26.4.08

Las tetas de Pe

Muy aburrida la película Elegy, de Isabel Coixet. Tiene momentos llevaderos y algunas parrafadas brillantes (supongo que son transcripciones de la novela original de Philip Roth), pero la cosa no funciona. Hasta Ben Kingsley, que es lo mejor, se hace pesado. En cuanto a Penélope Cruz: qué aborrecimiento ya de esta chica. La otra actriz, Patricia Clarkson, está estupenda; pero Pe es un lastre invencible. En cuanto aparece, uno se queda empachado con esa mezcla de Audrey Hepburn y Claudia Cardinale (ambas a la baja), y no se cree ya nada de lo que haga o diga. Muy buena tiene que ser la película para que uno venza esta aversión, y Elegy no es una buena película. En esas estaba cuando Pe desnuda sus tetas. Creo que han salido otras veces en estos años, pero yo no las veía desde Jamón, jamón. Siguen fantásticas. Son unas tetas rotundas, redondas, del tamaño perfecto y con los pezones perfectos (la imagen que he encontrado no los refleja en su punto de oscuridad). Por esas tetas, y no por la cara de patito pizpireto de Pe, se entiende la obsesión de Kingsley. Y al final (desmonto aquí la película: quien quiera verla, que no siga leyendo) son ellas las que se convierten en las protagonistas de la historia, cuando Pe reaparece con su cáncer de mama. La última tanda de top-less son melancólicos, en vísperas de la operación. Hubiera podido ser un gran momento cinematográfico, pero la película es mediocre y ni siquiera alza el vuelo ahí. Luego a la salida, sin embargo, me quedé pensando en el asunto. Con una tristeza, justamente elegíaca, por las tetas que han desaparecido y las que desaparecerán; pero también con el vigoroso convencimiento de que las tetas extirpadas siguen resplandeciendo en sus pechos, en sus huecos: porque las tetas, en verdad, son inmortales.

21.4.08

Prueba

Julie Ordon


En homenaje a Octavio Paz, que murió hace diez años, copio este poema de Árbol adentro titulado "Prueba", que recrea el argumento antiontológico del budista Dharmakirti:

La piel es azafrán al sol tostado,
son de gacela sus sedientos ojos.

—Ese dios que la hizo, ¿cómo pudo
dejar que lo dejase? ¿Estaba ciego?

—No es hechura de ciego este prodigio:
es mujer y es sinuosa enredadera.

La doctrina del Buda así se prueba:
nada en este universo fue creado.
Transcribo igualmente la nota relativa, y así homenajeo también al Octavio Paz ensayista. Los dos son admirables, luminosos:
En la antología de poesía sánscrita del monje budista Vidyakara (vivió a finales del siglo XI, en Bengala), traducida hace altún tiempo al inglés por el profesor David H. Ingalls (An Anthology of Sanskrit Court Poetry, Harvard Oriental Series, Vol. 44, Cambridge, Mass. 1965) aparecen muchos versos de un poeta llamado Dharmakirti, a veces precedido por esta mención: El Venerable. Al leer este nombre me froté los ojos: ¿sería posible que el autor de esos poemas eróticos fuese el severo lógico budista del mismo nombre? El profesor Ingalls disipó mis dudas: casi seguramente son una y la misma persona el poeta apasionado, sensual e irónico y el filósofo de mente afilada y razones estrictas. Ingalls señala que el estilo del poeta Dharmakirti —agudo, tajante, económico, ingenioso— presenta más de una afinidad con el estilo del lógico Dharmakirti. Pensar que el autor de tratados sobre la percepción y la dialéctica no pudo escribir poemas de amor sensual, dice Ingalls, es como negar que el teólogo John Donne fue también el poeta que escribió "I can love both faire and browne". Añado que en la India casi todos los filósofos de importancia también fueron poetas. Comparten la opinión de Ingalls sobre la identidad de Dharmakirti, otros eruditos como S. N. Dasgupta y S. K. De (History of Sanskrit Literature, Calcuta, 1947). La lectura del poema, por lo demás, desvanece las dudas: el filósofo Dharmakirti reduce al absurdo todos los razonamientos; el poeta Dharmakirti, ante un cuerpo de mujer, reduce al absurdo la dialéctica. El cuerpo que exalta el poeta es otra prueba, lógica viviente, de la negación universal... Conozco dos traducciones del poema, ambas al inglés. Una es la del profesor Ingalls y otra, preciosa y en metro, de John Brough (Poems from the Sanskrit, London, 1968).
.....Dharmakirti vivió a fines del siglo VII. Nació en Trimalaya, en el sur de la India, y estudió probablemente en el célebre monasterio y universidad de Nalanda. Dejó siete tratados de lógica, varios comentarios sobre los Sutras y un puñado de poemas, casi todos eróticos. Dharmakirti negó la autoridad de las escrituras budistas, no la del Buda; sostuvo que el hombre percibe la realidad pero que esa percepción es instantánea e inefable; con los restos de esas percepciones la mente construye entidades fantasmales que llamamos pasado y futuro, yo y tú.

12.4.08

Un placer de tebeo

Esos ceporros que no pueden disfrutar con Bernhard piensan que uno lee a Bernhard por pedantería (como si no tuviera nada mejor que hacer). Ayer, a propósito de mis instrucciones para leer a Bernhard, me preguntó un Anónimo en el Nickjournal: "¿por qué su placer con Bernhard va a ser más placer que el de un ama de casa con Corín Tellado?". A lo que respondí esto:

Me siento en comunión, leyendo a Bernhard, con el ama de casa que lee a Corín Tellado. Si yo disfrutara como disfruto con Bernhard leyendo a Corín Tellado, leería sin duda (también, o quizá en exclusiva) a Corín Tellado. Yo estoy a favor del placer en la lectura. Si yo leo a Bernhard es porque disfruto con Bernhard. Yo leo a Bernhard porque ya no puedo disfrutar con Mortadelo y Filemón como disfrutaba con Mortadelo y Filemón de niño. De hecho, si leo a Bernhard es justo para disfrutar como disfrutaba con Mortadelo y Filemón de niño: porque ese placer (¡ése exactamente!) no lo obtengo ya con Mortadelo y Filemón sino con Bernhard.

Y no cito a Mortadelo y Filemón por boutade: es que la lectura de Bernhard me proporciona (¡exactamente!) un placer de tebeo. Bernhard tiene esa mecánica repetitiva de los tebeos, tiene ese engranaje repetitivo de los tebeos, que uno lee disfrutando y siempre pide más. Hay que citar una vez más la memorable frase de Ferlosio en su discurso del Cervantes: "El argumento se quedó parado y sobrevino la felicidad". Así Mortadelo y Filemón (así Corín Tellado). Así Bernhard.

11.4.08

Instrucciones para leer a Bernhard

Tras mis instrucciones para leer a Jünger, algunos amigos me han pedido otras para leer a Bernhard. Este es el orden que propongo:

1. Thomas Bernhard. Un encuentro, conversaciones con Krista Fleischmann (Tusquets). La mejor instroducción a Bernhard posible (¡e imposible!). Te descacharras de risa y, de paso, te metes en su mundo. [(17.11.09) Y Mis premios.]

2. Corrección (Alianza). La obra maestra de Bernhard. Hay que empezar por Corrección, sin ninguna duda. Es una obra perfecta, sublime, pero áspera, sin concesiones. Muchos lectores saldrán rebotados: pero esos lectores, entonces, es que no se merecían a Bernhard y hacen muy bien en irse a tomar por culo. Uno siempre tiene que empezar por leer Corrección, para poner a Bernhard en un altar y tenerle el máximo respeto de ahí en adelante.

3. Tala (Alianza). La novela más divertida y corrosiva de Bernhard. No deja títere con cabeza en el mundillo cultural vienés: que es, entendámonos, como todos los mundillos culturales posibles e imposibles.

4. Hormigón (Alfaguara). Tras Correccion y Tala, viene perfecto este delicioso canapé que es Hormigón. Un librito despojado, contenido: que sigue siendo puro Bernhard. (¡Y sale Mallorca!)

5. El malogrado (Alfaguara). Ahora sí que entra El malogrado. Muchos cometen el error de leer El malogrado para empezar y no: si se empieza por El malogrado, El malogrado sabe a poco. Hay que leer El malogrado cuando uno ya está bernhardizado a tope. (¡Y sale Madrid!)

6. Llegó el momento de leer los relatos de Bernhard. Pueden leerse estos tres libros enteros, o bien exclusivamente el relato que señalo de cada uno de ellos (los tres en Alianza Editorial): El carpintero y otros relatos, “La gorra”; Relatos, “Jugar al watten”; Acontecimientos y relatos, “Goethe se mmmuere”. [(22.9.12) En el nuevo libro editado de Bernhard, Goethe se muere, hay otra obra maestra, superior incluso a la anterior que da título –aunque con poda de emes– al volumen: "Reencuentro".]

7. El imitador de voces (Alfaguara). Ahora, los microrrelatos de Bernhard: una deliciosa bandeja de minicanapés. Bernhard en su propio Bulli, Bernhard autoferranadrianizado.

8. Hay que meterse ya en la pentalogía autobiográfica (Anagrama): lo mejor en términos absolutos, junto con Corrección. Podría empezarse a leer a Bernhard por la pentalogía autobiográfica. Podría, incluso, leerse de Bernhard exclusivamente la pentalogía autobiográfica y con ello ya se iría bien servido. Pero para el que quiera leer más Bernhard, lo mejor es leerla aquí, cuando ya está bien entrado en Bernhard. Leerla aquí quintuplica y decuplica sus efectos. Y hay que leerla, naturalmente, según su orden de publicación (nada de empezar por Un niño): El origen, El sótano, El aliento, El frío y (ahora sí) Un niño.

9. Tres canapés más, a gusto del consumidor: El sobrino de Wittgenstein (Anagrama), (Anagrama) y Los comebarato (Cátedra). Tras le lectura de la pentalogía autobiográfica, no está mal leerse la introducción de esta última (la única no traducida, ay, por Miguel Sáenz).

10. Maestros antiguos (Alianza). Otra obra con empaque, y a la vez divertidísima (aquí están las famosas andanadas contra Stifter y Heidegger).

11. Llegado a este punto, el bernhardiano debe repescar sus otras grandes obras: Trastorno (Alfaguara), Helada (Alianza), La Calera (Alianza); y terminar con Extinción (Alfaguara) .

12. El teatro. Está casi todo editado en Hiru. Recomiendo especialmente Heldenplatz (Plaza de los héroes), Immanuel Kant y los dramolettes.

13. La poesía. No es lo mejor, pero se lee bien: In hora mortis (DVD), Bajo el hierro de la luna (DVD) y Ave Virgilio (Península). [(2014) En La Uña Rota se ha publicado en un volumen único, espléndido, Así en la tierra como en el infierno. Los locos. Los reclusos. Ave Virgilio].

14. Y, por último, unos libros más sobre Bernhard, con entrevistas y declaraciones: Tinieblas (Gedisa) y Conversaciones con Thomas Bernhard, por Kurt Hofmann (Anagrama). El Thomas Bernhard. Una biografía (Siruela) de Miguel Sáenz no vale gran cosa, aunque tiene valor informativo. No así las traducciones de Miguel Sáenz (todas las aquí citadas, menos Los comebarato), que son inmejorables.

* * *
Pero para abrir boca, nada mejor que el comienzo de Helada:

Al fin y al cabo, un período de prácticas no consiste sólo en asistir a operaciones de intestino complicadas, abrir peritoneos, grapar lóbulos pulmonares y serrar pies, no consiste sólo realmente en cerrarles los ojos a los muertos y en sacar niños al mundo. Un período de prácticas no es sólo eso: arrojar por encima del hombro a un cubo esmaltado piernas y brazos enteros o serrados por la mitad. Tampoco consiste en desplazarse continuamente de un lado a otro detrás del Jefe y del Ayudante y del ayudante del Ayudante, en estar a la cola en la visita médica. Tampoco puede consistir un período de prácticas únicamente en tratar de hacer creer hechos falsos, en decir: "El pus se le disolverá sencillamente en la sangre y usted se curará". Ni en cientos de otras mentiras. No sólo en decir: "¡Ya se le pasará!"... cuando nada se le va a pasar. Un período de prácticas no es, al fin y al cabo, sólo un lugar para aprender a cortar y coser, hacer ligaduras y aguantar. Un período de prácticas tiene que contar también con hechos y posibilidades extracorporales.

9.4.08

Popurrí nietzscheano

El Congreso Nietzsche me ha dejado en la cabeza un gustoso revoltillo de ideas. En tres días se crea un ambiente de intimidad con el mecanismo, y uno podría pasarse ya semanas así: sentado en la butaca y escuchando hablar del entrañable filósofo bigotudo, como en un maratón cinematográfico. Tenía también algo de festival de música, con las actuaciones sucediéndose. Y hasta el impresentable "control de firmas" podía tomarse positivamente, como guiño ciclístico. Mientras los profesores soltaban sus peroratas, todos aseados, bien vestidos, con esa felicidad íntima del que está viajando, comiendo y durmiendo gratis (en una ciudad soleada, encima), me asaltaba de vez en cuando el pensamiento de que cualquiera de ellos le saca más dinero a Nietzsche en un año del que el propio Nietzsche pudo sacarse en toda su vida. Pero mi pensamiento no era quejumbroso, sino de aceptación. En efecto: así fue y así debió ser... para que Nietzsche fuera Nietzsche (y los ponentes no lo fueran).

La conferencia inaugural la dio Eugenio Trías. En mis tiempos universitarios asistí a otra suya en el Paraninfo de Letras de la Complutense, y fue tan deslumbrante que de allí salí disparado a una librería a atiborrarme de sus obras. Mientras lo presentaba Manuel Barrios (con una buena frase, por cierto: la de que Nietzsche es "un inmenso pensador platónico"), Trías se quitaba el reloj de la muñeca y se lo ponía a la vista, se acercaba el botellín de agua, se lo servía en el vaso... gestos del conferenciante profesional. Cuando empezó a hablar me sorprendió que su voz se había debilitado y estaba próxima a ser la de un viejecito (recordé entonces que ha estado enfermo en los últimos años, creo que de la garganta). La conferencia la dio con esa voz, y tosiendo de vez en cuando: pero fue espléndida. Sin la pujanza juvenil, su pensamiento era más divagatorio, menos cerrado, como si la fisiología le hubiese templado la mente. Pensé en la edad como un don: gracias a ella, van graduándose nuestras manifestaciones en el mundo. Recordé también las páginas que ha dedicado el propio Trías a la idea de variación (de lo musical a lo ontológico). Precisamente su exposición tuvo que ver con esto: el "eterno retorno de lo igual", sin variación, sin enseñanza; sin que surja la compasión en el transcurso. A mí, que tan aficionado soy a las arremetidas, me interesó un comentario adyacente: el de que Nietzsche "jibarizaba al adversario", lo reducía y minusvaloraba para que la crítica fluyese "de manera natural". Sobre la ausencia de compasión, Trías citó unas palabras de Zaratustra: "el otro es un trasmundo" (es decir, que "no hay afuera"). Trías criticó que Nietzsche hubiese separado Atenas y Jerusalén, y despreciado la sensibilidad de esta última para con las injusticias; defendió la compasión y afirmó que "el otro no es un trasmundo".

Después de una pausa que pasé al solecito (había ambiente de recreo universitario), vino la ponencia de Remedios Ávila, una de esas estupendas mujeres maduras cuyo atractivo se mantiene incólume gracias a su vivacidad. Empezó preguntándose si Nietzsche es ya un escritor para nuestro tiempo, si no sigue siendo un intempestivo también para nosotros... Y pasó a analizar La genealogía de la moral a partir de esta frase de Más allá del bien y del mal: "La moral es un lenguaje mímico de los afectos". A mí me gustó mucho su ponencia, pero luego me encontré a Curro, que había estado asistiendo, y se puso a despotricar: "¡Lo único que ha hecho ha sido resumir La genealogía de la moral!".

Tras ella intervino el italiano Paolo D'Iorio, que ha puesto en marcha en la red el proyecto HyperNietzsche. Es un conferenciante de última generación: hablaba ante un portátil en el que pinchaba para que se vieran ilustraciones en una pantalla y para que se escucharan pasajes musicales. Analizó la relación de Nietzsche con la Carmen de Bizet, a partir de sus anotaciones en los márgenes de la partitura. Lo sorprendente fue que algunos de los fragmentos menos conocidos de la ópera, pinchados por D'Iorio, aparecían con una indudable atmósfera wagneriana (como el duetto, con arpa, de Micaela y don José); sin olvidar la escena final de la muerte en pareja. Concluyó con la última frase de Nietzsche en el libreto, todo un programa de acción: "Mediterraneizar la música... y la filosofía".

La tarde fue cansina, espesa, y ya estaba yo con esa idea melancólica de que sería necesaria una quinta intempestiva "Contra los nietzscheanos mortecinos", cuando tuvo lugar la deliciosa ponencia de Antonio Morillas sobre ciertos aspectos del Epistolario de Nietzsche (él es uno de los que está preparando la edición de Trotta), que incluía una inesperada defensa de la hermana del filósofo. Por ejemplo, que ella instaló el archivo Nietzsche en Weimar porque consideraba que su hermano estaba a la altura de Goethe; y también que siempre le defendió de la acusación de antisemita. Fue visible cómo Marco Parmeggiani, que antes había estado soltando las habituales críticas contra la hermana, se puso como un tomate.

La segunda jornada la empezó magníficamente Miguel Morey. Éste es un autor cuyos libros no me han terminado de conquistar: pero disertando sí logró crear una temperatura adecuada para el pensamiento. Dijo que lo fundamental en la biografía filosófica de Nietzsche fue el hecho de que abandonase la enseñanza. Sin ese abandono, dijo Morey, ¿hubiese pensado Nietzsche lo que pensó? ¿Nos seguiría interrogando? El genuino filósofo surgió cuando dejó de ser un profesor que se dirige al alumno para ser un escritor que se dirige al lector. (Se les cortó un poco la respiración a los profesores asistentes; y en el propio conferenciante Morey se atisbaba una cierta culpa profesoral.) El inicio de ese cambio lo establece Morey en el texto de 1872 "Cinco prólogos para cinco libros no escritos"; y su culminación en los "cinco nuevos prólogos a cinco libros sí escritos", los que escribió Nietzsche en 1886 para Humano, demasiado humano I y II, El nacimiento de la tragedia, Aurora y La gaya ciencia. Dijo también Morey: "Saber que el conocimiento no da consuelo es también un conocimiento; y quizá sea un conocimiento salvífico, en el que se puede ahondar". Y recomendó, como deberes, leer dos textos de La gaya ciencia limpiamente, desde nuestra soledad de lectores: "Conciencia de la apariencia" y uno sobre el eterno retorno que empieza así: "Si una noche un demonio se acercara a tu soledad más última y te dijera..." (parágrafos 54 y 341).

Después dio una preciosa conferencia la profesora mexicana Paulina Rivero, sobre el concepto nietzscheano de la amistad: el verdadero amigo como amigo-enemigo, que no ofrece consuelo sino que estimula el crecimiento. Como el sol: que hace madurar el fruto, pero manteniendo la distancia. Citó la profesora unas reflexiones de Emerson sobre el tema, que sin duda Nietzsche conocía. En mi moleskine anoté estas palabras literales: "El amor no correspondido se verá como una desgracia; pero el verdadero amor no puede ser correspondido". Para concluir, Paulina Rivero criticó también, "como buena discípula", el empecinamiento nietzscheano contra la compasión. Se apoyó, para rescatar el sentimiento, en el propio método que emplea Nietzsche en La genealogía de la moral, e ilustró su postura con La muerte de Ivan Ilich de Tolstoi. Fueron intachables y saludables sus argumentos. Pero yo no dejaba de pensar en un aforismo que muestra que en Nietzsche también hay compasión: "A un niño que está muriéndose se le da todo lo que quiere, terrones de azúcar — ¿qué importa que se estropee el estómago? — ¿y no nos encontramos todos nosotros en la situación de ese niño?".

Navarro Cordón tuvo el último turno de la mañana, pero se alargó demasiado y al final sus disquisiciones sobre "libertad y nihilismo" tuvieron que batallar contra el rugir de los estómagos. Su ponencia fue en realidad una clase, vigorosa, al estilo heideggeriano, con muchas expresiones en alemán; pero casi todas sus tiradas de ideas concluían con uno de estos tres latiguillos: "¿eh, eh?", "¿no verdad?" o "¿no verdad, eh?". Pintó un cuadro implacable del nihilismo; pero al final, tras varias vueltas, terminó con una conclusión llamativa y estimulante: "quizá el nihilismo podría ser una manera divina de pensar".

La tarde se hizo un poco larga (¡como este post!), pero no estuvo mal. Los profesores Llinares y Aspiunza hablaron, respectivamente, de Dostoyevski y Kertész (en relación con Nietzsche, como es natural; Llinares citó además a Turguenev y Gottfried Benn). Y por último hubo una mesa redonda sobre los Fragmentos póstumos, a propósito de la edición de Tecnos, con Sánchez Meca (relamido y didáctico, un Andrés Amorós de la filosofía), Manuel Barrios y Juan Luis Vermal. Curro estaba a mi lado y, cuando acabó este último, me dijo: "¡Qué diferencia! ¡Ha sido el único que ha dicho en todo momento los fragmentos póstumos! ¿Te has fijado? ¡Los demás sólo decían los póstumos! ¿Pero qué familiaridad es esa? ¿Qué es eso de los póstumos? ¡Eso es como los que a Lorca le llaman Federico!".

Pero de la tarde me quedó un endecasílabo perfecto que le salió a Mónica Cragnolini en una pregunta a Aspiunza sobre Kertész. Hablaban del kadish judío y del Yom Kippur, y entonces surgió, en una frase más larga: "perdón por las promesas no cumplidas".

5.4.08

Retumbante de Nietzsche

Vengo con la cabeza retumbante de Nietzsche, tras el congreso que acaba de clausurarse en Málaga. No ha estado mal. Había momentos en que me ponía a segregar la idea de escribir una quinta intempestiva, "Contra los nietzscheanos mortecinos"... pero siempre terminaba apareciendo uno que salvaba la jornada. El balance ha sido bueno. Me lo he pasado pipa. He refrescado a Nietzsche. Les he puesto cara a varios nombres de las bibliografías nietzscheano-nihilistas (Manuel Barrios, Sánchez Meca...) y también al autor del manual de filosofía de Cou: Navarro Cordón. Y ha habido algo llamativo: el esplendor mamario de bastantes congresistas, que me ha hecho feliz en más de un momento.

Quizá mañana o pasado escriba de las ideas y los ponentes de estas jornadas. Por ahora cuento sólo el momento más divertido, que se produjo en el acto de inauguración. Allí estaban representantes de los organismos patrocinadores. Uno de ellos era la UNED, cuya jefa en Málaga es una hermana de Magdalena Álvarez, puesta al parecer por enchufe. Su aspecto desentonaba ampliamente con el de los demás (¡y las demás!): parecía haberse encopetado para una merienda con doña Carmen Polo de Franco (pese a que era por la mañana) más que para un congreso de Filosofía. Tras saludar y prevenirnos de que ella era economista, se puso a leer unos folios sobre el filósofo. No parecía que los hubiera escrito ella. Además, eran bastante malos. Y los leía fatal. Como quien no quiere la cosa, acercó un poquito a Nietzsche a la Alianza de Civilizaciones, al citar un pasaje elogioso sobre los moriscos. También dio unas pinceladas de ciertas concomitancias del pensamiento nietzscheano con el marxista. De haber tenido más tiempo, seguro que su Nietzsche se hubiera transmutado en Pepiño Blanco. Pero por fortuna acabó pronto. No sin cometer antes dos simpáticos errores de pronunciación. El primero fue al citar a Max Stirner, que en boca de la hermanísima fue Max Estímer. Pero lo mejor fue el modo en que dijo el nombre del tétrico György Lukács: George Lucas. Ahí ya hubo risas por lo bajini; aunque flojitas, que el público era muy educado y hasta la aplaudió al final.