27.3.11

Savater de aperitivo

El lunes estuvo Savater en Málaga, en la Facultad de Derecho. Empezó diciendo que les había propuesto a los organizadores hablar sobre el mal, que es el tema en que anda trabajando ahora, pero le rogaron algo más alegre, que acompañara el comienzo de la primavera, y decidió hablar de la alegría. Se agradeció: también por la hora, que era la del aperitivo. A mí me había puesto de buen humor volver a la universidad y volver de mañana. Encontré un montón de chicas guapísimas. Luego, en el coloquio, se preguntó mucho y se preguntó bien. Me reconcilié con los estudiantes malagueños. Cierto que había una doble selección: la de asistir a la conferencia y la de preguntar; pero el nivel era superior, por ejemplo, al de mis años universitarios. Fue una sorpresa. Y me alegró.

La conferencia (esto no fue sorpresa) resultó una delicia. En otra de hace muchos años Savater definió al intelectual (creo que citando a Jefferson) como aquel que trata a los demás como si fueran intelectuales. Y allí pasamos todos nuestra horita, contentos de ser intelectuales como Savater. Una pausa de civilización y finura. Defendió la alegría, que está sujeta al tiempo y que pasa, pero que cuando ocurre lo hace de verdad; va con fecha y en esa fecha nunca dejará de ser alegría, de haberlo sido. La felicidad, sin embargo, nunca se cumple: es una proyección a la que, en realidad, le sobra la vida; anhela el resguardo del trasmundo. (La felicidad vino a ser la mala de la conferencia.) La alegría no espera, no le pone requisitos a la vida: vive a posta, vive deliberadamente. No es una aceptación pánfila sino trágica: la del amor fati de Nietzsche. Yo anoté en mi cuaderno esta divisa: "alegre e infeliz". Salieron más nombres, todos introducidos con elegancia, con suavidad: Herzen, Wittgenstein, Séneca, Borges, Kafka, Santayana, Aristóteles, el Sócrates del Fedón... De Herzen contó lo que una viejecita le dijo una vez que él se quejaba del mal tiempo: "mejor que haga mal tiempo a que no haga ninguno". De Santayana leyó un texto sobre la "risa en defensa propia". En consonancia, añadió Savater que la risa aligera el peso de la vida, y que alegría viene de ahí: de aligerar. "Más importante que el valor es el humor", dijo, "porque el valor es no tenerle miedo a la muerte y el humor es no tenerle miedo a la vida". Se refería al humor irónico, no al sarcástico: "El sarcasmo rechaza, la ironía acoge". El coloquio, como he dicho, fue estupendo. Se mencionó a Singer, a Hannah Arendt. Una alumna quiso saber si la ética podía terminar con la crisis, a lo que respondió jocosamente Savater: "Si no puede Zapatero, ¿cómo va a poder la ética?". Otra, antes de preguntar, dijo que era "un honor" dirigirle la palabra. Cuando se dio por concluido el acto, ya a las dos y media, los aplausos duraron más de lo normal. Resultó perceptible. Savater, que iba a levantarse del sillón donde lo habían puesto, tuvo que permanecer sentado unos segundos. Fue el procedimiento que encontramos para darle calor a la gastada rutina de aplaudir.

* * *
En la Fundación Juan March hay siete conferencias de Savater que podrían agruparse bajo el título: Savater en seis horas (más una opcional). En efecto, constituyen una síntesis perfecta de todo Savater: "La infancia recuperada", en diálogo con Muguerza, sobre el placer fundacional de la lectura; las cuatro del ciclo "Ética sin ideologías", como exposición central de su pensamiento; y "El librepensador", acerca de la tarea intelectual (a esta llegué a referirme aquí); la opcional sería la dedicada al teatro. Creo que volveré a ponérmelas: Savater es uno de esos raros autores a los que, al gusto de leerles, se suma el gusto de escucharles.

(30.3.11) Savater escribe hoy un gran artículo sobre Cioran.