18.11.07

Amor de chapapote

Somos hijos del desastre. Somos hijos, en verdad, de todo, incluido el desastre. Las operaciones puritanas por liquidar el pasado, o endulzarlo, o por cuartear lo que nos ha conducido hasta aquí, tienen un fondo enfermo. O, como mínimo, de autoilusión. Pudo apreciarse esta semana en un caso particular. Se cumplían los cinco años del chapapote y en la Ser entrevistaron a una pareja que se conoció allí. Él era de Muxía, uno de los pueblecitos manchados por el alquitrán, y ella una voluntaria de Barcelona. Se enamoraron, se casaron y tuvieron una hija. Ambos son prototipos de ecologistas buenazos. La locutora le pidió a él que contara qué le había enamorado de ella: "Es muy buena, muy ecologista". Ella, hablando del cambio climático, se echó a llorar: ciertamente, le duele el Planeta como a Unamuno le dolía España (y está loquita por Gore). Uno se imagina al Amor, como figura alegórica, emergiendo del alquitrán y adhiriéndose a sus monos ennegrecidos en aquellas jornadas: el chapapote fue el flujo en que se encontraron sus flujos. La Catástrofe Ecológica les colocó el colchón, y ellos se revolcaron en él (aquellas noches habría olor a petróleo entre los sudores y los jadeos: follarían con la habitación perfumada de aquello contra lo que estaban luchando). Ella se quedó a vivir allí. Hace dos años y medio nació Lucía y la quieren como a nada en el mundo. Una hija que no existiría de no haber existido el chapapote, como tampoco hubiera existido ese amor. La vida que llevan hoy los dos, los tres, se la deben al chapapote. La locutora les preguntó si no eran conscientes de ello; pero no entendieron la dimensión (¡atroz!) de la pregunta. La mujer se fue de nuevo por los cerros pánfilos de Rousseau: "Claro, eso demuestra que, en esta sociedad individualista, cuando das, recibes más de lo que das. Yo fui a dar mi tiempo para luchar contra el chapapote, y a cambio recibí más: mi amor, mi hija". La pregunta tendría que haber sido formulada así, a ver si se enteraban: "¿Preferirían ustedes, hoy, que no se hubiera producido el chapapote, con lo que no se hubiesen enamorado, ni hubiese nacido su hija?" Esa era la pregunta. Demasiado para un ecologista: con sólo atisbarla, probablemente hubiesen estallado en directo.

8.11.07

El rinoceronte

El joven Wittgenstein llega a Cambridge arrollando. En las discusiones Bertrand Russell se desespera, porque no consigue que su discípulo reconozca que "no hay un rinoceronte en la habitación". Así se lo repite por carta a su amante Ottoline (al principio Russell piensa que Wittgenstein es alemán):

Mi ingeniero alemán es muy discutidor y agotador. No admitiría que es cierto que no hay un rinoceronte en la habitación... Volvió y no dejó de discutir mientras me estaba vistiendo. // Mi ingeniero alemán, creo, es un necio. Cree que nada empírico es cognoscible..., le pedí que admitiera que no había ningún rinoceronte en la habitación, pero no lo hizo.

Y añade el biógrafo Monk:

En una época posterior de su vida, Russell insistió mucho en estas discusiones, y afirmó que había mirado debajo de las mesas y de las sillas del aula en un esfuerzo por convencer a Wittgenstein de que no había presente ningún rinoceronte.

Leo todo esto tronchándome de risa. Hasta que descubro que sí que había un rinoceronte en la habitación: Wittgenstein.

24.10.07

El canon de Montano

Me he animado a rellenar yo también el cuestionario que el 4 de octubre le pasó Arcadi Espada a Martín de Riquer en el suplemento cultural de El Mundo para que estableciera (o esbozara) su canon literario. He decidido (por nada, sólo por aligerarme de compromisos) cancelar mi colaboración con Kiliedro, y ésta me parece una buena forma de despedida. Sólo he cambiado de orden las dos últimas preguntas, para concluir con la memorable frase de Cervantes.

1. Mejor libro de caballerías. Los únicos que he leído (exceptuando el Quijote) son los libros de caballerías de Fernando Savater: El juego de los caballos y A caballo entre milenios. Los he disfrutado muchísimo, a pesar de que no me gusta la hípica. Me parecen particularmente deliciosas las crónicas del Derby de Epsom.

2. Mejor poema de amor. Diré cinco: "La unión libre" de André Breton (que incluye el verso "Mi mujer de sexo de algas y de bombones antiguos"); "Pilares" de Octavio Paz (que incluye "Yo me pierdo en tus ojos/ y al perderme te miro/ en mis ojos perdida" y "con los ojos cerrados,/ con mi tacto y mi lengua,/ deletreo en tu cuerpo/ la escritura del mundo"); el soneto XII del Cancionero de Petrarca (el que empieza "Si del tormento áspero mi vida"); el "Poema leído en la boda de André Salmon" de Apollinaire (que incluye el adorable "el Amor hoy quiere que mi amigo André Salmon se case"); y "A una transeúnte" de Baudelaire ("Fugitiva belleza / cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer").

3. Mejor poema épico. En la tradición escrita: las crónicas ciclísticas de Carlos Arribas en El País. En la tradición oral: las retransmisiones radiofónicas de Javier Ares. Un ejemplo de estas últimas: "¡Ataca Pantani! ¡El Elefantito! ¡El Divino Caaalvo!".

4. El mejor verso. Van diez: "cesó todo y dejéme" (San Juan de la Cruz); "entre las azucenas olvidado" (ídem); "Só mornos ao sol quente" [sólo tibios al sol caliente] (Ricardo Reis); "que el viento mueve, esparce y desordena" (Garcilaso de la Vega); "en nuestros labios, de chupar cansados" (Francisco de Aldana); "El mar, y nada más" (Luis Cernuda); "I have measured out my life with coffee spoons" [He medido mi vida con cucharillas de café] (T. S. Eliot); "en la mutilación de la metralla" (Ramón López Velarde); "Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos" (Pere Gimferrer); "No basta ser cruel. Eres el último" (Jorge Luis Borges).

5. La mejor traducción. Las que hizo Andrés Sánchez Pascual de Nietzsche y de Jünger, y las que hizo Miguel Sáenz de Thomas Bernhard. Ya dije alguna vez que me parecen obras maestras del español.

6. Mejor cuento infantil. Sin duda, Pinocho. Me impresionó especialmente una versión televisiva que emitieron a mediados de los setenta. Era muy descarnada, casi traumática, hecha con actores de carne y hueso (a Pinocho lo interpretaba un niño peloncete llamado Andrea: me inquietó que un niño tuviese nombre de niña). Hace poco reviví el cuento gracias a las reflexiones que le dedica Paul Auster en La invención de la soledad.

7. La mejor novela policíaca. Las de mis dos detectives favoritos: Sherlock Holmes y Hércules Poirot. Más otra de Agatha Christie sin Poirot: Diez negritos.

8. La mejor biografía. Don Ramón María del Valle-Inclán de Gómez de la Serna, Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía de Safranski, Gustave Flaubert de Herbert Lottman, Noel Rosa: uma biografia de João Máximo y Carlos Didier, y O anjo pornográfico: a vida de Nelson Rodrigues de Ruy Castro.

9. La mejor novela de aventuras. La línea de sombra de Joseph Conrad, que cuenta la aventura del paso de la primera juventud a la (primera) madurez. El eje es la lucha contra un enemigo insondable e insidioso: la calma chicha en alta mar. Y otra de Conrad: El espejo del mar (en la traducción de Javier Marías), que habla de la aventura del mar a pelo, sin novela.

10. Las mejores memorias. Las de Nietzsche: Ecce homo. Un libro injustamente calificado de ególatra, cuando es un puro chisporroteo humorístico. Nietzsche se nos muestra más entrañable que nunca, y su autoironía es total. Incluye además unas sublimes páginas sobre la inspiración y el símbolo, a propósito de Así habló Zaratustra. En esa línea juguetonamente petulante siempre he adorado "La confesión desdeñosa" de André Breton (incluida en Los pasos perdidos). Otras memorias excelentes, y cuya escritura constituye un ejemplo de castellano diáfano, son las de Luis Cernuda: Historial de un libro. Y, por supuesto, la pentalogía autobiográfica de Thomas Bernhard. ¡Y el Mira por dónde de Savater!

11. El mejor himno. El "Himno a la Luna" de Leopoldo Lugones (incluido en Lunario sentimental). Si hubiera que escoger el de algún país, el brasileño, que dice la palabra "retumbante": "Ouviram do Ipiranga às margens plácidas/ de um povo heróico o brado retumbante". Ivan Lins tiene una versión del himno. Aunque él mismo compuso un himno mucho mejor, la canción "Meu país": "Aqui é o meu país/ nos seios da minha amada". ("Seios" significa, patrióticamente, "senos").

12. La mejor crónica o reportaje. La Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, en cuyo prólogo hace la siguiente declaración: "y a esta causa, digo y afirmo que lo que en este libro se contiene es muy verdadero, que como testigo de vista me hallé en todas las batallas y reencuentros de guerra; y no son cuentos viejos, ni Historias de Romanos de más de setecientos años, porque a manera de decir, ayer pasó lo que verán en mi historia, y cómo y cuándo, y de qué manera". Destaco también el informe que escribió Vargas Llosa sobre la matanza de Uchuraccay, en los Andes (que leí en uno de los tomos de Contra viento y marea). Y la historia de la bossa nova escrita por Ruy Castro, Chega de saudade. História e histórias da Bossa Nova: un magnífico reportaje de cuatrocientas páginas.

13. La mejor obra sobre Barcelona. Sin duda, los poemas de Jaime Gil de Biedma. En especial "Barcelona ja no és bona", con sus irresistibles pasajes: "Oh mundo de mi infancia, cuya mitología/ se asocia -bien lo veo-/ con el capitalismo de empresa familiar!". Y si tuviese que decir la mejor sobre Málaga: El otro reino de la muerte, titulado en otra edición Málaga en llamas, de Gamel Woolsey (que era muchísimo mejor escritora que su marido Gerald Brenan).

14. El libro más útil. Apariencia desnuda de Octavio Paz y Duchamp. El amor y la muerte, incluso de Juan Antonio Ramírez: ambos son utilísimos para aproximarse a la comprensión de una de las cosas fundamentales de esta vida, como es el Gran Vidrio de Marcel Duchamp.

15. La mejor novela psicológica. Por el camino de Swann, de Marcel Proust, que es el único tomo que he leído (¡por ahora!) de En busca del tiempo perdido: por las evocaciones de su infancia, las reflexiones sobre la magdalenesca memoria y el estudio, más que sobre los celos, sobre el amor no correspondido; con aquella inolvidable conclusión: "¡Y pensar que he malgastado los mejores años de mi vida por una mujer que no era mi tipo!". Aunque mi mayor descubrimiento literario relacionado con la psicología no me lo dio una novela, sino el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa: en él encontré que podía escribirse sobre la intimidad de un modo que yo jamás había sospechado.

16. La mejor fantasía. Las de Borges, en Ficciones y El Aleph. Y los cuatro primeros libros (hasta Relatos de poder inclusive: ni uno más) de Carlos Castaneda.

17. El mejor drama. Escogeré dos guiones de cine, y sus películas: Breve encuentro de David Lean y El apartamento de Billy Wilder. Las dos están relacionadas: cuando Wilder vio Breve encuentro, se fijó en el personaje que le presta el apartamento a la pareja de amantes. ¿Qué hará él mientras tanto?, pensó. Y ese fue el origen de su futura película. En Breve encuentro, por cierto, hay una frase memorable, cuando el protagonista le dice a la protagonista, para animarla a que acepte su invitación: "Vamos, la mediana edad sólo se vive una vez". (El drama, o la tragedia, es la disyuntiva entre el Orden y la Aventura.)

18. El mejor libro científico. La evolución del deseo de David M. Buss, que es como una operación de cataratas románticas para el corazón. También experimenté un gran placer científico con el desenmarañamiento que hace Dámaso Alonso del Polifemo de Góngora. Añado un ensayito de ciencia psicoanalítica: "Duelo y melancolía" de Freud (incluido en El malestar en la cultura).

19. El mejor tratado político. La Historia de Roma de Indro Montanelli: ahí está todo, pasado, presente y porvenir. Y también Jünger: Radiaciones (sólo los tomos de la Segunda Guerra Mundial) y La emboscadura.

20. La mejor obra cómica. Leyendo me he sonreído muchas veces, pero apenas me han salido carcajadas. Éstas se han producido, por ejemplo, con Pantaleón y las visitadoras de Vargas Llosa, La vida exagerada de Martín Romaña de Bryce Echenique y casi todos los libros de Thomas Bernhard (en especial Tala, El imitador de voces y los pasajes contra Stifter y Heidegger de Maestros antiguos).

21. La mejor frase de Cervantes. Esta del admirable prólogo del Quijote, tan justamente repetida: "procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención; dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos". (Vale.)

[Publicado en Kiliedro]

19.10.07

La mejor novela de Tabucchi

El año de la muerte de Ricardo Reis es la mejor novela de Tabucchi... sólo que, para desgracia de Tabucchi, no la escribió Tabucchi, sino Saramago. Es por eso por lo que Tabucchi odia encarnizadamente a Saramago: por haberle escrito su mejor novela (ausente, pues, de la bibliografía de Tabucchi). Pero Tabucchi no debería deprimirse: al fin y al cabo, vistos los paquetes que ha solido escribir Saramago, el que El año de la muerte de Ricardo Reis sea tan buena se debe precisamente a que no es de Saramago, sino de Tabucchi (por más que la haya escrito Saramago).

9.10.07

El empujoncito

Acaba de empezar el curso y mis amigos profesores ya están que trinan. Al parecer, este año los alumnos vienen peor que nunca. Se suceden las anécdotas. El alumno de último curso de bachillerato que lee torpemente en voz alta, silabeando (y, por supuesto, sin enterarse de lo que lee). Una clase en la que ningún alumno sabe ordenar cronológicamente estas épocas: "Renacimiento, Antigüedad, Edad Media, Ilustración". La profesora que ve a un alumno con una camiseta del Ché Guevara, le pregunta de quién es esa imagen, el alumno se la mira sin mucha atención y dice: "¿Yo qué sé? ¡Un moro!". El profesor que emplea la primera clase en hablar de las optativas del curso siguiente. Una alumna le pregunta: "¿Qué es la Sociología?". El profesor empieza a responder: "La Sociología es la ciencia que estudia...". En ese punto le interrumpe la alumna: "Ah, ¿que hay que estudiar? ¡Entonces pido Educación Física!". Pero la mejor es una de los exámenes de septiembre. Un alumno de último curso que, según el profesor, es un auténtico ceporro que no da ni golpe, vuelve a suspender. Cuando ve su nota, corre a lloriquearle al profesor. Entre sus argumentos destaca este: "Anda, profe, dame un empujoncito. Si ya estoy a punto de acabar. Dame un empujoncito, anda, como han hecho los otros".

Ahí lo tenemos: el empujoncito. Nuestro sistema educativo se ha convertido en eso: una cadena de empujoncitos, por medio del cual se va aupando a los alumnos de curso en curso hasta el final. Sin que hayan necesitado hacer ningún esfuerzo. Nuestro sistema educativo es una escalera mecánica por medio de la cual el alumno puede entrar en primaria y salir en secundaria sin haberse tomado el trabajo de subir por sí mismo ni un solo escalón. La metáfora también vale para los alumnos que quisieran subirlos: no pueden, porque la escalera está atestada por los que se han apalancado en ella, constituyendo una barrera que obliga a todos a ir al cansino ritmo automático.

Escucho a mis amigos profesores como si fuesen videntes que tienen ya un pie en el futuro. Porque, de hecho, es así: ellos ya están viendo en los institutos cómo va a ser la sociedad de aquí a diez o quince años. Sus alumnos son la avanzadilla: es el inicio de la ola que luego romperá en la sociedad. Aunque, en realidad, ya ha roto. La catastrófica Logse ya lleva expelidas unas cuantas promociones. En todos los sectores puede atisbarse el bajonazo del nivel. Ya hasta hay alumnos logse que son profesores logse: los profesores más ceporros que se han visto jamás en España. Hace quince años se distinguían claramente los profesores de instituto de los de universidad: los de institutos eran, de lejos, muchísimo mejores. Hoy esa distancia ya no existe. La igualación se ha producido a la baja.

La última pieza que le han añadido a la escalera mecánica es la de que se puede pasar de curso con cuatro suspensos. El político sólo conseguirá con ello camuflar las estadísticas. Literalmente, esa medida abarata aún más los títulos. Se trata de una política inflacionaria en lo que a educación se refiere: los títulos van perdiendo respaldo, son puro papel. Lo salvaje es que, tras la escalera mecánica, se encuentra la pared vertical, a pelo, de la vida laboral (y de la realidad a secas). Entonces el alumno que ni siquiera ha sido enseñado a subir escalones, es obligado a escalar. Nunca se ha dado un contraste tan sangrante entre el paternalismo consentidor del sistema educativo y el carácter navajero e implacablemente darwinista del sistema laboral en el que desemboca. Al final de la cadena de empujoncitos lo que le espera al alumno, en cuanto asoma por el agujero, es a un cretino con el bate de béisbol reventándole la cara. (Obviamente, estoy hablando sólo de los pobres: los ricos tienen otro paisaje, empezando por los hijos de los que aniquilaron nuestro bachillerato.)

[Publicado en Nickjournal]

27.9.07

John Donne en Brasil

En el disco Cinema transcendental de Caetano Veloso, de 1979, hay una joyita cultureta: unos versos de John Donne traducidos (adaptados más bien) por Augusto de Campos y musicados por Péricles Cavalcanti. No sé si en Inglaterra se ha hecho algo parecido. En Brasil ya vemos que sí: sofisticaciones del extrarradio. La canción se titula "Elegia" y contiene un fragmento de la elegía XIX de John Donne: "To His Mistress Going to Bed". Aquí está entera, en su versión original y en la traducción al portugués de Augusto de Campos. Yo copio y traduzco la letra de la canción, tal como viene en el disco:

Deixa que minha mão errante adentre
Atrás, na frente, em cima, embaixo, entre
Minha América, minha terra à vista
Reino de paz, se um homem só a conquista
Minha mina preciosa, meu império
Feliz de quem penetre o teu mistério
Liberto-me ficando teu escravo
Onde cai minha mão meu selo gravo
Nudez total: todo prazer provém do corpo
(Como a alma sem corpo) sem vestes.
Como encadernação vistosa,
Feita para iletrados, a mulher se enfeita
Mas ela é um livro místico e somente
A alguns a que tal graça se consente
É dado lê-la.
Eu sou um que sabe.


[Deja que mi mano errante se adentre
por detrás, por delante, por encima, por debajo, entre
mi América, mi tierra a la vista
reino de paz, si sólo un hombre la conquista
mi mina preciosa, mi imperio
feliz el que penetre en tu misterio
me libero siendo tu esclavo
donde cae mi mano, mi sello grabo
desnudez total: todo placer proviene del cuerpo
(como alma sin cuerpo) desvestido.
Como encuadernación vistosa,
hecha para iletrados, la mujer se adorna
pero ella es un libro místico y solamente
a algunos a los que tal gracia se consiente
les es dado leerla.
Yo soy de los que saben.]
* * *
(24.9.2009) Me manda Ernesto Hernández-Busto esta traducción de Octavio Paz:
Deja correr mis manos vagabundas
Atrás, arriba, enfrente, abajo y entre,
Mi América encontrada: Terranova,
Reino sólo por mí poblado,
Mi venero precioso, mi dominio.
Goces, descubrimientos,
Mi libertad alcanzo entre tus lazos:
Lo que toco mis manos lo han sellado.
La plena desnudez es goce entero:
Para gozar la gloria las almas desencarnan,
Los cuerpos se desvisten.
Las joyas que te cubren
Son como las pelotas de Atalanta:
Brillan, roban la vista de los tontos.
La mujer es secreta:
Apariencia pintada,
Como libro de estampas para indoctos
Que esconde un texto místico, tan sólo
Revelado a los ojos que traspasan
Adornos y atavíos.
Quiero saber quién eres tú: descúbrete,
Sé natural como en el parto,
Más allá de la pena y la inocencia
Deja caer esa camisa blanca,
Mírame, ven, ¿qué mejor manta
Para tu desnudez, que yo, desnudo?
(20.1.2017) Por Péricles Cavalcanti:

22.9.07

El cantante de las multitudes

La primera vez que vi el nombre de Orlando Silva fue en Verdade tropical, el libro de Caetano Veloso. Allí supe que fue el primer cantante moderno de Brasil y que João Gilberto lo consideraba "el mayor de todos los tiempos". Ahora me he leído la biografía de Jorge Aguiar: Nada além. A vida de Orlando Silva; lectura que he acompañado con la audición de sus grabaciones de los años treinta, que tenía en un disco de la colección Revivendo, con su aroma a gramófono. El efecto ha sido emocionante. Ya lo hice hace años con la monumental biografía de Noel Rosa, de quien también tengo varios discos de esa colección. Uno lee las circunstancias que rodean una grabación del año 1935, y todas las cosas que le están pasando al personaje en esos momentos, y después pone la canción: de pronto aparece la época en el cuarto, con su trastorno fantasmal, ordenado en música. Son especialmente brillantes los primeros capítulos del libro: aquellos que describen la pobreza y la marginación del mulato de la Zona Norte de Río de Janeiro. Esa pobreza que empapa y que resta ser al que la lleva: una pobreza que ensucia y corroe la intimidad, y que provoca irreversibles daños metafísicos. Hace poco, leyendo A hora da estrela de Clarice Lispector, ya la encontré en su protagonista, la inerme Macabéa, para quien la existencia es "como beberse un café frío". Por cierto, quiso la casualidad que ese mismo día cayese en mis manos la entrevista de Diego Manrique a Manu Chao, ese "amigo de los pobres" que, comparado con Macabéa, y comparado con la comprensión que de Macabéa y de la pobreza tiene Clarice Lispector, me pareció un insufrible pijo. Tomé notas para un artículo que luego dejé pasar. Iba a titularse "Clases privilegiadas" y mi intención era hablar de la pobreza en términos de ser. Cómo todas las prédicas marxistas dejan intacta esa cuestión, y cómo todos los líderes, aunque digan defender al pobre, pertenecen (¡metafísicamente!) a las "clases privilegiadas".

A Orlando Silva le esperaba un destino como el de Macabéa... de no haber llegado a poseer un don: su voz. En la biografía se describe vívidamente su primera prueba en la radio, cómo se interesó por él el compositor Bororó, quien a su vez lo llevó a la máxima estrella de entonces, el cantante Francisco Alves. Éste se quedó fascinado desde el primer momento con Orlando y se encariñó paternalmente con él. Resulta conmovedor el relato de su generosidad, que queda resumido en este párrafo:

Todos los sueños de realización artística de aquel aspirante a cantante habrían sucumbido de no haber sido por la generosidad de aquel hombre. La dedicación desinteresada de Francisco Alves, que se entregó a la formación profesional del joven Orlando Silva, constituye uno de los más hermosos capítulos de la historia de la música popular brasileña.

Generosidad que nunca se volvió mezquina, ni siquiera cuando el discípulo superó en popularidad al maestro. El éxito de Orlando Silva resultó espectacular. Fue el primer cantante brasileño al que aclamaron las masas (y en un grado que no se ha vuelto a repetir), que llenaba los teatros y colapsaba las calles en sus giras, por lo que recibió el apelativo de O Cantor das Multidões. Pero nunca fue feliz: la fama y el dinero no consiguieron repararle el daño anterior. Como escribe Jorge Aguiar: "No logró sobrevivir sin secuelas a la miseria".

Su esplendor vocal duró sólo siete años: de 1935 a 1942 (Orlando Silva había nacido en 1915). Entonces empezó a perder la voz. Siguió grabando discos más o menos decadentes, hasta que murió en 1978. Vuelvo, para terminar, a Caetano Veloso, a lo primero que leí sobre "el cantante de las multitudes":

Fue así como entré en contacto con las grabaciones de Orlando Silva de los años treinta, que habían sido la base de la formación de João Gilberto y constituían su más entusiasta admiración musical. A Bethânia y a mí, desde Salvador, nos gustaba muchísimo el elepé Carinhoso, que Orlando Silva había sacado en los años cincuenta, con grabaciones nuevas de sus antiguos éxitos. Pero apenas conocíamos las famosas grabaciones de la primera época, en comparación con las cuales, para nuestra inicial incredulidad, una unanimidad de opiniones consideraba que no tenía ningún valor el disco que conocíamos. Nunca acepté la desvalorización excesiva del elepé de los años cincuenta, pero realmente fue todo un acontecimiento en mi vida escuchar con atención la celestial suavidad del joven Orlando, su fraseo inventivo y su milagrosa naturalidad musical. La ligazón subterránea con el estilo de João Gilberto se hizo más perceptible.

19.9.07

La infancia recobrada

Uso el título que le recomendó Gil de Biedma a Savater en lugar de La infancia recuperada. El filósofo, sin embargo, mantuvo el suyo, que viene de una traducción de Georges Bataille ("la literatura es la infancia al fin recuperada", de La literatura y el mal), por motivos sentimentales. Los motivos sentimentales nos desvían a veces de la mejor opción literaria.

Yo no fui un niño lector. Luego, cuando me aficioné a la literatura en la adolescencia, lo eché de menos. Y lo eché aún más de menos, con sentimiento de culpa incluso, cuando leí La infancia recuperada. Ese libro, que es una celebración del placer, para mí fue fuente de sufrimiento. Exagero un poco con la palabra: dejémoslo en desazón. Desazón melancólica. Era un desasosiego provocado por un placer no vivido y ya imposible de vivir. Ese insidioso sentimiento de pérdida de lo que no se ha tenido. Traté de repararla, a destiempo, y un verano entré concienzudamente en los libros de Guillermo Brown. Tenía algo de quijotesco, de ridículamente quijotesco, mi empeño; sólo que al revés: del mismo modo que Alonso Quijano sale de sus lecturas antiguas al mundo moderno, yo salía del mundo moderno a unas lecturas antiguas... y en busca de una infancia más antigua aún que la mía (y que, además, no era la mía). Si Guillermo y sus amigos me hubieran cazado leyéndolos, se hubiesen tronchado igual que los venteros de don Quijote.

También leí, cómo no, La isla del tesoro. Me gustó, pero no a esos extremos celebrados en La infancia recuperada. Creo que es al final de Apología del sofista donde Savater describe a Jim Hawkins escuchando un eco de las carcajadas de John Silver alejándose con el tesoro. Cuando leí ese pasaje, sentí que el tesoro que se había llevado el pirata era el de la infancia lectora que no tuve. Pero el propio Savater me sacó de ese estado melancólico poco tiempo después. Fue en una conferencia, en que habló de las tribulaciones de su traductora al inglés por encontrar la cita que el filósofo había puesto al comienzo del capítulo sobre La isla del tesoro de La infancia recuperada: "Mis ojos se extasiaron ante el mar infinito". La traductora se había releído minuciosamente la novela de Stevenson y no había encontrado esa frase. Entonces Savater recordó que no era del libro, sino de una adaptación radiofónica, que fue como escuchó la historia de niño por primera vez. Y yo comprendí ahí, de sopetón, el ridículo de esos años míos de nostalgia adolescente por la infancia perdida. Ceporramente me había enroscado (sería el famoso bucle melancólico) en la palabra lectura, referida a libros exclusivamente: sin haber tenido en cuenta la cantidad de tebeos que yo leí. Ni las toneladas industriales de dibujos animados, películas y series de la televisión. Incluida una maravillosa adaptación de La isla del tesoro que habían emitido en varios capítulos los sábados por la mañana, cuando yo tenía ocho o nueve años.

De pronto, con incredulidad, volví a sentir mi infancia llena. Por aquel entonces era aún pronto para la nostalgia generacional, pero unos años más tarde ya empezaría a ser frecuente entrar en trance con los amigos recordando la mitología infantil común (de la que no tardarían en aparecer memorias alusivas, como Los niños de los Chiripitifláuticos de Ignacio Elguero). Por volver a Gil de Biedma, al final todo adulto puede repetir, recordando su niñez, estos versos suyos: "De mi pequeño reino afortunado / me queda esta costumbre de calor / y una imposible propensión al mito".

Me río al recordar la profusión de personajes, y de locuras, de la televisión de entonces. Y me asombro al comprobar que ocurría algo que hoy parece imposible: cómo, entre los dibujos animados, las marionetas, las pipis y los locomotoros, nos bebíamos con la misma delicia peliculones de John Ford, Howard Hawks o Raoul Walsh. Una amiga, que debió de ser una niña bastante aplicada, me confesó una vez que los sábados por la tarde, mientras emitían la película de Primera sesión, se encerraba en su cuarto a leer los Episodios nacionales de Galdós. A mí me hubiese encantado, desde luego, leer de niño los Episodios nacionales... pero no los cambio por aquellas tardes en que salíamos, tras el "The End", a prolongar la película en la calle, dando alaridos como pequeños arrapahoes. Aquellos fueron (volviendo a Savater) nuestros genuinos episodios pasionales.

Y, junto con la televisión, los tebeos. Recuerdo el primero que leí. Por casa había ya unos cuantos, que yo había repasado muchas veces pero fijándome sólo en los dibujos, sin leerlos: sencillamente, no se me había ocurrido. Uno de esos tebeos era un álbum de Mortadelo y Filemón: El otro "yo" del profesor Bacterio, título que mi hermana y yo llevábamos tiempo leyendo así: "El otro, yo, del profesor Bacterio". Una tarde, o una noche, me encontraba solo en el cuarto mientras el resto de la familia veía la tele en el salón. Me veo sentado en la cabecera de la cama, con el álbum de Mortadelo y Filemón en las manos y decidiendo, de un modo confuso, hacer con la primera viñeta eso que hacíamos en la escuela: leer. Me asombró notar que los personajes hablaban, como en los dibujos animados. Y me asombró aún más ver cómo la historia iba avanzando, de una viñeta a otra, de una página a otra... ¡como en una película! Era algo que nunca me hubiera imaginado. Me veo cerrando la última página con una sensación de incredulidad y de gozo. Me veo saliendo al salón y observando a mis padres y mi hermana en el sofá, extrañado de que sus gestos siguiesen siendo cotidianos. Algo había cambiado ya, sin que yo me diese mucha cuenta de ello. Había descubierto que existía otro mundo.

A partir de entonces leí y leí tebeos, de todo tipo y de toda extensión. Aunque, quizá a causa de aquel momento inaugural, siempre preferí las historias largas y, a ser posible, los álbumes con pasta dura: Mortadelo y Filemón, por supuesto, y Astérix, Tintín, Lucky Lucke o el Teniente Blueberry. También los Clásicos Bruguera (mucho Verne y Dickens y Walter Scott, aunque en tebeo); y biografías dibujadas de personajes célebres. Los primeros libros "sólo de letras" que leí fueron dos de Salgari: En las fronteras del Far West y La ciudad del rey leproso. Me gustaron, pero no tanto como para leer más: seguí prefiriendo los tebeos. Mi primera pasión libresca llegó con Agatha Christie. Estuve casi dos años leyéndola sólo a ella (me niego a contar las lecturas escolares, obligatorias). Hasta que, ya con dieciséis, cayeron en mis manos tres libros que me hicieron descubrir la literatura, en lo que a "placer del texto" se refiere (placer que podía suplir la ausencia de asesino y de investigación): Cien años de soledad de García Márquez, La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa y Memorias de un niño de derechas de Francisco Umbral. Poco después llegaría también Savater. A él me encanta leerle sobre autores a los que no leeré nunca, o que nunca disfrutaré como él. Pero mi placer particular consiste en recrearlos sólo un momento, cuando él los cuenta. Con Borges me ocurre igual. Soy un lector con muchos defectos, pero que sabe disfrutar con las lecturas de otros: soy un buen lector de buenos lectores.

[Publicado en Kiliedro]

18.9.07

El callejón sin salida de ser Milikito

Uno a veces, en sus momentos de debilidad, piensa si no hubiera sido mejor ser Milikito y estar, a estas alturas, forrado de millones. Pero si uno fuese Milikito y estuviese forrado de millones, en lo que emplearía urgentemente esos millones sería en dejar de ser Milikito. Milikito, sin embargo, que es Milikito y está forrado de millones, insiste incesantemente en ser Milikito. El motivo tal vez sea que, cuando uno ya es Milikito, no puede dejar de serlo nunca, por más forrado de millones que esté. El ser Milikito, que es lo que te permite forrarte de millones, te impide luego (¡tajantemente!) dejar de ser Milikito. Ser Milikito es, pues, un callejón sin salida, que te forra de millones pero te veda toda posibilidad de dejar de ser Milikito. Llegas al final del callejón sin salida que es ser Milikito, te das la vuelta, y vuelves a encontrarte a Milikito. Milikito es, de hecho, un emparedado entre otros dos Milikitos, permanentemente. Milikito, permanentemente, está forrado no sólo de millones, sino también de Milikitos. Milikito es pues, incesantemente, una multitud de Milikitos. Milikito es un tuttifrutti rebosante de Milikitos (y tal vez por eso uno de sus programas fue Tutti-Frutti, que ahora puede ser contemplado como un autohomenaje avant la lettre a su tuttifruttesca personalidad). La consecuencia de todo esto es que es mucho mejor no estar forrado de millones, si con ello uno se ha evitado estar forrado también de Milikitos.

17.9.07

Cubertería Mariscal

Este ya es el signo de decadencia definitivo de la socialdemocracia: la cubertería que está entregando El País del repelente, por superguay, Javier Mariscal. Cada generación tiene su Walt Disney, y Mariscal ha sido el Walt Disney de la nuestra: aquel que rebajaba el mundo a tontos monigotes, de acuerdo con la moral imperante. La peste del diseño, en España, tiene el nombre de Mariscal. En los primeros momentos nos cayó simpático, cuando salía en La Edad de Oro con Miquel Barceló; pero enseguida se puso a atufarnos con su plasta de Cobi, que hizo bueno a Naranjito.

Miro sus cubiertos y me recorre un sudor frío. ¿Es posible que todos nuestros socialdemócratas vayan a desayunar, almorzar y cenar a partir de ahora con esos patosdonald de acero inoxidable? Sinceramente, ¿cómo se puede desayunar, almorzar y cenar con cuchillos, tenedores y cucharas superguays? Algún día, me lo estoy temiendo, habrá algún asesinato con un cuchillo o un tenedor de Mariscal. Yo, de hecho, me pondría muy nervioso si tuviera los cajones de mi cocina llenos de cuchillos y tenedores de Mariscal. ¿No recuerdan aquellas obsesiones de Lorca en Bodas de sangre sobre la fatalidad de los cuchillos, que llaman a la muerte, etc.? ¡Pues si eso ocurría con los cuchillos de Lorca, imagínense con los de Mariscal! Pero, mientras que la muerte con cuchillo lorquiano era algo trágico, emparentado directamente con Shakespeare, morir con cuchillo de Mariscal sería algo ridículo y rococó! ¡Y con un tenedor de Mariscal no digamos! ¡Y no quiero ni pensar con una cuchara! ¡Ese sí que sería el colmo de la muerte rococó y ridícula: morir acuchillado con una cuchara de Mariscal!

8.9.07

La actualidad como relato

Voy a ensayar yo también (a lo teatral, y a lo Montaigne) esta fórmula que se está imponiendo en el Nickjournal de ofrecer pildoritas más o menos engarzadas.

La rabiosa actualidad.— La actualidad como ente. Es un auténtico bicho. Rabioso: lo de "la rabiosa actualidad" es una acuñación exacta. Pero la actualidad es uno de esos fantasmas (perfectamente berkeleyanos) que desaparecen en cuanto uno deja de mirarlos. Eso ocurre en los días de apagón informativo. Uno pretende liberarse, ante todo, de una ansiedad. Justo esta que señala Jünger en La emboscadura: "La simple necesidad que la gente siente de absorber varias veces al día noticias es ya un signo de angustia; la imaginación gira y gira y de esa manera va creciendo y paralizándose. A lo que se asemejan todas esas antenas que hay en las ciudades gigantescas es al cabello erizado." Borges, otro intempestivo, decía que "el periodismo se basa en la falsa creencia de que todos los días sucede algo nuevo". En realidad, siempre sucede lo de siempre. El énfasis en la novedad (en la noticia) es un rasgo plebeyo. Siempre me hizo gracia aquella epiquilla a lo Lou Grant por dar la primicia; todas aquellas puñaladas y correteos del "periodista de raza". Como el bueno de Alejo García, llegando desfondado al micrófono para dar la noticia de que había sido legalizado el PCE. Lo de Alejo, ahora que lo pienso, es una buena metáfora: llegar al micrófono sin voz, por las prisas. La actualidad completamente esfumada en la precipitación.

El relato de la jornada.— Desde que el periodismo se convirtió en carrera universitaria no puede decirse que haya mejorado su calidad; pero sí que los periodistas tienen ya también su jerga académica. Todas aquellas monsergas sobre "el relato informativo" que nos daban en la Facultad de Ciencias de la Información. Se ha llegado a extremos grotescos, como el de ese presentador de telediario que al despedir suelta el latiguillo de "este ha sido el relato de la jornada". Podría pensarse que ese desvelamiento de la actualidad como relato tuvo un origen ilustrado, algo así como un paso más en el desenmascaramiento de las "astucias de la imaginación" para dar gato por liebre. Lo coherente hubiera sido, entonces, esmerar la higiene y los cuidados; estar más atentos ante las falsedades que se colaban, justamente para que se dejasen de colar. Pero ha ocurrido justo lo contrario: lo del "relato de la actualidad" se ha tomado como coartada para que cada uno arme, en efecto, el relato que más le interesa. Tiene cierta equivalencia con el dostoyevskiano "si Dios no existe, todo está permitido". La reacción antirrelatística de los nuevos defensores de la objetividad, como Arcadi Espada, parece a veces nostálgica de los tiempos en que Dios (sive La Verdad) existía. Pero es más sofisticada: la melancolía por las debilidades de la razón y los agujereamientos de la verdad no debería servir para lanzarse desbocadamente por los paraísos de la ficción; sino, más modestamente, para cortarse un poco. Para caminar con las precauciones del que sabe que va por terreno movedizo.

Faltan elementos narrativos.— En cualquier caso, puestos a aceptar la actualidad como relato, se pediría al menos cierta coherencia narrativa; cierto equilibrio a la hora de presentar los hechos y los personajes. Pero no. Abundan el escamoteo y la elipsis, vacíos que intentan ser cubiertos con brochazos propagandísticos. El "relato de la actualidad" es, en efecto, el "relato de la jornada": la flor de un solo día. Una planta flotante, a modo de nenúfar, cuando el pasado desmiente el interés actual del medio en cuestión; o una planta bien arraigada cuando el pasado le conviene. En la Cope y en la Ser se aprecia con frecuencia. Ante una afirmación de ZP, por ejemplo, que esté en contradicción con otra suya anterior, nos encontraremos en la Ser con un abrumador silencio con respecto al pasado; mientras en la Cope echarán mano exhaustivamente de hemerotecas y archivos sonoros. Actitud que se invierte cuando es una declaración de Rajoy o de Aznar la contradictoria: silencio abrumador en la Cope y hemerotecas y archivos sonoros a punta pala en la Ser. Los documentalistas de una y otra emisora son galeotes que han demostrado que saben remar... pero sólo lo hacen cuando el patrón les azuza. Este uso a conveniencia del pasado (de todo el material narrativo que constituye el pasado) resulta más descarado cuando se trata del pasado recentísimo: apenas el del día anterior. Recuerdo, por ejemplo, cuando la Comisión del 11-M. Aznar había estado un montón de horas declarando y los tertulianos de la Cope se felicitaban de su fortaleza y añadían: "A ver mañana lo que aguanta ZP. Ese a la media hora ya está fundido". Pues bien: al día siguiente ZP estuvo declarando más tiempo aún que Aznar... y aquellos mismos tertulianos ya no dijeron ni mú al respecto. Faltan continuamente, en uno y otro bando, elementos narrativos. Apenas se oyen frases como "a pesar de que ayer dijimos esto, hoy ha ocurrido esto otro". No hay elementos de enlace, ni confesión de fallas, ni titubeos. Todo es una insistente, incesante adición.

Indicios audiovisuales.— El espectador de la actualidad no percibe realmente la actualidad, sino lo que los medios le muestran de ella. El espectador no tiene acceso a las fuentes y puede que tampoco sea muy ducho a la hora de aclararse con el aluvión de datos que le caen encima. Pero cuenta con un elemento secundario que puede permitirle sacar ciertas conclusiones: el de los "indicios audiovisuales". Éstos son aquellos elementos de la realidad que se cuelan en bruto en los medios, sin elaboración. Mejor dicho: aquellos elementos que, siendo audiovisuales, nos permiten hacernos una idea de lo que se está cociendo en la trastienda. La ventaja de los indicios audiovisuales es que, a diferencia del acontecimiento en cuestión, a ellos sí los conocemos de primera mano. Son esquirlas audiovisuales de la realidad, por decirlo así: esquirlas que alcanzan directamente al espectador. Pondré dos ejemplos. Yo no si Felipe González organizó los Gal o estuvo al tanto de los mismos. No he tenido acceso a las fuentes y, ciertamente, soy incapaz de manejar los datos que se ofrecieron al respecto. Pero, como espectador audiovisual, sí vi a Felipe González defendiendo con argumentos dudosos, y excusando, a los implicados en los Gal: lo que me pareció de una gravedad suficiente. Tampoco si el Gobierno de Aznar mintió durante el 11-M. Pero, como espectador audiovisual, vi a Acebes cerúleo y sudoroso en las ruedas de prensa de aquel día: con un nerviosismo que no parecía sólo el del que está "abatido por la catástrofe" o "superado por los acontecimientos".

El relato como actualidad.— Hay otra forma de contemplar el relato de la actualidad. Y es la de contemplar el relato en tanto actualidad: contemplar el relato en tanto trozo de realidad que se nos ofrece. El espectador no se encuentra primeramente ante la realidad de la actualidad, sino ante la realidad del telediario. Ante la noticia de un terremoto, ¿cuál es la realidad principal a la que estamos asistiendo? No al terremoto en sí, que nos llega como relato y no como realidad. Sino más bien a la realidad de la presentadora maquillada que nos lo cuenta, que normalmente sonríe a pesar de la catástrofe. Y sonríe (su sonrisa es más real en ese momento que las ciudades desmoronadas) por dos razones: porque el terremoto, al fin y al cabo, le ha animado el telediario, en especial si es verano o finde; y, sobre todo, porque la presentadora en cuestión está trabajando, porque acabó Periodismo y logró abrirse paso en la jungla y ahora está con curro y colocada en la tele, cosa que le produce una explicable satisfacción. Puede apreciarse que cuanto más crudo se pone el mercado laboral para el licenciado en Ciencias de la Información, más sonríen los presentadores de telediario, por bestial que sea la catástrofe. De unos años a esta parte, prácticamente lo cuentan todo a carcajadas.

[Publicado en Nickjournal]

2.9.07

La urbanización del regazo

João Cabral de Melo Neto era un enamorado de Sevilla, donde vivió como diplomático algunos años, en los cincuenta y en los sesenta. Le dedicó muchos poemas a la ciudad, e incluso un libro entero: Sevilha andando (1990). Pero en La educación por la piedra está el que tiene el título más hermoso: "A urbanização do regaço". Mi traducción:

Los barrios más antiguos de Sevilla
crearon una urbanización del regazo
para quien, en mitad de cualquier plaza,
siente el ojo de alguien espiándolo,
para quien se siente desnudo en medio de la sala
y se viste con los rincones retirados.
Con calles hechas con pedazos de calle,
agregándose mal, por estar mal pegados,
con calles hechas sólo con esquinas
y por donde el caminar se enhebra cuadrado,
tienen cobijos e intimidades de cuerpo
en sus escondrijos de desván y esquinados.

*

Con calles que se ajustan al pasillo de casa,
donde un balcón toca al del otro lado,
con calles callejeándose más, en callejones sin salida,
o ensanchándose en plazas, pero de poco ancho,
los barrios más antiguos de Sevilla
crean el gusto por el regazo urbanizado.
Procuran la protección que a un cuerpo
le da estar en otro, metido en él o anidado,
para quien tuerce por la avenida ya empezada
y enfila, enfundándose, un atajo,
para quien quiere, estando fuera de casa,
los adentros y resguardos de su cuarto.

30.8.07

En un monumento a la aspirina

Otra traducción de La educación por la piedra, de João Cabral de Melo Neto: "Num monumento à aspirina". A la aspirina ya la sacó en otro poema Álvaro de Campos: "Preciso de verdade e da aspirina". Pero me gusta más como lo citaba Octavio Paz: "Un poco de verdad y una aspirina".

En un monumento a la aspirina

Claramente: el más práctico de los soles,
el sol de un comprimido de aspirina:
de empleo fácil, portátil y barato,
compacto de sol en lápida sucinta.
Principalmente porque, sol artificial,
al que nada le impide funcionar de día,
y al que no expulsa la noche, cada noche,
sol inmune a las leyes de la meteorología,
a cualquier hora en que lo necesitemos
se levanta y viene (siempre en un claro día):
se enciende, para secar los entramados del alma,
aclararla, como ropa al sol del mediodía.

*

Convergen: la apariencia y los efectos
de la lente del comprimido de aspirina:
el acabado esmerado de ese cristal,
pulido a esmeril y repulido a lima,
anticipa el clima que va a configurar
y lo cartesiano que es todo en ese clima.
Por otro lado, porque, siendo lente interna,
de uso interno, por detrás de la retina,
no sirve exclusivamente para el ojo
esa lente, o comprimido de aspirina:
ella reenfoca, para el cuerpo entero,
lo borroso de alrededor, y nos lo afina.

29.8.07

Dos de las fiestas de la muerte

Traduzco "Duas das festas da morte", otro poema de La educación por la piedra de João Cabral de Melo Neto:

Recepciones de etiqueta que da la muerte:
el muerto, vestido para una inauguración;
y ambiguamente: con el traje del orador
y el de la estatua que va a inaugurarse.
En el ataúd, mitad ataúd, mitad pedestal,
el muerto se inaugura más que muere;
y doblemente: se inaugura en tanto estatua
y en tanto vivo que toma posesión.

*

Meriendas para niños que da la muerte:
los entierros infantiles del Nordeste:
reservados a menores de trece años,
inadecuados para adultos (ni los siguen).
Fiesta mitad excursión, mitad merienda,
al aire libre, ideal para un día sin clase;
en ella los niños juegan a las muñecas,
e incluso con una muñeca de verdad.

28.8.07

La bufanda convulsa

Hoy es día para condolerse por Francisco Umbral. Por él mismo, ante todo; y por el umbraliano que fuimos (hasta que dejamos de serlo), después.

El Tiempo ya puede dedicarse limpiamente, sin el contrapoder del autor, su mayor enemigo, a aquilatar su obra. Mucha hojarasca será llevada por el viento. Pero quedarán los libros esenciales. Y quedará su voz, esa música. (Y puede que, también, la memoria de su bufanda.)

Diré cuáles fueron los libros suyos que más gocé (además de los artículos de su Spleen de Madrid en El País, que gocé tantísimo: luego, cuando se pasó a El Mundo, me di cuenta de que parte del gozo estaba en mi amada tipografía): Memorias de un niño de derechas, Las giganteas, A la sombra de las muchachas rojas, Las ninfas, Travesía de Madrid, Los helechos arborescentes, Lorca, poeta maldito y La belleza convulsa.

Con este último título rescató, por cierto, a Breton de su horripilante convulsive. "Convulsiva", decían y siguen diciendo algunos al traducir a Breton; pero no. Umbral, con su oído, supo dar la frase buena: "La belleza moderna será convulsa o no será".

25.8.07

Los Soprano nos han llevado a esto

Quizá cargue un poco seguir aquí como de viudo de Félix Bayón (él habría empezado a calificarlo ya de mariconada), pero la verdad es que brotan los momentos sentimentales. Contaré el último.

Tiene que ver con Los Soprano. La última vez que nos vimos le presté, metidas en una bolsa del OpenCor, las cuatro primeras temporadas. Yo le había elogiado mucho la serie y él me la había pedido. Pero cuando nos llamamos aquella mañana para quedar, se resistió al préstamo: "Es que, como me enganche, no voy a poder dejar de verla... y tengo ahora mucho que leer". Le argumenté que hoy en día no hay ninguna lectura del nivel de Los Soprano, ni ninguna película, ni ningún otro producto cultural. Se rió y aceptó.

Se lo pasó pipa viéndola. Una vez, como ya conté, me llamó para celebrar una frase de Tony: "El cunnilingus y la psiquatría nos han llevado a esto". Y hasta citó la serie alguna que otra vez en sus artículos sobre la corrupción marbellí. Cuando se murió, mi colección estaba todavía en su casa. Yo no conocía a su mujer y la daba por perdida. Me apenaba un poco... pero no me disgustaba la idea de que se quedase allí a modo de ofrenda.

Pero meses después su mujer, Sagrario, nos llamó a algunos de sus amigos para la preparación de la antología. Fue entonces cuando la conocí, y cuando estuve por primera vez en su casa. Al principio no le dije nada de la serie, entre otras cosas porque sabía, por una amiga, que no había vuelto a entrar en el despacho de su marido ni a tocar sus cosas desde entonces. Sólo empezó a hacerlo precisamente gracias a nuestro trabajo en la antología, ya que tuvo que buscar sus artículos y sus fotos.

Recuperé la colección hace sólo un mes, en una comida que organizó Sagrario en su casa. Fue, por cierto, el día en que murió Polanco, noticia que conocimos allí: uno de los sitios adecuados para contextualizar la independencia del "diario independiente de la mañana". Al despedirnos le recordé a Sagrario lo de la serie, que ya sabía que era mía. Entró a por ella y vino con la misma bolsa del OpenCor que yo le había dado a Bayón. Pero dentro no estaban sólo Los Soprano. En noches perdidas, por mail o por teléfono, cuando salía en la conversación alguna serie o alguna película que yo no había visto, decía Bayón: "Ah, pues te la grabaré". Luego no habíamos vuelto a hablar de ninguna, ni jamás llegó a decirme: "ya te la he grabado"... Pero allí estaban en la bolsa. Como me demoraba mirando su contenido, Sagrario me preguntó: "¿Está todo?". A lo que le respondí: "No. Hay más".

24.8.07

Aquel felpudón

Noche de fiebre. Y de pronto, entre los sudores fríos, se me ha presentado en la memoria, sin venir a cuento, el felpudón de aquella actriz de la que hace muchos años que no se sabe: Maruschka Detmers. ¿La recuerdan? Era la maravillosa morenita de El diablo en el cuerpo; luego hizo alguna película más, alguna serie de televisión y después nada. Esta mañana, en cuanto he conseguido levantarme, ahíto de gelocatiles, he ido a buscarla en el Google Imágenes (sí, yo soy de los que, en tanto queden bellezones de carne y hueso, no se dignarán a explorar el Google Sky: por ahora me basta con las estrellas con tetas). Y ya puestos, recupero uno de los hits de AS sobre el temita:

* * *
¿Dónde están los felpudos?

Esto es un desastre: todas las tías que me he llevado a la cama últimamente tenían el pubis afeitadito, un triangulito o una tirita apenas, y algunas ni siquiera eso. ¿Dónde están los felpudos? ¿De aquellos fastuosos felpudos de hace no muchos años, qué se fizo? Estoy convencido de que el afeitado chochal es represivo, y que tiene mucho que ver con que las tías ahora no tengan ni puñetera idea de chuparla, o de que sólo sepan follar, como ya dejé aquí anotado en otra ocasión, o bien como cadáveres o bien como epilépticas, sin resto ya ninguno de ars amatoria ni de felinidad. Ah, benditos setenta: las "gargantas profundas" iban con los felpudones. Un indicio siniestro de nuestra penuria erótica es que ahora lo natural (¡por animal!), que es el felpudo (¡y los pelos en el sobaco!), hay que buscarlo en la sección de perversiones de cualquier web porno. Sólo ahí, junto con los travestis, los zoófilos y los coprófilos, aparecen las mujeres "unshaved" o con "bush" (entrañable acepción de la, hoy por hoy, asesina palabra). Por eso, por esa represión generalizada, me basta ver un sobaco peludo para ponerme a cien. Con Maud por ejemplo: Maud se quita la camisa ante Trintignant y, por más que estén discutiendo sobre Pascal, a mí me la pone tiesa su sobaco peludo. Es una afición que ya casi nadie tiene, siniestro mundo de tiquismiquis. Y el origen hay que buscarlo en un devastador terror al sexo que se va extendiendo cada vez más. Los hombres son cada vez más finolis: Adolfo Domínguez los amariconó. Se echan colonia y no tienen ni puta idea. Pero son, ante todo, unos cobardes. Sienten un horror visceral hacia lo femenino (hacia la nuda materialidad de lo femenino)... con el que las mujeres (cada vez más abstractas, más poseídas por ese invento masculino que es la abstracción) colaboran flagrantemente.

Me despido con un pasaje de García Calvo que puede dar más pistas sobre este asunto (¡sí, allego una voz prestigiosa a mi asunto animal!):

El coño, y especialmente velloso, apareciéndose como un objeto de descubrimiento terrorífico para el niño, tiene, como cabeza de Medusa, la virtud de dejar a los hombres petrificados cuando aparece. (...) Evidentemente, la aparición del coño velludo, especialmente del de la madre, es traumática para el niño, es profundamente terrorífica, se lo confiese o no (la represión puede ser más temprana o más tardía), en primer lugar, porque la mujer, el otro sexo, es esencialmente la desnuda, la carente de vello, es el caso justamente más alejado de la animalidad en la visión corriente, porque carece mucho más, está mucho más avanzada, diríamos, en el progreso de alejamiento de la animalidad que los hombres del sexo masculino en cuanto mucho más carente de vello, habiendo perdido mucho más el pelo de la dehesa, como se dice. Por tanto, la aparición del coño velludo es la aparición del vello del animal, pero precisamente en la desnuda, en el caso que se siente como más avanzado de la humanidad.

Por cierto, cáspita, que veo ahora al copiar estas líneas que en el mismo artículo me alude García Calvo (la referencia bibliográfica es: García Calvo, Agustín, "Los dos sexos y el sexo: las razones de la irracionalidad"; en Savater, Fernando (ed.), Filosofía y sexualidad; Ed. Anagrama, 1988). Con esa alusión me despido definitivamente:

El sexo dominante sabe que es dominante precisamente gracias a su limitación. El ser se funda en el número. En eso que llaman las señoras hacer el amor se sabe muy bien que hay una desigualdad tremebunda entre los sexos en principio: los hombres son limitados, numéricos; el más atlético de todos los que se pongan a hacer el amor, queda, por así decir, encerrado dentro de números que se cuentan con los dedos de la mano, y generalmente sobran casi todos.

(Pues sí, Agustín: qué le vamos a hacer :-)

22.8.07

La educación por la piedra

Sertão


Ayer me senté en la terraza a hojear La educación por la piedra, el libro de João Cabral de Melo Neto que editó Visor. Ya traduje aquí "Tejiendo la mañana" (al configurar el enlace compruebo que fue hace justo un año). Ayer era un mero gustazo pasar las páginas al azar e irse encontrando con los títulos de los poemas. Hago ahora lo mismo y copio los que salgan (en español valen):

Dos de las fiestas de la muerte
Una eriza
"The country of the Houyhnhnms"
El mar y el cañaveral
Bifurcaciones de "habitar el tiempo"
Tejiendo la mañana
Cosas de cabecera: Recife
La caña de azúcar de ahora
Los reinos de lo amarillo
La urbanización del regazo
Psicoanálisis del azúcar
Fábula de un arquitecto
El cañaveral y el mar
Agujas
La humareda en el sertão
Sobre el sentar-/estar-en-el-mundo
Un monumento a la aspirina
Ríos sin discurso
En las cuevas de Baza
El urubú movilizado
Dos bananas & la bananera
Los vacíos del hombre
De Bernarda a Fernanda de Utrera
La educación por la piedra

Al llegar al que da título al libro me paro. Han salido veinticuatro de los cuarenta y ocho: la mitad. Transcribo ahora las frases del prólogo que tengo subrayadas:

su palabra, austera y sufrida, com el paisaje que le vio nacer
la pobreza, la sequía
su universo claro, vítreo
razón y objeto
esfuerzo por mantener la disciplina formal
poema-edificio
no ofrece una sola emoción que no venga pensada, una sola palabra que no aporte un concepto, una sola música sin la exactitud y la desnudez del único sonido necesario
educar (sobre todo, el lenguaje) exige la firmeza, la intransigencia de la piedra
actúa por insistencia, machachando los temas
escoger la palabra desestimando lo que sobrenada, lo inútil, lo que nunca será esencia

Veo también la mención de un poema dedicado a Málaga, "Pernambuco en Málaga", del libro Serial, del que el prologuista y traductor Pablo del Barco nos da estos versos:

La caña dulce de Málaga
da dócil, disciplinada:
da en el fondo de patios
y podía dar en jarras.

No tiene la fuerza de la nuestra,
criada suelta en calles, plazas:
suelta, a gusto del cuerpo...

19.8.07

La guasa final de Thomas Bernhard

Este fin de semana me he leido Los comebarato, una novelita de Thomas Bernhard a la que hasta ahora me había resistido porque no está traducida por Miguel Sáenz (lo que para mi mentalidad quisquillosa es una suerte de sacrilegio). La novelita está muy bien, pero no han dejado de irritarme ciertos toques de la traducción que, quizá equivocándome, yo pensaba que Sáenz hubiese puesto de otra manera. Por ejemplo, las retahílas de "hombre espiritual", que yo, sáenzianamente, me autotraducía como "hombre de espíritu" —aunque a lo mejor ahora me voy a cualquier traducción de Sáenz y veo que él siempre ha estado poniendo "hombre espiritual". En cualquier caso, copio la mejor de esas retahílas tal y como la traduce el no Sáenz (la doy con tijeretazos):

Siempre le había horrorizado el hecho de que la mayoría de la gente consumía muy pronto su patrimonio espiritual, y de golpe y de la forma más repentina se encontraba ante la nada y tenía que seguir vegetando el resto de su vida con lo que él llamaba mínimo existencial espiritual. Igual que los comerciantes invierten dinero, los hombres espirituales tienen que invertir pensamientos, e igual que el comerciante sigue la marcha de sus negocios, el hombre espiritual tiene que seguir la marcha de sus pensamientos, el comerciante sigue la cotización de las acciones, decía Koller, el hombre espiritual la de los pensamientos. [...] El hombre espiritual tenía que convertir en presupuesto y principio de su existencia el no seguir consejo alguno, o por lo menos hacer siempre exactamente lo contrario de lo que se le aconsejaba. Lo más importante para él había sido desarrollar desde el principio su testarudez, y seguir desarrollándola de más a más, incluso si esto significaba al principio el total enfrentamiento con los padres y el entorno, al fin y al cabo el total enfrentamiento con todo; naturalmente, el hombre espiritual no retrocede ante ello. [...] El hombre espiritual hará bien en estar desde el principio contra los padres y contra los maestros y contra la sociedad y en resumidas cuentas contra todo, para llegar a liberarse completamente de estos padres y maestros y de esta sociedad, para después, con el tiempo, poder observar y juzgar de hecho y agudamente y sin compasión, lo que en última instancia es su tarea, no tiene otra, está ahí para eso, aunque sea sin su consentimiento y de hecho contra su voluntad. El hombre espiritual no tiene otra justificación.

Lo que sí está bien en esta edición (Cátedra, Letras Universales) es el prólogo. Y explica mejor la muerte de Bernhard que Sáenz en su biografía de Siruela. Escribe éste:

Thomas Bernhard murió el 12 de febrero e 1989, hacia las siete de la mañana, en su piso de Gmunden (Lerchenfeldgasse 11). Incorporado a medias (hacía tiempo que se asfixiaba cuando estaba echado) y con un vaso de mosto (de sus propias viñas) en la mano. Hasta el último momento lo acompañó su hermano y médico de cabecera, Peter Fabjan, con quien estuvo hablando casi toda la noche. / Siguiendo sus deseos, fue enterrado en el cementerio de Grinzing (Viena) el día 16, con la mayor intimidad (sus hermanos y Emil Fabjan), y sólo entonces se dio a conocer la noticia de su muerte, que tuvo una gran repercusión en la prensa de muchos países.

El no Sáenz, en cambio, da cuenta de cómo las informaciones sobre los momentos postreros y la muerte de Bernhard fueron la última guasa (post mortem) de Bernhard:

En noviembre de 1988, Bernhard ya sabía que la enfermedad degenerativa que padecía desde años atrás le iba a dar poco tiempo. Y, como un dramaturgo que había sido actor, preparó con cuidado su salida de escena. / El domingo 12 de febrero de 1989, a las siete de la mañana, Thomas Bernhard dejaba de existir. Comenzaba entonces su última representación. Siguiendo sus instrucciones, su hermanastro y médico Peter Fabian hacía correr rumores sobre el agravamiento de su enfermedad el lunes, día 13, que desmentía él mismo el día 15. Por fin, el 16, en plena expectación, comunicaba el fallecimiento y su fecha real.

De Bernhard hay unas cuantos fragmentos de entrevistas en YouTube: aquí, aquí o aquí. Y un bonito montaje sobre su casa.

8.8.07

Sin esfuerzo

Este es un artículo perezoso. Hecho sin hacer –por picoteo. Es verano. Se anuncia un azote de calor del Sáhara y yo tengo puesto el ventilador. Escucho el último disco de Caetano Veloso, . He perdido el hilo, el de mi vida; pero aún se mantiene cerquita. Me bastaría con hacer un fácil esfuerzo con la mano. La tierra rebosa de felicidad. Por eso solemos caminar unos palmos por encima. Estamos en las etapas montañosas del Tour: por las laderas, centenares de ready-mades –ruedas de Duchamp (sin taburete) tomándose a sí mismas demasiado en serio.

Quería haber escrito sobre Octavio Paz. Sobre la pasión que tuve por él hace veinte años. Entonces solía encontrárseme con los pies en las piscinas –sentado en los bordes mientras leía sus poemas. Era una experiencia erótica. Creo que nunca ha habido un lector mejor de Semillas para un himno: "Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida, / bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma, / cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro, / boca del horno donde se hacen las hostias, / sonrientes labios entreabiertos y atroces, / nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible / (allí espera la carne su resurrección y el día de la vida perdurable)." Veo ahora que la sección donde está ese poema, "Cuerpo a la vista", se titula El girasol. En el que le dedicó a Luis Cernuda había todo un programa (ético y poético): "Con letra clara el poeta escribe / sus verdades obscuras / Sus palabras / no son un monumento público / ni la Guía del camino recto / Nacieron del silencio / se abren sobre tallos de silencio / las contemplamos en silencio". Octavio Paz decía cosas que no decía nadie. En "La palabra edificante" por ejemplo, también sobre Cernuda, que era "el poeta menos cristiano" de la literatura española. Cernuda, a su vez, le dedicó el poema "Limbo" a Octavio Paz, que termina con aquel verso insuperable: "Mejor la destrucción, el fuego". Ayer en el telediario salió que un tipo había robado un tanque no sé dónde y con él se había dedicado a destruir una fábrica. Hace años se produjo otro suceso en que se aliaron "la destrucción y el amor". Un hombre se subió a una excavadora y avanzó en línea recta hasta la casa en la que vivía su amada, arrasando todo lo que encontró a su paso (vallas, jardines, coches, otras casas). Recuerdo que Savater dijo a propósito que habría que hacer algo así al menos una vez en la vida.

Fue por Savater por quien me aficioné a Octavio Paz. Al principio a éste, antes de haberle prestado atención, lo veía como uno más de los "autores iberoamericanos" que nos soltaban sus monsergas retóricas en 300 millones. Eran todos como variaciones de Pepe Domingo Castaño, que los presentaba. Aquello era como un programa religioso en que siempre estaban predicando la tabarra de la Hispanidad. Engolamiento a lo Joaquín Soler Serrano que, es cierto, los superaba a todos. Un día me interesó algo que Octavio Paz dijo en la radio, sobre las diferencias entre la amistad y el amor; pero no fue suficiente. Hasta que no supe que era amigo de Savater (por una alusión de éste en Sobre vivir), no me decidí a leerlo. Sí, así es como funciono: necesito que el personal me llegue con avales. Empecé por Pasión crítica y la antología de Júcar (¡amarilla, que leí sobre el verde césped del campus de Letras, como prefigurando mi afición brasileñista!). Luego devoré todo lo demás, ensayos y poemas, en una chisporroteante hoguera de admiración. Eso es lo que hubiera querido contar aquí, explicando mis razones; pero de nuevo me canso. En cuanto me aplico para adoptar un tono riguroso, me invade la pereza. El calor centrifuga la profundidad. Aunque no hace calor en mi escritorio: el ventilador emite una incesante brisilla artificial. Caetano Veloso sigue en el equipo de música, aportando su tropicalismo. Yo podría ser un detective de Rubem Fonseca, o mejor el Espinosa de Garcia-Roza, instalado en un cuartucho de Río de Janeiro. Escribo tratando de aclarar el caso. El caso es que el mundo es un resorte criminal (confuso). Y también es que he estado leyendo el Afterpop de Eloy Fernández Porta y me siento "un bulto solemne, de repente antiguo".

Luis Cernuda le dedicó un poemita al cacharro: "Aún queda, brusca delicia, / La que abre tu caricia, / Oh ventilador cautivo". La diferencia con el aire acondicionado es que éste no acaricia. Refresca pero sin tocar: es más socialdemócrata. Muchos suicidios en Suecia se evitarían con ventiladores. Aunque allí no existe el ventilador, porque no hace falta. Puede que los suecos se vengan al Sur no en busca de nuestro sol sino de nuestros (acariciantes) ventiladores. En verdad, dos cosas quedan en el litoral mediterráneo, dos únicas cosas: la luz y la brisa. Todo lo demás es horror. Fealdad, ruido, abyección, corrupción, asesinato. Pero, entre los horripilantes montones de detritus, aún circula la brisa. Y se cuela la luz o cae (a veces aplastando, qué euforia, sin piedad). Hay un tercer elemento, pero hay que asomarse al horizonte: el azul del mar; el azul flotante, ya separado o abstraído del mar. Un azul con frecuencia rayado por el cretino de la moto acuática, pero en permanente proceso de autorrestitución. La nada es azul. Un día el azul nos tragará y seremos felices (o al menos puros). Podría modificarse el último verso del "Limbo" de Cernuda: "Mejor la destrucción, el azul". El azul del cielo. En lo de "ir al cielo" lo sustancial es "ir al azul". Al fin y al cabo, el azul del mar es un azul prestado del cielo. En cuanto al horrendo litoral: sólo la brisa nos absuelve. Y la brisa, la fresca brisa que suscita el ventilador es una absolución doméstica, pequeñita. (Me vale para echar la mañana.)

El aspecto adocenado de Octavio Paz, si se mira bien, era un logro. Llevar una vida literaria de premios, congresos, conferencias y presentaciones es una de las posibles vías purgativas para la iluminación. Él mismo contaba que, cuando le dieron el primer premio importante, dudó si aceptarlo o no. En un lado, pensaría, están los capitostes huecos de la literatura; en el otro, Baudelaire, Rimbaud y los demás rebeldes vivos. Fue a consultarle sus dudas a un santón (se encontraba en la India) y éste le dijo: "Sea humilde, acepte el premio". Hay un momento en que lo ridículo es el aspaviento. Salinger, por ejemplo, dándole el manotazo a la cámara y encerrado en su búnker de uralita. Nietzsche, una vez más, indicó el camino sabio (y socarrón): "Un oficio es algo bueno: lo interponemos entre nosotros y los demás y así tenemos un escondite tranquilo y artero y podemos hacer y decir lo que todo el mundo considera que tiene derecho a aguardar de nosotros. También puede utilizarse de ese modo una fama precoz: suponiendo que, detrás de ella, pueda nuestro yo, sin que se lo oiga, volver a jugar libremente consigo y a reírse de sí mismo". Suponiendo eso último, por supuesto. En el otro extremo: los malditos sin humor, que llevan su malditismo con docilidad de oficinistas (léase la biografía de Haro Ibars al respecto).

Me gustó saber que Octavio Paz era amigo de Cioran: ese fue el aval definitivo, en los comienzos. Según contaba Savater, a Cioran le gustaba el soneto que termina "Y nada queda sino el goce impío / de la razón cayendo en la inefable / y helada intimidad de su vacío". Ahora, repasando la Breve historia del ensayo hispanoamericano de José Miguel Oviedo para ver si me animaba a escribir sesudamente sobre Octavio Paz, doy justo con un Cioran colombiano cuya existencia desconocía: Nicolás Gómez Dávila, que es con quien Oviedo concluye su libro. Este Gómez Dávila, nacido en 1914 como Paz y que no sé si aún vive (el Google lo abriré después), es autor de un único libro: Escolios a un texto implícito, que publicó muy tarde ya en su vida, en 1977. Dice Oviedo: "El título contiene una irónica alusión a ese largo silencio: el libro es el epílogo a una obra que no existe, que se omitió para dar vida sólo a unos fragmentos". Vienen unos cuantos y son, en verdad, cioranescos: "Nuestra última esperanza es la injusticia de Dios"; "Las verdades convergen hacia una sola verdad -pero las rutas han sido cortadas"; "La historia sepulta, sin resolverlos, los problemas que plantea". ¡Hay que conseguir ese libro! Y vaya con los colombianos: tenían a su Bernhard (Fernando Vallejo) y ahora resulta que también a su Cioran. Y el mundo dándole atención al mentecato de Macondo.

Me he pasado ya en unas líneas de la extensión habitual. Al final he despachado este artículo como yo quería, sin esfuerzo (creo que no he gastado ni una sola neurona). Caetano Veloso canta ahora "Homem" ("Hombre"), en que cuenta qué es todo aquello que no envidia de la mujer: ni la maternidad ni la lactancia ni la adiposidad ni la menstruación ni la sagacidad ni la intuición ni la fidelidad ni el disimulo. Sólo tiene envidia de dos cosas: "da longevidade e dos orgasmos múltiplos". "Eu sou homem", apostilla melancólicamente. Yo también.

[Publicado en Kiliedro]

6.8.07

Los cachorros

Me acuerdo del amigo que a los catorce años nos contó que le había comido el coño a una mujer y que sabía a sardina. La envidia nos amargó la adolescencia. Solo supimos que había sido un farol años después: cuando llegado el momento descubrimos, no sin sorpresa, que sabe a bacalao.

1.8.07

Curso de filosofía para ceporros

Del mito al logos.- La Filosofía nace cuando un tipo dice que a la porra con los dioses y que "el agua es el origen de todas las cosas". Eso está clarísimo, ¿no? El menda, Tales de Mileto, siguió caminando y se cayó en una zanja.

Parménides.- Éste alzó la voz para decir: "¡Eh, quieto ahí!". E inventó la metafísica.

Heráclito.- A éste en cambio no le gustaba nada la quietud y se puso a berrear: "¡Moverse, moverse!". También dijo que nadie se quema dos veces con el mismo fuego, o algo así. Le llamaban El Oscuro, porque solía decir enigmas en plan Pedrito Ruiz.

Sócrates.- Dijo "sólo sé que no sé nada", y me temo que con acierto. Todos coinciden en que era más feo que el Fary chupando limón.

Platón.- Tenía pinta y vozarrón de Constantino Romero. Su filosofía consiste en que vivimos en una caverna y que hay que salir de ella para que nos dé el solecito. Sus herederos son los dependientes de las agencias de viaje.

Aristóteles.- Este tío se creía, al igual que Goethe, una especie de Adriansens que lo sabía todo. En el fondo tenía el cerebro patético del aficionado a los crucigramas.

Epicuro.- Éste sí que se lo montó bien. Su filosofía es muy simple: "Vosotros seguid pensando, que yo voy a tomarme unas aceitunitas".

Filosofía cristiana.- San Agustín, Santo Tomás y toda esa panda lo tenían clarísimo: "Sí, sí, vosotros dadle al coco... pero la Luz la tenemos nosotros porque nos sale de los melifluos y algodonosos cojoncillos". En este sentido, el más coherente fue Duns Escroto.

Descartes.- Este tío se inventó la "duda metódica" y el "pienso, luego existo", que para un filósofo es como ganar el festival de Benidorm. Su fama fue tal que la reina Cristina de Suecia lo invitó a su cama, y por el camino René se resfrió. Se parecía a Clark Gable, pero sin las orejas de soplillo.

Leibniz.- Dijo que todo es una monada y "vivimos en el mejor de los mundos posibles". Enigmática frase que sólo llegaron a comprender los psocialistas cuando llegaron al poder en el 82 y se pusieron a descabezar gambas.

Spinoza.- Hizo una Ética según el orden geométrico. Si la entendí bien, consiste en pensar en triángulos y rectángulos para evitar hacer el mal. A causa de esta revolucionaria filosofía, lo expulsaron de la sinagoga.

Hume.- El primer filósofo con falda, puesto que era escocés (bueno, también lo fue Duns Escroto). Cansado de los racionalistas, dijo: "¡Alto ahí! ¡Los sentidos! ¡Ante todo los sentidos!". Y se puso a comer salchichones hasta engordar tremendamente.

Kant.- Del triste Inmanuel sólo nos ha quedado eso de que, a su paso, la gente ponía los relojes en hora. Lo del fenómeno y el noúmeno y las aporías es muy complicado para vosotros y ni siquiera voy a esbozároslo. Pero sí es muy importante lo del imperativo categórico. Consiste en que debemos actuar siempre como si fuésemos Milikito.

Hegel.- El tío vio a Beethoven y se dijo: "Voy a hacer lo mismo, pero en filosofía". Su tragedia es que luego no vino un Mike Ríos a hacernos digeribles sus empanadas (mentales, por supuesto). A otro colega idealista, sin embargo, sí le dedicaron un hit en los setenta: "Saca el whisky, Schelling".

Marx.- Menudo pillo. Dijo: "Yo digo lo mismo que Hegel, pero dándole la vuelta, y me hago el rey". La operación funcionó y se convirtió en un filósofo tipo Mili Vanilli, que movía la boca pero no cantaba (el que cantaba era Hegel). Años después hizo de Doctor Infierno en la serie Mazinger Z.

Schopenhauer.- Alguien le habló del budismo y éste dijo: "Uy, uy, esto me lo adapto yo y triunfo". Y así fue: exactamente como cuando Ana Belén se puso a cantar en español canciones de Chico Buarque.

Nietzsche.- Con ese bigotón, se equivocó de trabajo: tenía que haberse puesto a cantar rancheras. Con lo del Eterno Retorno tuvo un vislumbre de lo que serían los programas de cotilleos.

Filosofía del siglo XX.- Tras muchos galimatías, llegó el hombre que lo puso todo en claro, enciclopédicamente: Adriansens.

Filosofía del siglo XXI.- Por fortuna Adriansens sigue vivo, con lo que tenemos garantizada la luz por otra temporada.

[Publicado en Nickjournal]

1.7.07

Caliche 17

Buenos Aires al atardecer


La prehistoria de mi personaje internético tuvo lugar en Starmedia, un portal que no sé si aún existe. A principios del 2000 desemboqué en él buscando fotos pornográficas de negras y latinas, que no encontré. A cambio, vi un listado de chats y me decidí a entrar por primera vez en uno, que frecuenté a partir de entonces: el de la sala Literatos, del apartado Bohemios. Allí solía juntarse una estomagante patulea de letraheridos mexicanos, colombianos, uruguayos, argentinos, chilenos y puertorriqueños. Yo era el único español, y presumo que por mi culpa se llevaron una impresión bastante averiada de los modernos habitantes de la Madre Patria.

Las (pocas) veces que entraba con una actitud no enteramente destructiva (constructiva no la tuve nunca), mi nick era el de Maestro Zen. Pero lo que me gustaba era entrar como un soez dinamitero, en fin, como el AS que todos conocéis —sólo que ignorante de que mi conducta ya estaba catalogada como de troll (saberlo me hizo perder la inocencia). Mis nicks en esas ocasiones eran, según mi ánimo, Micropene o Superpollón. Me daba igual presumir o humillarme, lo decisivo era la anormalidad del miembro, el impacto procaz que producía. Aquella sala era un lugar mucho más tierno y cursi que el Nickjournal: allí se hablaba ante todo de literatura y se ejercitaban sin pudor los buenos sentimientos. Para un provocador, no podía haber mejor público. Yo entraba como Micropene, por ejemplo, y lanzaba esta bombita fétida: "Todo eso está muy bien. Pero hablemos de un tema realmente poético, el único tema realmente poético, me atrevería a decir: mi micropene de 6 centímetros." O bien, si entraba como Superpollón: "Todo eso está muy bien. Pero hablemos de un tema realmente poético, el único tema realmente poético, me atrevería a decir: mi superpollón de 36 centímetros." Y ahí se liaba. ¿Os imagináis una sala llena de latinoamericanas hipersensibles (muchas de ellas castristas), cacareando escandalizadas? Yo me lo pasaba pipa, ciertamente. Fue por aquel entonces cuando me volví un adicto a internet: un psicótapa de las payasadas fáciles, un bufón ilustrado...

Pero lo que yo quería contar era lo que me ocurrió una noche en que entré como Micropene y sólo había una persona en la sala, que firmaba como Caliche 17. Como suelo hacer cuando el nick es ambiguo, le solté a modo de saludo: "Oye, Calichín, ¿tú que gastas, chocho o cipote?" Me dijo que era un chico, argentino, de 17 años (cómo no). Yo empecé a meterme con él, que si valiente cabronada del destino la de haberle hecho nacer en Argentina, que no es un país, sino una trampa (como decían en Martín Hache), que qué quería ser, si psicoanalista, dentista, o las dos cosas a la vez, que si Sabato era tonto, Borges impotente y Cortázar cursi, que qué bueno que los argentinos se hayan inventado la palabra "atorrante", porque así sabemos cómo definirlos... Yo estaba ya embalado con mi show cretino cuando el chaval, que no se había escandalizado, ni se había defendido, dijo sencillamente: "Voy a suicidarme."

Estuve a punto de lanzarme a hacer chistes sobre el suicidio, a recomendárselo muy vivamente ("un argentino menos", etc.), pero algo me contuvo. No sé, tal vez fuese una inesperada intuición por mi parte, yo que de intuición suelo andar flojo. El caso es que le pregunté el motivo. Y me vi embarcado de pronto en la triste historia de su vida, que me fue contando convincentemente a lo largo de varias horas y que resumiré por no alargar este escrito. Sus padres, de la alta burguesía de provincias, personas muy estrictas y creí deducir que afines a la extinta dictadura militar, lo habían mandado hacía varios años a Buenos Aires a estudiar el bachillerato. El primer año se aficionó al juego, en el que perdió mucho dinero, y no aprobó el curso. Pero mintió a sus padres diciéndoles que sí. Los siguientes años pasó lo mismo. Ahora creían que su hijo estaba a punto de entrar en la universidad, cuando ni siquiera tenía primero de bachillerato. A la vez, el muchacho había contraído tremendas deudas con prestamistas hampones... La mentira lo había aislado del mundo (había engañado también a sus amigos y a su novia; "soy mitómano", decía) y ahora sólo encontraba solución en el suicidio.

Me pasé, como digo, varias horas hablando con él. Le escuché, le di consejos. De vez en cuando caía en la cuenta de mi ridícula situación: yo allí vestido de Micropene intentando evitar que un chaval se suicidase en Argentina. También me preguntaba por el significado de su nick, que no me sonaba (me imaginaba que sería algún argentinismo). Poco a poco Caliche 17 fue entrando en razón, hasta que por fin me dio las gracias, me dijo que le había venido muy bien hablar conmigo, y se despidió. Apagué el ordenador, agotado. Antes de irme a dormir busqué en el diccionario el significado de la palabra, sin esperar nada llamativo, por simple curiosidad. Pero al leerlo vi a aquel chico: "CALICHE: Pequeña costra desprendida del enlucido de la pared".

[Publicado en Nickjournal]

26.6.07

Sociología de la caseta

Los libros me gustan en las librerías. A la Feria sólo voy, lo reconozco, para ver famosetes en sus casetas. Con la música me pasa igual: me gusta quietecita en sus grabaciones; si acudo a los conciertos es únicamente por sentir el fechitismo de los cantantes ao vivo (suelen ser de Brasil).

La acumulación de libros me marea. No soy de los que se concentran en el suyo, sino de los que no pueden dejar de pensar en todos los que no están leyendo mientras leen el suyo. Siempre he sido sensible a argumentos como los de Gabriel Zaid en Los demasiados libros, que es otro libro. La Feria del Libro la veo, en cierto modo, como una maldición. O como una erupción obscena en pleno parque. Estaban allí los tranquilos vegetales (limpiamente antibaudelerianos), y de pronto plantan las casetas con sus podridos frutos. Y algunas, las que yo busco, también con bicho. No recuerdo quién era el que lo decía (¿Manuel Vicent?), pero lo cierto es que la caseta con su escritor firmando es una caseta con bicho. Sólo ante ella me detengo.

No suelo decir nada. De hecho, jamás le he dicho nada a ningún escritor (salvo a Vargas Llosa, pero eso lo contaré otro día). Tan sólo me planto y observo. El escritor no tarda en darse cuenta. Y se pone nervioso: especialmente si está recibiendo los elogios (por lo general baratísimos) de algún fan. El caso que recuerdo con mayor regocijo fue el de Jiménez Losantos hace un lustro. Sus fans le soltaban enormidades que él recibía con cierto pudor, pero sin violentarse. Entonces advirtió que yo (un desconocido con cara de palo, para él) estaba siendo testigo. Vi cómo se avergonzaba.

A otros les falta ese pudor. A Antonio Gala, por ejemplo: siempre dispuesto a recibir su elogio y a lucirlo en la pechera de su jersey color pastel. Gala firma con el gesto del que pide pomada (que es lo que da en su prosa: quid pro quo). Al verlo tan encorvadillo, me acordé de un programa de Canal Sur en que presentó sus poemas hace unos meses. Antes de leer uno, avisó con voz quebrada: "Escúchenlo bien. Es conmovedorrr". Lo escuché bien, pero, naturalmente, la conmoción no se produjo: contraviniendo las premisas estéticas del siglo, el poetiso había puesto el carro por delante de los bueyes. (Gala es de los que siguen creyendo que una rosa puede conmover sólo porque es una rosa: en este sentido, no deja de tener su heroísmo trasnochado.) El día que lo vi estaba Carmen Posadas en el otro extremo de la caseta, y aquello parecía una competición para ver quién se había gastado más en cremitas para el cutis. Pero mientras que la cola de Gala era sólida, la de Posadas se reveló volátil. Terminó de firmarle su ejemplar a una chica, y todos los que iban detrás se retiraron: era una cola sólo de mirones.

En cualquier caso, uno percibe a Gala y a Posadas como escritores flojitos, pero no como impostores. Los impostores son otros: concretamente los hautores de libros de autoayuda. Estos son libros que, por cierto, pueden prestar ayuda efectiva: pero eso depende al 99% de los lectores (como les ocurriría con los libros que no son de autoayuda). El primer autoayudista con el que me crucé fue Bernabé Tierno, que lucía su cara descolorida y asténica debajo de un cartelón con la portada de su libro: Optimismo vital, ilustrada con una corbata de pajarita roja. La imaginación de uno (que en verdad ama la alegría) vuela hacia la jeta de un Chencho Arias antes que a la del tierno besugo que tiene delante y que en este momento le está diciendo a una clienta: "Léelo bien, que te va a cambiar la vida". (El tuteo optimistozapateril expandiéndose como fórmula comercial homologada.) Más allá estaba otro predicador tristón de la felicidad: Enrique Rojas, con su Adiós, depresión. Y, por fin, mi tahur favorito: Jorge Bucay, el Jabalí de la Pampa. Le lancé una mirada de odio, por ver si la notaba; pero creo que el tilín tilín de su caja registradora le nublaba la vista. La puntilla se la dio una fan, involuntariamente, en otra caseta. Escuché que le pidió al dependiente: "Un libro de Bucay. Y si no tiene, uno de sudokus". (¡Esa sí que sabe lo que es la autoayuda!)

Rozando el género, aunque salvándose en el fondo porque lo que hace es ayudarse descaradamente a sí mismo, estaba Sánchez Dragó. Presentaba su libro Derechazos. Pero al lado, vendiéndolo a la vez, tenía otro antiguo: El sendero de la mano izquierda. Un target amplio, a diestra y siniestra, del que sólo quedan fuera los paladares literarios exquisitos, que son (¡somos!) una ruinosa minoría.

Entre caseta con bicho y caseta con bicho, suenan de vez en cuando los altavoces, anunciando más bichos. Esta vez me conquistó un nombre: Isabelo Herreros, que no sé qué ha escrito. ¡Isabelo! ¡A ese ya se lo escribieron todo en la pila bautismal! También llegan, como bofetadas, títulos imposibles. La fabulación del plectro, juraría que oí. (Si Dios tuviese malicia, su autor sería el mismísimo Isabelo Herreros, a pesar de la asonancia, y no el otro con cuyo nombre no me quedé.)

Me impresionó ver a César Vidal, enorme (¡y lampiño!) como hipopótamo en camisa de verano. Un amigo mío le llama, con irresistible mal gusto, "la gorda macho de la Cope". Más allá estaba también Cristina López Schlichting, que supongo que será la hembra (se lo tengo que preguntar a mi amigo). Firmaba el libro Hablando de sexo con Cristina, y yo mismo estaría gustoso de hacerlo: a mí esa mujer me va. Vidal tenía un guardia de seguridad filtrando la cola, y una que pasó dijo: "Con guardia de seguridad. ¿Por qué será?". Delante de la de Schlichting escuché esto otro: "No se morirá, hija de puta". De modo que existe, pues, la famosa crispación: sólo que lanzada desde los palacetes del talante. Creo que esos dos venían de la caseta con la fila más larga: la de Joaquín Sabina. De éste había leído un par de días antes una de esas frases folklóricas y autocomplacientes con que nuestros acomodados rebeldes se descuelgan de vez en cuando: "Almudena Grandes y yo tenemos el mejor público de España". Está claro que muchos habían picado y, numerosos en la cola, querían sentirse los mejores (facturándole al factótum).

Igual que en los salones de la alta sociedad, se dan también coincidencias odiosas (para los protagonistas). Como en una caseta donde estaban León Arsenal y un tal Jorge Magano (¡le apunté el nombre!), ambos con camisa negra y con perilla. Tipos originales y se supone que con muchísima personalidad, pero repetidos como burbujitas de Freixenet. En otra caseta estaban Ian Gibson y Benjamín Prado, tal vez espiándose de reojo para que el otro no le quitase cacho de la Guerra Civil. En ocasiones la caseta hace al monje, como la de Torremozas, con unas mujeres de armas tomar (¡había una con gafas negras atusándose el pelucón!). O la caseta católica, o la caseta comunista, o la caseta alternativa, o la caseta rockera, o la caseta zen: todas con bichos uniformados hasta en los gestos. Mario Luna vendía su Sex Code disfrazado de galán metrosexual (igualito que si Melville se pusiese a vender Moby Dick disfrazado de ballena blanca). Y el librero de la caseta donde el congoleño Miampika firmaba sus Voces africanas llevaba puesta una camiseta de Coronel Tapioca (¡lo juro!). Por cierto, que la de la Editorial Mundo Negro tenía un cartel que parecía un reclamo facha: anunciaba la revista Aguiluchos.

Luis Alberto de Cuenca llevaba una camisa que le hacía parecer un componente secreto del Dúo Dinámico (habría tomate entonces: un dúo que en realidad es trío... ¡más dinamismo aún!). Mercedes Abad producía ternura por ser una feílla con sombrerito, muy coquetamente puesto. Lucía Etxebarría, como siempre, estaba como al borde del estallido físicoemocional. Rafael Reig exhibía con excesiva desenvoltura su cubata, obediente a su fama de campechano. Y Marta Rivera de la Cruz miraba el río de lectores que pasaban de largo, con los codos apoyados en el mostrador y la cara encajada en las manos: ella sí tenía tiempo de pensar en su próxima entrega. Recordé lo que había dicho unos días antes en el programa de Sánchez Dragó. Este había entrevistado al tal F. M., con su parafernalia de iniciales y luces que dejan en sombra la cara, y después la escritora dijo (ya con focos): "Yo le diría a F. M. que no hace falta que se esconda tanto, porque nadie se fija en los escritores".

Y así es (descontando casos enfermizos como el mío). En realidad, someterse a los focos y a las entrevistas y dejarse encerrar en una caseta son gestos de humildad. La Feria del Libro es, pues, una Tebaida, con sus cuevas llenas de santitos: penitentes todos, triunfadores y fracasados. Y con sus guapas libreras, como vírgenes (¡pecadoras!) en sus hornacinas.

[Publicado en Kiliedro]