10.4.17

Los tontos del pueblo (vasco)

Un profesor universitario del País Vasco nos contó hace dos años en Málaga el final de ETA. Él no lo llamo así, pero era el final de ETA.

Una mañana muy temprano salió a caminar por un bosque cercano a su pueblo. Cuando se hubo internado, oyó los alaridos de un hombre. Eran alaridos insistentes, desesperados, rabiosos. Se aproximó sin hacer ruido, ocultándose, hasta que lo vio. Era un etarra que había cumplido hacía poco su condena. En el pueblo no lo trataban como a un héroe, sino como a un tonto. Eso le haría comprender –si no lo había comprendido ya en la cárcel– la gran tontería de su vida. Así que se iba de noche al bosque a gritar. Quizá no por sus crímenes, pero sí por él mismo.

En los callejones sin salida de la mente de los etarras se ha ido acabando ETA. Con el empuje indispensable del Estado, de las fuerzas de seguridad y de los ciudadanos que se opusieron (no tantos, por desgracia), que les han prestado un servicio a su autoconocimiento. Aunque este no se ha implantado del todo. En otros pueblos sí son celebrados los terroristas, y los envuelven en la grasa del sentido: un sentido falso, fraudulento. Y a él se agarran porque no tienen nada más, prorrogando su condición de tontos.

Hay que estar entontecido por la ideología (y lo están tantos, por desgracia) para ver épica, e incluso historia, en el chiste de Gila que protagonizaron los gilis de Bayona. Una panda que daba grima, en la que no faltaron los curas de rigor. Lo nauseabundo fueron como siempre las amenazas. De esas no se desarman. Eso de llamar ahora a los demócratas, como hizo Otegi de acuerdo con el comunicado de ETA, “los enemigos de la paz”. Hasta en el último pedo apestan a lo que han apestado desde el principio.

“Tomamos las armas por el Pueblo Vasco”, dice el comunicado de los tontos del pueblo. Con esas mayúsculas compensatorias, tal vez por lo mucho que lo empequeñecieron.

Un rasgo entrañable (y cargante) de los tontos es querer dárselas de inteligentes. Pero cuando la cuestión es simple, hablar de complejidad, de causas, de razones, etcétera, etcétera, es una muestra más de tontería. Y aquí la cuestión era de lo más simple: unos criminales mataban, secuestraban, coaccionaban. Lo único inteligente era no enredarse y verlo con claridad.

Los nacionalistas son siempre los peores de su “nación”. Y los nacionalistas asesinos son los peores de los peores. Asesinaron porque eran los más tontos.

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En El Español.

9.4.17

Carme Chacón: un icono

En cuanto ha muerto Carme Chacón, tan pronto, se ha hecho evidente la imagen por la que será recordada: la de ella como ministra de Defensa embarazada pasando revista a las tropas. Una imagen ya de época y que perdurará. Por mucha fuerza que tenga, un icono solo cuaja a posteriori. Ahora es diáfano.

Fue una operación deliberada de Zapatero, que quería esa imagen. Pero eso no le resta valor: el expresidente se mostró ahí como un artista iconográfico. Al fin y al cabo, esa imagen simboliza su presidencia. En su día fue criticada, y hasta hubo chistes y desprecios. Pero ya no hay duda. Curioso el legado de Zapatero: ha dejado hitos progresistas como ese o como el del matrimonio gay, que han circulado merecidamente por el mundo; por desgracia, también debilitó el Estado de derecho y alentó el nacionalismo, dos cosas reaccionarias por definición.

En este momento se aprecia que Chacón valía más que los políticos que se quedaron cuando ella se fue. Cuando es demasiado tarde. Se postuló como lideresa del PSOE y algunos no lo vimos claro. Pero comparada con los tres candidatos hoy en liza, habría sido mejor con diferencia.

Tienen razón los elogios a los muertos, o la atenuación de la crítica. No es tanto hipocresía como ascenso de nivel: la muerte –y más si es inesperada– sitúa la percepción en un plano más acorde con la realidad profunda, con la realidad verdadera. Siempre me acuerdo de las palabras de Jünger ante el cadáver de un enemigo en la Primera Guerra Mundial: “Allí no había ya ni guerra ni enemistad”. Nuestra política no llega a la guerra, por muy belicosa que se muestre últimamente. Pero la muerte nos recuerda la igualdad esencial; la igualdad en lo que importa.

Ahora, qué paradoja, esta mujer que ha muerto quedará para siempre como emblema de la vida, con su embarazo perdurable ante los militares. Aunque en el icono hay un dolor: ha sido tan rápida su muerte que el hijo que esperaba es un niño aún. Cómo no pensar en él. No hay consuelo, pero él también está en el icono. Un día podrá decir, o decirse, lo que escribió Gil de Biedma ante otra foto de cuando lo esperaban: “Así yo estuve aquí / dentro del vientre de mi madre”.

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En The Objective.

5.4.17

Casetas grises

Esto de que quieran ahora animar la Cuesta de Moyano no me hace mucha gracia, la verdad. Las ciudades han de tener también un sitio para el desánimo, y en Madrid la Cuesta de Moyano cumplía estupendamente la función. Para los escritores, al menos. Allí se asomaban –nos asomábamos– a ver el limbo de todos los esfuerzos: la inutilidad última. Qué mínimo que las casetas fueran grises.

Esta manía de colorearlo y dinamizarlo todo. Eliminando la opción de la grisura y el estatismo. La monotonía apagada convertía la visita en algo ascético; relajado y ascético. Subir y bajar la Cuesta de Moyano, mirando los libros de las casetas y las mesas, constituía una especie de minicamino de Santiago. Al término se tenía una relajación aturdida, y unos cuantos libros en el macuto.

Tales compras eran redentoras. Lo siguen siendo aún. Más que limbo, la Cuesta de Moyano es purgatorio. Los libros purgan el ser viejos, el estar usados y olvidados, el no figurar en una rutilante librería. Pero en cualquier momento un lector puede rescatarlos. Darles el empujón al paraíso.

El propio escritor desanimado puede animarse con el gesto. Pero lo suyo es que la lección ocurra sin estridencias. La decisión de pasarse una mañana o una tarde por la Cuesta de Moyano estaba asociada a esa estética gris. Se trataba de sumergirse en una cierta decrepitud. Toparse con libros de Baroja en un escenario de Baroja. Pero la disidencia tranquila no se tolera. Quieren animar la Cuesta de Moyano.

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En The Objective.

3.4.17

Pániker (y Umbral)

Para mí iban juntos, aunque no parecieran cercanos. Ellos mismos se juntaban: hubo un tiempo en que se echaban piropos en la prensa. Yo empecé leyendo a Francisco Umbral, como todos, y por él empecé a leer a Salvador Pániker, que ahora se ha muerto. Debió de ser después de alguna entrevista o algún artículo, en que Umbral lo definía como “un dandy hindú vestido culturalmente en Oxford por el mejor sastre de Barcelona”. La mirada de Pániker era exactamente la opuesta a la de un nacionalista; es decir, amplia. Hijo de padre indio y madre catalana, una vez le preguntaron si no se sentía raro de ser medio indio, a lo que respondió que en todo caso debería sentirse raro de ser medio catalán, porque indios hay mil millones y catalanes apenas siete.

De Umbral me he acordado estos días a propósito de la condena por los chistes sobre Carrero Blanco. Parece que vuelven a reactivarse asuntos que ya estaban resueltos en 1981. Ese año, en su novela A la sombra de las muchachas rojas, Umbral escribía sin problema: “La gente andaba por la calle mirando para el cielo [...] el cometa Carrero nos tenía a todos con la tortícolis puesta [...] era como volver a ver zeppelines, globos o cometas Halley”. Pániker habló de lo retroprogresivo, pero en un sentido positivo tanto del retroceso como del progreso, que se prestaban virtudes (y virtualidades) mutuamente. Lo que tenemos ahora es una regresión sin más, por infección ideológica.

Una de las liberaciones que reportaba la lectura de Pániker era justo la liberación de lo simbólico: sus palabras ponían entre paréntesis las palabras; las aligeraba de peso metafísico, es decir, de su tendencia al abuso semántico. Lo suyo eran indagaciones verbales, conceptuales, como una búsqueda y también como una música de acompañamiento. Su libro más importante, Aproximación al origen –que casi resume la filosofía de su gloriosa editorial Kairós–, está repleto de sugerencias, de sugestiones: de puentes entre oriente y occidente, entre la ciencia y el arte, entre lo material y lo místico, entre lo biográfico y lo cósmico... La idea más fuerte que aprendí es que nuestra orfandad es mucho más radical de lo que sospechamos cuando nos quejamos: tan radical que deja de tener sentido la noción misma de orfandad, y por lo tanto la queja.

En uno de sus diarios escribió: “A mí la muerte no deja de producirme una cierta ‘exasperación de fondo’, lo cual me invita a trascender el ego. Trascender el ego equivale a que las piezas encajen de otro modo, superando las ingenuas pataletas de Unamuno”. Otra cosa que dijo Umbral de él es que era un pensador apasionante, precisamente por desapasionado. Sofisticado, natural, elegante, civilizado, corporal, racional, narcisista sin ego, místico sin religión, lúdico, lúcido: un raro mundial.

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En El Español.

27.3.17

Risto, el típico ser único

Me hace mucha gracia Risto Mejide con sus alardes de personalidad: tensos, pomposos, envarados y en fin de cuentas previsibles. Podría aplicársele el eslogan de una marca de whisky que se anunciaba antes en la radio: “El típico ser único”. Ahí está todo. Es el ideal publicitario por excelencia, que el publicitario Risto encarna (y vende) a la perfección: una individualidad de escaparate que resulta, en último extremo, adocenada. Rascas un poquito en el “ser único” y está eso: lo típico.

No por ello carece de seducción. Yo mismo, si me topo con Risto en el zapping, me quedo. Su personaje funciona; y de mi entretenimiento forma parte también ese contraste entre su pose y su realidad. Cuando irrumpió hace años en Operación Triunfo hasta resultaba fresco ver a un aguafiestas entre tanto entusiasta. Aunque claro, el fallo estaba cuando dejaba traslucir su ideal estético: los gorgoritos que él propugnaba eran aún más indigestos que los de los concursantes criticados; por no hablar de sus prédicas de autoayuda, propias de un Paulo Coelho malote. Que se tomara todo aquel circo en serio no dejaba de ser la mayor broma...

En la polémica final de Got Talent ha vuelto a presumir de que se toma “muy en serio” su trabajo. Por esa razón abandonó su puesto en el jurado. Se negó a asistir a la “payasada”, dijo, del triunfo de Antonio El Tekila. Puede que todo esté guionizado, como suele ocurrir en la tele; pero yo entro en el juego y me tomo en serio su seriedad, que me pareció –por lo tanto– sumamente irrisoria.

Ahora no hago más que ponerme vídeos del Tekila, y me parto de risa, más que por sus bailes, por la convicción de que es un verdadero artista y lo que ha hecho Risto ha sido rechazar al primer (¡al único!) verdadero artista que se le ha puesto delante en todos sus años televisivos...

El Tekila es un soberbio dinamitador del pseudoarte de cartón piedra de todos estos programas de triunfitos y talentos. Y lo hace no en plan falso y listillo, como aquel revenido Chikilicuatre, sino con alegría genuina, popular. Por entre sus contorsiones se cuela algo primigenio, de abajo. Naturalmente, chirriante. Y con evidente mal gusto. Pero no va a ir uno de un pueblo de Badajoz a bailarle al señorito Risto lo que este considere de buen gusto. El Tekila es un ser único pero no típico. Y mira por dónde ha ido a hacerle a Risto lo que este no ha terminado de hacer nunca verdaderamente (y de ahí su éxito y sus facturaciones): molestar.

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En El Español.

22.3.17

Marca Cataluña

No sé si los nacionalistas catalanes son conscientes de cómo están arruinando la marca Cataluña. Tampoco sé si les importa. Ellos van a lo suyo, en el sentido más cerril de la expresión: como buenos nacionalistas. (Y con un enemigo principal, que no son “los españoles”, sino los catalanes que no son nacionalistas).

Lo de la Marca España tuvo su gracia. El temible nacionalismo español del PP se manifestó así: reduciendo los énfasis apoteósicos y metafísicos del “¡Arriba España!” o el “¡Una, Grande y Libre!” a un asunto civil, comercial; de producto que podría encontrarse en las estanterías del Corte Inglés. Era la constatación de que el patriotismo había pasado a ser algo menor, más asequible: un escohotadiano “amigo del comercio”. La idea principal, higieniquísima, es que a la patria hay que sacarle algún dinerillo.

A lo mejor eso es lo patriótico hoy en día. Y lo nacionalista lo contrario: empodrecer el producto. Esa parte fundamental de la Marca España que es Cataluña la están dejando podrida, invendible. Un perjuicio para ellos mismos –los nacionalistas– y para todos.

Mi generación, la de los que éramos niños en la Transición, se crio admirando a Cataluña. Se nos dio (en la enseñanza pública al menos) una visión no nacionalista y sí crítica de la historia de España. Y en esa visión estaba integrada Cataluña como el lugar de España por el que se salía a Europa y por el que entraba Europa...

Y ahora estos palurdos retrógrados, como salidos del pozo español.

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En The Objective.

20.3.17

¿Juego de tronos? ¡La Transición!

Me ha impresionado revisitar la serie de Victoria Prego sobre la Transición, que está entera en la web de RTVE. Cuando se emitió en 1995 causó impacto. Hoy el impacto es doble, debido a una paradoja: veintidós años después, ha ganado actualidad. Otro de los efectos regresivos de la “nueva política”. Los impugnadores de la Transición no están –contra lo que ellos mismos dicen– desenterrando información, sino escondiendo la que teníamos: simplificando una realidad que era complicada, y que en todo momento se percibió así.

Para el historiador Johan Huizinga (¡habría que citar siempre a Huizinga!) el estudioso de la historia ha de contemplarla desde una perspectiva indeterminista: “Debe situarse constantemente en un punto del pasado en el que los factores aún parezcan permitir desarrollos diferentes. Si se ocupa de la batalla de Salamina, debe hacerlo como si los persas pudieran ganarla aún”. Una de las virtudes de La Transición es que vemos cómo los persas pueden ganar en cualquier momento la batalla; o como mínimo, justo eso: dar batalla.

Lo alarmante de los impugnadores de la Transición es que se sitúan junto a los actores lamentables de entonces, los que metían miedo: Girón de Velasco, los militares franquistas o los asesinos ultras, en un extremo; y los terroristas de la ETA o el GRAPO, en el otro. Es curioso cómo para todos ellos la acusación favorita era la de “traición”. Los “traidores” Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, principalmente. Estaban (como sus herederos actuales) a favor de la “autenticidad”: la que había llevado a la guerra civil primero y a la dictadura después.

De la “autenticidad” política se ocupa precisamente José Luis Pardo en el último premio Anagrama de ensayo, Estudios del malestar. La define así: “Esa concepción de la política basada en el antagonismo y no en el pacto, y que no se piensa a sí misma como asentada en los cauces del derecho”. Algo que había sido lo típico en la historia de España hasta entonces. La Transición es el momento en que España se salió de la historia de España. El empeño de los que se oponían entonces era que no se saliera; el de los de ahora, meterla de nuevo: volver a las andadas.

Pablo Iglesias, con esa ignorancia sobrada de que hacen gala algunos profesores, le regaló al rey Felipe la serie Juego de tronos. Para que aprendiera sobre la política española, dijo. El Rey tendría que haberle regalado a cambio La Transición: para que aprendiera él, de verdad.

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En El Español.

19.3.17

Jot Down 18

Ha salido el número 18 del trimestral en papel de Jot Down, especial Armagedón: el fin del mundo y otros finales. Participo con "El tiempo de las moscas", sobre el fin del aburrimento y de los tiempos muertos en la era digital; o el cambio del oro del tiempo (que buscaba Breton) por la calderilla de Twitter, y de todas las redes sociales. Se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down.

13.3.17

Virtudes primarias

Le ha costado, pero al fin se ha decidido: Susana Díaz presentará su candidatura a la secretaría general del PSOE. Se ha pasado los últimos años hablando sentimentalmente, con un quiebro en la voz, de “mi tierra”, refiriéndose a Andalucía; pero qué diablos, su tierra también es España. (Si algo tenemos los andaluces es que podemos ponernos sentimentales en estéreo). En las primarias socialistas, por lo tanto, competirán tres: ella, Pedro Sánchez y Patxi López. Díaz, Sánchez y López: pase lo que pase, el PSOE es ya el verdadero partido de la gente. Aunque está por ver que la gente se dé por enterada y vaya a votarlo tanto como cuando estaba González...

Se ha criticado la falta de virtudes de Susana Díaz. Pero, sin rebuscar demasiado, yo le encuentro dos incontestables, monumentales incluso: una, la de no ser Pedro Sánchez; dos, la de no ser Patxi López. Eso es muchísimo. Aunque puede que no le baste. Al fin y al cabo, Pedro Sánchez tampoco carece de virtudes. Destacan, en concreto, dos, no menos incontestables y monumentales: la de no ser Susana Díaz y la de no ser Patxi López. Este, por su parte, lejos de quedar desplazado, también puede presumir de dos virtudes tan incontestables y monumentales como las de los otros: la de no ser Pedro Sánchez y la de no ser Susana Díaz. La cosa está bastante empatada en cuanto a virtudes.

La competición entre estos tres fenómenos, con dos virtudes –y quizá ninguna más– cada uno, le pone la decisión muy difícil a la militancia. Esta podrá darse el gustazo, eso sí, de desdeñar a dos de los candidatos. Pero a un precio tal vez excesivo: el de apoyar al tercero. ¿Merecerá la pena, por ejemplo, desdeñar a Pedro Sánchez y Patxi López a cambio de apoyar a Susana Díaz? Es para pensárselo. (Y de ejemplo valdrían igualmente las otras combinaciones).

Con Díaz, que es la que me pilla más cerca, tengo la curiosidad de si pasará Despeñaperros. En caso afirmativo, serían Sánchez y López los despeñados. Los andaluces pasan (¡pasamos!) Despeñaperros sin problemas, pero en Díaz encuentro un estilo andaluz un tanto abrasivo. Con Felipe González funcionaba, porque lo andaluz era en él un vehículo seductor para otras cosas. En Díaz, sin embargo, creo que lo andaluz se lo come todo: parece un prototipo específico para la política autonómica. Los sanchistas ya han empezado a reírse de esto. Aunque no con la abundancia con que lo hace Canal Sur, que depende de la propia Díaz... Por lo demás, que no se pongan gallitos los sanchistas: que la virtud de Díaz de no ser Sánchez puede que le resulte suficiente.

No sabemos, en fin, si las primarias servirán para ir dándole salida a la crisis del PSOE. Lo que sí podemos adelantar es que la terna misma es una expresión monumental e incontestable de la crisis.

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En El Español.