30.6.12

El libro y la película

Lo primero que leí del Libro del desasosiego no fue en libro sino en periódico. Yo tenía diecisiete años y supuso una revelación. Fue en el suplemento literario de El País, que publicó una selección con motivo de la salida de la obra en España. Aquella edición de Seix Barral, con traducción de Ángel Crespo, sería pronto la mía. Hoy tengo otras dos en portugués, una comprada en Lisboa y otra en Río de Janeiro, y sé que Acantilado sacó una traducción nueva en español. La propia Seix Barral ha reeditado el libro con una portada diferente. Pero la que yo leo sigue siendo la de 1984, con Pessoa en su mesita, prototipo del escritor envidiable.

Aunque la revelación, como digo, fue en el periódico. Descubrí aquel día el nombre de Fernando Pessoa y descubrí que se podía escribir así. Yo no lo sabía. Para el adolescente es vital encontrarse con lo que se puede hacer; no me refiero a “lo que está permitido”, sino a “lo que es posible”. Aquello que es posible hacer pero nunca se había imaginado. Yo no sabía que se podía escribir con esa intimidad, con esa transparencia y con esas dudas. Yo no sabía que se podían expresar tan abiertamente las tribulaciones. Ni contar que no se es nadie, y que se está al margen, y que la vida pasa como un río ajeno. Que se podía ser tan original reduciéndose al máximo. Que era posible despojarse de toda retórica positiva. Que se podía escribir sobre el vacío de un modo tan suave y elegante, con tan poca tragedia.

Luego he encontrado a lectores que se sintieron abrumados con el Libro del desasosiego, y que lo rehúyen porque les deprime. A mí me salvó la vida. Para el adolescente es un alivio saber que no hace falta estar completo, ni conocer mundo. Que el mundo que uno ocupa –y constituye– es bastante. Que cuando la voluntad decae, aparece otro territorio que merece exploración: el de la falta de voluntad. Sin agonías. Baudelaire se había puesto histérico con el spleen, pero Pessoa lo habita. O mejor dicho: su semiheterónimo Bernardo Soares, a quien atribuye las páginas del Libro del desasosiego (en Pessoa sí hay histerismo, pero está en Álvaro de Campos). Bernardo Soares es ayudante de contable, que en portugués se dice ajudante de guarda-livros; por lo que el Livro do Desassossego sería aquel en el que lleva la contabilidad (fragmentaria) de sus pensamientos y sus sensaciones.

En una anotación de sus Diarios, cuenta Iñaki Uriarte que cuando leyó por primera vez el Libro del desasosiego llamó “entre las lágrimas y el entusiasmo” a El Correo para decir que “la publicación de ese libro era noticia de primera página”. Yo lo he estado hojeando ahora otra vez y encuentro que todo lo que dice sigue siendo actual. Probablemente no haya leído nunca nada tan actual en una página de periódico como los fragmentos, escritos medio siglo antes, que leí aquel día: como si el “no-ser” que se cuenta en ellos poseyera la fórmula para seguir no-siendo, sin oxidarse.

Había que escoger también una película y me he decantado por una lánguida y hermosa: La vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder. Se estrenó en 1970 y fue un fracaso. La película que hay es una sombra de la que soñó Wilder. Para Holmes quería a Peter O’Toole y para Watson a Peter Sellers, y se debió conformar con Robert Stephens y Colin Blakely. Tuvo además que eliminar una hora y veinte, por exigencia de la distribuidora. Según recoge Ed Sikov en su biografía de Billy Wilder, este había concebido la película “en cuatro partes, como una sinfonía: una para el drama, otra para la comedia, una para la farsa y la otra para el romance”; y solo pudo dejar dos. En el fondo Wilder tenía el propósito de autorretratarse, por medio de un “estudio serio” del detective misógino y exacerbadamente cerebral. Quiso hacer su película más propia, pero terminó renegando del resultado.

El caso es que, vista hoy, La vida privada de Sherlock Holmes es una maravilla. Todos los contratiempos han terminado reforzando el tono requerido, que era precisamente el del fracaso. El Holmes de Stephens no se puede comparar al de Jeremy Brett (que es inalcanzable), ni a los de Basil Rathbone o Peter Cushing. Pero es un Holmes perfecto para esta película: con algo menos de brillo y de carácter, autoirónico, vulnerable. Un Holmes en el que se ceba con especial encono el aburrimiento que hay entre caso y caso, en el que el recurso a la cocaína está más justificado y que está ya expuesto a caer en el amor. Como no podía ser menos en una película de Wilder, hay chistes magníficos y una trama estudiada (que se sostiene pese a los cortes); pero el enamoramiento de Holmes, el proceso de su relación con el personaje interpretado por Genevieve Page, es lo que deja poso. Conmueve por la compostura, por la distancia: es una pasión que va por dentro; la pasión del cerebro que se enamora, y entonces pierde.

El arte de Wilder alcanza su mayor finura en cómo convierte a los dos en un matrimonio de mentira que en lo profundo es de verdad. Para la misión en Escocia, Holmes propone que ambos se hagan pasar por unos “señores Ashdown”, y Watson por su valet de chambre. Y con esa ficción queda cifrada la situación auténtica. La pareja tendrá hasta su noche de bodas, en dos literas superpuestas que habrían hecho las delicias de Duchamp: su disposición recuerda a la del Gran Vidrio, solo que en este el elemento femenino está arriba y el masculino abajo. Al término de la película hay una última punzada. Tiempo después, Holmes recibe en Baker Street la noticia de que ella ha sido fusilada en Japón porque la han descubierto en sus tareas de espionaje. Se había hecho pasar por la señora Ashdown. Holmes le pide a Watson que le diga dónde ha escondido la droga. Watson, que ya ha leído de reojo la carta, se lo indica. Holmes la coge y se encierra en su habitación. Pocos finales hay tan melancólicos (¡y bellos!) en la historia del cine.

Esta decisión azarosa de juntar el Libro del desasosiego con La vida privada de Sherlock Holmes me impulsa a jugar con puentes. Bernardo Soares sería el Holmes que se aburre entre caso y caso, pero establecido en ese aburrimiento: sin memoria de casos pasados ni esperanzas de casos futuros. Y también menos torturado, porque en ese impasse que es su vida entera encuentra un motivo de distracción (después de todo, un caso): la del examen del cadáver que es él mismo, deambulando por Lisboa. Por su parte, Holmes, incurriendo en uno de esos anacronismos que tanto divertían a Borges, podría reconocerse en Soares: “La Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se pararía”.

[Publicado en Jot Down]

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Todos los artículos de la serie están enlazados aquí.

24.6.12

Las tripas de Frankenstein

La no celebración del debate sobre el estado de la nación posee la diafanidad de las tautologías: ese, exactamente ese es el estado de la nación. El miedo de Rajoy le ha llevado esta vez a expresarse del modo más osado: arrojándonos la verdad, sin tapujos; como no hubieran podido hacerlo mil debates. Él quizá imagina que gana tiempo, escondiéndose; pero ese esconderse es otra emanación del entramado que nos ha conducido a esto, que tiene entre sus componentes principales la falta de control sobre el poder y la dejación institucional. De manera que lo que hace Rajoy es seguir ahondando en las causas del desastre.

También resulta indicativo el que, con la que está cayendo (¡a mí sí me gusta la expresión!), sigan saltando titulares más grandes que los económicos. El jueves había tres: el de la mencionada no celebración del debate, el de la dimisión de Dívar y el de la legalización del partido proetarra por parte del Tribunal Constitucional. La loncha de una sola jornada, cortada al tuntún, que nos hace ver lo podrido que tenemos el jamón entero. Si la hubiéramos cortado otro día, habríamos tenido al Rey en Botsuana, Urdangarin, el Bigotes, Camps, Correa, YPF, MAFO, los ERE de la Junta de Andalucía, el agujero de la cajas, el agujero de las comunidades autónomas, el Parlamento vacío o el Parlamento con pancartas, el aeropuerto sin aviones, los pitidos al himno, el revival de Gibraltar y hasta el juicio a Krahe... Y siempre, sin descanso, la prima en su carrusel, y el déficit y el paro y la pobreza creciendo. Llevamos una racha que abrir el periódico es hacer que nos salte el monstruo de Alien o el de La cosa.

Enric González, aquí mismo, vinculó nuestra “ruina moral” con los apaños de la Transición. Estoy de acuerdo. Aunque a mí tales apaños, en principio, me parecieron bien. Visto lo visto (y conocido el percal), me imagino lo que hubiera pasado si triunfan los de “la ruptura” y se me hiela la sangre. Se hizo, pues, lo más sensato: montar un Frankenstein con todos los pedazos posibles, coserlo y echarlo a andar. El problema ha sido que, una vez que se vio que en efecto andaba, se detuvieron en seco las tareas quirúrgicas. No se siguió trabajando para que nuestro Estado fuese presentable, sino que ya cada cual se puso a mangonear en su sector, con un frenesí franquista del que no se libra aquí nadie. Esto ha sido como el edredoning de Gran Hermano: una fina sábana de legalidad y debajo las orgías.

Lo llamativo es cómo todas las costuras han empezado a abrirse simultáneamente: como si el monstruo hubiera sido construido según el principio de la obsolescencia programada. Los apaños, de pronto, no han aguantado más y ahora tenemos al Frankenstein de la Transición con las tripas fuera. Lo inquietante es que no se ven cirujanos por ninguna parte, ni siquiera científicos locos; sino solo carniceros, y charcuteros.

[Publicado en Jot Down]

22.6.12

La coagulación del papel

Ya tengo el especial en papel de Jot Down, que se puede comprar por aquí o en estas librerías. De lo (poco) leído hasta ahora los textos que más me gustan son los de Iñaki Uriarte y Fernando Savater; pero hay muchos que tienen buena pinta. El mío, "La velocidad adecuada", es modestito. Se me echó el tiempo encima y mandé in extremis algo digno pero a lo que no le hubiera venido mal un repaso. La sorpresa ha sido encontrármelo coagulado en el papel, en ese estadio que para mí no hubiera sido el definitivo. El efecto es curioso. Me gusta incluso. En internet siempre pulo detalles de lo que publico. Pero aquí, paradójicamente, el texto aparece cazado en un momento dinámico. Corregiría algunas cosas, pero ya no se puede. Y descubro que está bien que sea así.

20.6.12

Filosofía histórica

He leído ahora un librito que publicó Turner el año pasado y que es una delicia: El futuro de la Historia, de John Lukacs. Pese a su origen húngaro y a su apellido, creo que no es familia del ceñudo filósofo marxista György Lukács, el que se inventó aquello del "Gran Hotel del Abismo" para meter a Schopenhauer (y meterse con él). John Lukacs nació en 1924, emigró a Estados Unidos en 1946 y es, a todos los efectos, un historiador estadounidense; solo que con la mirada excéntrica (y fecunda) del que llegó de fuera. Turner le había traducido ya otros libros, propiamente de historia; este es de la segunda rama que cultiva: la filosofía histórica, que él opone a la tradicional filosofía de la historia. Tal oposición, por cierto, determina el género: la filosofía de la historia pide el tratado sesudo, articulado con idéntico determinismo al de la historia que propugna; mientras que la filosofía histórica de Lukacs invita al ensayo divagatorio del estilo de Montaigne, abierto al tiempo y la digresión. Digresión que, por lo demás, es siempre enjuta: señalizaciones, apuntes, aperturas de posibilidades y no brazos churriguerescos.

El tema, propiamente, es la historia, la profesión de la historia. El historiador, a sus ochenta y seis años, hace recuento de su oficio y trata de vislumbrar lo que le aguarda. Al paso, va emitiendo ideas (que se abren). Lo encantador es que son ideas por las que no lucha, ni sobre las que trata de convencer (como haría un tratadista), sino que las va dejando (en los dos sentidos de dejar). Pero el lector que las recoja se encontrará con un buen manojo, más osado de lo que por el tono amable parece: la historia como hermana de la literatura (que no de la ficción); las ideas como superestructura de la vida económica (marcando a su vez las distancias con el idealismo); la historia como curso impredecible (que no marcha mecánica ni pendularmente); o la importancia para todo (empezando por el pensamiento) del cuándo. Los historiadores que privilegia son Tocqueville, Burckhardt y Huizinga, y Tucídides y Gibbon. Y suelta algunos mandobles: al historiador E. H. Carr y al novelista Philip Roth, y también a esos colegas suyos contemporáneos que se dedican a escribir estudios como "Pelos con volumen: una historia del consumo en la Francia del siglo XVIII a través de las pelucas" (sic: es un título de 2006).

Para que se aprecie su estilo, copio un pasaje (páginas 94-95; magníficamente traducido por María Sierra):

El valor de cada cosa, tanto material como intelectual o espiritual, es el que nosotros le demos. Esto siempre ha sido así, hasta cierto punto al menos, pero no tanto como hoy. (A esto es a lo que he osado llamar una intrusión mental en la estructura de los hechos; podemos llegar incluso al punto de calificarlo de espiritualización [y abstracción] de la materia). Por supuesto, esto choca de frente contra la creencia de que ahora vivimos en un mundo abrumadoramente materialista, de personas abrumadoramente materialistas. Sin embargo, lo que piensan esas personas –sea como individuos o como masa– constituye la esencia fundamental de lo que sucede en este mundo: los productos y las instituciones no son sino sus consecuencias, sus superestructuras. Y lo que piensan y creen las personas –y lo que pensaron y creyeron– es un tema (sí: un tema) que, por muchas pruebas documentales que se nos brinden, resulta difícil de investigar. (Además, puede que sea mejor que, para analizar este tema, nos dejemos guiar por la literatura y no por la ciencia).
.....No estoy haciendo con esto una declaración de idealismo categórico. Las ideas y las creencias no son abstracciones; son históricas, como los demás asuntos humanos. Pero no siempre surgen como consecuencia obvia de un cierto Zeitgeist. Repito: hay que darse cuenta de que la gente no tiene ideas. Las elige (y cómo, o por qué, o cuándo las elige, son preguntas difíciles).
Concluyo con dos comentarios adicionales, uno doméstico y otro de actualidad. El doméstico se refiere al ámbito del arcadiespadismo, en el que me inserto (si bien díscolamente). El maestro Espada insiste en denominar faction a la escritura purgada de ficción; pero en este libro aparece el término justo con el significado que le dan los anglosajones, que es el contrario: mezcla de "los hechos con la ficción" (p. 120). Algo que reprueba Lukacs (cuya defensa de la literatura no incluye escapaditas a Arganzuela): "esta mezcolanza lleva a que muchas novelas resulten imprecisas, ilegítimas, sin criterio o manipuladoras". El comentario de actualidad se refiere a nuestro momento europeo. En el capítulo final busca qué nombre ponerle a la Era Moderna, etiqueta en realidad provisional, vacía. Propone en principio Era Burguesa (que me gusta), pero luego se inclina por Edad Europea: edad que habría empezado en torno a 1500 y que Lukacs da por concluida en 1950. Esto que estamos viviendo sería un estertor.

15.6.12

Culo de saco

Yo, que he sido (¡y soy!) antizapaterista acérrimo, me revuelvo ahora cuando Rajoy se escuda en la herencia de ZP. Una herencia nefasta, naturalmente: pero el marrón que nos estamos comiendo contiene ya sustanciosos elementos rajoyanos. Su precipitado de incompetencia y contumacia aroma ya el pastel.

Confieso que me he llevado una sorpresa. Era difícil ser un presidente tan malo como Zapatero, y Rajoy lo ha logrado. Pero lo más alucinante ha sido la velocidad: prueba de que no se ha tratado de un proceso, sino de un simple quedarse en bolas. En cuanto ha tomado los mandos, se ha visto que no sirve. Al menos en una situación tan complicada como la nuestra.

A menudo he pensado que Rajoy hubiera sido un presidente aceptable del país que era España antes de los atentados del 11-M. Hacer política ficción no es serio, pero el pacto con mi lector me permite jugar un poco. Rajoy hubiera sido un buen gestor, un hombre apaciguado en la presidencia, lugar muy satisfactorio para un registrador de la propiedad. Con él, la legislatura 2004-2008 hubiera sido aburrida y feliz. Feliz para la derecha, por supuesto; pero también para la izquierda. En especial para tantos escritores y columnistas, que se habrían mantenido contra el poder, ahorrándose el triste trago de la obediencia cortesana. Y para los actores, que habrían seguido rodando secuelas del Hay motivo, con lo que sube eso el caché, al tiempo que mantenían los bolsillos cosquilleantemente llenos. Zapatero, en fin, habría vuelto a perder las elecciones de 2008 y se habría retirado de la política, tras haber sido un agradable líder de la oposición, un contrapunto de color y lirismo a las grises cuentas de Rajoy. La crisis nos hubiera alcanzado, pero de un modo menos traumático. Y además en 2012 ya no hubiera repetido Rajoy y tendríamos otro presidente, del PP o del PSOE, que sin duda sería mejor.

Hasta aquí el cuento: los cántaros de la lechera saltaron por los aires con las bombas del 11-M. Llegó ZP y comenzó el proceso de descomposición en el que seguimos. Desde la perspectiva actual, ya sabemos que Rajoy formó parte de ese proceso. El zapaterismo fue una danza a dos, que consistía en tener el peor gobierno y la peor oposición posibles. La segunda legislatura de ZP nos la tragamos por la estricta inutilidad de Rajoy, que no supo ganar las elecciones más fáciles que ha habido en Europa (exceptuando las últimas, que venían regaladas). Y durante la sórdida legislatura que siguió, la de 2008-2011, Rajoy ha sido cómplice también del encanallamiento (y encallamiento) general. Su estrategia de dejar que el zapaterismo se pudriera solo fue profundamente antipatriótica. Y fue una negligencia: porque la podredumbre ya no hay quien la pare, y menos alguien que tiene una parte tan principal en ella.

Ahora estamos peor. Con Zapatero quedaba una última esperanza: la de que pudiera haber alguien mejor que Zapatero. Rajoy, en cambio, es ya un cul-de-sac: un callejón sin salida. Aunque no sin bajada.

[Publicado en Jot Down]

12.6.12

La voz de Billy Wilder

Billy Wilder se puso de moda en España por Fernando Trueba, pero en mí no se puso de moda por eso (¡yo no le consiento a ningún Trueba que me ponga de moda nada!), sino por un artículo de Muñoz Molina del que me impresionó este comentario:

Nació, como proclamaba de sí mismo Rafael Alberti, con el cine: que se acuerde de los tiempos en que las películas eran atracciones de feria es como si Graham Greene hubiera podido acordarse en su vejez de la primera publicación del Quijote. El cine ha tenido una historia tan veloz, un proceso tan rápido de invención, clasicismo, amaneramiento y decadencia que un solo hombre ha podido ser testigo de su nacimiento, maestro de su plenitud y superviviente de sus mejores días. Billy Wilder vio dirigir películas a Erich von Stroheim y escribió guiones para Ernst Lubitch. No habría sido más alucinante que Francis Bacon hubiera trabajado como aprendiz en el taller de Velázquez.
El artículo, "La voz de Billy Wilder", era a propósito del libro de Hellmuth Karasek Nadie es perfecto, que acababa de aparecer y que me leí pronto, como todo lo que fue saliendo sobre Wilder aquellos años, que fue un montón. Hubo una época en que prácticamente solo me dedicaba a leer libros sobre Billy Wilder y a ver películas de Billy Wilder. Una época feliz, como se puede sospechar. Las anécdotas eran siempre las mismas, pero no cansaban. El colofón fue la grandiosa biografía de Ed Sikov. Ya no salió nada más, y el wilderismo se aplacó un poco. He seguido revisitando sus películas y citando frases suyas a mansalva; pero manteniendo un poco apartado al personaje. Ahora le he dejado volver, gracias a un estupendo reportaje-entrevista que hay en YouTube: Billy Wilder, un hombre perfecto al 60%. Con respecto a aquellas entrevistas en libro, hay aquí dos extras: el de los paisajes de su oficina, su casa y su chalet frente al mar ("vengo los fines de semana, sobre todo en verano, para recuperarme de lo mucho que he sufrido"), y el de la propia voz de Billy Wilder.

9.6.12

Extranjero

Para quienes no vivimos bajo el radio de acción directo de los nacionalistas, ese “foco achicharrante” del que hablaba Arcadi Espada, sus monsergas casi se han extinguido con la crisis. Ellos siguen, pero nosotros no les hacemos caso. Tenemos cosas más importantes en las que pensar; es decir, tenemos cosas importantes en las que pensar. Sin embargo, el otro día leí en Twitter (¡últimamente todo pasa en Twitter!) una ristra de catetadas nacionalistas que me volvieron a poner enfermo. Y me recordaron que los nacionalistas son lo más lamentable intelectual y estéticamente que tenemos en España. Una rémora que nos hace perder el tiempo en estupideces como las de este artículo.

Las catetadas se referían esta vez al Primavera Sound, el festival de música indie que tuvo lugar la semana pasada en Barcelona. Copio una muestra (omitiendo autores):

Senyors del #PrimaveraSound: a Catalunya les coses van així. I si no us agrada, calavera, pinta i la ratlla al mig.

què vols d’un festival que patrocina una cervessa amb nom espanyol i d’orígen filipí #primaverasound #SanMiguel

Com subvencionar música estrangera i ignorar la catalana, la nostra cultura.

Com cada any el més típic del #primaverasound és l’odi anticatalà dels pseudogrogrers postmoderns que l’organitzen amb subvencions catalanes

autoodi disfressat de modernor. tot un clàssic...
La explosión tuvo lugar –he sabido luego– después de que uno de los directores del festival, Gabi Ruiz, llamara retarded (retrasado) y retirara la acreditación al crítico Jordi Bianciotto, que había lamentado el poco énfasis catalanista del Primavera Sound. Represalias como las de retirar la acreditación al que critica son, por supuesto, absolutamente improcedentes; y, aunque el festival rectificó, ahí se queda la mancha. Pero más allá de esto, lo que me interesa es el tufo retrógrado, netamente franquista, de los citados tuits. Tufo que también exhalaba el artículo de Bianciotto en cuestión, algo más articulado y matizado, pero retrógrado también. Por este artículo he llegado a otro de Xavier Bru de Sala en el que se acuña la expresión, celebrada por Bianciotto, de “cosmopolitismo excluyente”.

¡Cosmopolitismo excluyente! ¡Qué maravilla! Teniendo en cuenta que el nacionalismo es, por usar otra expresión frecuentada por Espada, “un achique de espacios”, lo que teme Bru de Sala es que lo excluyan del corral y lo encierren en el ancho mundo. Los nacionalistas siempre se lo ponen fácil al columnista: con una transparencia abrumadora, lo que Bru de Sala reivindica frente al “cosmopolitismo excluyente” son nada menos que los trajes regionales. Se ve que en Cataluña una cosa es ser indie y otra independentista. Los primeros deben ir sabiendo qué tipo de festivales alternativos al Primavera Sound les tienen preparados los segundos. Algo así como esta especie de Sardana Sound que describe Bru de Sala: “en Amposta hacen una fiesta solo para ampostinos que consiste en pasear por la calle, al atardecer, ataviados a la antigua usanza y dar vueltas por una feria de productos artesanos y oficios que no se han perdido”. Anhelo que se complementa a la perfección con aquel bucolismo sin internet con que soñaba Otegui en La pelota vasca...

Ha dado la casualidad de que estos días he regresado a un viejo disco de Caetano Veloso, Estrangeiro. Y he vuelto a pensar en cómo la música brasileña me salvó la vida. Precisamente porque me convertía en extranjero: me sacaba del tostón ambiente y me llevaba a un sitio por el que corría el aire.

[Publicado en Jot Down]

1.6.12

Necesita 'cash'

La baronesa necesita cash y va a vender justo el cuadro al que yo le tenía puesto el ojo. En uno de mis proyectos (¡a ver cuándo lo escribo!) La esclusa ocupa un lugar importante. Por lo tanto (¡así lo sostengo!) se revalorizará. La baronesa (¡alguien debería avisárselo!) va a perder dinero (¡impepinablemente!) con esta subasta. Y el comprador va a hacer el negocio (¡artisticoeconómico!) del siglo. Mi interpretación del cuadro (¡cada loco con su tema!) es duchampiana: dos niveles (¡hidráulicos!), retención, portón, corriente, palanquita (¡la cosa manual!), etcétera. Guillermo Solana, director del Thyssen, indica en su conferencia sobre la obra que el centro es la mano que acciona la palanca. Y en una pirueta (¡que aplaudo!) sugiere que de esa palanca dependería el movimiento de todo el paisaje. En tal sentido (¡añado yo!) se tiende un puente con el famoso cuadro de Richard Dadd. Y esta obra (¡señores!) es la que vamos a perder.

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(3.7) Más madera: "Tormenta en el Museo Thyssen...".

(4.7) 24,8 millones de euros: ¡Adjudicado!

(5.7) Sigue la movida.

(9.12.15) Subasta en Sotheby's.