27.1.11

El factor tiempo

Buena columna de Arcadi Espada sobre el buen reportaje de Patrick Symmes aparecido en Letras Libres: "Treinta días viviendo como un cubano". Solo quisiera añadir algo que no aparece (que quizá no puede aparecer) en el reportaje ni en la columna: el factor tiempo. Escribe Espada:

Tal vez lo más atroz de lo que le pasa no esté en el estómago ni en ninguna otra experiencia crudamente sensorial. Es el tiempo. Con 15 dólares en el bolsillo el tiempo no pasa; de tal modo que uno tiene la conciencia constante de que se va muriendo.
Sí, existe ese tiempo del momento, de la jornada. Pero hay otro más importante: el que no se termina. En este tipo de reportajes el autor puede introducirse en todos los aspectos de la vida que ha ido a investigar; salvo en uno: la conciencia de que esa vida es una condena sin plazo. Symmes sabe que su experiencia lo tiene. Tal día se terminará: su tiempo es un tiempo con horizonte. Hemos leído historias de príncipes, o de actores de Hollywood, que han decidido pasar unos días a la intemperie, para saber "cómo vive" el que vive a la intemperie. Pero de ese safari se le escapará la pieza más importante: el machacamiento de todos los días que ya fueron así, y de todos los que seguirán siendo así; sin posibilidad posterior de palacio o de jacuzzi. No se puede, pues, como se presenta el reportaje de Symmes, "vivir un mes en esas mismas condiciones": porque esa acotación del tiempo elimina la condición principal.

[Publicado en Penúltimos Días]

26.1.11

Hobbes y el carril bici

No puedo quedarme sin completar lo anterior. Ahora los fumadores están perseguidos, pero durante décadas ejercieron su tiranía sin contemplaciones. Atufaron lo que pudieron. A mí me resultaban particularmente desagradables en el desayuno. Estabas desayunando en la barra de un bar, se te plantaba un fumador y tenías que tragarte su humo con el café. En aquel tiempo se bromeaba sobre la viejecita que se ponía a toser antes de que el fumador encendiera su cigarrillo. Pero lo cierto es que aquella viejecita tenía razón, porque iba a terminar tosiendo justo por esa causa. La cuestión es que últimamente se iba alcanzando un equilibrio. Los fumadores habían comenzado a comedirse. Y entonces, ante su debilidad, han saltado los antifumadores a jorobarlos como ellos los habían jorobado. He recordado de nuevo este aforismo de Cioran: "Por las víctimas hay que tener una piedad sin esperanza".

Se impone Cioran, y se impone Hobbes. Todo es una lucha de poder. En Málaga se aprecia ahora también con el carril bici. El ciclista ha sido siempre el débil. Metido en la carretera, lo despreciaban los automovilistas, los motoristas, los camioneros. Ahora le han puesto el carril bici y va por él como loco, haciendo con el peatón lo que los coches hicieron con él. Compadezcamos, pues, al débil, pero solo en tanto que es débil; sabiendo que, en cuanto logre salir de su estado, será un cabrón como los demás.

25.1.11

Trampa para malsines

Me cuenta un amigo profesor de instituto el show ahora de los profesores persiguiendo a los alumnos para que no fumen, y de su búsqueda después de lugares ocultos en los que fumar. Un país machacado, entre otras cosas por la acción de este Gobierno, y este Gobierno empeñado en estropear aún más la vida en este país. Lo más asombroso es la docilidad de la población: sus tragaderas. Salvo unos cuantos casos (¡aislados!), no ha rechistado nadie. Es la abyecta masa: la que nos encasquetó a ZP y nos encasquetará a Rajoy, esos dos políticos que son peores que Franco por el simple detalle biológico de que siguen vivos (una vez que se mueran, reajustaremos el escalafón).

En este lodazal Francisco Rico, en su semana petrarquista, escribió un artículo que acababa, según supo ver Mercutio, con una posdata-trampa. Decía en ella: "en mi vida he fumado un solo cigarrillo". No se trataba propiamente de mentir, puesto que se sabe de sobra que Rico es fumador; sino de eso: poner una trampa. En el propio artículo aparecía la definición de malsín: el que "de secreto avisa a la justicia de algunos delitos con mala intención y por su propio interés". Su trampa fue un éxito y proliferaron los malsines, que corrieron a chivarse de que Rico fuma.

Un poco campanudamente he pensado estos días que el humo que se ha ido es el humo de la libertad. En las tertulias de ahora nadie fuma y todos vociferan al unísono, según la ideología de la cadena en la que estén. La primera tertulia, sin embargo, la que tuvo Balbín en Antena 3 Radio a finales de los ochenta, era un paraíso de la discrepancia. Mantenía el espíritu de su programa televisivo La Clave, uno de los espacios donde se forjó la Transición, con el que yo me eduqué intelectualmente, y que era en sí mismo un anticipo de la radio: porque de los participantes, tapados por el espeso humo que emanaban, solo se conocía la voz.



También en Buenas noches y buena suerte el humo salía de la misma boca que defendía la libertad. Murrow atacaba la Caza de Brujas sin sospechar que hoy sería víctima de la caza de brujas de los antitabaco. No deja de ser un sarcasmo que el presidente que iba a imponer esta ley utilizara la frase de la película para despedir el último debate electoral, que ganó. Verle hoy espeluzna.



* * *
PS. Me manda mi amigo esta puntualización: "El que a los alumnos se les persiga y sancione por fumar en los centros no es una novedad. Lo nuevo es que fumen junto a la puerta –mientras los profesores fumadores se alejan unos metros– y esa conducta sea sancionable con una multa y, sin embargo, si son sorprendidos realizando la misma conducta en el interior del centro, no se les pueda imponer la misma sanción. De cualquier forma es todo de una imbecilidad considerable".

23.1.11

Una catedral palpitante

Terminé Moby Dick entusiasmado. Qué maravilla. Un libro enorme en todos los sentidos: una catedral palpitante, como la ballena que contiene. Él mismo es también una ballena. Se va avanzando por sus páginas como por el cuerpo de la ballena; de todas las ballenas, de la historia entera de las ballenas, que es la historia de la humanidad. Es un libro que irradia analogías, analogías que despide la ballena y que confluyen en la ballena. Esa simbolización fácil de la ballena como el Mal, y de Ahab como el Odio o la Obcecación es lo que menos me ha interesado. En realidad, no lo he visto: el libro es mucho más grande que eso. El protagonista es Ismael, su mirada, su aprendizaje. Ahab es el motor de la aventura; pero la atención a la ballena, a las ballenas, la pone Ismael. Me ha admirado la potencia de Melville: su electricidad shakespiriana; a un tiempo su alegría y su entrega a la tragedia, su pesimismo vibrante. Cómo va al asunto sin remilgos, con esplendidez. Cómo nada se le escapa y pesca todas las asociaciones posibles: no hay nada que pudiéramos señalarle; ni nada que pudiéramos enseñarle. Su comprensión del ser humano es profunda: a la vez compasiva y jocosa. Celebra, como diría Borges, "la diversidad de las criaturas que forman este singular universo". Destaco dos lazos de los mil que se establecen: la relación de la ballena con las luces (su aceite o esperma enciende las lámparas del mundo); y con la muerte-renacimiento del hombre ya nacido, porque su cuerpo adulto cabe en su vientre. Melville habla del "silencio piramidal" de la ballena y las pirámides son enormes tumbas. No se traga a Ismael pero lo deja en su ataúd-salvavidas, y en el lugar del huérfano. Nietzsche tenía siete años cuando Moby Dick se publicó, pero ahí está ya todo Nietzsche: el nihilismo y la superación del nihilismo. La Ballena Blanca preconiza al iceberg del Titanic, nuevo leviatán. Salvo el tifón que atraviesan, todos los episodios tienen lugar con el mar en calma.

* * *
PS. Una estupenda edición online, con anotaciones.

20.1.11

Centenario de Cioran

He visto por casualidad que un 8 de abril, fecha de la coronación de Petrarca, fue cuando tuvo el inconveniente de nacer Cioran. Este año se cumple el centenario, como he leído en un blog dedicado a él. En homenaje anticipado, recupero el texto que escribí en mi diario al día siguiente de su muerte (y aprovecho internet para enlazar los dos artículos referidos: son espléndidos):

* * *
(21-VI-1995) Ha muerto Cioran. Una noticia rara, pues lo increíble era que hasta ayer estuviese vivo. Cioran siempre ha tenido para mí el aura de los clásicos. Por eso, cuando hace unos años se corrió el rumor de que iba a venir a Málaga a dar una conferencia, pasé una temporada entre la excitación y la incredulidad de poder asistir a una aparición milagrosa; algo así como si nos visitase Diógenes, atravesando los siglos. Finalmente la realidad se comportó con sensatez y Cioran no vino: continuó siendo el autor legendario que yo imaginaba, aquel que escribió las páginas más puras que he leído jamás. Ese ser inaccesible, sin embargo, es retratado hoy en la prensa como alguien amable y atento, capaz de ofrecerle al visitante un abrigo y unas botas para que se proteja del frío (como le sucedió a Félix de Azúa) o de acompañarlo hasta la misma boca del metro advirtiéndole de los peligros nocturnos de París (como le sucedía a Savater). Y está bien que todas esas páginas demoledoras las escribiera un hombre así; casi es inevitable que las escribiera un hombre así. Como el propio Cioran dijo en una ocasión (a propósito de su amigo Guido Ceronetti): “Los seres menos insoportables que existen son los que odian a los hombres. No hay que huir jamás de un misántropo”. Y es que la lucidez de Cioran, por ser completa, era también temiblemente cortés y compasiva; una compasión, por cierto, nada meliflua, sino despiadada. Acierta Savater cuando dice que “nadie formuló diagnósticos más aterradores con un aire menos intimidatorio”. Y también al escribir que “no carecía de ninguno de los tics de la santidad, aunque para ser santo le faltaba la tara de la fe y le sobraba humor”. Un santo sin fe y con humor: ¿cabe un modelo más recomendable? Al leerlo nunca he sentido angustia, sino alegría, fuerza, vitalidad. La indescriptible dicha de ir viendo caer demolidos, uno a uno, todos los sustentos, todos los engaños, todas las coartadas; de asistir a la dinamitación rigurosa de las máscaras y de los espejismos. También yo desaparecía (con el mundo) en la belleza transparente, inmaculada, de la negación. Y si algo he sentido, ha sido la nostalgia de no haberme podido quedar confinado en ella. (Sí, hubiese querido quedarme allí, no ser nada. Hubiese querido ser Cioran –para no serlo.)

18.1.11

El laurel de Petrarca

De las amenas, aunque atildadas, conferencias de Francisco Rico sobre Petrarca en la Fundación Juan March, me quedo con lo que contó (en la primera) del laurel. Cuando Petrarca lo recibió, en su coronación como poeta de 1341, a sus treinta y seis años, no había escrito nada destacable. Lo obtuvo por sus influencias, por sus intrigas. Esa fue la razón, no sus méritos: el propio Dante no lo había conseguido. Sin duda lo hizo para que su vida rimase con el símbolo de Laura, que extenuaría después en el Cancionero. Pero entonces, según Rico, ante esa conciencia de la vanidad de los honores, fue cuando Petrarca cambió de rumbo. Puede decirse que el balance de su vida fue el merecimiento del laurel. En su posteridad lo hemos visto siempre laureado, y no rechinaba la imagen. Fue su esfuerzo. Como en la famosa anécdota de Gertrude Stein, se quiso parecer a su retrato. Por otra parte, según escribió Borges al final de su "Emma Zunz", lo fundamental es auténtico, solo hay que reordenar un par de circunstancias.