27.9.07

John Donne en Brasil

En el disco Cinema transcendental de Caetano Veloso, de 1979, hay una joyita cultureta: unos versos de John Donne traducidos (adaptados más bien) por Augusto de Campos y musicados por Péricles Cavalcanti. No sé si en Inglaterra se ha hecho algo parecido. En Brasil ya vemos que sí: sofisticaciones del extrarradio. La canción se titula "Elegia" y contiene un fragmento de la elegía XIX de John Donne: "To His Mistress Going to Bed". Aquí está entera, en su versión original y en la traducción al portugués de Augusto de Campos. Yo copio y traduzco la letra de la canción, tal como viene en el disco:

Deixa que minha mão errante adentre
Atrás, na frente, em cima, embaixo, entre
Minha América, minha terra à vista
Reino de paz, se um homem só a conquista
Minha mina preciosa, meu império
Feliz de quem penetre o teu mistério
Liberto-me ficando teu escravo
Onde cai minha mão meu selo gravo
Nudez total: todo prazer provém do corpo
(Como a alma sem corpo) sem vestes.
Como encadernação vistosa,
Feita para iletrados, a mulher se enfeita
Mas ela é um livro místico e somente
A alguns a que tal graça se consente
É dado lê-la.
Eu sou um que sabe.


[Deja que mi mano errante se adentre
por detrás, por delante, por encima, por debajo, entre
mi América, mi tierra a la vista
reino de paz, si sólo un hombre la conquista
mi mina preciosa, mi imperio
feliz el que penetre en tu misterio
me libero siendo tu esclavo
donde cae mi mano, mi sello grabo
desnudez total: todo placer proviene del cuerpo
(como alma sin cuerpo) desvestido.
Como encuadernación vistosa,
hecha para iletrados, la mujer se adorna
pero ella es un libro místico y solamente
a algunos a los que tal gracia se consiente
les es dado leerla.
Yo soy de los que saben.]
* * *
(24.9.2009) Me manda Ernesto Hernández-Busto esta traducción de Octavio Paz:
Deja correr mis manos vagabundas
Atrás, arriba, enfrente, abajo y entre,
Mi América encontrada: Terranova,
Reino sólo por mí poblado,
Mi venero precioso, mi dominio.
Goces, descubrimientos,
Mi libertad alcanzo entre tus lazos:
Lo que toco mis manos lo han sellado.
La plena desnudez es goce entero:
Para gozar la gloria las almas desencarnan,
Los cuerpos se desvisten.
Las joyas que te cubren
Son como las pelotas de Atalanta:
Brillan, roban la vista de los tontos.
La mujer es secreta:
Apariencia pintada,
Como libro de estampas para indoctos
Que esconde un texto místico, tan sólo
Revelado a los ojos que traspasan
Adornos y atavíos.
Quiero saber quién eres tú: descúbrete,
Sé natural como en el parto,
Más allá de la pena y la inocencia
Deja caer esa camisa blanca,
Mírame, ven, ¿qué mejor manta
Para tu desnudez, que yo, desnudo?
(20.1.2017) Por Péricles Cavalcanti:

22.9.07

El cantante de las multitudes

La primera vez que vi el nombre de Orlando Silva fue en Verdade tropical, el libro de Caetano Veloso. Allí supe que fue el primer cantante moderno de Brasil y que João Gilberto lo consideraba "el mayor de todos los tiempos". Ahora me he leído la biografía de Jorge Aguiar: Nada além. A vida de Orlando Silva; lectura que he acompañado con la audición de sus grabaciones de los años treinta, que tenía en un disco de la colección Revivendo, con su aroma a gramófono. El efecto ha sido emocionante. Ya lo hice hace años con la monumental biografía de Noel Rosa, de quien también tengo varios discos de esa colección. Uno lee las circunstancias que rodean una grabación del año 1935, y todas las cosas que le están pasando al personaje en esos momentos, y después pone la canción: de pronto aparece la época en el cuarto, con su trastorno fantasmal, ordenado en música. Son especialmente brillantes los primeros capítulos del libro: aquellos que describen la pobreza y la marginación del mulato de la Zona Norte de Río de Janeiro. Esa pobreza que empapa y que resta ser al que la lleva: una pobreza que ensucia y corroe la intimidad, y que provoca irreversibles daños metafísicos. Hace poco, leyendo A hora da estrela de Clarice Lispector, ya la encontré en su protagonista, la inerme Macabéa, para quien la existencia es "como beberse un café frío". Por cierto, quiso la casualidad que ese mismo día cayese en mis manos la entrevista de Diego Manrique a Manu Chao, ese "amigo de los pobres" que, comparado con Macabéa, y comparado con la comprensión que de Macabéa y de la pobreza tiene Clarice Lispector, me pareció un insufrible pijo. Tomé notas para un artículo que luego dejé pasar. Iba a titularse "Clases privilegiadas" y mi intención era hablar de la pobreza en términos de ser. Cómo todas las prédicas marxistas dejan intacta esa cuestión, y cómo todos los líderes, aunque digan defender al pobre, pertenecen (¡metafísicamente!) a las "clases privilegiadas".

A Orlando Silva le esperaba un destino como el de Macabéa... de no haber llegado a poseer un don: su voz. En la biografía se describe vívidamente su primera prueba en la radio, cómo se interesó por él el compositor Bororó, quien a su vez lo llevó a la máxima estrella de entonces, el cantante Francisco Alves. Éste se quedó fascinado desde el primer momento con Orlando y se encariñó paternalmente con él. Resulta conmovedor el relato de su generosidad, que queda resumido en este párrafo:

Todos los sueños de realización artística de aquel aspirante a cantante habrían sucumbido de no haber sido por la generosidad de aquel hombre. La dedicación desinteresada de Francisco Alves, que se entregó a la formación profesional del joven Orlando Silva, constituye uno de los más hermosos capítulos de la historia de la música popular brasileña.

Generosidad que nunca se volvió mezquina, ni siquiera cuando el discípulo superó en popularidad al maestro. El éxito de Orlando Silva resultó espectacular. Fue el primer cantante brasileño al que aclamaron las masas (y en un grado que no se ha vuelto a repetir), que llenaba los teatros y colapsaba las calles en sus giras, por lo que recibió el apelativo de O Cantor das Multidões. Pero nunca fue feliz: la fama y el dinero no consiguieron repararle el daño anterior. Como escribe Jorge Aguiar: "No logró sobrevivir sin secuelas a la miseria".

Su esplendor vocal duró sólo siete años: de 1935 a 1942 (Orlando Silva había nacido en 1915). Entonces empezó a perder la voz. Siguió grabando discos más o menos decadentes, hasta que murió en 1978. Vuelvo, para terminar, a Caetano Veloso, a lo primero que leí sobre "el cantante de las multitudes":

Fue así como entré en contacto con las grabaciones de Orlando Silva de los años treinta, que habían sido la base de la formación de João Gilberto y constituían su más entusiasta admiración musical. A Bethânia y a mí, desde Salvador, nos gustaba muchísimo el elepé Carinhoso, que Orlando Silva había sacado en los años cincuenta, con grabaciones nuevas de sus antiguos éxitos. Pero apenas conocíamos las famosas grabaciones de la primera época, en comparación con las cuales, para nuestra inicial incredulidad, una unanimidad de opiniones consideraba que no tenía ningún valor el disco que conocíamos. Nunca acepté la desvalorización excesiva del elepé de los años cincuenta, pero realmente fue todo un acontecimiento en mi vida escuchar con atención la celestial suavidad del joven Orlando, su fraseo inventivo y su milagrosa naturalidad musical. La ligazón subterránea con el estilo de João Gilberto se hizo más perceptible.

19.9.07

La infancia recobrada

Uso el título que le recomendó Gil de Biedma a Savater en lugar de La infancia recuperada. El filósofo, sin embargo, mantuvo el suyo, que viene de una traducción de Georges Bataille ("la literatura es la infancia al fin recuperada", de La literatura y el mal), por motivos sentimentales. Los motivos sentimentales nos desvían a veces de la mejor opción literaria.

Yo no fui un niño lector. Luego, cuando me aficioné a la literatura en la adolescencia, lo eché de menos. Y lo eché aún más de menos, con sentimiento de culpa incluso, cuando leí La infancia recuperada. Ese libro, que es una celebración del placer, para mí fue fuente de sufrimiento. Exagero un poco con la palabra: dejémoslo en desazón. Desazón melancólica. Era un desasosiego provocado por un placer no vivido y ya imposible de vivir. Ese insidioso sentimiento de pérdida de lo que no se ha tenido. Traté de repararla, a destiempo, y un verano entré concienzudamente en los libros de Guillermo Brown. Tenía algo de quijotesco, de ridículamente quijotesco, mi empeño; sólo que al revés: del mismo modo que Alonso Quijano sale de sus lecturas antiguas al mundo moderno, yo salía del mundo moderno a unas lecturas antiguas... y en busca de una infancia más antigua aún que la mía (y que, además, no era la mía). Si Guillermo y sus amigos me hubieran cazado leyéndolos, se hubiesen tronchado igual que los venteros de don Quijote.

También leí, cómo no, La isla del tesoro. Me gustó, pero no a esos extremos celebrados en La infancia recuperada. Creo que es al final de Apología del sofista donde Savater describe a Jim Hawkins escuchando un eco de las carcajadas de John Silver alejándose con el tesoro. Cuando leí ese pasaje, sentí que el tesoro que se había llevado el pirata era el de la infancia lectora que no tuve. Pero el propio Savater me sacó de ese estado melancólico poco tiempo después. Fue en una conferencia, en que habló de las tribulaciones de su traductora al inglés por encontrar la cita que el filósofo había puesto al comienzo del capítulo sobre La isla del tesoro de La infancia recuperada: "Mis ojos se extasiaron ante el mar infinito". La traductora se había releído minuciosamente la novela de Stevenson y no había encontrado esa frase. Entonces Savater recordó que no era del libro, sino de una adaptación radiofónica, que fue como escuchó la historia de niño por primera vez. Y yo comprendí ahí, de sopetón, el ridículo de esos años míos de nostalgia adolescente por la infancia perdida. Ceporramente me había enroscado (sería el famoso bucle melancólico) en la palabra lectura, referida a libros exclusivamente: sin haber tenido en cuenta la cantidad de tebeos que yo leí. Ni las toneladas industriales de dibujos animados, películas y series de la televisión. Incluida una maravillosa adaptación de La isla del tesoro que habían emitido en varios capítulos los sábados por la mañana, cuando yo tenía ocho o nueve años.

De pronto, con incredulidad, volví a sentir mi infancia llena. Por aquel entonces era aún pronto para la nostalgia generacional, pero unos años más tarde ya empezaría a ser frecuente entrar en trance con los amigos recordando la mitología infantil común (de la que no tardarían en aparecer memorias alusivas, como Los niños de los Chiripitifláuticos de Ignacio Elguero). Por volver a Gil de Biedma, al final todo adulto puede repetir, recordando su niñez, estos versos suyos: "De mi pequeño reino afortunado / me queda esta costumbre de calor / y una imposible propensión al mito".

Me río al recordar la profusión de personajes, y de locuras, de la televisión de entonces. Y me asombro al comprobar que ocurría algo que hoy parece imposible: cómo, entre los dibujos animados, las marionetas, las pipis y los locomotoros, nos bebíamos con la misma delicia peliculones de John Ford, Howard Hawks o Raoul Walsh. Una amiga, que debió de ser una niña bastante aplicada, me confesó una vez que los sábados por la tarde, mientras emitían la película de Primera sesión, se encerraba en su cuarto a leer los Episodios nacionales de Galdós. A mí me hubiese encantado, desde luego, leer de niño los Episodios nacionales... pero no los cambio por aquellas tardes en que salíamos, tras el "The End", a prolongar la película en la calle, dando alaridos como pequeños arrapahoes. Aquellos fueron (volviendo a Savater) nuestros genuinos episodios pasionales.

Y, junto con la televisión, los tebeos. Recuerdo el primero que leí. Por casa había ya unos cuantos, que yo había repasado muchas veces pero fijándome sólo en los dibujos, sin leerlos: sencillamente, no se me había ocurrido. Uno de esos tebeos era un álbum de Mortadelo y Filemón: El otro "yo" del profesor Bacterio, título que mi hermana y yo llevábamos tiempo leyendo así: "El otro, yo, del profesor Bacterio". Una tarde, o una noche, me encontraba solo en el cuarto mientras el resto de la familia veía la tele en el salón. Me veo sentado en la cabecera de la cama, con el álbum de Mortadelo y Filemón en las manos y decidiendo, de un modo confuso, hacer con la primera viñeta eso que hacíamos en la escuela: leer. Me asombró notar que los personajes hablaban, como en los dibujos animados. Y me asombró aún más ver cómo la historia iba avanzando, de una viñeta a otra, de una página a otra... ¡como en una película! Era algo que nunca me hubiera imaginado. Me veo cerrando la última página con una sensación de incredulidad y de gozo. Me veo saliendo al salón y observando a mis padres y mi hermana en el sofá, extrañado de que sus gestos siguiesen siendo cotidianos. Algo había cambiado ya, sin que yo me diese mucha cuenta de ello. Había descubierto que existía otro mundo.

A partir de entonces leí y leí tebeos, de todo tipo y de toda extensión. Aunque, quizá a causa de aquel momento inaugural, siempre preferí las historias largas y, a ser posible, los álbumes con pasta dura: Mortadelo y Filemón, por supuesto, y Astérix, Tintín, Lucky Lucke o el Teniente Blueberry. También los Clásicos Bruguera (mucho Verne y Dickens y Walter Scott, aunque en tebeo); y biografías dibujadas de personajes célebres. Los primeros libros "sólo de letras" que leí fueron dos de Salgari: En las fronteras del Far West y La ciudad del rey leproso. Me gustaron, pero no tanto como para leer más: seguí prefiriendo los tebeos. Mi primera pasión libresca llegó con Agatha Christie. Estuve casi dos años leyéndola sólo a ella (me niego a contar las lecturas escolares, obligatorias). Hasta que, ya con dieciséis, cayeron en mis manos tres libros que me hicieron descubrir la literatura, en lo que a "placer del texto" se refiere (placer que podía suplir la ausencia de asesino y de investigación): Cien años de soledad de García Márquez, La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa y Memorias de un niño de derechas de Francisco Umbral. Poco después llegaría también Savater. A él me encanta leerle sobre autores a los que no leeré nunca, o que nunca disfrutaré como él. Pero mi placer particular consiste en recrearlos sólo un momento, cuando él los cuenta. Con Borges me ocurre igual. Soy un lector con muchos defectos, pero que sabe disfrutar con las lecturas de otros: soy un buen lector de buenos lectores.

[Publicado en Kiliedro]

18.9.07

El callejón sin salida de ser Milikito

Uno a veces, en sus momentos de debilidad, piensa si no hubiera sido mejor ser Milikito y estar, a estas alturas, forrado de millones. Pero si uno fuese Milikito y estuviese forrado de millones, en lo que emplearía urgentemente esos millones sería en dejar de ser Milikito. Milikito, sin embargo, que es Milikito y está forrado de millones, insiste incesantemente en ser Milikito. El motivo tal vez sea que, cuando uno ya es Milikito, no puede dejar de serlo nunca, por más forrado de millones que esté. El ser Milikito, que es lo que te permite forrarte de millones, te impide luego (¡tajantemente!) dejar de ser Milikito. Ser Milikito es, pues, un callejón sin salida, que te forra de millones pero te veda toda posibilidad de dejar de ser Milikito. Llegas al final del callejón sin salida que es ser Milikito, te das la vuelta, y vuelves a encontrarte a Milikito. Milikito es, de hecho, un emparedado entre otros dos Milikitos, permanentemente. Milikito, permanentemente, está forrado no sólo de millones, sino también de Milikitos. Milikito es pues, incesantemente, una multitud de Milikitos. Milikito es un tuttifrutti rebosante de Milikitos (y tal vez por eso uno de sus programas fue Tutti-Frutti, que ahora puede ser contemplado como un autohomenaje avant la lettre a su tuttifruttesca personalidad). La consecuencia de todo esto es que es mucho mejor no estar forrado de millones, si con ello uno se ha evitado estar forrado también de Milikitos.

17.9.07

Cubertería Mariscal

Este ya es el signo de decadencia definitivo de la socialdemocracia: la cubertería que está entregando El País del repelente, por superguay, Javier Mariscal. Cada generación tiene su Walt Disney, y Mariscal ha sido el Walt Disney de la nuestra: aquel que rebajaba el mundo a tontos monigotes, de acuerdo con la moral imperante. La peste del diseño, en España, tiene el nombre de Mariscal. En los primeros momentos nos cayó simpático, cuando salía en La Edad de Oro con Miquel Barceló; pero enseguida se puso a atufarnos con su plasta de Cobi, que hizo bueno a Naranjito.

Miro sus cubiertos y me recorre un sudor frío. ¿Es posible que todos nuestros socialdemócratas vayan a desayunar, almorzar y cenar a partir de ahora con esos patosdonald de acero inoxidable? Sinceramente, ¿cómo se puede desayunar, almorzar y cenar con cuchillos, tenedores y cucharas superguays? Algún día, me lo estoy temiendo, habrá algún asesinato con un cuchillo o un tenedor de Mariscal. Yo, de hecho, me pondría muy nervioso si tuviera los cajones de mi cocina llenos de cuchillos y tenedores de Mariscal. ¿No recuerdan aquellas obsesiones de Lorca en Bodas de sangre sobre la fatalidad de los cuchillos, que llaman a la muerte, etc.? ¡Pues si eso ocurría con los cuchillos de Lorca, imagínense con los de Mariscal! Pero, mientras que la muerte con cuchillo lorquiano era algo trágico, emparentado directamente con Shakespeare, morir con cuchillo de Mariscal sería algo ridículo y rococó! ¡Y con un tenedor de Mariscal no digamos! ¡Y no quiero ni pensar con una cuchara! ¡Ese sí que sería el colmo de la muerte rococó y ridícula: morir acuchillado con una cuchara de Mariscal!

8.9.07

La actualidad como relato

Voy a ensayar yo también (a lo teatral, y a lo Montaigne) esta fórmula que se está imponiendo en el Nickjournal de ofrecer pildoritas más o menos engarzadas.

La rabiosa actualidad.— La actualidad como ente. Es un auténtico bicho. Rabioso: lo de "la rabiosa actualidad" es una acuñación exacta. Pero la actualidad es uno de esos fantasmas (perfectamente berkeleyanos) que desaparecen en cuanto uno deja de mirarlos. Eso ocurre en los días de apagón informativo. Uno pretende liberarse, ante todo, de una ansiedad. Justo esta que señala Jünger en La emboscadura: "La simple necesidad que la gente siente de absorber varias veces al día noticias es ya un signo de angustia; la imaginación gira y gira y de esa manera va creciendo y paralizándose. A lo que se asemejan todas esas antenas que hay en las ciudades gigantescas es al cabello erizado." Borges, otro intempestivo, decía que "el periodismo se basa en la falsa creencia de que todos los días sucede algo nuevo". En realidad, siempre sucede lo de siempre. El énfasis en la novedad (en la noticia) es un rasgo plebeyo. Siempre me hizo gracia aquella epiquilla a lo Lou Grant por dar la primicia; todas aquellas puñaladas y correteos del "periodista de raza". Como el bueno de Alejo García, llegando desfondado al micrófono para dar la noticia de que había sido legalizado el PCE. Lo de Alejo, ahora que lo pienso, es una buena metáfora: llegar al micrófono sin voz, por las prisas. La actualidad completamente esfumada en la precipitación.

El relato de la jornada.— Desde que el periodismo se convirtió en carrera universitaria no puede decirse que haya mejorado su calidad; pero sí que los periodistas tienen ya también su jerga académica. Todas aquellas monsergas sobre "el relato informativo" que nos daban en la Facultad de Ciencias de la Información. Se ha llegado a extremos grotescos, como el de ese presentador de telediario que al despedir suelta el latiguillo de "este ha sido el relato de la jornada". Podría pensarse que ese desvelamiento de la actualidad como relato tuvo un origen ilustrado, algo así como un paso más en el desenmascaramiento de las "astucias de la imaginación" para dar gato por liebre. Lo coherente hubiera sido, entonces, esmerar la higiene y los cuidados; estar más atentos ante las falsedades que se colaban, justamente para que se dejasen de colar. Pero ha ocurrido justo lo contrario: lo del "relato de la actualidad" se ha tomado como coartada para que cada uno arme, en efecto, el relato que más le interesa. Tiene cierta equivalencia con el dostoyevskiano "si Dios no existe, todo está permitido". La reacción antirrelatística de los nuevos defensores de la objetividad, como Arcadi Espada, parece a veces nostálgica de los tiempos en que Dios (sive La Verdad) existía. Pero es más sofisticada: la melancolía por las debilidades de la razón y los agujereamientos de la verdad no debería servir para lanzarse desbocadamente por los paraísos de la ficción; sino, más modestamente, para cortarse un poco. Para caminar con las precauciones del que sabe que va por terreno movedizo.

Faltan elementos narrativos.— En cualquier caso, puestos a aceptar la actualidad como relato, se pediría al menos cierta coherencia narrativa; cierto equilibrio a la hora de presentar los hechos y los personajes. Pero no. Abundan el escamoteo y la elipsis, vacíos que intentan ser cubiertos con brochazos propagandísticos. El "relato de la actualidad" es, en efecto, el "relato de la jornada": la flor de un solo día. Una planta flotante, a modo de nenúfar, cuando el pasado desmiente el interés actual del medio en cuestión; o una planta bien arraigada cuando el pasado le conviene. En la Cope y en la Ser se aprecia con frecuencia. Ante una afirmación de ZP, por ejemplo, que esté en contradicción con otra suya anterior, nos encontraremos en la Ser con un abrumador silencio con respecto al pasado; mientras en la Cope echarán mano exhaustivamente de hemerotecas y archivos sonoros. Actitud que se invierte cuando es una declaración de Rajoy o de Aznar la contradictoria: silencio abrumador en la Cope y hemerotecas y archivos sonoros a punta pala en la Ser. Los documentalistas de una y otra emisora son galeotes que han demostrado que saben remar... pero sólo lo hacen cuando el patrón les azuza. Este uso a conveniencia del pasado (de todo el material narrativo que constituye el pasado) resulta más descarado cuando se trata del pasado recentísimo: apenas el del día anterior. Recuerdo, por ejemplo, cuando la Comisión del 11-M. Aznar había estado un montón de horas declarando y los tertulianos de la Cope se felicitaban de su fortaleza y añadían: "A ver mañana lo que aguanta ZP. Ese a la media hora ya está fundido". Pues bien: al día siguiente ZP estuvo declarando más tiempo aún que Aznar... y aquellos mismos tertulianos ya no dijeron ni mú al respecto. Faltan continuamente, en uno y otro bando, elementos narrativos. Apenas se oyen frases como "a pesar de que ayer dijimos esto, hoy ha ocurrido esto otro". No hay elementos de enlace, ni confesión de fallas, ni titubeos. Todo es una insistente, incesante adición.

Indicios audiovisuales.— El espectador de la actualidad no percibe realmente la actualidad, sino lo que los medios le muestran de ella. El espectador no tiene acceso a las fuentes y puede que tampoco sea muy ducho a la hora de aclararse con el aluvión de datos que le caen encima. Pero cuenta con un elemento secundario que puede permitirle sacar ciertas conclusiones: el de los "indicios audiovisuales". Éstos son aquellos elementos de la realidad que se cuelan en bruto en los medios, sin elaboración. Mejor dicho: aquellos elementos que, siendo audiovisuales, nos permiten hacernos una idea de lo que se está cociendo en la trastienda. La ventaja de los indicios audiovisuales es que, a diferencia del acontecimiento en cuestión, a ellos sí los conocemos de primera mano. Son esquirlas audiovisuales de la realidad, por decirlo así: esquirlas que alcanzan directamente al espectador. Pondré dos ejemplos. Yo no si Felipe González organizó los Gal o estuvo al tanto de los mismos. No he tenido acceso a las fuentes y, ciertamente, soy incapaz de manejar los datos que se ofrecieron al respecto. Pero, como espectador audiovisual, sí vi a Felipe González defendiendo con argumentos dudosos, y excusando, a los implicados en los Gal: lo que me pareció de una gravedad suficiente. Tampoco si el Gobierno de Aznar mintió durante el 11-M. Pero, como espectador audiovisual, vi a Acebes cerúleo y sudoroso en las ruedas de prensa de aquel día: con un nerviosismo que no parecía sólo el del que está "abatido por la catástrofe" o "superado por los acontecimientos".

El relato como actualidad.— Hay otra forma de contemplar el relato de la actualidad. Y es la de contemplar el relato en tanto actualidad: contemplar el relato en tanto trozo de realidad que se nos ofrece. El espectador no se encuentra primeramente ante la realidad de la actualidad, sino ante la realidad del telediario. Ante la noticia de un terremoto, ¿cuál es la realidad principal a la que estamos asistiendo? No al terremoto en sí, que nos llega como relato y no como realidad. Sino más bien a la realidad de la presentadora maquillada que nos lo cuenta, que normalmente sonríe a pesar de la catástrofe. Y sonríe (su sonrisa es más real en ese momento que las ciudades desmoronadas) por dos razones: porque el terremoto, al fin y al cabo, le ha animado el telediario, en especial si es verano o finde; y, sobre todo, porque la presentadora en cuestión está trabajando, porque acabó Periodismo y logró abrirse paso en la jungla y ahora está con curro y colocada en la tele, cosa que le produce una explicable satisfacción. Puede apreciarse que cuanto más crudo se pone el mercado laboral para el licenciado en Ciencias de la Información, más sonríen los presentadores de telediario, por bestial que sea la catástrofe. De unos años a esta parte, prácticamente lo cuentan todo a carcajadas.

[Publicado en Nickjournal]

2.9.07

La urbanización del regazo

João Cabral de Melo Neto era un enamorado de Sevilla, donde vivió como diplomático algunos años, en los cincuenta y en los sesenta. Le dedicó muchos poemas a la ciudad, e incluso un libro entero: Sevilha andando (1990). Pero en La educación por la piedra está el que tiene el título más hermoso: "A urbanização do regaço". Mi traducción:

Los barrios más antiguos de Sevilla
crearon una urbanización del regazo
para quien, en mitad de cualquier plaza,
siente el ojo de alguien espiándolo,
para quien se siente desnudo en medio de la sala
y se viste con los rincones retirados.
Con calles hechas con pedazos de calle,
agregándose mal, por estar mal pegados,
con calles hechas sólo con esquinas
y por donde el caminar se enhebra cuadrado,
tienen cobijos e intimidades de cuerpo
en sus escondrijos de desván y esquinados.

*

Con calles que se ajustan al pasillo de casa,
donde un balcón toca al del otro lado,
con calles callejeándose más, en callejones sin salida,
o ensanchándose en plazas, pero de poco ancho,
los barrios más antiguos de Sevilla
crean el gusto por el regazo urbanizado.
Procuran la protección que a un cuerpo
le da estar en otro, metido en él o anidado,
para quien tuerce por la avenida ya empezada
y enfila, enfundándose, un atajo,
para quien quiere, estando fuera de casa,
los adentros y resguardos de su cuarto.