23.6.17

El tiempo de las moscas

En vez del oro del tiempo, como quería André Breton, tenemos la calderilla de Twitter: el tiempo de las moscas. Antonio Escohotado dice que quien descuida la atención vive en el tiempo de las moscas. Las moscas son dispersas; y todos somos moscas en Twitter y Facebook, en internet en general; con el WhatsApp y los smartphones, que nos han hecho tontos. Sí, los teléfonos inteligentes nos han timado: han metido nuestro tiempo en sus cubiletes y se han quedado con él. No estoy seguro de que haya que quejarse, porque no tiene vuelta atrás. Pero conviene hacer un recuento de pérdidas.

La sabiduría zen recomienda la atención, que es lo principal que hemos perdido. No hay mejor gimnasia para el espíritu que concentrarse. Yo ahora leo mucho, pero con poca intensidad: me cuesta concentrarme. Escribiendo a veces lo consigo, aunque no cuanto quisiera. Debajo de mi ventana tengo dos negocios espeluznantes: una carpintería y una cristalería, donde se corta el aluminio. He estado años refunfuñando; pero lo cierto es que, cuando he logrado escribir con atención, los ruidos han desaparecido. Quizá haya que tomarlos como señales: igual que las “bandas sonoras” de las autopistas. Uno se mete en el carril de la concentración, y escribe o lee. Y si percibe el ruido es que se está saliendo. El ruido es la advertencia de que hay que meterse otra vez.

Por otra parte, solo la atención ahonda el tiempo. De nosotros no depende su extensión, pero sí su profundidad. Cada minuto guarda un infinito. La cuestión es no sentir el roce del tiempo, sino estar dentro de él. No entre sus dientes, sino en el interior de su boca; no troceado, troceándose, sino tragado entero. El movimiento –la muerte– se nota por comparación: absorto en él, somos eternos. Salir del tiempo entrando de lleno en él. De lleno: sin dejar fuera nada que roce con lo que no es tiempo.

Esta es la teoría, pero la práctica se ha vuelto inalcanzable. Los requerimientos de la hiperconectividad nos tienen acribillados. Las dudas sobre el libre albedrío quizá sean secundarias cuando se ha evaporado la voluntad. Ha desaparecido el oro del tiempo, pero también los tiempos muertos, y el aburrimiento.

La volatización de este último la ha analizado Manuel Arias Maldonado en su completo “Informe sobre el tedio en la era digital”, publicado en Revista de Libros, en el que incorpora lo que han escrito otros autores, como Jacob Mikanowski, Laurence Scott o Lars Svendsen, y clásicos como Heidegger, Bergson, Moravia, Pessoa, Bellow o Thomas Mann. Algunos elementos: la identidad como algo experimentado ya no hacia dentro sino hacia fuera, una identidad que además es reticular, formada por conexiones múltiples; el carácter vivo del teléfono móvil, en el que los otros no están solo en estado fantasmagórico, como en un libro, sino presentes, con la capacidad de interpelarnos; la imposibilidad del aislamiento, por la integración en un flujo de conciencia colectivo “en perpetua ebullición”, con infinidad de voces simultáneas que “nos sacan de nosotros mismos”; la alerta incesante en que nos mantiene la vida digital, llena de momentos de suspense que segregan “un tiempo organizado en torno a la expectativa”, entre la “potencialidad del contacto” y la “disponibilidad al mismo”; la aceleración del tiempo digital y el “permanente aplazamiento del problema del significado”, por el que “no tenemos tiempo para preguntarnos a qué dedicamos el tiempo”; y, en suma, la “sensación intensa de tiempo malgastado, aunque adictivo: reconfortante durante su experiencia directa, pero amargo en su recolección posterior”.

Otra pérdida, en efecto, es la del poso: es un tiempo permanentemente alterado, sin posibilidad de sedimentación. No hay humus que fructifique: todo se gasta en el chisporroteo instantáneo. La calderilla de Twitter es brillante; en sus mejores momentos, burbujeante como el champán. Pero lo único que deja es insatisfacción. Una mañana de lectura puede tener sus tramos aburridos, pedregosos, esforzados; pero al término deja el cuerpo y la cabeza bien: con una sensación de crecimiento o ahondamiento, de experiencia. Una mañana de Twitter, en cambio, nos deja estragados, aunque haya sido divertida, como suele. En su transcurso nos hemos atomizado, pulverizado: al final nos encontramos con que todo se nos ha quedado revuelto. Solo que ese “al final” es una licencia retórica: el enganche es sin descanso.

Como es natural, uno no puede escoger voluntariamente aburrirse. Para instalarse en ese vacío desasosegante, pudiéndolo evitar, haría falta un empeño casi ascético, forzado. Antes esas ocasiones se las proporcionaban a uno los días o las noches; o las tardes, sobre todo las tardes: el aburrimiento atacaba, se caía en él, se veía uno envuelto por él. El bello título de Eugenio d’Ors Oceanografía del tedio remite a esa deriva por océanos en que el yo era un náufrago alejado de todo; o un barco como el de La línea de sombra de Joseph Conrad, preso de una insidiosa calma chicha. Ahora no hay manera de perderse: han desaparecido los océanos tediosos. No queda ni una piscina en que aburrirse. Ni en la que surja, de pronto, lo inesperado.

Antes podían fallar las conexiones. Podía fallar una cita y entonces uno se quedaba colgado en la ciudad, o en su casa. Aquella aspereza no era querida, pero esa contrariedad obligaba a cambiar el paso, o a quedarse quieto. No siempre resultaba fecundo, pero a veces sí. Recibía un azote contemplativo, o se le ocurría algo, una frase, que no le hubiera llegado de otro modo. Descubría, sin que estuviese preparado, el oro del tiempo.

* * *
Publicado en el trimestral de Jot Down núm. 18, especial Armagedón: el fin del mundo y otros finales.

21.6.17

Jot Down 19

Ha salido el número 19 del trimestral en papel de Jot Down, especial Islas. Colaboro con "Todo incluido", en que cuento los tres meses que pasé en Ibiza en 2004, en el equipo de rodaje de una serie de televisión. Nos alojábamos en un resort, un hotel de esos de "todo incluido"; aunque casi todo el tiempo fue solo para nosotros: llegamos semanas antes de que llegasen los turistas. La revista se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down.

20.6.17

El centroizquierda como izquierda liberada

El nuevo Sánchez ha resultado ser el mismo Sánchez. Al menos en lo que dice: queda por ver qué hará más allá de sus palabras. En su discurso de clausura del congreso del PSOE tenía que contentar a la militancia que lo ha aupado. Pero para ganar las elecciones tendrá que descontentar necesariamente a esa militancia... ¿Lo sabe Pedro Sánchez? Creo que ahí, en su cabecita, se jugará todo.

Una clave, poco esperanzadora, está en lo que dijo su hombre de confianza José Luis Ábalos (quien por lo demás estuvo muy bien en la moción de censura): “Desde la izquierda queremos ganar el centroizquierda”. Demuestra que no sabe qué es el centroizquierda hoy en España. Tampoco lo sabe Sánchez cuando llama a un entendimiento entre Ciudadanos y Podemos. ¿Finge o no se ha enterado de nada?

Permítanme que les hable desde el centroizquierda, porque ahí estoy yo (o ahí me quiero ver). En el centroizquierda estamos los progresistas que nos hemos liberado de la fetichización de la palabra “izquierda”. Hemos soportado en estos últimos años que nos llamen “fachas”, y lo que nos digan que somos nos trae ya al pairo (lo último es la matraca del “extremo centro”, proferida por pijos ideológicos). Para nosotros no hay progresismo posible si no parte del respeto estricto al Estado de Derecho y del acatamiento de la Constitución (que podrá cambiarse, pero según el procedimiento que ella indica). A partir de ahí, hay mucho que mejorar; pero todo lo que no parta de ahí es, para nosotros, pseudoprogresismo.

No nos van a engatusar con el caramelo de “la izquierda”: porque venimos huyendo precisamente de ahí, de la cantidad de reaccionarismo que se ha ejercido bajo la capa de esa palabra prestigiosa. Unidos Podemos es la encarnación actual de esa izquierda reaccionaria que detestamos: con sus líderes manchados por sus jaleamientos al dictador Castro o al militarote Chávez; y abrazados ahora a los golpistas fascistoides de ERC y a los proetarras de Bildu. Todo esto forma ya una retahíla cansina, lo sé: pero por más que se haya repetido no deja de ser verdad; y no deja de escandalizarme.

Que el PSOE hable de “fuerzas del cambio” incluyendo indistintamente a Ciudadanos y Podemos indica que no se ha enterado de nada. No sé si se ganará a algún votante de Podemos (lo dudo), pero desde luego no va a ganarse a ninguno de Ciudadanos. Aunque puede que todo sea estrategia. El reto de Sánchez y Ábalos, al fin y al cabo, es conseguir votos de un electorado a estas alturas muy sectario, y notablemente embrutecido.

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En The Objective.

19.6.17

Sánchez empoderado

Empoderado y puesto en valor: así está Pedro Sánchez. De pronto es nuestro único político con historia, con leyenda. El único hecho a sí mismo, contra el mundo (formando parte de ese mundo dos titanes: el aparato de su propio partido y El País). Ha sido el protagonista indiscutible de una proeza. De habérselo podido permitir, habría entrado en el congreso del PSOE a caballo. Aunque no hacía falta: en la cabeza de la militancia Sánchez es ya una estatua ecuestre.

Después de su tortuoso proceso –casi un rito con empaque mítico– de muerte, travesía del desierto (¡por ultratumba!) y resurrección, se esperaba que ayer en la clausura apareciese –purificado, reforzado– el Supermán de los discursos: un Sánchez que nunca había sido pero que iba a ser. Había confianza en la transmutación alquímica del político romo que conocíamos en un político brillante. El mes que ha estado guardando silencio desde que ganó las primarias ha ayudado: no hay nada para incrementar el prestigio de un mal orador como que no hable. Pero ha abierto la boca y nuestras ilusiones se han estrellado contra el funesto principio de identidad. De igual modo que “fútbol es fútbol” y “no es no”, Sánchez no podía ser sino Sánchez. Todo en el PSOE ha cambiado para que Sánchez siga siendo el mismo.

Ha sido una manera triste de cerrar la semana: abrochándola a su comienzo, en plan pescadilla que se muerde la cola. El discurso de Sánchez del domingo fue, en fin de cuentas, el último de la moción de censura que empezó el martes. Pero no se supo aprovechar de salir el último en la contrarreloj, conociendo los tiempos de todos sus rivales: su discurso resultó tal vez el más mediocre. Al final va a ser una ventaja que no esté en el Parlamento: tiempo que deberá aprovechar decisivamente para cuando esté en el Parlamento...

Como decíamos, la desgracia del PSOE estaba servida de antemano. Que las opciones fuesen únicamente Susana Díaz, Patxi López y Pedro Sánchez indicaba hasta qué punto era un partido por los suelos: devastado por lustros y lustros de “selección adversa”, que decía Félix Bayón. En ese yermo del PSOE, lo que ha pasado con Sánchez era ya lo mejor que podía pasar, en la medida en que al menos ha sido algo. Ha aparecido de la nada un candidato investido. Por desgracia, en su primer discurso han reaparecido todas las limitaciones que le conocíamos. Pero queda por ver si su fuerza le concede una maniobrabilidad más sabia que sus palabras.

Y queda por ver qué harán con Sánchez los electores, que son un poco más complicaditos que los militantes que lo han empoderado (¡y puesto en valor!).

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En El Español.

15.6.17

El reverso de la alegría

Los savaterianos llevamos dos años malos. Fernando Savater, que ha sido nuestro surtidor de alegría, está triste. Padece un duelo que no se acaba. Él mismo ha contado el motivo, en artículos, en entrevistas: su mujer, Sara Torres, se murió. Fue el 18 de marzo de 2015. Al cumplirse el segundo aniversario la ha vuelto a recordar con otro artículo triste, probablemente el más triste. Habla en él de la condena del muerto en vida. Dice, por ejemplo:
Hace tiempo que las cosas de mi mundo se van difuminando, pierden sustancia. Los libros siguen presentes y tentadores, pero al abrirlos algo ha drenado su savia hasta dejarlos huecos, exánimes. Las películas nuevas son peores que las antiguas, las antiguas peores de lo que las recordaba [...] Se fue el disfrute... Y los sitios que recorrimos juntos están hoy cubiertos de sudarios, como esas sábanas que tapan las formas incómodas de los muebles en una casa abandonada. Los platos más sabrosos, crujientes, aromáticos... comienzan a deleitarme la boca pero luego adquieren insipidez y amargura de ceniza.
Yo, que además de savateriano soy o he sido pessoano (el Libro del desasosiego sí me representa, en parte), he pensado al leer eso en la de veces que me he sentido así. Con duelo amoroso, pero también sin duelo amoroso: por aburrimiento vital, tedio o spleen. Por nihilismo, básicamente. En tales momentos, o temporadas, Savater aparecía con su alegría invariable. La asfixia del pessoano que llevo dentro ha recibido mucho oxígeno del savateriano que también llevo dentro, y que venía de fuera. Ver al Savater pessoano de ahora es una consternación. Nadie se había mostrado tan sostenidamente alegre como él.

En 2011, justo en marzo, cuando la primavera empezaba, vino a Málaga a dar una conferencia. El tema era la alegría. Contó que la alegría está sujeta al tiempo y pasa, pero que cuando ocurre lo hace de verdad: va con fecha y en esa fecha nunca dejará de ser alegría. Por el contrario, la felicidad nunca se cumple: es una proyección a la que, en realidad, le sobra la vida; anhela el resguardo del trasmundo. La alegría no espera, no pone requisitos: vive a posta, deliberadamente. Contó también que la risa aligera el peso de la vida, y que alegría viene de ahí: de aligerar. “Más importante que el valor es el humor –dijo–, porque el valor es no tenerle miedo a la muerte y el humor es no tenerle miedo a la vida”.

Savater ha escrito mucho sobre la alegría. La primera entrada de su Diccionario filosófico (1995) es la de esa palabra, que empieza convenientemente por A. La caracteriza de esta manera: “La alegría no es la conformidad alborozada con lo que ocurre en la vida, sino con el hecho de vivir”. Habla del “escándalo filosófico ante la alegría, porque esta parece contentarse evidentemente con la realidad tal como se nos ofrece, excitante e indigestamente cruda, y no echa nada en falta”. La alegría “se manifiesta a pesar de todos los pesares, propios o ajenos. No porque los ignore, sino porque los vence”.

En su libro Despierta y lee (1998) se ocupa de ella en el ensayito inaugural, inspirado en Spinoza: “Ética de la alegría”. Escribe: “Alegrarse consiste en afirmar, aceptar y aligerar la existencia humana”. Recuerda la célebre afirmación del filósofo holandés, que ha citado tantas veces: “El sabio en nada piensa menos que en la muerte y toda su sabiduría es sabiduría de la vida”. Con la alegría “no se trata de negar o soslayar la evidencia de la muerte, sino de aligerar la vida de su peso desesperante”. Consiste en celebrar la vida misma: “por sabernos mortales sentimos desesperación, pero por sentirnos vivos experimentamos alegría”.

En toda la obra de Savater hay una lucha contra la muerte, en tanto lo irreparable, lo irremediable, lo necesario. Y él ha ejemplificado maravillosamente lo que enseñaba. Ha exhibido “el desafío de su alegría” con un antipuritanismo envidiable. Hace unos años causó revuelo cuando declaró que se había divertido gracias al terrorismo. Se refería, naturalmente, a que se lo había pasado bien combatiéndolo: y muchos envarados que no solo no lo combatieron sino que incluso lo alentaron le afearon la conducta; llegaron a acusarlo de “bromista”. Por lo visto, junto con el crimen debía imperar el espíritu de la pesadez. Lo cual no deja de ser coherente, puesto que en ese espíritu se sustentaban los pomposos etarras y sus cómplices...

Casi todos los libros de Savater –por no decir todos– han sido libros felices, pero uno de los más felices es A caballo entre milenios, que se publicó en 2001. En la noticia de El País sobre la presentación se dice que lo escribió en el año “en el que ETA asesinó a su amigo José Luis López de la Calle [...] el año de ¡Basta Ya! y del desafío de pelear por la libertad y la justicia en una sociedad en la que reina el miedo”. Javier Marías dijo: “Ha sido esta última una época en la que tantas veces se ha dicho de Savater que andaba irritado, crispado, apenado, [pero A caballo entre milenios es] un libro que no tiene nada de esa irritación, de esa crispación, de esa pena, y que contiene en cambio la escritura más apaciguada y feliz que cabe imaginar”.

Otro de sus libros más felices –y yo creo que su mejor libro– es su “autobiografía razonada”, Mira por dónde (2003), en cuyo último capítulo, por cierto, cuenta el inicio de su relación con su mujer, “pelo cohete”. Y en el epílogo, tras confesar que no encuentra ninguna “razón vertebradora” en la autobiografía que acaba de escribir, señala:
Solo una clave podría aventurar para descifrar el misterio, pero que es tan fundamentalmente enigmática como él: la presencia gloriosa, abrumadora a veces, de la alegría. Es el tono básico, el color esencial que barniza mi vida desde donde alcanzo con la memoria. Apenas vislumbro lo que la origina y poquísimo sé de cómo retenerla. Según creo, no proviene de la ceguera ante los obvios males de este mundo, sino de la íntima convicción de que constituye un alto e imprevisto don el estar personalmente in situ para deplorarlos y combatirlos. [...] Me alegro de estar y de haber estado, seguiré estando... ¿mientras la alegría dure?
Reconoce que con la edad “la dicha que persiste se me va haciendo más estrecha y lejana”. Y concluye:
En resumen: noto como si aumentase la insipidez y por tanto tuviese cada vez mayor dificultad en saborear lo que siempre me ha parecido sabroso. Para nuevas delicias, tengo poco paladar. Y eso me asusta, me asusta de veras. Empiezo a darme cuenta de que quizá acabaré triste, como cualquier imbécil. Pero os juro que hubo una alegría dentro de mí, incesante, una alegría que lo encendía todo con chisporroteo de bengalas festivas precariamente instaladas en las oquedades de la gran calavera... Unas cuantas todavía alumbran mi entorno. No sé hasta cuándo. Preferiría apagarme yo antes de que se extinguieran del todo.
Esa erosión que se insinuaba a causa de los años, y que en verdad afectaba poco al ánimo de Savater, ha terminado en el corte de la muerte de su esposa. Su tono se ha vuelto abruptamente lóbrego. Conserva el humor, incluso el brío, y sin duda el nervio moral y la preocupación política; pero cuando puede certifica su desánimo. Poco después de la muerte de su mujer escribió: “Ahora todo me parece plano, sin eco”. Y en su artículo sobre el Derby de Epsom de unos meses después: “Es el designio del amor que una presencia radiante lo llene todo y la ausencia de esa presencia todo lo vacíe. Solo una cosa falta y ya todo sobra [...] ¡La alegría, qué envidia! Aún me acuerdo un poco de cómo era”.

En la reedición en la editorial Confluencias de otro de sus libros más felices, el San Sebastián de 1987, ha puesto una nota fechada a finales del año pasado:
Cuando escribí estas páginas, ahora lo sé, yo era feliz: quizá fue la época más feliz de mi vida después de mi incomparable infancia, pese a que vivíamos los años de plomo del siniestro terrorismo etarra. Yo gozaba entonces la plenitud y el desasosiego del amor, que de todo nos redime. Hasta la nostalgia que expreso tantas veces era un color más de la paleta de la íntima alegría y no la desmentía. Ahora no puedo reescribir ni una línea, porque el estilo incomparable de la dicha no puede ser corregido por la prosa de la desventura.
Me recuerda a Oscar Wilde, que de ser “el Rey de la vida” pasó a escribir el De profundis (tratando de convencerse de que su experiencia se había completado con el dolor; cristiano consuelo que a Savater no le sirve). O al “Desdichado” de Gérard de Nerval: “Yo soy el tenebroso –el viudo–, inconsolado, / príncipe de Aquitania de la torre abolida; / mi sola estrella ha muerto –mi laúd constelado / sostiene el negro sol de la Melancolía”. Y volviendo a Pessoa, cabe traer lo que dijo Octavio Paz de su mundo poético: “Falta la mujer, el sol central. Sin mujer, el universo sensible se desvanece, no hay tierra firme, ni agua ni encarnación de lo impalpable”. Como diría un psicoanalista, el mundo queda desinvestido; la libido se apaga. Se pasa a ser, sí, un muerto en vida.

Savater ha dicho que ya no escribe, aparte de los artículos. No estaría, pues, “elaborando el duelo” por medio de la escritura. En su día lo hizo tras una separación, con su novela El dialecto de la vida (1985). Ahora que está de moda la literatura del duelo, parece que ha renunciado a ella. Más bien al revés: se muestra refractario a esa jerga del “superarlo”, del “rehacer la vida”, del “pasar página”. Se desahoga en los artículos y en las entrevistas, pero crudamente, sin trabajo literario. La filosofía tampoco le sirve.

Entiendo que se impaciente con quienes se impacientan con él. Hay un requerimiento desde fuera de que su pena se acabe ya. Pero, ¿y si su pena es inacabable? Me acuerdo también de Una pena en observación, de C. S. Lewis, quizá el mejor libro de la literatura del duelo. Como lector de Savater me gustaría que escribiera algo así. Pero intuyo que para él la escritura era un estricto instrumento de felicidad.

Solo cabe, tal vez –aunque la alegría solo sea del presente– pensar en la alegría pasada. Al menos él la ha vivido en una dosis que ya quisiéramos los otros. Una dosis por lo demás generosa, puesto que nos alcanzó. A lo que no nos terminamos de resignar es a que se deje vencer por la muerte. Él nos ha enseñado que “la actitud ética es adoptar la estrategia de la inmortalidad”. Y ha citado estos versos de Wislawa Szymborska: “No existe vida / que, aun por un instante, / no sea inmortal. / La muerte / siempre llega con ese instante de retraso. / En vano golpea con la aldaba / en la puerta invisible. / Lo ya vivido / no se lo puede llevar”.

Los savaterianos no contábamos con la tristeza de Savater. Verle en el reverso de la alegría ha sido, además de un golpe bajo, una auténtica sorpresa biográfica para nosotros. Pero hay algo hermoso, sin embargo: ahora sabemos de dónde le venía.

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Publicado en Jot Down Smart/El País núm. 20, mayo 2017.

14.6.17

Niños de San Ildefonso

El de ayer era un martes 13 con la mala suerte programada. Pese a su fama, en esa fecha no suele cumplirse la superstición. Pero si ponen una moción de censura, el martes 13 será aciago por necesidad. En nuestro parlamento de castelares (¡atención, ironía!) un debate extra, sacado de la manga y con la canícula, solo podía traducirse en una brasa decretada. Era un día echado por alto antes de que naciera.

Y se cumplió. ¡Maldita fue nuestra estampa! Cuando el debate no llevaba ni veinte minutos, con Irene Montero en el uso (y el manoseo) de la palabra, el periodista Brais Cedeira comentó que su tono repetitivo era como el soniquete de la lotería. Y ahí estuvo la clave, no solo de la intervención de Irene Montero, sino también de la de Pablo Iglesias; e incluso, por contagio, de la de Mariano Rajoy. Son los únicos a los que he visto en el momento de escribir esta nota (bien entrada la tarde: ¡ha sido larguísimo!).

Iglesias y Montero eran como niños (¡y niñas!) de San Ildefonso. Pero su matraca monocorde carecía del aliciente de la del sorteo de Navidad: no había esperanza de que en algún momento se interrumpiese con el estallido del Gordo; ni siquiera con el del segundo o tercer premio. Era una gota malaya sin posibilidad de pedrea. El rosario de los horrores del PP rezados como el rosario.

Y por su parte Rajoy, comodísimo, con el rosario de las virtudes del PP. Aunque estas eran secundarias al lado del rosario de las virtudes de nuestra democracia constitucional, que también rezaba. Y que inevitablemente tenía que encarnar Rajoy frente a Iglesias, aplaudido desde sus escaños por Rufián, Tardà y los proetarras de Bildu. Por más amigos que Rajoy tuviera en la cárcel (como con gracia señaló Iglesias).

Pero lo mejor (melancólico, como todo lo bueno) es lo que tuiteó Perplejo sin Guía, de admirable nick: "Poder hacer esos discursos. Eso es lo que le gusta a Mariano de Podemos. Que se los hiciesen a él es lo que detestaba de UPyD". Y aquí me paro.

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En The Objective.

12.6.17

Echeverría hizo lo fácil

Se me acumulan las lecturas y repercuten en la actualidad. Últimamente leo más libros que periódicos, y los libros saltan a los periódicos. Desde hace varias jornadas la imantación es la de Ignacio Echeverría. Leí (releí) El sótano de Thomas Bernhard, en que el narrador, para salvarse a los dieciséis años de la vida que no quería, decide una mañana irse "en la dirección opuesta". También Echeverría se fue en la dirección opuesta para salvarse de la vida que no quería: no de "la vida", que perdió; sino de la que no quería. Explicaré esto después, por medio de otra lectura.

Echeverría es sin duda un héroe, aunque me incomoda cuando se resalta el aspecto sacrificial de esta figura. A las reflexiones de Miguel Ángel Quintana Paz y Jorge Bustos, que comparto y celebro, solo les pongo el pero de ese "dar la vida". No la dio, sino que se la quitaron. Su empeño no era dar la vida, sino salvar la vida: la suya y la de la mujer que estaba siendo asesinada; la vida. Luego he sabido que era católico y quizá sí existía en él ese componente sacrificial. No lo sé. Ni hace falta (para mí). Yo solo quiero resaltar el aspecto afirmativo: de afirmación propia y, con ella, de afirmación de lo humano. Lo contrario provoca una cierta retórica del resentimiento, como se ha visto en quienes han aprovechado el heroísmo de Echeverría para soltar impresentables soflamas contra "los cobardes".

Me parece más limpio cuando se ha hablado de "impulso moral". Lo ha hecho por ejemplo, en Twitter, La Fernández(¡le pongo las mayúsculas que ella no se pone!): "recordaré a Ignacio Echeverría como una persona que no se pudo sustraer al impulso moral de ayudar y defender a quien se estaba atropellando. Probablemente no tuvo tiempo de preguntarse nada. Ni quiso ser héroe". Y sin embargo, justo de ese impulso moral se deriva lo heroico; recíprocamente, el héroe es el que con su ejemplo, al transparentarse en él, funda la moral.

Esto lo contaba Fernando Savater en La tarea del héroe, un libro importante de 1981 que parece que ha sido olvidado. Al menos por el periodismo: nadie lo ha citado estos días. Pero en la otra lectura que anuncié, y que es Nuevas lecturas compulsivas de Félix de Azúa, se le dedica un capítulo. Escribe Azúa (con alusión al terrorismo de entonces, que no era el islamista sino el etarra): "Savater defiende que es más difícil resistirse a la tarea heroica que ponerla en marcha. Más esfuerzo y dolor requiere disimular, colaborar, humillarse, desaparecer, huir, fantasear, que decir: 'Basta ya'. El argumento parte de que todos sin excepción, y sin necesidad de asistir a clases de ética en la universidad, sabemos cuál es nuestra obligación (qué es lo que queremos) en cada invitación a la muerte. [...] El héroe recuerda [se refiere a un recuerdo inmemorial, mítico] un país en paz y formado por ciudadanos libres. De modo que para él tomar una decisión es lo más fácil del mundo. Se trata, sencillamente, de habitar el mundo adecuadamente".

Que sea lo fácil no quiere decir que sea lo habitual. De hecho, es lo raro: en Londres solo uno lo hizo. Como señalaba Bustos en su columna, Echeverría fue (bernhardianamente) en la dirección opuesta. La vida que no quería, la difícil para él, era la de quedarse con los otros sin hacer nada. Hizo lo fácil, aquello a que le obligaba su excepcionalidad: seguir su conciencia y lanzarse. No para dar la vida, aunque la perdiera, sino para salvar la que vale.

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En El Español.

6.6.17

Cernuda el apartado

En uno de sus últimos poemas, “Epílogo”, escrito dos años antes de su muerte, Luis Cernuda (1902-1963) habla de su “existir oscuro y apartado”. La oscuridad era relativa, puesto que, aunque él no lo percibiese, estaba alumbrado con su ejemplo, que aún nos llega. El apartamiento sí era absoluto: porque se apartó y porque lo apartaron. Pero esto, que fue malo (o difícil) para su vida, fue bueno para su obra: la preservó. Le ocurrió como al magnolio que describe en Ocnos: “era precisamente aquel apartado vivir del árbol, aquel florecer sin testigos, quienes daban a la hermosura tan alta calidad”. Cernuda fue una de mis primeras fidelidades, y se mantiene. Escribir sobre él sigue siendo un ejercicio de admiración.

Admira ante todo su integridad, personal y artística. Cómo se mantuvo firme, insobornable, en las dificultades. En otro poema del final, “Peregrino”, se advierte a sí mismo: “No eches de menos un destino más fácil”. Hizo de la sentencia de Heráclito “carácter es destino” su divisa: su biografía ya estaba inscrita en su forma de ser. Además de los rasgos poco sociables de su personalidad (retraimiento, susceptibilidad, hipersensibilidad), fue decisiva su doble condición de homosexual y de poeta, que asumió como vocaciones. La primera era previsible que chocara con la sociedad, y más ejercida con la valentía (desafiante) con que él la ejerció. Pero la segunda también, dado que fue poeta radicalmente, sin concesiones. Desde estos dos núcleos de pureza, se las apañó como pudo en el mundo real, menesteroso; el que le tocó, azotado con particular crueldad por la historia.

Cuando lo común era disimular, como hizo su amigo Vicente Aleixandre con esos “ella” que han estropeado su poesía, Cernuda habló abiertamente en sus versos de hombres, de muchachos. El precedente de André Gide en Francia le dio valor, y fue capaz de escribir en España un libro como Los placeres prohibidos (de 1931 pero publicado en 1936, en la primera edición de La realidad y el deseo). Él era, por supuesto, consciente de su osadía. En su poema en prosa “El escándalo” dice de esos “seres misteriosos a los que llamaban los maricas”, según un recuerdo infantil: “Al fin surgían, risueños y casi envanecidos del cortejo que les seguía insultándoles con motes indecorosos”. De mayor fue digno de ellos: cultivó el escándalo, aunque sin alardes; con naturalidad y con elegancia. Con distanciamiento de dandy.

Pero su disidencia no estaba solo en el objeto prohibido de su amor, sino en la concepción arrebatada del amor mismo. Se acogió, desde su singularidad, a la revolución surrealista, que propugnaba la liberación de los corsés burgueses, mediante la triple luz del lucero del alba, Lucifer, según André Breton: la libertad, el amor y la poesía. Su erotismo diferente, si acaso, enfureció su protesta. En el poema inaugural de Los placeres prohibidos escribe: “Una chispa de aquellos placeres / Brilla en la hora vengativa. / Su fulgor puede destruir vuestro mundo”. Su furor se da sin culpa, de acuerdo con la memorable afirmación de Octavio Paz: “En Cernuda apenas si aparece la conciencia de culpa y a los valores del cristianismo opone otros, los suyos, que le parecen los únicos verdaderos. Sería difícil encontrar, en lengua española, un escritor menos cristiano”. El propio Cernuda lo proclamó: “Porque nunca he querido dioses crucificados”.

Sin culpa pero, obviamente, no sin conflicto. Por un lado, el conflicto con la sociedad que estamos viendo; por el otro, el conflicto ontológico del desacople entre la realidad y el deseo, es decir, el de la imposible restauración de la unidad del ser. El deseo es absoluto, pero su satisfacción es parcial o pasajera. Se cumple en el amor, siempre malogrado, y en la experiencia casi mística que Cernuda denomina el acorde, en que “borrando lo que llaman otredad, eres, gracias a él, uno con el mundo, eres el mundo”. Un instante eterno en sí, pero del que se vuelve a caer en el tiempo. La grieta es irremediable, trágica, porque, como apunta el profesor Philip Silver, “no es el resultado de la ausencia de nada o nadie; es más bien resultado de una presencia, la de un vacío. [...] Sentimiento ab initio de separación y alienación. Sentimiento ab initio de añoranza y nostalgia. [...] Más que la voz de un poeta en desamor, es la de un poeta que vive y por lo tanto dice la división existente en el fondo del ser mismo”. El también profesor Derek Harris señala por su lado: “El problema existencial de la disgregación producida entre el yo del poeta y el mundo en que vive, que Cernuda formula como un conflicto entre la realidad y el deseo, provoca una inevitable y doble reacción: la tendencia a retirarse del mundo enemigo hacia el jardín escondido de los sueños y la de afirmarse dentro del mundo hostil”.

En su autobiografía poética, Historial de un libro (1958), se refiere a una de las grandes decepciones de su vida: la mala recepción de su primer poemario, Perfil del aire (1927). “Me mortificó tanto más –escribe– cuanto que ya comenzaba a entrever que el trabajo poético era razón principal, si no única, de mi existencia”. La herida no se cerró nunca, hasta el punto de que vuelve a ella en su último poema, el que cierra Desolación de la Quimera (1962), “A sus paisanos”:
No me queréis, lo sé, y que os molesta
Cuanto escribo. ¿Os molesta? Os ofende.
¿Culpa mía tal vez o es de vosotros?
Porque no es la persona y su leyenda
Lo que ahí, allegados a mí, atrás os vuelve.
Mozo, bien mozo era, cuando no había brotado
Leyenda alguna, caísteis sobre un libro
Primerizo lo mismo que su autor: yo, mi primer libro.
Algo os ofende, porque sí, en el hombre y la tarea.
Su queja puede parecer puntillosa, y así se consideró durante años, en que se tomó a Cernuda como un “licenciado Vidriera”, como lo llamó Pedro Salinas. Pero la publicación de la correspondencia entre este y Jorge Guillén puso las cosas en su sitio. En su excelente biografía de Cernuda, Antonio Rivero Taravillo recoge una carta de Salinas a Guillén en que se dicen lindezas como esta: “porque es imposible ya evitar la salida de Perfil del aire y eso a ti te contraría un poco, por lo que veo. Es imposible evitarlo por razones materiales [...] yo estoy verdaderamente desesperado porque me considero el culpable de todo”. Resulta que la intuición de Cernuda era infalible. Por su parte, Guillén le escribía a Salinas frases así: “¿Qué tenemos tú y yo que ver con un marica?”. Pero Cernuda los despreció a ellos más, y con mayor acierto: encarnaban para él el conformismo burgués, con estufa, hogar, mujer e hijos.

Las esperanzas de libertad, de vida nueva, que Cernuda puso en la República se vinieron abajo en la guerra civil. Antes incluso de la instauración del franquismo, tuvo que sufrir la homofobia de los comunistas, que le hicieron quitar unos versos alusivos a la homosexualidad de Federico García Lorca en la elegía que le dedicó en 1937 a su amigo asesinado, “A un poeta muerto”. Mantuvo su lealtad al bando que resultaría perdedor, y acabó exiliado para siempre. Pero su antifascismo no le impidió execrar los crímenes estalinistas, sobre los que se pronunció de manera inequívoca, con el coraje que le era propio: “La marcha de los sucesos me hizo ver, poco a poco, cómo en lugar de aquella posibilidad de vida para una España joven, no había allí sino el juego criminal de un partido al que muchos secundaban pensando en su ventaja personal”. Naturalmente, también fue inequívoca su execración del franquismo. En 1942 escribió, por ejemplo, estas palabras que cita Andrés Trapiello en Las armas y las letras: “solo el nombre de franquista basta para levantar una ola de asco y repulsión en mis sentimientos. Para mí el levantamiento es responsable no solo de la muerte de miles de españoles, de la ruina de España y de la venta de su futuro, sino que todos los crímenes y delitos que puedan achacarse a los del lado opuesto fueron indirectamente ocasionados también por los franquistas. El pueblo es ciego y brutal, todos lo saben, por eso no debe dársele ocasión de que se manifieste como tal, ni provocarle”.

El exilio político, con la repulsión hacia lo que queda dentro del país perdido, marca el punto de mayor apartamiento de Cernuda: iniciado en 1938 y mantenido ya hasta su muerte, veinticinco años después. En el poema “Impresión de destierro” (1939) escribe: “‘¿España?’, dijo. ‘Un nombre. / España ha muerto’”. Y en “Díptico español” (1960-1961): “La historia de mi tierra fue actuada / Por enemigos enconados de la vida. / El daño no es de ayer, ni tampoco de ahora, / Sino de siempre. Por eso es hoy / La existencia española, llegada al paroxismo, / Estúpida y cruel como su fiesta de los toros. / [...] esa España obscena y deprimente / En la que regentea hoy la canalla”. Esa España, mientras tanto, producía documentos como este informe de censura que desaconseja en 1952 la publicación un estudio de Ricardo Gullón sobre Cernuda por las siguientes razones (lo recoge Julio Rodríguez Puértolas en el libro colectivo Nostalgia de una patria imposible): “Numerosas alusiones a poemas prohibidos, exaltación de un autor que se mostró comunista en la Antología de 1934 de Gerardo Diego, que ha combatido públicamente al Régimen y continúa en el exilio manifiestamente hostil. No se trata de tachaduras como las aconsejadas en las pgs. [...], sino del problema de resolver sobre la apología de una figura y una temática declaradamente enemiga de los principios religiosos: es blasfematorio; morales: es uranista; y políticos: es rojo”.

Cernuda tuvo un encontronazo con un hombre del franquismo: el poeta Leopoldo Panero. Fue en Londres en 1946. Según cuenta Rafael Martínez Nadal (puede leerse en la biografía de Taravillo), en una velada amistosa Panero le insistió a Cernuda para que leyera un poema. Cernuda, a regañadientes, leyó “La familia”, compuesto de versos descarnados contra la institución familiar. Panero, bebido, no lo pudo soportar y le interrumpió: “¡Basta! No lo admito. La familia es lo más sagrado y tú la denigras. Buscas la popularidad con malas mañas”. Cernuda se marchó abochornado y le dijo a Martínez Nadal, temblando “de ira y de desprecio”: “La culpa la tengo yo por haber cedido; esa es la España de Franco: sacristanes, hipócritas, cursis y pueblerinos”. El defensor de la institución familiar Panero no sabía aún los hijos Panero que venían detrás. En especial Leopoldo María, que le espetaría a su madre Felicidad Blanc, a partir de la historia de su amor con Cernuda que ella contaba: “Lo que nunca te perdonaré, mamá, es que pudiendo haber sido yo hijo de Luis Cernuda me tuvieses con el Conejito Blanco” (así es como llamaba al padre).

¿Es Cernuda un maldito? Si Francisco Umbral lo afirmó de Lorca en su ya clásico Lorca, poeta maldito, con más razón se podría afirmar de Cernuda. Además de ser “un desarraigado, un desclasado” que “decide hacer su arte contra la sociedad”, el creador maldito ha de reunir, según Umbral, estas tres condiciones: “arraigo estético y humano en los poderes demoníacos o, cuando menos, daimónicos, como le gustaba decir a Goethe; heterodoxia sexual y muerte trágica y prematura”. De la heterodoxia sexual de Cernuda, vivida sin disimulo, ya hemos hablado. Muerte trágica no tuvo, pero sí años de exilio y aislamiento, casi una muerte en vida, como da a entender uno de sus títulos: Vivir sin estar viviendo (1949). En cuanto a los poderes demoníacos, Cernuda fue explícito al respecto, como en el poema “Noche del hombre y su demonio” o el que empieza “Demonio hermano mío, mi semejante...”; y aludió directamente a lo demoníaco en Goethe, como en sus Palabras antes de una lectura (1935). Por lo demás, tuvo entre sus referentes a poetas malditos, de los que aprendió y escribió: los raros Aldana y Hölderlin; y Baudelaire, Nerval, Lautréamont, Verlaine o Rimbaud. A estos dos últimos les dedicó su célebre poema “Birds in the night”, que es un canto al malditismo, alimentado (el canto) por la rabia contra las autoridades que reconocen, una vez muertos, a los poetas a los que en vida despreciaron: “Al acto inaugural asistieron sin duda embajador y alcalde, / Todos aquellos que fueran enemigos de Verlaine y Rimbaud cuando vivían”. El poema trata también del coste de la libertad: “Pero la libertad no es de este mundo, y los libertos, / En ruptura con todo, tuvieron que pagarla a precio alto”. El final es excelso, inolvidable:
¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?
Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable
Para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella,
Como Rimbaud y Verlaine. Pero el silencio allá no evita
Acá la farsa elogiosa repugnante. Alguna vez deseó uno
Que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela.
Tal vez exageraba: si fuera solo una cucaracha, y aplastarla.
Final que recuerda al del poema “Limbo”, en que Cernuda, indignado por esa asimilación póstuma del poeta (“Su vida ya puede excusarse, / Porque ha muerto del todo; / Su trabajo ahora cuenta, / Domesticado para el mundo de ellos, / Como otro objeto vano, / Otro ornamento inútil”), concluye: “Mejor la destrucción, el fuego”.

Sin embargo, indócil ante todo, Cernuda lo fue igualmente ante el malditismo al uso. Octavio Paz lo señala con limpidez en La palabra edificante:
Gide lo animó a llamar las cosas por su nombre; el segundo de los libros de su periodo surrealista tiene por título Los placeres prohibidos. No los llama, como hubiera podido esperarse, placeres malditos. Si se necesita cierto temple para publicar un libro así en la España de 1930, mayor lucidez se necesita para resistir a la tentación de representar el papel de rebelde-condenado. Esa rebelión es ambigua; aquel que se juzga “maldito” consagra la autoridad divina o social que lo condena: la maldición lo incluye, negativamente, en el orden que viola. Cernuda no se siente maldito: se siente excluido. Y no lo lamenta: devuelve golpe por golpe.
El enfrentamiento de Cernuda es defensivo. Solo pretende abrirse espacio, vivir su vida. La intensidad de la violencia (verbal) nada más es índice en su caso de la intensidad de la opresión. En Historial de un libro escribe: “Una constante de mi vida ha sido actuar por reacción al medio donde me hallaba”. Y tras mencionar su “vena protestante y rebelde”, reconoce que tal vez se le considere “un inadaptado”. Pero añade: “Yo no me hice, y solo he tratado, como todo hombre, de hallar mi verdad, la mía, que no será mejor ni peor que la de los otros, sino solo diferente”. En la búsqueda, y la defensa, de esta verdad diferente, y en la autenticidad con que se empeñó en ellas, está la clave de Luis Cernuda.

Queda una sensación casi mágica: su vida ardua resultó perfecta para su obra. Por eso esta se mantiene intacta: perdura.

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Publicado en Jot Down núm. 17, especial Malditismo.

5.6.17

Mi espinita con Goytisolo

Con Juan Goytisolo tengo una espinita: era un escritor que me hubiera gustado que me gustase, pero no me gustaba. Me hubiera gustado que me gustase porque me gustaban (y me gustan) la heterodoxia, la disidencia, la rebeldía, la búsqueda de la libertad. Pero no me gustaba porque no terminaba de convencerme el modo en que esas cosas se encarnaban en él: ni en su figura ni en sus novelas. Lo veía demasiado envarado, premeditado, sin ligereza ni gracia; con una adustez que me resultaba incómoda. Sin embargo, le tenía aprecio. Y, sobre todo, me parecía un hombre íntegro.

Encontraba sus novelas ambiciosas, complejas, singulares: pero sin vida. Al final, pasto para lo que él detestaba: filólogos y profesores. Esto yo lo veía como una desgracia (una desgracia suya que sentía yo; quizá –lo reconozco– por mi incompetencia para apreciarlas): porque lo cierto es que simpatizaba con el discurso de Goytisolo sobre la literatura. Pero ese discurso no lo veía yo logrado en sus libros, sino en otros de nuestra tradición literaria que defendió: el Libro de Buen Amor, La Celestina, La lozana andaluza o el Quijote. Para mi biografía lectora, la importancia literaria de Goytisolo no estuvo en las propias obras de Goytisolo, sino su defensa de esas otras como obras vivas y contemporáneas, ejemplares y maestras. Por eso, de lo que escribió Goytisolo lo que prefiero son sus ensayos, como los de El furgón de cola y Disidencias.

Tenía algunos de los tics del “intelectual internacional”, pero estaban contrarrestados por su vida diaria, discreta; y por algo más importante e infrecuente: siempre estuvo políticamente en su sitio. A veces resultaba tópico en sus posicionamientos, pero en lo fundamental acertó. Siempre fue crítico con las dictaduras, con los nacionalismos, con los fanatismos; jamás justificó los crímenes ideológicos ni tuvo una actitud tibia hacia ellos. Y estuvo con escritores menospreciados como Manuel Puig o Guillermo Cabrera Infante. En este sentido, por él mismo y por comparación con buena parte de sus colegas, fue intachable.

En los últimos años lo he tenido presente, porque mi amigo el novelista Juan Francisco Ferré, admirador y amigo suyo, lo ha tenido presente en nuestras conversaciones. A él le he dado el pésame. Ferré lleva recomendándome desde el principio La saga de los Marx, novela que publicó Goytisolo en 1993. Me insiste en que solo después de haberla leído podré decir, si no me gusta, que Goytisolo no me gusta. Para Ferré, naturalmente, es imposible que no me guste. Hasta ahora no la he leído, quizá para terminar este artículo con esa esperanza.

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En El Español.

4.6.17

Tolerancia cero a las teologías del terror

Cuchilladas y atropellos: tendremos que ir acostumbrándonos a esa nueva modalidad del terror. Nueva y retrógrada. Y a los hachazos, las bombas, los disparos... El terrorismo islamista es casi el terrorismo perfecto, porque lo que pretende implantar es directamente el terror. Los otros terrorismos también lo implantaban en la práctica, pero en sus discursos eran más enrevesados; si predicaban el terror, era acogiéndose a instancias supuestamente limpias como “la necesidad histórica”, etcétera. El carácter teológico del terrorismo islamista le hace ser implacable y, de algún modo, “sincero”: la sinceridad absoluta y absolutista del fanático.

Ha vuelto a suceder con el atentado de Londres, mientras se jugaba la final de la Champions en Cardiff y se preparaba en Manchester el concierto en recuerdo del atentado de hace diez días. Ese parece ser el ritmo: atentados presentes mientras se recuerdan atentados pasados. Un estado permanente de terror. La vida cotidiana se ha convertido en el frente de batalla y si algo está claro es que la resistencia está justo ahí: en la vida cotidiana. En la medida en que esta se altere, los terroristas estarán ganando. El miedo será inevitable, pero debemos seguir haciendo lo mismo.

La única solución es el afianzamiento de los valores occidentales, porque son los universales; y de los que tantos occidentales se ríen y que tantos occidentales menoscaban. Entre esos valores está el de la libertad religiosa: con unos límites racionales, éticos, legales, democráticos, cívicos y convivenciales que hay que reforzar con firmeza, sin pamplinas. Tolerancia cero a las teologías del terror.

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En The Objective.