuando incurre en debilidades como la de usar la segunda persona para dirigirse a Perlasca, son los menos logrados (en realidad, los únicos menos logrados) del libro. Más allá de que en realidad no sea un combate contra la novela sino contra un tipo muy específico de novelas (por más que Espada use el término para referirse a todas: del mismo modo que usa equivocadamente la palabra faction, que significa en inglés justo la mezcla de fact y fiction), se trata de un combate precioso. El objetivo es restituir al personaje menos novelesco, Sanz Briz, el “héroe diplomático”, y desinflar al novelesco, Perlasca. Para lo cual Arcadi Espada se convierte pasajeramente en Arcadi Perlasca. Pero hay una suerte de venganza, no menos preciosa. La única cualidad novelesca de Sanz Briz, la de su supuesto adulterio (de hecho, la cualidad más novelesca posible: en ella se funda casi toda la novelística del siglo XIX), es la que más problemas ha terminado acarreándole a Espada. Sobre el final del libro además, como quien no quiere la cosa, Espada anota una confesión que lo asimila a El malogrado de Thomas Bernhard. A propósito del novelista Stephen Vizinczey escribe: “mi gran húngaro , el hombre que me enseñó tanto sobre la literatura que no tuve más remedio que dejarla”.

En nombre de Franco puede leerse, pues, como una novela: es también una gran novela. Una novela que parte de un gesto de raigambre vanguardista: la negación de la novela. Con un personaje principal, que es el que habla en primera persona, el que anota sus impresiones y sus pensamientos, e investiga; y otros personajes, deliberadamente no inventados (incluido “el inverosímil Campos”, ese Watson que, al mencionar sus calcetines, se convierte en el Pilar Urbano de sí mismo), a los que solo podemos acceder por medio de su rastro objetivo, los documentos y los recuerdos de otros a los que sí se accede. La intimidad, higiénicamente, permanece velada. No hay fantaseo ni imaginación (más allá de la minuciosa imaginación de cada construcción verbal), sino un acople a la vida. Esta decide, en último extremo, el argumento: fragmentario y confuso, inconveniente en ocasiones, frustrante, insatisfactorio. En comparación con estas premisas, qué blandos me parecen casi todos nuestros novelistas declarados, con sus historias flojas y sus aburridos mundos propios. Mi convicción es que no habrá una novela fuerte que no se tome en serio los reparos de Arcadi Espada. La realidad es el gran ariete contra la retórica.

[Publicado en Jot Down]

25.4.13

Voto inútil

Ponerse a reformar ahora la ley del aborto da la medida de este Gobierno: un Gobierno inútil que rompe ya todo vínculo posible con el voto útil. Quienes votaron al PP por esto último han venido acumulando razones en este año y medio para estar decepcionados. Ahora podrán estar abiertamente arrepentidos. Rajoy confirma así quién es: no el que ganó las elecciones de 2011, sino el que perdió las de 2008. Para derrotar entonces a Zapatero solo necesitaba altura de miras, sentido común y aparcar (aunque fuera provisionalmente, y por razones de Estado) los atavismos reaccionarios del PP. Hizo justo lo contrario: puso en primer plano estos atavismos y postergó lo demás. El resultado fue la segunda legislatura de Zapatero, de cuyas nefastas consecuencias es también responsable, por ello, el actual presidente.

Reabrir este debate en la situación de crisis generalizada en que nos encontramos no es solo una frivolidad: es una irresponsabilidad. Es, de nuevo, una estratagema política para distraernos de lo importante. Algo que, por otra parte, es la especialidad del más político (en el peor sentido) de nuestros políticos: Gallardón, el que encabeza esta reforma. Nuestros problemas son muy complicados, pero enzarzarse a debatir sobre el aborto es muy sencillito. Cada cual conoce su papel, un papel catalogado desde hace tiempo, y lo único que tiene que hacer es interpretarlo. La ansiedad con que Valenciano se ha lanzado a interpretar el suyo, naturalmente en contra, es la otra cara de la misma moneda. Para el PSOE, en el peor momento de su propia crisis, es también un balón de oxígeno.

En cuanto al aborto en sí, es un tema, como todos, sujeto a debate. Yo estoy a favor de la ley que hay, al igual que el 80% de la población, pero no creo que la discusión esté zanjada: por más razones teológicas, en un sentido o en otro, que se esgriman. Las razones son todas humanas, y por lo tanto imperfectas. Pero para mí el aborto es hoy una cuestión secundaria: la principal es cómo nuestros políticos, por su inutilidad, han vuelto imposible todo voto útil.

[Publicado en Zoom News]

23.4.13

Pena de museo

Nuestros famosos no solo están expuestos a la “pena de telediario”, consistente en que las cámaras los muestren entrando y saliendo del juzgado (imágenes que se quedan como manchas aunque al final salgan limpios). Ahora también se ven sometidos a otra más sutil, y más cruel: la pena de museo. Como la anterior, consiste en entrar y en salir, pero solo en el salir se manifiesta. Cada víctima entra confiada a inaugurar su figura, y no sé si le advierten, antes de que termine de sonreír, que deberá comportarse bien a partir de entonces: si no, se la retirarán del museo. Cuando se perfeccione el método, podremos detener de antemano a aquellos que se nieguen a que les hagan la estatua.

La cera es el material de las velas, y en este sentido estar en el museo de cera es estar literalmente en el candelabro. Para el que le interesa la fama, solo hay una cosa peor que no estar: haber estado. Si, como decía Borges, “ordenar bibliotecas es ejercer de un modo silencioso el arte de la crítica”, entonces ordenar el Museo de Cera de Madrid equivale a ser el aparcacoches del Olimpo. Aunque no de un modo silencioso: no hay entrada ni salida sin telefonazo previo a la prensa. Lo llamativo del último, para anunciar que retiraban a la Pantoja, ha sido la rapidez: acorde con estos tiempos de ansiedad, casi epiléptica, por la justicia. Aunque también son tiempos de sacarse un dinerillo con lo que sea, y es posible que, si se hubieran esperado, la propia tonadillera habría asistido a hacerse unas fotos con su efigie mientras se la llevaban.

El problema del museo es que no cuenta con una franja moral intermedia, sino que existe una tajante división entre los personajes respetables y los monstruos y asesinos (que son, por lo demás, a los que yo más respeto, museísticamente hablando). Hay un cielo y un infierno, pero no un purgatorio. Lo más parecido es lo que han hecho con Urdangarin, que en vez de retirarlo lo han pasado a la sala de deportistas. Pero en el museo todo está sometido a una implacable precisión justiciera, y como el exjugador de balonmano no entró en calidad de tal, lo han vestido “con jersey y pantalón de calle”. (Anticipándose, por cierto, a la solución que parecen haberle encontrado en Qatar).

En cuanto a las figuras desterradas, me gustaría saber si las funden para reutilizar la cera. También podrían mandar las cámaras al sótano: por si hay tomate entre Marichalar y la Pantoja en el caldero.

[Publicado en Zoom News]

18.4.13

Menores de 18 años

Da pereza repetirlo, pero qué le vamos a hacer: lo más vivo que hay hoy del franquismo es el antifranquismo. Este lo componen individuos tan obsesionados con Franco que su discurso está determinado por semejante obsesión. Dicen “no Franco”, pero en el sintagma no está solo el “no”: también está “Franco”. Digan lo que digan y hagan lo que hagan, no dejan de tenerlo presente: con lo que consiguen que el franquismo siga atufando –gracias a ellos– cuarenta años después de los cuarenta años.

La costumbre más franquista de estos antifranquistas es la de ir acusando de franquista a todo el que no piense como ellos, o se atreva a violentar el pétreo chiringuito de su obsesión. A la sombra del antifranquismo nominal ha venido prosperando, así, un franquismo sociológico (especialmente virulento en el caso de las Españitas, que es como García Calvo llamaba a nuestras regiones autoerigidas en patrias) que nos tiene atrapado como un pegamoscas. Aquí no se puede dar un paso sin pringarse. El franquismo tenía sus policías y sus curas, y el antifranquismo también los tiene. Impera una ley implícita de vagos y maleantes. La respiración es tan trabajosa como entonces.

Uno de nuestros respiraderos es Arcadi Espada. Tiene tan poco que ver con Franco, que ha titulado su último libro En nombre de Franco. En él dice, documentadamente, que la embajada de España en el Budapest nazi no actuó por su cuenta al salvar judíos, sino que lo hizo de acuerdo con su Gobierno, que tenía un interés estratégico en ello ante la inminente victoria de los aliados. “Es un título para mayores de 18 años”, ha venido repitiendo Espada. Da igual. Ayer lo entrevistaron en Público.es y, más allá de los intentos del menesteroso entrevistador, nuestro antifranquismo se ha desatado en unos comentarios que son de una minoría de edad alarmante.

El viejo Kant definió la Ilustración como “la mayoría de edad de la humanidad”. Obedientes de Franco en lo profundo, nuestros antifranquistas siguen enroscados en el oscurantismo.

[Publicado en Zoom News]

16.4.13

Almodóvar va mal

Finalmente me he armado de valor y me he metido a ver la última de Almodóvar. No es tan mala como dicen: es peor. Una basura incalificable. Tan incalificable, que calificarla de basura resulta benévolo. Una basura, al fin y al cabo, es algo. Los amantes pasajeros no es nada: apenas un presupuesto gastado en el vacío. Como el aeropuerto fantasma sobre el que el avión de la película da vueltas antes de su aterrizaje forzoso.

Antes de cada uno de sus estrenos, Almodóvar tiene garantizadas dos críticas: una mala (la de Carlos Boyero) y otra buena (la de Jordi Costa). Sea como sea la película, Boyero va a hablar mal y Costa va a hablar bien: ellos sabrán el motivo. Los demás vamos al cine a fajarnos, a salir contentos o descontentos, o semicontentos o semidescontentos. Yo soy almodovariano y me lo he pasado bien (en mayor o menor grado) con todas las películas de Almodóvar, menos con Kika y La mala educación. Estas eran las dos peores, pero la peor es ya Los amantes pasajeros.

En cierto modo, es lo que nos faltaba. Ahora que la Transición falla por todos sus flancos, no podía dejar de fallar Almodóvar, que fue a la vez uno de sus productos y uno de sus agentes. Remito a la precisa exposición que ha hecho Albert de Paco, en Jot Down, de la recepción de las películas de Almodóvar: ahí se aprecia cómo Almodóvar –y la Movida en general– vino a ser la sombra estética de la Transición. Si la democracia nos trajo la libertad, la Movida nos indicó que el modo más glorioso de usarla era confundiéndola con el libertinaje. Mediante ella, España se sacudió a los curas, a los tunos y a los cantautores.

Pero fue un paréntesis. Los curas, los tunos y los cantautores solo se escondieron un rato y hoy vuelven a campar. Almodóvar mismo hace tiempo que es uno de ellos. Yo diría que desde la frase final de Carne trémula (1997): con aquello de “en España hemos perdido el miedo”, Almodóvar manifestaba su miedo a ser tachado de frívolo. Cuando la frivolidad fue justamente su gran aportación política a este país tan cargado y tan cargante. Con Los amantes pasajeros ha intentado recuperarla, pero no le ha salido: no hay frivolidad genuina, sino un remedo programático, pesado, hueco y, sobre todo, sin gracia.

Aunque, bien mirado, este es el modo que Almodóvar ha tenido de seguir siendo un artista de su tiempo: yendo también de culo.

[Publicado en Zoom News]

13.4.13

En paralelo a la vida

Se juntaban dos cosas: la permisividad de los padres y la osadía de los programadores. Aunque ambas eran involuntarias. En realidad, entonces no existía la conciencia de que hubiese que educar. El resultado fue que tuvimos una excelente educación. Excelente y tremenda.

Todavía no doy crédito a aquel lujo. Pero, entre los diez y los dieciocho años, pongamos, pude ver en la tele series como Raíces, Holocausto, Capitanes y reyes, Hombre rico, hombre pobre, Cañas y barro, Fortunata y Jacinta, Los gozos y las sombras, Ramón y Cajal, Sandokán, Poldark, Miguel Strogoff, Marco Polo, Mozart, Yo, Claudio o Retorno a Brideshead. Y antes de los diez una que le helaba la sangre a un niño: Las aventuras de Pinocho, que hoy sería una locura. Y adaptaciones de La isla del tesoro, Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Los miserables y hasta El idiota de Dostoievski. Había más ficción en la tele de aquel tiempo: las películas clásicas de Hollywood, los dibujos animados o las series de episodios sueltos. Pero las que quiero evocar ahora son “las que seguían”: las que iban contando una misma historia durante muchos capítulos, con muchos personajes y con muchos acontecimientos. Y entre un capítulo y otro (que eran semanales, y a veces diarios) íbamos viviendo. Y se creaba entonces la ilusión (que persiste –incluso reforzada– en la memoria) de que estábamos viviendo dos vidas, en paralelo: la cotidiana nuestra, de niño o adolescente, y la extraordinaria de la serie de turno, que era larga y acelerada, exótica, intensa, tormentosa, exaltante a veces y a veces catastrófica, pero cambiante, siempre cambiante.

Dice Eliot en un famoso verso que “el ser humano no puede soportar demasiada realidad”. Pero mi impresión es que en aquellas series ya la tuvimos toda: tuvimos toda la realidad posible, y fue una gozada. En Cañas y barro ahogaban a un bebé en la Albufera. En Yo, Claudio Mesalina recibía en la cama a decenas de romanos en una noche, y Calígula se acostaba con su hermana, y había una lucha despiadada por el poder. En Retorno a Brideshead había jóvenes que sufrían no se sabía por qué en universidades inglesas, y estropeaban sus vidas de un modo extraño, y había otro (Jeremy Irons) que lo miraba todo con una tristeza impasible. Vivimos bajo la esclavitud en Raíces, y bajo el nazismo en Holocausto, siendo judíos; y ambas cosas las vivimos desde dentro. Conocimos los vaivenes de la fortuna en Capitanes y reyes y Hombre rico, hombre pobre. Y vivimos en el Madrid del siglo XIX con Fortunata y Jacinta, y en la Galicia de la época de la República con Los gozos y las sombras. Y viajamos de verdad con Miguel Strogoff y Marco Polo. Atravesamos continentes y recorrimos vidas enteras, desde que el personaje era niño hasta que era anciano y se moría.

Ahora me parece que, como en El Aleph de Borges, todo lo vivimos ya en las series, cuando aún no habíamos vivido. Y que lo que nos ha pasado después ya nos sonaba. Sexo, amistad, traición, amor, venganza, felicidad, tristeza, exaltación, abatimiento, nacimiento, muerte, prisión, aventuras. Hay un momento, en la primera juventud, que en mi caso se corresponde justo con el periodo en que dejé a ver series (costumbre que retomé, como tantos otros, con Los Soprano) en que la vida empieza a saber a poco. Pero luego los acontecimientos se precipitan, y al final todos vivimos las cosas fundamentales: conforme nuestra vida se va haciendo larga, se va pareciendo más a aquellas series largas.

Ahora se aprecia que el gran protagonista era el tiempo. Hay muchas películas en que el personaje envejece. En el curso de dos horas pasa toda su vida. Impresiona también, por supuesto; pero las series de muchos capítulos cuentan con la ventaja de que el tiempo mismo se mete en ellas. Y más antes, cuando uno no podía darse los –por otra parte gloriosos– atracones de capítulos de hoy, en que nos zampamos una serie entera en pocos días; sino que la historia se iba destilando poco a poco, a lo largo de semanas y meses. Se asistía de un modo más preciso al paso de las edades del hombre, e incluso de las generaciones. Era como asistir a un misterio: el de la propia vida.

Muchas de aquellas series he vuelto a verlas después, pero hay una que no he podido encontrar y que tampoco sé si quiero encontrarla, porque es la que más me emociona en el recuerdo: la sobria Mozart, que emitieron en España en 1984, cuando yo cumplía los dieciocho. Poco después estrenaron en el cine Amadeus, con aquel Mozart loco y con relinchos, pero el Mozart bueno fue el de aquella serie de televisión. Era un Mozart que cuando se tenía que alegrar se alegraba, y que también hacía locuras, como las hacía Mozart; pero que guardaba un cierto prosaísmo melancólico. Tenía algo kafkiano: era un hombre al que la genialidad le había caído encima. El final era demoledor. Cuando va a morir y repasa su vida, lo único que pide es que sus hijos no sean como él. Era el cierre perfecto (sonando el Requiem) para los créditos iniciales que habíamos visto semana tras semana, y que siguen conmocionándome. Suena el segundo movimiento del concierto para piano núm. 23. Desde el fondo de la pantalla oscura se ve a un hombre que avanza hacia cámara. Viste con ropas del siglo XVIII y lleva en sus brazos un niño, vestido como él, no se sabe si dormido o muerto. A medida que se acerca lo reconocemos: es Leopold Mozart, llevando a su hijo Wolfgang Amadeus. Avanza y avanza y en realidad parece que está muerto. No puede ser –porque sabemos que vivió hasta los treinta y seis–, pero el niño está muerto; o quizá solo está muerta su infancia. No se detiene cuando llega a cámara y todo se queda oscuro.

[Publicado en Jot Down en papel 2, especial series]

12.4.13

Especial Julio Verne

El tercer número en papel de Jot Down ya puede adquirirse, bien online, bien en esta selección de librerías. El hilo conductor del número es Julio Verne, aunque en sentido amplio: los protagonistas son los decimonónicos en general. Yo he escogido a mi favorito del siglo: Nietzsche. Mi artículo se titula "Viaje a la superficie de la Tierra".

11.4.13

Barba regia

No es cierto que la nueva generación de españoles sea la mejor preparada de la historia: gracias al PSOE, al PP y a los nacionalistas, que han abaratado o embrutecido nuestro bachillerato, es una de las peor preparadas. Lo que ocurre es que, en esa generación, por su suerte y por su esfuerzo, sí están los individuos mejor preparados. Entre ellos se encuentra el Príncipe Felipe.

La realidad no debe contaminarse de ficción; pero es permisible extraer de los periódicos las novelas entreveradas. Novelas hechas de realidad. Una es la del Príncipe, que lleva meses comportándose como un monarca entre los escombros. Intentando no fallar, mientras ve cómo su futuro reino se evapora. Lo tiene todo para ser rey menos el trono. La corona sí la lleva: es esa barba que se ha dejado. Antes se la quitaba y se la ponía, pero ya no se la quita nunca. A esa barba le cabe un adjetivo con intención: es anticampechana. Por eso, contra nuestra costumbre, es también regia.

La novela tiene que ver con aguantar. Con mantener la compostura, como un torero. No sé si existe una lucha soterrada entre el Príncipe y el Rey, como insinúan algunos columnistas. Si existiera y el Príncipe fuese algo así como una oposición monárquica, lo hermoso es que esa pugna se llevaría a cabo mediante las formas. Solo mediante las formas. No puede protestar, sino hacer gestos. Mantenerse. Proteger su integridad. Es un cuadro sutil para el gourmet de prensa con sensibilidad literaria.

Yo soy republicano, pero no creo que lo urgente sea la República. Lo urgente es la democracia, el Estado de Derecho y el estado de bienestar. La Monarquía es admisible si favorece estas cosas; del mismo modo que la República no lo es si las entorpece. Entre nuestros republicanos más vociferantes (que son los que alzarán otra vez la voz este 14 de abril) yo detecto que aspiran a un régimen ideológico, no a un marco institucional en el que quepan todos. Y no veo que tengan soluciones, solo un pensamiento mágico en el que parece que todo va a arreglarse con poner morada la franja inferior de la bandera. Entre los problemas con que se encontraría hoy una hipotética República, está, como señaló el director de Zoom News, Agustín Valladolid, el que no contamos con nadie que pudiera presidirla.

Salvo, paradójicamente, el Príncipe. Y aquí asoma de nuevo la novela, la que conmueve callada en los periódicos: el Príncipe, como los mejores de su generación, se ha preparado para un país que no existe.

[Publicado en Zoom News]

9.4.13

La menopáusica de la Historia

Siempre me fijo en los que mueren juntos. Se producen asociaciones inesperadas. Es como dejar en manos de la muerte un último destello de significación sobre sus vidas. Significación azarosa, claro está: para entretenimiento de los vivos. Hace años, por ejemplo, murieron el mismo día Ava Gardner y Dámaso Alonso. Como a la primera la llamaban “el animal más bello del mundo”, el segundo quedó como el más feo. Ahora se han muerto Sara Montiel y Margaret Thatcher. El juego de pensar cruzadamente en ambas puede favorecerse intercambiando los nombres en los titulares. Así, le correspondería a Montiel: “La mujer que revolucionó la derecha en Europa”. Y a Thatcher esta frase recuperada de Camilo José Cela: “Una de las mujeres más cachondas del Occidente europeo”.

De las dos, era de Thatcher de la que más me acordaba. No por gusto físico ni por afinidad ideológica, sino porque formaba parte del elenco de mis primeros periódicos. La detestaba, naturalmente, pero su cara pertenecía al paisaje de una época de felicidad. En ese paisaje Tejero fracasa en su golpe de Estado, Felipe González gana las elecciones y Margaret Thatcher manda barcos a la guerra de las Malvinas. Se me quedó grabado cómo la llamó Umbral entonces: “la menopáusica de la Historia”. Una gran frase, y muchas risas. Pero con el tiempo ha sido también motivo de reflexión. Por la alegría expresiva que se ha perdido. Y por la brutalidad implícita en aquella alegría (machista, por supuesto).

También, con el tiempo, he aprendido a valorar a los pocos que defendían a Thatcher. Sobre todo a Vargas Llosa. La extrañeza que nos producía aquella defensa es el índice de su soledad intelectual de entonces: un rasgo valioso en sí mismo. Thatcher sigue sin gustarme, aunque se ha colado algún aprecio contradictorio. Aprecio que tiene que ver con sus enemigos, que quizá hoy me gusten aún menos que ella; y con la frase citada por Arcadi Espada: “Estoy asqueada de los sentimientos en la política”. Pero siguen asqueándome los políticos exclusivamente duros. A este respecto, comparto la afirmación sobre ella del exlíder laborista Michael Foot: “No tiene imaginación, y eso significa que no tiene compasión”. No terminan de convencerme los “campeones de la libertad” que apoyan a dictadores como Pinochet y llevan una vida pacata, como si no fueran libres. Sara Montiel lo fue más.

[Publicado en Zoom News]

4.4.13

Merkel en Isquia

Los encantos de Angela Merkel en bañador durante las pasadas vacaciones han eclipsado lo fundamental, que es la isla en que se encontraba: Isquia. Parece que por el nombre nadie la ha reconocido, pero se trata de la isla en que transcurre una de las obras maestras de Billy Wilder: Avanti!, conocida entre nosotros como ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? El dato podría ser anecdótico, pero no lo es: el tema de la película (estrenada en 1972) es la diferencia entre el norte y el sur, entre el protestantismo productivo y el catolicismo sensual. O sea, el tema que viene acaparando las primeras páginas de los periódicos desde que empezó la crisis.

Solo que en la película, además de resaltarse la diferencia, se produce un acercamiento: el puritano personaje que interpreta Jack Lemmon termina seducido por el mundo soleado y chapucero que empezó desdeñando. Yo no estoy muy seguro de que nuestros dispendios sureños sean el ideal, ni de que la austeridad solo pueda ser objeto de mofa. En realidad, como casi siempre, cada uno debería fijarse en lo que le falta. Así, la burla del puritanismo y de la hipocresía burguesa era algo que Wilder dirigía a sus compatriotas de adopción, los estadounidenses. Debería ser Merkel la que revisitase Avanti!, a ver si nos suelta; en tanto que nosotros, para no terminar de disiparnos, deberíamos inyectarnos un ciclo del adusto Dreyer.

Pero es traer a Wilder y no poder evitar gamberrear un poco. La premisa de Avanti! es que los protagonistas acuden solos a Isquia, y por eso cambian. A Merkel quizá no le aprovechan sus vacaciones porque acude con su esposo, el químico cuántico Joachim Sauer. ¡Pero ah, si Merkel viajara sola! No a Italia, donde hay bocazas como Berlusconi, sino a España. Qué gran película podría hacer Wilder con estos materiales: Merkel, crisis, Torremolinos... y, en vez de Jack Lemmon, Alfredo Landa. Si fuera landismo vulgar, todo acabaría en catástrofe. Pero Wilder era un genio y se las apañaría para que, justo antes del The End, nos lloviese pasta del Bundesbank.

[Publicado en Zoom News]

2.4.13

ETA, qué gran noticia

Tenemos pocos novelistas presentables y uno de ellos es Antonio Orejudo. Es una lástima que su presentabilidad como novelista no le haya impedido escribir, como articulista, la siguiente impresentabilidad: “La resurrección de ETA el martes ha sido una excelente noticia para el PP”. El artículo habla de resurrección y se publicó el Domingo de Resurrección. Eso me permite señalar que con ETA también resucitan frasecitas como esa. Y también, ya puestos, señalamientos como el presente. (Volvemos, pues, a la poza. Qué cansancio).

ETA fueron los crímenes y fue a la vez el fomento de un abyecto caldo de cultivo. Muchos de los que reprobaron los crímenes (como hace el propio Orejudo, no va por ahí mi crítica) fomentaron, sin embargo, ese caldo. Casi siempre de manera laxa; involuntaria casi, inocente casi: pero efectiva. Para escribir una frase como la de Orejudo, por más que la matice luego, hace falta tener una mente sectaria. Me incomoda la percepción de que los sectarios de la Izquierda se sienten más próximos a ETA, en tanto que se autopredica de izquierdas, que a la Derecha. Entiéndaseme: pueden repugnarles sus crímenes (como por fortuna les repugna a la mayoría), pero en el fondo hay unas vías de comprensión que están cortadas cuando el objeto del juicio pertenece a la Derecha. De ahí la matización sin fin hacia la una y la grosería (también sin fin) hacia la otra.

Por otra parte, una frase como la señalada ejecuta exactamente aquello que critica: trata de aprovechar para su sector ideológico justo lo que, según sostiene, aprovecha el otro sector. Y de manera inmediata: sin que haya que esperar a más acontecimientos. Es decir: el que la resurrección de ETA haya sido una excelente noticia para el PP es algo que está por ver. Lo que no está por ver, sino que ya lo estamos viendo, es que ha sido una excelente noticia para Antonio Orejudo, puesto que le ha permitido utilizarlo como munición. (Y también para mí, ya puestos, porque me ha dado tema para el presente artículo).

[Publicado en Zoom News]