23.5.12

Un gin-tonic azul

Me parece que este chico (¡servidor!) está demasiado aislado. Hace mucho que no salgo, o salgo solo por las tardes, en paseos más bien introspectivos. Así, no me había enterado de la moda del gin-tonic. He llegado a él por mi cuenta, un poco al azar, y me lo he encontrado lleno de gente. Aunque de gente que se está marchando: porque resulta que la moda ya se acaba y viene el vodka. (En el gin-tonic, pues, proseguirá mi aislamiento...)

Yo siempre he sido del whisky. ¡El medicinal JB en los crepúsculos de invierno! Esa lengua de miel líquida por las noches, de miel algo áspera, que abre el pulmón. El balsámico y farmacéutico whisky, ligeramente anestesiante: liquidador del entorno, porque lo vuelve líquido. Con el whisky la tarde se deslíe (¡se deslía!) como si fuese un caramelo. O el whisky sensual de después de los besos y las horadaciones, como una prolongación del abrazo. “Tu piel es un bourbon”, canta Djavan: pero es más un whisky.

Pero el pasado otoño pedí un gin-tonic y me pareció adecuado. Deja más en pie la tarde que el whisky, quizá porque no permite que olvidemos su amargura: el whisky endulza más, el gin-tonic deja más posibilidad para la filosofía. Es una protección que opera sin sensualidad, manteniendo los contornos. La acomodación se produce por fortalecimiento del observador, no por ablandamiento de lo observado. El whisky nos da una manta cálida; el gin-tonic una armadura, aunque de cristal.

El sábado, por primera vez, me lo tomé azul. Había estado toda la mañana trabajando y por la tarde me di una vuelta por la costa. Estaba todo muy vacío, hacía viento y mucha luz. Me encontraba bajísimo de ánimo cuando entré en el chiringuito. La razón de mi ánimo puede expresarse sencillamente: era el día de mi cumpleaños. Nunca lo he celebrado y siempre me ha dado igual, pero desde hace unos cuantos acuso el golpe. Se acumula una autoconciencia que me atonta (tontamente).

El chiringuito tenía velas marinas a modo de cortinajes, y como hacía viento crujían con esplendor. Me senté ante un hueco por el que se veía el mar y me pedí un gin-tonic. Me lo trajeron con una tónica azul. Al verla me mejoró el ánimo, y al vaciarla en el vaso me invadió, decididamente, la alegría. Una alegría extraña e imparable. De pronto la solución estaba allí delante: hay que beber cosas azules, naturalmente. Sea lo que sea, pero azul. En Brasil dicen tudo azul cuando todo va bien. Y también dicen tudo jóia, todo joya: como la joya de mi gin-tonic azul. Autoayudísticamente puedo afirmar que “las cosas buenas de la vida” estaban resumidas en aquel gin-tonic, y que esto es una maravilla porque tales momentos son posibles: una bebida azul por la tarde, con sus burbujitas azules frente al mar azul, y con su limoncito (¡amarillo!), y con el viento en las velas.

Después, sí, al proclamarlo, me he enterado de la moda del gin-tonic, y que se acaba. Y te sale el snob que te cuenta los horrores de la tónica azul, y que el limón no va así y que es mejor otra ginebra. Llego tan contento y resulta que soy un parvenu, o un epígono. Y es verdad. El lunes regresé al chiringuito y comprobé que el sabor, en efecto, tiene algo que no cuadra. Pero mi sensibilidad es primitiva: a mí lo que me alegra es el azul.

[Publicado en Jot Down]