18.3.07

El ángel pornográfico

Hay un escritor brasileño que es otro artista de la repetición, como Thomas Bernhard: Nelson Rodrigues (1912-1980). Que yo sepa, no está traducido en España. Andújar, que se ha entusiasmado con él, me ha traído de Brasil su biografía O anjo pornográfico, escrita por Ruy Castro, dos antologías con más de cien historias de A vida como ela é... y un estuche con la adaptación televisiva que de esta última realizó Daniel Filho para la cadena Globo, que incluye en los extras una deliciosa entrevista a Nelson Rodrigues hecha por Otto Lara Resende. Uno se sumerge en todo este material y sale con un nuevo ídolo literario.

Lo curioso es que hace seis años, en una librería de Río de Janeiro, tuve un ejemplar de El ángel pornográfico en mis manos. Lo hojeé y me interesó... y sólo me disuadió de comprarlo el recuerdo de mi maleta, ya cargada de libros y discos en la habitación de hotel a esas alturas del viaje. Al recibirlo ahora de Andújar, sin yo habérselo pedido, y sin que hubiésemos hablado nunca de él, he vuelto a pensar que algunas lecturas, precisamente las decisivas, están regidas por una gozosa fatalidad. Y ésta me ha llegado en el momento justo: hace seis años quizá era demasiado pronto. Es ahora cuando me interesa la literatura obsesiva, repetitiva, neurótica... aunque no toda, sino sólo la que no resulta pesada, la que es ligera. Ligereza en la repetición: he ahí la clave de este arte, en el que Nelson Rodrigues es maestro. El propio autor lo exhibió en un momento de autoconciencia: "Soy un columnista que se repite con un límpido impudor. No tengo el menor escrúpulo en usar doscientas, trescientas veces la misma metáfora". No sólo en los recursos estilísticos y en sus latiguillos, que se vuelven familiares y entrañables; también en sus temas se repetía. O, mejor dicho, en su tema, único y absorbente en toda su obra: el adulterio, la infidelidad. Alguien dijo con acierto que Nelson Rodrigues era una "flor de obsesión".

Para hacernos una idea de lo que supuso su figura, nada mejor que estas palabras del prólogo de Ruy Castro: "Durante muchos años, Nelson Rodrigues cargó con la fama de 'pervertido'. En sus años finales, con la de 'reaccionario'. Nadie fue más perseguido: la derecha, la izquierda, la censura, los críticos, los católicos (de todas las modalidades) y, muchas veces, los patios de butacas: todos, en algún momento, vieron en él al ángel del mal, un cáncer que debía ser extirpado de la sociedad brasileña. Y lo cierto es que casi lo consiguieron. Pero, a la vez que unos querían 'matarlo a palos, como a una rata preñada', había otros muchos a los que les parecía imposible poder admirar lo suficiente a Nelson Rodrigues. Ni sus peores enemigos le negaron el talento, y no eran pocos los que le consideraban un genio." Una de sus frases favoritas fue "toda unanimidad es boba", y se ajustó a ella desde el principio hasta el fin: irritando a su paso.

Su carrera comenzó a los trece años, cuando se puso a trabajar en la sección de sucesos del periódico que dirigía su padre. O quizá antes: cuando a los ocho escandalizó a la maestra con una redacción escolar que contenía su primera historia de adulterio (con muerte final de la infiel, a cuchilladas). A lo largo de su vida escribió miles de artículos periodísticos, diecisiete obras de teatro (es el creador del teatro brasileño moderno), nueve novelas (seis de ellas, folletines firmados con el pseudónimo de Suzana Flag), guiones de cine y televisión, varios libros de memorias (al último de los cuales le puso un título desafiante: El reaccionario) y las más de mil quinientas columnas-relatos de A vida como ela é... (que podría traducirse por Así es la vida, o quizá Como la vida misma). Su procedimiento era exacerbar el melodrama hasta unos extremos de delirante tremendismo, pero sin un propósito kitsch, sino catártico. Un crítico se entretuvo en enumerar los crímenes cometidos por los personajes de una de sus piezas: "homicidios con agravantes, inducción a la lascivia, tres infanticidios, adulterio, corrupción de menores, lesiones corporales graves, estupro y secuestro"... para concluir que el autor había pretendido "concentrar en tres actos todos los delitos previstos en el Código Penal". Carla Guimarães hace otra relación parecida: "sus obras, plagadas de padres que se acuestan con sus hijas, hermanos que se matan o se amputan el pene, medeas que ahogan sus bebés, hijos enamorados de sus madres, hermanas enamoradas de un mismo hombre, infidelidad, prostitución, violaciones, homosexualidad, marginalidad y muertes, muchas muertes, sean asesinatos, suicidios o accidentes...".

El propio Nelson Rodrigues calificaba su teatro de desagradable, y añadía que escribía "obras pestilentes, fétidas, capaces, por sí solas, de desatar el tifus y la malaria en el auditorio". Tuvo frecuentes problemas, primero con la censura conservadora y después con la intelectualidad de izquierdas, que tachó su obra (a lo Lukács) de desesperómetro desactivador. Pero el autor respondía a las críticas (a veces, gritándole al auditorio desde el mismo escenario): "¿Morbidez? ¿Sensacionalismo? No. Y lo explico: la ficción, para ser purificadora, necesita ser atroz. El personaje es vil, para que no lo seamos. Él ejecuta la miseria inconfesable de cada uno de nosotros. Desde el momento en que Ana Karenina, o la Bovary, es infiel, muchas esposas de la vida real dejarán de serlo. En Crimen y castigo, Raskolnikov mata a una vieja y, en el mismo instante, el odio social que fermenta en nosotros queda disminuido y aplacado. Él mató por todos. Y, en el teatro, que es más plástico, más directo, y de un impacto más puro, ese fenómeno de transferencia resulta más efectivo. Para salvar al auditorio, es necesario llenar el escenario de asesinos, de adúlteros, de locos y, en suma, de un aluvión de monstruos. Son nuestros propios monstruos, de los cuales nos liberamos provisionalmente... para volverlos a reproducir después." Lo que late por debajo de este despliegue de horrores, como señala Ruy Castro, es una honda nostalgia de la pureza. El pornógrafo es, en el fondo, un ángel. Sus frases, a veces, son deliciosamente cínicas: "El dinero lo compra todo, hasta el amor verdadero". Otras, de una profunda gravedad sentimental: "El amor es eterno; y si se acaba, es que no era amor".

En la entrevista con Otto Lara Resende (que, por cierto, está colgada en YouTube), el Nelson Rodrigues de 1977 se califica ya a sí mismo de momia, no sin satisfacción. Hace balance del siglo XX y dice que ha sido el siglo en que se ha impuesto "el cretino fundamental": ese mediocre que durante toda la Historia ha ido con la cabeza gacha, avergonzado, y que en el siglo XX se ha adueñado del escenario para exhibirse sin pudor. En esas estamos todavía en el XXI. Pero en ocasiones, volviendo la vista atrás, uno encuentra a hombres como Nelson Rodrigues.

8.3.07

Por el culo se la hinca

Yo también padezco ese tic, como muy bien saben mis resignados amigos. Pavlovianamente ya aprendieron (¡a golpes de ripio soez!) que no deben decir en mi presencia Tele 5 (porque por el culo se la hinco), ni que el copiloto de Carlos Sáinz se llamaba Luis Moya (porque me chupan la polla), ni que el presidente andaluz del abaniquito era Pepote (porque me agarran el cipote), ni que la tienda más barata es el Caprabo (porque me trincan el nabo). Es un dispositivo automático del que, en realidad, yo soy tan víctima como ellos. O mejor dicho: yo soy la auténtica víctima. Funciona como una mina que mi interlocutor pone y que, al yo pisarla, estalla: ante la palabra "cinco", yo no puedo hacer otra cosa que responder "por el culo te la hinco". Aunque, bueno, eso quizá fue al principio: cuando yo era un buen salvaje en la fase auroral del descubrimiento de mi tic. Luego me fui maleando (siempre es igual: uno nace rousseauniano y se hace hobbesiano; en la cuna somos inocentes ZPs, pero luego nos vamos volviendo airados taxistas —menos ZP, que sigue siendo siempre ZP, incluso después de perder la inocencia). O sea, que no sólo tenía el tic, sino también el impulso (sádico, masoquista) de ejercerlo. Así que con frecuencia he tratado de llevar las conversaciones al punto en que mi interlocutor tuviese que incurrir en una palabra terminada en -inco, o en -olla, o en -ote, o en -abo (o en -otas, o en -ones, etc., etc.). En ese caso era yo el que ponía la mina, el que conducía los pasos de la víctima hacia ella... y también el que estallaba. Es un juego infantil (¡infantiloide!), pero les aseguro que he llegado a un cierto grado de sofisticación. Tras el periodo clásico, siempre viene uno manierista. Justo en ese es en el que me encuentro ahora. Mi mayor placer actual es llevar a mi interlocutor a que pise en la palabra "Minesota", por ejemplo. Y entonces yo, ante su sorpresa, lo que hago estallar no es un "tócame las pelotas", sino un "tríncame el nabo". Para resaltar la barrabasada, lo que suelo hacer es repetir su palabra antes de mi estallido: "¿Minesota? ¡Tríncame el nabo!". Normalmente, llegados a ese extremo, soy yo solo ya el que se troncha: pero es que el manierismo tiene una esencia onanista. Las manieras permanecen incomunicadas: son mónadas de humor impenetrables, incompartibles. Automamadas humorísticas, por decirlo así.

Todo esto viene por las revelaciones que pudimos leer hace una semana y pico en El País acerca de Alejandro Agag: también él tenía ese tic rimador. Me permito reproducir el párrafo entero, porque me dejó encandilado (ese es el periodismo de investigación que a mí me gusta):

Durante seis años [Agag] funcionó como una extensión de Aznar. Se hicieron amigos. Una misión complicada con el adusto presidente. Alejandro sabía llevarle. 'No es difícil, porque nunca está de buen o mal humor, no tiene humor', dijo sobre su jefe. Cuando era su ayudante, jugaban juntos al pádel. Incluso se permitía hacerle bromas. Ante el pasmo de los funcionarios de Moncloa. La cuestión era que el jefe dijera cinco para que Agag saltara: 'Por el culo te la hinco'. Aznar se tronchaba.
Bien, podemos apreciar dos cosas. Una: que Agag se encuentra (o se encontraba por aquel entonces) en pleno periodo clásico del tic, aquel en que priman la coherencia ("cinco" se acopla con "hinco") y la comunicabilidad (el interlocutor también "se tronchaba"). Y dos: el tal interlocutor tenía en este caso un morbo especial, puesto que se trataba nada menos que del presidente del gobierno.

Adonde yo quiero llegar es a Freud, por supuesto. Al denostado Freud, que tan buenos momentos nos da. Un presidente del gobierno es el Padre por antonomasia. No es lo mismo hacerle pasar a él por la prueba del cinco, que a un simple amiguete. Bueno, supongo que hacerlo con un amiguete también tendrá su almendra psicoanalítica: dejo en manos de mis lectores que me tumben en el diván y hagan la autopsia de mi subconsciente (no sin sugerirles que se agarren, porque vendrían curvas). Pero ahora soy yo el que está erguido en el circunspecto sillón, con Agag a mi merced, completa e irremisiblemente divanizado. El hecho es que este hombre con sonrisa de Peter Sellers le decía al presidente del gobierno que por el culo se la hincaba. Este hombre le decía al Padre que por el culo se la hincaba. El se reía, Aznar también se reía: el ambiente parecía jocoso, pero hay un insoslayable componente de tragedia griega en todo esto. Componente que fue advertido por los testigos ajenos al juego. Recordemos la acotación: "Ante el pasmo de los funcionarios de Moncloa". Esos funcionarios, desindividualizados en su funcionariedad y atónitos ante el ejercicio de la hybris, ¿no constituyen un genuino coro griego? Un coro espantado por el espectáculo de un Edipo invertido, en la línea de mi poemita "Edipo gay", que decía así en sus dos únicos y esplendorosos versos: "Mata a la madre y / se folla al padre".

En fin, todo son hipótesis, naturalmente... pero los hechos que siguieron casi no dejan lugar a dudas. Agag se casó con la hija de Aznar, que era la persona casadera más parecida a Aznar que encontró (y con la ventaja añadida de que no gastaba bigote, con lo que la evocación de Charles Chaplin quedaba muy rebajada: ¡aunque quizá no la de Geraldine Chaplin!). Podría entenderse que la boda de Agag con Anita no fue más que un modo de llevar demasiado lejos el tic, pero el tomate psicoanalítico no se desvanece por ello. En cuanto a Aznar... creo que todo esto explicaría su afán por que el casamiento se celebrase en El Escorial. En efecto: ¿por qué un gobernante iba a querer montar una boda imperial si él no era el gran protagonista? La respuesta es obvia: lo era, o se sentía así. Aquel otro movimiento que hizo en aquella época, el de visitar el Monasterio de Yuste donde se retiró Carlos V, apunta en la misma dirección. Si Aznar estaba en plan Carlos V, ¿por qué no iba a estar en plan Felipe II? Se celebró, pues, la boda. Y gracias a la Historia, que siguió avanzando, sabemos ya también que aquella pomposa celebración fue el principio de la decadencia política de Aznar. A partir de entonces, los hados empezaron a serle adversos. Aquella boda fue, por lo tanto, una Muerte simbólica. ¿Agag también estaba matando al Padre? En ese caso, el "hincamiento" (¡simbólico!) hubiese sido también un "empalamiento" (¡simbólico!). Pero lo más sustancioso es cuando volvemos a mirar la foto y nos fijamos en Aznar, transido. No es sólo emoción por la hija, ni tan siquiera emoción imperial: es que se encontraba en plena muerte (¡de amor!) de Isolda.

[Publicado en Nickjournal]