22.2.10

La erudición de Ferré

El pasado lunes asistí a la presentación en Málaga de Providence, la novela con la que Juan Francisco Ferré ha quedado finalista del premio Herralde. El acto tuvo lugar en la sede del organismo cuyo nombre es sublime sin interrupción: Instituto Municipal del Libro. Había anochecido ya y llovía, con lo que la sala, que estaba llena, tenía algo de refugio, de catacumba. A lo largo de la velada se habló mucho de Lovecraft y a la salida, en que seguía lloviendo, la ciudad tenía un aspecto gótico. La plaza de Uncibay, en obras, parecía un campo de trincheras de la Primera Guerra Mundial. Estuvo bien que el paisaje estuviese tan desmalagueñizado, porque Ferré –que es uno de esos amigos con los que mantengo una relación afectuosa pero polémica, y que me resultan fecundos a la contra– cuenta entre sus virtudes la de ser tan poco malagueño. La de haber sobrevolado olímpicamente el pegajoso mundillo local.

Ferré es grande, guste más o guste menos. Mi temperamento va por otro lado y por eso no puedo apreciar del todo los aspectos cualitativos de su grandeza; pero sí los cuantitativos. Entre estos está su portentosa erudición. Es grande en términos objetivos y además aparece como grande, porque Ferré no se mide al exhibirla. Ferré es un Nacho Vidal de la erudición, y gusta de mostrar su miembro. Queda poco elegante: pero el efecto es tan abrumador, que termina resultando jocoso, dionisíaco. Ferré nos invita permanentemente a la fiesta de sus archivos mentales, muy bien organizados, y en perpetuo incendio (se trata de una organización incendiada).

Conocí su erudición el mismo día que lo conocí a él, y casi en el mismo segundo. Fue en la primavera de 2005. Recuerdo que paseaba por la Feria del Libro de Málaga con mi camiseta de Duchamp: una camiseta del Museo de Filadelfia con el Gran Vidrio estampado en el pecho y en la espalda. (Caigo ahora en que mi torso embutido entre ambos estampados era simbólicamente transparente; lo que confirma mi idea de que el Gran Vidrio, como Las Meninas, es un artefacto “para desaparecer dentro”.) Me paré a saludar a mi amigo Paco Torres, y éste me presentó a Ferré, que estaba a su lado. Creo que aún no nos habíamos soltado la mano, cuando Ferré exclamó, mirando mi camiseta: “¡Hooombre, Diiishom!” Y me soltó, literalmente, una conferencia sobre el artista. Yo entonces lo sabía todo de Duchamp, porque me había pasado los últimos meses leyendo cosas sobre él (cosas que, en su mayor parte, ya se me han olvidado: mi memoria es también incendio, pero de los propios archivos), y puedo certificar que su erudición duchampiana era certera, científica.

Desde entonces he asistido, siempre que he quedado con Ferré, al despliegue apabullante de su erudición. El efecto es el de una apisonadora. Me ha pasado más de una vez que he aportado a la charla la florecilla de alguna pequeña lectura mía y me la ha aplastado con sus toneladas de volúmenes. Yo me lo paso pipa, pero desde la vergüenza de ser tan ignorante y no haber leído ni el uno por mil de los libros que se ha leído (¡y almacenado y procesado: ojo!) Ferré. La más apoteósica fue la tarde en que se me ocurrió mencionar que me había gustado mucho un soneto que acababa de descubrir de Nerval. Me miró alarmado: “¿Pero cómo? ¿No habías leído a Nerval?”. Le dije que, aparte de ese soneto, sólo sus novelas, Aurélia, Sylvie... “¡Pero de Nerval hay que leerse la poesía, Les Chimères!”, sentenció. Para recomponerme un poco declaré que de quien sí me había leído la poesía era de Laforgue. “¡Pero de Laforgue hay que leerse la prosa! ¿No te has leído la prosa de Laforgue, Les Moralités légendaires?”. La respuesta era no. De manera que aquella tarde yo había llegado tan contento de haberme leído un soneto de Nerval, y salí chafado por no haberme leído todos los demás poemas de Nerval, ni los libros en prosa de Laforgue, ni decenas de títulos más, algunos autores que ni me sonaban, que salieron a lo largo de la conversación...

Por eso me hizo gracia la otra noche cuando, en el transcurso del acto, salió a colación un crítico que, en su reseña de Providence, había tenido la ingenuidad de afearle a Ferré que no hubiera leído a Hawthorne. Se me figuró uno de esos incautos romanos que se aproximan a Obélix; esta vez a un Obélix-Ubú. En efecto, Ferré desplegó una buena serie de mamporros verbales: no sólo se había leído a Hawthorne, sino que se había leído todo Hawthorne, La casa de los siete tejados, La letra escarlata... otra cosa es que no lo hubiera querido utilizar.

En el tiempo que llevo tratando a Ferré, sólo ha habido un autor que yo haya citado y que él no conociera: James Salter. Fue el verano pasado, caminando por el paseo marítimo. Me extrañó su desconocimiento, porque Salter es un autor prestigioso y más o menos conocido (ahora precisamente acaban de salir en España sus memorias, Quemar los días; y aquí en Frontera D apareció un poema suyo traducido por Eduardo Jordá). Con cierta malicia pensé en las trampas de la erudición ("desconoce justo al más sutil: es que no falla"), sin duda por vengarme de tantas humillaciones. Por lo demás, no me extrañaría nada que desde aquella misma noche Ferré se hubiera puesto a leer a Salter y a estas alturas no sólo se tenga leído ya todo Salter (cosa que yo aún no he hecho), sino que sepa de Salter más de lo que yo jamás sabré.

En cuanto a Providence: es otro de los libros que él se ha leído y yo no. Pero lo haré. De la presentación del lunes salí ciertamente con ganas de hacerlo.

[Publicado en Frontera D]

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(26.2.10) Es curioso, pero hace justo un año escribí, avant la lettre, por qué no soy un Ferré.

(4.11.12) Ferré ha ganado el premio Herralde 2012. ¡Me alegro!

16.2.10

Diez años on-line (y 3)

He descubierto que tengo un problema con los artículos seriados. Lo he descubierto sobre la marcha, que es como se descubren estas cosas. Llegaba el domingo y, a la obligación de escribir mi artículo, se unía la de hacerlo sobre el tema anunciado. He venido patinando desde entonces en mi conciencia de lunes, y hoy la escribo otra vez a toro pasado: en pleno martes. Pero esto tiene un enganche con el asunto que despediré hoy: esta la peculiaridad de las publicaciones on-line como Frontera D, que, aunque mantienen el ideal de la puntualidad (más que nada, por cortesía con el lector), no experimentan una catástrofe si alguno de sus articulistas se retrasa. La página electrónica, a diferencia de la de papel, se queda esperando al rezagado.

Ocurre además que mi artículo lo escribieron en parte dos admirados (¡y queridos!) articulistas, Elvira Lindo y Arcadi Espada, que trataron el domingo sobre las novedades aportadas por internet a, respectivamente, las cartas y el amor. Me queda hablar, pues, de la interacción a pelo; la multitudinaria.

El Cibercafé de Pombo es hoy un lugar desvencijado, y con su puerta de acceso escondida entre matorrales. Pero, si lo hubieran visitado ustedes cualquier noche (e incluso cualquier mañana, cualquier tarde) de 2001 ó 2002, se hubieran encontrado en un jacuzzi de chisporroteos. En el Taller Literario se colgaban textos y en La Tertulia se hablaba de ellos (no siempre halagadoramente) y de todas las demás cosas. Fue mi primera experiencia intensiva de chat. Recuerdo que, cuando se cumplió un año, mi memoria estaba rebosante. Era imposible que hubieran pasado tantas cosas en tan poco tiempo. La vida reducida a palabras (a palabras virtuales) semejaba la luz concentrada de una lupa. Luego llegaría a conocer también algunos de los cuerpos que había tras las palabras: pasé a las kddas y las citas. Hoy el Taller está vacío. La Tertulia sigue abierta, pero ya es como un bar en ruinas. A veces entro, miro un segundo y salgo sin decir nada: no es por nostalgia, sino porque me asombran sus escombros.

El Pombo fue, en escala pequeña, lo que luego sería el Nickjournal de Arcadi Espada; con su prolongación alejandrina en el actual Nickjournal. Mi experiencia me ha hecho ver que las webs cumplen el ciclo de las civilizaciones: periodo arcaico, periodo clásico y periodo alejandrino (de decadencia larga, cansada, hastiada, ociosa y dulce). Siempre aprecié aquel dictamen precisamente de Espada sobre Houellebecq: “confunde sus crepúsculos personales con crepúsculos colectivos”. Quizá el mencionado ciclo se corresponda más bien con la curva personal de la atención, el interés, la sorpresa. Pero también con su traducción colectiva: el periodo clásico sería la fase en la que hay una porción significativa de participantes subiendo.

Eso sucedió con el blog de Arcadi Espada en el milagroso año de 2005. El 2004 fue un prólogo, y el 2006 una continuación. ¡Pero ah, aquel 2005 en que el esplendor cuajó! Qué sensación de estar en el centro, donde se cocían los asuntos (retóricamente al menos). Si ha existido alguna vez un intelectual colectivo ha sido aquel. Lo era todo: el ágora, el patio de vecinas, el altar de los homenajes, el desolladero, la universidad, la tribuna poética, el más sofisticado y completo de los quioscos. Recuerdo las jornadas epilépticas metido en aquel berenjenal. Creo que mi cerebro nunca ha estado más desatado.

Pero todo se agota, y aquello también. No se puede ser eléctrico sin interrupción. Después ha venido el Facebook, que también ha sido divertido, pero en un plan más familiar: sólo con cómplices. No ha estado mal; pero anoche precisamente desactivé mi cuenta. Quizá lo hice para terminar con algo sólido este artículo retrasado. Tras diez años, necesito iniciar una etapa (no sé de cuánto tiempo) sin interacción: volver a la áspera soledad de la pantalla muda; restringir el burbujeo, tapar las goteras.

[Publicado en Frontera D]

15.2.10

Lunes maximalista

Es una lástima no poderme ver a mí mismo con la nitidez con la que veo ya a los demás. Me vendría de perlas poder calarme a mí mismo así.

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Sobre todo, es gracioso detectar el tic de otra persona; cómo reacciona siempre igual ante determinado estímulo. A partir de entonces, la vemos como un triste autómata, al menos en esos gestos. Ya disponemos de sus hilos de marioneta y, siempre que lo deseamos, levanta el brazo o lo que corresponda. Para nada: sólo para divertirnos. (Diversión que flota, naturalmente, sobre la melancolía de fondo.)

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Sí, hay gente a la que se la cala en lo esencial. Sobre todo, cuando lo esencial en ella es una gran mentira. La gente que vive en una gran mentira resulta supercalable. La que no, no tanto: porque suele ser más compleja e imprevisible.

8.2.10

Diez años on-line (2)

Como decíamos, no ayer, sino anteayer, tras los merodeos referidos metí internet en casa: me convertí en internauta en toda su desatada intensidad. Han pasado diez años y, como escribió Baudelaire, “albergo más recuerdos que si tuviera siglos”.

Hay una masa de voces en mi cabeza; un abigarrado hormiguero de frases, chispazos y también deambulaciones tediosas a golpe de clic. Han pasado muchísimas cosas, y casi todas virtuales. Las que han pasado fuera han tenido bastante que ver con las que pasaban dentro. Y además: después de pasar fuera, tenían su comentario dentro. La vida se ha desdoblado y da la impresión de que su espejo, como la sustancia de Spinoza, tiene infinitos atributos.

En las facilidades prácticas que internet ha aportado apenas voy a pararme, porque sería como hablar de la atmósfera que respiramos todos. La ayuda ingente de la información. Necesitar saber algo y tener la respuesta en seguida. Por ejemplo, cuando me encontraba traduciendo el libro Bossa Nova y apareció la palabra “Philco”. Muchos sabrán lo que es, pero yo no la había visto nunca. Gracias a Google lo supe, y así con todo. A nuestra generación de tránsito, o pionera, se nos ha puesto en el brete de tener que emitir frases de admiración como aquellas de las que se reía Flaubert en su Diccionario de tópicos, sobre la velocidad de los trenes y demás avances del progreso de hace dos siglos...

La chicha está en los chats, en los blogs, en los foros: en la interacción. También en los mails, que han supuesto una aténtica recuperación de la misiva, y de la notita. Hoy son más contemporáneos los billetitos que se mandan los personajes de Proust de lo que lo eran hace veinte años. El centro de gravedad de internet está en las relaciones humanas: en el aluvión de relaciones humanas. No es un medio frío, sino caliente. Quemante a veces. Si va camino de derrotar a la televisión (ya la tiene grogui, como mínimo) es, entre otras razones, por la temperatura.

Mi historia interactiva tiene estos hitos: Starmedia (2000), el Cibercafé de Pombo (2000-2004), el blog de Arcadi Espada (2004-2006), el Nickjournal (desde 2007) y ahora Facebook. Enmedio hubo además mucho Messenger, largas sesiones de Messenger: pero el Facebook acabó con el último rescoldo del Messenger (que fue muy grato, por lo demás; con mi amiga Francis). Sobre Starmedia escribí un texto en mi blog, “Caliche 17”, que cuenta mi primer acercamiento a un chat, así como el personaje que empecé a forjar a partir de entonces, impremeditadamente. Este personaje, que en Starmedia oscilaba entre los nicks Maestro Zen, Micropene y Superpollón, pasó a consolidarse en el Cibercafé de Pombo como Sr. Lobo (y más tarde Sheriff Lobo), que era ya casi el mismo que el Atleta Sexual que transitó por el blog de Arcadi Espada. Este ha sido, definitivamente, mi último nick: aparte de lo que se haya podido contagiar el Montano que me queda; de lo anickado que me haya vuelto yo también...

Pero me he plantado en el final de la página con casi todo aún por contar. El próximo lunes, pues, seguiré: espero que ya sin eclipse y con puntualidad. (¡No quiero convertirme en el Curro Romero del articulismo español!)

[Publicado en Frontera D]

[Sigue: Diez años on-line (y 3)]

7.2.10

Arte contemporáneo

Este año me han seleccionado para Arco, con una obra yo creo que notablemente duchampiana. No la puedo mostrar aún, pero sí describir. Consiste en una reproducción del famoso cuadro del Greco, El caballero de la mano en el pecho; aunque alterada: en mi obra, la mano del caballero no se posa en el pecho, sino que lo hace en la entrepierna. Como el cuadro sólo muestra hasta la cintura, el espectador debe imaginar el resto. Pero la obra adquiere su plena significación con el título, que es de lo que estoy más satisfecho (y feliz como unas castañuelas, para qué negarlo): El caballero de la mano en el chocho.

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PS. Lowon me envía su versión.