3.2.11

El mejor libro posible

Me ha dicho un amigo que en su día le regalé el primer tomo de los diarios de Jünger con una dedicatoria en que ponía: "el mejor libro posible". Lo había olvidado completamente. Es una fórmula espléndida. Ahora le he sacado una foto a mi viejo ejemplar, para enseñarla aquí. En la conversación ha salido el pasaje del "uniforme congénito":

Vicennes, 29 de abril de 1941.– Hôtel de Ville y muelles del Sena; estudiado los puestos. Tristitia. Buscado salidas: las únicas que se ofrecían eran dudosas. Notre-Dame, sus demonios, más bestiales que los de Laon. Estas imágenes ideales contemplan fijamente con una mirada llena de saber los tejados de la gran urbe y al mismo tiempo ven reinos cuyo conocimiento ha desaparecido. El conocimiento, desde luego: ¿pero también la existencia? [...] Buscando, en el trayecto que lleva del Pont Neuf al Pont des Arts, la salida a que antes he aludido, he comprendido con toda claridad que únicamente dentro de nosotros mismos está lo laberíntico de la situación. De ahí que sería perjudicial el empleo de la violencia, destruiría muros, cámaras de nosotros mismos – el camino que lleva a la libertad no es ése. Las horas vienen reguladas desde el interior del reloj. Si movemos las agujas, modificamos las cifras, no la marcha del destino. Desertemos adonde desertemos, con nosotros llevamos nuestro uniforme congénito; y ni siquiera en el suicidio logramos escapar de él. Es preciso que nos elevemos, que nos elevemos también a través del sufrimiento; entonces se vuelve más comprensible el mundo.
En su prólogo Sánchez Pascual se había referido a este pasaje:
Sin duda no estará de más indicar que Jünger sigue en estos diarios la máxima de Nietzsche, que dice que las cosas más importantes caminan silenciosamente, "con pies de paloma". La reconocida discreción de Jünger alcanza en estos textos su punto más alto. Cuando las frases, de puro transparente, parezcan no decir demasiado, se puede estar seguro de que allí hay un abismo. Un ejemplo célebre: el 29 de abril de 1941, en París, merodeando por los muelles del Sena, Jünger medita en si, para ser libre en aquella situación, debe suicidarse o desertar. Sólo la palabrita Ausgang ("salida", que aquí tiene el significado de exitus vitae), señala al lector que Jünger está hablando aquí de su propia muerte. Tras angustiosa reflexión, que no deja la menor huella en la tersa prosa, el rechazo del suicidio se expresa en esta frase inaparente: "el camino de la libertad no es ése". Jünger decide "elevarse a través del sufrimiento: entonces se vuelve más comprensible el mundo".