31.12.11

Felicidad belga

El nuevo Gobierno ha tenido la suerte de que el traspaso se ha producido en Navidad, por lo que en nuestro ánimo es como si siguiéramos sin ninguno. Incluso el tijeretazo de ayer (un auténtico tijeretazo de salida) parece en suspenso, porque aún nos tenemos que comer las uvas. Todo empezará mañana, o como muy tarde después de Reyes: la cuesta de enero va a ser este año un Mortirolo, y Rajoy, amante del ciclismo, tiene marcada la etapa. Una etapa que a lo mejor se prolonga el año entero. O más.

Para la Oposición, por su parte, la patata está en febrero. Por lo que vamos viendo, quien va a arrasar en el congreso del PSOE va a ser el PP. El zapaterismo lo ha dejado todo atado y bien atado: las neuronas que quedaban fueron despedidas hace tiempo y hoy el partido es un erial. El debate es imposible, porque el único servicio que podrían prestar los debatientes sería hacerse el harakiri, como si fueran procuradores franquistas. Y está claro que no se lo van a hacer. Lamento ser tan pesimista, pero el PSOE actual es como esas páginas que, según Borges, sólo podrían ser mejoradas mediante su destrucción.

En cuanto a mí, quisiera desengancharme bastante de la actualidad. Me ha gustado este mes y pico belga que hemos vivido, con ese desvanecimiento del poder en el traspaso. Ha sido como esos fundidos de transición de las películas, en que la imagen nueva se superpone a la antigua y hay un instante fantasmal. Los belgas estuvieron sin Gobierno 589 días, y yo quisiera embarcarme en un paréntesis así. Los tijeretazos irán cortándome, como a todos; pero que me lleguen al menos como saliendo de mi autoalgodón.

El español, sin embargo, no lo soportaría. Si se viera inmerso en una felicidad belga, o suiza, se tiraría pedos en el agua, o se precipitaría hacia la superficie para eructar. Durante este mes lo hemos visto en las tertulias: no teníamos Gobierno, pero los tertulianos (esos tecnócratas del sectarismo) seguían con la matraca. Y el tertuliano es la encarnación del español: el individuo que gritó “vivan las caenas”, que votó Disney en marzo de 2008 y que ahora le ha dado la mayoría absoluta al peor Rajoy posible, un Rajoy ya irremisiblemente contaminado de ZP (que es lo que el español quería).

El surrealista belga Louis Scutenaire, según le oí a Estrella de Diego, escribió que “mourir est un village”. Literalmente, “morir es un pueblo”; aunque la traducción correcta sería: “morir es un pañuelo”. Aquello es pequeño y todo el mundo termina encontrándose. Demasiado tiempo he estado detestando Bélgica, por mis pruritos baudelerianos. Ahora solo aspiro a esa felicidad. Tengo un amigo en Bélgica, pero no voy a preguntarle cómo están las cosas allí: porque mi felicidad va a consistir, simplemente, en no estar aquí.

[Publicado en Jot Down]

22.11.11

Estolidez local

Esta ha sido la primera vez en mi vida en que he votado con algo de convencimiento, y por lo tanto la primera en que he sentido en la cara el puñetazo de la ley D’Hondt. Mientras me escocía, he estado pensando. Y me he dado cuenta de la estólida jaula que supone.

Básicamente, lo que hace es ponerle un cerco provincial al individuo. El viejo anhelo cosmopolita de escapar de lo provinciano es lo que aniquila la ley D’Hondt. Con la ley D’Hondt, la provincia vence. Al individuo que está en minoría en ella se le arrebata la posibilidad de sumarse a otros como él, si están en otras.

No es de extrañar el triunfo de los nacionalistas. La ley D’Hondt es una estructura que genera su propio contenido: al disgregar el electorado y confinarlo en compartimentos estancos, desactiva el universalismo y potencia el localismo. Establece un eficaz sistema de cortafuegos ideológico, por el que solo tienen posibilidades lo masivo o lo palurdo. Por decirlo en términos musicales: lo mainstream o lo folclórico; jamás lo indie. El votante solitario y universalista pierde en favor del acumulativo y provincial.

Yo no puedo sumarme a uno de Zamora que piense como yo, porque mi voto es cazado y aniquilado por los aduaneros de la provincia. Tampoco puedo hacer piña con uno de Vizcaya para impedir que se sienten en el Parlamento los correligionarios del asesino de su padre. No se prima las amplias miras, sino el ceporrismo. Un millón de votantes decentes diseminados por todo el país tienen menos posibilidades que trescientos mil canallas apelotonados en un territorio.

[Publicado en Jot Down]

* * *
PS. En los comentarios en Jot Down me han corregido oportunamente mis errores sobre la ley D'Hondt. A ellos les remito. Además, copio aquí algunos de los tuits de hoy:

mgbarahona
tú tb? RT @malaprensa: Los estragos del periodismo ignorante y cansino. Que el problema no es d'Hondt!!!! http://mun.do/uw03zv

Tsevanrabtan
Hoy me explico por qué @montano66 ha votado a UPyD. Se creyó la propaganda.

Tsevanrabtan
Si alguien como @montano66 -inteligente y brillante- escribe un artículo como el de hoy en @JotDownSpain es que no hay nada que hacer.

Tsevanrabtan
Me parece muy bien que se publique. Yo ejerzo mi derecho a decir, hoy, a mi amigo, que ni idea.

WillyLoman75
lo coherente con este planteamiento no es cambiar la ley, si no todo el sistema territorial de la CE

scopman
el problema que describes es la circunscripción. La LdH es para asignar los escaños según cocientes en cada circun

montano66
Jajaja, bien, amigos: mi problema ha estado en que quería engolosinarme con el nombre "D'Hondt". Pero la circunscripción es mi enemiga! :-)

montano66
D'Hondt, además, es belga. Mi obligación baudelairiana era zurrarle al belga. Se equivocan si me toman por periodista: yo soy un esteta!

montano66
Me siento en compromiso con la verdad, sí: ¡pero si me aparece un caramelito fonético como "D'Hondt", no me priven de chuparlo!

montano66
Admiro este jansenismo que ha impuesto Arcadi Espada: ¡pero no me lo apliquen a mí! Yo soy más de los de Arganzuela! :-)

qtyop
Lo más acojonante del artículo de @montano66 es que acuse a la d'hondt de disgregar: la ley d'hondt tiende a concentrar el voto.

Tsevanrabtan
Nada que hacer, @montano66 ha convencido a todo el mundo de que d'Hondt era el 2º apellido de Hitler.

montano66
Asumo la tarea de limpiar su nombre! Empezando por pedir perdón a todos los d'hondtianos!

montano66
Concentra el voto zamorano, pero disgrega al votante zamorano del malagueño. Pero no D'Hondt: ¡la circunscripción!

montano66
Yo pensaba que odiaba a D'Hondt, porque tiene nombre de malo: ¡pero a quien odio de verdad es a la circunscripción!

FrayJosepho
Veo que te has vuelto d'Hontano66.
* * *
PS2. Más al respecto: El País, Tsevanrabtan, Qtyop (uno y dos).

19.11.11

Marcar fronteritas

Ayer me fijé en un sintomita: un indicio pequeño, sin importancia, pero que es significativo. Significativo del zumillo segregacionista socialdemócrata. He de decir que yo soy socialdemócrata; pero un socialdemócrata trágico o agónico (¡kierkegaardiano!), que reconoce como verdaderas todas las andanadas de, por ejemplo, un Arcadi Espada contra los socialdemócratas.

El sintomita venía en el artículo de Javier Marías en El País Semanal. Dedica unas frases elogiosas a Fernando Savater; pero al decir su nombre se siente en la obligación de precisar –y esto es lo sintomático– “de quien discrepo a veces”. Yo diría que, en efecto, Marías discrepa a veces de Savater: y esas son exactamente las veces en que se equivoca. Pero esta no es la cuestión aquí.

La cuestión es la necesidad que ha tenido de escribir esa frase, de marcar esa fronterita. Sé que Marías y Savater son amigos, que siempre han escrito bien el uno sobre el otro. Marías, en concreto, tiene artículos preciosos sobre Savater: admirando su coraje, celebrando su alegría, etcétera. En el de ayer volvió a ensalzarlo: pero se coló esa cláusula que, precisamente por el contexto favorable, es un segmento tristísimo.

Indica, por un lado, los resortes profundos de nuestro sectarismo imperante; y, por otro, lo incómodo que resulta –que sigue resultando– Savater. No es poco mérito. Aquí se aplaude a gañanes descerebrados, a auténticos impresentables, sin que el que los aplaude se sienta en la necesidad de trazar frontera alguna. Pero con Savater no: con Savater hay que aclarar "de quien discrepo a veces".

‎No estoy abogando, naturalmente, por la adhesión inquebrantable a Savater; ni aduciendo la imposibilidad metafísica de discrepar –a veces, o siempre– de él. Hablo solo del síntoma político-sociológico, o cuanto menos retórico: de lo que lleva a introducir esa cláusula en el discurso. Algo que no pasa con todos; algo que, de hecho, no pasa con casi nadie.

[Publicado en Jot Down]

26.10.11

La Logse que se muerde la cola



El PP quiere cargarse la enseñanza pública, pero llega tarde: ya lo ha hecho el PSOE. Ese trío mortal, Maravall-Rubalcaba-Marchesi, la dinamitaron con la Logse. En 1983 todavía llegó a mi instituto –público– un alumno de la privada que quería más nivel. Hoy eso resultaría risible. Los ricos –incluidos los hijos de los capitostes socialistas– estudian donde quieren; los pobres tienen que comerse la escombrera que les han dejado.

Yo, en tanto socialdemócrata, me opongo a los recortes en Educación, naturalmente. Que el PP, donde ya está pudiendo, haya empezado por ahí es una abyección intolerable. Pero que se organicen manifestaciones solo contra eso me parece una bufonada. Al final los profesores y los sindicatos se movilizan exclusivamente por sus derechos laborales. Me parece muy bien: pero que no se excedan en la matraca. Los sindicatos, por lo demás, con su política de colar a los interinos en las oposiciones frente a los candidatos mejor preparados, están entre los responsables del descalabro educativo.

Y ahora sale el vídeo del PSOE, el de la niñera pobre con el niño rico por esa calle que parece un decorado de Médico de familia. Los tertulianos de todas las cadenas, menos la Ser, repetían anoche que ese niño podría ser el hijo de Blanco o de Montilla. Es verdad, pero a mí me interesa resaltar otra cosa. Ese vídeo supuestamente en favor de la enseñanza pública es la prueba de su hundimiento: ante una población con un nivel cultural decente no podría emitirse, porque lo consideraría un insulto.

Al final el PSOE apela, en ese vídeo, a un doble electorado: al de los restos del analfabetismo franquista, la desdichada población –entre la que se cuentan mis padres– que no pudo acceder a la enseñanza tras la aniquilación de la República; y al de los analfabetos funcionales fabricados por la propia Logse.

[Publicado en Jot Down]

3.10.11

Jugada maestra

Ha llegado el momento de hablar –otra vez– de los Diarios de Iñaki Uriarte, cuyo segundo volumen acaba de aparecer. He dudado si hacerlo en Jot Down, ya que Manuel Jabois le dedicó aquí una columna. Pero me he dicho que uno de los dos mejores libros del año bien vale la repetición. El otro, por cierto, es el de Jabois, y ambos están en Pepitas de Calabaza, la editorial que acierta en todo menos en su lema: “con menos proyección que un cinexín”.

Dudaba además si el título general de estas colaboraciones –Desmontes y voladuras– no sería inapropiado para el elogio. Aquí podría esgrimir el precedente de Cioran, que junto con la dinamita publicó sus Ejercicios de admiración. Pero lo cierto es que no hace falta. Elogiar a Uriarte tiene también su lado de crítica destructiva: destructiva de todo lo que no es Uriarte. Su prosa es un desmonte de todas las demás prosas; y su ejemplo es, en la práctica, una voladura de (casi) toda su generación.

Aunque sin deliberación por su parte, biográficamente le ha salido una jugada maestra: ser el último de los de su edad en tomar la palabra; aparecer vivo y coleando cuando el resto está embalsamado o desaparecido. De pronto nos encontramos con un miembro de la generación que tomó el poder en los ochenta que se mantuvo al margen, haciendo su vida, y nos lo cuenta ahora. No se ha envilecido: hay continuidad entre su entonces y su ahora, pese a que sus costumbres hayan cambiado un poco, por sabiduría y por la diabetes.

En una de las entradas de 2004, Uriarte habla bien de la biografía de Jaime Gil de Biedma que escribió Miguel Dalmau. El despellejamiento que sufrió esta obra fue un síntoma de la impostura de la gauche divine y los hippies: sexo y drogas al principio; puritanismo biempensante después, con coartadas en el tránsito. De algún modo, se nos había hurtado un hilo razonable entre la juventud descocada y una madurez no embrutecida. Este hilo se encuentra en los diarios de Iñaki Uriarte. El retardo en su aparición trae distancia, pero a la vez preservación de lo vivido. Cuando aparece el pasado en las anotaciones actuales, lo hace con limpieza: y de tal limpieza se benefician también las anotaciones actuales, que hablan de otro periodo de esa misma vida.

El secreto es la actitud, que en un diario se manifiesta en la voz. Leer a Uriarte es quitarse adherencias. Sus soluciones son simples como las de un maestro zen. Predomina la voluntad antirretórica, tanto en el estilo como en los asuntos. Yo simpatizo con casi todo lo que dice, aunque su arte lo aprecio mejor en aquello con lo que discrepo: ciertas críticas a los antinacionalistas, ciertas ironías sobre Savater (¡siempre Savater!)... que me escuecen pero que, al ser sensatas, reducen mi tendencia a las strong opinions. No dejo por ello de discrepar: pero se dinamiza mi asentamiento. La política, por lo demás, ocupa un lugar secundario en el libro: si aparece es como consecuencia de la naturalidad. Al igual que otro elemento que los autores suelen escamotearnos: sus condiciones económicas.

Uriarte pone en práctica la lección principal de su maestro Montaigne: toda vida puede ser contada sin afectación. La herramienta es una escritura diáfana, cuya depuración me recuerda a la que João Gilberto ha logrado en la música. Cuando hablé de la prosa de Jabois, dije que en ella se daba una “eufonía sin sonajero”. En la de Uriarte nos encontraríamos con una eufonía... sin eufonía. Va limpia y clara, sin efectos. Por renunciar, renuncia hasta al exceso de elipsis; no se queda en el esqueleto, sino que tiene carne: la carne suficiente. A los demás nos sobran trucos: suena la guitarra y nos echamos a bailar. Mientras, Uriarte insiste: “no soy escritor”, “no sé escribir”. Y ahí está la clave.

[Publicado en Jot Down]

21.9.11

El autor y la escritura



Hoy he recibido un regalo lujoso: el ejemplar de un libro de Jünger firmado por Jünger. Observo y toco los trazos con incredulidad, casi como si fueran de Goethe. Jünger tenía entonces noventa y cuatro años, e iba a vivir otros ocho. Pero el lujo salta de renglón: el "Bilbao 19-Octubre-1989" de abajo está escrito por Iñaki Uriarte, que ha sido quien me lo ha mandado.

No deja de tener su gracia: como la lectura de los diarios de Uriarte me abortó la lectura de los diarios de Jünger, este ejemplar autografiado parece la piel del león que cazó Uriarte y que ahora me envía, hemingwayanamente, como trofeo.

El libro posee además otro valor: es un libro que sale en otro libro. Por supuesto, en los Diarios de Uriarte. En la página 173 del recién publicado segundo volumen, tras haber comentado (con sorna) una entrada de Pasados los setenta en que Jünger refiere una visita de Borges, concluye Uriarte:

Jünger me pone de malhumor. Saco muy poco en limpio. Es un tío rarísimo al que he leído mucho y no sé por qué.

Una de las pocas frases de Jünger que recuerdo es: "¿En qué consiste el éxito de un diario? En el monólogo bien logrado". Creo que él lo logra muy bien, aunque yo no lo entienda mucho.

La frase está en El autor y la escritura, un libro del que tengo en casa dos ejemplares. Uno muy manoseado y subrayado, y el otro sin usar, impoluto, aunque con el papel ya un poco viejo, firmado por Jünger.

Jünger estuvo en Bilbao hace muchos años para recibir un Doctorado Honoris Causa por la Universidad del País Vasco y asistí a la comida de celebración. Olvidé llevar alguno de sus libros para que me lo firmara y alguien me dio un ejemplar de El autor y la escritura. Es el que sigue sin usar, aunque da la impresión de hallarse más envejecido que el que hojeo a veces. Cuanto más lees un libro y más se le deteriora el físico, más vivo parece.
En el primer volumen de sus diarios, Uriarte contaba los entresijos de aquel extraño nombramiento de Jünger. He ido a buscarlo ahora y veo que ya aparecía allí (p. 64) este ejemplar.

6.9.11

La piel en estratos

Hace ya varios años que solo piso el cine para ver los estrenos de Woody Allen y Almodóvar, por costumbre entrañable; el resto de mi consumo cinéfilo (que no es excesivo) lo hago en casa. La consecuencia es que esas pocas veces entro en la sala con una cierta melancolía y un toque sentimental; como quien ejecuta acciones de otro tiempo. El lugar de ayer colaboraba, porque fue en el decadente Centro Rosaleda. Lunes de septiembre además, con el otoño encaramado.

La piel que habito habla de transformaciones, y el espectador (el espectador Montano) experimenta una transformación con el metraje. Las primeras noticias de la película no animaban: por la presencia de Banderas (el malagueño es un lobo para el malagueño; pero es que Banderas me parece muy malo) y por el look como de Kika, que es la peor de Almodóvar. Sin embargo, Josepepe fue a verla, en la envidiable Bélgica, y la situó en el centro de su ranking. Eso me decidió a no faltar a mi cita.

Llegué en el estado de receptividad antes descrito; en él, soy un espectador fácilmente conquistable. Pero apareció Banderas y me quedé colgando; y me descolgué del todo cuando llegó ese espantoso personaje disfrazado de tigre, que es de no dar crédito. Me acordé de Josepepe. ¿En el centro? La piel que habito es la tercera por la cola, y solo porque La mala educación y Kika son difícilmente empeorables.

Por fortuna, no tarda en desaparecer el tigre e ingresamos en la parte central de la historia. Elena Anaya y los demás actores cumplen su cometido. Banderas mejora. La visualidad de Almodóvar, su simbología, seducen, abren vetas. La película va dejándose ver. No obstante, sigo fuera, porque el daño causado es irreparable. Así lo continúo pensando; hasta que, de pronto, me doy cuenta de que estoy dentro. Esta es la transformación a que me refería. Todos los elementos en juego de repente funcionan, a tiempo para que la secuencia final resulte un prodigio.

Así que La piel que habito no admite un juicio global, sino varios, por estratos; como si ella sola fuese una escenificación del ranking completo de Josepepe y escalara posiciones dentro de sí misma: patética en su primer tramo, aceptable en el central, buena en el último, y excepcional en la secuencia con que termina.

Este final es oro puro cinematográfico. No desvelaré nada, pero sí anotaré, desde fuera, cómo Almodóvar ha logrado conducir a su personaje a una situación de extrañamiento del mundo. Abismal, y a la vez compasiva. Como la del enfermero que encarnaba Javier Cámara en Hable con ella. Hay muchas risitas con Almodóvar, y bastantes de esas risitas se las merece. Pero en ocasiones lo consigue; y, como su apuesta es grande, el resultado es grande.

2.9.11

El runrún

Acaba de salir el segundo volumen de los Diarios de Iñaki Uriarte, también en Pepitas de Calabaza. Mi ejemplar viene en camino, pero Txani Rodríguez y Manuel Jabois ya tienen el suyo y ha comenzado el runrún: los primeros movimientos de un río que crecerá en los próximos meses. Así nacen los clásicos. Txani copió ayer en el Facebook algunas frases del libro y Jabois escribe hoy en Jot Down el artículo inaugural. Solo con lo que han citado ambos ya tenemos una miniantología de excelencia:

En algunos momentos pienso que cinco años tomando notas me han curado de la necesidad de tomar notas. De todos modos, espero seguir con estos archivos, a los que vuelvo a veces como quien vuelve a casa, y soy yo mismo el que me abro la puerta y me recibo y me doy conversación.

Esencia del pensamiento conservador: creer en las elites, creer que hay personas mejores que otras y que se merecen más. Y lo que suele ser risible: creer que tú eres una de ellas.

Justificación de la envidia: no es infrecuente que las personas a las que les sucede algo bueno se pongan insoportables.

Quería reconciliarse con un escritor del que se hallaba distanciado. Me encargó la misión: "Dile que me ha gustado mucho lo último que escribió. Dile solo eso".

Hay rostros con un fondo de tristeza que son como una prueba viviente de que la felicidad existe y de que la conocieron.

Todos mis antepasados tuvieron hijos. No deja de asombrarme que yo vaya a ser el último de esa larguísima fila que comenzó en algún lugar de África hace muchos miles de años. Y de asustarme. Da la impresión de que uno no tiene derecho a volver la mirada hacia atrás y decir: "Hasta aquí hemos llegado".
Empecé la lectura de Montaigne, y he empezado la relectura de Jünger, sabiendo que haría una pausa en cuanto me llegara el libro. Diré campanudamente (porque en sentido estricto es pronto para decir estas cosas) que será una pausa sin bajar las escaleras.

31.8.11

La radio horrísona

Qué suplicio este fin de semana. El sábado, en la playa, a la hora de la Vuelta, busqué en la radio la retransmisión de la Vuelta, pero no había Vuelta: en todas las emisoras (¡en todas!), locutores chamuscados porque no les dejaban entrar en los campos de fútbol. Ahora les piden que paguen por la narración de los partidos, y ponían toda su artillería verbal en criticar la exigencia. Tenían razón, naturalmente: los equipos solo aportan sus mastuerzos con la pelotita; a partir de ahí, es el rapsoda radiofónico el que hace la épica, el que lo hace todo. Elabora un estadio paralelo que se sostiene solo en sus palabras, y es en ese estadio –y solo en ese– en el que pasan cosas. Pero a mí el fútbol me importa un pimiento: yo buscaba la Vuelta y no había Vuelta. Al final la dejaron asomar apenas en el sprint.

La melancolía por el eclipse del ciclismo daría para otro artículo –para otra andanada–, pero hoy sigo bajo los efectos de mi exposición radiofónica. El recorrido por el dial me hacía caer, a cada tramo, en boquetes gritones. El más espeluznante fue el de la Ser, con la tralla que le han puesto a Carrusel deportivo, en un intento explícitamente desesperado por reflotarlo. Había un tal Ponseti (¡Ponseti!) con un optimismo a prueba de bombas; pero él mismo era una bomba. Al tercer berrido, ya anhelaba yo extirparme los tímpanos, para impedir toda posibilidad futura de Ponsetis. Es la escuela de Pepe Domingo Castaño –“¡anima Pepe Domingo Castaño!” es un grito que siempre me ha dejado el ánimo hecho trizas–, que se pasó a la Cope con los demás excarruseles. Se ve que la temporada pasada el duelo se saldó con el fracaso de los otros, que ahora intentan triunfar metiendo más ruido. Probablemente lo consigan.

Digámoslo sin tapujos: el fútbol es lo peor. Es la cloaca de la sociedad, y lo que lo rodea es lo peor de cada sector de la sociedad: sus dirigentes son los peores facinerosos –por usar la expresión favorita del mayor facineroso que hubo–, sus deportistas y entrenadores son los más horteras y descerebrados, su público es el más zafio, y los periodistas que lo cubren son los únicos que están por debajo de los del corazón. Cuando llega el fútbol, se termina todo. Y en la radio es donde mejor se aprecia. Una cadena más o menos elegante como la Ser, pierde los estribos en cuanto aparece el fútbol. Esta temporada además, con la diseminación de los encuentros, la devastación se ha diseminado también: por morbo, seguí ya sintonizando y hubo fútbol el domingo por la mañana, el domingo por la tarde-noche –“¡Ponseti, hoy nos toca estar hasta las doce, Ponseti!”, gritaba su colega a las tres– e incluso el lunes. Ponías la radio a cualquier hora, y solo había jaleo.

Ciertos intelectuales –curiosamente, todos de izquierda y castristas: Vázquez Montalbán, Benedetti, Galeano...– lograron prestigiar el fútbol. Supongo que, como no había pan en los regímenes que propugnaban, querían dejar al menos el circo. Ya va siendo hora de iniciar una reacción elitista. Hay que recuperar, como alguna vez ha propuesto Savater, el insulto que profiere Shakespeare en El rey Lear (acto I, escena 4): “¡Vil futbolista!”; extendiéndola, por supuesto, a los locutores futbolísticos. Hay que reconstruir Europa (¡el mundo entero!) a partir de ese insulto.

[Publicado en Jot Down]

18.8.11

Jeanne Duval y el Papa

La última vez que el Papa fue a Madrid yo vivía en Madrid. Evité sus hordas, obviamente. Esa invasión histérica de felicidad: una especie de tuna-boy scout compuesta por quinientos mil cantautores, todos con la cara de Milikito. Era en mayo de 2003 y pinché en la tele por ver, más que nada, el aspecto de mi querida plaza de Colón. Me regocijaba que a no más de cien metros se encontraba (no sé si se encuentra todavía) el mayor burdel de Madrid: el Hot Girls, en el local de la antigua discoteca Bocaccio. Por la época había salido una columna (bastante papal, por cierto) de Manuel Vicent lamentando la deriva de aquel sitio mítico de la noche progresista madrileña: cómo ahora iban a follar allí los ejecutivos, donde antes había reinado la intelectualidad. Como si la intelectualidad no hubiera ido allí exactamente a lo mismo; como si lo que ellos daban a cambio de follar (disfrazado de teorías e ingeniosidades) no fuera también dinero.

El caso es que mi regocijo pudo ser completado, porque unos días después, todavía con los restos del escenario en la plaza, acompañé a un amigo al Hot Girls. Y digo acompañé porque yo (también bastante papalmente) no quise recurrir a los servicios de ninguna cortesana. Era mi amigo el que iba a lo que iba. Nos tomamos una copa, luego mi amigo entró con una chica y yo me quedé esperándolo, entretenido con el paisaje. De algún modo me pareció más limpio aquel trasiego de ejecutivos y putas que imaginarme a Vicent o a Umbral babeando ante una poetisa engatusada con la Visa Oro de ellos, que en aquel tiempo era el carnet de El País. Pero yo (¡ay!) pertenezco a ese deleznable sector intelectual. Por eso, cuando se me acercaba alguna a proponerme “travesuras sanas”, yo le respondía con boutades, como si me encontrase en el mismísimo Bocaccio. Me dio por soltarles que si aquellos días habían recibido visitas de las autoridades eclesiásticas, ávidas de pecar un poco antes de confesarse; si habían ido por allí obispos, cardenales... e incluso Su Santidad. La reacción de las putas era indefectiblemente la misma: el escándalo. Me regañaban y me daban la espalda, sus culitos de lencería. Me acordé de la Jeanne Duval de Baudelaire, la cortesana negra que se escandalizaba cuando el poeta la llevaba a ver los desnudos del Louvre.

De vuelta ya con mi amigo por la noche madrileña pensé con ternura en las chicas del Hot Girls. Seguro que algunas (eso se me olvidó preguntarlo) habían salido a ver al Papa. Se mezclarían con los histéricos boy scouts, con las hordas de fervorosos Milikitos: todos gritando hacia el escenario sin saber que a su lado estaba la salvación.

[Publicado en Jot Down]

11.8.11

Como la seda

Al fin llegó Irse a Madrid a Málaga, y su tortuoso viaje me ha recordado al que había que hacer para irse a Madrid a mediados de los ochenta: en aquel expreso Costa del Sol que se tiraba toda la noche para recorrer la mitad de la península. Siempre pasaba lo mismo: de madrugada ya no podías más, pero el tren llegaba a la siguiente estación y era Linares-Baeza. Todavía Linares-Baeza. La buena noticia para Manuel Jabois es que no es tan fácil salir de la provincia. Aquella primera vez los que nos escapábamos de Málaga éramos dos, mi compañero de Filosofía y de vocación literaria Cristóbal Ruiz y yo. Nos pasamos la noche hablando de Nietzsche, Baudelaire, Rimbaud, los dadaístas, William Beckford, Cioran: queríamos dar en Madrid con una buena nomenclatura iconoclasta. En el compartimento había un señor que nos miraba, y nosotros reforzábamos nuestras alusiones para epatarlo. Por la mañana, cuando el tren llegaba a Madrid y ya aguardábamos en el pasillo con las maletas, prestos para el abordaje, el señor se atrevió a preguntarnos: "¿A qué seminario vais? Porque sois seminaristas, ¿no?". El buen hombre supo ver lo que realmente éramos: clercs. No, no es tan fácil salir de la provincia...

Aunque Jabois, ciertamente, no necesita Madrid para nada. Para que le leamos no, desde luego: porque, además de este libro, está su blog, que es nuestra capital columnística. En cuanto a las vivencias: las que yo buscaba, que eran las de Martín Romaña, a mí no me pasaron en Madrid; pero a Jabois sí le han pasado en Pontevedra. Si hago balance, lo mejor fue cuando en la primera librería pedimos La vida exagerada de Martín Romaña, para que la leyera mi amigo, y el dependiente gritó: "¿Tenemos La vida exagerada, de Martín Romaña?". Aquella súbita corporeización del personaje creó un efecto precioso, que es el que tenemos desde el principio con Irse a Madrid, de Manuel Jabois.

El libro ha sido ya abundantemente comentado (*), por lo que no lo desmenuzaré. Sí quiero destacar lo que me parece más admirable: la calidad de la prosa. Su prodigio podría caracterizarse así: eufonía sin sonajero. Estamos acostumbrados a que se le llame "escribir bien" a los sobrecargados mazacotes que escriben, por tomar un ejemplo de cada lado ideológico, Montero Glez o Juan Manuel de Prada. Esas tiradas prosísticas atiborradas de alfajores. Mérito tienen, desde luego; pero es el esforzado mérito de la bollería pesada. Para mí el canon del "escribir bien" es el que marca una prosa como la de Jabois, que resulta eufónica sin que se note y posee las tres cualidades más corteses: la ligereza, la precisión y la fluidez. Es una prosa que va como la seda, tersa, sin una arruga. Despertando a su paso la sonrisa (y la carcajada), la melancolía, el destello lúcido, el quiebro o la emoción.

Leyendo Irse a Madrid de corrido (y casi corriéndome) he pensado que en él se cumple lo que le pedía Baudelaire a un libro de poemas en prosa: “¿Quién de nosotros, en sus días de ambición, no hubo de soñar el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo y sin rima, flexible y sacudida lo bastante para ceñirse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia?”. El propio Baudelaire lo logró en su Spleen de París. El problema es que pronto pasó por "prosa poética" lo que no era más que una exacerbación del "escribir bien" que mencioné antes, con el resultado de que casi todos los libros de poemas en prosa posteriores han sido indigestos. Irse a Madrid sería un libro de poemas en prosa en el sentido original de Baudelaire: sus textos son poemas preservados por el hecho de que son artículos; son poemas en tanto que son artículos.

* * *
(*) Entre otros, por Arcadi Espada, Elvira Lindo, Txani Rodríguez (hacia el minuto 41), Conde-Duque o Guille Ortiz. (Este último dice la que quizá sea la frase más penetrante sobre Jabois: "Cuando escribe, no está pensando en más consecuencias que las estéticas". Estéticas en el sentido noble, por supuesto: que es el inmoralista.)

11.6.11

Indignado

El hecho es que mi escritor favorito, Fernando Savater, hace años que tiene que llevar escolta y hay días, muchos días, en que no me lo recuerdo. Hoy sí: ha llegado a alcalde de su ciudad un amigo de los que lo amenazan. Los donostiarras lo han votado, haciendo gala de abyección. Resulta incómodo pensar que uno se da un agradabilísimo paseo por San Sebastián y se está cruzando con un montón de nazis, disfrazados de sonrientes transeúntes. Pocas ciudades hay más bonitas que esta mezcla de París y Río vigorizada por el Cantábrico. Pero está podrida. Yo pasé en ella dos días maravillosos, en el verano de 2002. En la cabeza tenía a Savater, cuyo libro sobre San Sebastián llevaba encima, y el ciclista por el que más pasión he sentido, Pello Ruiz Cabestany (pasión de una magnitud inversamente proporcional a las alegrías que me dio). Al minuto uno de pisarla ya aprendí, por impregnación, que quienes no se metían en líos vivían de putísima madre. Y casi todos vivían de putísima madre. Yo mismo, de ser de allí, probablemente viviría de putísima madre. Me di mis buenos paseos, con gran disfrute; pero no quise quitarme de dentro ese resquemor.

4.6.11

El que se mueve no sale en el daguerrotipo



El primer daguerrotipo con presencia humana es este del Boulevard du Temple de París, realizado en 1838. Es conocido, pero yo me lo he encontrado ahora por primera vez, en el blog de Ramón Buenaventura. En la parte inferior izquierda aparecen dos hombres: un limpiabotas con su cliente (en detalle aquí). No eran los únicos que estaban en el bulevar: pero sí los que permanecieron en su sitio el tiempo imprescindible de exposición, que entonces era de diez minutos. Los que se movían en esa franja era como si no hubiesen estado. La fotografía empezó, pues, igual que la filosofía: desdeñando el devenir; saltando por encima.

Hace poco ha sido noticia el primer daguerrotipo de Madrid, datado entre 1840 y 1850. Y este otro es el primero de Barcelona, hecho en 1848. Aquí no se ve a nadie. Se movieron y se perdieron. Pero hay una majestuosa belleza en esa ciudad sin accidentes.

1.6.11

El artista

En Arcadi Espada –al que sigo admirando, y por eso lo observo y analizo (despecho aparte)– he detectado otro elemento del sumo interés (como diría Arcadi Espada, cuando se pone redicho).

Su denostación de lo irracional y lo romántico (¡en sentido alemán, no me abajen!), que le hace trazar esa línea puritana de carácter neopositivista, es una defensa, obviamente, contra su propia sombra. Es “la sombra de la filosofía”, señalada por el “semáforo del saber”, de que hablaba Eugenio Trías en sus dos primeros libros (La filosofía y su sombra y Metodología del pensamiento mágico). Pero esto es viejo.

Lo nuevo que he detectado en el maestro es lo siguiente: el sujeto de su neopositivismo habría de ser un individuo gris y aplacado, analítico sin ínfulas, modoso. Una especie de funcionario de la verdad. Nuestro Espada, por el contrario, se comporta aspaventosamente, con las maneras de un divo. El sujeto Espada es un artista romántico: individualista, caprichoso, intuitivo, lanzador de grandes (y brillantes) síntesis. No es una hormiguita de los datos, sino una cigarra (laboriosa, eso sí) que canta a partir de ellos y que hace buenos manojos con ellos. El histrionismo, el desplante, la venganza: rasgos todos del sujeto artístico.

Con lo que parece claro el conflicto que lo alimenta: su cerco neopositivista no es sólo a sus sombras emocionales (irracionales), sino también al artista que hay en él. No quiere desbocarse por ahí. Es un artista con catecismo antiartístico.

El resultado me parece fascinante. Es un sujeto en tensión. Y lo que hay de admirable en él se debe a esos dos polos, que son los que producen su electricidad.

28.5.11

La institución familiar

Hay un momento en la biografía de Luis Cernuda que sólo podemos degustarlo nosotros, desde la posteridad. Es cuando en Londres, en 1946, Leopoldo Panero le ruega durante una velada que lea en voz alta algún poema. Panero ha sido enviado por el Gobierno franquista para que se ocupe del Instituto de España y, aunque a lo largo de aquellos meses iría estrechando su amistad con Cernuda, ésta se encontraba aún en sus inicios. Cernuda se resiste. Panero, que se ha bebido él solo una botella de coñac, sigue insistiendo; hasta que Cernuda al fin cede. Le pide al anfitrión, Rafael Martínez Nadal, un poema que le ha pasado hace poco. Resulta ser "La familia", uno de los grandes poemas de Cernuda, durísimo contra la institución familiar. A mitad de lectura, Leopoldo Panero estalla. Transcribo el relato de Martínez Nadal que cita el biógrafo Taravillo:

Leopoldo dio un palmetazo en la mesa y se puso en pie con algo de enfurecido don Quijote en defensa de Melisendra:
.....—¡Basta! No lo admito. La familia es lo más sagrado y tú la denigras. Buscas la popularidad con malas mañas.
.....Y se sentó en guardia, como gallo de pelea.
.....Pandemónium de silencios, valga la contradicción. Tras larga pausa, Luis se levantó, lívido:
.....—Rafael, lo siento, pero no puedo permanecer aquí.
.....Le acompañé y retuve en el salón del piso de abajo. Temblaba de ira y de desprecio:
.....—La culpa la tengo yo por haber cedido; ésa es la España de Franco: sacristanes, hipócritas, cursis y pueblerinos.
Cuánto le hubiera regocijado en aquel momento a Cernuda conocer el destino familiar que le aguardaba al otro. Panero moriría un año antes y no sé si Cernuda llegaría a leer su autoepitafio ("Ha muerto, / acribillado por los besos de sus hijos..."); pero ambos se perdieron lo mejor, que es la película. Mi secuencia favorita de El desencanto es la conversación entre Leopoldo María, Michi y la madre, en la que los hijos llaman "el Conejito Blanco" al padre muerto. En especial el momento en que, después de que la madre haya evocado una vez más su "amor" por Cernuda (asunto que se trata en el libro), le suelta Leopoldo María: "Lo que nunca te perdonaré, mamá, es que habiendo podido ser yo hijo de Cernuda, me tuvieses con el Conejito Blanco". Me hubiera gustado poner el vídeo, pero no lo encuentro. Sí está el de mi segunda secuencia favorita, con Michi y Juan Luis:

27.5.11

Integridad

Sobre lo que escribí ayer tiene que ver la cita de José Emilio Pacheco que encabeza este segundo tomo de la biografía de Luis Cernuda:

En guerra contra el mundo, sin otros poderes que los de la poesía, Cernuda demostró algo que jamás aprenderemos: una de las formas de grandeza alcanzables por el escritor es quedar mal con todos, hacer las cosas para que no le gusten a nadie. De este modo, Cernuda vivió en una arisca soledad, cercada de rencor por todas partes: legítima defensa de un ser vulnerable en extremo, de un caído en el infierno que acepta el mal y, al expresarlo, lo conjura.
Cernuda es un republicano desilusionado de los comunistas, que lee Retour de l'URSS de André Gide cuando otros aplaudían a Stalin (y lo seguirían aplaudiendo durante lustros, para luego hacerse los tontos). Cuando hoy tenemos que tragarnos tanta basura sobre la, así llamada, memoria histórica, Cernuda ya posee en el verano de 1938 la mentalidad que, cuarenta años después, propiciaría la transición. Ese verano surge el rumor de que un pacto entre los combatientes va a terminar con la guerra civil, y Cernuda le escribe a su amigo Rafael Martínez Nadal:
Mi querido Rafael: ¿Has leído las declaraciones de Franco? No sé si los periódicos de ahí reproducirían unas declaraciones de Vayo a un periodista de L'Oeuvre. Chico, creo que el pacto está en puertas. Tengo una alegría enorme. Creo que pronto podremos volver a España. Lo horrible es pensar en los muertos, para después llegar a lo mismo aún alegrándonos de volver a lo mismo, porque ésa es la única solución posible. Y Federico... Cuando me acuerdo de esto siento remordimientos por alegrarme del fin de la guerra y de la vuelta a España. [...] Si este pacto que se vislumbra es cosa segura, yo regresaría sin perder tiempo.
Esa es la actitud limpia: vital y trágica; no las monsergas puritanas de hoy, efectuadas normalmente por los sucios. Ese anhelo de pacto no es incompatible, sino justo lo contrario, con la integridad: son dos ramas del mismo tronco. En la biografía hemos asistido a las penurias de Cernuda por Inglaterra y París, cómo busca pequeños trabajos de supervivencia. Martínez Nadal al fin le consigue algo: una colaboracion mensual en la revista Blackfriars, de los dominicos de Oxford. Pero Cernuda la rechaza:
Lo que no podría decidirme a aceptar sería la publicación en esa revista. No por ser católica, en modo alguno, sino por tener un partido en la guerra de España. ¿Comprendes lo que siento? No soy capaz de odio hacia otros españoles, pero por eso mismo quisiera mantenerme fuera de cualquier bando. Aparte de que si aceptara, muchos podrían interpretarlo como un intento mío de abandonar a los casi vencidos por los vencedores. Bastante he sufrido en España y pocos o ningunos miramientos debo allí a nadie; al contrario, injusticias es lo que les debo. Pero está demasiado cerca mi salida de España, y los republicanos en demasiada mala situación para que esa colaboración pareciera poco generosa de parte mía.
Como decía Breton: "Parece ser que hay un modo más o menos digno de conducirse, y basta".

26.5.11

El exilio interior

Va bien mi lectura de La montaña mágica, ya estoy entregado a la épica horizontal de la chaise-longue; pero ha salido la segunda parte de la biografía de Luis Cernuda y no he podido esperar: he abandonado temporalmente el sanatorio para marcharme con él al destierro. Anda todavía por Londres, tras pasar por París, Glasgow (el hosco Glasgow) y Cambridge, y ya puede apreciarse que su exilio es ante todo interior. No me había dado cuenta hasta ahora de que esa expresión, que suele usarse para los republicanos que permanecieron en la España de Franco (es el título, por ejemplo, de la reciente biografía de la gran María Moliner), le cuadra más que a nadie a Luis Cernuda. No tanto por las circunstancias históricas como por su carácter. Él hizo suyo el emblema de Goethe "carácter es destino", y su destino difícil se debió a su carácter difícil. El atildamiento del dandy es un método de separación. En Cernuda se da el atildamiento del vestir y el atildamiento de las maneras. Era puntilloso, maniático, retraído, y eso lo aisló. Pero la energía no se destruye: el cerco que asfixió su vida intensificó y purificó su arte, que perdura.

* * *
PS. Me sonaba haber escrito algo parecido hace tiempo, y sí.

13.5.11

Woody en primavera

Otra costumbre se ha perdido: la de la tarde otoñal con Woody. El año pasado ya estrenaron su película a finales de agosto, y esta vez en plena primavera. Nada hay más enojoso que el que a los rituales les muevan la estación. Como cuando pasaron la Vuelta a septiembre, provocando que sus bicicletas no fuesen inaugurales sino crepusculares. Antes el encanto de la Vuelta era ese: las bicicletas despertaban (para el gran público) tras su letargo invernal. No había figuras, pero había ganas de bicis. Ahora es una carrera apagada. El Giro, por su lado, era un calmante entre la Vuelta y el Tour. (La muerte del pobre Weylandt ha sido una muerte que, por fechas, le hubiera correspondido a la Vuelta...). Del Tour me he acordado al comienzo de Midnight in Paris, durante la sucesión de imágenes de postal que preceden a los títulos de crédito. Yo había llegado deprisa y desasosegado, pero esa belleza me calmó. Luego vino la historia, de la que no voy a contar nada: solo que fluye, que se pasa con levedad, que deja un poso agridulce (como siempre con Woody: su logro de siempre). Sí contaré el chiste que tengo que contar. El gran Owen Wilson se encuentra con T. S. Eliot y le dice: "En el sitio del que vengo miden la vida con cucharillas de coca". Hay varios chistes así: culturetas, deliciosos. En cierto momento me di cuenta de que una desconocida se reía con los mismos que yo. Era como de cuento de hadas, o de película de Woody Allen. No quise verla, así que salí antes de que encendieran las luces.

29.4.11

Sobre el poder

En mi adolescencia esteticista, el antipático Maquiavelo se me hizo simpático por este pasaje (supe luego que famoso) de una carta a Francesco Vettori:

Llegada la tarde, vuelvo a casa y entro en mi escritorio. En el umbral me despojo de la ropa de cada día, llena de fango y porquería, y me pongo paños reales y curiales. Vestido decentemente entro en las antiguas cortes de los antiguos hombres, donde –recibido por ellos amistosamente– me alimento con aquella comida que es verdaderamente sólo mía y para la cual nací. No me avergüenzo de hablar con ellos y de preguntarles la razón de sus acciones, y ellos por su humanidad me responden; durante cuatro horas no siento pesar alguno, me olvido de todo afán, no temo la pobreza, no me acobarda la muerte: todo me transfiero en ellos.
Hay autores con mala fama que solo se defienden ellos mismos, cuando se les concede la voz. La falta de Maquiavelo es la habitual en muchos detestados: dijo la verdad. Analizó el poder sin tapujos: así, exactamente así, es como funciona; eso, exactamente eso, es lo que hay que hacer. Uno puede dedicarse a otras cosas, como el propio Maquiavelo hizo, en parte forzado; pero si se está en el poder, sus leyes son precisas. El grado de descarnadura lo da, por lo demás, la época. La de Maquiavelo era particularmente descarnada: se asesinaba sin disimulo. Hoy los crímenes están más camuflados, o no tienen por qué ser físicos; pero la ley, lo esencial de la ley, está ahí. Hay un trazado precioso que va de Maquiavelo a Spinoza: la teoría política de este tiene mucho de Maquiavelo, porque es una teoría fundada también en lo real; pero sus consecuencias son más alegres, democráticas. Lo común es no engañarse. Isaiah Berlin, en el ensayo que dedica a Maquiavelo en El estudio adecuado de la humanidad, dice que, a diferencia de otros pensadores, que redefinen el "bien" para que encaje en él lo que propugnan, Maquiavelo acepta la denominación establecida, pero sugiere una acción al margen de ella; es decir, aceptando que se pueda calificar de "mal". Lo hace con limpieza, sin regodearse en la maldad ni caer en el malditismo: simplemente se ocupa de la acción al margen de la corriente (paralela) de la valoración.

Además de El Príncipe, y antes de mi vuelta a Bernhard, leí en la lluviosa Semana Santa Diálogo sobre el poder y el acceso al poderoso, de Carl Schmitt, que dedica unas líneas a Maquiavelo:
Si Maquiavelo hubiera sido maquiavelista, ciertamente no habría escrito libro alguno que lo hubiera mostrado bajo una luz desfavorable. Habría publicado libros piadosos y edificantes, mejor aún, un anti-Maquiavelo.
Pero las más brillantes del libro de Schmitt son las referidas a la antecámara del poder, eso que denomina "el acceso al poderoso":
Quien le presenta un proyecto al poderoso, quien lo informa, ya participa del poder, sea un ministro confirmante del proyecto o alguien que sabe llegar de manera indirecta al oído del poderoso. [...] En otras palabras, delante de cada espacio de poder directo se forma una antesala de influencias y poderes indirectos, un acceso al oído, un pasaje a la psique del poderoso. No hay poder humano que carezca de esta antesala y este pasaje. [...] Antecámara, escalera de servicio, desván o sótano: la cosa en sí misma es clara y es igual para la dialéctica del poder humano. De todos modos, en el curso de la historia universal, en esta antesala del poder ha convergido una sociedad multiforme y heterogénea. Aquí se reúnen los indirectos. Encontramos ministros y embajadores con sus uniformes imponentes, pero también confesores y médicos de cabecera, edecanes y secretarias, ayudas de cámara y amantes. [...] A veces hay en esta antesala hombres prudentes y sabios; a veces, administradores maravillosos o virtuosos mayordomos de palacio; a veces, torpes arribistas y estafadores.
Para los que le profesamos una cierta repugnancia al poder, y no hemos sabido usarlo cuando lo hemos tenido, todas estas consideraciones son saludables. Hace años, leyendo la Meditación sobre el poder de Eugenio Trías, me llamó la atención su agudeza al señalar cómo esas distancias mentales (y espirituales) que marcamos con "los políticos" en realidad son signo de un puritanismo interior hacia el poder propio; una autolimitación, por tanto. Los políticos, ciertamente, son burdos: pero el espectáculo que ofrecen es, nada menos, que el del poder destripado. Habría que observar los mecanismos, acogerlos; aunque para ejercitarlos, claro está, con una mayor elegancia.

25.4.11

La novela de Duchamp



Cuando algún vanguardista de nueva hornada celebra mi afición por Duchamp, aprovechándola también para señalarme lo poco vanguardista que soy en otras aficiones, debo responderle: "Eh, que Duchamp tiene cien años; y así es como me gusta: con sus cien añitos". De 1911 son, por ejemplo, la Dulcinea, el Joven triste en un tren o el primer Desnudo bajando una escalera. El vanguardismo no es un criterio para mí: me gusta la vanguardia en tanto tradición de la vanguardia. Tampoco lo es el generacional. En Afterpop, Eloy Fernández Porta declara a Javier Marías mainstream y pop, y a Ray Loriga indie (por defecto) y afterpop. No negaré yo estas calificaciones: solo afirmo que Marías me gusta y Loriga no, que Marías me parece muy bueno y Loriga muy malo. El efecto generacional quizá quede un poco sucio: en vez de aliarme con mis abuelos para matar a mis padres, me alío con mis padres para matar a mis hermanos; pero esto es lo que hay.

En los museos de arte contemporáneo abundan los remedos de Duchamp. A veces me resultan simpáticos, pero casi siempre antipáticos. Ante todo no entiendo por qué esos artistas van perdonando la vida, como si no fueran unos imitadores. Y no entiendo por qué le han copiado todo a Duchamp menos la ironía, menos la ligereza. Los imitadores de Duchamp ofrecen ecos apagados, amazacotados, de Duchamp. Detrás de cada obra de Duchamp hay mil ideas; detrás de cada mil obras de sus imitadores hay, con suerte, una idea. Por eso mi afición no suelo ejercitarla en los museos. Lo que hago, conocida la obra de Duchamp, es ir por ahí detectando sus signos; jugando con ellos, proyectándolos. El mundo se convierte así en una gran novela duchampiana; o al menos en un paisaje (peligroso) que la incluye. Una novela erótica, principalmente: una novela de trituración y guasa erótica; o de desguazamiento de piezas eróticas.

Hace unos años se produjo un destello glorioso. Me encontraba en el Plaza Mayor, un centro comercial surcado de patios a la intemperie, y llovía. Crucé empapándome hacia el servicio masculino, para orinar. Allí, el descanso de un refugio seco. Me coloco ante el urinario y, mientras me abro la bragueta, se dispara un chorrito: el urinario se había puesto a mear en mí. Algún gamberro le había dado la vuelta al surtidor que limpiaba la loza. El surtidor (que además tenía forma de concha, de sexo femenino) se activaba en cuanto un usuario se colocaba delante. Su función era lavar el producto de los penes anteriores, cuando uno nuevo llegaba a dejar el suyo en el receptáculo. Al habérsele dado la vuelta, era el nuevo pene el que era lavado. En fin, las implicaciones pueden multiplicarse: les dejo la tarea. Solo consigno cómo se queda la masculinidad chafada al sentir el asalto (húmedo) del elemento pasivo. Urinario que mea: Fuente.

Recientemente hubo otro guiño subyugante, en esa fotografía de Kai Pfaffenbach que apareció en El País. "Urinario con vistas", la titularon: un título perfecto. El panel tiene la disposición del Gran Vidrio de Duchamp, y el sector de abajo es también el masculino: esos urinarios que hacen de testigos oculistas. El sector de arriba, el femenino, muestra toda una ciudad: Frankfurt, que es aquí el colgado hembra. A partir de esta disposición, hay cruces significativos. Por ejemplo: lo de arriba, lo que se ve arriba, está en realidad abajo. Por ejemplo: el panel de los testigos oculistas es en realidad opaco (está ciego). Por ejemplo: es en ese sector masculino donde los usuarios (masculinos) deben orinar, con los ojos situados a la altura del femenino (pero mirando hacia la ciudad de abajo). Las implicaciones también se multiplican, pero yo me planto aquí. Sigan jugando ustedes: es una novela jugosa.


23.4.11

Oxígeno democrático

Hace poco le escribí a otro de los damnificados de Factual, mejor dicho, de los decepcionados por la conducta de Arcadi Espada en aquel fiasco, que ahora disfruto el doble con los artículos de este. Desaparecida la afección personal, mi lectura se ha vuelto tensa: lo leo buscándole las cosquillas, recreándome en sus caídas; pero también con una admiración acerada cuando hay merecimiento. He de decir que el merecimiento predomina: Espada escribe más cosas admirables que risibles; su grado de excelencia se mantiene elevado. En España sigue sin haber mejor columnista que él, ni nadie con una ratio mayor de ideas por línea; pero observo que cada vez se gusta más en sus tics, lo que también alimenta mi parte insidiosa. De ese equilibrio entre las ideas y los tics dependerá, por cierto, el Espada futuro: hasta el momento los tics salpimentan las ideas; pero la proporción está en el límite. Queda por comprobar si sabe salvarse de la fuerza gravitatoria de su autosatisfacción.

Pero hoy lo que quiero es recomendar sus vídeos mexicanos. Los he visto todos y me lo he pasado muy bien. Hay un contexto morboso: Espada llega a Méjico con jota y se encuentra con mexicanos con equis. Contrastan las maneras bruscas, secas, algo imperiosas del español (¡del catalán!), con la suavidad mexicana. Pero la fricción funciona: hay comunicación, electricidad. Las charlas, con sus higiénicas consideraciones sobre el periodismo, desprenden el aroma del oxígeno democrático. La periodista Yaiza Santos, una de las organizadoras de las jornadas, fue ofreciendo pinceladas en su blog (en seis partes: I, II, III, IV, V y VI). Yo dejo aquí, ordenados, los enlaces de los once vídeos:

1. Literatura y periodismo: mitos, límites, polémicas.
2. Contra la imaginación. Los casos Javier Bauluz y Javier Cercas.
3. Medios y violencia. Hacia una cobertura responsable (Ia).
4. Medios y violencia. Hacia una cobertura responsable (Ib).
5. Medios y violencia. Hacia una cobertura responsable (Ic).
6. La violencia y sus etiquetas. Política, sentimiento, víctimas. Las trampas del lenguaje.
7. Medios y violencia. Hacia una cobertura responsable (IIa).
8. Medios y violencia. Hacia una cobertura responsable (IIb).
9. Propuestas para una cobertura responsable del narcotráfico.
10. El estilo del periodista digital. Soporte y lenguaje (a).
11. El estilo del periodista digital. Soporte y lenguaje (b).

* * *
PS. Y 12: Tres consejos para los estudiantes de periodismo .

21.4.11

Poemas a 45rpm



Ha salido un nuevo número, precioso, de la revista Boronía. Lo componen poemas montados como discos de 45rpm, elaborados por poetas e ilustradores. Yo no soy poeta, pero mi amigo Hervás me invitó a participar y se nos ocurrió el truco de que hiciera uno de mis juegos poéticos con la revista Rockdelux, que ilustraría el ilustrador de la misma Nacho Antolín. Este es el resultado:


18.4.11

Nuestro envarado intérprete

A propósito de mi entrada anterior, he recordado este otro textito que escribí sobre Javier Marías hace tiempo, exactamente el 24 de febrero de 2003:

* * *
El atildado y casi soso, el estirado y a veces ridículo, el sin duda acomplejado Javier Marías es, incuestionablemente, el mejor novelista español vivo, y uno de los mejores europeos y mundiales. Que un país tan aficionado al garbanzo (y Galdós no era el garbancero, sino más bien sus casposos atacantes: Cernuda, otro de nuestros lujos, lo tenía en su altar íntimo junto al refinado Gide o a Goethe, cuyo paganismo admiraba) produzca un autor como Marías es un milagro equivalente a la eclosión universal de los bambúes. Un país cuyo garbanzo mayor, Cela, produce por reacción contraria un antigarbanzo aún más garbancero que el garbanzo mayor, Juan Goytisolo, no podía dejar de contemplar con arisco resentimiento, al principio, la aparición de un refinado petimetre capaz de escribir, en español, la mejor novela existente sobre Oxford. Y de escribir luego de Todas las almas, pese a las acusaciones umbralianas de "anglosajonijodido" (que ya hay que detestar el español, aunque presuntamente se le ame, para inventar ese palabro), obras como Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, Mientras ellas duermen, Negra espalda del tiempo, Seré amado cuando falte o ahora Fiebre y lanza (¡memorables títulos!): todas ellas en prosa manierista y de aclimatación al español de los meandros (manieristas también, y humorísticos y melancólicos) bernhardianos, una prosa que nos instala en una duración propia, de la que la historia (¡la anécdota!) se va desprendiendo junto con la reflexión vital, y la poesía vital, y la pena vital, y la alegría vital, y el homenaje vital, y el desconcierto vital, con una finura y una majestuosidad absolutamente clásicas y perdurables, pese al manierismo del estilo, su capricho, su apuesta, su originalidad, su gracia. Bravo, pues, por Javier Marías, nuestro observador apático, nuestro envarado intérprete.

12.4.11

Al borde del ridículo

Estaba yo leyendo encantado, con gran placer , Los enamoramientos (Javier Marías es mi novelista actual preferido, el único del que me leo todas las novelas), cuando un amigo que andaba también con ella emitió este juicio: "Al borde del ridículo". Me contrarió inicialmente, pero luego le di la razón. Es un sintagma exacto: la novela se sitúa al borde del ridículo... pero sin caer en él. De ese filo inestable obtiene sus materiales, su tono, su tensión artística. La de Javier Marías es una literatura amanerada, manierista, que roza un límite, que se demora en un límite. Se despega de la naturalidad, pero el resultado fluye: es una escritura artificiosa que no resulta apelmazada, sino al contrario, ligera, desenvuelta. Morosa pero sin rugosidades. Sí con recovecos. No lo he medido, pero yo diría que tres cuartas partes de las páginas (dos tercios como mínimo) son elucubraciones de la narradora: recrea diálogos o pensamientos hipotéticos de los otros personajes; el lector avanza por ellos como por un terreno fantasmagórico. A veces lo olvida, a veces lo recuerda: cuando lo recuerda, comprende que no existe excesiva diferencia entre esos pasajes y los que están sucediendo de verdad. Eso está muy bien, porque ese es el tema de la novela, ese es el tema de Marías: la maraña de palabras y los restos de la realidad en las palabras. Hay una trama entretenida, aunque minúscula, pero el valor está en la fraseología que se va ensartando en ella, o creándola. Se trata de una escritura integrada: la escritura es el argumento; la sustancia (volátil) de la novela. Las mejores tiradas no son tanto las que hablan de los personajes como las que hablan de nosotros mismos: esos párrafos con el nosotros, que novelizan (poetizan) nuestra propia experiencia. Bernhard era un maestro en su uso, y Marías también, con su acento particular, más atenuado, más melancólico. Termino con unas líneas que lo ejemplifican:

Sí, todos somos remedos de gente que casi nunca hemos conocido, gente que no se acercó o pasó de largo en la vida de quienes ahora queremos, o que sí se detuvo pero se cansó al cabo del tiempo y desapareció sin dejar rastro o sólo la polvareda de los pies que van huyendo, o que se les murió a esos que amamos causándoles mortal herida que casi siempre acaba cerrándose. No podemos pretender ser los primeros, o los preferidos, sólo somos lo que está disponible, los restos, las sobras, los supervivientes, lo que va quedando, los saldos, y es con eso poco noble con lo que se erigen los más grandes amores y se fundan las mejores familias, de eso provenimos todos, producto de la casualidad y el conformismo, de los descartes y las timideces y los fracasos ajenos, y aun así daríamos cualquier cosa a veces por seguir junto a quien rescatamos un día de un desván o una almoneda, o nos tocó en suerte a los naipes o nos recogió de los desperdicios; inverosímilmente logramos convencernos de nuestros azarosos enamoramientos, y son muchos los que creen ver la mano del destino en lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano... (pp. 150-151).

9.4.11

Los días previos



Uno de los balances del zapaterismo es que yo antes no me imaginaba cómo se habían estado matando nuestros abuelos y ahora me lo imagino perfectamente. Atisbo las balas agazapadas tras las torticerías. No se llegarán a disparar, al menos no a mansalva; pero están ahí. La quiebra se produciría si se alcanzase una masa crítica de energúmenos cargados de razones (energúmenos "de uno y otro bando", por supuesto: a los gritones ya los conocemos, pero hay un modo suavón de estar "cargado de razones" –el modo mismo zapaterista– que exhibe un aspecto lanoso mientras por debajo todo son pinchos, juego sucio).

La otra noche fue terrible: cóctel de historia y fiebre. El libro sobre el asesinato de Calvo Sotelo me pareció un gran libro: es de Ian Gibson pero lo encontré objetivo, no tendencioso. La República parece el escenario de un teatro en que casi todos están representando otra obra: los izquierdistas la de la Revolución, los derechistas la del Fascismo. Si al final los izquierdistas se quedan combatiendo por la República es porque no tenían otra cosa anterior; los derechistas sí: la, así llamada, España tradicional. Lo único inocente allí era la "legalidad republicana" y los pocos que creían en ella, sin fanatismo ideológico. La República era lo único genuinamente prometedor: y quizá por eso se encontró sin futuro.

Los días previos a la guerra civil dan escalofríos, porque ya eran de guerra civil. En el libro de Gibson aparecen muchas de mis calles madrileñas asociadas a crímenes o altercados: Augusto Figueroa desembocando en Fuencarral, que fue donde asesinaron al teniente Castillo; Miguel Ángel, Lagasca, Velázquez (de donde se llevaron para matarlo a Calvo Sotelo). En Málaga, mi amigo el psicoanalista Antonio Nadales lleva tiempo preparando un libro sobre la guerra civil en la ciudad, con decenas de testimonios de los últimos supervivientes. Cuando paseamos es frecuente que me señale un rincón donde se produjo un crimen. Hace un decenio también paseé con mi amigo Losada por Madrid buscando restos de disparos en las paredes. Recuerdo que llegamos a la Puerta del Sol con esta idea: al focalizar, todo se desvaneció en torno y aparecieron solo los muros como pieles de leopardo.

Aquella mañana estuvimos en el primer piso de La Mallorquina, que ahora veo en esa foto del libro de Gibson. Es de principios de 1936, antes de las elecciones de febrero que ganaría el Frente Popular. El cartel electoral de la Ceda de Gil Robles, tan fascista. El propio Calvo Sotelo era un fascista impresentable. Unos vivieron y otros murieron, pero todos se esforzaron por una España peor.



* * *
PS. Viene como un guante el artículo de hoy de Arcadi Espada: "Toda esa apoteosis humana que el uso de la llamada 'memoria histórica' reduce y abrasa como cepillo de carpintero".

1.4.11

Girasoles, helicópteros



Muchos ciclistas han muerto bajando, pero la de Tom Simpson en el Mont Ventoux fue una muerte subiendo. Su cuerpo acudió a recogerlo un helicóptero y me he dado cuenta de que la presencia de los helicópteros en las cumbres tiene que ver con la muerte: suben a buscar montañistas despeñados, o a recoger cadáveres de ciclistas. En esa foto acaban de recoger el de Tom Simpson, el 13 de julio de 1967. Es un helicóptero fúnebre, un helicóptero-ataúd.

A los cinco minutos, un helicóptero aterrizó a nuestro lado. Tumbaron a Tom en una camilla, lo metieron a toda prisa en el helicóptero y despegaron. Nunca olvidaré la imagen de Tom en la camilla, con los brazos colgando. Porque justo entonces comprendí que había muerto. Nos quedamos todos allí, en la cuneta, mirando el cielo, siguiendo con la vista el vuelo del helicóptero, cada vez más lejano.
Estas palabras de Harry Hall, el mecánico de Simpson, las he leído en Plomo en los bolsillos, de Ander Izagirre, un espléndido libro sobre el Tour. Lo componen quince crónicas, desde el nacimiento del Tour hasta Armstrong: son todas muy buenas, pero yo aquí solo hablo de la del Ventoux. Aunque la muerte de Simpson es uno de los emblemas del monte, nunca me había preocupado por investigar sobre ella. Era una muerte icónica: la estampa del derrumbe de Simpson. Ahora sé más, del personaje y de aquel Tour, de aquella etapa. Simpson la había marcado en rojo:
"Esta es la clave", le decía a Lewis. "Cuando coronemos el Ventoux, sabremos quién será el ganador en París".
Lewis, Colin Lewis, era el neoprofesional que compartía habitación con Simpson. Izagirre recuerda unas declaraciones que hizo a The Sunday Times treinta años después. Es el relato de una iniciación, que empieza con la emoción de Lewis cuando sabe que va a compartir habitación con el líder de su equipo, sigue con las jornadas compartidas, la observación del maestro, y termina con Lewis esperando en el hotel con la cama de Simpson vacía. Aún no sabía que había muerto, pero sí que algo había pasado.
"Yo tuve un día bastante bueno", dice Lewis, "en las primeras rampas marchaba cerca de cabeza y veía lo que ocurría por delante. Vi que Tom no respondió a los primeros ataques, pero enseguida salió a la rueda de dos ciclistas. Parecía que las cosas no iban mal". A partir de ese momento, Lewis perdió de vista a los primeros y se concentró en su propio esfuerzo. Trepó con mucho sufrimiento por la parte inicial de la montaña, aún cubierta por pinares, pero cuando alcanzó la zona del Chalet Reynard, donde la vegetación desaparece y la carretera sube por un desierto de guijarros calcinados, escuchó el aviso de un aficionado: "Simpson se ha caído". Más adelante vio el coche del equipo británico parado en la cuneta, una bicicleta en el suelo y un corrillo de gente alrededor de lo que parecía un médico atendiendo a un ciclista tumbado. El director deportivo Alec Taylor gritó a Lewis que continuara, y él siguió hacia la cumbre, triste por la desdichada caída de su compañero de habitación, justo en el día en que tenía depositadas las mayores esperanzas. En los últimos metros de la subida, Lewis pedaleó muy despacio para mirar ladera abajo, por si venía Simpson. No vio nada, así que bajó el puerto, terminó la etapa y se marchó al hotel.
La autopsia revelaría luego que la muerte de Simpson se debió a una parada cardiaca provocada por anfetaminas y coñac (más "el calor terrible", y el esfuerzo). Lo dramático es que fue Lewis quien le había proporcionado el coñac. Camino del Ventoux los gregarios habían asaltado un bar, como solía hacerse entonces:
"Las cocacolas eran los botines más preciados y yo vi una botella encima del frigorífico, así que me subí a una silla y la cogí. Luego me guardé otras tres botellas en los bolsillos traseros del maillot y me metí una más por la nuca, sin saber qué eran. Salí corriendo". Después tocaba perseguir al pelotón, cazarlo y buscar al jefe de filas. "Busqué a Tom en el grupo y le pasé la cocacola", cuenta Lewis. "Se la bebió entera, casi de trago, y luego me preguntó: '¿Qué más tienes?'. Metí la mano en el bolsillo y agarré una botella cualquiera: era coñac Rémy Martin. Tom la vio, dudó un instante y al final me dijo: 'Qué demonios, dámela. Ando un poco flojo, a ver si me pongo a tono'. Bebió un trago y luego arrojó la botella por los aires a un campo de girasoles".
La aparición aquí de los girasoles resulta precisa, como en los cuentos o en los relatos míticos. Parecen el anuncio de la muerte: la muerte bajo el sol, y además relacionada con las aspas del helicóptero (a su vez hermanas de las ruedas). Una de las odas de Ricardo Reis termina con los girasoles y la muerte:
Girassóis sempre
Fitando o sol,
Da vida iremos
Tranquilos, tendo
Nem o remorso
De ter vivido
.

[Girasoles siempre
mirando al sol,
de la vida nos iremos
tranquilos, teniendo
ni el remordimiento
de haber vivido.]
El último detalle es que Tom Simpson, cuando estaba ya tumbado en la gravilla, siguió dando pedaladas al aire: "haciendo girar unos pedales invisibles". Con ellas salió del Ventoux, o lo completó.

* * *
En mi archivo tengo una foto del pelotón entre girasoles (Tour 2009) y otra de un helicóptero acechando en un ascenso (Tour 2010, precisamente un 13 de julio). Plomo en los bolsillos solo está disponible aquí: anderiza@gmail.com.

(12.7.12) Ha salido una nueva edición de la obra: en Libros del K.O. Además, una avalancha en los Alpes ha matado a nueve alpinistas: convocando una vez más al helicóptero fúnebre.

27.3.11

Savater de aperitivo

El lunes estuvo Savater en Málaga, en la Facultad de Derecho. Empezó diciendo que les había propuesto a los organizadores hablar sobre el mal, que es el tema en que anda trabajando ahora, pero le rogaron algo más alegre, que acompañara el comienzo de la primavera, y decidió hablar de la alegría. Se agradeció: también por la hora, que era la del aperitivo. A mí me había puesto de buen humor volver a la universidad y volver de mañana. Encontré un montón de chicas guapísimas. Luego, en el coloquio, se preguntó mucho y se preguntó bien. Me reconcilié con los estudiantes malagueños. Cierto que había una doble selección: la de asistir a la conferencia y la de preguntar; pero el nivel era superior, por ejemplo, al de mis años universitarios. Fue una sorpresa. Y me alegró.

La conferencia (esto no fue sorpresa) resultó una delicia. En otra de hace muchos años Savater definió al intelectual (creo que citando a Jefferson) como aquel que trata a los demás como si fueran intelectuales. Y allí pasamos todos nuestra horita, contentos de ser intelectuales como Savater. Una pausa de civilización y finura. Defendió la alegría, que está sujeta al tiempo y que pasa, pero que cuando ocurre lo hace de verdad; va con fecha y en esa fecha nunca dejará de ser alegría, de haberlo sido. La felicidad, sin embargo, nunca se cumple: es una proyección a la que, en realidad, le sobra la vida; anhela el resguardo del trasmundo. (La felicidad vino a ser la mala de la conferencia.) La alegría no espera, no le pone requisitos a la vida: vive a posta, vive deliberadamente. No es una aceptación pánfila sino trágica: la del amor fati de Nietzsche. Yo anoté en mi cuaderno esta divisa: "alegre e infeliz". Salieron más nombres, todos introducidos con elegancia, con suavidad: Herzen, Wittgenstein, Séneca, Borges, Kafka, Santayana, Aristóteles, el Sócrates del Fedón... De Herzen contó lo que una viejecita le dijo una vez que él se quejaba del mal tiempo: "mejor que haga mal tiempo a que no haga ninguno". De Santayana leyó un texto sobre la "risa en defensa propia". En consonancia, añadió Savater que la risa aligera el peso de la vida, y que alegría viene de ahí: de aligerar. "Más importante que el valor es el humor", dijo, "porque el valor es no tenerle miedo a la muerte y el humor es no tenerle miedo a la vida". Se refería al humor irónico, no al sarcástico: "El sarcasmo rechaza, la ironía acoge". El coloquio, como he dicho, fue estupendo. Se mencionó a Singer, a Hannah Arendt. Una alumna quiso saber si la ética podía terminar con la crisis, a lo que respondió jocosamente Savater: "Si no puede Zapatero, ¿cómo va a poder la ética?". Otra, antes de preguntar, dijo que era "un honor" dirigirle la palabra. Cuando se dio por concluido el acto, ya a las dos y media, los aplausos duraron más de lo normal. Resultó perceptible. Savater, que iba a levantarse del sillón donde lo habían puesto, tuvo que permanecer sentado unos segundos. Fue el procedimiento que encontramos para darle calor a la gastada rutina de aplaudir.

* * *
En la Fundación Juan March hay siete conferencias de Savater que podrían agruparse bajo el título: Savater en seis horas (más una opcional). En efecto, constituyen una síntesis perfecta de todo Savater: "La infancia recuperada", en diálogo con Muguerza, sobre el placer fundacional de la lectura; las cuatro del ciclo "Ética sin ideologías", como exposición central de su pensamiento; y "El librepensador", acerca de la tarea intelectual (a esta llegué a referirme aquí); la opcional sería la dedicada al teatro. Creo que volveré a ponérmelas: Savater es uno de esos raros autores a los que, al gusto de leerles, se suma el gusto de escucharles.

(30.3.11) Savater escribe hoy un gran artículo sobre Cioran.

3.2.11

El mejor libro posible

Me ha dicho un amigo que en su día le regalé el primer tomo de los diarios de Jünger con una dedicatoria en que ponía: "el mejor libro posible". Lo había olvidado completamente. Es una fórmula espléndida. Ahora le he sacado una foto a mi viejo ejemplar, para enseñarla aquí. En la conversación ha salido el pasaje del "uniforme congénito":

Vicennes, 29 de abril de 1941.– Hôtel de Ville y muelles del Sena; estudiado los puestos. Tristitia. Buscado salidas: las únicas que se ofrecían eran dudosas. Notre-Dame, sus demonios, más bestiales que los de Laon. Estas imágenes ideales contemplan fijamente con una mirada llena de saber los tejados de la gran urbe y al mismo tiempo ven reinos cuyo conocimiento ha desaparecido. El conocimiento, desde luego: ¿pero también la existencia? [...] Buscando, en el trayecto que lleva del Pont Neuf al Pont des Arts, la salida a que antes he aludido, he comprendido con toda claridad que únicamente dentro de nosotros mismos está lo laberíntico de la situación. De ahí que sería perjudicial el empleo de la violencia, destruiría muros, cámaras de nosotros mismos – el camino que lleva a la libertad no es ése. Las horas vienen reguladas desde el interior del reloj. Si movemos las agujas, modificamos las cifras, no la marcha del destino. Desertemos adonde desertemos, con nosotros llevamos nuestro uniforme congénito; y ni siquiera en el suicidio logramos escapar de él. Es preciso que nos elevemos, que nos elevemos también a través del sufrimiento; entonces se vuelve más comprensible el mundo.
En su prólogo Sánchez Pascual se había referido a este pasaje:
Sin duda no estará de más indicar que Jünger sigue en estos diarios la máxima de Nietzsche, que dice que las cosas más importantes caminan silenciosamente, "con pies de paloma". La reconocida discreción de Jünger alcanza en estos textos su punto más alto. Cuando las frases, de puro transparente, parezcan no decir demasiado, se puede estar seguro de que allí hay un abismo. Un ejemplo célebre: el 29 de abril de 1941, en París, merodeando por los muelles del Sena, Jünger medita en si, para ser libre en aquella situación, debe suicidarse o desertar. Sólo la palabrita Ausgang ("salida", que aquí tiene el significado de exitus vitae), señala al lector que Jünger está hablando aquí de su propia muerte. Tras angustiosa reflexión, que no deja la menor huella en la tersa prosa, el rechazo del suicidio se expresa en esta frase inaparente: "el camino de la libertad no es ése". Jünger decide "elevarse a través del sufrimiento: entonces se vuelve más comprensible el mundo".

27.1.11

El factor tiempo

Buena columna de Arcadi Espada sobre el buen reportaje de Patrick Symmes aparecido en Letras Libres: "Treinta días viviendo como un cubano". Solo quisiera añadir algo que no aparece (que quizá no puede aparecer) en el reportaje ni en la columna: el factor tiempo. Escribe Espada:

Tal vez lo más atroz de lo que le pasa no esté en el estómago ni en ninguna otra experiencia crudamente sensorial. Es el tiempo. Con 15 dólares en el bolsillo el tiempo no pasa; de tal modo que uno tiene la conciencia constante de que se va muriendo.
Sí, existe ese tiempo del momento, de la jornada. Pero hay otro más importante: el que no se termina. En este tipo de reportajes el autor puede introducirse en todos los aspectos de la vida que ha ido a investigar; salvo en uno: la conciencia de que esa vida es una condena sin plazo. Symmes sabe que su experiencia lo tiene. Tal día se terminará: su tiempo es un tiempo con horizonte. Hemos leído historias de príncipes, o de actores de Hollywood, que han decidido pasar unos días a la intemperie, para saber "cómo vive" el que vive a la intemperie. Pero de ese safari se le escapará la pieza más importante: el machacamiento de todos los días que ya fueron así, y de todos los que seguirán siendo así; sin posibilidad posterior de palacio o de jacuzzi. No se puede, pues, como se presenta el reportaje de Symmes, "vivir un mes en esas mismas condiciones": porque esa acotación del tiempo elimina la condición principal.

[Publicado en Penúltimos Días]

26.1.11

Hobbes y el carril bici

No puedo quedarme sin completar lo anterior. Ahora los fumadores están perseguidos, pero durante décadas ejercieron su tiranía sin contemplaciones. Atufaron lo que pudieron. A mí me resultaban particularmente desagradables en los desayunos. Estabas desayunando en la barra de un bar, se te plantaba un fumador y tenías que tragarte su humo con el café. En aquel tiempo se bromeaba sobre la viejecita que se ponía a toser antes de que el fumador encendiera su cigarrillo. Pero lo cierto es que aquella viejecita tenía razón, porque iba a terminar tosiendo justo por esa causa. La cuestión es que últimamente se iba alcanzando un equilibrio. Los fumadores habían comenzado a comedirse. Y entonces, ante su debilidad, han saltado los antifumadores a jorobarlos como ellos los habían jorobado. He recordado de nuevo este aforismo de Cioran: "Por las víctimas hay que tener una piedad sin esperanza".

Se impone Cioran, y se impone Hobbes. Todo es una lucha de poder. En Málaga se aprecia ahora también con el carril bici. El ciclista ha sido siempre el débil. Metido en la carretera, lo despreciaban los automovilistas, los motoristas, los camioneros. Ahora le han puesto el carril bici y va por él como loco, haciendo con el peatón lo que los coches hicieron con él. Compadezcamos, pues, al débil, pero solo en tanto que es débil; sabiendo que, en cuanto logre salir de su estado, será un cabrón como los demás.