30.11.09

Conciencia de lunes

Hoy ha empezado Conciencia de lunes, mi colaboración semanal en Frontera D. El primer articulito me ha salido flojo; habrá que esperar al próximo lunes.

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La batalla de la realidad

La gran frase de la semana la dijo mi amigo Curro. Lo vi el jueves, día del editorial conjunto de la prensa catalana del movimiento, y me soltó: “¡La realidad es una batalla perdida!”. Se acababa de comprar un libro de Étienne Gilson, El espíritu de la Edad Media, con la intención de refugiarse en él y pasar del resto. Me pareció un plan encomiable; pero esta derrota de la realidad en todos los frentes es un espectáculo mucho más divertido. Lo pienso seguir desde aquí en primera fila. El ser humano es un bicho prodigioso: con lo sencillitas que son las cosas, y en los líos que se mete. Definitivamente, le va la marcha. (Con respecto a los famosos doce periódicos, lo risible no fue la conjunción, claro, sino la obediencia; esa sonrisita agradecida de Montilla.)

Quiero mezclar en esta página el jolgorio y la adustez. A eso responde el título. Lo he tomado de una autodefinición de Wallace Stevens que hizo suya Jaime Gil de Biedma: “Soy un poeta de domingo con conciencia de lunes”. Yo seré un articulista (un bloguero) de domingo con conciencia de lunes. El efecto inmediato de mi nueva obligación será arruinarme el fin de semana; pero lo doy por bueno. Si, como dijo el propio Gil de Biedma, “tienen razón los días laborables”, esa razón se extenderá a mis domingos.

Lo que observo es que predomina la tendencia opuesta: el espíritu festivo que se desborda por el lunes y llega al viernes, convirtiendo la semana entera en una ondulación insensata. La población trabaja (salvo la que está en el paro), pero detecto unas generalizadas vacaciones mentales.

Detecto también un exceso de buena conciencia. Todo el mundo parece satisfechísimo de lo que es y de lo que hace. Se ha perdido la figura del hombre apesadumbrado. Sobre todo, se ha perdido la figura del hombre apesadumbrado de izquierdas. Aquel tic moral tan saludable, la mala conciencia, ha desaparecido por completo. El resultado es que el personal se exhibe sin ningún pudor.

Debe de estar bien El espíritu de la Edad Media. Aunque yo tampoco me quedo manco en lecturas. He empezado la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides, que no es una evasión de la realidad sino todo lo contrario. Menudas perlas: “Muchos fueron los horrores que sufrieron las ciudades en las revoluciones, horrores que suceden y sucederán siempre, mientras sea la misma la naturaleza humana”. Sí, me temo que por el momento la naturaleza humana seguirá siendo la misma. El espectáculo está garantizado.

25.11.09

El libro sobre Poe



Acaba de publicarse el libro colectivo sobre Edgar Allan Poe en el que participo con mi artículo "La muerte en Poe". Se titula Misterio e imaginación: Edgar Allan Poe, de la literatura al cine, lo edita el Cedma junto con la Universidad de Málaga y el Festival de Cine Fantástico, y lo han coordinado Juan Antonio Perles Rochel y Sara Robles Ávila. Los autores, además de los coordinadores y de mí mismo, son: Antonio Nadales, Lorenzo Silva, Juan Antonio Vigar, Jean-Pierre Castellani, Antonio Ballesteros, Alicia Hernández, Eduardo Jordá, Raquel Ruiz, Miguel Ángel Oeste y Álvaro García. Ayer lo presentamos en el Rectorado y después tuvimos una agradable cena. Eso de hablar en público lo voy sobrellevando: es cuestión de rodaje. Pero lo cierto es que, baudelerianamente, dije una cosa que me había propuesto no decir, y no dije algunas otras que me había propuesto decir. Además, me alargué un poco. Queda el libro, de hermosa factura. Las ilustraciones de cubierta y contracubierta se han hecho a partir del daguerrotipo "Última Thule", con duplicación simétrica de cada lado del rostro: salen dos Poes.

17.11.09

Bernhard como dandy

Nos tienen engañados con este libro. No es un "libro menor": ¡es una delicia! Una cosita leve y maravillosa: ¡una gozada! Por cada premio que le han dado a Bernhard, él nos da uno a nosotros: el de su relato. En Mis premios hay nueve, más tres discursos y una carta de dimisión. Es un Bernhard en plena forma: algo más accesible y explicativo, un pelín rebajado con agua; pero Bernhard en lo esencial. Lo esencial está ahí: lo esencial de Bernhard, lo esencial de todo Bernhard. La gracia, la mala uva, el desparpajo, el espanto, la maestría. Un Bernhard en ejercicio dandístico, un Bernhard dandy, que se compra un traje, una casa, un coche y da la nota, hace el ganso, gana dinero, pasa penuria, se presenta con su tía, epata, muerde, oscila entre el derrumbe y la felicidad. Sí, hay felicidad en este libro. Y hay humor (yo me he tronchado de risa varias veces). Y hay heterodoxia libre, ligera, nada programática, y por eso mismo contradictoria y sin miedo: sin miedo de incurrir en la ortodoxia. (En las antípodas, por tanto, de nuestros aplicados apóstoles del hormigonado heterodóxico.)

Desde hoy, lo recomiendo como libro perfecto para iniciarse en Bernhard. En mis "Instrucciones para leer a Thomas Bernhard" citaba en primer lugar las conversaciones con Krista Fleischmann. Ahora pongo Mis premios a su lado.

11.11.09

El muro surrealista

Pero nuestro muro fue de libertad: no el de Berlín, sino el muro surrealista. Del mismo modo que hoy tenemos el hotel La Barracuda como santuario de Bernhard, entonces teníamos el muro surrealista como santuario de Breton. Adorábamos a Breton; lo seguimos adorando. Su melena leonina, sus ademanes (que nos proyectábamos en la mente), su autoridad magnética. El siglo XX tiene pocos personajes intachables: Breton es uno de ellos. Antiestalinista cuando nadie lo era. Pulcro casi hasta la ridiculez. Ahora la editorial Turner va a sacar La vida de André Breton, de Mark Polizzotti, que ya he tenido ocasión de leer, y lo que admira, considerado desde hoy, es que no se colocó nunca. Vivió en la pobreza de principio a fin. En el último periodo se le ofreció alguna prebenda: la rechazó. Tenía en su casa una millonada en arte, pero no vendía. Su integridad hasta resulta embarazosa. Resucitó el romanticismo del único modo que podía hacerse: como movimiento post-dadaísta; de pasión antisentimental. Siempre cito lo que escribió sobre él Camus en El hombre rebelde: "En su perro tiempo, y no se puede olvidar esto, es el único que ha hablado profundamente del amor. El amor es la moral angustiada que ha servido como patria a este exiliado."

Mi amigo Curro y yo, pues, éramos devotos de Breton. Si hubiéramos leído "La confesión desdeñosa" en su época, habríamos corrido a ponernos a su servicio. Su llamada atravesó decenios; pero no encontramos el camino para cumplirla. A cambio, teníamos ese trozo de Málaga que nos señaló impremeditadamente: el de la fotografía "Vista de Málaga", aparecida en el número 5 (15 de octubre de 1925) de La Révolution Surréaliste. La conocíamos porque la habían usado de portada en una revista malagueña de los ochenta, Puertaoscura. La fotografía la sacó el poeta José María Hinojosa, que sería asesinado como Lorca al comienzo de la Guerra Civil, pero por lo republicanos. Ignoramos cómo llegó a la revista. Probablemente Hinojosa la mandó. Nos imaginábamos a Breton escogiéndola, y por lo tanto designándonos, mediante un acto de azar objetivo, nuestro lugar. A nosotros, sin conocernos; a nosotros, cuarenta y un años antes de que naciéramos. No teníamos ninguna otra información aparte del título de la foto; pero el sitio parecía claro: el muro de contención que hay por detrás del Ayuntamiento, y que sujeta al monte donde está la Alcazaba. Sólo que ese muro tiene seis o siete metros de altura y unos doscientos o más de longitud. A pesar de ello, nos propusimos localizar el trozo exacto. Ya no estaba la farola como referencia. Y las marcas, que recordaban el dibujo de un panal, se repetían casi iguales por toda la superficie. Una tarde, con la fotografía en la mano, no la de Puertaoscura, que no poseíamos, sino la que venía en un libro de Santos Torroella sobre el surrealismo, fuimos recorriendo el muro palmo a palmo, comparando minuciosamente las marcas, hasta que dimos con las mismas. Ese tramo se convirtió para nosotros en una puerta, que empezamos a frecuentar desde aquel instante: nos obligábamos a pasar por allí en nuestros paseos, o nos citábamos encima, donde están los jardines y desde cuya balaustrada de remate podíamos asomarnos al muro, con una perspectiva en picado. Luego leímos un texto en que Breton celebrababa el método de Leonardo da Vinci de contemplar, abandonándose, las manchas de la pared, para que le sugiriesen formas y dimensiones. Nosotros lo hacíamos con el muro surrealista: nuestro pedazo de París, nuestro disparadero.

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(14.3.10) El muro surrealista en 2004.

9.11.09

Mejor el fuego

[Cuelgo aquí el artículo que, como anuncié, he publicado en la revista Boronía, dirigida por mi amigo Hervás. Ya he tenido ocasión de verla en papel: espléndida. Me ha emocionado ver mi texto impreso; aunque he tenido la sensación de que funcionaba peor que en pantalla. Por otra parte, caigo ahora en que, en esa condición, podría verse físicamente presa del fuego mencionado. Lo escribí a principios de septiembre.]

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No sé cuánto llevan con la matraca del 2016 en Málaga, mi ciudad; pero cuando Hervás me invitó a participar en Boronía, pensé que una venganza perfecta sería defender la capitalidad cultural de Córdoba. Al fin y al cabo, la matraca cordobesa no me toca a mí. Y si le dan la capitalidad a Córdoba, es algo de lo que nos habremos librado los malagueños. Málaga, por lo demás, no debería permitirse lujos culturales: todo excedente presupuestario tendría que destinarlo en exclusiva a la contratación de barrenderos y basureros; más barrenderos y basureros. No hay ciudad más sucia que Málaga. Si merece un título, es el de capital europea de la basura (y, ya puestos, también de los escombros).

En ésas estaba, recreándome en el juego de la traición, cuando una amiga segoviana me dijo que Segovia optaba a su vez a la capitalidad cultural del 2016. Divertido, se lo conté a una amiga asturiana, quien me indicó que Asturias se presentaba igualmente, con una candidatura conjunta de Gijón, Oviedo y Avilés. No me lo podía creer. Fui al Google para confirmarlo, ¡y salieron diez más: Alcalá de Henares, Burgos, Cáceres, Cuenca, Palma de Mallorca, Pamplona, San Sebastián, Santander, Tarragona y Zaragoza! Esto era el camarote de los hermanos Marx de las capitalidades culturales...

El asunto, pese a lo risible, dejaba de ser una broma: se ponía en verdad interesante. Para empezar, lo obvio: el espectáculo grotesco de que casi todas las ciudades del país más cazurro de Europa (el de los bajísimos índices de lectura y el desastre educativo) se postulen como capitales europeas de la cultura... Con esto está dicho todo, pero se puede decir más. De puertas para adentro, nos encontramos ante un síntoma gordo de uno de nuestros males crecientes: el localismo. Había catorce candidaturas, pero yo sólo conocía dos: las que me pillaban más cerca; y si conocí otras dos, fue por boca de amigas de esas ciudades. Lo de la “capitalidad europea de la cultura”, por lo tanto, con lo cosmopolita que suena, es principalmente un ropaje para el consumo interno, para la autopropaganda local. Cada ciudad se repite a sí misma que merece ser la capital cultural de Europa, siquiera por la temporada asignada. Se echa mano de lo que se tiene —Picassos, Mezquitas, Acueductos— para ensalzarlo hasta la extenuación, en una suerte de apoteosis del narcisismo provinciano.

Está además el impagable espectáculo de las firmas. Las webs habilitadas, los pliegos. Es una invitación, naturalmente: sólo que, por unánime y ubicua, resulta intimidatoria (“una oferta que no se podrá rechazar”). No se llega al extremo de las amenazas (la cultura no da para tanto), pero, por ejemplo, conozco el caso de que a los participantes en un acto celebrado en una de las ciudades candidatas, se les pasó el pliego de firmas antes de serles entregados los cheques que les correspondían por su intervención. Es algo así de suave, sin violencia; y por supuesto que uno firma: ¿por qué no iba a hacerlo? Pero es en estas ocasiones amables donde mejor puede apreciarse la coacción. Una coacción que, por otra parte, resulta innecesaria: los artistas y “gentes de la cultura” de cada ciudad apoyan sin fisuras su 2016, por si les cae algo (que seguramente les caerá). Es un interés legítimo, aunque estéticamente un tanto deplorable. Y la ausencia de crítica hace que la propuesta se convierta en dogma.

Al final, no nos engañemos, el invento de la capitalidad cultural no es más que la construcción de un escenario al que el político se aupará para exhibirse. De ahí el énfasis, y de ahí lo arriesgado de la disidencia. Cuando vemos que hay cosas necesarias que no se hacen, mientras que hay otras innecesarias que sí se hacen, el criterio que suele aclararlo todo es el de la posibilidad que ofrecen para el lucimiento del político. El dinero que se va a gastar en la capitalidad cultural del 2016 resultaría mucho más provechoso, desde el punto de vista estrictamente cultural, si se destinase a la construcción de bibliotecas, o a becas, o al simple adecentamiento de las escuelas: pero daría para menos fotos. Cada año, cuando llegan los incendios, se repite la misma lamentación: “los incendios del verano empiezan a apagarse en el invierno”. Es en los trabajos poco lucidos del invierno donde está la clave: pero no se ejecutan, porque no son glamourosos. Siempre me acuerdo de lo que decía Félix Bayón: que lo más útil para prevenir el fuego son los rebaños de cabras por el monte, para que se coman los rastrojos; y que una de las causas de la proliferación de los incendios es que los políticos no se ven inaugurando rebaños de cabras...

Los incendios, la cultura. Las imágenes de este verano del fuego cercando la Acrópolis de Atenas. Precisamente esos días escuchaba yo conferencias sobre la Grecia clásica, de las que hay disponibles en la web (maravillosa) de la Fundación Juan March. Los conferenciantes, Rodríguez Adrados, García Gual, Lledó, insisten todos en lo mismo: que el fundamento de la democracia ateniense era la educación, la paideia. Sin paideia, literalmente, no hay democracia. La metáfora es fácil, pero exacta: la Acrópolis a punto de arder porque se ha descuidado lo esencial, el trabajo oscuro del invierno. Sin paideia, las capitalidades culturales son un mero festejo de verano: una pantomima.

La cultura, los incendios. Quizá lo que se merece una cultura que ha abandonado la educación y que, en consecuencia, se ha convertido en hojarasca, es eso: arder. Escribe Jünger: “La etapa museística es la etapa previa al mundo del fuego”. Las capitalidades culturales como algo esencialmente museístico. En su poema “Limbo” , Luis Cernuda cuenta la visita a una casa burguesa donde diletantes adinerados hablan y presumen entre obras de arte ya desactivadas. El poeta se siente extraño, aborrecido, y reflexiona sobre el artista que las creó: “Su vida ya puede excusarse, / Porque ha muerto del todo; / Su trabajo ahora cuenta, / Domesticado para el mundo de ellos, / Como otro objeto vano, / Otro ornamento inútil”. Me da la impresión de que el 2016, sea cual sea la ciudad elegida, va a ser eso: otro ornamento inútil. Como la Semana Santa, la Feria o los Juegos Olímpicos que se celebrarán ese mismo año y que otro político anhela como escenario para su exhibicionismo faraónico. El poema de Cernuda termina con este verso memorable: “Mejor la destrucción, el fuego”. No se trata de quemar ningún museo, ni ninguna ciudad convertida en museo: entre otras cosas, porque la quema de museos (el vanguardismo mecánico) es ya también un acto museístico. Pero queda el anhelo, la imaginación purificadora. Sólo en mi mente: sí, mejor el fuego.