21.9.11

El autor y la escritura



Hoy he recibido un regalo lujoso: el ejemplar de un libro de Jünger firmado por Jünger. Observo y toco los trazos con incredulidad, casi como si fueran de Goethe. Jünger tenía entonces noventa y cuatro años, e iba a vivir otros ocho. Pero el lujo salta de renglón: el "Bilbao 19-Octubre-1989" de abajo está escrito por Iñaki Uriarte, que ha sido quien me lo ha mandado.

No deja de tener su gracia: como la lectura de los diarios de Uriarte me abortó la lectura de los diarios de Jünger, este ejemplar autografiado parece la piel del león que cazó Uriarte y que ahora me envía, hemingwayanamente, como trofeo.

El libro posee además otro valor: es un libro que sale en otro libro. Por supuesto, en los Diarios de Uriarte. En la página 173 del recién publicado segundo volumen, tras haber comentado (con sorna) una entrada de Pasados los setenta en que Jünger refiere una visita de Borges, concluye Uriarte:

Jünger me pone de malhumor. Saco muy poco en limpio. Es un tío rarísimo al que he leído mucho y no sé por qué.

Una de las pocas frases de Jünger que recuerdo es: "¿En qué consiste el éxito de un diario? En el monólogo bien logrado". Creo que él lo logra muy bien, aunque yo no lo entienda mucho.

La frase está en El autor y la escritura, un libro del que tengo en casa dos ejemplares. Uno muy manoseado y subrayado, y el otro sin usar, impoluto, aunque con el papel ya un poco viejo, firmado por Jünger.

Jünger estuvo en Bilbao hace muchos años para recibir un Doctorado Honoris Causa por la Universidad del País Vasco y asistí a la comida de celebración. Olvidé llevar alguno de sus libros para que me lo firmara y alguien me dio un ejemplar de El autor y la escritura. Es el que sigue sin usar, aunque da la impresión de hallarse más envejecido que el que hojeo a veces. Cuanto más lees un libro y más se le deteriora el físico, más vivo parece.
En el primer volumen de sus diarios, Uriarte contaba los entresijos de aquel extraño nombramiento de Jünger. He ido a buscarlo ahora y veo que ya aparecía allí (p. 64) este ejemplar.

6.9.11

La piel en estratos

Hace ya varios años que solo piso el cine para ver los estrenos de Woody Allen y Almodóvar, por costumbre entrañable; el resto de mi consumo cinéfilo (que no es excesivo) lo hago en casa. La consecuencia es que esas pocas veces entro en la sala con una cierta melancolía y un toque sentimental; como quien ejecuta acciones de otro tiempo. El lugar de ayer colaboraba, porque fue en el decadente Centro Rosaleda. Lunes de septiembre además, con el otoño encaramado.

La piel que habito habla de transformaciones, y el espectador (el espectador Montano) experimenta una transformación con el metraje. Las primeras noticias de la película no animaban: por la presencia de Banderas (el malagueño es un lobo para el malagueño; pero es que Banderas me parece muy malo) y por el look como de Kika, que es la peor de Almodóvar. Sin embargo, Josepepe fue a verla, en la envidiable Bélgica, y la situó en el centro de su ranking. Eso me decidió a no faltar a mi cita.

Llegué en el estado de receptividad antes descrito; en él, soy un espectador fácilmente conquistable. Pero apareció Banderas y me quedé colgando; y me descolgué del todo cuando llegó ese espantoso personaje disfrazado de tigre, que es de no dar crédito. Me acordé de Josepepe. ¿En el centro? La piel que habito es la tercera por la cola, y solo porque La mala educación y Kika son difícilmente empeorables.

Por fortuna, no tarda en desaparecer el tigre e ingresamos en la parte central de la historia. Elena Anaya y los demás actores cumplen su cometido. Banderas mejora. La visualidad de Almodóvar, su simbología, seducen, abren vetas. La película va dejándose ver. No obstante, sigo fuera, porque el daño causado es irreparable. Así lo continúo pensando; hasta que, de pronto, me doy cuenta de que estoy dentro. Esta es la transformación a que me refería. Todos los elementos en juego de repente funcionan, a tiempo para que la secuencia final resulte un prodigio.

Así que La piel que habito no admite un juicio global, sino varios, por estratos; como si ella sola fuese una escenificación del ranking completo de Josepepe y escalara posiciones dentro de sí misma: patética en su primer tramo, aceptable en el central, buena en el último, y excepcional en la secuencia con que termina.

Este final es oro puro cinematográfico. No desvelaré nada, pero sí anotaré, desde fuera, cómo Almodóvar ha logrado conducir a su personaje a una situación de extrañamiento del mundo. Abismal, y a la vez compasiva. Como la del enfermero que encarnaba Javier Cámara en Hable con ella. Hay muchas risitas con Almodóvar, y bastantes de esas risitas se las merece. Pero en ocasiones lo consigue; y, como su apuesta es grande, el resultado es grande.

2.9.11

El runrún

Acaba de salir el segundo volumen de los Diarios de Iñaki Uriarte, también en Pepitas de Calabaza. Mi ejemplar viene en camino, pero Txani Rodríguez y Manuel Jabois ya tienen el suyo y ha comenzado el runrún: los primeros movimientos de un río que crecerá en los próximos meses. Así nacen los clásicos. Txani copió ayer en el Facebook algunas frases del libro y Jabois escribe hoy en Jot Down el artículo inaugural. Solo con lo que han citado ambos ya tenemos una miniantología de excelencia:

En algunos momentos pienso que cinco años tomando notas me han curado de la necesidad de tomar notas. De todos modos, espero seguir con estos archivos, a los que vuelvo a veces como quien vuelve a casa, y soy yo mismo el que me abro la puerta y me recibo y me doy conversación.

Esencia del pensamiento conservador: creer en las elites, creer que hay personas mejores que otras y que se merecen más. Y lo que suele ser risible: creer que tú eres una de ellas.

Justificación de la envidia: no es infrecuente que las personas a las que les sucede algo bueno se pongan insoportables.

Quería reconciliarse con un escritor del que se hallaba distanciado. Me encargó la misión: "Dile que me ha gustado mucho lo último que escribió. Dile solo eso".

Hay rostros con un fondo de tristeza que son como una prueba viviente de que la felicidad existe y de que la conocieron.

Todos mis antepasados tuvieron hijos. No deja de asombrarme que yo vaya a ser el último de esa larguísima fila que comenzó en algún lugar de África hace muchos miles de años. Y de asustarme. Da la impresión de que uno no tiene derecho a volver la mirada hacia atrás y decir: "Hasta aquí hemos llegado".
Empecé la lectura de Montaigne, y he empezado la relectura de Jünger, sabiendo que haría una pausa en cuanto me llegara el libro. Diré campanudamente (porque en sentido estricto es pronto para decir estas cosas) que será una pausa sin bajar las escaleras.