22.1.07

La auténticas punkies

Esta mañana he salido a esperar el anunciado desplome de la temperatura y los coletazos últimos del huracán por Europa. Quería recibir el frío a porta gayola, con el capote de mi bufanda; pero, una vez más, el toro ha salido afeitado. En vistas de que seguíamos en primavera, he dado la fiesta del invierno por concluida (¡ahora esperamos el invierno como Cavafis a los bárbaros!) y me he metido en la librería del Corte Inglés a hojear las (estas sí que heladas) novedades. Y entonces, morrocotuda sorpresa, me he encontrado con un párrafo mío. Lo reproduce la apollineriana pelirroja Silvia Grijalba en su Dios salve a la Movida, exactamente en la página 60. Ella se lo atribuye a Arcadi Espada, porque fue publicado en su blog... pero una periodista de vanguardia debería saber que una cosa es la cubierta del capitán y otra las hondonadas donde reman (o remaban) los galeotes. Este es el párrafo en cuestión:

Pero tanto Ana Rosa como María Teresa odian a su público: saben que ellas se parecen demasiado a él. El único que supo amar a las marujas fue Almodóvar, en Qué he hecho yo para merecer esto. Algún día se reconocerá el gran mérito estético y moral que tuvo Almodóvar al detectar, en plena Movida, que las marujas eran las auténticas punkies.

Es una idea, o una indicación, que mis fans conocen bien, porque la he repetido más veces. Las líneas que cita Grijalba corresponden al post [302] Escrito por: Atleta Sexual - 14 Septiembre 2005 12:16 PM. Añado, para redondear, otras del [361] Escrito por: Atleta Sexual - 1 Febrero 2006 12:19 AM.:

Por poner un ejemplo de su genialidad (y esto ya lo mencioné en este blog hace meses): Almodóvar supo ver, en plena Movida, que las auténticas punkies eran las amas de casa, con sus pastillas, sus chupitos y sus "no futures"... Cualquiera que se haya puesto a currar en esto de la creación sabe que ese tipo de descubrimientos (y su elaboración correspondiente) tiene mucho, pero muchísimo, mérito.

Aquí queda, para que conste. (Y Silvia, amor: exígele a tu documentalista que afine un poquito más en las referencias.)

19.1.07

Top-less con melodrama

Llegó la hora de hablar del gran tema de estas dos semanas: ¡la gallega de Cancún! Es curioso y sumamente morboso el modo en que Interviú (nunca dejaré de envidiar el apellido de su director: Cerdán, toda una declaración de principios) nos ha ido ofreciendo las fotos. En la primera entrega, tuvimos a una gallega artificiosa y pasada a tope por el photoshop: era como el elefantito de silicona, pero con tetas (no de silicona). En esta segunda, ya hay detalles naturalistas: ciertas irregularidades en el color de la piel, alguna insidiosa verruguita... Pero lo que en ambos lotes predomina es el melodrama del rostro. Ese rostro compungido no es un poema, sino justamente eso: un melodrama. Uno puede asomarse a una película de Berlanga por él (se trata, sí, de un melodrama castizo). Las estrecheces económicas de la peluquera y el marido (¡con lo imposibles que están las hipotecas!). La inesperada oferta de Interviú, que cae como una genuina "proposición indecente". Los debates de mesacamilla dentro del lecho conyugal. Las (sospechamos) poco convincentes reticencias iniciales del marido y el (sospechamos igualmente) secreto alivio cuando comprueba que su esposa está dispuesta a inmolarse tal Juana de Arco del top-less en la hoguera de la mirada pública... Y luego los incómodos flecos prácticos: la sesión fotográfica (¡el maquillaje, los focos, el fotógrafo de la melenita!), el cheque, la frialdad del cheque, la llegada a los kioskos de la revista y el eterno crepitar de las llamas durante la semana entera... Si no recuerdo mal, se fueron a Cancún a pasar la luna de miel. Pero me da a mí que estas fotos son ya el comienzo del divorcio. Lo malo es que ni siquiera habrá película: ¡se lo comerá todo la televisión!

[Publicado en Nickjournal]

16.1.07

El año de Radio 3

No se me ocurre mejor justificación del Estado que la existencia de Radio 3. Podría aducirse también la Sanidad, y la verdad es que yo me enternezco cada vez que visito un hospital público y veo a los enfermos allí acumulados bajo el cuidado estatal; cutre y deficiente con frecuencia, pero también cálido. Veo las sabanitas o esas bandejitas de plástico con el soso menú y me emociono. Siempre trato de visualizar ese gasto a la hora de pagar mis impuestos. Porque si lo que visualizo son los coches oficiales o los dispendios de autopromoción política, me deprimo. Con la Educación tengo un problema. Soy partidario (¡republicanamente!) de la Instrucción Pública. Pero el rebanamiento cerebral que ha provocado la Logse me hace pensar que podríamos suprimir esa partida presupuestaria. A cambio, naturalmente, habría que incrementar la de la Policía: el vaciamiento de las aulas causaría hoy mayores desórdenes callejeros que el vaciamiento de las cárceles. No es justo que los inermes profesores deban seguir ocupándose de esas hordas de delincuentes que son nuestros alumnos: auténticos lobos hobbesianos nacidos de pedagogos con el cerebro rebosante de mermelada Rousseau. Esos que aún no han aprendido que el buen salvaje no nace: se hace. Si se le deja hacer, se convierte en caníbal.

Pero volvamos a Radio 3. Conforme más lo pienso, más milagrosa me parece su existencia. ¿Cómo es posible que exista, en España, y pagada por el Estado, una maravilla así? ¿Cómo se ha colado una maravilla así? Cada mañana la sintonizo con el temor de que voy a encontrar un chisporroteo de nieve. Pero no: el milagro se renueva. Me siento como esos antiguos que temían que cualquier día dejase de salir el sol. Radio 3 lleva ya un montón de años, ¿pero cuántos más durará? Si algo me ha enseñado la vida es que hay que disfrutar del momento, porque cualquier rinconcito agradable, cualquier retícula por la que circule un poco de aire fresco, acaba siendo cerrada inevitablemente. En esto, como en tantas otras cosas, soy muy de Cioran, quien decía: "La vida es un infierno, cada instante del cual es un milagro". Y, por ahora, el milagro diario de Radio 3 se sucede.

Yo la escuché mucho en los ochenta, pero desde entonces no había vuelto a enchufarme a ella con la fruición con que lo he hecho en este recién acabado 2006. Me he pasado el año haciendo vida de gabinete, en que mis únicos esparcimientos (aparte de los eróticos) han sido los paseos por la playa y la música. La música también en la playa, por los cascos, rivalizando con el mar; y, por supuesto, en mi gabinete, a manera de mar sonoro. Creo recordar que Trías, en una de esas clasificaciones de las Artes que hace en sus libros, colocaba a la Arquitectura y a la Música como las dos artes esenciales, creadoras de habitabilidad. La Arquitectura, de habitabilidad del espacio; la Música, de habitabilidad del tiempo. Cuando uno pone música en la habitación, se le abre un desván de materia sutil. Aparece una ola invisible: literalmente, un mar de sensaciones (esta expresión le encantará a Antonio Gala, mas no por ello voy a reprimírmela). Los que estamos en este esforzado y áspero oficio de la escritura, no cesamos de envidiar a los músicos: nuestro público ha de hacer una pausa en la vida para atendernos; el de los músicos puede atenderlos en el curso de la propia vida -caminando, mientras conducen o follan, cuando se adormilan... incluso cuando leen. Sin literatura la vida sería posible. Sin música no. Y, si lo fuera, resultaría nefasta: un error, como señalaba Nietzsche.

Lo que uno descubre escuchando Radio 3 es la riquísima variedad de belleza y de talento que burbujea por el mundo. Hay miles (¡millones!) de personas haciendo las cosas bien. Toda esta riqueza apenas llega a las masas, que por esto son pobres. La maquinaria de los grandes medios de difusión emite sin cesar un grumo estólido que es el que configura la atmósfera estética que nos cubre (¡pegajosamente!). En realidad, esta atmósfera estética es ya un cielo sin capa de ozono, perpetuamente achicharrante. El paisaje general está perdido: sólo caben refugios. En este sentido, Radio 3 es un inagotable surtidor de sombrillas. Lo llamativo es que todos esos músicos actuales están metidos hasta las cachas en nuestro tiempo: su sensibilidad está conformada por la pluralidad de incitaciones que ofrece el mundo capitalista. Son sus mejores intérpretes, los que mejor saben gozarlo y surfearlo (y también sufrirlo de un modo fértil). Y a la vez ese mundo capitalista les cierra el Mercado, quiere ahogarlos y exterminarlos... pero al final, sorprendentemente, es el Estado el que nos permite enterarnos de la existencia de esos músicos y disfrutar de sus obras. Es una paradoja sólo aparente: el Mercado es también totalitario. El enemigo no es, pues, el Mercado en concreto ni el Estado en concreto, sino la perversa inercia que ambos tienen de configurar masas incapacitadas para una percepción estética singular. Por muy optimistas que nos pongamos, no podemos dejar de considerar que Radio 3 es una estricta excepción que nada contracorriente.

Pero las cosas también están estupendamente así -siempre y cuando uno haya caído del lado de los happy few. No se trata de elitismo, ni mucho menos: basta echarles un vistazo a nuestras, así llamadas, élites para comprobar en qué grado de embrutecimiento sensitivo y mental viven. Se trata más bien de una invitación a la aristocracia puesta al alcance de todos -de todos los que quieran merecerla. Hablo, como siempre, de aristocracia espiritual. La del oyente de clase media-baja, o de clase baja, que puede poner la radio y recibir la música de Paul Mounsey, por ejemplo, mientras los más afamados banqueros del país bailan estólidas sevillanas. Tiene su morbo, de hecho, que el paisaje sonoro sean las sevillanas y que uno pueda abrirse una catacumba en que suene Paul Mounsey. Es una variedad estética de la emboscadura de Jünger. Por eso poner Radio 3 me produce siempre regocijo.

[Publicado en Kiliedro]