16.12.06

El morbo de las listillas

Eso es algo que va a perderse con las cuotas: el morbo de las listillas. Esas mujeres adorables que mandaban por méritos propios. Habían tenido que esforzarse más que los hombres (del mismo modo que las de cuota tendrán que esforzarse menos), pero precisamente por ello constituían una auténtica aristocracia. Algunas no tuvieron más remedio que virilizarse en exceso, y son las que menos me gustaban. ¡Pero ah, las que se habían mantenido femeninas en medio de la jungla o el mar de tiburones! ¡Qué mujeres maravillosas! ¡Y se las veía tan contentas! Ahora mis queridas listillas, que pisaban con paso firme y tenían una autoestima a prueba de bombas, porque daban por hecho que su puesto era una expresión suficiente de su valía, se verán expuestas con las demás a la insidiosa pregunta: "¿Pero ésa, es de las de cuota?". La conjura de los necios sigue su curso...

15.12.06

Ideas empezadas

Lo primero que llama la atención en las columnas de Arcadi Espada es que comienzan in medias res. In medias res intelectual: con las ideas empezadas. No las vemos surgir ni arrancar pesadamente, sino que vienen ya en marcha, lanzadas a una enorme velocidad: como meteoritos que enseguida se estrellan en nuestro cerebro. Y lo hacen repetidas veces, en un juguetón chisporroteo: creo que Arcadi Espada es, hoy por hoy, el único periodista español capaz de producir orgasmos múltiples (también intelectuales, claro está).

Es conocida la frase de Ortega de que "la claridad es la cortesía del filósofo". Ahora esa cortesía se ha vuelto un lujo, porque lo es la sintaxis: para el filósofo, para el periodista, para el escritor y para cualquiera que trabaje con palabras. Es más necesaria que nunca, pero no basta. Se impone una cortesía mayor: lo que podríamos denominar el gasto neuronal. El índice de ideas que el escritor tiene a bien ofrecernos por página. Por ceñirnos al periodismo, resultaría interesante hacer la prueba de recolectar un montón de columnas del día y tratar de averiguar cuántas ideas contienen. Nos llamaría la atención la poca cortesía de nuestros columnistas, al punto de que ya nos daríamos con un canto en los dientes si encontrásemos una sola idea por columna. Y en estos casos, aún debemos resignarnos a seguir el cansino ritual: la presentación de la idea, su justificación a propósito de algún asunto de actualidad, sus esbozos de formulación, su estiramiento, sus coletazos y secuelas e incluso su defunción (por lo general, dentro de la misma columna). Al periodismo español le pasa lo que a las teleseries españolas (pongamos las de Milikito): su mecánica consiste en un estiramiento inane con el único objeto de rellenar un espacio, que normalmente sale muerto y sin electricidad. Uno puede dormitar durante la emisión o ausentarse para hacer sus necesidades (incluidas las amorosas), que nunca perderá el hilo. El hilo sigue siempre allí, parmenídeo, rocoso, indestructible durante la hora entera; sólo animado, si acaso, por la interrupción oxigenadora de los anuncios. Tomemos, en cambio, un capítulo de Los Simpson: traten de llevar la cuenta de las ideas que surgen a cada segundo y perderán (esta vez sí) el hilo famoso. Pues bien: Arcadi Espada, sin llegar a esos niveles epilépticos de intensidad, está más cerca de Los Simpson que de Milikito. La diferencia resalta de un modo casi ofensivo: es el que tiene dos ojos en el país de los tuertos (en el que también, ay, abundan los ciegos).

Las columnas de Arcadi Espada, así como las anotaciones de su blog, son un vibrante río de Heráclito. O mejor dicho: son el puente por el que nos asomamos al río de su pensamiento. Como dije al principio, se trata de un pensamiento que ya viene activado, y que atraviesa la página sin que le veamos nacer y morir: como un torrente. La metáfora acuática no deja de tener su pertinencia, incluso física: el propio Arcadi Espada contaba en el prólogo de sus Diarios 2004 que la meditación acerca de lo que va a escribir se produce "bajo la ducha". Nietzsche, al que sólo le parecían saludables los "pensamientos caminados" (y que detectaba nihilismo en las muchas horas que Flaubert pasaba sentado en su escritorio), tendría algo que decir al respecto. Por los resultados, podemos suponer que esa ducha asea y dinamiza la mirada de Arcadi Espada sobre la actualidad. Después, no sabemos si aún en albornoz (habría que ser Pilar Urbano para saberlo), se impone la "escritura rápida".

La originalidad de su punto de vista es un hecho: nadie dice lo que él dice, ni señala los matices que él señala. Salvo excepciones, los columnistas no dicen nada. Cuando dicen algo, suele ser un tópico (partidista). Y cuando no es un tópico, es porque ofrecen nueva munición contra el enemigo (igualmente partidista). Estos últimos son los más brillantes: pero siguen dejando mucho que desear. Un columnista como Arcadi Espada es todo un acontecimiento en el periódico. Un acontecimiento intelectual, pero también climatológico: despeja la atmósfera y refresca el ambiente. Baste echarle un vistazo a sus tres últimas columnas de El Mundo (en el momento en que escribo): nos encontramos con una razonada crítica a la mirada que María San Gil le dedicó al terrorista Txapote en un juicio (cuando todos la celebraban), una reflexión sobre la comida rápida a propósito de las intenciones gubernamentales contra una hamburguesa (bueno, hay que reconocer que aquí es más original el Gobierno) y una defensa atea de la Navidad.

La variada y matizada singularidad de su discurso tiene como referente inmediato la variada y matizada singularidad de la realidad. Una tarea como la suya tiene dos momentos: la captación de lo real y su encauzamiento intelectual mediante el lenguaje; lo que a su vez requiere dos higienes previas: una higiene de la mirada y una higiene de la expresión. Entre las dedicaciones de Arcadi Espada se encuentran por ello la reflexión sobre lo que impide la visión correcta de la realidad y la reflexión sobre las taras de la expresión que falsean el lenguaje. Resulta llamativo cómo ha rescatado para el periodismo, con desparpajo, esos elementos que la filosofía y la literatura habían manoseado hasta dejarlos inservibles. Y ha tenido además la astucia, para que su empeño sea moderno, de buscar la alianza con la ciencia y las nuevas tecnologías (fundamentalmente internet). De este modo algunos, leyendo a Arcadi Espada, nos hemos reencontrado inesperadamente con esas dos viejas conocidas que dábamos por muertas: la realidad y la capacidad del lenguaje para decir la verdad.

Y de paso se han vuelto más acuciantes nuestras duchas: porque estamos deseando salir de ellas para ver qué nuevas ideas nos ha puesto hoy por delante Arcadi Espada.

[Publicado en Kiliedro]

17.11.06

El éxito de Paul Auster

William Hurt en "Smoke"
No he leído aún Brooklyn Follies y no sé si esa será la novela redonda que los austerianos esperamos de Auster. La última ha sido La noche del oráculo, y hay un momento en que parece que el autor va a lograrlo al fin. Pero otra vez naufraga. En esta ocasión aguanta un poco más, hasta los dos tercios en vez de hasta la mitad como nos tiene acostumbrados; pero de nuevo se le acaba desmoronando el edificio. El de esta novela es particularmente complejo. De hecho, ya es un prodigio haberlo conseguido armar y habernos mantenido durante tanto tiempo el interés; el salto desde ahí quizá ya sólo estaba al alcance de un genio. Y Paul Auster no es un genio.

Tampoco creo que sea, en realidad, un gran novelista, sino más bien un novelista menor: pero en el sentido no derogatorio en que se dice de un poeta que es un poeta menor (el famoso minor poet de los ingleses). Pertenece a ese género de artistas que no alcanzan el gran arte, pero sí atisbos, y que, en cualquier caso, muchas veces los preferimos a los otros; porque poseen esa cualidad que, a decir de Stevenson, resulta imprescindible para que las demás no se apaguen: el encanto. Uno entra en los libros de Auster y desde el primer renglón se reencuentra con el placer de la lectura. Auster consigue despertar la ingenuidad en lectores que ya han leído muchas novelas y que están, incluso, cansados de novelas. Esto, unido a que él mismo cae bien como persona y a que ha conseguido encarnar una imagen amable del escritor contemporáneo, hace que se le conceda un valor que siempre está unos grados por encima del que se merece. Auster es un buen escritor, pero no tan bueno como todos (yo inclusive) hemos decidido que es.

No empecé a pensar en este asunto hasta que leí un artículo de Elvira Lindo en que relataba la extrañeza de unos amigos neoyorquinos ante el éxito de Paul Auster en España, cuando en Estados Unidos no pasaba de ser un autor de tantos. Como si se hubiera pinchado una burbuja, sólo entonces me atreví a reconocerme a mí mismo que las novelas de Paul Auster habían terminado aburriéndome todas. Sin yo percibirlo, me había dejado llevar también por la ola de la estimación incondicional hacia Paul Auster. Es una de esas extrañas unanimidades que se forman en el mundo de la cultura. Los lectores necesitan a un determinado autor y, si no existe, se lo inventan: escogen a uno que vaya en la dirección anhelada y completan sus carencias con proyecciones propias. En el caso de Paul Auster, me parece que se ha buscado a un autor que escriba novelas modernas que se lean como antiguas; un autor que escriba novelas para adultos que puedan leerse con pasión adolescente. En España, además, hemos sucumbido al cosmopolitismo de su mundo norteamericano, y a la mitología particular de Brooklyn: quizá por respirar un poco de aire exterior en medio de nuestras estólidas "realidades nacionales".

El lector español habitual no repara en que Auster sólo cumple a medias esa promesa: únicamente en el tramo en que logra mantener en pie sus narraciones. Luego éstas se hunden, o se precipitan, o se deshilachan, o se pierden en vías muertas... Pero, paradójicamente, puede que en este fracaso esté la prueba de su éxito artístico; o, al menos, de su honestidad como escritor.

En el que es, sin duda, su mejor libro, el único que me parece redondo y sin tacha, La invención de la soledad (y que, significativamente, no es una novela), Auster traza un mapa minucioso de sus obsesiones: la memoria, la casualidad, la paternidad, la identidad, la ficción de la realidad y la realidad de la ficción, la habitación como lugar de aislamiento y de regeneración, la habitación como lugar de la soledad del escritor... Las asociaciones que va estableciendo al hilo de esto último son de alto voltaje: la habitación del escritor – la frase de Pascal referente a que la infelicidad del hombre se basa en que es incapaz de quedarse quieto en su habitación – la habitación donde Ana Frank esperó la muerte – la habitación donde Hölderlin vivió sus cuarenta últimos años de locura – la habitación donde Emily Dickinson escribió toda su obra – la habitación de Van Gogh – la habitación en la que están solas las mujeres de Vermeer – Robinson Crusoe en su isla – Jonás en el vientre de la ballena – Pinocho y Gepetto en el vientre del tiburón – Pinocho salvando a su padre – Eneas salvando a su padre – Mallarmé velando a su hijo muerto – el hijo de Auster aislado en una cámara de oxígeno para salvar la vida – Scherezade salvando su vida mediante la narración de historias... La invención de la soledad es el libro en el que Auster encuentra (o forja) su voz. Todas sus novelas posteriores se desprenden del semillero que es ese libro. Y la paradoja apuntada en el párrafo anterior consiste en esto: para ser fiel a su libro fundacional, Auster no ha podido escribir sino novelas fracasadas.

El propio autor lo indica: "En un trabajo de ficción, se da por sentado que hay una mente consciente detrás de las palabras de una página; pero ante los acontecimientos del así llamado mundo real, nadie supone nada. La historia inventada está formada por entero de significados, mientras que la historia de los hechos reales carece de cualquier significación más allá de sí misma". En sus novelas, Auster reproduce como escritor lo que suelen hacer sus personajes: perseguir una obsesión, internarse por caminos que pronto se revelan como laberintos que conducen a la soledad... Los personajes de Auster suelen perderse o toparse con un muro más allá del cual no hay nada. Y al escritor Auster le pasa lo mismo: llega un momento en que sus novelas pierden fuelle y sustancia, y la narración se acartona. El lector crítico lo lamenta y echa de menos la perfección. Pero ¿y si ese fracaso narrativo fuese el efecto estético que a esas novelas les corresponde? Algo así como la decepción que le produce al lector que se interna con ánimo romántico en La educación sentimental de Flaubert. O aquel pensamiento tan sutil de Duchamp acerca del tedio que producían los happenings: "Es una forma de ennui, de hastío, y cuanto más te aburras más happening es. Aburrimiento no es la palabra adecuada, pero en un happening las cosas pasan, sin más, como pasarían en cualquier otra parte. Es una forma agradable de indiferencia".

El caso es que el éxito acrítico que Paul Auster tiene en España le hurta su auténtico valor artístico: el que anida en esa segunda mitad fracasada de cada novela (o en el último tercio, en La noche del oráculo), en ese aburrimiento y desasosiego que desprende y que termina convirtiendo al lector que lo percibe en un personaje de Paul Auster.

[Publicado en Kiliedro]

28.10.06

Otra tarde con Woody

Ayer fui a ver la nueva película de Woody Allen: como todos los años, a la primera sesión del viernes de estreno. Para mí es una declaración de principios. No ignoro que comparto esta costumbre con sectores particularmente desagradables de la población (v. g. la familia Trueba); pero mi personalidad y mi amor a Woody son tan fuertes, que surfeo olímpicamente la incómoda coincidencia.

Pero ayer cometí un error. Llegué con diez minutos de retraso y tuve que esperar a la sesión siguiente. Me encontraba en uno de esos Shoppings que incluyen el inevitable Multicines Imax. A las cuatro y diez de la tarde, aquello no es más que un prepararse para la agitada noche: camareritas limpiando mesas, mozos barriendo o colocando sillas, heladeras desangeladas... Fue en ese tiempo de espera cuando me asaltó el otoño este año. Hasta ayer yo había seguido viviendo más o menos en el verano, con este calor que persiste hasta en los días de lluvia. Pero tener que pasarse una hora y cincuenta minutos en un Shopping le hace a uno madurar. Deambulé un rato. Miré a un puñado de adolescentes que se terminaban sus hamburguesas en el MacDonald's. Observé los chorros de una fuente que bailoteaban para nadie. Cuando me aburrí, entré en una librería de segunda mano de esas que venden saldos mezclados con chucherías... Entre los libros encontré La invención de la soledad, de Paul Auster. Yo lo tengo en casa, pero a veces trae cuenta pagar cinco euros por llenar una hora. Me senté a repasarlo en la terraza de un Gambrinus (esto de las franquicias, en verdad, son como el sol: te acompañan en cualquier parte del planeta). Abrí al azar y encontré esta frase: "Para él el mundo se ha reducido al tamaño de esta habitación y debe permanecer en ella hasta que logre comprenderlo. Sólo una cosa resulta clara: no podrá estar en otro sitio hasta que no haya estado aquí. Y si no logra encontrar este lugar, sería absurdo que se propusiera buscar otro." A las seis menos diez me levanté y fui al Multicines. Pero el chico que pica las entradas me dijo que aún no se podía pasar. Había habido un contratiempo al comienzo de la primera sesión y la proyección se retrasó quince o veinte minutos. La siguiente empezaría no a las seis, sino a las seis y veinte. En compensación, y para amenizar la espera, ofrecían una sesión gratis en la Sala Imax. Me dio unas gafas enormes, de plástico, y me indicó la puerta. Mientras me dirigía a ella traté de digerir sentimentalmente el hecho de que la película de Woody me había estado esperando... y a mí ni se me ocurrió preguntar.

En la Sala Imax éramos todos, desde luego, personajes de Woody Allen. Habíamos acudido un viernes por la tarde a ver a Woody y nos encontrábamos allí, con nuestras gafas gigantes, viendo en tres dimensiones carreras de coches con acelerones y accidentes, helicópteros sobrevolando el Gran Cañón del Colorado y el mundo microscópico de las hormigas aumentado a un tamaño de cincuenta metros. Era, ciertamente, una vida rutilante: la vida rutilante que habíamos decidido no vivir. Al fin se encendieron las luces y pasamos a la sala buena. Y allí nos recibió, un año más, Woody. Scoop fue muy bien definida ayer en la prensa: se trata de una comedia menor. Una comedia menor y absolutamente deliciosa. Un Woody Allen envejecido, canoso, ya cansado... y en estado de gracia una vez más. Un argumento simplote pero encantador, de una previsibilidad alada y enternecedora. Y Woody más payasete y más chistoso de lo que nos tenía acostumbrados últimamente, quizá porque le inspira ser un neoyorquino en el Londres del príncipe Carlos. Y así se fue pasando la sesión: agrado, felicidad y, de vez en cuando, la conciencia del asiento de la derecha (o quizá el de la izquierda) vacío. Poco antes de las ocho, en los aparcamientos al aire libre del Shopping, un cielo recién anochecido, azul cobalto, que combinaba con el hilo musical. Y después encuentros y risas, y puede que sexo. Y luego una noche más, menos oscura: porque era la noche de otra tarde con Woody.

9.10.06

Mi historia con Marisa Monte

Marisa Monte en Madrid, 13-IX-2006


Este septiembre he faltado por primera vez a mi cita con Marisa Monte, en su gira española, desde 1994. Quizá he entrado en la fase en que la presencia es algo secundario y lo principal se vuelca hacia dentro, hacia lo que se abre o se descuelga por la imaginación. El universo ya está entero en uno mismo: sólo hay que sacar filones. Ponerse la escafandra y hundirse en las aguas calientes.

A Marisa Monte la empecé a escuchar hace exactamente doce otoños. Su nombre me sonaba del programa de Carlos Galilea en Radio 3, Cuando los elefantes sueñan con la música, pero no me había fijado especialmente en ella. El día inaugural fue el 21 de septiembre de 1994, y empezó con una pista falsa. Leí un artículo de Antonio Muñoz Molina sobre el disco que acababa de sacar Eric Clapton, From the cradle, y sentí la necesidad urgente de ir a comprarlo. Era ya mediodía. Todo estaba cerrado menos la tienda de discos de El Corte Inglés, en la época en que aún era un lugar suntuoso y no un despojo como ahora. El de Clapton no estaba, pero yo había salido a comprar un disco (esas ansiedades del consumismo cultural) y fui a elegir otro a la sección de Música Brasileña. Bueno, en realidad esa sección no existía, sino la de Música Latinoamericana en general, que ha sido una fuente constante de irritaciones en mi vida. Pocas cosas detesto más que ir en busca de Caetano Veloso, Chico Buarque, Antonio Carlos Jobim o Adriana Calcanhotto y que me salgan al paso Quilapayún, Lucho Gatica o los Calchakis; y todavía escapa uno con suerte si se ha librado del adocenado Víctor Jara, cuyo "Te recuerdo, Amanda" es probablemente el mayor canto a la alienación del obrero que se ha escrito nunca (menos mal que ahora han hecho una versión los Astrud y han liberado el lirismo que había por debajo de ese ladrillo kitsch). En fin: vi el primer disco de Marisa Monte, titulado sólo con su nombre, y lo compré. Llegué a casa. Lo puse. No sé decir qué sentí, porque en realidad no sé decir qué sentía antes de haberlo escuchado. En mi memoria, "1994" y "otoño" son ya ese disco. Hay un eco de tiempo en él: no es que Marisa Monte esté en 1994, sino que 1994 está en Marisa Monte; aquel año y mi vida como subproductos de esa música. "Bem que se quis", "Chocolate" y, por encima de todas, "Preciso me encontrar"... Fue, sí, enamoramiento. La música era inseparable de la mujer. También esa cosa encantadoramente patética de los fans, que yo sólo he sentido con Marisa Monte.

En las semanas siguientes conseguí también Mais y Cor de rosa e carvão, que era su novedad de aquella temporada. Al poco me enteré de que iba a venir a España a presentarlo, en noviembre. Aquel otoño estuvo imantado por aquel acontecimiento. Encargué a Hervás, en Madrid, que comprara las entradas con mucha anticipación (¡toda anticipación era poca!), y el día del concierto partí de Málaga con Weil, en su viejo Ford. El viaje fue una tópica odisea, pero no por tópica dejamos de arriesgar auténticamente nuestras vidas. Ocurrió que se nos echó encima el tiempo, que se desató una tormenta por La Mancha y que tuvimos que avanzar a toda velocidad por una cortina de niebla y lluvia que apenas nos dejaba entrever un palmo por delante. Fue una genuina peregrinación: nos impulsaba la idea de que muchos kilómetros detrás de la atmósfera opaca había una mujer tropical.

Llegamos a tiempo, pero el espectáculo se retrasó. En el mismo escenario del Teatro Monumental habían estado grabando un concierto de la Orquesta de RTVE y tardaron mucho en montar el equipo de Marisa Monte y su grupo. Lo hicieron mal, además, porque el sonido resultó ser horrible. Musicalmente fue imposible sacarle placer al acontecimiento. Pero quedaba la mujer, que era además lo nuevo: la música ya la teníamos en los discos. Recuerdo que salió vestida con un traje negro que recordaba a Rita Hayworth en Gilda, con los hombros desnudos, de piel blanquísima, y unos guantes largos que llegaban hasta más arriba del codo y que se quitó luego (pero, ay, sin numerito de strip-tease). Sus ademanes eran todavía rígidos, solemnes, más de diva de ópera que de estrella del pop. Yo saqué mis prismáticos y me puse a observarla. Descubrí lunares. Gestos íntimos de los ojos y los labios. Minúsculas tensiones del cuello y los brazos. Como decía Luis Antonio de Villena en uno de sus poemas: "Hechizo de presencia viva". Sentía también el trastorno de encomendarme a esa Virgen que se inventó Pessoa, según le leí a José María Alvarez: "Nuestra Señora de las Cosas Imposibles Que Anhelamos En Vano". A pesar de ello, mi memoria de aquella velada se ha quedado como suspendida en irrealidad. Se había anunciado que el concierto iban a emitirlo unas semanas después por televisión, y eso hizo que mi atención se quedase liberada de la pulsión de fijar. Fue como un aplazamiento mental: dejé para ese momento posterior el momento presente. Pero sucedió que el concierto nunca llegó a emitirse, sin duda por la mala calidad del sonido. Así que ahora debo tratar de resucitar en mi memoria los momentos que viví aplazándolos.

Después he ido a tres más, siempre en años pares y en otoño: Granada 1996, Málaga 1998, Madrid 2000; y me he ido comprando los cinco discos siguientes: Barulhinho bom, Memórias, crônicas e declarações de amor, Tribalistas (con Carlinhos Brown y Arnaldo Antunes) y los dos de esta temporada, Universo ao meu redor e Infinito particular. Los conciertos de Granada y Málaga, en teatros, sonaron perfectamente. Marisa Monte ya había cobrado aplomo y a la vez soltura. Su apoteosis pop fue en el de Madrid en octubre del 2000, en que apareció tocada con un pelucón a lo María Antonieta, que se quitaba luego de un manotazo que era como saltar del siglo XVIII al XXI, en plan mujer moderna. Por desgracia, el concierto fue en La Riviera y sonó mal, como ocurre siempre en esa máquina atroz de triturar música. Aparte de la pésima acústica, a La Riviera le pasa como al Calle 54: los dueños quieren que todos sepan lo mucho que facturan, por eso les encargan a los camareros que hagan todo el ruido posible con las botellas, los vasos y la caja registradora.

Pero la emoción estuvo esta vez antes y después del concierto. Yo me había sacado, como siempre, la entrada con mucha antelación. Pero cuando faltaban pocos días, perdí la cartera con ella dentro. Corrí como loco a la Fnac a comprar una nueva, con miedo de que ya no quedasen. Por fortuna, el amor hacia Marisa Monte no es universal y conseguí otra. Recuerdo que luego, en la denuncia de Comisaría, me recreé escribiendo el nombre de Marisa Monte en la relación de lo perdido, como un toque de color en aquel informe gris. El caso es que encontré mi cartera el día después del concierto. No se me había perdido en la calle, sino en un rincón de mi casa. Y allí estaba la entrada, ya por siempre sin usar. La miré conmovido por su pequeña tragedia. Una entrada es un trozo de papel que lleva escrito un nombre, y ese nombre es su destino. Si lleva el nombre de "Marisa Monte", significa que ese trozo de papel se acercará un día físicamente a Marisa Monte (un día que también lleva escrito). Aquella entrada mía se lo perdió; se quedó entera y sin destino. Y pienso ahora si mi ausencia del concierto de Marisa Monte este 2006 no habrá sido por serle fiel a aquella entrada.

[Publicado en Kiliedro]

6.9.06

Tres 'Apostrophes'

Hay amenidades que nunca se agradecen tanto como en las aplastantes tardes de agosto. Recuerdo por ejemplo, hace años, aquel ciclo televisivo de Sherlock Holmes con el gran Basil Rathbone, de cuya capacidad refrigeradora se beneficiaba directamente el cerebro. Era como ir a la playa sin moverse del sillón. Ahora he disfrutado de una diversión equivalente, aunque quizá más prestigiosa (o puede que sólo más pedante): los Apostrophes de Bernard Pivot, de los que han caído en mis manos los vídeos de Vladimir Nabokov, Albert Cohen y Georges Simenon. Ha sido una gozada. En tres tardes consecutivas, he tenido en casa a esos invitados ilustres, además de al propio Pivot (que se hace entrañable) y a algún que otro especialista con unas pintas intelectuales que ya no se ven. La primera impresión es que todos ellos eran más agrestes y menos domesticados que nosotros. Algo similar sentí al ver Buenas noches, y buena suerte: hoy no toleraríamos tanta nicotina, pero quizá sí a un McCarthy. En las últimas décadas Occidente se ha dedicado a ducharse: y por el sumidero se ha ido no sólo suciedad, sino también sustancia. El puritanismo se nos ha pegado con el jabón.

Los tres autores vivían en Suiza (Nabokov en Montreux, Cohen en Ginebra y Simenon en Lausana) y ninguno escribía en la misma postura: Nabokov lo hacía de pie y a mano en un atril, “con un lápiz de afilada punta”, Cohen dictándole a su mujer y Simenon mecanografiando en furiosas sentadas de las que salía empapado en sudor. Tampoco reciben a Pivot con el mismo atuendo: Nabokov lo hace con chaqueta y corbata convencionales, Simenon en camisa blanca con fino lazo vaquero y Cohen en bata y camiseta (sic). Es común a los tres el cosmopolitismo, lo pausada y musicalmente que hablan el francés y su interés por hablar de asuntos incestuosos: Nabokov de los hermanos amantes de Ada o el ardor, Cohen de cuánto amaba a su madre y Simenon de cuánto era amado por su hija. Los tres tenían en esos últimos años a una devota mujer detrás y, los que se pronuncian al respecto (Simenon y Cohen), despotrican contra sus experiencias de amor pasión y alaban la serenidad de ese amor definitivo. Nacidos a finales del siglo XIX o a principios del XX, eran ya hombres de otra época; pero se les veneraba. Existía todavía el culto a la literatura; y ésta, a su vez, se sentía importante. Hoy, cualquiera que hablara en ese tono sería tachado de impostor: y seguramente lo sería. Tras la entrevista, a Nabokov le quedaban dos años de vida, a Cohen cuatro y a Simenon ocho.

La de Nabokov es la única entrevista que se emite en directo desde el estudio (las otras dos están grabadas en las casas de los escritores). El autor de Lolita aparece tras una aparatosa barricada de libros y pronto descubrimos que lee sus respuestas. Lo hace disimulando teatralmente, de un modo muy retórico y redicho, con ironía, sin duda deseoso de que el espectador le descubra el truco, pero al mismo tiempo manteniéndose en la convención del disimulo, con cara juguetona. La situación es francamente divertida. El juego alcanza un momento de máximo refinamiento cuando Nabokov se refiere a su absoluta incapacidad para hablar en público y cómo, cuando tenía que dar clases, se lo llevaba todo escrito en notas que colocaba sobre el pupitre “en una posición no muy evidente para los alumnos”... y lo cuenta como algo pasado, sin confesar que es lo está haciendo igualmente en ese preciso instante. La transparencia como guiño socarrón. También hay muchas risas con el té. He leído luego que lo que contiene la tetera de la que le sirve Pivot es whisky. Por eso Nabokov se recogija siempre que le rellenan el vaso, soltando alguna que otra gansada: “¡Este té es un poco fuerte!”, o “¡Ahora me parece café!”. Habla de los espejos, de la magia, de las mariposas, de su experiencia de exiliado, de lo caro que resultaría resucitar su infancia (“para recuperar el sabor del chocolate suizo de 1910 habría que construir otras fábricas como aquellas”), y sobre todo de literatura y de palabras. De entre todas sus intervenciones, me quedo con esta: “No aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, las pequeñas cosas, la ropa masculina informal, el cuarto de baño que substituye al lavabo inmundo. Las grandes cosas como la sublime libertad de pensamiento en nuestro doble occidente. ¡Y la luna! Recuerdo con qué escalofrío delicioso, envidia y angustia, miraba yo en la televisión los primeros pasos flotantes del hombre sobre el talco de nuestro satélite y cómo despreciaba a quienes decían que no valía la pena gastar tantos dólares para pisar el polvo de un mundo muerto. Detesto pues a los divulgadores comprometidos, a los escritores sin misterio, a los infelices que se alimentan con los elixires del charlatán vienés. Aquellos que aprecio saben que sólo el verbo es el valor real de la obra maestra. Principio tan antiguo como verdadero...” Chapeau!

Cohen, de piel muy blanca y ojos sensibles, humedecidos, habla con ese trasfondo de tristeza inevitable en un judío del siglo XX. Y con su humor. Recuerda algo que ya le había leído en esa obrita intensa, triste y divertida que es El libro de mi madre: que ella pensaba que las Tablas de la Ley eran obra de Moisés, pero que éste había decidido contar lo de la revelación divina porque, conociendo a su pueblo, sabía que lo tomarían en serio sólo si se daba importancia. Cuenta también dos episodios de su propia niñez en Marsella a principios de siglo (escritos en Oh vosotros, hermanos humanos), que revelan cómo el nazismo no fue más que la concentración de algo que ya existía por toda Europa y desde hacía mucho tiempo. El de la monja angelical que una vez, mientras le acariciaba la cabeza con cariño, suspiró: “¡Qué pena!”, pensando sin duda en su origen. Y el del charlatán callejero al que se había detenido a escuchar con fascinación y que, para su asombro, lo expulsó al grito de “cerdo judío”. Apostilla Cohen: “Fue un progrom pequeñito, pero luego los mejorarían mucho”. También relaciona con la temática judía el donjuanismo de su gran personaje Solal: “Lo que hace es entrar en el reino no antisemita de las mujeres. Cuando una mujer está enamorada, se vuelve filosemita”. Pero su visión de la pasión es amarga. Se habla mucho de ello. Pivot cita un par de pasajes sublimes de Bella del Señor, en el que se suceden las efusiones líricas y prosaísmos del tipo “el beso no es más que la soldadura de dos esófagos”. Y el propio autor refiere esta idea desprestigiadora: “Si el día que Ana Karenina conoció a Vronski, éste se hubiese roto los dos dientes delanteros, ¿se habría enamorado de él? No. De manera que el grandioso amor de Ana Karenina pesa dos miligramos. Eso es todo”. Al final de la entrevista, Pivot le pregunta por qué va vestido con bata y camiseta. A lo que responde Cohen: “Es el uniforme nacional de mi casa”.

El encuentro con Simenon es con motivo de la publicación de sus Memorias íntimas, que escribió a raíz del suicidio de su hija. Se refiere a este asunto de un modo crudo, conmovedor. No oculta los escabrosos detalles del amor edípico que su hija sentía por él. Por ejemplo, cuando él quiso regalarle un anillo y ella pidió uno igual al de la alianza matrimonial de su padre. Al interrogarle Pivot por la brutal sinceridad de sus declaraciones, Simenon dice que le gusta la verdad cruda, sin maquillaje: “Prefiero que me critiquen o incluso que me odien por lo que de verdad soy, a que me quieran o me admiren por lo que no soy”. Sus ideas sobre el arte de escribir resultan muy saludables. Para él es una tarea artesanal, no intelectual sino física, instintiva: “El arte en el fondo no es sino una necesidad. El arte verdadero, el del creador, es una necesidad. Yo nunca he escrito con intenciones morales, ni filosóficas, ni estéticas, sino para salir de mí mismo.” Distingue entre sus novelas policíacas y las que no son policíacas, que llama “novelas duras”, o “novelas novelas”. Habla de su curiosidad por conocerlo todo, por “conocer al hombre”: “Buscaba al hombre, y lo encontré en la mujer”. Los momentos más picantes (y deliciosos) son, naturalmente, los referidos a su relación con las mujeres: las cuatro con las que vivió y las diez mil con las que se acostó. Y lo cuenta, aunque parezca imposible, con sobriedad. Sencillamente, él siempre ha tenido la necesidad de follar tres veces al día. Habla con ternura de sus esposas y también de la criada que fue su amante, y de las putas. Se ríe un poco luego de la Academia y también del Premio Nobel: “No quiero medallas. No soy un animal de feria”. Y entonces le vienen a uno a la cabeza algunos de nuestros animales de feria contemporáneos (principalmente portugueses), ostentosos con sus medallas y enseñoreándose por un mundo ya muy distinto del de Nabokov, Cohen y Simenon.

[Publicado en Kiliedro]

24.8.06

El árbol de Poe

No creo que haya habido nunca en Málaga una librería tan peculiar como El Árbol de Poe. Situada en calle Frailes, se accedía a ella subiendo un par de escalones y empujando una puerta que casi siempre estaba atrancada y que, al lograrse abrir, armaba un gran estrépito. Uno se encontraba entonces, de sopetón, frente al dueño, que solía estar en su mostradorcito con la mirada perdida, sin inmutarse nunca: ni siquiera cuando uno entraba. Me habían dicho que era poeta y que se llamaba Paco Cumpián. Pero jamás me atreví a hablar con él: su aspecto melancólico me intimidaba.

La librería siempre estaba vacía. Era pequeña y sus estanterías, como artesanales, me recordaban a las de una casa particular. Para salir del campo de visión (de visión perdida) de Cumpián había que dar dos pasos a la derecha, lo cual resultaba escabroso, puesto que el suelo era de madera y crujía como un ataúd. Con el tiempo, aprendí a administrar mis pasos dentro del local, tratando de que fueran los menos posibles. Tres hasta la primera estantería, dos más para abarcarla (que me servían también para echarle un vistazo a la mesa central, dándome la vuelta pero sin levantar los pies del suelo), otros tres para la segunda estantería, cuatro para ir al mostrador a pagar y tres más para salir (peleando otra vez con la puerta): quince pasos en total, todos crujientes.

Lo diminuto del sitio era inversamente proporcional a la cantidad de libros interesantes que contenía. A ninguna otra librería, por ejemplo, llegaban antes las novedades poéticas, ni en ninguna era posible encontrar ciertos libros y revistas ya descatalogados. El Árbol de Poe funcionaba también como imprenta, y por aquí y por allí se exponían sus coquetas ediciones. Pero precisamente esa exquisitez me fue inoculando la obsesión de que yo no podía decepcionar a Cumpián con mis compras, ni irme nunca con las manos vacías. Pasaba horas esforzándome por hacer la elección adecuada, paralizado para no romper el espeso silencio con ningún paso adicional.

La hora de pagar también tenía su épica (o su comedia). Cumpián no solía tener suelto para los cambios demasiado cuantiosos, de modo que cuando pagabas un libro barato con un billete grande, le embargaba el nerviosismo. Sacaba su carterilla de cuero y hurgaba en ella como si esperase encontrar el surtido de una caja registradora, inútilmente. Poco a poco aprendí también a adquirir sólo libros cuyos precios se ajustasen lo más posible al efectivo que yo llevara encima.

Salía agotado, con gran desgaste psíquico. Por eso llegó un momento en que dejé de entrar. Tiempo después vi que había cerrado y pensé, con terror propio de Poe, que yo había sido su único cliente. (Después volvió a abrir, con el mismo nombre y con el mismo Cumpián, pero ya sólo funciona como imprenta.)

22.8.06

Tejiendo la mañana

Traduzco ahora mi poema favorito del gran João Cabral de Melo Neto: "Tecendo a manhã", de La educación por la piedra (1966).

* * *
Tejiendo la mañana

1
Un gallo solo no teje una mañana:
precisará siempre de otros gallos.
De uno que recoja el grito que él
y lo lance a otro; de otro gallo
que recoja el grito del gallo anterior
y lo lance a otro; y de otros gallos
que con otros muchos gallos se crucen
los hilos de sol de sus gritos de gallo,
para que la mañana, con una tela tenue,
vaya siendo tejida, entre todos los gallos.

2
Y tomando cuerpo en tela, entre todos,
erigiéndose en tienda, donde entren todos,
entretendiéndose para todos, en el toldo
(la mañana) que planea libre de armazón.
La mañana, toldo de un tejido tan aéreo
que, tejido, se eleva de por sí: luz globo.

15.8.06

Un poema de Manuel Bandeira

Traduzco "Evocação do Recife" (1925), del poeta brasileño Manuel Bandeira (1886-1968). Solo una nota: el Capiberibe es un río de Pernambuco, el estado cuya capital es Recife. En este poema la palabra resuena algo así como "Rosebud" en Ciudadano Kane.

* * *
Evocación de Recife

Recife
No la Venecia americana
No la Mauritsstad de los armadores de las Indias Occidentales
No el Recife de los Mascates
Ni siquiera el Recife que aprendí a amar después
—Recife de las revoluciones libertarias
Sino el Recife sin historia ni literatura
Recife sin más nada
Recife de mi infancia
La calle de la Unión donde yo jugaba al caliente y frío
y rompía las cristales de la casa de doña Aninha Viegas
Totônio Rodrigues era muy viejo y se ponía los anteojos
en la punta de la nariz
Después de cenar las familias tomaban la acera con sillas
chismorreos noviazgos risas
Jugábamos en medio de la calle
Los niños gritaban:
¡Sal conejo!
¡No salgas!

A distancia las voces suaves de las niñas cantaban a coro:
Rosal dame una rosa
Clavel dame un capullo

(De aquellas rosas muchas rosas
habrán muerto sin florecer...)
De repente
en lo profundo de la noche
una campana
Un adulto decía:
¡Fuego en San Antonio!
Otro discrepaba: ¡San José!
Totônio Rodrigues pensaba siempre que era en San José.
Los hombres se ponían el sombrero salían echando humo
Y yo tenía rabia de ser un niño porque no podía ir a ver el fuego.

Calle de la Unión...
Qué bonitos eran los nombres de las calles de mi infancia
Calle del Sol
(Tengo miedo de que hoy se llame del Dr. Fulano de Tal)
Detrás de casa quedaba la calle de la Añoranza...
...adonde se iba a fumar a escondidas
En el otro lado estaba el muelle de la calle de la Aurora...
...adonde se iba a pescar a escondidas
Capiberibe
—Capiberibe
Allá lejos el pequeño sertón de Caxangá
Retretes de paja
Un día vi a una muchacha desnuda en el retrete
Me quedé inmóvil el corazón batiendo
Ella se rió
Fue mi primer deslumbramiento
¡Inundación! ¡Las inundaciones! Barro buey muerto árboles destrozos remolino desapareció
Y entre los pilares del puente del tren de hierro
los intrépidos caboclos en balsas de hojas de banano

Novenas
Caballadas
Y yo me recosté en el regazo de la niña y ella se puso
a pasar la mano por mis cabellos
Capiberibe
—Capiberibe
Calle de la Unión donde todas las tardes pasaba la negra de los plátanos
Con su vistoso chal de paño de la Costa
Y el vendedor de cañadú
El de cacahuetes
que se llamaban midubines y no eran tostados eran cocidos
Me acuerdo de todos los pregones:
Huevos frescos y baratos
Diez huevos por un peso
Tanto tiempo hace ya...
La vida no me llegaba por los periódicos ni por los libros
Venía de la boca del pueblo en la lengua equivodada del pueblo
Lengua acertada del pueblo
Porque él es el que habla sabroso el portugués de Brasil
Mientras que nosotros
Lo que hacemos
Es remedar cuales monos
La sintaxis lusa
La vida con una buena porción de cosas que yo no entendía bien
Tierras que no sabía por dónde quedaban
Recife...
Calle de la Unión...
La casa de mi abuelo...
¡Nunca pensé que fuese a acabarse!
Todo allí parecía impregnado de eternidad
Recife...
Mi abuelo muerto.
Recife muerto, Recife bueno, Recife brasileño
como la casa de mi abuelo.

14.8.06

El tamaño sí importa

Después de la primera aparición pública de Raúl Castro en tanto Comandante Vicario, ya no cabe ninguna duda: el tamaño sí importa. El hombre, sencillamente, no da. Ni siquiera provoca miedo, como el Hermano Lobo, sino más bien risa. Es una lástima que papá y mamá Castro no diesen otro ejemplar equiparable. Acertaron con la Revolución al producir un barbudo corpulento; histriónico y dañino, sí, pero al fin y al cabo con ciertos toques físicos que le distinguían (un poquito) de los demás dictadores latinoamericanos. Este Raúl Castro, en cambio, podría figurar, sin alterar el conjunto, en la comitiva de Pinochet, Ríos Montt, Videla o incluso Franco (si consideramos a Franco un dictador latinoamericano más, pero sin sabrosura). Con ese aspecto de oficial chusco peruano, y esa cara a medio camino entre Bryce Echenique y Fujimori, uno podría imaginarse perfectamente a Raúl Castro quemando ejemplares de La ciudad y los perros en el patio del Colegio Militar Leoncio Prado. No creo yo que los cubanos puedan tomárselo muy en serio. Hoy he estado mirándole bien el uniforme, porque estoy convencido de que la causa de su tardanza en aparecer está en los trabajos de ajuste que han tenido que hacer los sastres de palacio. De repente, han debido reducir de tamaño los uniformes presidenciales, y eso ha llevado su tiempo. Estos trabajos explicarían también por qué Fidel se ha fotografiado en chándal y no en uniforme: sencillamente, ya no le queda ninguno de su talla. Todos han sido dispuestos, quizá precipitadamente, para la sucesión. Pero yo creo que detrás de ese chándal está la CIA. De otro modo, no se explica. En las fotos a color, con esas franjas rojas y blancas, Fidel tiene el aspecto de un veterano del Atlético de Madrid que se quiere hacer la ilusión de que aún forma parte del equipo. Pero en las de blanco y negro, parecía exactamente un presidiario de película de serie B. Lo más gracioso es que también Fidel recordaba a un peruano: en este caso, a Abimael Guzmán exhibido entre rejas. Pero la comedia bufa acabará tarde o temprano. Aunque sobreviva esta vez el dictador, acabará muriendo. Porque el Tiempo, tan cabrón con frecuencia, tiene algo simpático: que es un infalible tiranicida. (Dejemos para otra ocasión el hecho de que también se encarga de todos los tiranizados.)

[Publicado en Penúltimos Días]

9.8.06

George Duke y el Pan de Azúcar

Para calmar la saudade, que sigue, me he puesto a leer también O Rio de todos os Brasis, del economista Carlos Lessa. El Río de todos los Brasiles. La fecha es esta vez la del 9-III-2001. Se conserva la etiqueta de Sodiler, que era la librería del aeropuerto. Sí, lo recuerdo: compré ese libro poco antes de embarcar. Pensaba que volvería pronto y ya han pasado cinco años y cinco meses. Justo hoy. Pero ahora sólo quiero anotar una sensación. Mi tema favorito de A Brazilian love affair, el disco de George Duke que conocí por Losada, es "Sugar Loaf Mountain". Tiene un ritmo trepidante, perfecto para conducir; de hecho, le da un aire a la sintonía de Starsky y Hutch. Lo que yo no entendía es qué diablos tenía que ver con el Pan de Azúcar. Hasta que conocí los autobuses de Río de Janeiro. Viajar en ônibus es una de las experiencias más intensas que puede vivirse en la ciudad. Hay un trayecto irresistible, el que va de Ipanema a la Barra da Tijuca, con el autobús a toda pastilla por el borde de los acantilados de la Avenida Niemeyer, que es una locura de montaña rusa a pelo, sin raíles. Uno sale con la adrenalina a tope, maravillado. Sin duda, con la alegría del superviviente. Pero hay otro trayecto más sentimental: el de Copacabana al Centro. Resulta igualmente trepidante, pero la ausencia de acantilados le resta un poco de montañarrusismo. Se me olvidaba indicar que las frenadas secas, en las paradas y semáforos, y los abruptos acelerones para reanudar la marcha (que dejan tambaleándose en el pasillo a los pasajeros que acaban de entrar) son un ingrediente indispensable en la diversión. Diversión que yo no dudaría en calificar de dionisíaca. El caso es que el autobús ha dejado atrás Leme y el túnel y ha desembocado en la Bahía de Guanabara. Ya tenemos ahí el Pan de Azúcar. A lo largo de Botafogo y de Flamengo, le veremos bailar entre los trompicones. Aparecerá, desaparecerá, resurgirá entero, se quebrará, se exhibirá con perspectiva, esquinado, recatado, obsceno, de frente, de perfil, en calma, nervioso, doméstico, salvaje... y ni medio minuto seguido retendremos la misma visión. Es una postal caleidoscópica y sincopada, y si uno escucha entonces el tema de George Duke, comprobará que encaja a la perfección —en sus encajes y desencajes.

28.7.06

Bernhard como antídoto

Hay dos cosas que se han vuelto a poner de moda: la literatura en la que “pasan cosas” y el optimismo. Frente a ambas, desoladoras, hay un antídoto implacable: Thomas Bernhard.

La literatura en la que “pasan cosas” suele ser un coñazo que no hay quien lo aguante. Esa literatura se dice hecha para la diversión, pero en realidad sólo está hecha para que el autor recaude unos euros. Exactamente como pasa con los tunos. La tuna, que es, literalmente, el cachondeo por obligación, no divierte a nadie y su única función acaba siendo que los estólidos tunos se lleven su propina. Lo mismo ocurre con la literatura en la que, al parecer, “pasan cosas”, y en la que, realmente, lo único que pasa es que el autor se lleva unos euros. Ese es el único elemento susceptible de sorpresa y novedad: ¿cuántos euros va a llevarse el autor (¡y el editor!)? ¿A qué cantidad va a ascender su propina? El resto, el contenido de esa literatura en sí, es de lo más aburrido y previsible: y los códigos del viento, las catedrales de sábanas, los pintores de cruasanes y hasta los cursos de literatura para da vincis no son más que cansinas variaciones del “clavelito, clavelito”. Desengañémonos: en España, el único al que se puede leer realmente es a Javier Marías. Y, a nivel internacional (y ya póstumo), aunque traducido al español (¡por Miguel Sáenz!), a Thomas Bernhard. En sus novelas puede que no “pasen cosas”, pero sí que pasa algo: la literatura. Que es, por cierto, el único acontecimiento digno que puede pasar en una página.

Por otro lado está toda esa patulea de optimistas oficiales que responden a los ominosos nombres de Bucay, Coelho o Rojas Marcos y que, con su optimismo oficial, están conduciendo a la humanidad al borde del suicidio. Nada hay más deprimiente e invitador al suicidio que un blando optimista oficial. Salimos de la conferencia de un blando optimista oficial, por ejemplo del gordinflón vestido de negro con toque sport Bucay, y el primer impulso es correr al otorrino para suplicarle una extirpación de oídos que nos impida ser ya susceptibles de volver a escuchar en ninguna otra ocasión futura al gordinflón vestido de negro con toque sport Bucay. Bucay, Coelho y Rojas Marcos atufan el mundo con eso que yo llamo optimismo deprimente. En el lado opuesto estaría Thomas Bernhard, que perfuma el mundo con eso que yo llamo pesimismo exaltante. Una vez propuse un experimento, y cualquier antropólogo que quiera probar científicamente esta división mía no tiene más que llevarlo a la práctica. Se trataría de meter en dos chalets iguales a sendos grupos equivalentes de personas y mantenerlas encerradas en ellos durante, digamos, cien días. A los habitantes del chalet A se les daría como única lectura libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos. A los del chalet B, sólo libros de Thomas Bernhard. Pues bien: afirmo que el índice de suicidios, al cabo de los cien días, sería infinitamente superior en el chalet A. Los habitantes del chalet A andarían pegándose cabezazos contra las paredes, y arrojándose los unos a los otros los libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos, de hecho no cesarían de torturarse y descalabrarse los unos a los otros con los libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos, y los más afortunados lograrían desarrollar un método para suicidarse autogolpeándose certeramente en la nuca con un libro de Bucay, Coelho o Rojas Marcos, y así poderse librar definitivamente de los libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos. Por el contrario, los habitantes del chalet B habrían formado una comunidad carcajeante que comentaría y se intercambiaría con gusto y avidez los libros de Thomas Bernhard, y no querrían que el encierro se acabase nunca, al menos no en tanto a cada uno le quedase todavía algún libro de Thomas Bernhard por leer, y cuando finalmente llegase la hora de salir, lo harían como unas motos y con ganas de comerse el mundo...

Porque este es el secreto; este es, como diría Salinger, el maldito secreto: los libros que nos exaltan no son los que acumulan banalidades con apariencia de acontecimientos, y que no son sino síntomas de una incapacidad cerval para la diversión, sino aquellos en los que el principal acontecimiento es la literatura, que es un acontecimiento que nos divierte muchísimo; no aquellos libros que nos sustituyen la vida por un sucedáneo para que la podamos digerir blandamente, sino los que nos arrojan a la cara, o nos meten por la boca, la indigestibilidad esencial de la vida, para que comprobemos cómo, a pesar de todo, nos la podemos comer, y la digerimos, y hasta nos gusta, y nos carcajeamos por ello, y aprendemos entonces con orgullo que esto que decimos amar ardientemente no es un potito bledine (¡un potito Bucay!), sino un jabalí crudo (¡un jabalí Bernhard!) que sí que merece el nombre de vida.

[Publicado en Kiliedro]

30.6.06

Melancolía darwinista

La expresión me vino hace unas cuantas tardes, y creo que define bien las sensaciones que le asaltan al hombre que ha cumplido cuarenta años sin haber alcanzado una posición de poder ni haber fundado una familia, quizá porque ni siquiera ha luchado por ello: melancolía darwinista.

Sí, ante todo no ha luchado por ello. En algún momento de la adolescencia, o a lo mejor antes, cristalizó una cierta predisposición a la ineficacia. A partir de entonces, el tiempo iba a quedar conjurado para el lirismo o para la metafísica; no para el pragmatismo. Se trata justamente, de manera peculiar, de un encantamiento. De pronto el mundo es un lugar para otras cosas, y no para la batalla por la supervivencia y la reproducción ni por la expansión del poder. Hay formulaciones que adquieren una connotación negativa: “escalafón”, “el jefe”, “sueldecito”, “plantilla”, “hipoteca”, “mi mujer y mis niños”, “una colocación”, “mandar”. Esto no indica, como es lógico, que la guerra haya cesado. Sólo que uno ha dimitido de ella. Y si en adelante, por cualquier causa, acaricia la idea de asomarse a dar tiros, uno descubre que no sabe encontrar el frente ni qué diablos hay que hacer para intervenir. Se encuentra desconcertado como Fabrizio del Dongo en la batalla de Waterloo.

Hay también algo que podríamos llamar fidelidad a ciertas lecturas. Un prurito de nobleza sin duda puritano y cuya germinación es el signo de que, realmente, uno ya estaba perdido para la lucha darwinista. Por ejemplo, cuando llegaron a nuestras manos Pessoa o Cioran. Supusieron una conmoción; se creó (literalmente) una relación amorosa, o quizás de vasallaje. Y no es que uno se hiciese el propósito mecánico de serles fieles; es que sencillamente, dada esa veneración, encontraba que había conductas incompatibles con el Libro del desasosiego o con este aforismo de Cioran: “Mirad la jeta de quien ha triunfado, de quien se ha esforzado, no importa en qué campo. No descubriréis en ella la menor huella de piedad. Tiene madera de enemigo”. (Sobre la reproducción hay otro: “Fundar una familia. Creo que me hubiera sido más fácil fundar un imperio”.)

Con ese bagaje, uno sólo ha podido pasar por los empleos, cuando por fin se ha decidido a tenerlos, de un modo irónico y, en el fondo, autosaboteador. La escenificación era, por supuesto, la del cinismo mercenario. El cual ha conducido siempre, con mayor o menor dilación, a la ruina. Uno se identificaba en esa actitud con la de un amigo guionista que decía: “A mí lo mismo me da escribir Torrente 3 que El Séptimo Sello 2, con tal de que me paguen”. La consecuencia es que uno acaba siendo escupido por el mercado. El distanciamiento no se perdona: no se encuentra una sola mierda en exposición sin una miríada de egos aupándola por detrás y empringados en el paripé de que “se lo creen”. O quizá la falla está en que el cinismo que consiente en transparentarse es, en verdad, una variante de la candidez.

Lo que se pide es una especie de método Stanislavski para la vida. En el trabajo (y en el amor) hay que exhibirse como ser emotivo. Nuestros mercaderes (prototípicamente encarnados en Milikito) no se atreven a hacer ningún negocio sin el subrayado de una emoción. Son samurais de mesacamilla, gente que combina El arte de la guerra de Sun Tzu con las blandosidades de Paulo Coelho. Resulta una combinación sintomática: quieren calentar la frialdad del capital con cerillas de sentimentalismo barato. Y la mezcla funciona: los Milikitos suelen estar forrados y tener, encima, un millón de amigos.

Con respecto al amor, resulta muy clarificadora la lectura de La evolución del deseo, de David M. Buss. El hombre sensible o poco pragmático que lo lee (llamémosle antidarwinista) cae en estado de shock. De pronto comprende que el que lleva haciéndolo bien toda la vida es el macarra del barrio o alguien como Bertín Osborne. Y si algún ejemplar del libro cae en manos de una mujer (uno ha tenido ocasión de comprobarlo personalmente con su amiga Vázquez), ésta se limita a hojearlo sin sorpresa y a decir que todo eso ya se lo tienen ellas sabido desde los siete años. Dice la estimulante Camille Paglia, esa especie de Otto Weininger femenino (y lésbico) que me descubrió Horrach: “Clitemnestra, Medea, Lady Macbeth y Hedda Gabler, implacables conspiradoras y portadoras de la muerte, son las antepasadas de la mujer moderna”. Esa afirmación sería del todo cierta si el acento se pusiera no en la muerte sino en la reproducción. Las mujeres son, las pasadas y las presentes, auténticas princesas darwinistas.

Pero volvamos al hombre de cuarenta años y a su melancolía. ¿A qué se debe esta irrupción? ¿Es una última treta de la Naturaleza por ponerle en el camino adecuado? ¿Este desasosiego es algo equivalente al famoso, así llamado, reloj biológico femenino? ¿Una alerta de que uno se ha quedado confinado en el mono pessoano y cioranesco, sin poder evolucionar hacia el hombre (macarra de barrio, Bertín Osborne o Milikito)? Lo que está claro es que al que lleva viviendo en la metafísica desde los veinte años no puede asaltarle una crisis como la que narra Martin Amis en La información. Eso sí que lo tenía ya sabido: esa crisis (que es, en realidad, la crisis de los cuarenta más extendida) es la del que lleva toda la vida metido en el fregado darwinista y a esa edad descubre que es mortal. Pero para entonces su tarea darwinista ya suele estar cumplida. Quizá ahí esté la clave: la presuposición fisiológica de la inmortalidad; la inconsciencia que se requiere para procrear y para luchar por el poder, que es un lugar vacío. Es la ceguera de la voluntad de que hablaba Schopenhauer.

Lo que descubre el mono pessoano y cioranesco (o schopenhaueriano) es que ha desactivado demasiado pronto la ilusión del mundo. Se ha quedado, sí, como un actor ya sin papel pero aún encima del escenario. Pero atisba también que la obra es más compleja. Y que tiene su gracia. En realidad, no es sino ahora cuando empieza a comprender el mundo. El lirismo y la metafísica habían sido su velo de maya que le impedía percibir (e incluso apreciar) el velo de maya. Se trata de algo subyugante. Nada menos que el estupor ante la aparición de un mundo nuevo: precisamente este mundo. El mundo que el hombre de cuarenta años lleva cuarenta años pisando como una Atlántida sumergida. Y de pronto ese Atlántida emerge y resulta que estaba donde siempre había estado: bajo sus pies.

[Publicado en Kiliedro]

23.6.06

El filósofo decepcionante

Corría el año 85 y yo era demasiado joven (pongamos que tenía diecinueve). Fernando Savater daba una conferencia en Benalmádena. Mi amigo Macías y yo emprendimos una de esas miniodiseas provinciales para escucharlo: tomamos el autobús hasta Benalmádena-Costa, pero resultó que la conferencia era arriba, en Arroyo de la Miel, así que tuvimos que subir una interminable cuesta, en medio de la cual nos recogió un automovilista que nos condujo hasta el pórtico del edificio correspondiente. La conferencia estaba ya empezada. Savater hablaba en la sala oscura, alumbrado (sic) por un flexo. La imagen inmediata era la de un detenido confesando ante los focos de la policía. Nos sentamos y nos pusimos a escuchar. El tema era el origen filosófico de los Derechos Humanos o algo así. Para mí, que me había acercado a Savater por mi nietzscheanismo encendido (y que su Conocer Nietzsche y su obra impulsó), se trataba de un asunto un poco blando. A mis espaldas, alguien le susurraba a su acompañante: "Es una pena. Desde Panfleto contra el Todo no ha investigado nada". Después llegó el turno de preguntas. Yo alcé la mano y le dije envaradamente si no le parecía que los Derechos Humanos apestaban demasiado a cristianismo. El contestó con paciencia que tales Derechos tenían en el cristianismo uno de sus más sólidos orígenes. Decepción. Mi amigo, que políticamente era bastante extremista (luego aprobó unas oposiciones y se dedicó a la pesca con caña) intervino también: atacó su connivencia con el "sistema". No recuerdo qué respondió, pero mi amigo se sintió igualmente decepcionado. Luego una señora le abroncó por estar "a favor de las drogas", porque tenía una hija yonqui, etcétera. La respuesta del filósofo, en favor de la despenalización, la decepcionó también. Otro le regañó por creer que era posible la libertad. Nueva decepción. Uno tras otro íbamos quedando decepcionados por sus respuestas, sin excepción alguna. La última la hizo un andaluz campechano y fue, sin duda, la más relajada: "Don Fernando, ¿nos puede decir qué libros está leyendo ahora?". Pero Savater citó a autores raros, que nadie conocía, y recuerdo que eso consiguió decepcionarnos, definitivamente, a todos de una vez. Salimos de aquella conferencia decepcionados e insatisfechos. Savater no nos dio a ninguno lo que buscábamos, ni nos dijo lo que queríamos oír. Nos paró los pies de niños consentidos y nos dejó una semilla incómoda en la cabeza. Más de veinte años después, en que no hemos dejado de leerlo ni nos hemos tomado ni una sola temporada, como con otros tantos autores, "vacaciones de Savater", uno no puede sino recordar con asombro y admiración su tarea y su ejemplo. Una vez escribí una versión personal del Otro poema de los dones de Borges y esta es una de las pocas líneas que me siguen gustando: "Por el valor y la felicidad de Fernando Savater". Ha sido el auténtico maestro de mi generación: sin él, seríamos sin duda peores. Esta nota debería haberse titulado, nietzscheanamente: Savater, educador.

22.6.06

El siglo de Billy Wilder

Recuerdo que Billy Wilder murió un Viernes Santo, y le dije a una amiga: "Si verdaderamente es Dios, resucitará el Domingo". El Domingo estuvimos pendientes. No pensábamos que en verdad fuese a resucitar, pero sí, quizá, que se produjera algún tipo de pirotecnia guasona por los cielos. No vimos nada. Ahora pienso que deberíamos haber estado pendientes de la tierra, porque Wilder no era Dios pero sí un diablo. Me gustaba esa frase que se decía de él: "Tiene el cerebro lleno de cuchillas de afeitar". La incómoda inteligencia. El que se acerca mucho, sale triturado. Y su propio poseedor recibe sus cortes (aunque desde dentro resultan algo más estimulantes). Quevedo fue su precursor, aunque Wilder ni lo conocería. Sus herederos, claramente, son Los Simpson. Y yo diría que el 90% de las buenas sit-coms. En el cine no ha dejado herencia, pero sí en la tele. Yo tengo para mí que otro espíritu afín a Wilder es el gran Noel Rosa, el cantante y compositor brasileño que murió en 1937 con veintiseis años. También tenía el cerebro lleno de cuchillas de afeitar. Ahora que lo pienso, tal vez sería mejor decirlo así en español: "poblado de navajas". Billy Wilder tenía el cerebro poblado de navajas. O: le salían navajazos del cerebro. O: al idiota, lo navajeaba. O: a los estúpidos, los hacía papilla. O: se le acercaba un panfilote, y salía hecho lonchas.

Como es lógico, Billy Wilder, el cínico, se comportó con integridad en los momentos de su vida en que hubo que hacerlo. A las almas cándidas suele ocurrirles justo lo contrario: se pasan toda la vida predicando, pero en cuanto la cosa se pone cruda, son los primeros en rajarse. Una de esas ocasiones de integridad wilderiana fue cuando su productor le pidió que los carceleros del campo de concentración de Traidor en el infierno pasasen a ser polacos en vez de alemanes para la comercialización de la película en Alemania. "Vete a la mierda", creo que le dijo Wilder, y se cambió de productora. Le enseñó a trabajar Lubitsch, quien, según contaba Wilder, les hacía corregir una y otra vez los guiones. Al final Lubitsch leía la enésima versión. Por primera vez parecía satisfecho. Sonreía un par de veces durante la lectura. Y nada más acabar, decía con entusiasmo: "¡Perfecto! ¡Ahora vamos a mejorarlo!".

Hay muchos momentos memorables en las películas de Wilder. Cientos, miles de momentos. Bastaría cualquiera de ellos para que el famoso extraterrestre que debe bajar a la Tierra dentro de mil años certificase que, en efecto, había habido vida inteligente en el planeta. Vida, incluso, muy inteligente. Pero yo me quedo con un momento pesimista y tierno: el final de La vida privada de Sherlock Holmes. El detective ha perdido el primer caso de su vida porque cometió el desliz de enamorarse. Antes, durante la película, hemos visto cómo Watson, cansado de regañarle a Holmes por su adicción a la morfina sin que éste le haga caso, le ha escondido la jeringuilla y el resto del instrumental. Pero estamos ya en los últimos minutos. Holmes, fracasado, ha vuelto a casa. Recibe una carta y la lee de pie junto a la ventana, mientras Watson lo observa, también melancólico, desde el sillón. Ahora no recuerdo qué dice esa carta, si es ella misma confesándole que todo fue una treta o alguien comunicándole que la dama ha muerto... El caso es que la tristeza se hace insoportable. Holmes suelta la carta sobre la mesa. Mira a Watson y le dice: "¿Dónde está?". Y Watson, con una dignidad médica que jamás podrá comprender nuestra Pitita Salgado, le indica un cajón. Holmes abre, levanta unas carpetas y allí está su jeringuilla. La recoge, se encierra en su cuarto y la película acaba.

Hoy Billy Wilder hubiese cumplido cien años.

16.6.06

Julián Marías y la Sra. Muir

Gene Tierney en 'El fantasma y la Sra. Muir'


En El fantasma y la Sra. Muir, esa maravillosa película de Mankiewicz que Javier Marías nos enseñó a mirar tan bien, ocurre algo inédito en la historia del cine: el espectador desea que se muera la protagonista, porque sólo ese puede ser el final feliz (final feliz asegurado, por otra parte; como dice Jünger: "A un hombre podrán fallarle todas las citas que tenga previstas a lo largo de su vida –menos una: la cita con la muerte"). La Sra. Muir se ha enamorado del fantasma del capitán, pero éste se ha desvanecido definitivamente y la Sra. Muir sólo podrá reunirse con él cuando muera.

Con el padre de Javier Marías, don Julián, ha pasado lo mismo. Desde que murió su mujer en 1977 se limitó a ser (como dice hoy Eduardo Jordá en un precioso artículo) "un superviviente". Recuerdo un programa radiofónico del Loco de la Colina de principios de los ochenta: Julián Marías se puso a llorar mientras recordaba a su esposa. Durante unos interminables segundos sólo pudimos escuchar los gemidos de dolor de ese hombre. Fue algo intenso, verdadero: lo contrario de los lloriqueos fraudulentos que vendrían después con la televisión basura. No sé por qué, pero aquella noche se me quedó grabada. Luego he venido contemplando a Julián Marías, respetando su limpio cristianismo desde mi estrépito nietzscheano. Un hombre digno que no se vendió nunca, y que por eso proponía la reconciliación en medio de la abyección guerracivilista de los ex-grapo que ahora son neofranquistas, por un lado, y los ex-falangistas reconvertidos en socialdemócratas, por el otro. Frente a ambos, la integridad moral: la decencia. Y por debajo de todo, su duelo amoroso que sólo ha terminado con la muerte. Siempre me acordé, pensando en Julián Marías, de estas hermosas palabras que le dedicó Camus a Breton: "En su perro tiempo, y no se puede olvidar esto, es el único que ha hablado profundamente del amor. El amor es la moral angustiada que ha servido como patria a este exiliado".

Pero alegrémonos: la Sra. Muir ya está otra vez junto al fantasma.

[17-XII-2005]

15.6.06

Dos meses sin Bayón

Dos meses ya sin Bayón. Copio aquí dos de los textos que escribí entonces en el blog de Arcadi Espada. El primero es del 16 de abril, y el segundo del 18. Necrológicas vitales.

* * *
Un año de amistad perpetua

Hace un año, después de que yo colgase aquí la crónica de un acto que hubo en Málaga con Arcadi Espada, Justo Navarro y Félix Bayón, éste me escribió un mail que empezaba así: “Manifiéstate, Atleta”. Le contesté y a partir de entonces hemos mantenido la amistad. Una amistad fundamentalmente telefónica y hotmailiana, ya que sólo nos hemos llegado a ver dos veces en persona, en dos almuerzos que se prolongaron en largas sobremesas de alcohol y risas. A la primera cita llegó tres horas tarde. Le pilló un tremendo atasco de agosto en la autovía de Marbella a Málaga. A pesar de eso, traía un humor excelente. Era un hombre cálido, generoso, bondadoso, inteligentísimo, con un sentido del humor a prueba de bombas (¡y de atascos!). Me hacía gracia lo aficionado que era a los cotilleos, especialmente si eran de faldas. Los celebraba como un niño, sin maldad, como una de las cosas buenas de la vida. También celebraba mis gamberraditas en el blog. El blog, de hecho, le encantaba. Para él era un juguete con el que disfrutaba mucho. Le encantaba descubrir quién era quién. Cuando alguien más o menos conocido le decía que era fan del Atleta Sexual, corría a decírmelo, como para hacerme un regalo. Me había cogido mucho cariño, y yo, además de cariño, cada vez sentía mayor admiración hacia él. Estaba ahora en pleno esplendor columnístico. Yo le había dejado la serie completa de Los Soprano y una vez me llamó entusiasmado con esta frase que dice Tony: “El cunnilingus y la psiquiatría nos han llevado a esto". La última vez que hablamos fue hace dos jueves: “A ver si nos tomamos unas cervezas", me dijo, "y nos reímos del mundo, pero dentro de dos semanas, que ahora viene la Semana del Terror”. La Semana del Terror era esta, en efecto. No he conocido un hombre más enamorado de la vida ni que pusiese tanto mimo en las relaciones personales. Quizá porque vivía con el corazón de un joven ciclista desde hace catorce años. Ese segundo corazón se le paró ayer. No hay consuelo, pero sí más vida por vivir: en su honor, con nuestros corazones.

* * *
Ultima estación

Tercer día de luto, de luto punzante. Para terminar ya de pensar en Bayón muerto (a partir de ahora pensaré sólo en Bayón vivo -vivo y vivificador), he ido esta tarde a Marbella, para buscar su tumba en el cementerio. Quería forzar también así un último encuentro físico. He tomado, desde Málaga, el autobús de las cuatro. En un bolsillo de la chaqueta, un transistor; en el otro, el Interludio azul de Gimferrer: el amor y la muerte (¡même!).

Yo nunca había estado en Marbella. Sí en sus playas y, sobre todo, en Puerto Banús (¡para ver tías buenas y con el prestigio de la prostitución de lujo!), pero no en el pueblo. Pero primero he ido al cementerio del Carmen, que estaba en la otra dirección, hacia arriba, mientras que el pueblo quedaba hacia abajo. Así que me he encaminado hacia las totémicas montañas. A los diez minutos de bajar del autobús ya había comprendido que en Marbella casi todo el mundo se desplaza en coche y está poco acostumbrada a andar. Todo al que preguntaba me indicaba espantado que el cementerio quedaba muy lejos y que cómo se me ocurría ir a pie. Pero llegué en veinte minutos. El último tramo de la subida, además, se me hizo ameno, porque me llamó mi amigo Hervás y echamos un rato de charleta. Sobre Bayón, entre otras cosas. Y sobre mi propósito: el viaje se volvió ahí autonarrativo.

El cementerio estaba vacío. Quise dar una vuelta primero, por si encontraba el sitio sin tener que preguntar. Pero no lo encontré. Vi a un empleado barriendo y me acerqué. A pesar de su mono azul, tenía los tics hamletianos de todos los enterradores del mundo; tics entrañables, por lo demás. El no había trabajado ayer y no sabía, pero llamó por el móvil a un compañero. Este le dijo que Bayón fue incinerado y que la familia se llevó las cenizas. Y que hubo mucha gente en la cremación, entre ella (creí entender) una especie de loca que no se pierde una y sobre la que los enterradores hacían chanzas. Pregunté, por confirmar neuróticamente, si la cremación había sido allí mismo y me dijo que sí. Camino de la salida vi unos lavabos, en un rincón entre nichos, y entré. Bebí agua del grifo: agua de cementerio. Muy fresca. En el rellano que hay fuera vi la fachada de la sala de cremación. A falta de tumba, he estado unos minutos ahí de pie, mirándola. Pensando que al fin y al cabo esa fue la última estación de su cuerpo.

Al salir he visto un prado que acababa en un borde que parecía un buen mirador hacia el mar. Así que, en vez de emprender el camino de regreso, he subido un poco más por la carretera y he saltado la alambrada, porque el prado estaba acotado y con las banderolas de una inmobiliaria, presta a construir (si la ley no lo impide). Hoy, por cierto, venía en el Málaga Hoy (junto con los estupendos artículos sobre Bayón de Eduardo Jordá y Berta González de Vega), una noticia sobre del alcalde del pueblo vecino de Mijas (no recuerdo su nombre, pero sí que es conocido como El Tartaja), que se ha subido el sueldo 19.000 eurillos más, por el procedimiento reglamentario de convocar unas oposiciones para la habilitación de no sé qué a las que él ha sido el único en presentarse, sacando aprobado cum laude o algo así. Pero en fin, prosigamos con nuestro sentimental journey. Desde el borde del prado podía verse ya el mar: digno e imperturbable en el horizonte; horripilante en la costa, por la cancerígena expansión del cemento. Hacía una tarde serena, luminosa. Allá hacia poniente podía verse el perfil del Peñón de Gibraltar. Una nube de su misma extensión estaba por encima, a modo de sombrero levitando. Hacia levante, a dos o tres kilómetros, podía distinguirse la torreta del Centro Comercial La Cañada. Con un leve giro del cuello, uno podía desplazarse con la mirada desde La Cañada hasta el cementerio, a unos doscientos metros por detrás de mí. Decidí quedarme un rato en el mirador y me puse los cascos, para buscar algo de música en la radio. En Radio 3 acababa de comenzar El ambigú y el gran Diego Manrique estaba hablando, precisamente, de Bayón.

Luego bajé al pueblo. Sentía morbo por ver el Ayuntamiento, pero no lo he encontrado y tampoco he preguntado por él. Lo que quería ante todo era llegar al mar. Había un buen trecho. Primero un tramo largo e inhóspito, de viviendas sin gracia en zonas mal urbanizadas, en cuesta, desde la estación de autobuses hasta el casco viejo; y luego ya un recorrido más agradable, por callejas entre rústicas y turísticas, y plazoletas con fuentes, y un parque con abundante vegetación, y la fuente más grande de todas, hasta llegar al paseo marítimo. Había mucho hormigueo humano y un latir de vida que uno ahora percibe con más ganas, como si se hubiese hecho el propósito de que ya no se le escape ni una sola burbuja del champán.

Frases cazadas al vuelo: una madre con acento pijo madrileño a su hijo: "Venga, que tienes que coger el d'eso"; una argentina a una amiga: "Me encontré a Nani y se acababa de comprar tres bolsos, cada uno de mil euros"; una niña enseñándole a otra a decir "o sea" (¡lo juro, aunque esto parezca un mal sketch de Los Morancos!). Antes, cuando iba bajando la cuesta, vi a dos chavales de unos 18 años que se acababan de sentar en la mesa de un parque, a la sombra, cada uno con una litrona de cerveza y estaban abriéndolas. Luego, cuando ya subía, los vi aún allí, con las litronas por debajo de la mitad. Charlaban y disfrutaban con la charla, serenamente. Parecía un buen modo de pasar la tarde. Un poco más arriba reparé en un edificio blanco en el que no me había fijado al bajar: eran los Juzgados. Algo es algo, pensé. Pero estaba todo desértico por allí.

Durante el regreso he venido leyendo, maravillado, el libro de Gimferrer (¡el amor!), con el sol por detrás del autobús, declinante.

13.6.06

Aquel Brasil

Hoy juega Brasil su primer partido en el Mundial. No sé cuál es su rival: ni lo he mirado. A mí sólo me importa Brasil. Hasta el propio fútbol, el contaminante y abrasivo fútbol, me toca cada vez más las pelotas (y nunca mejor dicho). Para mí Brasil, sólo Brasil.

El primer destello fue, como para muchos, en el Mundial 82. Aquel Brasil de Zico, Sócrates y Falcão. De pronto, arte en el césped. Un hechizo que nos impedía apartar la mirada de aquellas evoluciones alegres y armónicas. Eran literalmente jugadores, jugadores adultos en el sentido del memorable aforismo nietzscheano: "Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar". La seriedad de la alegría. O el juego ejercido de un modo implacable, sin ahorro. Aquel Brasil.

Pero aquel Brasil perdió. Y, como dice mi amigo Andújar, tal vez en ese momento quedaron derrotadas muchas cosas. El fútbol se volvió más rácano, y esa racanería lo terminó contaminando todo. Jünger señalaba el naufragio del Titanic como el momento en que se quebró definitivamente la fe en el progreso y el siglo XX se convirtió de golpe en siglo XX. Puede que con aquella derrota de Brasil quedase marcada en las conciencias otra suerte de "se acabó la diversión". El personal se puso a administrar la alegría y a contenerse. Había que exhibir menos desparpajo, calcular mejor, a ver si así se podía ganar. Y para cuando se ha aprendido que ni siquiera con estas victorias se alcanza la alegría de aquella derrota, ya no se ha podido volver.

Después de aquel verano vinieron, por este orden, las canciones brasileñas, las mujeres brasileñas, la literatura brasileña y el propio Brasil, con su paisaje desde la ventana del ônibus y sus ciudades brasileñas (principalmente Rio de Janeiro); con el idioma portugués (¡de acento brasileño!) aromándolo todo en todo instante. Y hemos seguido viviendo los Mundiales con un aburrimiento efectivo, pero enganchados a aquella antigua felicidad.

Recuerdo la final del Mundial 94. En el momento del penalty de Baggio le quité la voz a la tele y puse el Fio Maravilha de Jorge Ben. Funcionó. Brasil fue tetra. Durante ocho años fue muy gracioso escuchar a los brasileños exhibir su orgullo de tetracampeones: "Eu sou tetra, menino!". Una vez una amiga me confesó que también se acostaba con mujeres. Y debí de poner cara de sorpresa (sin duda sería morbo que no acertó a expresarse con desenvoltura), porque avanzó una explicación deliciosa (que me hubiese perdido de haberme mostrado más desenvuelto): "Pero cariño, si soy tetracampeona, ¿cómo no voy a ser bisexual?".

El Mundial 98 me pilló viviendo con Nádia en Torremolinos. Y la comunidad brasileña de la Costa del Sol había preparado una fiesta en un bar de Fuengirola el día de la final. Fue una lástima que Brasil no ganase aquel año. Todavía me entra una nostalgia por lo no vivido al pensar en aquella juerga magnífica, que no se pudo celebrar. Algunos intentaron encenderla a pesar de todo. Pero salía algo deshilachado, apagado, y acabamos regresando a casa.

En el 2002 sí hubo celebración. Y la viví en el mejor sitio posible: la Casa do Brasil de Madrid, bebiendo guaraná y cerveza Brahma. La noche anterior había asistido a un concierto de Caetano Veloso en el Conde-Duque, así que la jornada se presentaba redonda. Era la época del anuncio en el que una brasileña se alzaba la camiseta amarilla para mostrar los pechos: "¿Cuál es el secreto de Brasil?". Muchas hicieron lo mismo aquella mañana de junio para festejar que ya eran penta. Sí, recuerdo una alegría de pechos frescos saltando al ritmo de la batucada. Quiero que este año ocurra también, y si por el camino hay que eliminar a España, casi mejor.

19.5.06

Mi suicidio poético

A la memoria de Félix Bayón

La verdad es que nunca he sabido qué hacer con la poesía. Con la prosa sí. Con la prosa sé más o menos por dónde hay que tirar, y (lo consiga o no lo consiga) podría pasarme la vida entera trabajando un párrafo. Pero cuando escribía poemas, el procedimiento era muy corto. Me salía el poema del tirón, luego lo repasaba un poco, ajustando algún verso, cambiando algún adjetivo o alguna coma, y ya está. Ya no sabía qué más se podía hacer con él. Era un objeto hermético encima de la mesa que yo ya no sabía manipular. Sólo cuando se trataba de un poema paródico o deliberadamente artificioso podía seguirlo trabajando; quizá con la conciencia tranquila de que eso ya no era poesía.

Siempre he sido consciente de estas limitaciones y, aunque les tengo cariño, nunca he considerado que mis poemas aportasen nada. Creo que eran aceptables y más o menos coquetos, pero del montón. De hecho, no he buscado publicarlos: y esta omisión es, quizá, la prueba irrebatible de autocrítica en un autor. Pero esta pureza tampoco es íntegra. En todos estos años he tenido dos momentos de debilidad. Uno fue a principios de los noventa, cuando yo tenía veintipocos. Aunque ya entonces, como siempre, mi juicio acerca de mis versos es el que acabo de decir, me dejé dominar por la impaciencia de querer publicar para, como decía Gil de Biedma (creo que citando a Auden), adquirir “la imagen social de poeta”. Mandé mi libro a una editorial y después a un premio; por fortuna fracasé en ambos casos. Así no he cargado con una obra que hubiera tenido que repudiar después.

El segundo momento de debilidad fue el año pasado, ya en mis treinta y nueve. Yo hacía mucho que no escribía poemas, pero mi amigo Losada me invitó a un ciclo de lecturas que estaba organizando en Córdoba. Primero le dije que no. Después accedí. Pensé que, al fin y al cabo, no estaba mal hacer una presentación en sociedad (única y póstuma) del poeta, o del esbozo de poeta, que fui. Pasé el otoño repasando mis sobras completas (le robo la expresión a Savater) y seleccionando los textos de mi intervención. En ese repaso me di cuenta de que, en realidad, yo había estado escribiendo siempre o contra la poesía o en favor de la desaparición del poeta. Es decir: mis poemas positivamente poéticos eran recreaciones de la desaparición del poeta (de mi desaparición); y mis poemas negativamente poéticos (los paródicos) eran en sí mismos una desaparición: la desaparición de la poesía. Eran, en ambos casos, los poemas de un suicidio poético: suicidio que había concluido con éxito (exitus: salida).

Así que con este ánimo reconfortantemente póstumo me planté en Córdoba en diciembre. Descartada la poesía, yo estaba feliz y con mucha curiosidad por ver qué pasaba, sin más, con el acontecimiento. Dispuesto también a gozar del halago. No había leído en público en mi vida. Para mí era como hacer turismo a una situación nueva, y a su correspondiente gama de sensaciones. A lo largo del tiempo he asistido a bastantes recitales poéticos y siempre había un elemento tedioso que tardé en localizar: el poeta leyendo me evocaba a los que leían en la misa, aburridísimamente. Ahora yo iba a ser uno de ellos, siquiera por una noche. Poco antes del acto, cuando me encontraba precisamente en capilla como quien dice, recibí una llamada de Félix Bayón al móvil. Sólo quería celebrar una frase que acababa de escuchar en un capítulo de Los Soprano: “El cunnilingus y la psiquiatría nos han llevado a esto". Ahí sí que hay poesía, pensé mientras me dirigía a la sala.

El acto fue como un túnel. O como si uno se metiese en una cámara a presión o en una cabina de astronauta: un espacio con una densidad distinta de la habitual, con otras leyes. Lo hice bien, pero no como yo hubiera querido. En los días previos me había imaginado leyendo y comentando mis poemas con mucha simpatía. Yo hablaba con soltura y emitía sonrisas y gestos cómplices que el público captaba y celebraba conmigo. Pero no sucedió así. En cuanto Losada me presentó y me quedé a solas en mi mesa, ante el micrófono, me sentí como si me hubieran puesto un traje de plomo: no sobre el cuerpo, sino por dentro, en el alma. Esa creo que es la imagen exacta: me sentí como con una armadura interior. De pronto me volví serio, mis gestos se hicieron pausados, pesantes. Ese aplomo me sorprendió. Imponía respeto al auditorio y también a mí mismo: yo no podía salir de él. En un par de ocasiones intenté rebajar la tensión con un chiste o una ironía: pero no pude. Me sentía lleno de energía e investido por la atención ajena. Era una coacción que yo era el primero en sufrir, en experimentar.

Supongo que cuando uno se acostumbra a este tipo de actos, los vuelve más suyos y adquiere movilidad dentro de ellos. Serán también un aprendizaje, como todo. Pero para mí era algo completamente nuevo y recibí unas sensaciones muy precisas. Capté la fenomenología del acontecimiento, de un modo que quizá ya se le escape al conferenciante profesional. El silencio de la sala, un silencio humano, tangible, emocional; la desaparición de los individuos, de los rostros, cuando yo miraba ocasionalmente, y la sustitución de cada uno por ese cuerpo unánime, hecho de bultos pero que respiraba; la sensación de mi voz en el micrófono, de mis dedos pasando la hoja, de la luz del flexo, el sabor del whisky con seven-up en mis tragos como a cámara lenta... Cuando acabé, el aplauso era algo necesario para mí: yo lo necesitaba. Su ausencia hubiera sido un empujón.

El público luego, en el turno de preguntas, me prodigó elogios. Eran más bien superficiales, pero los agradecí igualmente. Uno se crece entonces. Cuando comprueba que el público está a su favor, aunque sea por cortesía, la mera topología del acontecimiento le otorga poder. Uno es el foco del que emana la voz, el punto al que señala la luz. Todos los oídos y todos los ojos están pendientes de uno. Es una disposición intrínsecamente perversa. Yo, agarrotado como estaba, ya pude experimentarlo, y lo usé dentro de mis posibilidades. Imagínense lo que puede hacer el hombre de cultura con tablas, o el hombre del espectáculo; o mejor aún: el político acostumbrado a mítines. Creo que uno debe de acabar necesariamente cretinizado. Comprendí algo del hablar en público: uno hace una afirmación de la que quizá no está muy convencido... pero la mecánica del acontecimiento le impulsa a seguir emitiendo otras afirmaciones que la suscriban. Se va tejiendo una malla metálica de la que es muy difícil escapar para autodesmentirse como el Prufrock de Eliot: “no es eso en absoluto, no es eso lo que yo quería decir en absoluto”.

En fin, salí de esa jornada con el ego subido. Al día siguiente abrí un blog donde colgué mis poemas y las fotos de la velada. De pronto me reconfortaba ser alguien: el poeta que leyó en Córdoba al menos, ese del cartel diseñado por Losada. Pero por fortuna, a las pocas semanas se me bajaron los humos. Comprendí que eso no conducía a ninguna parte. Releí a algunos de mis poetas favoritos, y también descubrí a otros de mi edad que lo estaban haciendo muy bien. Debía aceptar que yo era un poeta muerto. Borré mis poemas del blog. Decidí que estuvo bien esa experiencia, pero que no la volvería a repetir. Terminé de suicidarme como poeta... y aquí me tienen, vivo en la prosa.

[Publicado en Kiliedro]

El aprendiz al sol



"Tener el aprendiz al sol es la leyenda de un dibujo que representa a un ciclista ético subiendo una cuesta reducida a una línea".
(Marcel Duchamp)

"En la juventud es frecuente una atmósfera general lóbrega, cual si el otoño proyectase sus sombras por adelantado. Poco a poco va aclarándose la vista; también a vivir hay que aprender".
(Ernst Jünger)