25.9.16

¡Brangelina eran dos!


Ilustración: Tomás Serrano

Ya habló el poeta de los “inconvenientes de ser dos”, pero hay uniones tan sólidas que parecen fusionar a dos seres hasta convertirlos en uno. Cuando en Maridos y mujeres los personajes Jack y Sally se separan, el interpretado por Woody Allen, amigo de la pareja, no se lo puede creer: “Pero, pero... ¡si sois Jack y Sally!”. Brad Pitt y Angelina Jolie han estado tan unidos que ni siquiera necesitaban la conjunción copulativa. No eran Brad y Angelina, sino directamente Brangelina. Casi el andrógino de Platón en persona: dos personas en una; otra más y habrían sido Dios.

Desde que hicieron juntos Sr. y Sra. Smith en 2004, solo se sabía que estaban en una película y no en la realidad cuando se les veía separados. En la realidad siempre iban juntos, y con su estela de niños. Formaban una especie de eterna película de Disney, con dos madres de Bambi (una con barbita a veces) y seis cervatillos. O un Sonrisas y lágrimas sin lágrimas, solo con sonrisas. Se les podría haber adosado cualquier producto, incluso una metralleta o un póster de Donald Trump, que se habría vendido como símbolo de concordia. Y ahora ese símbolo se viene abajo, dejando al mundo huérfano.

Quizá la cosa se torció cuando el año pasado volvieron a pasar juntos de la apacible realidad al conflictivo cine. Fue en la película Frente al mar, que protagonizaron los dos y firmó ella con el nombre de Angelina Jolie Pitt. Por exigencias del guión tuvieron que interpretar a un matrimonio en crisis, y quizá se metieron tanto en el papel que se llevaban trabajo a casa, también después de que acabase el rodaje. Así el cine habría terminado con esa bonita película de amor que se estaba desarrollando fuera.

La pregunta urgente de verdad es qué va a pasar con los niños. Pero a mí hay otra que no se me quita: ¿qué va a pasar con los tatuajes? Últimamente la gente del cine se deja literalmente la piel en los divorcios. Todavía me duele el borrado del “Antonio” de Melanie Griffith. Pero Brad fue cuco y solo se puso una “A”, lo que le deja mucho campo si quiere volver a emparejarse sin tener que borrársela (y empezando por el principio del alfabeto, como debe ser). Angelina lo tiene más complicado. Ella optó por ponerse las coordenadas del lugar de nacimiento de Brad, lo que la condenaría a los mozos (¡y mozas!) de Shawnee, Oklahoma.

Aunque el gran perdedor de momento es Brad, no solo porque Angelina ha contratado ya a la mejor abogada, que lo hará papilla (aún veremos unas sopas Brad del estilo de las de Bertín), sino porque ha empezado a circular el rumor de que él maltrataba verbalmente a los niños. (Acusación que algunos medios españoles se han encargado de agravar al traducir abuse por abuso). Para colmo, ha tenido que enterarse innecesariamente de que no lo ama Marion Cotillard.

La institución del matrimonio ha sufrido, en fin, un duro golpe. Se queda sin su joya de la corona. Ahora todo depende de que Rociíto y Fidel Albiac se arrimen más fuerte hasta que de dos vuelva a haber uno solo: Rociítel, aunque sea.

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En El Español.

22.9.16

Correcto y desesperado

Por azar objetivo, he empezado a releer La Realidad y el Deseo el 21 de septiembre, sin saber que era el día del aniversario de Luis Cernuda (21-IX-1902). La semana pasada releí también (¡con Cernuda todo en mí son relecturas ya!) su autobiografía poética Historial de un libro, uno de los textos más limpios y hermosos de nuestro siglo XX, que sitúo –muy alto– en el canon de la prosa en español. Cuando uno lee a Cernuda renueva su admiración hacia él. Admiración que, por otra parte, se mantiene cuando uno no lee a Cernuda. Además de su obra, fue admirable el hombre: íntegro, ejemplar.

El mejor homenaje es el poema que le dedicó Octavio Paz. Dice, entre otras cosas: “En un cuarto perdido / inmaculada la camisa única / correcto y desesperado / escribe el poeta las palabras prohibidas”. Y: “Con letra clara el poeta escribe / sus verdades oscuras”. Por su lado, uno de los mejores poemas de Cernuda lleva dedicatoria a Paz: “Limbo”. Habla de un tipo sutil de exclusión del artista: la ejercida por quienes supuestamente aman el arte, pero solo si está “domesticado para el mundo de ellos”. Excluyen al poeta vivo, acogen al muerto: y si le queda algo de vida, porque su obra viva, lo rematan.

Así no solo los enemigos, sino también los falsos amigos. Como ese diputado de En Marea que recuerda ahora la frase de Fraga en contra del regreso de Cernuda para asistir al entierro de su madre en 1962: “Que se quede donde está. Ya tenemos bastantes maricones en España”. La frase de Fraga es impresentable, pero que lo que recuerde de Cernuda ese diputado sea eso dice muy bien qué es Cernuda para él: un cereal para su papilla ideológica, o electoralista.

También escribió Paz en el poema mencionado: “Sus palabras / no son un monumento público / ni la Guía del camino recto / Nacieron del silencio / se abren sobre tallos de silencio / las contemplamos en silencio”. Excluido y solitario como el albatros de Baudelaire. Correcto y desesperado como el oso polar Pizza.

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En The Objective/El Subjetivo.

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(25.9.16) Rectificación: la madre de Cernuda no murió en 1962.

19.9.16

Música ligera

Se han ido muriendo todos y solo quedan Raphael y Camilo Sesto: los más amanerados, los más artificiosos, los más horteras. Los más artistas en el peor sentido, los más cargantes. El segundo ha cumplido setenta años y verlo ha sido un dolor. Pero estaba yo mirándolo con aire de suficiencia cuando me ha agarrado a traición otro sentimiento: el hombre no solo está apuntalando su cara, sino también nuestra infancia, la infancia de los nacidos en los sesenta. Se mantiene vivo y se quiere mantener igual, como en nuestros recuerdos. La sabiduría está sin duda en aceptar que el tiempo trabaje y devaste, en dejarse ir sin protestar demasiado. Pero resistirse también es heroico. Hay belleza de pronto en esa obcecación.

Es como si Camilo Sesto hubiese aceptado llevar un disfraz ridículo –incluida su piel– para que los niños de entonces, que tantos seres queridos hemos perdido ya, podamos jugar a que al menos algo no ha cambiado. Inevitablemente, su empeño produce un colapso del tiempo, que se congestiona en su cara de un modo como no lo habría hecho la vejez natural. El efecto es el de un Dorian Gray en que se apreciasen simultáneamente las dos edades, con la derrota obvia de la juvenil. Pero pensándolo bien es de una enorme cortesía. Lo habrá hecho por narcisismo suyo, por miedos personales; pero el gesto nos alcanza a todos. Es de alguna manera el último adulto que se ha vestido para nosotros de rey mago.

Qué cortesía en general la de la música ligera. Con su machaconería, con su omnipresencia, nos ha arruinado momentos que hubiéramos preferido menos adocenados. Pero esas mismas cualidades han hecho que se nos metiera en la vida. Ha formado parte de lo que estaba fuera de nosotros y se nos colaba, para quedarse en nosotros. Me pongo ahora la canción “Algo de mí”, que no recuerdo haberme parado a escucharla jamás, y me viene toda una época; esa época la tuvo y ahora ella la tiene, como una sensación proustiana.

Los cantantes ligeros son artistas superficiales (¡comerciales!), que no pretenden remover ni cuestionar nada, sino agradar al público. “Espero que les agrade”, decían algunos al comenzar: un programa estético que nos desagradaba a los que le pedíamos al arte conmociones más singulares, más profundas, más arrasadoras. Pero la tragedia que –por tortuosas que fueran sus letras– no aportaban esas canciones se las ha aportado el tiempo.

Nada de lo que aparecía en la tele de los setenta existe ya, salvo Camilo Sesto y Raphael. Gracias a que han aguantado en el formol de sus tics, podríamos fantasear con despedir todavía por la tele aquellos años prometedores y darles la bienvenida, junto a quienes ya no están, a los nuevos.

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En El Español.

18.9.16

Luis de Guindos, amenaza cumplida


Ilustración: Tomás Serrano

Es la de Luis de Guindos una biografía redonda: de esas que se autoabastecen. Primero trabajó para Lehman Brothers, siendo por tanto uno de los responsables de la crisis mundial de 2008; y después trabajó, como ministro de Economía, en la salvación de España de esa misma crisis. Es, así, una de esas personas a las que nunca les falta trabajo, porque viven de estropear primero y de arreglar después. Para ello resulta imprescindible estar en ambas fases, como lo estuvo Guindos: se ve que era la persona adecuada. Él movió el árbol y él recogió las nueces.

Todo estaba en su cabeza, y no me refiero a lo de dentro (que también parece valioso) sino a lo de fuera: esa esfera perfecta –amenizada apenas por unos cuantos pelos– que prefiguraba su destino. El último broche ha sido que su libro lo publique la editorial Península, cuando su trabajo en Lehman Brothers fue precisamente el de dirigir la filial en España y Portugal. Mi colega Tomás Serrano ha jugado con los tiempos en su dibujo: al añadirle ese “por” al título España amenazada remite, en efecto, a la época en que España estuvo amenazada por Guindos desde el banco de inversión. Aunque el ministro habrá preferido empezar su relato después, en el momento en que él se disponía a combatir dicha amenaza.

No he leído el libro ni lo voy a leer (hay libros que no son para leer), pero por lo que he deducido el héroe del libro de Guindos es Guindos. Algo que habrá decepcionado a Mariano Rajoy, que aspiraría a acaparar la gloria. De ahí esa poca calidez del presidente, tanto en el prólogo como en la presentación, de que hablan los cronistas. Ese prólogo, por cierto, debe de ser lo primero que ha escrito Rajoy desde los mensajillos a Bárcenas. Se conoce que le inspiran los Luises.

El Luis de ahora, De Guindos, se había programado la semana a lo Umbral: quería hablar de su libro y solo de su libro. Pero el PP, que casi es ya una segunda familia Panero, le ha dado una semana maldita. Primero tuvo que dar explicaciones por el caso Soria (un ejercicio escatológico más propio de Cela) y después se cruzó Rita Barberá, que ha terminado de estropear la concentración en la literatura. Lo bonito es que Guindos lo ha observado todo desde la portada de su libro, con esa pose de malote sofisticado, al que las solapas del abrigo protegen de toda perturbación.

Al final ha vuelto a ser él el amenazante, y esta vez con una amenaza cumplida: la de escribir un libro. Algo que en España siempre procura un momento anticlimático, un puro fastidio para los españoles. Apuesto a que cae en picado en el próximo índice de popularidad.

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En El Español.

16.9.16

Los Grandes Transparentes

Los Grandes Transparentes de André Breton son los fantasmas más exaltantes. Son gigantes invisibles que están entre nosotros, a nuestro alrededor, por encima, en otro ámbito. O que nos contienen: viviríamos entonces en la vibración de sus tripas y de sus órganos, en la acción de sus miembros; desearíamos dentro del flujo de sus venas; nuestro mundo serían estancias en el interior de los Grandes Transparentes.

Hay un eco de fechas, entre 1924 y 1942. En la primera publicó André Breton Los pasos perdidos y el (primer) Manifiesto del surrealismo; en la segunda los Prolegómenos a un tercer manifiesto surrealista o no, que es donde habla de los Grandes Transparentes. El tono petulante lo mantiene de manera deliciosa. Constituye una especie de discurso del método personal, de afirmación (poético-aristocrática) del yo (o del espíritu, en el sentido idealista); de afirmación a secas. Una de las cosas que dice es justo: “Afirmo solo por el placer de comprometerme”.

El texto más admirable de Los pasos perdidos es “La confesión desdeñosa”, donde se suceden las frases estupendas. Aquí van algunas: “De todas formas estoy muy lejos de la indiferencia y no admito que se pueda hallar descanso en el sentimiento de la vanidad de todas las cosas [...] No quiero sacrificar nada a la felicidad: el pragmatismo no está a mi alcance [...] Puedo decir, sin ninguna afectación, que lo que menos me preocupa es sentirme consecuente conmigo mismo [...] Lo cierto es que me he jurado no dejar que nada se amortigüe en mí [...] A decir verdad, en esta lucha de cada instante, donde el resultado más corriente es que se petrifique todo lo que hay de más espontáneo y valioso en el mundo, no estoy seguro de que podamos ganar [...] Hasta nueva orden, todo lo que pueda retrasar la clasificación de los seres, de las ideas, y en una palabra, mantener el equívoco, cuenta con mi aprobación [...] Yo, que no permito a mi pluma escribir una sola línea a la que no vea tomar un sentido lejano, tengo en nada la posteridad [...] Nos vamos dando cuenta de que toda reconstrucción es imposible [...] Huir en la medida de lo posible de ese tipo humano al que todos nos parecemos, eso es lo único que me parece merecer algo la pena [...] No me gustan, quede claro, más que las cosas no consumadas; solo me propongo abarcar demasiado”.

Yo me he propuesto potenciar, con la anterior avalancha, el efecto acumulativo. En el primer manifiesto hay más: “Amada imaginación, lo que amo de ti es que no perdonas [...] La pereza, la fatiga de los demás no me atraen. Creo que la continuidad de la vida ofrece demasiados altibajos para que mis minutos de depresión y debilidad tengan el mismo valor que mis mejores minutos. Quiero que la gente se calle tan pronto deje de sentir [...] No levanto acta de mis momentos nulos [...] Creo en la futura armonización de estos dos estados, aparentemente tan contradictorios, que son el sueño y la realidad, en una especie de realidad absoluta, en una sobrerrealidad o surrealidad [...] Lo maravilloso es siempre bello, todo lo maravilloso es bello, e incluso debemos decir que únicamente lo maravilloso es bello”. Y en los Prolegómenos al tercero: “Cada minuto de plenitud lleva en sí mismo la negación de siglos de historia cojeante y descantillada”.

Como consumación de todas sus exaltaciones, Breton hizo poner en su tumba: Je cherche l’or du temps. Busco el oro del tiempo. Y lo buscó en esta vida, abriendo todas las puertas que encontró: la de la imaginación, la del sueño, la de la belleza (convulsiva), la de la analogía, la de la magia, la del azar (objetivo), la de los encuentros... Pero la tríada suprema es la que proclama en su libro Arcano 17, que Octavio Paz enuncia así: “André Breton habla de una estrella que hace palidecer a las otras: el lucero de la mañana, Lucifer, ángel de la rebelión. Su luz la forman tres elementos: la libertad, el amor y la poesía. Cada uno de ellos se refleja en los otros dos, como tres astros que cruzan sus rayos para formar una estrella única”. Según escribe el mismo Paz en Los hijos del limo, el movimiento iniciado con el romanticismo cuya culminación es el surrealismo supone una vuelta de occidente al origen, a su tradición enterrada: tras el desencantamiento del mundo de la modernidad racionalista, se trata de reencantarlo.

Breton estuvo en la batalla por recuperar lo maravilloso: lo maravilloso excepcional y lo maravilloso cotidiano; la fusión de vida y poesía. No sin los conflictos insoslayables con la historia. Pretendió conjugar la llamada de Rimbaud a cambiar la vida con la de Marx a transformar el mundo. Pero sus propósitos revolucionarios chocaron con el partido comunista de entonces, en el que mandaba Stalin.

Su idea de la imagen como apertura y elevación la expresa en el texto que le dedica a la analogía poética: Signo ascendente. De los elementos unidos por la comparación y la metáfora dice: “La imagen analógica , en la medida en que se limita a iluminar, con la luz más viva, similitudes parciales, no podría traducirse en términos de ecuación. Se mueve, entre las dos realidades presentes, en un sentido determinado, que no es en modo alguno reversible. De la primera de estas realidades a la segunda, señala una tensión vital vuelta en la medida de lo posible hacia la salud, el placer, la quietud, la gracia recobrada, los usos consentidos. Tiene por enemigos mortales lo despreciativo y lo depresivo”. El sentido ascendente de la operación resulta diáfano en este cuentecito zen que Breton aporta: “Por bondad budista, Basho modificó un día, con ingenio, un haiku cruel compuesto por su discípulo Kikaku. Este había dicho: ‘Una libélula roja / arrancadle las alas / un pimiento’. Basho lo sustituyó por esto: ‘Un pimiento / ponedle alas / una libélula roja’”.

La postulación de los Grandes Transparentes sigue este impulso. Con ella acaban los Prolegómenos a un tercer manifiesto surrealista o no. En ese mismo 1942, el pintor Roberto Matta ilustró la propuesta. En 1943, Kurt Seligmann pintó Melusina y los Grandes Transparentes. En 1947, Marcel Duchamp, cuyo Gran Vidrio es un claro precursor, organizó con André Breton una exposición surrealista en París. En ella se disponía un “laberinto de iniciaciones” con doce “altares”, cada uno dedicado a un “ser, categoría de seres u objeto susceptible de ser dotado de vida mítica”. En el undécimo altar, consagrado a los Grandes Transparentes, estaba la escultura El Gran Transparente, de Jacques Hérold.

Breton, en pleno exilio neoyorquino durante la Segunda Guerra Mundial, se cuestiona que el hombre sea el centro del universo. Y plantea: “Podemos llegar a pensar que por encima del hombre, en la escala animal, existen unos seres cuyo comportamiento parece al hombre tan ajeno al suyo como este pueda serlo con respecto al de la efímera o al de la ballena”. Tales seres serían “ajenos al sistema de referencias sensoriales del hombre”. Propone “estudiar, hasta otorgarles verosimilitud, la estructura y la complexión de dichos seres hipotéticos, de estos seres que se nos manifiestan a través del miedo y del sentimiento del azar”. Breton recoge lo que afirmó Novalis: “En realidad vivimos en un animal del que somos parásitos; la constitución de este animal determina la nuestra, y viceversa”. (Se podría relacionar con esta otra frase del poeta alemán: “Cuando mueren los dioses, nacen los fantasmas”). Y esto de William James, que también cita Breton: “¿Quién sabe si en la naturaleza no ocupamos un lugar tan insignificante, con respecto a unos seres cuya existencia ni siquiera sospechamos, cual el lugar que los gatos y los perros ocupan con respecto a nosotros, en nuestras casas?”.

Según Mark Polizzotti en su biografía de Breton, los Grandes Transparentes “eran seres que rodeaban a la humanidad, pero que no se detectaban por los cinco sentidos, puntos nodales insustanciales de las aspiraciones y de los deseos humanos hacia lo maravilloso”. En su poema La casa de la mirada, Octavio Paz los llama “vehículos de materia sutil, cables entre este y aquel lado”. Xoán Abeleira, en su magnífica edición de Pleamargen, considera que son “una suerte de guías invisibles que, salvando las distancias, se asemejan a los espíritus/animales de poder chamánicos, mediadores entre ‘el Tiempo del Sueño’ y el la vigilia”. Otro de estos espíritus podría ser el Pez soluble (¡maravillosa invención!) con que Breton tituló, también en 1924, el fruto más bello y estimulante de escritura automática.

Al final de los Prolegómenos, tras sus líneas sobre los Grandes Transparentes, se pregunta Breton: “¿Un nuevo mito? ¿Es preciso convencer a estos seres de que son el resultado de un espejismo o bien darles ocasión de manifestarse?”.

Durante la escritura de este artículo he tenido puesto un álbum paradisíaco: The composer of ‘Desafinado’ plays, el instrumental de Antonio Carlos Jobim de 1963. En un momento de felicidad por esta conjunción entre Breton y Jobim, he percibido esa música también como un Gran Transparente. La acusación de que la bossa nova es música de ascensor constituye en realidad un elogio bretoniano: es, en efecto, música para ascender; como signo ascendente, como a bordo de un gigante invisible.

[Publicado en el trimestral de Jot Down núm. 15, especial Fantasmas]

15.9.16

Jot Down 16: especial América

En el nuevo trimestral en papel de Jot Down, el núm. 16, especial América, (se puede comprar en librerías y por la web) publico el artículo "El Río de las postales". Hablo de mi pasión por Río de Janeiro, del contraste entre la imagen idealizada de la ciudad y la ciudad real; y de cómo se impone la primera, milagrosamente.

13.9.16

Woody por dos

Qué raro que este año no escribiese nada después de ver la nueva de Woody Allen, a la que fui hace dos semanas: el viernes de estreno, como de costumbre. Una dejadez sin deliberación, simplemente surgió así. Pero lo raro no es eso: lo raro es que la he visto de nuevo y era ahora cuando debía anotarlo; porque la he visto con la persona adecuada, la que faltaba en las anteriores. Esta vez era la buena, por este año y por todos los demás. De pronto la película feliz estaba en dos butacas, con una suavidad irónica muy de Woody Allen. En cuanto a Café Society: sencilla, tierna, habitable, con su toquecillo de amargura conjurado por el dulzor de que era la de Woody. Se sabe que no se puede hablar de felicidad mientras ande el tiempo, porque cada minuto puede torcerla. Pero hay felicidades que ya no se quitan. (De pronto: gracias).

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PD. Mis entradas sobre Woody:
2006: Otra tarde con Woody.
2008: Woody, Rebecca, Almodóvar.
2010: Woody con sudor.
2011: Woody en primavera.
2012: A Woody con Bernhard.
2013: Woody con chica (y palomitas).
2014: Woody de pronto.
2015: Woody y el comenzar.

12.9.16

Males que se creen bienes

La torpeza del PP con el caso Soria es tan llamativa, tan incomprensible, que hay que tomarla como un gran síntoma. Me he acordado de algo que dice Nietzsche en El crepúsculo de los ídolos: no es que un partido se debilite por cometer ese tipo de errores, sino que por ser débil comete ese tipo de errores. Solo a un partido que no está en sus cabales se le ocurre sabotearse como lo hizo el PP, nada más acabar un debate de investidura del que, pese a no ganar la votación, había salido bien parado. Ha sido un bucle estrictamente onanista, en el que el PP se ha comportado como el Partido Palomo: “yo me lo guiso, yo me lo como”. El marrón producido por él mismo.

Más que en el instinto suicida, creo que la clave está en el autoconsentimiento. Algo que también practica el PSOE, que sigue su propia senda de errores, paralela a la del PP. Conforme se prolonga el bloqueo político, cunde la evidencia de que nuestros dos grandes partidos no han aprendido nada. La crisis del bipartidismo se debió a ellos, a sus incompetencias, abusos e irresponsabilidades; y a lo que más pinta tiene todo es a que están esperando a que pase el chaparrón para que vuelva a afianzarse el bipartidismo. Y con los dos partidos no mejorados, sino vacunados: más firmes en su impunidad. Hipótesis: esta crisis del bipartidismo es una crisis de crecimiento, de la que saldremos con un bipartidismo más berroqueño que antes; con sus vicios blindados.

Lo que desalienta en Mariano Rajoy y Pedro Sánchez (en los dos, pero más en el segundo, en la medida en que es justo el segundo) es la autoestima que exhiben: una autoestima que contrasta con la poca estima que les tiene el electorado. Se creen bienes, cuando son percibidos como males. A lo máximo a que puede aspirar cada uno es a ser aceptado (consentido) como un mal menor con respecto al otro. Se podrían manejar plausiblemente con eso, a partir del reconocimiento de que “eso es lo que hay”; pero para ello deberían ajustar sus escenificaciones a la cura de humildad y la bajada de humos que tal reconocimiento conllevaría.

Pero hacen lo contrario: se muestran más orgullosos y envalentonados que nunca, y con los humos muy subiditos. Supongo que tiene que ver con el hecho de que de aquí se van a la nada. El empujoncito que les falta para esa nada, desde la poca cosa que son, es lo que explica su aferramiento. Más, insisto, en Sánchez, que ni siquiera ha matado el gusanillo de ser presidente.

Lo que está claro es que ellos (con sus partidos) están por ellos y nada más (ni siquiera por sus partidos). Asistimos al empeño de dos señores en quedarse por motivos suyos biográficos. Solo serían bienes de verdad si se fueran.

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En El Español.

11.9.16

Brasas completas de Harpo Mas


Ilustración: Tomás Serrano

Una vez se me ocurrió el peor regalo de la historia: un vídeo con los números completos de arpa de Harpo Marx, y solo con esos números. Se trataría de extirpar de las películas de los hermanos Marx todo lo que es gracioso y dejar solo la brasa. Ese momento insufrible, repetido varias veces (¡demasiadas veces!) en cada película, en que la risa se detiene y Harpo le endilga al espectador su soporífero número.

Nunca llegué a ponerme a ello, quizá porque no tengo ningún enemigo lo suficientemente acusado como para hacerle merecedor de las brasas completas de Harpo Marx. Pero pensando estos días en la Diada de hoy, he sentido una pereza anticipada tan aplastante que solo tiene parangón con el momento en que Harpo coge su arpa y nos suelta su enésimo número. El Harpo nacionalista aquí, naturalmente, es Harpo Mas.

Se dirá que la equivalencia no cuadra por el detalle de que Harpo Mas habla y Harpo Marx no. Pero ese desacople es solo aparente. Mas, como sabemos, es políglota y, en efecto, de su garganta sale voz. Pero se trata de una voz nasal, como de bocina. Además, no es ya que Mas no tenga nada que decir en ninguna de las lenguas que habla, y en la catalana menos que en ninguna, sino que su articulación intelectual es prácticamente la de una bocina. El nacionalismo es, de hecho, un pensamiento (¡y una ideología!) de bocina. Dar la tabarra con el claxon, cuando no se da con el arpa.

Mas ha anunciado su participación este año en la Diada, esa fiesta de los catalanes nacionalistas contra los catalanes no nacionalistas. Volverá a ponerse el disfraz de Moisés (sobre el de Harpo Mas) para guiar a su pueblo a la nada prometida. “Hay que avivar la llama”, es la consigna. Y por eso llevará los bolsillos cargados de encendedores, para que la zarza no se apague.

Desde fuera se sigue ya con notable pereza (y vergüencita). La Diada viene a ser (en eso la han convertido) una Eurovisión en la que compitiera un solo país. O una Tomatina patriótica: la Tomatina de las esteladas. O incluso ese festejo tan español de arrojar cabras desde los campanarios: en esta ocasión, las cabras serían los participantes que se autoarrojan desde el campanario del nacionalismo. Muchos de buena fe, por supuesto: y ahí está la desgracia.

Lo patético es que se conoce perfectamente la trazabilidad del independentismo de Mas: cómo y por qué ha llegado a él. Lo último es que ha intentado rebautizar Convergència como Partit Demòcrata Català, pero resulta que las siglas PDC ya estaban pilladas por un partido de Colmenar de Oreja. Harpo Mas ha terminado metiéndose en una parodia de Vizcaíno Casas.

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En El Español.

7.9.16

La verdadera causa de nuestro bloqueo político

Nuestro bloqueo político se debe en buena parte a lo parecidos que son el PSOE y el PP, y a que el PSOE se resiste (¡como gato panza arriba!) al parecido. Esta diferencia forzada, no de realidad sino de parecer, es al final la única diferencia destacable: el PP no se resiste y el PSOE sí, eso es todo.

Al PP lo acusan de socialdemócrata, pero –salvo para los talibanes del liberalismo, que son quienes lo acusan– “socialdemócrata” sigue sonando coqueto. Al PSOE, en cambio, se lo llevan los demonios si le insinúan que es de derechas, o conservador, o neoliberal, o cualquier otra cosa maligna.

No creo que haya dos partidos en Europa (¡ni en el mundo!) que pudieran formar una gran coalición sin que se notara menos. Y por eso el PSOE se resiste: porque se notaría demasiado.

Cabría afirmar que el PSOE se ha derechizado. Pero también que se ha izquierdizado la sociedad, el Estado incluso. Se ha hablado de que la crisis del PSOE se debe al triunfo general de la socialdemocracia. Sus ideas se han diseminado más o menos entre todos los partidos, y el que haya uno específicamente socialdemócrata (cuando, por lo demás, tampoco se puede ser socialdemócrata al completo) lastra a ese partido, que se ve obligado a guardar unas supuestas esencias con mayor rigidez (y teatro) que los otros.

Estamos bloqueados porque el PSOE no acepta que nuestro Estado es tan socialdemócrata como él, aunque él no lo gobierne.

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En The Objective/El Subjetivo.

5.9.16

Los aplausos

El discurso de Mariano Rajoy en la primera jornada del debate de investidura fue tan anodino, tan flojo, que destacaba por contraste la pasión con que lo aplaudían los diputados del Partido Popular. Podrían haber sido aplausos enlatados, como las risas de las series. Aunque no resultaban del todo mecánicos: había una vibracioncilla que revelaba una conexión con el contenido. Por ejemplo, se intensificaron cuando Rajoy habló de la corrupción, y eso que lo hizo en contra. Y también cuando habló del paro. Aquí cada popular quiso echar una mano (es decir, las dos manos) para no ser él mismo el que lo incrementara próximamente. El amor por el empleo debe empezar por el empleo propio, y eso en nuestra política se demuestra obedeciendo. Obedeciendo y adulando.

El segundo día, el día grande en que hablaban todos, me fijé pues en los aplausos. El PSOE se encontró con un problema aquí. El automatismo de aplaudir tuvo un efecto indeseado: cuando los diputados socialistas lo hacían, se evidenciaba que eran menos que nunca. Esos “huecos entre las palmas”, que es prácticamente lo que define a un partido minoritario en el Parlamento, ya se han colado en el otrora compacto PSOE, como las grietas que terminan desmoronando un edificio. ¿Se agrandarán más?

A la escasez numérica se le añadían algunas ligeras disensiones; o, para ser precisos, adhesiones incompletas. La de Eduardo Madina, por ejemplo, que aplaudió con menos entusiasmo que sus compañeros. En el vídeo se le aprecia incluso, tras la primera intervención de Pedro Sánchez, un amago de sentarse antes que los demás. Amago que corrige al darse cuenta de que los demás siguen de pie. Un detalle tierno es que hay dos diputados socialistas con el brazo en cabestrillo, enfrentados al koan zen de cómo aplaudir con una sola mano. Uno lo resuelve asintiendo con la cabeza y el otro golpeando con la mano libre en la madera. ¡Lo importante era meterse como fuera en el campo semántico (gestual) del asentimiento!

En los planos generales se ve que son los aplausos los que delimitan los grupos. A mí me llaman la atención los diputados de frontera: esos que lindan con los extranjeros ideológicos que no aplauden cuando ellos, o al contrario. Y la separación se mantiene hasta entre quienes comparten contenidos. Se ha comentado el no aplauso del constitucionalista Rivera a la impecable respuesta constitucionalista de Rajoy a Tardà, y eso que entonces aún eran aliados. En el pacto PP-Ciudadanos no se cerró lo de los aplausos: quedó ese fleco.

Aunque el pobre Rivera debía de intuir el percal, porque a las cuarenta y ocho horas le cayó encima el chaparrón del Hernando del PP, que fue aplaudido por los populares con acumulada rabia anti Rivera. Aquí, dispensados de adular al líder (al fin y al cabo, Hernando no lo era: no hay nada menos líder que un Hernando), hicieron del aplauso un uso abucheante. Y con ganas de abuchear fuera de plazo se quedaría Rivera, por lo de ese Hernando y por lo de la colocación del exministro Soria en el Banco Mundial. Seguro que este estuvo aplaudiendo a rabiar desde su casa.

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En El Español.