12.5.08

La serie sombría

Lo mejor de Los Soprano es su pesimismo sin contemplaciones. No es maniquea, pero porque no hay buenos: los que parecen serlo, como la insufrible Carmela y casi todas las demás esposas de los mafiosos, simplemente se dan el lujo sentimental de no pensar en los crímenes de los que proviene su estatus. En buena medida, es una serie marxista: muestra las raíces turbias, descarnadamente económicas, de las que brotan las flores superestructurales de la familia, la religión, las tradiciones, los sentimientos. Pero en realidad es más schopenhaueriana que marxista: porque no ofrece esperanza y porque el mal es metafísico y se da de una pieza, sin trucos cristianizantes.

Hoy en día, en la industria cultural, no hay nada equivalente a las grandes series norteamericanas: ni en la literatura, ni en la música, ni en el arte, ni en el cine. Es el top de nuestro tiempo. Quizá porque las series de televisión son las únicas a las que les queda el número suficiente de espectadores. Y porque son la obra de arte total, como nunca logró serlo la ópera: una obra de arte que, además, tiene la ventaja de no estar sólo en manos de los artistas, sino también de los industriales (lo más parecido es la época dorada de Hollywood). La síntesis de Los Soprano es asombrosa. Por una parte, se inserta brillantemente en la tradición de las películas de mafiosos, pero con una vuelta posmoderna: los mafiosos de Los Soprano son mafiosos que ven películas de mafiosos, y hablan de ellas y las imitan. Por otra parte, es una perfecta serie familiar: con elementos de Los Walton, pero también de Los Simpson (Tony tiene mucho de Homer). La frase promocional de las primeras temporadas daba en el clavo al entrelazar los dos aspectos: "Family redefined". O, como se tradujo en España: "Un nuevo concepto de familia".

Como se ha repetido, es una serie adictiva. Todo es perfecto en ella: la interpretación de los actores, los diálogos, las tramas, el rodaje y el montaje de las secuencias, la fotografía, la música, y hasta las referencias filosófico-literarias (¡hay capítulos en que se cita a Nietzsche, a Flaubert, a Yeats!). Los diálogos, como digo, son buenísimos (¡tarantinianos muchas veces, con un carcajeante chisporroteo de incorrecciones políticas!); pero pocas series tienen, también, más silencios y reticencias. Pocas están menos sobre-explicadas ni albergan más elipsis. Otra arriesgada originalidad es su tendencia al anticlímax. Los que hemos trabajado escribiendo guiones de teleseries estamos hartos de la histérica consigna: "¡Que acabe en alto, que acabe en alto!". Los Soprano se la saltan casi sistemáticamente. Las secuencias suelen terminar en un silencio o en una acción anodina; por no hablar de la conclusión de los capítulos, que consiste por lo general en un apagamiento que enlaza con la música de los créditos finales.

El caso es que anoche vi el último episodio y tenía ganas de paladear la serie un poco más, escribiendo sobre ella. Leo ahora que en total son ochenta y seis capítulos. Las cuatro primeras temporadas las vi hace tres años en Madrid. Me estaba mudando y las liquidé en panzadas de muchas horas, con el apartamento desmantelado, lleno de cajas. Y ahora he visto la quinta y la sexta, justo cuando otra mudanza se aproxima.