30.6.06

Melancolía darwinista

La expresión me vino hace unas cuantas tardes, y creo que define bien las sensaciones que le asaltan al hombre que ha cumplido cuarenta años sin haber alcanzado una posición de poder ni haber fundado una familia, quizá porque ni siquiera ha luchado por ello: melancolía darwinista.

Sí, ante todo no ha luchado por ello. En algún momento de la adolescencia, o a lo mejor antes, cristalizó una cierta predisposición a la ineficacia. A partir de entonces, el tiempo iba a quedar conjurado para el lirismo o para la metafísica; no para el pragmatismo. Se trata justamente, de manera peculiar, de un encantamiento. De pronto el mundo es un lugar para otras cosas, y no para la batalla por la supervivencia y la reproducción ni por la expansión del poder. Hay formulaciones que adquieren una connotación negativa: “escalafón”, “el jefe”, “sueldecito”, “plantilla”, “hipoteca”, “mi mujer y mis niños”, “una colocación”, “mandar”. Esto no indica, como es lógico, que la guerra haya cesado. Sólo que uno ha dimitido de ella. Y si en adelante, por cualquier causa, acaricia la idea de asomarse a dar tiros, uno descubre que no sabe encontrar el frente ni qué diablos hay que hacer para intervenir. Se encuentra desconcertado como Fabrizio del Dongo en la batalla de Waterloo.

Hay también algo que podríamos llamar fidelidad a ciertas lecturas. Un prurito de nobleza sin duda puritano y cuya germinación es el signo de que, realmente, uno ya estaba perdido para la lucha darwinista. Por ejemplo, cuando llegaron a nuestras manos Pessoa o Cioran. Supusieron una conmoción; se creó (literalmente) una relación amorosa, o quizás de vasallaje. Y no es que uno se hiciese el propósito mecánico de serles fieles; es que sencillamente, dada esa veneración, encontraba que había conductas incompatibles con el Libro del desasosiego o con este aforismo de Cioran: “Mirad la jeta de quien ha triunfado, de quien se ha esforzado, no importa en qué campo. No descubriréis en ella la menor huella de piedad. Tiene madera de enemigo”. (Sobre la reproducción hay otro: “Fundar una familia. Creo que me hubiera sido más fácil fundar un imperio”.)

Con ese bagaje, uno sólo ha podido pasar por los empleos, cuando por fin se ha decidido a tenerlos, de un modo irónico y, en el fondo, autosaboteador. La escenificación era, por supuesto, la del cinismo mercenario. El cual ha conducido siempre, con mayor o menor dilación, a la ruina. Uno se identificaba en esa actitud con la de un amigo guionista que decía: “A mí lo mismo me da escribir Torrente 3 que El Séptimo Sello 2, con tal de que me paguen”. La consecuencia es que uno acaba siendo escupido por el mercado. El distanciamiento no se perdona: no se encuentra una sola mierda en exposición sin una miríada de egos aupándola por detrás y empringados en el paripé de que “se lo creen”. O quizá la falla está en que el cinismo que consiente en transparentarse es, en verdad, una variante de la candidez.

Lo que se pide es una especie de método Stanislavski para la vida. En el trabajo (y en el amor) hay que exhibirse como ser emotivo. Nuestros mercaderes (prototípicamente encarnados en Milikito) no se atreven a hacer ningún negocio sin el subrayado de una emoción. Son samurais de mesacamilla, gente que combina El arte de la guerra de Sun Tzu con las blandosidades de Paulo Coelho. Resulta una combinación sintomática: quieren calentar la frialdad del capital con cerillas de sentimentalismo barato. Y la mezcla funciona: los Milikitos suelen estar forrados y tener, encima, un millón de amigos.

Con respecto al amor, resulta muy clarificadora la lectura de La evolución del deseo, de David M. Buss. El hombre sensible o poco pragmático que lo lee (llamémosle antidarwinista) cae en estado de shock. De pronto comprende que el que lleva haciéndolo bien toda la vida es el macarra del barrio o alguien como Bertín Osborne. Y si algún ejemplar del libro cae en manos de una mujer (uno ha tenido ocasión de comprobarlo personalmente con su amiga Vázquez), ésta se limita a hojearlo sin sorpresa y a decir que todo eso ya se lo tienen ellas sabido desde los siete años. Dice la estimulante Camille Paglia, esa especie de Otto Weininger femenino (y lésbico) que me descubrió Horrach: “Clitemnestra, Medea, Lady Macbeth y Hedda Gabler, implacables conspiradoras y portadoras de la muerte, son las antepasadas de la mujer moderna”. Esa afirmación sería del todo cierta si el acento se pusiera no en la muerte sino en la reproducción. Las mujeres son, las pasadas y las presentes, auténticas princesas darwinistas.

Pero volvamos al hombre de cuarenta años y a su melancolía. ¿A qué se debe esta irrupción? ¿Es una última treta de la Naturaleza por ponerle en el camino adecuado? ¿Este desasosiego es algo equivalente al famoso, así llamado, reloj biológico femenino? ¿Una alerta de que uno se ha quedado confinado en el mono pessoano y cioranesco, sin poder evolucionar hacia el hombre (macarra de barrio, Bertín Osborne o Milikito)? Lo que está claro es que al que lleva viviendo en la metafísica desde los veinte años no puede asaltarle una crisis como la que narra Martin Amis en La información. Eso sí que lo tenía ya sabido: esa crisis (que es, en realidad, la crisis de los cuarenta más extendida) es la del que lleva toda la vida metido en el fregado darwinista y a esa edad descubre que es mortal. Pero para entonces su tarea darwinista ya suele estar cumplida. Quizá ahí esté la clave: la presuposición fisiológica de la inmortalidad; la inconsciencia que se requiere para procrear y para luchar por el poder, que es un lugar vacío. Es la ceguera de la voluntad de que hablaba Schopenhauer.

Lo que descubre el mono pessoano y cioranesco (o schopenhaueriano) es que ha desactivado demasiado pronto la ilusión del mundo. Se ha quedado, sí, como un actor ya sin papel pero aún encima del escenario. Pero atisba también que la obra es más compleja. Y que tiene su gracia. En realidad, no es sino ahora cuando empieza a comprender el mundo. El lirismo y la metafísica habían sido su velo de maya que le impedía percibir (e incluso apreciar) el velo de maya. Se trata de algo subyugante. Nada menos que el estupor ante la aparición de un mundo nuevo: precisamente este mundo. El mundo que el hombre de cuarenta años lleva cuarenta años pisando como una Atlántida sumergida. Y de pronto ese Atlántida emerge y resulta que estaba donde siempre había estado: bajo sus pies.

[Publicado en Kiliedro]

23.6.06

El filósofo decepcionante

Corría el año 85 y yo era demasiado joven (pongamos que tenía diecinueve). Fernando Savater daba una conferencia en Benalmádena. Mi amigo Macías y yo emprendimos una de esas miniodiseas provinciales para escucharlo: tomamos el autobús hasta Benalmádena-Costa, pero resultó que la conferencia era arriba, en Arroyo de la Miel, así que tuvimos que subir una interminable cuesta, en medio de la cual nos recogió un automovilista que nos condujo hasta el pórtico del edificio correspondiente. La conferencia estaba ya empezada. Savater hablaba en la sala oscura, alumbrado (sic) por un flexo. La imagen inmediata era la de un detenido confesando ante los focos de la policía. Nos sentamos y nos pusimos a escuchar. El tema era el origen filosófico de los Derechos Humanos o algo así. Para mí, que me había acercado a Savater por mi nietzscheanismo encendido (y que su Conocer Nietzsche y su obra impulsó), se trataba de un asunto un poco blando. A mis espaldas, alguien le susurraba a su acompañante: "Es una pena. Desde Panfleto contra el Todo no ha investigado nada". Después llegó el turno de preguntas. Yo alcé la mano y le dije envaradamente si no le parecía que los Derechos Humanos apestaban demasiado a cristianismo. El contestó con paciencia que tales Derechos tenían en el cristianismo uno de sus más sólidos orígenes. Decepción. Mi amigo, que políticamente era bastante extremista (luego aprobó unas oposiciones y se dedicó a la pesca con caña) intervino también: atacó su connivencia con el "sistema". No recuerdo qué respondió, pero mi amigo se sintió igualmente decepcionado. Luego una señora le abroncó por estar "a favor de las drogas", porque tenía una hija yonqui, etcétera. La respuesta del filósofo, en favor de la despenalización, la decepcionó también. Otro le regañó por creer que era posible la libertad. Nueva decepción. Uno tras otro íbamos quedando decepcionados por sus respuestas, sin excepción alguna. La última la hizo un andaluz campechano y fue, sin duda, la más relajada: "Don Fernando, ¿nos puede decir qué libros está leyendo ahora?". Pero Savater citó a autores raros, que nadie conocía, y recuerdo que eso consiguió decepcionarnos, definitivamente, a todos de una vez. Salimos de aquella conferencia decepcionados e insatisfechos. Savater no nos dio a ninguno lo que buscábamos, ni nos dijo lo que queríamos oír. Nos paró los pies de niños consentidos y nos dejó una semilla incómoda en la cabeza. Más de veinte años después, en que no hemos dejado de leerlo ni nos hemos tomado ni una sola temporada, como con otros tantos autores, "vacaciones de Savater", uno no puede sino recordar con asombro y admiración su tarea y su ejemplo. Una vez escribí una versión personal del Otro poema de los dones de Borges y esta es una de las pocas líneas que me siguen gustando: "Por el valor y la felicidad de Fernando Savater". Ha sido el auténtico maestro de mi generación: sin él, seríamos sin duda peores. Esta nota debería haberse titulado, nietzscheanamente: Savater, educador.

22.6.06

El siglo de Billy Wilder

Recuerdo que Billy Wilder murió un Viernes Santo, y le dije a una amiga: "Si verdaderamente es Dios, resucitará el Domingo". El Domingo estuvimos pendientes. No pensábamos que en verdad fuese a resucitar, pero sí, quizá, que se produjera algún tipo de pirotecnia guasona por los cielos. No vimos nada. Ahora pienso que deberíamos haber estado pendientes de la tierra, porque Wilder no era Dios pero sí un diablo. Me gustaba esa frase que se decía de él: "Tiene el cerebro lleno de cuchillas de afeitar". La incómoda inteligencia. El que se acerca mucho, sale triturado. Y su propio poseedor recibe sus cortes (aunque desde dentro resultan algo más estimulantes). Quevedo fue su precursor, aunque Wilder ni lo conocería. Sus herederos, claramente, son Los Simpson. Y yo diría que el 90% de las buenas sit-coms. En el cine no ha dejado herencia, pero sí en la tele. Yo tengo para mí que otro espíritu afín a Wilder es el gran Noel Rosa, el cantante y compositor brasileño que murió en 1937 con veintiseis años. También tenía el cerebro lleno de cuchillas de afeitar. Ahora que lo pienso, tal vez sería mejor decirlo así en español: "poblado de navajas". Billy Wilder tenía el cerebro poblado de navajas. O: le salían navajazos del cerebro. O: al idiota, lo navajeaba. O: a los estúpidos, los hacía papilla. O: se le acercaba un panfilote, y salía hecho lonchas.

Como es lógico, Billy Wilder, el cínico, se comportó con integridad en los momentos de su vida en que hubo que hacerlo. A las almas cándidas suele ocurrirles justo lo contrario: se pasan toda la vida predicando, pero en cuanto la cosa se pone cruda, son los primeros en rajarse. Una de esas ocasiones de integridad wilderiana fue cuando su productor le pidió que los carceleros del campo de concentración de Traidor en el infierno pasasen a ser polacos en vez de alemanes para la comercialización de la película en Alemania. "Vete a la mierda", creo que le dijo Wilder, y se cambió de productora. Le enseñó a trabajar Lubitsch, quien, según contaba Wilder, les hacía corregir una y otra vez los guiones. Al final Lubitsch leía la enésima versión. Por primera vez parecía satisfecho. Sonreía un par de veces durante la lectura. Y nada más acabar, decía con entusiasmo: "¡Perfecto! ¡Ahora vamos a mejorarlo!".

Hay muchos momentos memorables en las películas de Wilder. Cientos, miles de momentos. Bastaría cualquiera de ellos para que el famoso extraterrestre que debe bajar a la Tierra dentro de mil años certificase que, en efecto, había habido vida inteligente en el planeta. Vida, incluso, muy inteligente. Pero yo me quedo con un momento pesimista y tierno: el final de La vida privada de Sherlock Holmes. El detective ha perdido el primer caso de su vida porque cometió el desliz de enamorarse. Antes, durante la película, hemos visto cómo Watson, cansado de regañarle a Holmes por su adicción a la morfina sin que éste le haga caso, le ha escondido la jeringuilla y el resto del instrumental. Pero estamos ya en los últimos minutos. Holmes, fracasado, ha vuelto a casa. Recibe una carta y la lee de pie junto a la ventana, mientras Watson lo observa, también melancólico, desde el sillón. Ahora no recuerdo qué dice esa carta, si es ella misma confesándole que todo fue una treta o alguien comunicándole que la dama ha muerto... El caso es que la tristeza se hace insoportable. Holmes suelta la carta sobre la mesa. Mira a Watson y le dice: "¿Dónde está?". Y Watson, con una dignidad médica que jamás podrá comprender nuestra Pitita Salgado, le indica un cajón. Holmes abre, levanta unas carpetas y allí está su jeringuilla. La recoge, se encierra en su cuarto y la película acaba.

Hoy Billy Wilder hubiese cumplido cien años.

16.6.06

Julián Marías y la Sra. Muir

Gene Tierney en 'El fantasma y la Sra. Muir'


En El fantasma y la Sra. Muir, esa maravillosa película de Mankiewicz que Javier Marías nos enseñó a mirar tan bien, ocurre algo inédito en la historia del cine: el espectador desea que se muera la protagonista, porque sólo ese puede ser el final feliz (final feliz asegurado, por otra parte; como dice Jünger: "A un hombre podrán fallarle todas las citas que tenga previstas a lo largo de su vida –menos una: la cita con la muerte"). La Sra. Muir se ha enamorado del fantasma del capitán, pero éste se ha desvanecido definitivamente y la Sra. Muir sólo podrá reunirse con él cuando muera.

Con el padre de Javier Marías, don Julián, ha pasado lo mismo. Desde que murió su mujer en 1977 se limitó a ser (como dice hoy Eduardo Jordá en un precioso artículo) "un superviviente". Recuerdo un programa radiofónico del Loco de la Colina de principios de los ochenta: Julián Marías se puso a llorar mientras recordaba a su esposa. Durante unos interminables segundos sólo pudimos escuchar los gemidos de dolor de ese hombre. Fue algo intenso, verdadero: lo contrario de los lloriqueos fraudulentos que vendrían después con la televisión basura. No sé por qué, pero aquella noche se me quedó grabada. Luego he venido contemplando a Julián Marías, respetando su limpio cristianismo desde mi estrépito nietzscheano. Un hombre digno que no se vendió nunca, y que por eso proponía la reconciliación en medio de la abyección guerracivilista de los ex-grapo que ahora son neofranquistas, por un lado, y los ex-falangistas reconvertidos en socialdemócratas, por el otro. Frente a ambos, la integridad moral: la decencia. Y por debajo de todo, su duelo amoroso que sólo ha terminado con la muerte. Siempre me acordé, pensando en Julián Marías, de estas hermosas palabras que le dedicó Camus a Breton: "En su perro tiempo, y no se puede olvidar esto, es el único que ha hablado profundamente del amor. El amor es la moral angustiada que ha servido como patria a este exiliado".

Pero alegrémonos: la Sra. Muir ya está otra vez junto al fantasma.

[17-XII-2005]

15.6.06

Dos meses sin Bayón

Dos meses ya sin Bayón. Copio aquí dos de los textos que escribí entonces en el blog de Arcadi Espada. El primero es del 16 de abril, y el segundo del 18. Necrológicas vitales.

* * *
Un año de amistad perpetua

Hace un año, después de que yo colgase aquí la crónica de un acto que hubo en Málaga con Arcadi Espada, Justo Navarro y Félix Bayón, éste me escribió un mail que empezaba así: “Manifiéstate, Atleta”. Le contesté y a partir de entonces hemos mantenido la amistad. Una amistad fundamentalmente telefónica y hotmailiana, ya que sólo nos hemos llegado a ver dos veces en persona, en dos almuerzos que se prolongaron en largas sobremesas de alcohol y risas. A la primera cita llegó tres horas tarde. Le pilló un tremendo atasco de agosto en la autovía de Marbella a Málaga. A pesar de eso, traía un humor excelente. Era un hombre cálido, generoso, bondadoso, inteligentísimo, con un sentido del humor a prueba de bombas (¡y de atascos!). Me hacía gracia lo aficionado que era a los cotilleos, especialmente si eran de faldas. Los celebraba como un niño, sin maldad, como una de las cosas buenas de la vida. También celebraba mis gamberraditas en el blog. El blog, de hecho, le encantaba. Para él era un juguete con el que disfrutaba mucho. Le encantaba descubrir quién era quién. Cuando alguien más o menos conocido le decía que era fan del Atleta Sexual, corría a decírmelo, como para hacerme un regalo. Me había cogido mucho cariño, y yo, además de cariño, cada vez sentía mayor admiración hacia él. Estaba ahora en pleno esplendor columnístico. Yo le había dejado la serie completa de Los Soprano y una vez me llamó entusiasmado con esta frase que dice Tony: “El cunnilingus y la psiquiatría nos han llevado a esto". La última vez que hablamos fue hace dos jueves: “A ver si nos tomamos unas cervezas", me dijo, "y nos reímos del mundo, pero dentro de dos semanas, que ahora viene la Semana del Terror”. La Semana del Terror era esta, en efecto. No he conocido un hombre más enamorado de la vida ni que pusiese tanto mimo en las relaciones personales. Quizá porque vivía con el corazón de un joven ciclista desde hace catorce años. Ese segundo corazón se le paró ayer. No hay consuelo, pero sí más vida por vivir: en su honor, con nuestros corazones.

* * *
Ultima estación

Tercer día de luto, de luto punzante. Para terminar ya de pensar en Bayón muerto (a partir de ahora pensaré sólo en Bayón vivo -vivo y vivificador), he ido esta tarde a Marbella, para buscar su tumba en el cementerio. Quería forzar también así un último encuentro físico. He tomado, desde Málaga, el autobús de las cuatro. En un bolsillo de la chaqueta, un transistor; en el otro, el Interludio azul de Gimferrer: el amor y la muerte (¡même!).

Yo nunca había estado en Marbella. Sí en sus playas y, sobre todo, en Puerto Banús (¡para ver tías buenas y con el prestigio de la prostitución de lujo!), pero no en el pueblo. Pero primero he ido al cementerio del Carmen, que estaba en la otra dirección, hacia arriba, mientras que el pueblo quedaba hacia abajo. Así que me he encaminado hacia las totémicas montañas. A los diez minutos de bajar del autobús ya había comprendido que en Marbella casi todo el mundo se desplaza en coche y está poco acostumbrada a andar. Todo al que preguntaba me indicaba espantado que el cementerio quedaba muy lejos y que cómo se me ocurría ir a pie. Pero llegué en veinte minutos. El último tramo de la subida, además, se me hizo ameno, porque me llamó mi amigo Hervás y echamos un rato de charleta. Sobre Bayón, entre otras cosas. Y sobre mi propósito: el viaje se volvió ahí autonarrativo.

El cementerio estaba vacío. Quise dar una vuelta primero, por si encontraba el sitio sin tener que preguntar. Pero no lo encontré. Vi a un empleado barriendo y me acerqué. A pesar de su mono azul, tenía los tics hamletianos de todos los enterradores del mundo; tics entrañables, por lo demás. El no había trabajado ayer y no sabía, pero llamó por el móvil a un compañero. Este le dijo que Bayón fue incinerado y que la familia se llevó las cenizas. Y que hubo mucha gente en la cremación, entre ella (creí entender) una especie de loca que no se pierde una y sobre la que los enterradores hacían chanzas. Pregunté, por confirmar neuróticamente, si la cremación había sido allí mismo y me dijo que sí. Camino de la salida vi unos lavabos, en un rincón entre nichos, y entré. Bebí agua del grifo: agua de cementerio. Muy fresca. En el rellano que hay fuera vi la fachada de la sala de cremación. A falta de tumba, he estado unos minutos ahí de pie, mirándola. Pensando que al fin y al cabo esa fue la última estación de su cuerpo.

Al salir he visto un prado que acababa en un borde que parecía un buen mirador hacia el mar. Así que, en vez de emprender el camino de regreso, he subido un poco más por la carretera y he saltado la alambrada, porque el prado estaba acotado y con las banderolas de una inmobiliaria, presta a construir (si la ley no lo impide). Hoy, por cierto, venía en el Málaga Hoy (junto con los estupendos artículos sobre Bayón de Eduardo Jordá y Berta González de Vega), una noticia sobre del alcalde del pueblo vecino de Mijas (no recuerdo su nombre, pero sí que es conocido como El Tartaja), que se ha subido el sueldo 19.000 eurillos más, por el procedimiento reglamentario de convocar unas oposiciones para la habilitación de no sé qué a las que él ha sido el único en presentarse, sacando aprobado cum laude o algo así. Pero en fin, prosigamos con nuestro sentimental journey. Desde el borde del prado podía verse ya el mar: digno e imperturbable en el horizonte; horripilante en la costa, por la cancerígena expansión del cemento. Hacía una tarde serena, luminosa. Allá hacia poniente podía verse el perfil del Peñón de Gibraltar. Una nube de su misma extensión estaba por encima, a modo de sombrero levitando. Hacia levante, a dos o tres kilómetros, podía distinguirse la torreta del Centro Comercial La Cañada. Con un leve giro del cuello, uno podía desplazarse con la mirada desde La Cañada hasta el cementerio, a unos doscientos metros por detrás de mí. Decidí quedarme un rato en el mirador y me puse los cascos, para buscar algo de música en la radio. En Radio 3 acababa de comenzar El ambigú y el gran Diego Manrique estaba hablando, precisamente, de Bayón.

Luego bajé al pueblo. Sentía morbo por ver el Ayuntamiento, pero no lo he encontrado y tampoco he preguntado por él. Lo que quería ante todo era llegar al mar. Había un buen trecho. Primero un tramo largo e inhóspito, de viviendas sin gracia en zonas mal urbanizadas, en cuesta, desde la estación de autobuses hasta el casco viejo; y luego ya un recorrido más agradable, por callejas entre rústicas y turísticas, y plazoletas con fuentes, y un parque con abundante vegetación, y la fuente más grande de todas, hasta llegar al paseo marítimo. Había mucho hormigueo humano y un latir de vida que uno ahora percibe con más ganas, como si se hubiese hecho el propósito de que ya no se le escape ni una sola burbuja del champán.

Frases cazadas al vuelo: una madre con acento pijo madrileño a su hijo: "Venga, que tienes que coger el d'eso"; una argentina a una amiga: "Me encontré a Nani y se acababa de comprar tres bolsos, cada uno de mil euros"; una niña enseñándole a otra a decir "o sea" (¡lo juro, aunque esto parezca un mal sketch de Los Morancos!). Antes, cuando iba bajando la cuesta, vi a dos chavales de unos 18 años que se acababan de sentar en la mesa de un parque, a la sombra, cada uno con una litrona de cerveza y estaban abriéndolas. Luego, cuando ya subía, los vi aún allí, con las litronas por debajo de la mitad. Charlaban y disfrutaban con la charla, serenamente. Parecía un buen modo de pasar la tarde. Un poco más arriba reparé en un edificio blanco en el que no me había fijado al bajar: eran los Juzgados. Algo es algo, pensé. Pero estaba todo desértico por allí.

Durante el regreso he venido leyendo, maravillado, el libro de Gimferrer (¡el amor!), con el sol por detrás del autobús, declinante.

13.6.06

Aquel Brasil

Hoy juega Brasil su primer partido en el Mundial. No sé cuál es su rival: ni lo he mirado. A mí sólo me importa Brasil. Hasta el propio fútbol, el contaminante y abrasivo fútbol, me toca cada vez más las pelotas (y nunca mejor dicho). Para mí Brasil, sólo Brasil.

El primer destello fue, como para muchos, en el Mundial 82. Aquel Brasil de Zico, Sócrates y Falcão. De pronto, arte en el césped. Un hechizo que nos impedía apartar la mirada de aquellas evoluciones alegres y armónicas. Eran literalmente jugadores, jugadores adultos en el sentido del memorable aforismo nietzscheano: "Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar". La seriedad de la alegría. O el juego ejercido de un modo implacable, sin ahorro. Aquel Brasil.

Pero aquel Brasil perdió. Y, como dice mi amigo Andújar, tal vez en ese momento quedaron derrotadas muchas cosas. El fútbol se volvió más rácano, y esa racanería lo terminó contaminando todo. Jünger señalaba el naufragio del Titanic como el momento en que se quebró definitivamente la fe en el progreso y el siglo XX se convirtió de golpe en siglo XX. Puede que con aquella derrota de Brasil quedase marcada en las conciencias otra suerte de "se acabó la diversión". El personal se puso a administrar la alegría y a contenerse. Había que exhibir menos desparpajo, calcular mejor, a ver si así se podía ganar. Y para cuando se ha aprendido que ni siquiera con estas victorias se alcanza la alegría de aquella derrota, ya no se ha podido volver.

Después de aquel verano vinieron, por este orden, las canciones brasileñas, las mujeres brasileñas, la literatura brasileña y el propio Brasil, con su paisaje desde la ventana del ônibus y sus ciudades brasileñas (principalmente Rio de Janeiro); con el idioma portugués (¡de acento brasileño!) aromándolo todo en todo instante. Y hemos seguido viviendo los Mundiales con un aburrimiento efectivo, pero enganchados a aquella antigua felicidad.

Recuerdo la final del Mundial 94. En el momento del penalty de Baggio le quité la voz a la tele y puse el Fio Maravilha de Jorge Ben. Funcionó. Brasil fue tetra. Durante ocho años fue muy gracioso escuchar a los brasileños exhibir su orgullo de tetracampeones: "Eu sou tetra, menino!". Una vez una amiga me confesó que también se acostaba con mujeres. Y debí de poner cara de sorpresa (sin duda sería morbo que no acertó a expresarse con desenvoltura), porque avanzó una explicación deliciosa (que me hubiese perdido de haberme mostrado más desenvuelto): "Pero cariño, si soy tetracampeona, ¿cómo no voy a ser bisexual?".

El Mundial 98 me pilló viviendo con Nádia en Torremolinos. Y la comunidad brasileña de la Costa del Sol había preparado una fiesta en un bar de Fuengirola el día de la final. Fue una lástima que Brasil no ganase aquel año. Todavía me entra una nostalgia por lo no vivido al pensar en aquella juerga magnífica, que no se pudo celebrar. Algunos intentaron encenderla a pesar de todo. Pero salía algo deshilachado, apagado, y acabamos regresando a casa.

En el 2002 sí hubo celebración. Y la viví en el mejor sitio posible: la Casa do Brasil de Madrid, bebiendo guaraná y cerveza Brahma. La noche anterior había asistido a un concierto de Caetano Veloso en el Conde-Duque, así que la jornada se presentaba redonda. Era la época del anuncio en el que una brasileña se alzaba la camiseta amarilla para mostrar los pechos: "¿Cuál es el secreto de Brasil?". Muchas hicieron lo mismo aquella mañana de junio para festejar que ya eran penta. Sí, recuerdo una alegría de pechos frescos saltando al ritmo de la batucada. Quiero que este año ocurra también, y si por el camino hay que eliminar a España, casi mejor.