17.2.09

Inspiración para leer

El tiempo cambiante me hace cambiar a mí también. Nadie está más sujeto que yo al clima: me alteran los meteoros. Dejo el gimnasio y vuelvo al yoga; retomo el ciclismo. Titubeo con mis proyectos literarios. A veces abandono un paseo a los pocos minutos de salir; otras lo prolongo durante horas. Cada día es, a su vez, una turbulencia: con sus brochazos de la mañana a la tarde, de la tarde a la noche, de la noche a la mañana... Un continuo desangrarse: un zarandeo indecente. Llevo meses con muy poca paciencia, sin casi poderme concentrar. Una sensación perpetua de estar fuera. Deambulo. He descartado el libro de Céline. Aprovecho que he empezado La Hermandad de la Buena Suerte, de Savater, para saltar de caballo: de la Vida de Samuel Johnson a los Ensayos de Montaigne, dos tochos similares. El Viaje al fin de la noche y el libro de Boswell los estaba disfrutando: pero algo se agosta. Ya volveré a ellos. Con Bernhard estuve mucho tiempo así, merodeando, hasta que me atrapó. Contra lo que algunos piensan, soy un mal lector. Con los libros que no me gustan, sencillamente no puedo; y con los que me gustan, debo esperar el momento adecuado. Soy un lector perezoso, esquivo, fácilmente derrotable. Siempre he necesitado inspiración para leer.

6.2.09

Calefacción parcial

A veces me pregunto qué hubiéramos hecho sin Savater, qué hubiera sido de nosotros sin Savater. Ayer salí a pasear con lluvia y viento. El paraguas se volteaba. Estuve por la zona que arrasó el tornado la otra noche y observaba con prevención las vallas, los árboles, las cornisas. Al mismo tiempo, me encontraba en la confortable sala de la Fundación Juan March escuchando la conferencia que pronunció Savater el pasado 20 de enero: justo el día de la toma de posesión de Obama. Luego me subí al autobús, sin quitarme el shuffle. Y seguí escuchando por el litoral lluvioso. Es una conferencia memorable. Su tema: "El librepensador". Al final, tras un grato recorrido por Voltaire y compañía, habla de qué significa hoy, en España, ser librepensador. Básicamente, el frío absoluto. Cada uno de los dos grandes bloques de poder, con sus cohortes (cortesanas), le hiela el corazón al españolito del bloque contrario; pero se lo calienta al del suyo. Muchos se quejan coquetamente de frío mientras disfrutan de este sistema de calefacción parcial. Al librepensador, en cambio, le hielan el corazón las dos Españas. Aunque, bien pensado, también dispone de una estufita: la del regocijo que le produce contar con Savater.